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Desposeídos

Citas del famoso libro de Ursula K. Leguin animándoos a su lectura en estos días en los que se celebran libros y autores….

los desposeidos ursula k leguin
Estos días, en «La Matriz» Daniel y otros amigos han recomendado varias veces «Los desposeídos» de Ursula K. Le Guin. Escrito en 1974, es sin duda uno de los mejores libros de ciencia ficción del siglo pasado y adelanta temas que hoy, cuarenta años más tarde todavía nos parecen novedosos. Por ejemplo, los peligros de la recentralización o la imposibilidad de fundar una sociedad mejor sobre el decrecionismo:

La descentralización había sido una cuestión primordial para Odo cuando planeó una nueva sociedad que nunca llegó a ver. Odo no pretendía desurbanizar la civilización. Aunque opinaba que las dimensiones naturales de una comunidad dependían de la cantidad de alimentos y de energía que pudieran proporcionar las regiones contiguas, proponía que las comunidades estuviesen todas conectadas entre sí por redes de comunicaciones y transpones, de modo que los bienes de consumo y las ideas pudiesen llegar a donde fuese necesario con prontitud y facilidad. Pero esa red no estaría administrada desde arriba. No habría centros jerárquicos, ni ciudades capitales, ni organizaciones destinadas a perpetuar el aparato burocrático o a favorecer las ambiciones de quienes aspiraban a convertirse en capitanes, en patronos, en jefes de Estado.

Como quiera que sea, los planes de Odo habían tenido en cuenta el suelo generoso de Urras. En el árido Anarres, las comunidades tuvieron que dispersarse en busca de recursos, y eran pocas las que se bastaban a sí mismas, por más que hubieran reducido lo que se entendía por necesidades primarias. En verdad, habían tenido que prescindir de muchas cosas, pero hasta un cierto grado; no estaban dispuestos a recaer en el tribalismo pre-urbano, pre-tecnológico. Sabían que el anarquismo era para ellos el producto de una civilización muy desarrollada, de una cultura y diversificación compleja, de una economía estable y una tecnología altamente industrializada, capaz de mantener un elevado nivel de producción y distribuir con rapidez los bienes de consumo. Por muy vastas que fuesen las distancias que había entre las colonias, todas se consideraban partes de un complejo organismo. Primero construían los caminos, y luego las casas. El intercambio de recursos y productos regionales era constante, en un intrincado proceso de equilibrio: ese equilibrio de la diversidad que es fundamento de la vida, de la ecología natural y social.

Pero, como ellos mismos decían con una imagen analógica, no puede haber un sistema nervioso sin por lo menos un ganglio, y preferentemente un cerebro. Tenía que haber un centro. Las computadoras que coordinaban la administración de las cosas, la división del trabajo y la distribución de los bienes de consumo, y las federaciones centrales de la mayor parte de los sindicatos de trabajadores estuvieron, desde el comienzo mismo, en Abbenay. Y desde el comienzo los Colonos comprendieron que aquella centralización inevitable era una permanente amenaza, que necesitaba de una permanente vigilancia.

Ursula K LeGuinShevek, el protagonista, es un físico arresti que abandona la luna anarquista y se une como profesor a la universidad más prestigiosa del bloque capitalista de Urras. El choque con la cultura cotidiana, la Universidad y en especial con sus alumnos se hace pronto evidente:

Los estudiantes eran jóvenes de mentes bien entrenadas, despiertas y perspicaces. Cuando no estaban trabajando, descansaban. No tenían una docena de otras obligaciones que los embotaran y los distrajeran. Nunca se dormían de cansancio en clase porque la víspera hubieran estado ocupados en tareas rotativas. La sociedad los mantenía completamente libres de necesidades, distracciones y cuidados.

Lo que podían hacer, sin embargo, era harina de otro costal. Shevek tenía la impresión de que esa falta de obligaciones era directamente proporcional a la falta de iniciativa.

El sistema de exámenes, cuando se lo explicaron, lo descorazonó; no podía imaginar nada más nefasto para el deseo natural de aprender que este modo de proporcionar y exigir información. Al principio se negó a tomar exámenes y a poner notas, pero eso inquietó hasta tal extremo a los administradores que Shevek acabó cediendo, por cortesía. Pidió a sus alumnos que escribieran sobre cualquier problema de física que les interesara, y les dijo que les pondría a todos la calificación más alta, para que los burócratas tuvieran algo que anotar. Sorprendido, descubrió que muchos de los estudiantes se quejaban. Querían que él planteara los problemas, que hiciera las preguntas correctas; ellos no querían pensar en las preguntas; sólo escribir las respuestas que habían aprendido. Y algunos objetaban enérgicamente que les pusiera a todos la misma nota. ¿Cómo se diferenciarían entonces los estudiantes diligentes de los lerdos? ¿Qué sentido tenía trabajar con ahínco? Si no había distinciones competitivas, daba lo mismo no hacer absolutamente nada.

Las lecturas de Shevek sobre historia urrasti lo llevaron a la conclusión de que en el fondo, aunque la palabra se oía poco entonces, eran aristócratas. En los tiempos feudales la aristocracia había enviado a sus hijos a la Universidad, a la que reconocía como institución superior. Hoy ocurría a la inversa: la Universidad daba superioridad al hombre. Le dijeron a Shevek con orgullo que la competencia por las becas universitarias de Ieu Eun era cada año más estricta, lo que revelaba el carácter esencialmente democrático de la institución. Él respondió: – Ustedes ponen otro candado en la puerta y lo llaman democracia.

Le gustaban sus alumnos, corteses e inteligentes, pero no sentía verdadero afecto por ninguno de ellos. Todos se preparaban para seguir carreras científicas, académicas o industriales, y lo que aprendían de él era un medio para ese fin, el éxito en tales carreras. Cualquier otra cosa que él pudiera ofrecerles, o bien ya la tenían, o le negaban toda importancia.

El choque con la cultura capitalista se hace pronto evidente: el machismo, el clasismo, las diferencias de trato y las jerarquías… pero Shevek se lleva una sorpresa: cuando por fin le invitan a ir a cenar a la casa de un profesor, descubre que en el mismo corazón del sistema sigue existiendo algo que se parece a la socialización en una verdadera comunidad:

Oiie era otro hombre en su casa. Ya no tenía aquella mirada furtiva, y no arrastraba las palabras al hablar. La familia lo trataba con respeto, pero ese respeto era recíproco. A Shevek, que había escuchado muchas de las opiniones de Oiie sobre las mujeres, le sorprendió ver cómo trataba a Sewa: con cortesía, hasta con delicadeza. Esto es caballerosidad, pensó, una palabra que había aprendido recientemente, pero pronto decidió que era algo más. Oiie quería a su mujer y confiaba en ella. Se comportaba con ella y con los niños casi como si fuera un anarresti. A decir verdad, se le reveló entonces como un hombre sencillo, fraternal, un hombre libre.

A Shevek se le ocurrió luego que era una libertad de alcance muy limitado, un núcleo familiar pequeño, pero se sentía tanto más a gusto, tanto más libre él mismo, que no tenía ganas de ponerse a criticar.

Por cierto, que el planeta Urras también tiene su bloque socialista y el choque del protagonista no es menor que el que sufre con sus anfitriones capitalistas:

– No puedo discutir con usted los valores del odonianismo, aunque estuve tentado a menudo. Algo conozco al respecto, sabe. Nosotros, en mi país, estamos mucho más cerca del odonianismo que esta gente. Somos productos del mismo gran movimiento revolucionario del siglo octavo; somos socialistas, como ustedes.
– Pero ustedes son uranistas. El Estado de Thu es aún más centralizado que el de A-Io. Una única estructura de poder maneja todo, el gobierno, la administración, la policía, el ejército, la educación, las leyes, el comercio, las manufacturas. Y tienen además una economía monetaria.
– Una economía monetaria basada en el principio de que a todo trabajador se le paga lo que merece, por el valor de su trabajo… ¡no por capitalistas a quienes está obligado a servir, sino por el Estado del que es miembro!
– ¿Es el trabajador quien establece el valor de lo que hace?
– ¿Por qué no va a Thu, a ver cómo funciona el verdadero socialismo?
– Sé cómo funciona el verdadero socialismo -respondió Shevek-. Podría decírselo a usted, pero el gobierno de ustedes, en Thu, ¿me permitiría explicarlo?

– Usted sabe lo que yo quiero, Chifoilisk. Quiero que mi pueblo salga del exilio. Vine aquí porque no creo que ustedes quieran eso en Thu. Ustedes, allí, nos tienen miedo. Temen que traigamos de vuelta la revolución, la antigua, la verdadera, la revolución por la justicia que ustedes comenzaron y abandonaron a mitad de camino. Aquí en A-Io me temen menos porque se han olvidado de la revolución. No creen más en ella. Piensan que si la gente posee muchas cosas se contentará con vivir en una cárcel. Pero yo no acepto eso. Quiero derribar los muros. Quiero solidaridad, solidaridad humana. Quiero libre intercambio entre Urras y Anarres. Luché por ello como pude en Anarres, y ahora lucho por ello como puedo en Urras. Allí, actuaba. Aquí, negocio.

Pero la parte más interesante sin duda es la que describe los problemas en la evolución de una sociedad anarquista bajo el peso de la rutina, el conformismo, el aislamiento… y la centralización informática que en 1974 se consideraba todavía inevitable. Pero no os lo voy a contar todo, que de lo que se trata es de animaros a leer el libro…

«Desposeídos» recibió 30 desde que se publicó el Viernes 24 de Abril de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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