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El año comercial merece sus fiestas

Nos merecemos y necesitamos algo más que los brindis y discursos de compromiso, las cenas de empresa y las jornadas corporativas separados de la familia.

Pacific, segundo episodio. Tras un mes de hambre, malaria, matanzas nocturnas y columnas de cadáveres en descomposición al amanecer, en los ojos de los soldados no queda más que vacío. Vistos así, descamisados, sucios y huérfanos, cuesta pensar que sean capaces de dar otra batalla. Son muertos vivientes que no parecen responder a nada. Y de repente, la cámara se mueve para mostrar una modestísima ceremonia: arrían la bandera. Barbillas alzadas, porte orgulloso, orden impecable. En un segundo, de un grupo de hombres atormentados y rotos, hemos pasado a tener una identidad, un ejército, una unidad de propósito. Magia.

Los símbolos, unidos en una representación que sigue un orden conocido (ceremonia), tienen un efecto terapeútico: reconstruyen relaciones sociales, reviven voluntades y compromisos. Nos ponen por un instante en el punto de partida. Nos recuerdan los porqués que nos movieron a dar el primer paso, los valores que nos conmovieron. Representándolos en el amplio lenguaje de las alegorías y los mitos comunes, la comunidad rehace su significado en cada uno y como conjunto. Eso es lo que los romanos de la época republicana llamaban religio. Es una necesidad humana verdadera e independiente de las ideologías o credos de cada cual. No lo inventó el cristianismo, ni el nacionalismo, ni el comunismo. Siempre estuvo ahí. Desde Altamira hasta hoy, reclamando nuestra atención desde algún lugar de nuestro propio cortex neofrontal.

Una comunidad que se respeta a si misma celebra y celebra cuando menos con una mínima ceremonialidad. Todas las economías y comunidades campesinas, de las parroquias gallegas al kibbutz lo tuvieron siempre claro: fiestas de la siembra y fiestas de la cosecha, fiesta de paso del invierno y de la vendimia… el ciclo de la tierra era el ciclo de la celebración y de la cohesión social.

Si lo pensamos un poco, los ciclos comerciales y productivos de nuestras empresas son, a estas alturas, más regulares que los naturales. En el caso indiano el año comercial comienza claramente en octubre. Por eso nuestros planes estratégicos van de octubre a agosto y por eso los días 1 y 2 de octubre son nuestros propios festivos de nuevo año productivo.

El 2 de octubre repartimos entre nosotros, en una pequeña ceremonia de cinco minutos, monedas conmemorativas (de plata para compañeros y maestros, de cobre para los aprendices) que simbolizan el conocimiento ganado. A nuestros clientes les enviamos cestas de productos ecológicos y delicatessen tradicionales. A todos, amigos, clientes, vecinos, les invitamos ese mismo día a tomar un aperitivo y charlar con nosotros en el jardín.

Símbolos comunes en vez de logos de diseño, una pequeña ceremonia íntima en vez de brindis y discursos de compromiso, celebración abierta a todo el entorno en vez de cena de empresa o jornadas separados de la familia. No parece gran cosa, pero creanme si una cooperativa nos preguntara qué puede importar con éxito de la experiencia indiana, le diríamos seguramente que empezara por ahí.

«El año comercial merece sus fiestas» recibió 0 desde que se publicó el jueves 25 de marzo de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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