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El campeón de ajedrez que no quería piedras de ventaja

Entender no es saber. Es solo un punto de partida para un viaje inacabable.

LaskerEmanuel Lasker fue una de esas personas que supieron hacer de la curiosidad intelectual su guía sin respetar demasiado las fronteras académicas ni los roles sociales. Nos quedan de él sus obras matemáticas, sus ensayos filosóficos e históricos, una obra de teatro que pasó en su día sin pena ni gloria, una teoría sobre los juegos de cartas y hasta un libro pionero de la literatura para managers, «Kampf» (1906), que sacaba lecciones de los juegos competitivos para la vida y los negocios.

Pero aunque algunos de sus trabajos sobre álgebra sigan siendo relevantes hoy para la investigación, basta echar un vistazo por la red para darse cuenta de que quienes han conservado su memoria han sido, sobre todo, los jugadores de ajedrez, quienes le siguen considerando uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Y es que, aunque siempre supeditó sus partidas a sus libros y clases, fue campeón mundial de ajedrez entre 1894 y 1921 y escribió uno de los manuales de juego más influyentes de la primera mitad del siglo.

Lasker y su primo Edward habían aprendido a jugar en el Kaiserhof, uno de aquellos míticos cafés de ajedrecistas del Berlín de las últimas décadas del XIX. Solían pasar varias tardes cada semana para jugar y encontrarse con los amigos.

Un día, mientras charlaba con Max Lange, otro joven ingeniero y también maestro de ajedrez, Edward se dio cuenta de que un cliente del local estaba leyendo un periódico japonés en cuya contraportada aparecía el registro de una partida. Edward ya sabía que aquello era un juego llamado «Go». Había leído poco antes un artículo de Oskar Korschelt que lo presentaba como una alternativa intelectualmente potente al ajedrez. Korschelt era un ingeniero que había trabajado durante una década en Japón, donde se había convertido en el primer discípulo europeo de Honimbo Shuho. De vuelta en Alemania, capturado por el juego, sería su primer difusor y teórico serio en Occidente.

Lasker y Duebal juegan goCuando el señor dejó el periódico, Max y Edward intentaron descifrar el diagrama. Llegaron a la conclusión de que la partida acababa con una victoria de negras, pero al no poder leer los comentarios le pidieron a otro cliente japonés del café que les tradujera el texto del artículo. Para sorpresa de ambos descubrieron que en realidad la partida acababa al retirarse negras. Edward quedó fascinado y durante semanas intentó animar a otros ajedrecistas del café a experimentar y estudiar el nuevo juego, pero no lo conseguiría hasta la vuelta a Berlín de su primo, convertido ya en campeón mundial de ajedrez.

Los Lasker encontraron entonces a un estudiante japonés, Yasugoro Kitabatake que, al parecer, era un buen jugador amateur. Kitabatake les enseñó a jugar y un año después los Lasker le ganaban ya sin piedras de ventaja. Edward cuenta que un día Kitabatake les comentó que un matemático japonés, shodan amateur, estaba de visita en Alemania y les propuso organizar una partida en el club japonés de Berlín. Los Lasker propusieron jugar juntos, comentando las jugadas entre ambos y preguntaron si les daría algún piedras de ventaja.

«Claro, por supuesto» dijo el sr. Kitabatake.
«¿Cuántas piedras crees que nos dará de ventaja? preguntó Emanuel.
«Nueve piedras, naturalmente» respondió el sr. Kitabatake.
«¡Imposible!» dijo Emanuel Lasker. «No hay un hombre en el mundo que pueda darme nueve piedras de ventaja. He estudiado el juego durante un año y sé que entiendo como hacen [estrategias los maestros]».
El sr. Kitabatake solo sonrió. «Ya veréis», dijó.

El gran momento llegó cuando fuimos invitados al Club Japonés y encontramos al maestro -recuerdo hasta hoy cómo me impresionó su técnica-, de hecho nos dio nueve piedras y nosotros nos consultamos entre nosotros en cada movimiento, jugando muy cuidadosamente. Estábamos un poco desconcertados por la velocidad con la que el maestro respondía a nuestras combinaciones más profundas. Nunca le llevó más de una fracción de segundo. Fuimos derrotados tan clamorosamente al final que Emanuel estaba desconsolado.

Entender no es saber

El Go occidental difícilmente podía tener mejores pioneros. Los Lasker y Max Lange eran intelectuales cosmopolitas, hackers en la punta de la tecnología y el pensamiento de la época. Estando además en la cima del ajedrez mundial del momento, su capacidad para calcular y proyectar jugadas era indudable. Pero en realidad su limitación nacía de otro lugar.

A diferencia de Korschelt, que había vivido el juego en la casa de un gran maestro, convirtiéndose no en alumno sino en discípulo, Lasker entendía el juego como un mero conjunto de reglas y posibilidades matemáticas. Como técnica, no como el resultado de un Arte capaz de convertir esa técnica en lenguaje y significado. Como toda técnica, esperaban dominarla mediante cálculo y observación. Y cuando entendieron las partidas de los grandes maestros del momento pensaron que ya sabían lo suficiente para jugar como sus pares. Error. Entender no es saber.

Comprenderlo, en aquella partida, cambió el curso de sus vidas casi tanto como las dos guerras mundiales y la persecución antisemita que aún estaba por llegar.

Un viaje sin retorno

En el camino a casa me dijo que debíamos ir a Japón y jugar con los maestros allí, así mejoraríamos rápidamente y seríamos capaces de jugar como pares. Lo dudé mucho, pero estaba de acuerdo en intentar encontrar una manera de hacer el viaje.

Edward trató que AEG, la empresa para la que trabajaba, le destinara a Japón, pero en aquel momento solo empleaban a ingenieros que hablaran fluidamente el inglés, así que pidió destino temporal en Londres, donde en 1914 ganó el torneo de ajedrez de la ciudad. Fue una suerte, porque al estallar la guerra fue eso lo que le libró de ser confinado en un campo de concentración. El secretario del torneo, Sir Haldane Porter, resultó estar a cargo del destino de los ciudadanos alemanes en Gran Bretaña y le dio un salvoconducto para marchar a EEUU. Allí fundó varios clubes de Go y puso de moda el juego en los círculos matemáticos de Princeton y otras grandes universidades. Edward escribió un manual que sería el primero en hacerse popular en el continente y sería poco después uno de los fundadores de la Asociación Americana de Go. Como tal estableció relaciones con la delegación cultural de la embajada japonesa antes y después de la segunda guerra mundial, organizando visitas y relaciones con la asociación profesional de jugadores de Go.

Pero aunque Emanuel también emigró en 1937 a EEUU huyendo de las políticas antisemitas del estado alemán, ninguno de los dos Lasker llegaría a establecerse nunca en Japón. Emanuel dedicó sus últimos años a buscar salidas segregacionistas al antisemitismo centroeuropeo, que propondría en su libro «The Community of the Future», publicado en 1940, un año antes de su muerte. Pero hasta entonces siguió jugando al Go y declarando públicamente su fascinación por la estructura del juego que había descubierto en uno de aquellos cafés de Berlín que ya no volverían a existir nunca más:

Mientras las barrocas reglas del ajedrez solo podrían haber sido creadas por humanos, las reglas del Go son tan elegantes, orgánicas y rigurosamente lógicas, que si existieran formas de vida inteligente en algún lado del universo es casi seguro que jugarían Go.

«El campeón de ajedrez que no quería piedras de ventaja» recibió 26 desde que se publicó el viernes 13 de diciembre de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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