El Capitalismo que viene «PARTE I»


Introducción

El Homo economicus es quizá, o sin quizá, la pieza mejor articulada del entramado conceptual que refleja y sostiene el capitalismo como sistema económico. El hombre, como sinónimo de ser humano y en tanto que se mueve en un escenario propiamente económico –es decir, y como primera aproximación, en un mundo relacionado con la producción, la distribución y el consumo de bienes y servicios–, no es tan simple como para perseguir exclusivamente su propio beneficio ni se puede reducir su naturaleza a la de una calculadora rápida de costes y beneficios. El hombre se preocupa también por los suyos o por los que considera dignos de su sacrificio. Las relaciones con el trabajo con el que consigue sus ingresos son más complicadas que la simple prestación de un servicio bien definido a cambio de un salario de subsistencia, y a veces, como en el caso de un científico, su comportamiento parece desviarse del que conduciría a la simple compraventa de su fuerza de trabajo. No sólo consume y produce, sino que también genera incesantemente bienes intangibles como el lenguaje, el sentido de comunidad o signos de identidad y, quizá lo que más le distingue de la caricatura tradicional del agente económico, no se limita a la maximización de la utilidad esperada sujeta a la restricción o restricciones presupuestarias, sino que está condicionado por ciertos sesgos psicológicos, de forma que sus decisiones en ciertos campos y circunstancias sólo pueden explicarse por nociones de racionalidad distintas de la instrumental que hasta ahora ha identificado al Homo economicus. El Homo posteconomicus es psicoló­ gicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista.

No es difícil argüir que el ser humano ha estado siempre más próximo a esta figura posteconómica que a la caricatura utilizada por los economistas teóricos, pero la elaboración de la teoría ya tenía bastante trabajo con concentrarse en las implicaciones de la racionalidad funcional o instrumental para el sistema de mercado capitalista y, en consecuencia, su programa de investigación exhibía una parsimonia sabia que retrasaba las complicaciones relevantes para un momento ulterior en el que, por un lado, el sistema mostrara fenómenos de primer orden de importancia no explicables con las herramientas de rutina y, por otro lado, el marco conceptual estuviera preparado para elaborar herramientas nuevas. Ese momento llegó hace no mucho tiempo y hoy podemos utilizar estas nuevas herramientas para explicar mejor importantes fenómenos observados, y también somos capaces de deducir implicaciones de las nuevas ideas que nos abran los ojos a fenómenos que pensamos que van a pasar a ocupar el primer plano.

Esta primera parte de El capitalismo que viene está dedicada a la exploración de algunas de las características de este hombre postmoderno, que en el plano económico llamaremos Homo post­ economicus, y cuyas características reflejan cambios sociales profundos y acaban explicando algunos puzzles intelectuales. Esta parte consta de tres capítulos en los que se reflexiona respectivamente sobre el agente económico individual como consumidor, productor e intermediario. Denominar al consumidor de bienes o servicios como un usuario no rompe ninguna tradición ni constituye sorpresa alguna. Frente a la decisión de consumir el agente individual parece encontrarse como un usuario pasivo del sistema que a la vista de los precios generados por este sistema decide cómo gastar un ingreso dado. La palabra «usuario» denota, en efecto, cierta pasividad; aunque veremos cómo incluso en el ámbito del consumo el usuario no es tan pasivo. Mucho más sorprendente es sugerir en los títulos de los capítulos 2 y 3 que ese usuario más bien pasivo puede ser un productor, es decir alguien que usa el sistema (una noción ésta que todavía no sabemos muy bien en qué consiste) no sólo para hacerse con un ingreso, sino también para explorar la parte oscura del mismo desvelando «verdades» ocultas por medio del método científico y también colaborando a aflorar formas inéditas de creación de riqueza, y también un intermediario que pone en contacto a unos agentes con otros, usándolos para producir los lenguajes, las normas y las costumbres que conforman una comunidad y para aprovecharse del conocimiento de que esa comunidad se estructura de una manera determinada.

La palabra «usuario» como sinónimo de agente individual no está, por lo tanto, utilizada de manera rutinaria o inocente, sino que pretende ser chocante y comunicar un mensaje: las personas siguen siendo la vara de medir del funcionamiento de un sistema económico, por ejemplo el capitalismo, y su comportamiento sigue siendo el que en el agregado conforma ese sistema al que a su vez se adapta, pero ese comportamiento es menos simple y menos pasivo que antes y se extiende a campos que no parecían propios de la elección individual, como pueden ser la creación de lenguaje, normas, redes o ciencia.

Capítulo 1 : El usuario como consumidor

En la introducción a esta parte I de El capitalismo que viene he dejado suficientemente claro que deseo pensar en el agente individual como un usuario del sistema económico, en este caso capitalista. Y este usuario no es sólo un consumidor, sino también un productor que usa las oportunidades creativas que le da el sistema, y un intermediario que usa la interacción social propia del sistema para hacer emerger pautas de conducta, normas, valores y cultura. Pero es en su faceta como consumidor donde se muestran de forma más acorde con la costumbre académica los problemas de racionalidad que subyacen a la toma de decisiones que necesariamente envuelven las creencias de este usuario, las acciones que decide llevar a cabo y los resultados que emergen de esos actos en el contexto en que se encuentra. Por tal razón este primer capítulo, que debería considerarse como introductorio, estará ordenado siguiendo el hilo general de la racionalidad, lo que me permitirá introducir nociones que serán uti­ lizadas en otros posteriores, ganando así en claridad lo que quizá se pierda en la excesiva extensión que de ello se derive. Sin embargo, el orden más bien teórico no es óbice para que a lo largo de este primer capítulo introduzca muchos fenómenos novedosos y rasgos caracterizadores de lo que yo creo que es el capitalismo en el que entramos, fenómenos y rasgos sobre los que se volverá con mayor profundidad en capítulos posteriores. Por lo tanto, este primer capítulo no es sólo introductorio, sino también parcialmente panorámico.

Cuando concebimos la Economía de manera estrecha como centrada exclusivamente en el aspecto asignativo del sistema, la cuestión de la racionalidad se plantea casi siempre, y hasta muy recientemente, como un problema de elección de medios accesibles para la obtención de un fin dado que no se problematiza, eliminando así cualquier espesor psicológico en el agente individual o usuario. La primera sección de este capítulo se dedica a esta racionalidad instrumental o funcional. Dentro de esta problemática deberemos, además de tener en cuenta la incertidumbre, ir más allá de lo que se denomina teoría de la Decisión e incluir las consideraciones que necesariamente surgen cuando el entorno en el que se actúa no es la naturaleza inerte, sino que viene conformado por otros usuarios con los cuales uno se encuentra en una situación de dependencia mutua caracterizada y estudiada por la teoría de los Juegos. En el contexto de este estudio de la racionalidad instrumental cabe preguntarse por los esfuerzos, realmente recientes a pesar de ciertos precedentes, por integrar economía y psicología, tanto teniendo en cuenta el impacto de ciertos sesgos psicológicos bien documentados en las decisiones económicas como tratando de explicar estos sesgos en términos típicamente económicos. Esta primera sección, por lo tanto, nos permitirá no sólo introducir nociones básicas muy útiles, sino también referirnos a una constelación de ideas alrededor del fenómeno del altruismo y de la dificultad del compromiso como dos rasgos que no pueden ser olvidados si estamos tratando de imaginar la deriva del sistema económico en el que vivimos.

Ahora bien, si ampliamos el alcance de la Economía más allá de lo asignativo y elevamos la vista hacia otras cuestiones que conforman el entorno social del sistema, toparemos con instituciones sociales, normas, pautas de conducta y culturas que requieren nuestra atención tanto para tenerlas en cuenta a la hora de aventurar explicaciones económicas a fenómenos como la familia, el uso de un medio de cambio, el desarrollo económico u otros temas macroeconómicos, como para tratar de explicarlas en sí mismas. En esta segunda dirección nos percataremos de que tenemos que explorar no sólo la idoneidad de los medios para alcanzar ciertos fines, sino también la determinación de los fines, y de que para ello hay que ir más allá de la racionalidad instrumental, cosa que se hace en la segunda sección de este capítulo, en la que se exploran la racionalidad procedimental, la racionalidad expresiva y la racionalidad comunicativa. Esta exploración dará pie –además de a estudiar las rules of thumb como expresión de la racionalidad procedimental– a considerar en el primer apartado el papel de la identidad (digamos que grupal) y de la confianza mutua en la toma de decisiones y en la emergencia y mantenimiento de pautas y, en el segundo apartado, el origen y el papel del lenguaje en esa emergencia y mantenimiento de pautas, así como la «lógica» de esos debates entre individuos que jalonan todas las decisiones sociales.

A lo largo de todo el capítulo hago un esfuerzo para dar razones, de momento tentativas, para justificar mi creencia de que el altruismo, los sustitutos del compromiso imposible, las pautas de conducta, los condicionantes que emergen de la identidad, la proliferación de lenguajes y la delineación específica de los debates son rasgos que ya apuntan y que debemos esperar que se apuntalen y se perfilen con cierta precisión en el capitalismo que se nos viene encima.

RACIONALIDAD INSTRUMENTAL

El Homo economicus es esa caricatura de ser humano que, presa de la racionalidad instrumental, maximiza su función de utilidad eligiendo entre las diversas combinaciones de bienes que puede adquirir con su ingreso. Esa función de utilidad es una función que asigna un número real a cada combinación de consumo, de forma tal que ese número real es tanto más alto cuanto más aprecie el agente la correspondiente combinación de consumo.

Identificar a un ser humano con una función matemática es sin duda reduccionista, pero es analíticamente muy fructífero, y además quizá podamos consolarnos del disgusto del uso continuo de la caricatura sabiendo que hay axiomas muy simples que garantizan la existencia de esa función de utilidad. Aunque no es mi intención reproducir aquí resultados analíticos bien establecidos, será conveniente mencionar algunos cuando puedan ser utilizados como hilos conductores hacia otros lugares. Como veremos, de la teoría de la elección individual pasaremos a la teoría de la utilidad esperada, y esto nos pondrá en contacto con la posibilidad que ofrece y los retos que representa una rama de la Economía que podríamos denominar Psiconomía.

Pues bien, comencemos por admitir como un axioma que el usuario es capaz de comparar cada par de combinaciones de bienes y decidir cuál de ellas no es preferida a la otra. Si este preor­ den es completo, reflexivo y transitivo y además se da una con­ dición técnica,1 sabemos que puede ser representado por una función de utilidad continua que asigna valores reales mayores a consumos más preferidos. A partir de aquí la idea de racionalidad instrumental de un consumidor en condiciones de certidumbre es muy fácil de entender. Consiste en elegir de entre todas las combinaciones de bienes que le son asequibles (dado su ingreso y dados los precios) aquella o una de aquellas que maximizan su función de utilidad.

Lo que en esta primera sección se trata de dilucidar es cómo el altruismo y la dificultad de adquirir compromisos (o los sustitutos de éstos) son dos aspectos que muy posiblemente vayan a caracterizar y a condicionar el sistema capitalista y que son perfectamente coherentes con la racionalidad instrumental. No hay nada en esta racionalidad que dificulte el ejercicio del altruismo, lo que parece esperanzador, pero esa racionalidad instrumental hace muy difícil la adopción de compromisos firmes y creíbles, lo que no es tan esperanzador a no ser que encontremos sustitutivos razonables de esa capacidad de compromiso sin la cual el sistema capitalista experimenta dificultades.

ALTRUISMO

Hay un conjunto de fenómenos que cada vez se nos hacen más familiares y que me parece que van a permanecer y a condicionar el de­ sarrollo del sistema económico capitalista. Quizá pudieran todos ellos abarcarse bajo la etiqueta de altruismo, pero podemos ser más específicos. Las actividades de no pocos jóvenes que cuidan enfermos o personas mayores de manera regular o que aprovechan las vacaciones para atender a bien morir a seres anónimos y solos acogidos en casas de caridad y todo ello de manera desinteresada son ejemplos de lo que propiamente llamamos altruismo, y otros llaman solidaridad. Personas que transforman parte de su patrimonio en un capital fundacional que afectan a un objetivo de interés común y no propio también pueden ser llamadas altruistas, aunque quizá la fundación que eligen no tiene un objetivo que pudiera calificarse de solidario. Y además hay no pocos ejemplos de quienes pudiendo afectar a su propio patrimonio el de otra persona (por la razón que sea, quizá por deudas acumuladas, quizá por la fuerza), no lo hacen por razones de lo que ellos entienden por equidad, justicia o cualquier otro adjetivo similar. Estos comportamientos, altruistas, solidarios o equitativos deben ser explicados para luego tratar de entender cómo surgen y poder opinar así sobre su vigencia en el futuro.2

A efectos de la coherencia de esos comportamientos con la racionalidad instrumental, bastará con presumir que la utilidad del prójimo es un argumento de mi propia función de utilidad, un expediente que está muy próximo al origen de la palabra «altruismo», pero si queremos ser más específicos, diferenciando diversas formas de altruismo, es conveniente que extendamos la teoría de la elección racional a situaciones de incertidumbre. Para ello es conveniente considerar los objetos de elección como loterías o distribuciones de probabilidad que asignan una probabilidad determinada a la obtención de cierto premio en metálico dentro del soporte de la distribución. Si a los axiomas que caracterizan la función de utilidad continua ya mencionada añadimos ahora otros dos axiomas específicos, podemos construir lo que se entiende como la formalización estándar de la racionalidad instrumental. Primero añadimos el axioma que garantiza la continuidad en este caso de incertidumbre. Para tres loterías cualesquiera ordenadas según sus premios, siempre hay una probabilidad que hace indiferente una combinación convexa de la mejor y la peor a la intermedia. En segundo lugar añadimos el famoso y discutido axioma de independencia. Según este axioma si una lotería 1 es preferida a una lotería 2, cualquier combinación convexa de la lotería 1 y una tercera cualquiera es preferible a la combinación convexa de la segunda con esa tercera. (Ídem para la indiferencia.) Parece razonable, pero la paradoja de Allais muestra ejemplos que no parecen patológicos, y que, sin embargo, violan el axioma.3 Pues bien, si se dan todos los axiomas citados, Von Neuman y Morgenstern demostraron que existe una función de utilidad definida sobre los reales (por ejemplo, cantidades de dinero) que ordenan las lote­ rías por la esperanza matemática de esa función. Ser racional desde el punto de vista instrumental es cumplir esos axiomas, y el comportamiento de todo agente individual (o usuario) se rige por la maximización de la esperanza matemática de la función de utilidad de Von Neuman y Morgenstern.4

El altruismo, una vez más, podría conceptualizarse como la consideración en mi función de utilidad de Von Neuman y Morgenstern de los premios de otro, pero, por las mismas consideraciones de antes, es conveniente trascender la teoría de la Decisión, en la que hasta ahora nos hemos movido, y encarar la teoría de los Juegos, a la que tendremos que acudir a menudo.

Aunque lo que sigue puede ser expresado de manera mucho más rigurosa y general, restrinjámonos a un caso sencillo a efectos descriptivos. Supongamos que hay dos jugadores, cada uno de los cuales está dotado de la función de utilidad de Von Neuman y Morgenstern y posee un conjunto de estrategias entre las que elegir. Lo que cada uno gane con una estrategia determinada depende de la estrategia del otro. La combinación de estrategias conforma una matriz de pagos que indica lo que cada uno gana en términos de la utilidad de Von Neuman y Morgenstern con cada estrategia, dada la del otro. Los siguientes ejemplos nos serán muy útiles.

Los tres primeros ejemplos están expuestos en forma normal. En el juego de coordinación hay dos equilibrios de Nash –(LL) y (RR)–5 en donde la primera entrada de cada par se refiere a la estrategia del primer pagador (o jugador fila) y la segunda a la estrategia del segundo jugador (o jugador columna), ya que en cada uno de estos equilibrios cada jugador está haciendo lo que le reporta un pago mayor, dado lo que hace el otro. Notemos que sólo (LL) es óptimo paretiano, pues para cualquier otro par de estrategias ambos jugadores preferirían estar en otra casilla.

L R
L 10, 10 0, 5
R 5, 0 1, 1

En el juego del dilema del prisionero, los dos jugadores disponen de una estrategia dominante, R, de forma que el único equilibrio de Nash es (RR), menos deseado para ambos que el óptimo paretiano (LL).

L R
L 10, 10 0, 15
R 5, 0 1, 1

En el juego denominado de la batalla de los sexos, ambos jugadores prefieren coincidir en estrategias que no hacerlo, de forma que tanto (LL) como (RR) son óptimos paretianos, pero cada uno de ellos prefiere uno de los óptimos al otro. El jugador número 1 –jugador fila– prefiere (LL) a (RR), justo lo contrario que el jugador número 2 o jugador columna.

L R
L 3, 1 0, 0
R 0, 0 1, 3

El siguiente ejemplo se expone en forma extensiva, de manera que se tenga en cuenta el orden en el que actúan o juegan los agentes individuales involucrados en la correspondiente situación estratégica. La figura representa el juego del ultimátum, en el que el jugador número 1 ofrece al 2 cierto reparto de, digamos, 10 euros, entre él (x) y el otro (10-x) . Si el jugador 2 acepta este reparto ganan respectivamente x y 10-x, y si el jugador 2 lo rechaza ninguno gana nada. Es aparentemente obvio que al jugador 2, si se le ofrece alguna cantidad positiva, por pequeña que sea, aceptará la propuesta (o ultimátum) del jugador 1.

Sin embargo, experimentos de laboratorio muestran que el jugador 1 suele proponer repartos cercanos o alrededor de x = 6. Como han puesto de manifiesto repetidamente los trabajos de Fehr y sus diversos coautores, este tipo de conducta equitativa es bastante general.

Una de la finalidades de introducir estos juegos en este momento es tenerlos disponibles para más adelante. Otra finalidad es utilizarlos como instancias ejemplificadoras de lo que he estado denominando altruismo. El altruismo en sentido estricto se entiende como la dependencia del valor que alcanza la utilidad de un jugador de la utilidad que alcanza el otro. Esto se puede ejemplificar contrastando dos matrices alternativas de la batalla de los sexos diferenciados por la matriz de pagos.

L R
L 3, 1 0, 0
R 0, 0 1, 3
L R
L 2, 0 0, 0
R 0, 0 1, 2

Si la matriz de la izquierda revela simplemente que el pago de cada jugador, como en todo juego, depende de la estrategia del otro y postulamos que no hay altruismo, en la matriz de la derecha ha surgido el altruismo, pues la utilidad de Von Neuman y Morgenstern del jugador número 1 (2) ha disminuido porque está obligando al 2 (1) a hacer algo que le gusta menos que la alternativa. Lo que denominamos solidaridad como forma específica del altruismo puede explicarse de manera similar, aunque es más contundente entenderla como la renuncia a utilizar una estrategia dominante en el dilema del prisionero. Finalmente la equidad, como otra forma específica del altruismo, se entiende como la renuncia, en el juego del ultimátum y por parte del jugador 1, a explotar al 2 ofreciendo por ejemplo una x = 9.

Esta forma poco ortodoxa de presentar el altruismo en sentido genérico tiene la ventaja de que muestra que la solidaridad y la equidad parecerían tener sus límites naturales más acá de lo innato. ¿Podemos hablar de solidaridad racional si renunciar a mi estrategia dominante me destruye? ¿Podemos hablar de equidad racional si no ofrecer x = 9 no viene aconsejado por la amenaza de una venganza suicida del jugador número 2 de romper la baraja y rechazar la oferta, sino por un sentido innato? Estas preguntas retóricas nos llevan hacia donde quiero ir ahora, que no es tanto la influencia del altruismo en la asignación como la explicación de su surgimiento y su persistencia.

Caben varias explicaciones, a cuál más especulativa y arriesgada, que ahora se describen telegráficamente, ya que habrá ocasión de volver sobre ellas. La primera explicación es que el altruismo, la solidaridad y la equidad son rasgos psicológicos innatos de los que no se debía inquirir la racionalidad y de los que se debía perseguir las implicaciones. A medida que se va consolidando la Psicoeconomía esta actitud se va imponiendo, y si hasta ahora no se contaba con estos rasgos psicológicos como materia prima del análisis económico era porque no parecían lo suficientemente generalizados o quizá, simplemente, porque no encajaban en nuestra manera de mirar las cosas. Es perfectamente natural pensar que a medida que se vaya contando con ellos nuestras nuevas gafas nos permitan tener en cuenta fenómenos que hoy aparecen como anomalías, pero que mañana pueden pasar a ser considerados como rasgos significativos del sistema económico en el que vivimos. Sobre algo de esto volveré en el siguiente apartado.

La segunda y arriesgada explicación de la existencia del altruismo, la solidaridad y la equidad es que se trata de comportamientos endógenos que sólo surgen en el tiempo de una manera evolutiva y para magnitudes acotadas de los pagos. Cabría pues argüir que, a diferencia de la primera explicación, estos comportamientos no han estado siempre ahí semiocultos, sino que empiezan a aparecer ahora en un mundo mucho más descentralizado, no sujeto a una autoridad absoluta y en donde las relaciones interpersonales empiezan a trascender a las del entorno más inmediato. La tercera explicación es complementaria de la segunda y destacaría, de manera muy especulativa que debería irse perfilando en capítulos posteriores, que estos fenómenos surgen y persisten porque sirven para sustituir otras instancias de organización social más centralizadas, por ejemplo el Estado, y para paliar los efectos de la paulatina difuminación de estas últimas.

EL COMPROMISO IMPOSIBLE Y SUS SUSTITUTOS

La caracterización axiomática de las funciones de utilidad dota a la racionalidad instrumental de cierto espesor, pero la teoría de la Decisión o la teoría de los Juegos, como expresiones de esa racionalidad, son tan generales que pueden aspirar a explicarlo casi todo con la ayuda, en el peor de los casos, de alguna hipótesis adicional. En el apartado anterior ya hemos visto que si bien el altruismo propiamente dicho puede ser acomodado fácilmente en el marco conceptual habitual, la llamada solidaridad y la equidad exigen, para su acomodo, retoques de ese marco conceptual, lo mismo que otras muchas anomalías más resistentes que irán apareciendo o que ya han sido mencionadas. Entre estas últimas está la paradoja de Allais quien, basado en experimentos psicológicos de Kahneman y Tverski, ponía en duda que el axioma de independencia pudiera servir de base a una teoría de la elección en condiciones de incertidumbre. En los años setenta estos dos psicólogos del conocimiento dieron a conocer muchos otros resultados de experimentos psicológicos que luego les servirían para elaborar su propia teoría psicologista de la decisión. A finales de los años ochenta, Rubinstein realizó su intento de explicar la paradoja de Allais basándose precisamente en el hecho psicológico de que la mente humana no puede distinguir en la práctica pequeñas diferencias en los premios o en las probabilidades. El principio de independencia puede reformularse para elementos pertenecientes a diferentes clases de equivalencia dentro de los cuales los elementos son similares en el sentido de no distinguirse unos de otros. Esto inaugura para los economistas, aunque con precedentes, una nueva área de análisis económico que podemos llamar Psicoeconomía y que, naturalmente, pretendería también explicar con herramientas económicas de las que ya nos hemos hecho eco fenómenos psicológicos bien especificados como éste de las «similaridades» en la percepción.

Si de manera general volvemos ahora la mirada a la Psicoeconomía observaremos que para cada rasgo psicológico detectado y documentado tenemos dos estrategias investigadoras. Podemos aplicar la psicología incorporando ese rasgo al análisis económico, lo que ofrecerá nuevas teorías e irá perfilando la noción de Homo posteconomicus, o podemos tratar de explicar ese rasgo por medio de herramientas teórico-económicas a fin de preservar la noción de Homo economicus. En este apartado trataré de examinar estas estrategias en el contexto de dos rasgos psicológicos que se me antojan relevantes: la procrastination y el sesgo confirmatorio. El examen de la primera nos permitirá detectar la dificultad del compromiso y la idoneidad o falta de idoneidad de sus sustitutos. El examen del sesgo confirmatorio nos enfrentará de lleno con un rasgo definitorio del postmodernismo. Y de esta forma seguiré tratando de catalogar los rasgos del capitalismo que viene.

Empezaré por el examen del sesgo confirmatorio. Rabin nos ha ilustrado sobre este tipo de sesgo resumiendo muchos de los experimentos psicológicos efectuados. Se trata, dicho de manera breve, de la tendencia a descartar evidencias contradictorias con nuestras hipótesis previas y a malinterpretar la evidencia forzándola a decir lo que confirma nuestros prejuicios. No soy consciente de que se haya trabajado mucho en la explicación de este fenómeno a partir de ideas económicas, aunque no faltarían las estrategias sugestivas al respecto, desde la utilización de la idea ya mencionada de similaridades, hasta la aplicación de resultados que explican por qué y en qué circunstancias se rechaza racionalmente información. Sí existen sin embargo aplicaciones sorprendentes de este sesgo confirmatorio al análisis económico de algunos fenómenos. Me interesa mencionar aquí el trabajo de Rabin y Schrag, en el que estos autores han introducido el sesgo confirmatorio en la teoría agente/principal. Cuando el agente adolece de este sesgo confirmatorio y el principal lo sabe, este último debe tenerlo en cuenta a la hora de redactar el contrato óptimo con su agente. Una de las características más curiosas de este nuevo contrato óptimo que descubren estos autores y que no es difícil de intuir es que el contrato no será entre el principal y el agente, sino entre el principal y varios agentes, cuantos más mejor, e independientemente de su valía para realizar su trabajo. De esta forma el principal acabará adoptando una especie de media de lo que estos agentes recomiendan. Esto se parece bastante al «todo vale» postmodernista, que como eslogan es muy útil para entender un mundo en el que todo poder ha sido privado de autoridad y es un fenómeno que debemos esperar encontrar en muchos campos, desde el de la asesoría financiera o el de la selección de resultados científicos (con consecuencias de vértigo) hasta el campo de la discusión política partidaria. No parece pues arriesgado sospechar que este postmodernismo será un rasgo –creo que potencialmente peligroso y disolvente– del capitalismo que viene. Por un lado, en la sociedad del conocimiento de hoy en día no hay nadie, por así decirlo, que no sea consciente de la existencia de sesgos y disonancias cognitivas y, específicamente, del sesgo confirmatorio. Por otro lado, la generalización y potenciación de las TIC hace accesible la opinión de multitud de agentes en casi cualquier campo, incluyendo el de la medicina, en el que empieza a ser cada vez más cierto que un paciente que visita una consulta médica está más informado sobre su posible dolencia que el propio médico.

Retengamos este postmodernismo y pasemos ahora al examen de la procrastination. Este fenómeno es la muestra palmaria de la imposibilidad de adoptar compromisos. Este «deja para mañana lo que puedas hacer hoy» se suele explicar mediante algún ejemplo de adicción. No puedo, en efecto, comprometerme a dejar de fumar mañana, que es lo que hoy realmente querría hacer, porque cuando llegue mañana y se convierta en hoy lo que querré hacer es dejar de fumar… mañana. Este fenómeno recibe varios nombres dependiendo del contexto: hablamos de falta de credibilidad de una promesa o de una amenaza; de la violación del principio de Bellman en un problema de programación dinámica o de juegos cuyos equilibrios no son perfectos en subjuegos. En todos los casos lo que está en juego es la consistencia intertemporal del comportamiento de que se trate. Respecto a este rasgo psicológico que llamamos procrastination podemos, como siempre, tratar de explicarlo o tratar de aplicarlo.

En cuanto a la explicación, la forma en que se ha tratado de hacer esto último es postulando el descuento intertemporal hiper­ bólico que, efectivamente, produce inconsistencia intertemporal y, por lo tanto, procrastination. Este tipo de descuento hace que la relación marginal de sustitución entre el consumo de dos días por ejemplo consecutivos no sea idéntica en cada lapso de tiempo: puedo preferir ir al cine hoy que ir al cine mañana con palomitas, mientras que, visto desde hoy, quizá prefiera ir al cine con palomitas el 30.XII.04 que ir al cine sin palomitas el 29.XII.04.6 Nada aparece como muy irracional, pero es un poco ad hoc. Rubinstein ha tratado, alternativa y eficazmente y basándose en experimentos llevados a cabo en Tel Aviv y Princeton, de mostrar que, una vez más, la inconsistencia intertemporal se puede explicar mediante la disonancia cognitiva que llamamos «similaridad», sin necesidad de apelar a una forma ad hoc de la función de utilidad.

La aplicación de la procrastination o inconsistencia intertemporal más conveniente para mis finalidades es el uso de ese rasgo para explicar el sesgo inflacionario. Se trata del dilema del prisionero aplicado a un juego entre un gobierno (jugador 2) y un sindicato (jugador 1) plasmado en la matriz de pagos ya presentada con anterioridad y que ahora tiene una interpretación específica.

L R
L 10, 10 0, 5
R 15, 0 1, 1

El sindicato controla el salario nominal y puede mantenerlo (L) o subirlo (R). El Gobierno controla, imaginemos, el nivel de precios y puede mantenerlo (L) o subirlo (R). La matriz de pagos refleja las preferencias de cada jugador. Por ejemplo, al Gobierno le gustaría subir los precios y que el sindicato mantuviera el salario nominal para que, al descender el salario real, aumentara el empleo, pero al sindicato lo que le gustaría es (RL), donde se da una subida del salario real. Estas preferencias son tales que cualquier anuncio gubernamental de mantener los precios es entendido como un deseo de engañar al sindicato para que mantenga los salarios y luego subir los precios. El resultado de equilibrio es naturalmente (RR), en donde se produce una inflación de precios y salarios, es decir un sesgo inflacionario que no puede evitarse porque el Gobierno carece de capacidad técnica para comprometerse a jugar L. Es este resultado el que, de forma heurística, parece justificar la delegación del control del nivel de precios en un Banco Central independiente con preferencias tales que eviten la inconsistencia intertemporal o cualquier otra de las apelaciones continuas a sustituir la labor del Estado por la de agencias reguladores independientes.

Lo que me interesaría saber ahora es si estos sustitutos de la capacidad de compromiso van a ser o no un rasgo del capitalismo que viene. Para complicar momentáneamente la cuestión voy a sugerir que hay otras formas de solucionar la inconsistencia intertemporal, o los problemas de credibilidad asociados a esta, distintas y alternativas a la delegación en agencias independientes (incluyendo un Banco Central) y que la tensión entre unas y otras está relacionada con la dudosa preeminencia del Estado que estudiaremos en un capítulo posterior.

En efecto, siguiendo a Auman, he sugerido en otro lugar y repetido muchas veces7 que es posible que, si la inconsistencia in­ tertemporal no es conocimiento común, sino únicamente conocimiento mutuo de orden N,N <, podamos alcanzar el equilibrio apetecido. Claro que, aparte de esta sugerencia, hay otras formas de evitar los sesgos perniciosos debidos a la inconsistencia intertemporal y a la necesidad de delegación en agencias independientes. Por ejemplo, la obtención de una reputación por parte del Gobierno o del Estado; reputación que puede obtenerse a un precio a través de la repetición del juego. Si en el ejemplo utilizado el Gobierno está dispuesto a mantener los precios aunque el sindicato suba los salarios, el sistema sufrirá desempleo periodo tras periodo, pero este «precio» puede ser suficiente para que el sindicato admita que confronta un Gobierno duro y acabe manteniendo el salario nominal, aterrizando así en (LL). Pero si me interesa mi sugerencia es porque su examen me acerca a especular sobre los rasgos conflictivos del capitalismo al que nos acercamos, que tienen que ver con la confianza mutua y el Estado. En efecto, lo interesante de la sugerencia a la que me he referido es que en comunidades pequeñas podríamos soñar con que, sea o no conocimiento común la inconsistencia intertemporal, se actúe como si no supiéramos que lo es, de la misma forma que, en un ascensor estrecho, actuamos como si no supiéramos que la incomodidad del sexo es conocimiento común. Esta ignorancia pretendida puede llamarse confianza mutua y esperamos observarla en comunidades pequeñas. Ahora bien, como la globalización genera una cierta vuelta a comunidades pequeñas, tal como veremos en un capítulo posterior, hemos de esperar que la imposibilidad de compromiso y sus derivaciones sólo surjan como problemas en comunidades grandes, por ejemplo la Unión Europea. Por lo tanto, si la confianza mutua condiciona el tamaño de los costes de transacción, hay un freno al aumento del tamaño de las jurisdicciones políticas que habrá que añadir a los que descubramos en su momento.

OTROS TIPOS DE RACIONALIDAD

Como hemos visto, el cíngulo de la racionalidad instrumental no aprieta tanto como para no permitir el altruismo sin necesidad, en este caso, de apelar a evidencia psicológica alguna, o la confianza mutua en comunidades pequeñas u otros sustitutos de la imposible capacidad de compromiso en comunidades más amplias. Sin embargo, hay otros rasgos propios del capitalismo que viene que exigen para su comprensión cabal que prestemos atención a otros tipos de racionalidad. Hablaré, tal como ya he indicado, de identidad y de lenguaje como expresiones de la racionalidad expresiva y comunicativa respectivamente, pero antes pasaré revista somera a la racionalidad procedimental como vía de acceso a la compresión de la existencia de rules of thumb (que traduciré como «reglas de conducta»).

En muchas decisiones individuales es muy difícil llevar a cabo todos los cálculos necesarios para identificar los medios que nos conducen al objetivo deseado. Por ejemplo, quizá es costosísimo psicológicamente dar con la combinación de bienes de consumo que realmente maximizan mi función de utilidad dados mis ingresos y los precios que rigen en el mercado. Si admitimos limitaciones realistas a la capacidad de computación del ser humano, se nos plantea inmediatamente la dificultad de cómo ser racional en situaciones en las que no se puede esperar que funcione la racionalidad instrumental en toda su potencia. La racionalidad procedimental de H. Simon consiste en utilizar una manera de proceder accesible, una regla de conducta posible, que si bien no hace diana en cada caso, a medio y a largo plazo resulta acertada más a menudo que otras. Esto es lo que se llama desde Keynes rules of thumb («reglas de conducta»), y que se asociaron avant la lettre a la teoría macroeconómica del consumo que afirma que, en el agregado, una economía consume una proporción fija de su renta disponible. De acuerdo con otras teorías más sofisticadas de la función macroeconómica de consumo, debidas por ejemplo a Modigliani et alii. y a Friedman, esa proporción no es fija sino que depende del momento del ciclo vital en que se encuentren los consumidores (o el consumidor agregado) o de las expectativas sobre shocks transitorios que afectan a la renta permanente. Calcular la senda óptima de los valores de esa proporción exige una racionalidad instrumental que consistiría en la maximización de una función que integra la senda del consumo sobre un horizonte vital determinado, operación ésta que puede considerarse más allá de la capacidad normal de un consumidor.

Si nos paráramos a pensar sobre la vigencia en nuestra vidas de estas reglas de conducta podríamos elaborar un listado muy largo. Yo y mi carrito recorremos el supermercado de una manera que sistemáticamente ignora ciertas líneas de producto; nunca procedo a una búsqueda exhaustiva del mejor precio y decido para quién trabajo antes de presentarme ante todos los posibles empleadores. De mayor enjundia son las reglas que sigo para no endeudarme más allá de lo que puedo devolver con mi salario actual de x meses o las reglas que la práctica financiera ha acuñado para diversificar mi cartera entre renta fija y variable o entre sectores productivos distintos o para realizar pérdidas sin caer en la esperanza de que el valor de esa cartera se recupere. Cada uno puede continuar esta lista de acuerdo con su propia experiencia y se encontrará con reglas para las que no encuentra explicación, con otras que hunden sus raíces en la tradición (y que, en este sentido, podrán ser el resultado de una cierta adaptación evolutiva), con unas que no han variado en el tiempo y con otras que han sufrido cambios que todavía permanecen en la memoria. De momento y sin perjuicio de volver en algún capítulo posterior sobre este asunto, sólo quiero apuntar, quizá como un divertimento, quizá con cierta seriedad, la relación que parece existir entre esta práctica de racionalidad limitada y lo que ocurre con las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en la sociedad de la información. La información, en efecto, es cada vez más demandada como factor de producción y cada vez hay más oferta de información accesible a través de las TIC. Sin embargo, la explotación de esa oferta está limitada por la falta de la capacidad de atención para hacerse con toda ella y por las restricciones temporales para procesarla. En estas condiciones es procedimentalmente racional acudir a un buscador más o menos profundo o más o menos especializado que, a su vez, no es sino una regla de conducta arbitraria (o rule of thumb) que sirve para ordenar mejor la información.

A lo que apunta este último comentario es a la afirmación de que esta racionalidad procedimental no es sino una versión burda de la racionalidad instrumental. En efecto, un buscador no es sino una regla de actuación que puede mejorarse en términos de eficacia en la búsqueda si la refinamos mediante otra regla de actuación. Creo intuir que ese refinamiento continuo, y certero, de las reglas nos acercaría a lo que se obtendría mediante el despliegue total de la racionalidad instrumental. Una regla sobre qué porcentaje del salario ahorrar, pase lo que pase, se transforma y refina en una regla para cómo hacer variar ese porcentaje según momentos del ciclo vital y la regla de cuánto ahorrar en la senectud se hace depender de la temperatura media del lugar de retiro, etc. Lo mismo que una circunferencia puede aproximarse tanto como se quiera mediante combinación de cuadrados circunscritos de distintos tamaños, una función analítica puede aproximarse lo que se desee mediante un procedimiento computacional.8 Pues bien, si aceptamos este planteamiento, ¿qué hemos de esperar? No parece muy descabellado pensar que en un mundo con gran información disponible vamos a observar más y más áreas y sectores económicos en los que florecen las rules of thumb o pautas de conducta regladas, que no hace más que llevar a la práctica el conocido dicho de que lo mejor (racionalidad instrumental) es enemigo de lo bueno (racionalidad procedimental). Sin embargo, como el resultado de la aplicación de esas reglas no es óptimo, siempre existe la posibilidad de explotar alguna oportunidad de mejora refinando una regla subóptima por medio de otra regla también subóptima pero que mejora a la anterior.

IDENTIDAD

Aun sin entrar todavía a discutir las posibles nociones de racionalidad que podamos destacar en relación no con los medios, sino con los fines de la acción humana, podemos mencionar y estudiar otra forma de racionalidad que tiene que ver con lo que las acciones expresan. La compra y el uso de cierto tipo de ropa, posiblemente identificada con una marca, puede no estar justificada por lo bien que me sienta (si tal fuera mi criterio expresado en una función de utilidad), sino porque expresa mi pertenencia a una comunidad determinada, y ello a pesar de que su compra puede tener que ser realizada mediante varias visitas a diversos establecimientos minoristas en lugar de poder ser adquirida en un mismo gran almacén. Este conjunto de acciones puede no ser instrumental o procedimentalmente racional y sin embargo está dotado de lo que Hargreaves Heap llamaría racional expresiva. Puede haber gente con no gran gusto personal por el arte o por la música que, sin embargo, dona grandes cantidades a museos o teatros de ópera para la compra de pintura o para la producción de una ópera en concreto. Lo que parece moverles es el gusto por pertenecer a una comunidad formada por unos pocos escogidos que extraen un gran placer en reconocerse entre ellos. O, en términos más juveniles, puedo estar interesado en que se me tome por un bourgeois bohemian (Bobo) que disfruta de lo mejor aunque sin marcas que le delaten ante quienes no están en el secreto de cómo ser un Bobo.

Creo que éste es un momento oportuno para apuntar que la globalización de la Economía trae consigo, por un lado, la homogeneización de algunos aspectos de los estilos de vida, pero, por otro lado, un afán de pertenencia a pequeños grupos con identidad específica que se distinguen como diferentes. Por eso no es difícil predecir la eclosión de una plétora de comunidades identitarias que satisfagan la necesidad de singularización, si no individual, al menos tribal. Una pregunta razonable por lo tanto es cómo se puede vislumbrar esa proliferación; si de una manera ordenada en la que surgen pocas nuevas identidades y hay poco trasvase entre una y otra o como un incesante hacerse y deshacerse de comunidades precarias. Ésta es una distinción importante si queremos tener una idea de por dónde va a evolucionar el capitalismo, tanto desde un punto de vista concreto de organizar el marketing y la fidelización del cliente como desde un punto de vista mucho más abstracto, general y filosófico que se pregunta por la realización de la propia vida. Dejando esto último para el apartado siguiente, voy a tratar de profundizar un poco más en esto tratando de pensar cómo las TIC pueden influir en la creación y mantenimiento de las comunidades identitarias. Para ello glosaré un trabajo de Akerlof y Kranton.9

Pensemos de manera muy simplista que una comunidad identitaria está formada por un conjunto de individuos (usuarios en nuestra terminología) que comparten algunos atributos. Podríamos pensar en la comunidad de economistas neoclásicos, la de economistas austriacos, la de hembras blancas y la de hembras negras, entre otras muchas. Como parte de la identidad de estas comunidades se encuentra su acción típica. Los economistas neo­clásicos se limitan, sean machos o hembras, a utilizar la racionalidad instrumental, los economistas austriacos, sean machos o hembras, no se salen de la racionalidad expresiva, las hembras blancas reciben clases de ballet y las hembras negras cantan gospel en un coro. Supongamos ahora una comunidad formada por dos economistas del Departamento de Economía de la Universidad Carlos III, que tiene fama de ser neoclásica. Juan es un hombre que trata de explorar cómo la racionalidad instrumental y la tradición neoclásica explican el funcionamiento del salario de reserva y María es una mujer que trata de entender cómo funcionan los mercados de las artes a partir de ideas propias de la racionalidad expresiva sobre pertenencia a una comunidad. El problema es que si María continúa explorando el mecenazgo con ideas austriacas, la identidad de Juan como miembro del departamento citado con fama de neoclásico se resquebraja, frente a lo cual puede vengarse de María o no hacerlo. Si se venga (por ejemplo, pagando C para ridiculizar la economía de la cultura) inflige a María un costo de L además de lo que ésta ya sufre en su identidad, Is, por saberse haciendo algo fuera de la identidad de su grupo. Si Juan no se venga sufre su identidad, Io, por tener un miembro de su comunidad tan flojo como María y María sufre, como antes, Is pero no L. El juego de la identidad es ahora muy fácil de describir y de analizar, bajo el supuesto simplificador de que Is = Io = I. La siguiente figura representa el juego en forma extensiva, e incluye los pagos que recibe cada jugador, sea Juan (1) o María ( 2):

Existen cuatro equilibrios, dos identitarios y dos no identitarios. En los identitarios, el Departamento de Economía de la Universidad Carlos III mantiene su identidad como departamento seriamente neoclásico porque tanto Juan como María acaban analizando el mercado de trabajo. Cuando I > V, el coste que sufriría María por la traición que comete (I) es tan fuerte, que renuncia a estudiar el mecenazgo aunque no le fueran a pillar y no fuera a sufrir la venganza. Cuando C < I e I+L > V, la amenaza de Juan de vengarse es creíble y María renuncia a lo que quería hacer por si la pillan. Pero también hay dos equilibrios no identitarios en los que Juan estudia el mercado de trabajo y María se concentra en el mecenazgo. Si C < I y I+ L > V, María estudiará el mecenazgo aunque la venganza de Juan sea creíble. Si C > I la amenaza de Juan no es creíble y María concentrará su actividad académica en el mecenazgo.

Ante esta manera simplificada de mirar el asunto de la identidad caben algunas reflexiones que arrojan cierta luz sobre la proliferación de identidades y su naturaleza. Primera, cuando C es relativamente pequeño y L relativamente grande, la identidad se conservará, mientras que hemos de esperar que si, al revés, C es relativamente grande y L relativamente pequeño, la identidad se traicionará a pesar de todo y, dicho sea entre paréntesis, la racionalidad instrumental vencerá sobre la expresiva, lo contrario que en el primer caso. Como segunda reflexión podría decirse que L/C es un indicador de la cohesión identitaria de una comunidad. Cuanto más grande sea L/C, más difícil es romper o traicionar las señas de identidad de la comunidad a la que uno pertenece. Tercera, como cohesión y confianza mutua están directamente relacionados, L/C es también un índice de la confianza mutua. La cuarta reflexión es la más interesante a efectos del futuro de la comunidad de individuos que como usuarios forman la base del sistema capitalista. Ya he comentado que la globalización hará emerger la necesidad de pequeñas comunidades identitarias donde florezca la confianza mutua. Como las TIC reducen L y C, puede pasar de todo. Por un lado se reduce L como el coste que se puede imponer al disidente, porque al hacerse efectivas todas las comunidades (a través del uso de las TIC) siempre hay alguna comunidad (por ejemplo, la de hembra blanca) que acogerá a María. Por otro lado, las TIC también reducen C porque Juan puede expulsar a María desvelando su reprobable afición a temas poco serios mediante un mero clic que pone este extremo en conocimiento de la comunidad científica. En consecuencia, no se puede decir nada definitivo de manera estática, pero uno esperaría que dinámicamente, a medida que la potencia de las TIC aumente, las comunidades identitarias sean muy cambiantes y que las comunidades sean muy cohesionadas mientras duran. No es difícil ir más allá y aventurar que la identidad como variable económica de interés en el capitalismo actual, aunque sólo fuera a efectos de marketing, llevará a los negocios hacia las maneras de Inditex (propietaria de las tiendas Zara): colecciones de ropa muy bien identificadas y de obsolescencia rápida. En general esperaríamos observar una tendencia similar incluso en el sector de bienes de consumo duraderos, lo que condicionaría la forma de producción. Es difícil mostrar una razón más evidente para esperar que el capitalismo que viene no encaje muy bien con los gustos conservadores.

LENGUAJE Y DEBATES

Habermas plantea su teoría de la acción comunicativa como una crítica de la teoría de la acción instrumental. Como esta última teoría puede ser encapsulada como afirmando que la acción ins­trumental es decidida por un agente individual dotado de racionalidad instrumental, cabe permitirse hablar de una racionalidad comunicativa que será la que mueve a la acción comunicativa. Esta racionalidad comunicativa incluiría tanto el hecho de que el lenguaje cabe en la toma de decisiones, lo que cambia las cosas en situaciones de juego, como la presunción de que pueda darse un debate entre agentes individuales que traten de argumentar entre ellos con la finalidad de convencer o convencerse sobre fines y no sólo sobre medios. Entramos así por primera vez en el campo de una racionalidad mucho más ambiciosa que la instrumental y la procedimental, que sólo contemplan medios alternativos para conseguir un fin dado, e incluso que la racionalidad expresiva, que va más allá de los medios pero se limita a querer expresar una pertenencia o a mostrar una identidad sin discutir realmente la pertinencia de uno u otro fin.

En cuanto pasamos de medios a fines pasamos, en cierta forma, del campo de la Economía al campo de la política, y dentro de esta inmensa área de reflexión pasamos a interesarnos por lo que es una «vida buena» en el mundo interrelacionado en el que vivimos, es decir por cómo conducirse de manera que la única vida con la que cada uno de nosotros cuenta pueda considerarse realizada. Esta problemática nos haría remontarnos al menos hasta Kant, pero no es ésa la intención de estas líneas. Baste aquí con decir que para que el capitalismo funcione ahora y en el futuro es suficiente (aunque desgraciadamente quizá no necesario) que la sociedad que subyace al sistema económico y en la que hay que realizar la propia vida sea una sociedad liberal en la que cada uno puede no sólo decir lo que quiera, sino hacer lo que quiera dentro del respeto a la libertad ajena. Ya sabemos que, en estas circunstancias, la interacción humana es la única forma conocida de poder esperar el descubrimiento de la «verdad», tanto epistémica como moral y política. Es en la contradicción de unas ideas por otras y en el enfrentamiento de unas prácticas con otras en donde acaban surgiendo los objetivos sociales y las prácticas comunes que pueden llegar a alcanzarlas. La participación es, por lo tanto, clave de las virtudes de un liberalismo que seguramente prefiere una vida subóptima decidida participativamente que una vida más cercana al óptimo impuesta por alguien por la simple razón de que en este segundo caso esa vida simplemente no es nuestra.10 Sin embargo, esta participación, suficiente para crear el caldo de cultivo del liberalismo en el que el capitalismo puede funcionar, puede hacerse cada vez más difícil a medida que aumentan las exigencias de libertad por parte de comunidades identitarias pequeñas, diferenciadas y posiblemente secesionistas debido a que esa participación puede ser peligrosa para la vida de uno. Debemos pues esperar que en el capitalismo futuro no baste con el liberalismo, sino que se acabe exigiendo e imponiendo que no te juegues la vida por tus ideas, que de hecho la organización social te garantice que nadie puede ejercer presión alguna para condicionar tus opiniones o tus acciones más allá de la represión policial razonable de la violencia, etc. Es decir que debemos esperar que se vaya imponiendo lo que los politólogos llaman republicanismo, una especie de liberalismo beligerante muy bien explicado por Pettit.

Si es a una situación así hacia lo que nos encaminamos, no cabe desconocer que la argumentación en la «plaza pública» –el debate– forma parte indispensable de la fijación de fines u objetivos no sólo sociales –que desde luego sólo así pueden determinarse–, sino personales en la medida en que la definición de «buena vida» que acabará guiando nuestros pasos como envoltura de todas las acciones emanadas de racionalidades instrumentales varias no puede dejar de ser una definición social. Tampoco cabe ignorar que esos debates y toda argumentación pública se hacen por medio de un lenguaje compartido cuya semántica es crucial para coordinar acciones y cuya pragmática condiciona los propios debates.

Para un economista la mejor manera de hacerse con la importancia del lenguaje y su semántica, así como con la racionalidad comunicativa que lo mueve, es reflexionar sobre la importancia del cotilleo (traducción castiza del cheap-talk) en la determinación del equilibrio de un juego de estrategia. Volvamos a los juegos del dilema del prisionero y al juego de coordinación que he presentado al hablar de altruismo.

L R
L 10, 10 0, 15
R 15, 0 1, 1
L R
L 10, 10 0, 15
R 5, 0 1, 1

Notemos que en el dilema del prisionero en que (LL) es el óptimo paretiano, R es estrategia dominante para cada jugador, de forma que (RR) es el único equilibrio de Nash. Esto no ocurre en el juego de coordinación en el que ningún jugador posee una estrategia dominante, en donde tanto (LL) como (RR) son equilibrios de Nash y en donde (LL) sigue siendo el óptimo de Pareto. Supongamos ahora que el cotilleo es posible antes de comenzar cualquiera de los juegos y que partimos de una situación inicial en la que cada jugador está jugando la estrategia doble (anuncio lingüístico y acción) correspondiente a «anuncio R y hago R». Notemos que en esta situación se ha creado lenguaje en el sentido de que el sonido «R» significa la acción R y pensemos cómo podemos utilizar el cotilleo para pasar de esa situación al óptimo paretiano en el que cada jugador estará utilizando la estrategia doble «anuncio L y hago L».

En el caso del dilema del prisionero, el cotilleo no sirve para nada. La estrategia doble «anuncio L y hago L» no sirve para alcanzar el óptimo simplemente porque el anuncio no es creíble, puesto que L es siempre una estrategia dominada por R. Claro está que hay otras formas posibles de sostener el óptimo en este dilema del prisionero;11 pero lo que interesa aquí es que el lenguaje, en forma de cotilleo en este caso, no sirve para salirnos coor­ dinadamente de una situación subóptima y que cualquier intento de usar «anuncio L y hago L» no crea lenguaje porque como el resultado es, de hecho, hacer R, el sonido L no significa nada reconocible como diferente a R.

La situación es sin embargo muy distinta en el juego de coordinación. Pensemos en las dos estrategias dobles condicionadas «anuncio L y hago L si el otro anuncia L, o hago R si el otro anuncia R».12 Veamos en primer lugar que esta estrategia es mejor para ambos jugadores que la original. Cada agente gana 10 si el otro acepta anunciar L y gana 1 (como antes) si el otro no lo acepta. Vemos también que la estrategia doble condicionada propuesta funciona mejor para ambos que la que consiste en mentir («anuncio L y hago R haga lo que haga el otro»), ya que ésta mantiene la situación inicial.

Una vez entendido el papel que puede jugar el lenguaje y, por lo tanto, la potencia de la racionalidad comunicativa, es fácil probar, aunque tendrá que bastar con la intuición, que si los dos jugadores jugaran este juego de manera repetida y la estrategia adaptativa fuera la simple y plausible de imitar la mejor estrategia, cualquier «mutación» que introdujera la estrategia doble condicionada que hemos analizado, acabará en que ambos jugadores adoptan la acción L.13 Además en esa situación el sonido «L» acabará significando el acto L, habiendo así enriquecido el lenguaje.

Pero la semántica no es la única dimensión del lenguaje que nos interesa. Una vez que se ha elaborado el lenguaje, más allá de la sintaxis, en su dimensión semántica, puede utilizarse este lenguaje para argüir y para debatir socialmente en un intento de fijar los fines de la acción colectiva. Es decir, nos interesa la dimensión pragmática del lenguaje. Para examinarla pensemos en la relación entre dos comunidades identitarias que pretenden argüir entre ellas para tratar de dilucidar cuál es el mejor de dos fines determinados. Un acontecimiento reciente como la guerra de Irak nos proporciona una buena ocasión para discutir sobre lo que podríamos llamar la «lógica» de los debates a fin de cerrar este apartado sobre racionalidad comunicativa. La globalización va a proporcionarnos muchas ocasiones de observar esta clases de debates que, por otro lado, y tal como hemos tenido ocasión de observar en Cancún y en Doha con ocasión de una reunión de la ronda de Doha, no siempre acaban con acuerdos.

Pensemos en un debate como un método específico de solucionar conflictos en el que dos contendientes más o menos informados tratan de convencer a un tercero sobre la conveniencia de tomar una u otra decisión, de privilegiar un objetivo sobre otro. Una posible forma de modelar un debate es, por lo tanto, como un juego en forma extensiva con información incompleta. Digamos que primero juega (arguye, da información) el jugador 1 y sólo después lo hace el jugador 2, mientras que el tercero, que debe ser convencido, decide si se toma una u otra decisión, se adopta un objetivo u otro, dependiendo de lo que ha jugado (argüido, informado) cada jugador y sabiendo que ninguno de los dos jugadores mentirá en su argumento o informará falsamente, pero que es posible que cada jugador no tenga tiempo para exponer todos sus argumentos o tenga más información que la que presenta, por lo que puede tener un comportamiento oportunista. Lo interesante, naturalmente, es qué ocurrirá en el equilibrio de ese juego. La solución adecuada para este tipo de juegos es el equilibrio secuencial de Kreps y Wilson, consistente en 1) unas estrategias que son la mejor respuesta a la del oponente, dadas las creencias, y 2) unas creencias que son coherentes con lo observado en el juego (es decir, son una adaptación bayesiana de los a priori que cada jugador tiene).

Apliquemos esta solución a un debate entre «USA» y «Francia». En él una y otra pretenden convencer a un tercero (el Consejo de Seguridad) de que tome una de las dos decisiones siguientes: ir a la guerra contra Irak inmediatamente o dar tiempo a los inspectores de la ONU, dos estrategias que podríamos identificar con dos fines diferentes, vencer o convencer. Cada uno de los jugadores tiene una información más o menos fina sobre los varios aspectos relevantes (técnicamente: cada uno de los dos contendientes tiene una partición distinta del conjunto de estados posibles), información desconocida por el Consejo de Seguridad y cada uno de ellos arguye o informa de manera veraz, pero no necesariamente completa. ¿Qué nos dice la Teoría Económica a través de la teoría de Juegos sobre una situación así; qué podemos aprender sobre la lógica de los debates? Ésta es una mala pregunta porque no hay una teoría general sobre debates entendidos como juegos en forma extensiva con información incompleta, pero, como siempre, lo que sí hay son resultados específicos, ejemplos con detalles muy concretos que, aunque no puedan probar nada general, pueden hacernos pensar. Consideremos dos de estos resultados a los que no podré hacer verdadera justicia por falta de espacio.

El primero de los resultados que yo creo que vienen a cuento se debe a Jacob Glazer y Ariel Rubinstein y se refiere a la pragmática del lenguaje de los debates, es decir a la posibilidad de que un mismo argumento veraz tenga diferente capacidad persuasiva dependiendo del contexto. Estos dos autores contemplan un escenario como el Consejo de Seguridad, con «USA» y «Francia» debatiendo en un contexto en el que no todos los argumentos pueden ser expuestos y en el que el Consejo de Seguridad sigue una regla de autoconvencimiento específica que hace del ejemplo que estudian un debate óptimo en el sentido de que minimiza los posibles errores, entendiendo por tales los que llevarían a optar por una decisión que no es soportada por una mayoría de la totalidad de los argumentos. Pues bien, en ese debate óptimamente diseñado, una misma proposición lingüística (que se refiere a un argumento veraz) no es tratada igualmente (no tiene la misma carga de poder de persuasión) si se usa como argumento que si se usa como contraargumento. En concreto, es perfectamente posible que para el Consejo de Seguridad, o para la opinión pública, «USA» gane el debate si arguye la existencia de armas químicas y «Francia» contrarguyera el estado inoperativo de éstas y que, contradictoriamente, «Francia» gane el debate arguyendo la inoperatividad de las armas químicas a pesar de que «USA» contrargumentara su existencia. Esto rompe la consistencia lógica del lenguaje, pero es que ésta sólo es operativa en el aspecto sintáctico de ese lenguaje, no en su aspecto pragmático. ¿Duda alguien de que en el Consejo de Seguridad la pragmática es más importante que la sintaxis? No deberíamos irritarnos mucho con el Consejo de Seguridad ni predicar sin más su modificación; si va a ser un foro de debate siempre habrá que contar con la pragmática del lenguaje y siempre habrá ocasión de detectar incoherencias. Pero nada de esto debería enervar nuestro empeño en diseñar una forma óptima de debate, ya que cualquier otra es todavía peor.

El segundo resultado que quiero mencionar se debe a Hyun Song Shin y se refiere, si se me permite utilizar una interpretación lejana a su intención y además poco rigurosa, al dilema de a quién debería prestar más atención el Consejo de Seguridad, si a «Francia» o a «USA», si esta atención dependiera de quién tiene una información más fina (ver supra) respecto al verdadero estado de la situación. En un escenario parecido al anterior pero sin intenciones lingüísticas y con independencia de regla alguna de autoconvencimiento, de lo que se trata es de que el Consejo de Seguridad conozca la verdad a partir de la información revelada por «USA» y «Francia» sabiendo que ni una ni otra van a mentir aunque pueden no decir todo lo que saben y sabiendo también que «USA» tiene una información mejor o más fina. Como el Consejo de Seguridad sabe esto último y presume que cada uno de los contendientes desvelará sólo la información que le es favorable, no sería de extrañar que el Consejo de Seguridad dé menos peso a la información revelada por «USA» precisamente porque su mejor información le permite un más hábil manejo de las informaciones que revela. Si esto es así no nos extrañaría que «Francia» se llevara el gato al agua. Y uno se pregunta ingenuamente si, más allá de las presiones ejercidas por una u otra potencia ante los miembros no permanentes del Consejo y aparentemente fallidas, no podría ser ésta la razón explicativa de la renuncia por parte de USA a lanzar el ataque con la cobertura del Consejo de Seguridad de la ONU.

Sabemos poco más que lo aquí mencionado sobre la lógica de los debates, pero sí creo que podemos intuir que en el capitalismo que viene vamos a observar un incremento del número de debates, tanto porque hay cada vez más problemas globales (cambio climático y terrorismo son dos buenos ejemplos) como porque cada vez hay más comunidades identitarias con objetivos distintos sobre esos problemas.

RESUMEN

El capitalismo que viene pretende explorar cómo tres síntomas clave de los tiempos –la importancia creciente del conocimiento como factor de producción, la globalización paulatina de los mercados y de otras formas de contacto social y el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación– van a influir en los perfiles de las instituciones clave del sistema capitalista –propiedad privada de los medios de producción, generalización de los mercados como instrumento asignativo, control del Estado y libertad de empresa–, todo ello a la luz de desarrollos más o menos recientes de la Teoría Económica. Como pieza fundamental del sistema capitalista, el Homo economicus es el inicio natural de la exploración y a ello se dedica la parte I que, a lo largo de tres capítulos, mostrará cómo el Homo posteconomicus se hace psicológicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista que su antecesor.

El primer capítulo de esta parte I tiene un carácter a la vez introductorio y parcialmente panorámico. Como introductorio expone algunas herramientas imprescindibles propias de la teoría de la Decisión y de la teoría de los Juegos y bien conocidas por el estudioso; añade algunos elementos de psicología cognitiva que más recientemente se han ido incorporando a la caja de herramientas propia de los teóricos de la Economía, y subraya la influencia bidireccional, con los hechos psicológicos ayudando a las explicaciones de algunos fenómenos económicos y con los conceptos económicos apoyando la comprensión cabal de los hechos psicológicos. Esta interacción, junto con la exposición de nociones de racionalidad más complejas que la usual de racionalidad instrumental, permite pasar revista a un panorama bastante amplio de rasgos novedosos que se vislumbran en el futuro inmediato del sistema capitalista.

Un primer rasgo que merece la pena destacar es el surgimiento significativo del altruismo, la solidaridad y la equidad. Estos comportamientos que se observan en el laboratorio, y que quizá surjan como consecuencia de la mejora económica, empiezan a encajar en el desarrollo del marco conceptual propio de la Economía y pueden llegar a constituir un paliativo a los problemas que em­ pieza a padecer el Estado como proveedor de cierta red de seguridad. Una disonancia cognitiva específica que se suele denominar sesgo confirmatorio nos ha servido para introducir lo que se suele denominar postmodernismo y que muy probablemente sea la actitud cultural subyacente al capitalismo que se va conformando. En el mundo moderno la figura simbólica del saber y del poder es el árbol; en el postmoderno ese saber y ese poder toman la forma del rizoma o de la enredadera con múltiples formas de autoridad intelectual y de poder político. Esta ruptura fundamental será como una corriente subterránea que fertiliza el terreno por donde habrán de discurrir todos los capítulos siguientes y se manifestará de forma expresa cuando en el capítulo 8 hablemos del mercado como emblema del postmodernismo sólo comparable, en ese carácter emblemático, con la red de redes o internet. Otros rasgos del capitalismo postmoderno que irán apareciendo tienen que ver bien con cierto rasgo psicológico denominado procrastination bien con el hecho de que no hay posibilidad técnica de comprometerse de una manera definitiva, ya sea por la misma procrastinación, ya sea por la falta de instituciones sociales específicas. Esto pone en juego todos los aspectos que rodean a la idea de confianza mutua como un posible sustituto de la imposibilidad de fiarse del todo de promesas o de compromisos aparentemente firmes cuando la situación en la que se está no permite una solución self-enforcing.

El capítulo pasa así de los aspectos psicológicos y racionales propios de un individuo aislado a los aspectos más sociales relacionados con la racionalidad expresiva. La primera sugerencia que hay que destacar aquí es que la confianza mutua (junto con la correspondiente reducción de los costes de transacción) se dará más fácilmente en comunidades pequeñas (sobre las que volveremos en el capítulo 6, donde enfatizaremos que pueden ser sostenidas por las TIC) que en comunidades muy amplias que habrán de alcanzar la confianza mutua por otros medios que, como la delegación, remedarán la confianza y remediarán en parte la imposibilidad técnica del compromiso. En las pequeñas comunidades la identidad que las aglutina es un factor a tener en cuenta en la explicación de muchos fenómenos. De acuerdo con el análisis efectuado en este capítulo, y sobre el que volveremos en el ya mencionado capítulo 6, las comunidades identitarias pueden ser estables o volátiles. En el primer caso esperaríamos que en ellas florezcan las pautas de conducta que facilitan la interacción y ahorran costes de transacción. En el caso de que las comunidades identitarias sean volátiles –precisamente por la potencialidad de las TIC–, la conveniencia de establecer ese tipo de pauta ofrecerá múltiples oportunidades de negocio relacionadas con el establecimiento de estas pautas, disfrazadas quizá de estilos de vida, y exigirá formas de gestión distintas de las habituales.

Estos nuevos negocios y estas formas novedosas de gestión debidos a la existencia y volatilidad de comunidades identitarias acarrearán los últimos rasgos que he querido destacar. Surgirán lenguajes diferenciados, propios de cada comunidad como signos de distinción identitaria, y los significados lingüísticos serán tan volátiles como los mercados, propiciando nuevas formas de publicitar las mercancías en una Babel en la que también se observará una proliferación de debates como forma de llegar a decisiones colectivas o a consensos en foros específicos y entre los cuales el Social, que nació en Porto Alegre, o el Económico de Davos, no son más que dos ejemplos que se reproducirán con rapidez.

Finalmente, el capitalismo que viene exigirá sus formas políticas específicas. Lo mencionado hasta aquí hace pensar en un aumento del número de entidades políticas y en una disminución de su tamaño, en un aumento de la participación en cada una de esas entidades y en la necesidad de reforzar la impunidad de las ideas de cada uno.

Notas

1. Se trata de que los conjuntos de consumos al menos tan preferidos a uno dado y de consumos que no son preferidos a uno dado sean cerrados para cualquiera que sea ese conjunto dado.

2. Puede resultar sorprendente que no hable aquí de las hoy famosas organizaciones no gubernamentales (ONG), pero su tratamiento se realizará en un capítulo posterior.

3. Tomemos dos loterías. La primera ofrece 10.000 euros con probabilidad 0,1 (y cero euros con probabilidad 0,9). La segunda lotería ofrece 15.000 euros con probabilidad 0,09 (y cero con probabilidad 0,91). Parecería razonable preferir la segunda lotería a la primera. Miremos ahora otras dos loterías. La lotería tercera ofrece 10.000 euros con certeza y la cuarta 15.000 euros con casi certeza (con probabilidad 0,9) y cero con probabilidad 0,1. Parecería razonable preferir la tercera a la cuarta, pero esto es contradictorio con preferir la segunda a la primera.

4 Si estuviéramos en un mundo no probabilizado, ser racional sería cumplir con los axiomas de Savage y maximizar la esperanza matemática de una función de utilidad de Savage calculada con probabilidades subjetivas. La racionalidad instrumental también exige, claro está, que la probabilidad o creencias se vayan adaptando a la experiencia de acuerdo con el teorema de Bayes.

5 En un equilibrio de Nash cada jugador hace lo mejor para él dado lo que hace el otro.

6. Podía haber inventado cualquier ejemplo, pero he puesto el del texto, debido a Juan Carrillo, porque es particularmente fácil de captar.

7. Ver Urrutia (1996).

8. Esto es lo que parece decir Stephen Wolfram en su «librito» de más de mil páginas.

9. El interés de los autores es ejemplificar cómo la consideración de la identidad puede explicar fenómenos observados como, por ejemplo, la discriminación de género en el trabajo fuera de casa o la división del trabajo entre hombre y mujer en el trabajo doméstico.

10. Para Sen, un notorio antiutilitarista, la falta de participación sería, además, causa específica de las hambrunas observadas. Ver Sen (1999).

11. Como por ejemplo asumir que la racionalidad de un jugador no es conocimiento común, sino sólo conocimiento mutuo de orden N, N < .

12. Queda para el lector dilucidar si esta estrategia doble condicionada no hubiera servido en el caso del dilema del prisionero.

13 Cosa que no es cierta por mucho que se repita el juego del prisionero.

Referencias

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Capítulo 2 : El usuario como productor

En el capítulo anterior hemos topado con la noción de postmodernismo al explicar que cuando hay un sesgo cognitivo conocido por un principal es muy posible que no se fíe de la presunta ventaja de un agente reputado como experto y que se fíe, en cambio, de la opinión media de un amplio panel de expertos sin distinguir unos de otros por su experiencia o reputación. Podríamos haber dicho que, en esas circunstancias, «todo vale» o «todos valen», un lema que a menudo se considera definitorio del postmodernismo, que como corriente filosófica, o constelación cultural, parece fijar su comienzo en un escrito de Lyotard de finales del siglo pasado.1 Conviene profundizar un poco más en la distinción, más o menos estándar, entre modernismo y postmodernismo porque es este último el que constituye el humus cultural en el que se va a desarrollar el capitalismo que se vislumbra en un futuro inmediato.

Comenzaré por una descripción impresionista de ambas concepciones del mundo, la moderna y la postmoderna, que permita encajar bien este capítulo, que pretende pensar cómo va a configurarse el agente individual como un usuario del sistema que lo usa para producir bienes en general y, muy en particular, ciencia como un producto de presunta enorme importancia en la sociedad del conocimiento. Ni un trabajador ni un científico van a ser en el mundo postmoderno lo que eran en el mundo moderno y puede llegar a haber cierta convergencia entre las nuevas versiones de uno y otro.

Si el consumo era el lugar privilegiado desde el que entender la noción de racionalidad, extender sus variedades y deducir algunos rasgos interesantes del capitalismo que viene, la producción y la tecnología son los lugares adecuados para inferir el dibujo del sustrato cultural de ese capitalismo de hoy y de mañana. Consumiremos distinto, cierto, pero también produciremos distinto, y ya hay indicios de ambas cosas. Lo más importante es que el agente individual será un consumidor diferente que exigirá un tratamiento, por parte de las empresas que quieran atraer su atención, muy especial, y que ese agente individual se convertirá en un productor muy alejado de la imagen de trabajador asalariado y mucho más cercano al pequeño empresario o empresario autónomo.

Siguiendo lo que escribí hace años,2 comenzaré exponiendo lo que creo que es la concepción moderna del mundo. Se trata de esa manera de ver la realidad que, intuida en el Renacimiento, se impone con la Ilustración y está hoy en la base de los éxitos de la técnica moderna y en el origen de todo optimismo histórico. Lo característico de esta sensibilidad moderna es considerar el mundo como separado del yo, que trata de entenderlo, y como formado por todo lo que no es la conciencia subjetiva individual.

Para la sensibilidad del sujeto moderno, la realidad está ahí fuera, encelando al yo hacia su captación, ordenación y manipulación. Todo puede ser entendido y controlado; conocimiento y poder son inseparables. Se conoce para controlar, y controlar es indispensable para no sucumbir ante la sordidez del entorno y para vivir en una realidad domesticada y amable. El instrumento tanto del conocimiento como del control es la racionalidad, a veces utilizada directamente, a veces congelada en instrumentos varios. La noción moderna de decisión asociada al control debe entenderse aquí como la que en el capítulo anterior llamábamos racionalidad instrumental y, más precisamente, la que asociábamos a la teoría de la Decisión.

Esta forma de mirar al yo (como sujeto decisorio) y al mundo (como realidad separada) se plasma ejemplarmente en el quehacer de la ciencia, pero está bien presente en todas esas manifestaciones culturales o artísticas del hombre que se califican de modernas. En la plástica se consolida la perspectiva como forma de ordenar por planos la importancia de las cosas, lo que acaba usándose con profusión, por ejemplo, en el cine, mientras que su entorno queda difuminado en un segundo plano. En narrativa, el esquema básico de planteamiento, nudo y desenlace remeda en el mundo de la ficción el acontecer del pensamiento o del ser. En particular, la figura del narrador está en un plano tan distinto a lo narrado que, en general, no discute con sus personajes sobre el destino de ambos. Las aventuras filosóficas son muchas y variadas a lo largo de los siglos que el mundo moderno abarca, pero nunca se dejan de hacer distinciones nítidas entre el ser y sus avatares y entre el yo y el mundo. El ser es aquello a lo que las cosas acontecen; el yo es aquello que entiende y controla. Éste ya no tiene fisura alguna en su actividad calculística y se ve a sí mismo como algo bien definido que, al igual que las otras subjetividades, está desgajado y por encima del mundo. Notemos que el yo nunca entiende a sus congéneres como espejos en los que descubrir sus propias perversidades ni como parte de la naturaleza a la que se enfrenta.

Basten ahora tres pinceladas para sugerir que algo ha cambiado y que hemos entrado de lleno en la concepción postmoderna del mundo. En ontología el ser ya no es el soporte del acontecer y el nihilismo consecuente nos obliga a reconocer con Vattimo3 que los episodios del ser agotan el ser. En pintura no es sólo que la perspectiva no importe, sino que, para algunos, lo único relevante en un cuadro es la textura. La literatura experimenta, y a menudo el narrador queda involucrado en lo narrado. Estas novedades son manifestaciones del cambio que el fin de la modernidad trae consigo. Lo fundamental de ese cambio es que ya no hay atalaya privilegiada desde la que observar objetivamente el mundo. La separación entre el yo y el mundo ya no es sostenible y esto mina algunas certezas: el éxito de la ciencia no está garantizado y no hay razón alguna para que la Historia tenga un final feliz.

Este cambio fundamental tiene consecuencias importantes. La realidad no está ahí fuera (disponible para ser aprehendida y manipulada) en un plano diferente al que yo ocupo como observador y manipulador; estamos ambos en una misma superficie donde todo reposa; librarnos de la necesidad natural, vieja aspiración de lo moderno, puede ser suicida. La racionalidad ya no es una mera propiedad del sujeto; ya no puede considerarse en términos de la teoría de la Decisión, pues ahora sé que la naturaleza juega al escondite y a otros juegos estratégicos conmigo justamente porque los otros sujetos, como yo, forman parte de ella y, como yo, no son algo inerte. Esto nos lleva a la idea de racionalidad propia de la teo­ ría de los Juegos y a la consideración de otros tipos de racionalidad que en el capítulo anterior englobamos como racionalidad expresiva.

Que esta indeterminación de la subjetividad ha de producir una enorme inseguridad, tanto epistemológica como ontológica, queda avalado por los diversos exorcismos que en el plano cultural se manifiestan. La profundidad inexistente intenta ser imitada por el pliegue como figura ejemplar de un mundo que ha de ser construido con una superficie única.4 El trompe l’oeil trata de construir un simulacro del relieve que ya ha desaparecido.

Sin profundidad y sin relieve no se pueden establecer jerarquías, no se pueden ordenar las cosas de manera significativa. El orden que la mirada moderna establecía en la multiplicidad observada era equivalente a dotarla de una unidad de sentido, pero al no haber orden posible la multiplicidad queda al descubierto en toda su obscenidad. El progreso en un mundo postmoderno no puede ya consistir en extender la virtualidad de un principio ordenador o en añadir una rama al árbol de la ciencia, porque no hay principio ordenador posible ni hay árbol de la ciencia. La misma figura del árbol es equívoca, pues evoca una forma ordenada de complejidad que ya no es sino fruto de un pensamiento desiderativo e inercial: en realidad no hay más que una multiplicidad desordenada de explicaciones, mediciones, conjeturas y experimentos, que recuerdan mucho más al rizoma o a la enredadera5 que al árbol.

La relación entre saber y actuar, entre conocimiento y poder, se deja de percibir con la naturalidad de lo moderno y queda problematizada. Actuar en un mundo postmoderno es una actividad peligrosa. El mundo puede engañarnos y llevarnos adonde no queremos, ya que este mundo es un mundo de espías en donde cada uno puede aprovecharse de lo que otro sujeto sabe sobre lo que el primero sabe, etc. Los otros no sólo pasan a ser espejos en los que mirarme, sino unos espejos especiales, cada uno de los cuales refleja una identidad distinta y probablemente falsa, puesto que lo que con su reflejo persiguen es una determinada reacción por mi parte.

Un mundo así es difícil de aceptar. Prueba de ello son las dramatizaciones de la falta de orden y de centro que hoy surgen por doquier. Por ejemplo, en la televisión surgen seriales de tipo coral con decenas de personajes que no hay que tratar de entender, sino de celebrar. Nada expresa mejor esta incomodidad que el desasosiego que Tokio, una ciudad sin centro y sin principio ordenador, le produce a Henri-Lévy, quien afirma que una ciudad así (emblema del mundo postmoderno) «sólo puede ser conocida por el deambular, la vista, la costumbre y el contacto».

Pues bien, este contraste entre dos concepciones del mundo, que permea todo este trabajo, es útil para indicar lo que se pretende en este capítulo. En primer lugar se trata de imaginar cómo se vislumbra el concepto moderno por excelencia, la producción. En segundo lugar hay que descubrir cómo cambia de sentido el factor de producción que denominamos trabajo, cómo la educación ha de evolucionar y cómo los sindicatos se deben de reinventar para adaptarse a la concepción postmoderna de la producción. Como el trabajador postmoderno se parece cada vez más al científico, es de interés explorar en tercer lugar cómo es el científico postmoderno y cómo la investigación y la ciencia dibujan unos perfiles postmodernos que arrojan luz sobre el capitalismo que viene.

PRODUCCIÓN

Si hay alguna actividad económica que puede tomarse como emblema del mundo moderno que acabo de describir, esa actividad no es el consumo, ni la intermediación incorporada a la distribución de bienes, servicios y activos. En estos dos casos, consumo e intermediación, nuestra imagen intuitiva de la actividad corresponde más bien a un mundo postmoderno en el que el agente individual lleva a cabo una actividad muy dispersa que le lleva a visitar muchos tipos de establecimientos distintos, desde la tienda de la esquina al hipermercado de la gran superficie, establecimientos que, a su vez, están unidos por lazos subterráneos, financieros por ejemplo, que lo configuran como una gran enredadera. Muy distinto es el caso de la producción. Hasta muy recientemente, y yo diría que hasta hoy mismo, la actividad de producción está asociada en nuestra retina y en nuestro lenguaje a la imagen del árbol. En efecto, uno se imagina todas las materias primas llegando a una factoría de montaje de automóviles y la propia línea de montaje y lo que ve es como los afluentes de un río que, alimentado por todos ellos, desemboca en un producto final. Pero una cuenca fluvial corresponde exactamente a la imagen de un árbol, un árbol tumbado. En esta sección voy a tratar de sugerir que esa imagen no corresponde ya a la forma de producción del capitalismo más actual. Una de las diferencias fundamentales es que hoy ya no tomamos la empresa como noción primitiva al hablar de producción ni pensamos en el aparato productivo de un Estado como formado por empresas o como una gran empresa. La noción primitiva no es la empresa a la que acuden los agentes individuales a prestar sus servicios; la noción primitiva es hoy la del agente individual o usuario del sistema que puede constituirse en productor individual o hacer con otros un equipo productivo que mañana puede desintegrarse para rehacer otro más tarde: una especie de grupo musical del que de vez en cuando se descuelga un componente para iniciar una aventura en solitario y que muy a menudo está conformado por músicos que ya intentaron la aventura en solitario.

Una vez que haya descrito cómo el agente individual adquiere protagonismo en, y deviene la figura central de, la producción, podré describir con más soltura lo que creo que era y sigue siendo lo crucial de la Nueva Economía.

Hacia el individuo como productor

La mejor manera de apreciar la importancia de desplazar a la empresa como elemento primitivo del pensamiento teórico-económico (a pesar de que seguirá existiendo y de que la libertad de creación de la misma sea crucial, tal como veremos en la parte III de este trabajo) es repasar brevemente cómo ha ido variando la concepción de la producción en el pensamiento económico.

En un primer estadio o momento lógico pensamos en la producción como un sistema input/output de coeficientes fijos –es decir sin sustituibilidad entre factores– o como un conjunto de actividades en el que se producen mercancías a través de mercan­ cías y un solo input primario: el trabajo.6 Este sistema lineal de producción establece cómo cada actividad puede producir con la ayuda del trabajo y cantidades fijas de otras mercancías, o bien una mercancía o un conjunto de ellas, y las puede producir bien de una única manera o de varias formas, incorporando así la idea de distintas tecnologías, algunas de las cuales serán usadas y otras no. En el equilibrio de un sistema así surgirán, en efecto, la actividad que produce cada bien, las cantidades producidas por cada una de esas actividades, que han de ser suficiente para servir como inputs en otras actividades que producen otros bienes y, quizá, una cierta demanda final para mantener la fuerza de trabajo, así como unas tasas de intercambio entre cada par de mercancías que podemos llamar precios (de producción) y que corresponden al total de trabajo incorporado, directa o indirectamente, en la producción de cada una de ellas. Aquí no hay empresas, al menos explícitamente, ni los agentes individuales juegan un papel diferente al de la fuerza de tracción animal, por ejemplo. Sin embargo aprendemos que la forma de la producción es muy importante, que no todas las posibilidades técnicas tienen por qué utilizarse en cada momento, que cuando la actividad es lineal hay rendimientos constantes y que en estas condiciones topamos con una teoría del valor/trabajo.

Esta última característica que he mencionado nos retrotrae a los clásicos y es que, en efecto, los modelos multisectoriales que he glosado en el párrafo anterior han sido utilizados para entender precisamente a los clásicos.7 Sin embargo hay otro aspecto de los trabajos de Smith, Ricardo y Marx que es menos microeconómico y más macroeconómico. Si imaginamos que todas esas actividades que están funcionando son agregadas en una sola mediante el expediente de concebir bienes agregados usando los precios de producción fijos como ponderaciones de las cantidades, podemos concebir una función de producción agregada que con rendimientos constantes o rendimientos decrecientes relaciona el output con el trabajo y otro input, llamado capital, de la misma naturaleza (como mercancía compuesta) que el output. Según sean los rendimientos, el sistema económico alcanza un estado estacionario en el que nada crece o, más optimistamente, en el que todo crece a la misma tasa, precisamente la del crecimiento de la mano de obra.

Retengamos estas ideas de los clásicos y pensemos ahora en otras maneras de entender la producción sutilmente diferentes. Los neoclásicos incorporarán la idea de empresa, una entidad que tiene una tecnología dada y que compra en sus mercados correspondientes materias primas y diversas formas de mano de obra. Esa tecnología es conocida y puede tener distintas formas e incorporar diversas nociones de progreso tecnológico. Cuando esas nociones se incorporan al modelo estándar de equilibrio general,8 cada empresa perteneciente a un conjunto de ellas determinado, posee unas posibilidades tecnológicas representadas por un conjunto de vectores de producción accesibles para esa empresa, lo que permite la sustituibilidad entre factores. Lo que ocurre en la parte productiva de la noción de equilibrio general es que se determina la cantidad que se produce de cada una de las mercan­ cías posibles por cada unidad productiva y que agregadamente debe ser igual a la que se demanda por los consumidores.

En este modelo estándar el conjunto de mercancías está dado, así como el conjunto de las empresas, de modo que el papel del agente individual se limita a ser un vendedor de su fuerza de trabajo, un ahorrador que invierte en participaciones en las empresas y un consumidor. Pero el centro del escenario productivo lo ocupa la empresa. La noción de empresa que se utiliza aquí es muy pobre, una noción puramente tecnológica que no deja ningún papel relevante al empresario y que habrá que revisar en la parte III, pero lo interesante ahora es que no deja espacio al individuo como productor, como distinto al individuo como factor de producción.

Sin embargo, el capitalismo que viene sí que va permitir esa concepción del individuo, porque ya vemos que proliferan los autónomos como trabajadores empresarios, así como los e-lancers o trabajadores a distancia y autónomos que se aprovechan de las posibilidades que proporcionan las TIC. Sobre todo esto volveremos en este capítulo, pero lo que ahora debemos retener es que el conjunto de empresas que en cada momento operan y los bienes que en cada momento se produzcan por esas empresas en activo es, en ambos casos, algo endógeno, que puede variar dependiendo de los incentivos y oportunidades que tengan los individuos para rehacer los grupos productivos, algo similar al papel que juega el empresario en la concepción austriaca de la producción.9

Notemos que esta última manera de entender la producción tiene poco que ver con la imagen de la cadena de montaje de automóviles y mucho más con una especie de borboteo continuo que se parece mucho más al rizoma (una especie de borboteo materializado o solidificado) o a la enredadera, que nunca sabemos por dónde va a desarrollarse. Ahora estamos en disposición de entender la ruptura que representó la Nueva Economía para la concepción de la producción y acercarnos así a una característica importante del capitalismo que viene.

La Nueva Economía

Con la caída bursátil del año 2000, la Nueva Economía reniega de su nombre y se oculta como un leproso apestado. Sin embargo, es necesario recuperarla si queremos entender cómo va a ser la producción postmoderna (un poco a la austriaca) que va a caracterizar al capitalismo que viene. Si la producción moderna se simboliza bien en la minería (que recuerda a un árbol) o, como dije, en la línea de montaje en donde se van juntando flujos como afluentes en un gran río (que desde arriba parece un árbol), la producción postmoderna se simboliza bien en ese hacer y deshacer de equipos productivos a los que me acabo de referir que se parece mucho más a un rizoma horizontal o a una enredadera vertical.

El hablar de Nueva Economía nos permitirá también hacer alusión a una cierta lógica de la abundancia y a una idea de competencia que juntas permitirían entender mejor algunos aspectos del sistema capitalista en el que entramos.

En una aproximación muy burda podemos decir que esta Nueva Economía10 quiere romper no con desarrollos teóricos bien establecidos ni con leyes como la de la oferta y la demanda, sino con algo todavía mucho más básico: la noción clásica de que el de­sarrollo económico tiene su final, poco brillante, en un estado estacionario en el que ya nada relevante crece y al que ya me he referido. Que pueda pensarse en un crecimiento continuo de la renta per cápita, tal como sugiere la Nueva Economía, es en este sentido una novedad rigurosa cuyos orígenes sería bueno examinar. Las ideas más corrientes que tratan de dar cuenta de esta posibilidad revolotean alrededor de la intuición de que el crecimiento incuba más crecimiento. Esto es así bien porque el desarrollo activa algún factor oculto que produce unos rendimientos crecientes en la producción de bienes, bien porque este desarrollo potencia unas externalidades generalizadas que acaban generando un círculo virtuoso.11 Podemos destacar algunos factores que son, sin duda, parcialmente responsables de los rendimientos crecientes. En efecto, la competencia generalizada en mercados cada vez más libres, la globalización de los mercados de capitales y su mayor transparencia, así como la reducción dramática de los costes de transacción que las nuevas tecnologías de la información traen consigo, han liberado fuerzas creativas antes aprisionadas. Este último factor tecnológico, que es para muchos el signo distintivo de la Nueva Economía, adquiere, sin embargo su importancia en conexión con esas externalidades que se dan cuando el coste de producir algo en una empresa cae con el nivel de producción de ese algo por todas las empresas. La antigua idea del aprendizaje por la experiencia es un ejemplo temprano de este tipo de externalidad que nos alerta de la dependencia de la estructura de los costes de fabricación de un avión respecto al número de aviones fabricados con anterioridad. Similarmente, la utilización del teléfono es tanto más conveniente cuantos más teléfonos hay instalados, de forma que cuantos más de éstos hay, mayor es la demanda y el coste unitario de producción puede disminuir. Hay aquí un efecto-red que pone de manifiesto la externalidad que se genera cuando alguien ingresa en una red, debido, claro está, a que cuanto mayor sea ésta, mejor es para todos (piénsese en el ejemplo de la red telefónica). Este efecto-red produce unos rendimientos crecientes (el coste medio de la llamada telefónica disminuye con el número de llamadas) y los consiguientes incrementos de la productividad propulsan el milagro del crecimiento continuo.12

Los ejemplos anteriores, y las bien conocidas economías de aglomeración, nos llevan a la idea principal de la Nueva Economía: cualquier cosa que pueda ser reducida a bits y comprimida para su transporte por la red, puede ser reproducida a un coste virtualmente nulo. Estos rendimientos bestialmente crecientes están en el origen de la idea de la posibilidad del crecimiento continuo, pero, así explicados, ponen de manifiesto las limitaciones de dicha idea. En efecto, no todos los bienes son reducibles a bits y quizá no se pueda incrementar continuamente la demanda de bienes que sí lo son.

La parte de mito que, sin duda, tiene la Nueva Economía es ahora clara. Ni siquiera la información, que es el ejemplo elemental de bien comprimible en la red y cuya producción puede, en principio, ser aumentada infinitamente (pues cabe siempre la información sobre la información sobre… la información), puede ser demandada en grandes cantidades, ya que choca con la capacidad de asimilación del cerebro humano. Pero el mito influye en la realidad no mítica. Saber que se puede retrasar el advenimiento del estado estacionario produce la misma euforia que saber que se alarga la esperanza de vida de nuestra cohorte poblacional. Y esta euforia tiene el efecto inmediato de alargar el horizonte de cálculo de los agentes económicos. Este alargamiento, junto con las buenas perspectivas engendradas por el círculo virtuoso, generó en el último lustro de los años noventa del siglo pasado una revalorización brutal del valor de algunas empresas en Bolsa y un tono general positivo que, a su vez, y por el efecto riqueza, sostuvo un incremento de la demanda agregada que pudo ser satisfecho, sin presión sobre los precios, debido al incremento en productividad ya comentado. Así se explican los espectaculares resultados de la economía de Estados Unidos en aquellos años y su mayor capacidad de recuperación después de la recesión producida por el hundimiento en Bolsa de las empresas puntocom.

Recordemos cómo, hace tres años, los agoreros de siempre, esos que representan la última forma que toma el conservadurismo que sonríe cuando cualquier intento de modificación de la rea­ lidad parece fallar, se tomaron la revancha.13 Según ellos, en un momento dado, la economía real se toma la revancha de la economía virtual recordando que no hay nada que pueda saltarse la ley de la oferta y la demanda y aireando comentarios jocosos sobre la necesidad de generar ingresos o sobre el inalterado poder de las grandes empresas de la economía real. Hay en esta actitud algo de miserable, algo de renuncia alborozada a la libertad y a la igualdad de oportunidades que la Nueva Economía trae consigo, un toque de «vivan las cadenas» que no me resulta nada simpático. Y no me resulta simpático porque, con independencia del deseo, la edad me hace recordar aires que hace más de treinta y cinco años nos traía la lectura difícil de Herbert Marcuse, alguien totalmente alejado de la cultura que nos rodeaba, que representaba las ideas y la experiencia vital de alguien que estaba pasando de la modernidad a la postmodernidad. La memoria me actualiza tres características de su pensamiento que aparentemente chocaban de frente con el sentido de la realidad. 1) La pluralidad de yoes a los que se nos está obligando a renunciar; 2) la crítica afilada de la lógica de la escasez, que acarrea una división del trabajo que nos lleva inexorablemente a la «alienación» o simplemente a tener que renunciar a ciertas facetas de nuestra personalidad; y 3) la revuelta contra el trabajo como maldición bíblica en una época en que las «fuerzas productivas» eran suficientes para generar un «modo de producción» más liberador. Pero claro, estas reminiscencias, sobre todo expresadas en este dialecto marxistoide, no tienen por qué hacernos dudar de la revancha de la cordura, por muy miserable que sea.

Sin embargo, yo creo que los agoreros no deberían estar tranquilos porque los rendimientos crecientes asociados al efecto-red siguen ahí, y su lógica acabará imponiéndose. De ahí que sea conveniente explorar las consecuencias de esa fuerza interna que se despliega implacable gracias, sobre todo, a la red de redes, a internet. Y hay que explorarlas más allá de las ideas de Shapiro y Varian que, sin duda brillantes, no son específicas de internet. La generalización de internet permite soñar con hacer realidad las reivindicaciones proféticas de Marcuse.

1) Las redes están siempre basadas en un factor identitario y la posibilidad proporcionada por internet de pertenecer simul­ ­ ­ táneamente a muchas, tal como vimos en el primer capítulo, permite el desarrollo armónico de nuestros yoes distintos: mi po­ sición en el aparato productivo no tiene por qué determinar mis lealtades. 2) El desarrollo incipiente de una cierta lógica de la abundancia pudiera permitir parar la división del trabajo allí donde queramos sin tener que sufrir un exceso de especialización o sin renunciar a la pulsión cooperativa de forma que 3) el valor añadido significativo puede desplazarse a estadios tardíos de la cadena que va de la materia prima al consumo, estadios tardíos que, además de pulcros y cómodos para el trabajador, acabarán concentrando también la mayoría de la fuerza de trabajo, tal como está ya ocurriendo y que permite afirmar sin decir nada raro que estamos en la sociedad del conocimiento.

Conviene ahora explorar un poco esa lógica de la abundancia y la potencia de internet que la hace posible y está en la base de la Nueva Economía a la que me acabo de referir.14 En dos palabras diríamos que mediante el uso de la TIC se puede generar un continuo crecimiento no inflacionario del output per cápita a través de diversos efectos (entre los que destaca el efecto-red) que permiten la existencia de rendimientos crecientes a escala y generan el consiguiente incremento en la productividad del sistema econó­ mico. Pues bien, este incremento de productividad puede alcanzarse mediante una reducción del denominador o mediante un incremento del numerador, y del contraste entre ambas vías aprendemos una lección interesante.

La utilización sistemática de las TIC disminuye significativamente los costes de transacción y, por consiguiente, disminuye el coste de generar el output, es decir el denominador del output per cápita cuando el trabajo se mide en términos de eficiencia. Que esto es así lo observamos al darnos cuenta de que las empresas en general están comprando en el mercado lo que antes producían internamente e incluso están cambiando su naturaleza. Para una empresa eléctrica puede ser más inteligente dejar de producir y concentrarse en comerciar con la energía producida por otros. Ya en el mundo de la TMT vemos cómo el MP3 forzará a que las empresas discográficas dejen de producir cedés físicos y se limiten a gestionar derechos y cómo se va haciendo probable que las grandes compañías de software dejen de venderlo y se limiten a gestionar el cobro del derecho a bajarlo de la red. Estos ejemplos son, creo, más significativos que la proliferación de proyectos B2B o B2C, pero unos y otros son, en cualquier caso, fruto de la reducción de los costes de transacción propios del intercambio en el mercado.

Sin embargo, la productividad puede aumentar también por un incremento en el numerador del output per cápita, una idea muy clara cuando se trata de innovación tecnológica, pero que no aparece tan evidente cuando la innovación tecnológica es simplemente internet. Y sin embargo he aquí el quid de la cuestión. Internet permite el funcionamiento del netweaving, es decir la conformación de redes de personas que comparten una identidad y se tienen confianza mutua. Esto, a su vez, tiene implicaciones inmediatas. Por un lado transforma las comunidades inertes en agentes activos que pueden actuar en coalición al ser posible que los compromisos entre ellas sean firmes y creíbles. Por otro lado, al conectar, directa o indirectamente, a cada persona con muchas otras, el netweaving hace surgir muchas oportunidades de colaboración o intercambio que antes se desconocían o no se podían aprovechar por falta de confianza. Y estas dos cosas, como veremos ahora, contribuyen a aumentar el output que un sistema económico puede generar.

Para cualquier ciudadano medianamente culto e interesado en el mundo de los negocios lo importante es cómo funciona el netweaving y qué se puede ganar durante el proceso de creación y mantenimiento de redes. Sin embargo, un economista, empujado por su deformación profesional, tiende a rastrear lo que ocurrirá en la culminación del proceso de netweaving cuando, por así decirlo, todas las redes estén ya tejidas y conformen una red de redes solapadas en la que todo individuo está conectado con cualquier otro. En esa situación límite se ha alcanzado lo que los economistas llaman competencia perfecta. Hay dos evidencias indirectas que nos hacen sospechar que esto es así. Primera, la extensión de redes hace que no haya ninguna ventaja del intercambio sin explotar, y esto es la definición de una situación económica óptima. Pues bien, el sistema de precios de libre mercado sostiene ese óptimo en… competencia perfecta. Segunda, como todas las coaliciones están activas pueden bloquear cualquier asignación que no esté en el núcleo de una economía y, como sabemos, éste coincide con las asignaciones que se pueden obtener por el sistema de precios de libre mercado… en competencia perfecta. Es decir, el netweaving ha conseguido conformar las condiciones que garantizan el funcionamiento óptimo del sistema de precios así como su estabilidad frente a cualquier otro mecanismo de asignación de recursos y siempre hemos sabido que esas condiciones tienen que estar relacionadas con la competencia perfecta. Pero es que además hay una relación inmediata no sólo entre lo que la competencia perfecta permite y lo que el netweaving consigue, sino también entre esto último y lo que la competencia perfecta es. En efecto, esta situación es una en la que nadie tiene poder monopólico. Alguien lo tendría si, pudiendo aportar algo positivo al grupo al que pertenece, que muy bien puede ser un team productivo, pudiera extraer el correspondiente beneficio de la amenaza de no aportarlo yéndose del grupo. Ahora bien, por el efecto-red sabemos que cuanto más grande es una red, más gana un individuo al introducirse en ella pero menos aporta el grupo. Por lo tanto cuando la red está completada, nadie aporta nada significativo y nadie puede extraer beneficio alguno por marcharse. Nadie tiene poder monopólico: estamos en competencia perfecta.

El argumento puede acabar aquí de momento, pues ya he mostrado la potencia de netweaving que define a la Nueva Economía. Éste puede, en efecto, aumentar la productividad, tal como quería demostrar, pues desde una situación en la que hay algún grado de monopolio empuja hacia una situación en la que se ha eliminado y, en consecuencia, el output ha tenido que aumentar. Sin embargo la lección realmente importante a extraer no es ésta, sino un corolario inmediato. Si muchos negocios basados en las TIC no generan el valor que se esperaba, e incluso entran en quiebra, no es porque estos proyectos no estén bien planteados en términos de reducción de costes de transacción. Pueden estarlo, pero el problema es que no pueden explotar las ventajas de esa reducción porque sirven a una clientela cuya confianza no han ganado, y no la han ganado porque esa clientela no está constituida en una red identitaria o en red de redes solapadas. Podríamos decir que se ha puesto el carro antes que los bueyes. Mientras no se haya alcanzado algo como esa situación límite del netweaving que identificábamos con la competencia perfecta, difícilmente los proyectos de venta a través de la red pueden desarrollarse plenamente. Pero cuando se haya alcanzado esa situación límite y esos proyectos sean practicables, no serán sin embargo atractivos, pues no alcanzarán ningún beneficio extraordinario. Cabe reflexionar sobre si esta paradoja los invalida. Todo depende de lo que pase en el ínterin y de cómo se pueda ir generando la confianza que permite el funcionamiento del mercado. De todo esto hablaremos en capítulos posteriores, pero ahora, una vez establecido que el agente individual o usuario del sistema es una pieza central de la producción, tenemos que examinar cuáles son las consecuencias de que su papel como mero factor de producción se vaya difuminando.

EL USUARIO COMO FACTOR DE PRODUCCIÓN

A la luz de la forma de entender la producción que acabo de pergeñar y que creo que es la visión que conviene para entender el capitalismo que viene, es necesario revisar la concepción que hoy tenemos del factor de producción que llamamos trabajo. En el capitalismo que viene un agente individual cualquiera puede ser un empleado en un momento dado, pero un empresario en el siguiente y un autónomo o free lancer en el ínterin. Cómo hay que educar a estos agentes individuales es uno de los temas que nos ocuparán ahora junto con el papel que queda para los sindicatos.

Autónomos y sindicatos

En la sociedad del conocimiento es un dato que la parte del valor agregado bruto de toda la producción mundial que corresponde al conocimiento, es decir a lo que la fuerza de trabajo educada incorpora, es cada vez mayor. Equivalentemente, la parte que corresponde a trabajo sin cualificar es cada vez menor. Si traducimos esto de manera burda diríamos que cada vez es más barato (y fácil) producir los objetos físicos y cada vez más caro y difícil realizar una serie de tareas que forman parte crucial de la generación de productos. Hay que diferenciarlos, hacerlos cada vez más sofisticados, asociarlos con un estilo de vida, marquetearlos en competencia con muchos otros. Es decir, lo que hoy es escaso y se paga bien es un know-how que está asociado al trabajo creativo e intangible.

Una segunda característica importante del sistema productivo de hoy es la deslocalización que las TIC hacen posible especialmente en lo que respecta a actividades desarrolladas por esos trabajadores que incorporan mucho conocimiento. Un especialista en desarrollo de software o un equipo de ellos puede estar localizado en la India y hacer mucho trabajo para una empresa de las Highlands escocesas. Esto, claro está, no es sólo deslocalización, sino también outsourcing, una tercera nota importante que hoy detectamos en el sistema productivo. Las TIC han disminuido tanto los costes de transacción, que muchas cosas que se hacían in-house se contratan ahora a empresas de servicios. No sólo la limpieza, sino, de acuerdo y complementariamente con la posibilidad de deslocalización, se subcontratan servicios enteros como el informático o el servicio de atención al cliente o de reclamaciones en empresas de servicios directos al usuario, como telefonía y comunicaciones en general.

Llevar estas observaciones hasta el límite sería un error. Por muy potentes que lleguen a ser las TIC en la sociedad de la información y por mucha facilidad que haya para la comunicación en la economía globalizada, es difícil imaginar un mundo de seis mil millones de átomos productivos en el que uno produce de forma muy barata grandes cantidades de bienes y otros, de manera individual y en cadena, van añadiéndole valor cada vez más sofisticado, desde la descripción del producto en varios idiomas, pasando por el diseño de su empaquetamiento o la publicidad de sus prestaciones, hasta llegar a la invención de un nuevo producto o de la marca de uno ya existente. Esto no está a la vista, pero sí es fácil hacer sitio a una imagen casi tan revolucionaria. Es como una especie de cosmos productivo con grandes estrellas productivas, rodeadas de planetas que a su vez están rodeados de una miríada de satélites muy pequeñitos. Pues bien, estos satélites son como los trabajadores autónomos que hoy empiezan a proliferar.

Estos trabajadores autónomos que pueden ofrecer sus servicios especializados a muchas de esas empresas, que a su vez producen para los enormes conglomerados globales, conforman hoy ya una parte muy importante de la fuerza productiva. Claro está que, aunque las TIC hagan posible su emergencia, no necesariamente se dan en ese mismo sector, en el que sin duda proliferan, como por ejemplo proveedores de servicios informáticos. Hay autónomos en todos los sectores, desde los arreglos caseros a los servicios personales como el coaching, hasta la enseñanza de protocolo o buenas maneras. Pueden o no utilizar las TIC, pero lo que esperamos es que, cuanto más sofisticados sean, más las utilicen.

Nos encontramos así con una naciente capa social que inaugura una nueva época de individualismo. Sus miembros no están sujetos a ninguna disciplina de empresa y son agentes individuales que no distinguen nítidamente entre el ocio y el trabajo porque éste está relacionado con un capital humano desarrolladísimo que se remunera en parte con su ejercicio. Veremos en la última sección que este usuario del sistema se empieza a parecer al científico. Veremos también en el siguiente apartado que este autónomo está educado de tal forma que deviene un pluriespecialista. Pero antes dediquemos unos comentarios al papel residual que les va quedando a los sindicatos en un capitalismo que ya no pivota sobre la producción tradicionalmente considerada.

En el entorno que acabo de describir hay, en efecto, que preguntarse por la vigencia y el papel de los sindicatos. Comenzaré por lo más obvio, por recordar el papel que han jugado.15 En terminología marxista y bien expresiva podemos decir que los cambios en los modos de producción acarrean cambios en las relaciones sociales. La revolución industrial fue un cambio en el modo de producción que trajo consigo un «ejército de reserva», mezcla de lo que hoy llamaríamos explotados, marginados, subempleados, desempleados, etc. y que acabó conformando una clase social proletaria. A partir de aquí nacieron los sindicatos que son, simultáneamente, una institución para la defensa mutua (y que, para muchos, ha llegado a formar parte de la definición de democracia), una ética, propia de la solidaridad de clase, y una épica que corresponde a la lucha obrera.

Aunque parezca antiguo, nada de esto es trivial y, de hecho, merece un monumento a la creatividad humana. Sin el empuje sindical el capitalismo como forma de creación de riqueza quizá no hubiera sido viable. En España tenemos un ejemplo reciente de la importancia de los sindicatos. Sin su colaboración desde los Pactos de la Moncloa hasta su apoyo en la moderación salarial, España no habría podido hacer una transición socialmente tranquila (con independencia de algunas huelgas generales y de tensiones asociadas a la reconversión industrial) ni encaramarse a los puestos de cabeza de la economía mundial. Apoyado, pues, en los sindicatos, el capitalismo ha hecho tan bien su trabajo que el modo de producción ha cambiado. Hace veinte años se empezó a hablar de la época postindustrial y el fin de la guerra fría ha propiciado una reasignación global de recursos. El nuevo modo de producción se caracteriza por varios rasgos. Primero, el capitalismo popular ha hecho de muchos trabajadores accionistas y esto ha difuminado la épica de la lucha obrera, que se va reemplazando por la épica antiglobalizadora. Segundo, las nuevas tecnologías propician el individualismo, y la extensión de los mercados financieros y de aseguramiento mutuo confronta a la gente con la responsabilidad individual. Ambas cosas erosionan la ética de la solidaridad, que pasa a ser defendida por algunas ONG y se va sustituyendo por otras solidaridades menos de clase y más de identidad (nacional, étnica, de género, etc.). Tercero, la globalización pone en juego quizá la propia existencia de la institución sindical y, desde luego, la forma de gobernarla, pues sus finalidades y objetivos alcanzables ya no están claros. Respecto a las condiciones de trabajo, ¿apoyarán la movilidad o defenderán el salario? Respecto a diferentes afiliados, ¿defenderán el salario del empleado o tratarán de paliar la indigencia del desempleado?

En el nuevo modo de producción caben dos posibilidades no alternativas. Cabe que algunos sindicatos se redefinan, guardando las esencias, como una institución transversal que se dedique a defender a los marginados con una ética basada en la lucha contra la pobreza y con una épica centrada en la defensa de la dignidad del ser humano particularmente despreciado en ciertas partes del planeta, especialmente África. Pero en esta alternativa los sindicatos tendrían la competencia obvia de las ONG, Amnistía Internacional y agencias multilaterales, de modo que parece que la otra alternativa es más plausible. Cabe, en efecto, que el sindicato se integre en las instituciones que velan por el buen funcionamiento del modo de producción, preocupándose de la verdadera competencia (evitando así el capitalismo de amigotes), del buen gobierno de las empresas (propiciando la stakeholder society frente al simple shareholder value) e incluso de la felicidad del ciudadano occidental (que puede pasar por mayor ocio).

Las dos alternativas descritas son en realidad complementarias, pues la única manera sensata de salvar África o de integrar a los marginados es el libre comercio y la competencia en general, pero la institución sindical se decantará por la segunda. Dentro de esta segunda alternativa, América ha integrado totalmente a los sindicatos como un lobby más. En Europa no cabe en el momento actual más que su conversión en parte del engranaje socialdemócrata y que sirvan para apoyar las reformas del Estado del Bienestar que permitan su supervivencia.

Pluriespecialistas y educación

Un poco más arriba citaba a Marcuse como un precedente de la sensibilidad postmoderna que clamaba por la posibilidad de simultanear varios yoes y condenaba lo que en su época impedía esa forma de realización. Esa barrera era la forma moderna de producción. Hoy las TIC han reducido enormemente los costes de transacción y la producción postmoderna permite simultanear varios yoes en una figura que nombro, con un evidente oxímoron, como pluriespecialista.16

Para muchos de nosotros el pluriempleo trae reminiscencias de la postguerra, de una miseria digna en la que, para poder atender las necesidades mínimas de una familia normal, no había más remedio que tener, legal o ilegalmente, varios empleos. En ese momento tan cruel, el pluriempleo no era sino una manifestación de la desestructuación del mercado de trabajo, hiperregulado y sin flexibilidad ninguna. Hoy, sin embargo, en un momento en que el nivel de vida ha crecido mucho y en una situación donde la producción ya no está muy bien reflejada por la línea de montaje, el pluriempleo puede no ser un accidente desgraciado, sino una posible forma de desarrollar la personalidad de algunos trabajadores con especiales perfiles de habilidades.

Para ponernos en situación olvidémonos de esa línea de montaje y de otros trabajos repetitivos que cada vez son menos frecuentes y focalicemos nuestra atención en trabajos propios de la sociedad de la información. Pensemos en un profesor universitario de Economía que, además de dar clases y publicar, es asesor del Banco Mundial, dirige una colección de textos de Economía en una editorial de prestigio y es propietario de una pequeña empresa puntocom especializada en consultoría de internet. Me gustaría argumentar no sólo que un individuo así, que divide su tiempo entre cuatro trabajos más o menos creativos, puede estar más contento que concentrándose en uno cualquiera de ellos, sino también que la universidad, el Banco Mundial, la editorial y la empresa puntocom pueden preferirlo a la combinación de cuatro especialistas, y eso aunque no cuenten con él a tiempo completo.

Desde el punto de vista de la oferta de trabajo (o de la demanda de empleo) no parece difícil admitir que un trabajador cualquiera pueda preferir la combinación de tareas que acabo de describir a la especialización en cualquiera de ellas. De hecho, cualquier economista tendería a pensar que así es. De la misma forma que si mis preferencias dependen del trabajo y del ocio es normal que, dado el salario, elija una cantidad positiva de ambos «bienes», si mis preferencias dependen del ocio y de varios trabajos diferentes, también será normal que acabe eligiendo, dados los salarios relativos, una cantidad positiva de cada uno de los varios trabajos además del ocio. Hasta aquí sólo digo que si las formas funcionales de las preferencias son las que suelen usar los economistas, esto sería lo normal, pero esto sólo es un argumento para economistas deformados profesionalmente. Un razonamiento más aceptable por el público en general vendría configurado por un argumento de diversificación de cartera. Cuando el profesor de mi ejemplo no consigue probar el teorema que persigue o cuando descubre, después de meses, que su conjetura era falsa, el único consuelo posible es que su empresa puntocom vaya como un tiro. Cuando éste no es el caso, quizá encuentre algo de consuelo en seleccionar para su publicación libros que muestren por qué falló la primera oleada de la Nueva Economía, y si estos libros no se venden mucho, quizá porque nadie cree en una segunda oleada, puede todavía luchar contra ese pesimismo colaborando con el Banco Mundial para cerrar el gap tecnológico de los países pobres. Para cerrar el círculo cabe pensar, claro está, que cuando no consiga erradicar la pobreza puede aportar a la teoría del desarrollo un magnífico artículo sobre multiplicidad de equilibrios con expectativas racionales que se autoalimentan y que explican en última instancia por qué algunos países no despegan mientras que otros sí lo hacen. Ya sé que no todo el mundo puede ejercer cuatro empleos como éstos, pero admitirán conmigo que hay más gente parecida a este prototipo que la que había hace años y que este tipo de pluriespecialistas puede estar, y sentirse, mejor que el antiguo monoespecialista: quizá no triunfe mucho en cada línea de su especialidad, pero la posibilidad de fracaso es menor.

Por parte de la demanda de trabajo (o de la oferta de empleo) el argumento también se sostiene. Cabe la posibilidad de que algunas empresas tengan líneas de producción para las que es conveniente contratar pluriespecialistas. Mi ejemplo sirve aquí también. Al Banco Mundial quizá le gustaría contar, a tiempo parcial, con un especialista universitario en desarrollo que además esté al tanto de diferentes enfoques y conozca de primera mano el mundo de internet. Es posible que una empresa de consultoría de internet prefiera estar dirigida, aunque sea a tiempo parcial, por alguien que aprecia una metáfora como la del mercado en toda su potencialidad (ya que la red tiene características similares a las del mercado). Una universidad quizá quiera tener cierto porcentaje de profesores en dedicación parcial que ejerzan la consultoría y podría darse el caso de que una editorial prefiera dejar la dirección de una colección específica en manos de alguien con perspectivas amplias aunque no dedique todo el tiempo a esa tarea. Podría pensarse con razón que elijo mi ejemplo a propósito, pero es que no sólo es cierto que cada vez estamos más cerca de una sociedad de servicios, sino que también es verdad que incluso las empresas industriales cada vez tienen que conocer mejor a sus clientes y que la forma de hacerlo es propiciando la autoselección que genera una oferta diversificada y diseñada por personas con perspectivas interdisciplinares que captan las diversas formas de vivir que se ofrecen a la consideración del ciudadano. Estamos cada vez más cerca de un mundo en el que la elección de un automóvil, por ejemplo, dependerá menos de sus prestaciones mecánicas o de su precio y más de su concordancia con un estilo de vida determinado.

Si las empresas necesitan más pluriespecialistas y las personas queremos atender todas las facetas de nuestra personalidad, cada vez estaremos más cerca de observar el empleo de personas capaces de mezclar en sí mismas las maneras de pensar de especialidades diversas y los reflejos variados de experiencias múltiples. Cabe la posibilidad de que una empresa esté dispuesta a pagar mucho por una persona con estas características, pero también puede darse el caso de que estas personas pluriespecializadas consigan ingresos altos trabajando a tiempo parcial en varias empresas distintas recibiendo de cada una de ellas un salario mayor que la cuarta parte de uno normal, premiando así la sinergia que aporta. El mercado de trabajo, desestructurado en la postguerra del pluriempleo vergonzante, quizá pueda hoy estructurarse de manera suficientemente flexible como para acomodar a estos pluriespecialistas que empiezan a emerger. El dulce encanto del pluriempleo parece cada vez más posible y cercano. Pero no para todo el mundo. Deben abstenerse tanto los especialistas, que experimentan unos enormes costes al cambiar de onda o son muy arriesgados en su apuesta por el éxito, como los generalistas que no saben de nada en concreto. Estos señores seguirán teniendo un solo empleo cuando lo consigan. Quienes disfrutarán de la seguridad y de la dulzura de jugar en diversos campos serán los pluriespecialistas y éstos, en el mundo postmoderno que se nos viene encima, recibirán un salario total acumulado muy alto que, si bien es verdad que contrastado con el gran capital humano que han tenido que acumular sólo les proporcionará una tasa de rendimiento normal, también es muy cierto que lo reciben para realizar un trabajo o un conjunto de trabajos que les permiten cultivar todas, o al menos muchas, de su manías.

No hay que tener mucha imaginación para deducir de lo anterior que estos pluriespecialistas tendrán normalmente la naturaleza jurídica de empresario autónomo y que ambas características del capitalismo contemporáneo, la pluriespecialidad y la autonomía, van a ir a más. Esta tendencia pone en juego no sólo el papel de los sindicatos y la propia noción de individualismo tal como ya hemos visto, sino que plantea un problema serio al sistema educativo. ¿Cómo ha de ser la educación en el capitalismo que viene?

No trataré aquí de entrar de lleno en el problema, pues esto nos adentraría en la consideración de problemas de teoría y de Política Económica que ahora no quiero tocar, pero sí caben algunos comentarios obvios. En primer lugar, que la educación no puede ser una burbuja dentro de las tendencias generales, de forma que el sistema educativo no puede hacer abstracción ni de la globalización, que exige una buena formación en lenguas extranjeras, ni de la sociedad del conocimiento, que va a acabar excluyendo a los que no están al tanto de lo que pasa en el mundo o creen poder arreglárselas con sus solas manos como única herramienta de trabajo, ni, desde luego, de las TIC que van a cambiar la forma de enseñar y sobre todo la de aprender.

Esta afirmación última me lleva a un segundo comentario que recuerda el título de una conferencia de Gadamer17 ya en su senectud: «Educar es educarse». Esto quiere decir, en primer lugar, que nadie enseña y que algunos aprenden. Seguirá habiendo maestros, pero la responsabilidad final del nivel alcanzado por mi capital humano medido en formación y en información dependerá realmente de mí mismo. Tengo a mi disposición todo el conocimiento del mundo, y lo máximo que puedo pedir es que alguien me enseñe no tanto a estructurar esa información, cosa que acabará siendo el output de un negocio estándar, como a saber combinar bien las diversas formas de estructurar la información.

Pero «educar es educarse» tiene un segundo significado. Quiero decir que quien aprende lo hace siempre en relación con otros de los que aprende y a quienes enseña. Esto se ha sabido siempre y los alumnos siempre hemos aprendido mucho de otros alumnos. Pero este hecho alcanza hoy otras dimensiones. Lo que necesita hoy un pluriespecialista autónomo no es una educación formal generalista que le permita adaptarse luego a lo que la vida laboral le vaya exigiendo. Aunque mejor es esto que la especialización minuciosa que le arrincona para siempre en una esquina que muy posiblemente el desarrollo de la vida económica no vaya a visitar nunca más. Lo que este usuario del sistema económico que va a ocupar el centro de la escena necesita es, precisamente, estar preparado para el cambio; algo así como estar permanentemente sobre la punta de los pies para poder salir corriendo en la dirección correcta a la velocidad de la luz. Por lo tanto, la educación será más informal y más dirigida a picar aquí y allí, algo que sólo las TIC pueden dar y que no puede esperarse de la educación formal. Se aprende de quienes en un momento determinado forman conmigo un grupo de trabajo para la elaboración y distribución de cualquier nuevo producto o servicio. Este grupo forma una comunidad identitaria que, sin embargo, está solapada con otras, de forma que hoy no sólo aprendo para mi trabajo de hoy, sino que casi sin querer aprendo para alguno que surja mañana.

Estos comentarios muy generales no deben tomarse como una afirmación de la obsolescencia del sistema educativo. Éste debería seguir existiendo, pero los maestros serán pluriespecialistas autónomos que saltarán de una enseñanza a otra como cualquier otro agente individual. Los que tienen los días contados son rasgos del sistema actual como los diferentes itinerarios o la formación pro­ fesional especializada. Ambas cosas se parecen demasiado a un árbol y en esto de la educación, como en cualquier otra cosa, la figura inspiradora habrá de ser el rizoma horizontal o la enredadera vertical.

EL USUARIO COMO PRODUCTOR DE CIENCIA

Hemos visto cómo la producción del capitalismo que acecha tiene que contemplarse necesariamente como sujeta a rendimientos crecientes aunque sólo fuera por el efecto-red que producen unos rendimientos crecientes por parte de la demanda inevitable cuando las TIC pueden usar su enorme capacidad de tejer redes. También hemos visto que en los tiempos de internet la relación del trabajador con la empresa cambia de manera radical y cómo el capital humano que será conveniente acumular cambia de naturaleza privilegiando una educación que permita mantener la capacidad de ser un pluriespecialista. Lo que se trata de ver claro es si en la sociedad del conocimiento la producción de ciencia puede seguir manteniendo la misma lógica que la guiaba anteriormente, si esa lógica puede ser contemplada como la que va a imperar en ge­ neral o si la ciencia, al contrario, tendrá que adaptarse a la nueva lógica del sistema capitalista.

En el primer apartado de esta sección se presenta, contempla y discute la figura del científico como un caso especial de trabajador, procurando discernir aquí si su descripción convencional nos da pautas para el futuro o más bien suena ya a superada. En el segundo apartado estudiaremos los pros y contras de proporcionar ciencia a través de un sistema como el capitalista, con producción privada y distribución a través del mercado, dejando para más adelante la cuestión crucial de si el capitalismo que viene >frenará su empuje ante la fortaleza de la ciencia o si es esperable que traiga consigo un cambio radical en su concepción.18

El científico

En este apartado trataré de explicar cómo en los tiempos actuales se produce la convergencia entre dos figuras tan aparentemente alejadas como la del empresario y la del investigador científico o, al menos, entre dos versiones de esas figuras paradigmáticas. Comenzaré por la figura del científico. Se trata del sujeto del Sistema de Ciencia Abierta propio de la República de la Ciencia. Esta construcción social está basada en dos pilares fundamentes: 1) la libertad de entrada a toda persona competente y 2) el carácter público de los resultados obtenidos, que no podrán ser patentados. Pero como ha mostrado Paul David, este Sistema de Ciencia Abierta, que constituye el legado del feudalismo a la modernidad, está históricamente determinado. La explicación histórica de Paul David puede resumirse de la siguiente forma. El primer paso argumental consiste en recordar que, en el feudalismo anterior a la emergencia de la Ciencia Moderna en el siglo xvi, cada uno de los señores feudales utilizaba a filósofos, bufones, castrati y sabios de renombre como reclamo de su magnificencia. Magnificencia que subrayaba su poder y, por consiguiente, constituía una amenaza para los otros señores feudales que, a su vez, hubieran podido atacarle. Sabios, bufones, castrati y filósofos eran el adorno ideal porque su valor podía mostrarse públicamente a todo el mundo. Consejos, piruetas, trinos y aforismos son, en efecto, universalmente reconocibles. El segundo paso en el argumento consiste en reconocer que, a partir del siglo xvii, los científicos, que sí son ya de utilidad objetiva al señor, no pueden sin embargo servir de adorno porque sus «gracias» no son fáciles de apreciar, especialmente si se expresan en forma matemática. Como las cortes, aunque ya evolucionadas, siguen queriendo mostrar señales de su magnificencia y de su poder, hacen de la ciencia una posible señal propiciando para ello una comunidad de sabios que pueden juzgar las afirmaciones pretendidamente científicas emitidas por cualquiera y que son los únicos responsables de la aceptación de los nuevos miembros de la comunidad. El tercer paso en el argumento es el más sutil. Aunque el señor sigue apreciando el aspecto ornamental del científico, como no puede evitar que éste sirva a dos señores, acabará pagándole muy poco. A su vez, el científico, para satisfacer su instintivo amor a la verdad, ir descubriendo los secretos de la naturaleza y obtener fama entre sus colegas, no tiene más remedio que venderse, aunque sea barato. Así se cierra el argumento de Paul David. Si lo aceptamos no nos puede extrañar que el científico se sienta a veces, a pesar de los honores de su comunidad (cuando los obtiene), como un bufón mal pagado que se ve obligado a disfrazar su conocimiento objetivo de chistes malos para, al menos, cobrar estos últimos. El investigador así determinado es un ser alienado en el sentido literal de la palabra, pero el hecho de que las circunstancias históricas puedan cambiar pone de manifiesto la fragilidad de la figura del científico, que de bufón alienado puede pasar a autor creativo en el sentido de que puede llegar a ser un apasionado inventor de mundos que acaba exigiendo la protección de sus derechos de autor lo mismo que un poeta o un novelista y que puede muy bien forzar al reconocimiento de la patentabilidad de algunas ideas básicas.

Pero tampoco la figura del empresario es unívoca. Si el investigador científico puede ser un bufón o un autor, el empresario puede ser un burócrata o un héroe. El empresario burócrata corresponde a la concepción neoclásica de la empresa. Para ésta, el empresario actúa en el mercado, no crea mercado, es un ser pasivo que no crea riqueza, sino que sólo la aflora y que, como no se arriesga realmente, no gana nada más allá del beneficio normal. Pero la concepción austriaca nos ofrece una figura del empresario mucho más heroica que, más o menos, debemos a Schumpeter. El empresario crea mercado, no sólo actúa en el mercado. Se trata de alguien innovador que, a partir de una visión de un nuevo producto o de un nuevo proceso, reorganiza los recursos retirándolos de otros usos, recaba financiación y termina produciendo o bien algo distinto o bien algo conocido, pero de una forma más barata, de forma que, en uno u otro caso, adquiere momentáneamente cierto poder monopolístico. Es decir, este héroe vence las resistencias que se oponen a cualquier visión distinta, crea riqueza y acaba recibiendo el premio a su arriesgada heroicidad en forma de beneficios extraordinarios.

La rigurosa novedad histórica es que hoy es posible la convergencia entre un científico/autor y un empresario/héroe. En efecto, la historia de Venter y su empresa Celera Genomics es algo más que una anécdota. Los científicos empiezan a vislumbrar hoy que pueden ser sus propios empresarios y no sería de extrañar que se dejaran llevar por los incentivos económicos sin que el «ethos científico», o la pasión por la verdad, sirva de freno. Pero si esto es así, el Sistema de Ciencia Abierta acabará clausurándose y los científicos no compartirán sus resultados. Este problema podría ser solucionado mediante correcciones legales al sistema de patentes, pero lo verdaderamente grave es que simultáneamente se introduce también un peligro evidente para la otra pata de la República de la Ciencia: la no discriminación. En efecto, ya no es claro que cualquier científico competente tenga garantizado su lugar en la correspondiente comunidad. El reconocimiento se mezcla con las estrategias empresariales y un descubrimiento científico y su autor pueden ser silenciados por intereses compartidos por todo un sector económico. El problema ya no es que el premio Nobel sea una compensación demasiado pequeña por descubrir la verdad. El problema ahora es que es posible que se compre muy caro un premio Nobel con la aviesa intención de dar una pista falsa. Esto ya no es broma, pues está en juego la verdad. Volveré sobre este problema epistémico, pero antes conviene repasar las relaciones entre la ciencia y el mercado.

No parece que haga falta insistir en que esta convergencia entre el científico y el empresario no hace sino reforzar la idea de que en el capitalismo que viene florecerá el trabajador autónomo y pluriespecialista y que, en consecuencia, es dudoso que se pueda mantener la producción de ciencia como un subsistema aparte, especialmente cuando la creciente importancia del conocimiento como fuente de producción va a incrementar aparatosamente el coste de la oportunidad de consagrarse monacalmente a la ciencia.

Sin embargo, que la ciencia se adapte a la lógica capitalista general plantea problemas que, aunque tradicionales y bien conocidos, se consideran en el siguiente apartado, indicando su posible solución y dejando para un capítulo posterior la posibilidad de privatización.

Ciencia básica y mercado

La importancia de la ciencia básica es enorme. Además de su interés intrínseco, constituye el soporte de la ciencia aplicada y ésta, incorporada a productos industriales específicos, representa un porcentaje creciente del valor añadido real. La sociedad del conocimiento, como constructo intelectual reciente, se hace eco de este hecho y la teoría del crecimiento endógeno de los últimos tiempos singulariza la ciencia y la tecnología como factores cruciales del crecimiento económico.19 Pero, precisamente por esta conciencia creciente de su importancia, hay una clara tentación de aprovecharse privadamente del rendimiento económico que la ciencia y la tecnología pueden llegar a tener, y esto exige pensar si esa tendencia es buena para la generación de una y otra y si puede plantear algún problema epistémico.

Esto es justamente lo que pretendo hacer en las páginas que siguen, teniendo siempre in mente la historia reciente de la secuenciación del genoma humano. Este éxito científico fue conseguido por la empresa privada Celera Genomics, promovida y presidida por Craig Venter, un científico respetado por sus pares. Esta empresa privada, equipada con potentísimos ordenadores, ha ganado la carrera a los públicos Institutos Nacionales de Salud (INS) estadounidenses. Es posible que Celera se haya aprovechado del carácter público de los resultados parciales obtenidos en el contexto del programa propiciado por los INS, pero el hecho relevante es que Celera quiso patentar su resultado y, de esta forma, obtener una ganancia para sus accionistas que compensara el riesgo que corrían en un proyecto como el de la secuenciación del genoma humano, en el que el ganador, en principio, se lo lleva todo.20

Este caso del genoma humano es muy adecuado para mis propósitos expositivos, pues ejemplifica muy bien la ciencia básica a la que me estoy refiriendo. No se trata de teoremas matemáticos o de ciencias formales. Se trata del descubrimiento de los secretos de la naturaleza y de las posibilidades abiertas por ese descubrimiento, campos éstos en los que la mejor estrategia es la diversidad y la rebeldía. Esta última afirmación es central para mi tesis, por lo que creo que merece la pena justificarla desde el principio. Lo haré siguiendo algunas ideas sobre la plenitud del mundo que hace ya bastantes años presentó Paul Roemer en las segundas Lecciones de Economía Barrié de la Maza. Pensemos por un momento en algunos números realmente muy grandes. 1017 es el número de segundos que han transcurrido desde el Big Bang. 1030 es el número de mezclas que se pueden hacer, sin incluir dosificaciones diferentes, entre los 100 elementos básicos de la tabla periódica. 101,8mill. es el número de volúmenes de la biblioteca de Babel borgiana. Y 101billon es el número de cadenas de ADN (medidas de una cierta forma). Errores de conceptualización y posibles errores de medición no son importantes para el argumento. Lo importante son las órdenes de magnitud. Y de ello se siguen de forma trivial dos reflexiones muy importantes. En primer lugar, que el mundo no está lleno, como cabría pensar si todo lo concebible estuviera en este mundo, sino que cabe concebir cosas que no están en la naturaleza y que pueden construirse. Pensemos en ralentizadores de la velocidad de la luz, en superconductores a altas temperaturas o en elementos más estables que el plutonio. La ciencia, en consecuencia, no consiste sólo en encontrar, sino también en construir. En segundo lugar, también se sigue que no hay horizonte humano temporal razonable que permita explorar sistemáticamente todos los materiales posibles, todas las historias imaginables o todas las formas de vida concebibles. A la luz de estas reflexiones cabe preguntarse por la estrategia óptima para explorar el territorio por descubrir. Hasta hace poco pensaba que esta estrategia óptima consistiría en la aplicación incansable y sistemática de la moderna racionalidad instrumental. Hoy tengo un planteamiento distinto; se trataría más bien de la aplicación de la racionalidad postmoderna, menos instrumental y más intuitiva. Pues bien, la dimensión de lo que queda por explorar y esta nueva sensibilidad permiten considerar como óptima una investigación menos sistemática y más diversificada, más experimentadora y más rebelde.

El problema que se plantea ahora es, naturalmente, si el mercado puede proporcionar esta estrategia investigadora óptima. Para atacar el problema empezaré por mostrar cómo en condiciones de rendimientos constantes (o decrecientes) en la producción de ciencia básica puede haber circunstancias en las que el mercado falla porque no provee ciencia básica en la cantidad adecuada y como, en condiciones de rendimientos crecientes, además de lo anterior, hay un fallo epistémico en el sentido de que se producen irreversibilidades y dependencias del recorrido que debilitan o imposibilitan la estrategia rebelde y diversificada que ya he defendido como estrategia científica óptima en un mundo no pleno.

Muy a menudo se dice que la producción científica está sujeta, tanto si se trata de investigación básica como aplicada, a rendimientos crecientes tecnológicos. Los laboratorios científicos, por ejemplo, no podrían ser partidos en dos sin detrimento de su productividad. Este argumento implica que el coste marginal está por debajo del coste medio y que, en consecuencia, el mercado no podría funcionar en condiciones de competencia perfecta (y proveer así la cantidad socialmente óptima de ciencia), porque la igualación del precio al coste marginal no puede sostenerse en cuanto que implica pérdidas. En un momento volveré mi atención a este caso y explicaré lo que ocurre cuando hay rendimientos crecientes a escala, pero ahora tengo que resumir los fallos que se atribuyen al funcionamiento del mercado en la provisión de ciencia incluso si ésta pudiera producirse en condiciones de rendimientos constantes o decrecientes. Aun en este caso, el argumento económico tradicional indica que la actividad de producir ciencia, es decir la investigación, genera un bien raro con tres características especiales. En primer lugar, los resultados de esta actividad son muy inciertos, por lo que es muy poco frecuente que se aborde por la empresa privada a no ser que ésta sea muy grande y diversificada. En segundo lugar, la producción o el consumo de ciencia, y el énfasis que ésta pone en la razón, produce un efecto civilizatorio general que se puede interpretar como un efecto externo positivo que implica, naturalmente, que la iniciativa privada produciría menos ciencia de la socialmente deseable. En tercer lugar se arguye que los resultados científicos generados por la investigación son bienes públicos en el sentido de que todo el bien está disponible para todos, es decir en el sentido de que no hay rivalidad en el consumo ni posibilidad de exclusión. Se sabe que, en estas condiciones, el sistema de mercado en competencia perfecta infraproduce sistemáticamente el bien de que se trate, en nuestro caso, la ciencia. Parecería pues natural que la ciencia se lleve a cabo en organismos públicos como pueden ser la universidad o cualquier otro organismo público de investigación.

Esta argumentación puede, sin embargo, ser puesta en entredicho. Los resultados de la investigación son a menudo más previsibles de lo que se creía, especialmente, es verdad, en ciencia aplicada. El mercado puede ser parcheado mediante subvenciones o impuestos para internalizar las externalidades. Las distorsiones producidas por el carácter público de los resultados de la investigación se pueden paliar mediante el uso de patentes que permitan apropiarse de esos resultados aunque sea de manera temporal y no implica, en cualquier caso, que no haya formas de conseguir su provisión óptima por una empresa privada. Además de estos contraargumentos teóricos, tenemos otros de carácter más práctico o empírico. Primero, el posible fallo de la iniciativa privada no garantiza el éxito de la pública. Hay muchos ejemplos del fracaso de esta última. Segundo, la iniciativa privada está ya proveyendo ciencia que en ocasiones puede considerarse básica apoyándose en el desarrollo de los mercados de capitales y en la proliferación de fondos de private equity puestos en circulación por corporaciones financieras.

Sea por una razón o por otra, cuando la investigación no está sujeta a rendimientos crecientes, no parece que haya objeciones insalvables a su provisión privada. Pero cuando hay rendimientos crecientes, se trata de otro cantar. Podrá argüirse que los rendimientos crecientes tecnológicos a los que me he referido ya no son empíricamente tan relevantes, especialmente ante la disminución brutal de los costes de transacción que las nuevas tecnolo­ gías de la información traen consigo, pero hay otras formas de generar rendimientos crecientes que son especialmente relevantes para la producción científica, tal como nos ha hecho ver Michel Callon. En la producción científica aparecen unas externalidades no tecnológicas que pueden dar origen a rendimientos crecientes. Pensemos, por la parte de la oferta, en el fenómeno que Arrow denominó learning by doing (aprendizaje por la experiencia). Por ejemplo, la curva de aprendizaje de la producción aeronáutica muestra que el costo de producir un avión disminuye con el número de aviones producidos por la industria. No es difícil imaginar que este mismo fenómeno puede ser relevante para la gran ciencia y que posiblemente haya tenido algo que ver en el caso de esa secuenciación del genoma humano que me está sirviendo de hilo conductor para mi exposición. Pero estas externalidades no ocurren sólo por la parte de la oferta. Pensemos, por la parte de la demanda, en el efecto-red. Es intuitivo que una red es más valiosa para un nuevo usuario cuanto más grande es, es decir cuanto más usuarios tiene. Este idea que es evidente en una red telefónica o en la red de usuarios de Emule no es en absoluto despreciable cuando la referimos a esas redes identitarias especiales que llamamos escuelas científicas.

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Pues bien, estos rendimientos crecientes relevantes para la ciencia son ciertamente incompatibles con la competencia perfecta y producen una tendencia a la monopolización de la producción que, a su vez, da origen a dos fenómenos que, detectados por Brian Arthur, son ya casi lugares comunes. En efecto, pensemos, por ejemplo, en el efecto-red. Cuando es significativo confrontamos encasquillamientos, con sus correspondientes irreversibilidades, y dependencia del recorrido. Paul David ha descrito la persistencia del teclado QWERTY como un fenómeno de encasquillamiento en algo arbitrario (ya que QWERTY no es el más eficiente o lógico) que hace imposible volverse atrás e implantar otro teclado más eficiente o lógico: se necesitarían unas inversiones tan brutales que parecen inabordables. Por otro lado, cuando la economía se va organizando de acuerdo con rendimientos crecientes, es bastante claro que cada paso que se da hace imposible alcanzar algunos frutos que podrían haber sido alcanzados sólo a partir de otras decisiones iniciales. En términos de ciencia, estos dos fenómenos son devastadores para la estrategia científica rebelde y experimentadora que he descrito como óptima en la introducción. Diversidad y rebeldía no pueden darse cuando reinan el encasquillamiento y la dependencia del recorrido. Casi podríamos decir que cuál llegue a ser el estado de la ciencia (incluso cuál llegue a ser la verdad) depende de por dónde empecemos y de cuáles sean los pasos que vamos dando. La estrategia científica factual, tal como ha sido documentada por los sociólogos de la ciencia y descrita por Callon, adolece de encasquillamiento y de dependencia del recorrido y, por lo tanto, plantea un problema epistémico serio que se añade al que pudiera surgir del roce entre descubrimiento científico y estrategia empresarial.

Nos encontramos pues en una situación en la que ciencia y mercado siguen teniendo unas relaciones conflictivas. Pero no por los argumentos tradicionales asociados a esos supuestos fallos de mercado que harían desaconsejable su uso para la provisión de ciencia (éstos son soslayables), sino por un problema epistémico que parece difícil de solucionar. Nada más postmoderno que la incertidumbre epistémica con la que el sistema capitalista va a envolver la creación de ciencia.

RESUMEN

En la introducción a esta parte I se afirmaba que el Homo posteconomicus aparecería, cuando se le compara con el Homo economicus,como psicológicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista. En el capítulo anterior vimos cómo la racionalidad se hacía más compleja que la simple racionalidad individual, cómo algunos sesgos psicológicos podían ser incluidos en la descripción teórica del agente individual con resultados sorprendentes y cómo algunos aspectos de la racionalidad expresiva, por ejemplo la importancia de la identidad en la toma de decisiones, ponían en entredicho el presunto individualismo de ese Homo economicus. En este capítulo he tratado de iniciar una exploración, que encontrará su continuación en el siguiente, sobre este último aspecto, tratando de ver cómo el agente individual, para formar parte de un entramado productivo que no es tan lineal como creíamos, pone en juego algunas facetas del individualismo de forma insospechada.

La producción, concebida de manera tradicional y ejemplificada por la cadena de montaje de automóviles, es el locus classicusen donde se acoge el sentido moderno del mundo. En este sentido el agente individual como factor de producción no es muy individualista; más bien pertenece a una clase que se caracteriza por no ser propietario de los medios de producción y por tener que vender su fuerza de trabajo, que no se diferencia en nada de la de cualquier otro trabajador de su clase. El sindicalismo es el movimiento social que nace para la defensa mutua de los miembros de esa clase y los únicos agentes individuales que pueden considerarse individualistas están ejemplificados por el científico, que a lo largo de una prolongada historia va alcanzando su independencia a un coste muy alto.

Pues bien, la concepción postmoderna del mundo desplaza a los propietarios de las empresas, o a estas mismas, del centro neurálgico de la producción y el agente individual ocupa su lugar. Ya no es un asalariado, sino el propietario de un capital humano que puede poner en contacto con el de otros y crear sus propias empresas o bien ofrecer su trabajo de forma autónoma. Esta nueva concepción de la producción que denominaríamos postmoderna se parece más a la producción científica y funciona bien e inventa nuevos productos mediante el hacer y deshacer de equipos productivos que crecen mucho cuando topan con actividades que exhiben rendimientos crecientes, por ejemplo los que se prestan al funcionamiento del efecto-red. Esta forma de producción conforma lo que se ha dado en llamar la Nueva Economía. Esta Nueva Economía florece precisamente gracias a las TIC y a la globalización.

Por su parte, el agente individual que protagoniza esta forma de producción postmoderna es un pluriespecialista autónomo formado en un sistema educativo renovado que hace de él, y del científico, algo parecido a un empresario que ya no necesita la defensa sindical. El individualismo postmoderno es, pues, algo diferente que no puede cultivarse en soledad, sino que crece con otros en el establecimiento de proyectos productivos que crecen empujados por el efecto-red. El individuo pasa a ser el nodo de una red, una cierta forma de estructurar la comunidad de la que el agente individual se siente parte. A estos aspectos dedicaremos el próximo capítulo.

Notas

1. Me refiero a La condición postmoderna, que en en esta ocasión he vuelto a ojear en su versión inglesa.

2. Se trata de una conferencia de apertura de curso en la Facultad de Ciencias Económicas de la UPV/EHU, en noviembre de 1989. Ver Urrutia (1989).

3 Ver Vattimo (1988).

4 Ver Deleuze (1988).

5 La figura del rizoma como figura de la postmodernidad está en Mil mesetas de Guattari y Deleuze. Muchos años más tarde, David de Ugarte desde su dominio de internet se apodera de la figura de la enredadera.

6. La descripción que sigue corresponde a la descripción estática del modelo multisectorial de crecimiento que, en sus diversas variedades, fue muy profusamente analizado a finales de los años sesenta del siglo pasado. Una breve referencia es Morishima, que naturalmente presta atención a la versión de Von Neuman, que por muchas razones técnicas es un lugar privilegiado del análisis económico.

7 Champernowne establece con nitidez esta relación.

8 Estoy pensando, por ejemplo, en la monografía de Debreu.

9 Ostroy trabaja en esa dirección, que representa cierto tipo de convergencia entre el formalismo neoclásico y el espíritu austriaco, pero no conozco nada publicado de momento.

10 Sigo aquí mi propio trabajo en el que indicaba que la expresión «Nueva Economía» no es atribuible a nadie en concreto.

11 Es la teoría del crecimiento endógeno, debida entre otros a Paul Roemer.

12 Para pensar en serio en los rasgos principales de la Nueva Economía es recomendable leer el libro de Shapiro y Varian.

13 Ver mi trabajo sobre la miserable revancha de la cordura.

14 Ver mi trabajo sobre «La lógica de la abundancia I–VI».

15 Ver mi página web: juan.urrutiaelejade.org

16 Ver mi trabajo «El dulce encanto del pluriempleo».

17 Ver Gadamer (2000).

18 Toda esta sección está basada en mi trabajo no publicado «Hacia la privatización de la ciencia», que puede consultarse en: juan.urrutiaelejalde.org. Lo que sigue hasta el final de este capítulo es sólo una parte de este trabajo, de cuyas ideas más profundas haré uso más adelante.

19 Ver la nota 11.

20 Hablo del efecto Mateo, según el cual se dará al que ya tiene.

Referencias

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Arthur, W. B.: 1989, «Competing Technologies, Increasing Returns, and Lock-In by Historical Events». Economic Journal 99, 116-131.

Callon, M. y Bowker, G.: 1994, «Is Science a Public Good?» Fifth Mullins Lecture, Virginia Polytechnic Institute, 23 de marzo de 1993. Science, Technology, & Human Values 19, 395-424.

Champernowne, D. G.: 1945, «A Note on J. V. Neumann’s Article on “A Model of Economic Equilibrium”». Review of Economic Studies 13, 10-18.

David, P. A.: 1985, «Clio and the Economics of QWERTY». American Economic Review 75, 332-337.

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Schumpeter, J. A.: 1943, Capitalism, Socialism and Democracy. Allen and Unwin, Londres.

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Ugarte, D. et. alii: 2003. «Como una enredadera y no como un árbol» (http:// www.ciberpunk.com/indias/enredadera.html)».

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Vattimo, G.: 2002. «Nietzsche, intérprete de Heidegger», en G. Vattimo (ed.), Diálogo con Nietzsche. Ensayos 1961-2000, Paidós, Buenos Aires.

Von Neumann, J.: 1945, «A Model of General Economics Equilibrium». Review of Economic Studies 13, 1-9.

Capítulo 3 : El usuario como intermediario

Como vimos en la introducción a esta primera parte, dedicada al Homo posteconomicus, el usuario del sistema no es sólo el consumidor, sino también alguien que usa el sistema para producir (bien como empleado, bien como autónomo, ya sean bienes corrientes, ya sean bienes muy especiales e intangibles como la ciencia) o aquel agente individual que intermedia entre otros agentes, «usándolos» para producir normas, costumbres o lenguajes que conforman una comunidad.

En los dos capítulos anteriores hemos tratado de aproximarnos al usuario individual como consumidor y como productor con la finalidad de detectar aquellos rasgos del capitalismo que creemos que van a ser potenciados por las tres fuerzas transformadoras más potentes: la globalización, las TIC y la sociedad de la información. El primer capítulo nos hizo ver que el Homo posteconomicus va a ser psicológicamente más denso y racionalmente más complejo. El segundo reiteraba esta mayor densidad psicológica y apuntaba a que este novedoso agente individual debía ser considerado como socialmente menos individualista. En el capítulo en que ahora entramos veremos con mucha más especificidad cómo y en qué sentido el individualismo se desvanece y cómo empiezan a delinearse con mayor nitidez los contornos de grupos humanos con un papel importante que no puede reducirse al que juegan cada uno de los miembros individuales de ese grupo.

Para aclarar desde el principio este punto, es conveniente tomar un hilo del capítulo anterior y tirar de él hasta ver cómo se configuran dos maneras alternativas de entender la producción y algunas de sus consecuencias. Ello nos permitirá enfocar mejor el contenido de este capítulo y del último capítulo de la segunda parte, un capítulo este último complementario del que ahora abordamos y al que iremos haciendo referencia a lo largo de las páginas siguientes.

La imagen tradicional de la producción se está difuminando y está siendo sustituida por la imagen proyectada por la Economía Digital. Este cambio no es sólo de imagen, claro está, sino que viene propiciado por la potencia de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) y por la importancia creciente de la sociedad de la información (o del conocimiento si entendemos éste como información estructurada). Este cambio en nuestra representación mental de la producción tiene consecuencias interesantes. Quisiera ahora describir cómo evoluciona, de hecho, la producción y sugerir que el individualismo muta cuando imaginamos el agente individual como una especie de híbrido entre consumidor y productor.1 Tal como dije en el capítulo anterior, la imagen mental que hoy todavía tenemos de la producción está asociada a una planta de producción, de automóviles o de aviones, por ejemplo. Las materias primas entran por un extremo, la puerta de proveedores, y una cadena de montaje, con cada operario ocupando un sitio fijo, va ensamblando las piezas o retocando el producto terminado hasta que éste abandona la planta por la puerta de salida. Si dibujamos el proceso, el esquema resultante tendría forma de cuenca fluvial y ésta, a su vez, es idéntica a la forma de un árbol tumbado con sus raíces y sus ramas alrededor de un tronco único. En la medida en que el árbol (de la ciencia por ejemplo) es la figura moderna por excelencia, podríamos decir que la descrita es la imagen moderna de la producción cuyos últimos exponentes estarían en el método japonés de just in time o en las ideas, revolucionarias en su momento, de López Arriortúa en la General Motors para disminuir el coste de aprovisionamiento colocando a los proveedores al lado de la puerta de entrada a la planta que aloja la cadena de montaje. Si ahora, en contraste, visualizamos la sala de redacción de un periódico, captamos una imagen muy distinta. Ningún redactor permanece mucho tiempo en un sitio. Se forman continuamente grupos de diferente dimensión que, al poco rato, se deshacen para volver a formar al momento otros diferentes. Si buscáramos una figura natural para simbolizar este borboteo no pensaríamos en un árbol, sino más bien en un rizoma, figura que Deleuze y Guattari (en su obra Mil mesetas) elevaron a la categoría de emblema postmoderno, y en el que se dan contactos directos entre cualquiera de las plantitas que lo conforman, lo mismo que ocurre en una enredadera.

Esta forma de producción postmoderna tiene dos implicaciones que creo importantes. La primera es que deberíamos acostumbrarnos a pensar, un poco a la manera austriaca, que las unidades productivas se harán, se desharán y se reharán con facilidad, acelerando el ya muy rápido proceso de fusiones y adquisiciones, y que aparecerán continuamente nuevos bienes mientras otros de­ saparecerán del mercado justificando así la idea de «destrucción creativa». La segunda implicación de la forma postmoderna de producción es que genera unos brutales rendimientos crecientes a escala por la parte de la demanda basada en el conocido efecto-red: me interesa instalar el programa Emule, en lugar de otro programa P2P de intercambio de archivos (musicales por ejemplo), porque la red de sus usuarios es la más extendida, de forma que hacerme con («bajarme») un archivo determinado es más factible y más rápido, es decir, menos costoso.

De acuerdo con estas implicaciones que acabo de destacar voy a explorar brevemente la cuestión del individualismo. El individuo no es ya un consumidor o un productor, es ambas cosas a la vez de una manera muy distinta a la que se reflejaba en el famoso círculo económico de los libros de introducción a la Economía en los que las economías domésticas ganaban sus ingresos vendiendo sus servicios en el mercado de trabajo y los gastaban en el mercado de bienes. Miremos al ejemplo de Emule. Yo, como cada uno de los individuos que instalan gratuitamente el programa correspondiente, me convierto en consumidor de cierta música, pero también en productor de esa misma música para los demás, que pueden «bajársela» de mi ordenador mientras lo tenga encendido. Esta manera de ser individuo me parece más rica que la que, proveniente del liberalismo, utilizan en general los economistas. Esa filosofía básica se ve ahora enriquecida por un sesgo dinámico en el que el individuo se va haciendo a sí mismo, encastrando una faceta en la otra, con el consumidor potenciando y condicionando al productor y el productor condicionando y potenciando al consumidor. Se trata de una noción de individualismo de raigambre económica pero cercana a la que entiendo expone el matrimonio Beck. El agente económico individual no sólo mueve el sistema al tratar de adaptarse a él, tal como siempre hemos pensado, sino que ese nuevo agente individual es también modelado en sus acciones y preferencias por el funcionamiento de ese sistema. La comunidad del software libre es un ejemplo evidente de la existencia de esta individualización. Como el código fuente está abierto, cualquier miembro de la comunidad puede utilizar los programas existentes adaptándolos a sus necesidades específicas y creando de paso un nuevo código que queda a disposición de la comunidad. Me parece evidente que esta comunidad es semejante a la de hablantes, en la que cada individuo se va haciendo tal mientras consume y produce lenguaje y en la que, naturalmente, también se da el efecto-red.

Lo importante es ahora que no pase inadvertido que esta primera cuestión relevante relativa a la individualisierung tiene implicaciones económicas, así se limiten a nuestras formas de marquetear productos o a nuevas maneras de concebir las relaciones laborales. La implicación teórica más importante es que lo que creíamos que era nuestro marco conceptual ya cerrado debería ser reabierto en vista de que utilidad, por un lado, y beneficio, por otro lado distinto, no reflejan bien la hibridez del agente individual. Las implicaciones prácticas más evidentes o bien miran al capítulo anterior o apuntan al último capítulo de la segunda parte. Como ya hemos visto, en el contexto de este nuevo individualismo las relaciones laborales no pueden ser como eran. Los trabajadores autónomos constituyen una parte creciente de los que ofrecen sus servicios productivos y los sindicatos tienen que reconsiderar su papel. En el tercer y último capítulo de la segunda parte veremos que, si la comunidad de individuos es como una comunidad de hablantes –y a eso apunta el ejemplo de la comunidad partidaria del software libre–, hemos de esperar que esa comunidad se estratifique en estilos de vida diferenciados, reflejados en las formas de hablar, y que sea hacia esos estilos de vida a los que se vaya a dedicar el marketing, pues éste ya no podrá funcionar por productos individuales, sino por paquetes de productos lo más personalizados posible.

Esta breve introducción ha pretendido ayudar a aproximarnos a la manera en que ahora pretendo destacar al usuario como intermediario, es decir, como creador de productos sociales intangibles de los que él forma parte como usuario consumidor y como productor. Parece evidente que lo que pueden lograr con gran eficacia las TIC en la sociedad de la información son cosas como la potenciación de las operaciones de adquisiciones y fusiones, nuevas formas de marketing como el CRM (Customer Relationship Management), la formación de redes con arquitecturas complejas y una nueva forma de comprender la Banca de Inversiones o la Banca Comercial. Lo que da unidad a estas novedades es lo que en otro lugar he llamado fraternidad (algo muy parecido a la amistad de Aristóteles o de Montaigne) y que consiste en la generación y sostenimiento de instituciones que definen comunidades en las que florecen la confianza y el reconocimiento mutuos. Estas comunidades, a su vez, pueden adoptar diversas formas arquitec­ tónicas de organizar en red a las personas que las conforman, formas que tienen una enorme importancia para determinar muchas cosas, por ejemplo, si la producción de ciencia se hace de manera rutinaria o admite la experimentación y la rebeldía, cosa no trivial en la sociedad de la información.

FORMACIÓN DE COMUNIDADES: FRATERNIDAD

En primer lugar realizaré una introducción muy de economista a la idea de fraternidad. Esta idea así esbozada deberá completarse en la siguiente parte de este trabajo mediante un planteamiento de juegos evolutivos mucho más asociado con los planteamientos aristotélicos. Pero por ahora nos servirá para pensar, en este mismo capítulo y de manera no muy profunda, sobre nuevas formas de marketing y sobre la renovada importancia de las fusiones y adquisiciones como rasgos del capitalismo que viene. Volveremos sobre estos temas de manera más profunda en el capítulo 6.

Primera aproximación a la fraternidad2

Trataré ahora de explorar las diferentes nociones de fraternidad que se pueden extraer del análisis del funcionamiento de un mecanismo nada cooperativo como es el mercado. Concentrarse en un mecanismo tal se me antoja consistente con una concepción fratricial de la interacción entre los seres humanos, ya que el mercado permite en principio combinar la libertad de los individuos con una cierta «virtud» colectiva de las asignaciones de equilibrio consistente en que éstas no son vetadas unánimemente, es decir son óptimo-paretianas (o eficientes), aunque no necesariamente equitativas.

La estrategia de análisis consiste en examinar el funcionamiento de una Economía de juguete bajo condiciones cada vez más exigentes que se plasman en modelos diversos. En cada modelo trataré de llamar la atención sobre los fracasos de la eficiencia o los conflictos entre eficiencia y equidad que surgen en cada caso. Esto me permitirá destacar la noción de fraternidad que podríamos inferir del funcionamiento de cada modelo.

El primer modelo que voy a revisar es tan elemental que ni siquiera surge en su seno conflicto alguno entre libertad e igualdad. Sin embargo, conviene exponerlo con cuidado para recordar las definiciones más elementales. Sea una economía con dos agentes, llamados A y B, dos fechas, hoy y mañana, dos estados de la naturaleza posibles mañana, llover o no llover, un bien, el trigo, y las correspondientes tres mercancías: trigo-hoy, trigo-mañana-si-llueve y trigo-mañana-si-no-llueve. Lo que identifica a este primer modelo es que los dos individuos son exactamente iguales en sus preferencias sobre las tres mercancías y en sus dotaciones iniciales de las mismas. En este primer ejemplo, el mecanismo de mercado alcanza su equilibrio en una asignación idéntica al vector de dotaciones iniciales y con un vector de precios igual al vector de las relaciones marginales de sustituciones evaluadas en las dotaciones iniciales. Como se observará, el equilibrio de mercado en este caso particular coincide con el no intercambio, pero a efectos expositivos podríamos decir que el intercambio bruto ha sido total (A y B se han intercambiado sus dotaciones iniciales totales) y que el intercambio neto ha sido nulo (ya que cada uno acaba con lo mismo con lo que empezó). En consecuencia, y correlativamente, decimos que el equilibrio es equitativo fuerte (pues no hay envidia absoluta, ya que ninguno se cambiaría por el otro) y también equitativo débil (pues no hay envidia relativa, ya que ninguno prefiere los intercambios netos del otro). Estas dos nociones no son equivalentes, pues uno podría estar dispuesto a intercambiarse por Bill Gates porque prefiere lo que éste consume a lo que él consume, pero quizá no prefiere sus intercambios netos. Además, la asignación de equilibrio es óptima en el sentido de Pareto, lo que en particular quiere decir que el riesgo, entendido como la posibilidad de recibir mañana menos trigo si llueve que si no llueve, se asigna óptimamente.

En este modelo trivial hay implícitas dos posibles nociones de fraternidad. Fraternidad como igualdad de oportunidades, en el sentido de que ambos agentes tienen las mismas dotaciones iniciales, y fraternidad como aseguramiento mutuo que, a diferencia de lo que ocurre en la teoría de la Justicia de Rawls, se consigue a través del mercado y sin necesidad de pactarlo contractualmente de manera expresa.

Pasemos a un segundo modelo un poco menos elemental. Se trata de una Economía exactamente igual a la del primer modelo, pero con dos individuos distintos en preferencias y dotaciones. En este caso, el mecanismo de mercado generará un equilibrio competitivo cuya asignación sigue siendo un óptimo paretiano (y, por lo tanto, asignando el riesgo óptimamente), pero que ahora exhibe sólo equidad débil pues, en general, cabe que un individuo desee cambiarse por el otro. Vemos pues que, en cuanto hay diferencias iniciales, surge un conflicto entre la eficacia del mercado y la igualdad entendida ahora como tratamiento equitativo entre individuos diferentes. La noción de igualdad de oportunidades ha desaparecido de este modelo, pero subsiste la de aseguramiento mutuo. En el equilibrio del mecanismo de mercado, el riesgo de recibir menos trigo si llueve que si no llueve sigue estando repartido entre los dos agentes de manera óptima.

Este último comentario me lleva a un tercer modelo en el que además de permanecer el mismo tipo de conflicto aparecerá el fracaso de la eficiencia y surgirá (por ausencia) una nueva noción de fraternidad independiente del conflicto entre eficacia y equidad. Hasta ahora podían usarse hoy mercados para las tres mercan­ cías: una al contado y dos (contingentes) de futuro. Supongamos ahora que sólo se permiten los mercados al contado, hoy y mañana. El agente individual tiene ahora que hacer planes, y el hecho de que hoy esté haciendo planes con relación a lo que hará mañana en los mercados exige, como es natural, que forme expectativas respecto a los precios al contado mañana. Utilizaremos la hipótesis de las expectativas racionales y, en consecuencia, supondremos que cada agente predice con exactitud dichos precios.

El hecho es que cada individuo confronta hoy, cuando tiene que hacer sus cálculos y sus planes, tres ecuaciones presupuestarias independientes en lugar de su suma como única restricción. Esto no es sino la manifestación del hecho de que al desaparecer mercados ya no puede trasladar poder de compra en el tiempo o entre estados de la naturaleza. No es, pues, difícil aceptar que la asignación de equilibrio competitivo no es un óptimo paretiano, con lo que el reparto del riesgo no es óptimo. He aquí el fracaso de la libertad de los mercados. Pero es que, además, no hay ninguna razón para que haya desaparecido el conflicto simple entre libertad e igualdad puesto de manifiesto por la existencia de envidia absoluta. La falta de optimalidad se debe en este caso a que los individuos desearían trasladar poder de compra de acuerdo con sus preferencias y no tienen instrumentos para ello. Si no los tienen es porque, en ausencia de mercados organizados, no hay confianza mutua entre los agentes económicos, que no están dispuestos a prestar hoy a cambio de una simple promesa de devolución mañana. Si la hubiere, las tres ecuaciones presupuestarias se colapsa­ rían en una sola y estaríamos en el caso anterior. Parecería, pues, que la confianza mutua es un aspecto de la fraternidad que merece ser destacado de manera específica.

Hasta ahora hemos supuesto implícitamente que cada individuo sabe con exactitud con quién se confronta en el mercado. Supongamos ahora que no es cierto. En estas condiciones cabe pensar en una noción de fraternidad distinta, que podríamos denominar reconocimiento mutuo y que puede ser explicada diciendo, de manera algo heterodoxa, que uno espera que en el dilema del prisionero la solución óptima se obtenga más a menudo cuando los jugadores se reconocen como hermanos. Es posible que esto les lleve a reconocerse como hijos de «mala madre» y alcancen la solución no cooperativa, como predice la teoría de los juegos en forma normal, pero es posible que se reconozcan como hijos de «buena madre» y alcancen el óptimo, cosa imposible entre no hermanos. Nótese que no estoy hablando de la repetición del mismo juego constituida en un juego que denominamos juego repetido. Se ha probado experimentalmente que los individuos son bastante hábiles para diferenciar a los «hijos de buena madre» de los «hijos de mala madre».

Sigamos con el problema informacional. El otro puede ser un hermano, pero puede ser la oveja negra de la familia. Siguiendo a Gale, supongamos que el trigo hoy es almacenable y supongamos que cada uno de los agentes, A y B, puede o bien trasladar todo (estrategia 0) o bien no trasladar nada (estrategia 1). Supongamos que la estructura de la economía es tal que en los equilibrios resultantes las ganancias de cada individuo son las siguientes. Las ganancias de A no dependen de si llueve o no (ha sido asegurado), pero sí dependen de su estrategia y de la de B. Estas ganancias de A están reflejadas en la siguiente matriz, que indica lo que gana A por cada par de estrategias, una de cada individuo.

B
A 0 1
0 1 0
1 0 1

Vemos claramente que a A le interesa hacer lo mismo que B. Las ganancias de B (el asegurador) dependen del estado de la naturaleza y de la estrategia usada por cada agente. Ciertas ganancias contingentes se indican en las siguientes matrices que indican las ganancias de B por cada par de estrategias, un par de cada individuo.

B
A 0 1
0 -10 0
1 1 -10
llueve
B
A 0 1
0 -10 1
1 0 -10
no llueve

De forma que si A anticipa su estrategia (la de B), las ganancias de B son independientes del estado de la naturaleza, pero si A no actúa así, B prefiere almacenar todo (nada) cuando llueve (no llueve). Además, sabemos que el estado de la naturaleza es un pro­ ceso estocástico configurado como una cadena de Markov con cierta matriz de transición entre los estados «llueve» y «no llueve». Supongamos, para completar el problema, que B juega primero y conoce el estado de la naturaleza antes de jugar. A sabe esto pero no conoce el estado de la naturaleza (aunque lo puede inferir, después de jugar él, al observar su ganancia).

No es el momento de analizar este juego, sino de informar sobre los resultados obtenidos por Gale. El problema es que puede no existir un equilibrio porque los jugadores se empecinen en una estrategia complicada tendente a engañar al otro (B) o a acertar lo que el otro hace (A). Lo que Gale demuestra es que:

[Si] alguna vez se alcanza una situación en la que A y B están satisfechos […] con sus estrategias, entonces deberán estar usando estrategias estacionarias […] La estacionariedad de estas estrategias es crucial, pues mientras es cierto que existe un equilibrio cuando se exige a los jugadores que adopten una forma particular de estrategia estacionaria, puede no existir un equilibrio si no se les exige eso […]. Antes o después cada jugador está casi destinado a decidir que su estrategia es subóptima, pero, a menos que la forma de las estrategias esté restringida, es imposible jugar el juego racionalmente.

No hay forma de explicar mejor la última noción de fraternidad que quiero introducir. Se trata de una autorrestricción a usar estrategias que puedan ser descubiertas por el oponente, porque si no corremos el peligro de que no haya equilibrio o, lo que es lo mismo, de que ambos jugadores dejen de constituir una economía única. Pues bien, esta autorrestricción puede denominarse gusto por estar juntos y constituye una noción de fraternidad especialmente interesante, pues nos hace ver cómo cada hermano está dispuesto a no ser el más listo para permanecer unido a su hermano.

Esta primera aproximación a la idea de fraternidad me ha llevado a distinguir distintas nociones de la misma, nociones éstas que, para recordatorio y facilidad de referencia, se ordenan en el cuadro adjunto, en el que se ha añadido además la noción de «solidaridad humana».

NOCIONES DE FRATERNIDAD
1. Aseguramiento mutuo Lo proporciona el mercado
2. Confianza mutua Ahorra recursos para solucionar ineficiencias del mercado
3. Reconocimiento mutuo Permite alcanzar asignaciones inalcanzables en su ausencia
4. Gusto por estar juntos Facilita existencia de equilibrio
5. Solidaridad humana Alivia inequidades del mercado
6. Igualdad de oportunidades Alivia inequidades del mercado

Comenzando por la parte inferior del cuadro notaré, en primer lugar, que la solidaridad humana y la igualdad de oportunidades tienen en común que inciden en la propiedad individual. Ambas exigen, en efecto, que se reasigne la propiedad de forma que el mercado nos lleve a la equidad bien directamente a partir de una situación igualitaria, bien mediante un mecanismo redistributivo que entre en vigor con posterioridad al momento en que el mercado alcance su equilibrio. Además, ambas nociones conllevan la idea de sacrificio a favor del prójimo que, de alguna forma, deberá ser impuesto a algunos.

Todas las demás nociones de fraternidad expuestas en el cuadro ni implican ninguna reasignación de la propiedad privada ni exigen sacrificio final alguno por parte de ningún hermano. El aseguramiento mutuo es un resultado del mercado. La confianza mutua mejora la eficacia del mercado en el sentido preciso de proporcionar asignaciones pareto-superiores. Visto de otra manera, ahorra los recursos que hay que utilizar para solucionar las ineficiencias del mercado. El reconocimiento mutuo permite alcanzar asignaciones que no podrían ser alcanzadas en su ausencia. Podríamos decir que es un sustituto, todo lo imperfecto que se quiera, de la (in)capacidad de compromiso a la que nos hemos referido en el primer capítulo. Finalmente, el gusto por estar juntos permite que la presencia de lo óptimo imposible no mate lo bueno posible.

Como se ve, la diferencia crucial entre la noción de solidaridad y las diversas acepciones de la fraternidad es que aquélla no es condición previa para el funcionamiento del mercado, mientras que éstas sí lo son en el sentido de que determinan, en cierto modo, la extensión del mismo o la eficiencia de sus asignaciones.

Formación de comunidades

La noción de fraternidad, tal como la hemos aislado y que se refleja en la intersección de las diversas nociones en el cuadro del apartado anterior, no es universalizable, sino que más bien sirve para caracterizar a una comunidad como diferente de otras. Es difícilmente discutible que no podemos pensar en todo el género humano cuando pensamos en la confianza o el reconocimiento mutuos o en el gusto por estar juntos. Se trata de nociones que sólo se pueden imaginar en colectivos reducidos que comporten algunas características diferenciadoras. En vez de seguir argumentando esto ahora, apelo simplemente a Rorty, para quien la solidaridad (que a nuestros efectos podríamos traducir por fraternidad) siempre se ejerce «frente a otros». Si nuestro análisis hasta aquí es correcto, esta característica de la fraternidad hace implausible la noción de economía universal, pensamiento éste que no parece tan descabellado a la luz de lo que pasa, por ejemplo, con la Unión Europea. Esto naturalmente no quiere decir que la globalización no tenga importancia. Esta globalización es una fuerza que trabaja a favor de la economía universal, pero no puede ser un proceso rápido porque los rasgos comunes que definen una comunidad (costumbres, pautas de conducta, rasgos culturales) ni se difuminan en un día ni se crean nuevos con rapidez.

Tomemos, pues, la idea de comunidad como conjunto de pautas compartidas e indaguemos un poco en su proceso generador, dejando para el último capítulo de la siguiente parte un estudio más minucioso. Comenzaré por una cita propia que tengo a mano a fin de introducir la idea de evolución social que exhiben los juegos llamados evolutivos: «[…] los diversos equilibrios o estados en los que puede encontrarse un sistema económico (o una empresa) son el resultado de la interacción en el tiempo de las pautas de comportamiento de los agentes sociales, y pueden ser evolucionariamente estables o no. Lo serán si las pautas de conducta que conforman ese equilibrio son pautas que todos los agentes siguen, que todos esperan que los demás sigan, y que todos desean seguir si los demás las siguen. Si no lo son cabe la posibilidad de que una invasión de pautas diferentes (mutantes) pueda generar una dinámica entre los agentes que acabe llevando al sistema hasta otro equilibrio […] con pautas de conducta coherentes con las novedosas introducidas por los mutantes».3 Son estas pautas de conducta las que, cuando persisten, definen una comunidad específica y diferenciada. Por lo tanto, conviene que pensemos sobre su evolución.4

Este tipo de problemas son susceptibles de ser tratados por la teoría de los juegos evolutivos. El equilibrio o estado general del sistema analizado no se describe mediante una constelación de precios y una asignación de recursos entre los agentes individuales, sino por las pautas de conducta seguidas por diversos grupos dentro de una población determinada. Los agentes no tienen por qué ser modelados como preferencias muy detalladas, sino simplemente como practicantes de una u otra pauta. La dinámica fuera del equilibrio no consiste en subidas o bajadas de precios según los excesos de demanda sean positivos o negativos en cada mercado, sino en el posible cambio de pauta de conducta que cada agente puede efectuar dependiendo de la pauta seguida por aquel con quien se encuentra y del resultado del encuentro. Y el equilibrio, para ser robusto, tal como sugiere la cita, debe ser a prueba de mutantes, es decir no debe variar aunque se introduzcan agentes mutantes (que siguen otra pauta) o aunque algunos de los agentes pertenecientes hoy a la población cambien, a propósito o accidentalmente, su pauta de conducta.

No me parece que sea muy difícil intuir que la manera de pensar propia de los juegos evolutivos puede ser útil para entender diversos fenómenos sociales. Desde luego, todo lo relativo a modas, más o menos cambiantes, así como al conformismo o al inconformismo, en cualquier ámbito del mundo social, puede ser visto desde este punto de vista de la interacción entre personas fuera del mercado. El ya clásico resultado de Schelling sobre la segregación urbana, incluso cuando todo el mundo prefiriera vivir en un entorno mestizo, es el ejemplo más conocido de las paradojas y de las consecuencias no deseadas que surgen de las interacciones personales. El contagio financiero del que tanto se ha hablado con ocasión de la globalización es fácil de conceptualizar como una invasión de mutantes. Y, desde luego, el aprendizaje en general y la difusión tecnológica en particular son problemas de contagio, como lo es la innovación tecnológica, en la que el papel de la mutación parece intuitivo. Las formas de gestión empresarial están también sujetas a modas, y el fenómeno del tipping point (o momento a partir del cual las modas «dan la vuelta» por una cierta acumulación), algo muy importante para el marketing empresarial, puede muy bien entenderse como la masa mínima de mutantes necesaria para invadir con éxito una población.

Estas ideas genéricas pueden aplicarse para entender algunos fenómenos que parece que van a florecer en el capitalismo que viene. Pensamos en primer lugar en la actividad que ha dado en llamarse fusiones y adquisiciones. Este hacer y rehacer entidades productivas puede conceptualizarse como un proceso de interacción de pautas de conducta pertenecientes a comunidades diferentes. Al final de la siguiente parte veremos cómo en un momento dado puede convenir a todo el mundo fusionar o fisionar dos comunidades teniendo en cuenta que en las nuevas entidades las pautas de conducta van a variar. No importa tanto ahora si las dos comunidades (por ejemplo, empresas) deben fusionarse o una «comprar» a la otra. Lo importante es ser capaces de pensar si dos comunidades deben fusionarse, para bien de todos, desarrollando nuevas pautas de conducta o si una comunidad concreta debe dividirse por las mismas razones. Pensar así y tener los datos necesarios para sugerir la conveniencia de una u otra cosa estará cada vez más al alcance de todo el mundo en la sociedad del conocimiento. Sin embargo, hay que diferenciar entre un experto en fusiones y adquisiciones y un verdadero banquero de inversiones. El primero sólo debe saber si la situación presente es de equilibrio o no. El segundo, sin embargo, debe ser consciente, además, de la arquitectura de la comunidad, empresarial en su caso. El experto citado no sabe aprovechar esta información, pero el banquero de inversiones sí sabe y ejerce una función epistémica importante y delicada, tal como veremos.

Pensemos a continuación en nuevas formas de marketing basadas en estilos de vida, a las que dedicaremos mucha más atención más adelante. Aquí nos basta con apercibirnos de que cada comunidad específica ejemplifica un estilo de vida diferente. Los individuos que conforman esa comunidad específica tienen en común unas pautas de conducta específicas entre las que están por ejemplo las pautas de consumo-producción: soy un periodista económico Bobo que conduce un Volvo, come sushi, vive en un loft y hace vacaciones rurales. Esto lleva a complementariedades en el consumo: no se puede ser un Bobo y conducir un Mercedes; vivir en un loft exige conducir un Volvo. No es difícil augurar que el marketing será conjunto según estilos de vida y que aquí las TIC son imprescindibles tanto para hacer un rapidísimo marketing viral dentro de un estilo de vida dado, como para segmentar el público en estilos de vida diferentes que permitan discriminar precios.

Y estas posibilidades cambiarán la Banca Comercial.5 Su naturaleza ha ido cambiando y ya no es una institución que transforma plazos, controla riesgos o atiende las necesidades financieras variadas de sus clientes. No dejará de ser todo esto, pero lo importante en la sociedad de la información, y por lo tanto en el capitalismo que viene, es que por ella pasan todos los usuarios y que por lo tanto se encuentra en una posición inmejorable para segmentar finamente los estilos de vida, es decir diferenciar las comunidades diversas. Esto le abre perspectivas nuevas. Puede tratar más personalizadamente a sus clientes tradicionales; puede diferenciar los productos de siempre por marcas asociadas a estilos de vida; puede también contactar con otras empresas de otros sectores, el de publicidad por ejemplo, para venderles su segmentación de la población por estilos de vida. Sin embargo, lo más importante es que la Banca Comercial podría estructurar en red a los miembros de una comunidad determinada y proporcionarles la oportunidad de intercambiar entre ellos desde información a productos físicos varios, apoyándose en la confianza mutua que hay entre ellos y en la posible garantía que esta Banca Comercial puede proporcionar para asegurar los intercambios.

ESTRUCTURA DE LAS COMUNIDADES: REDES6

Los contactos entre personas van decantando prácticas que identifican a una comunidad. Sus miembros creen poseer una identidad común y, en la medida en que la tienen y la pueden romper, las comunidades no son algo estático, sino que evolucionan, y tanto más rápido cuanto más se desarrollan las TIC. Cómo evolucionen, sin embargo, puede depender, lo mismo que la propia formación de esas comunidades, de la arquitectura de su estructura. Dicho de manera poco precisa, importa quién entra en contacto con quién. Es aquí donde entra en juego el concepto de red al que ahora dedicamos algunos comentarios que incluyen algunos relativos a redes de científicos para ir completando nuestra concepción de la ciencia en la sociedad de la información. Más adelante procuraré que lo que sabemos sobre redes nos ayude a pensar sobre la Banca de Inversiones como una actividad que va a florecer espectacularmente en el capitalismo que viene y que va a ser el motor de la rebeldía en contra de la inercia por la que trabajan los costes de transacción.

Redes e intermediarios

Cualquier fenómeno que pueda ser conceptualizado como resultante de la interacción entre elementos primitivos del discurso (o análisis) puede representarse como una red entre esos elementos primitivos. El lenguaje puede entenderse como redes de palabras, los fenómenos biológicos se pueden analizar pensando en redes de proteínas, la ecología se entiende mejor como relaciones entre especies en forma de red. Los estudios de complejidad han empezado a interesarse por las redes y los economistas quizá obtengamos algunas nuevas ideas si entendemos el sistema económico como compuesto por redes de personas y nos pertrechamos con algunos conceptos acuñados últimamente.

Las redes están representadas por grafos, es decir por conjuntos de nodos conectados entre sí por líneas (de una o dos direcciones) o conectores que pueden ser fuertes (cuando son transitivos, de forma que si el individuo «a» está conectado con el «b» y éste con el «c», «a» está conectado con «c») o débiles (cuando no son transitivos). Tal como acabo de indicar, podríamos pensar en distintas redes según interpretemos los nodos y la naturaleza de las conexiones en el grafo correspondiente. Podríamos pensar en redes ecológicas en las que cada nodo es una especie y dos nodos pueden estar unidos por el conector unidireccional «alimentarse de» o podríamos pensar en redes de proteínas. Si pasamos al mundo social pensamos inmediatamente en redes de personas conectadas bidireccionalmente por el conector «confiar en», que reflejaría la confianza mutua, pero también imaginamos fácilmente redes de científicos que colaboran o se citan mutuamente, o redes de instituciones (por ejemplo, laboratorios, universidades u otras instituciones científicas). O finalmente podemos pasar al mundo tecnológico y pensar en redes de ordenadores, por ejemplo, internet.

Es conveniente tener una intuición visual de clases de grafos. En el gráfico a de la figura adjunta encontramos un grafo aleatorio con interacción central en forma de estrella. En el gráfico b, dos ejemplos de grafos ordenados con interacción local y en el c, un grupo ordenado con interacción global.

Pensemos en los esquemas de los gráficos a y c como grafos que representan redes de personas unidas más o menos tupidamente por el lazo (o conector) de la confianza mutua. Nos interesan en general, y por tanto también en este caso de redes de personas, dos parámetros. El grado de agrupamiento o clustering, denotado por c, es la probabilidad de que dos nodos unidos con un tercero estén unidos entre sí. El grado de separación, g, es la distancia media entre pares de nodos.

O bien nos encontramos con subgrupos de personas entre las que hay gran confianza mutua pero que no tienen esa relación con personas de fuera de esa subcomunidad (tal como se observa en casi todas las partes del gráfico c o bien nos encontramos con que esa relación entre dos personas se da un poco al azar sin que los unidos por ella formen una subcomunidad aparte, tal como ocurre en el gráfico a. En el primer caso, c es muy grande y en el segundo es nulo. Pero en este segundo caso es muy probable que se dé un fenómeno sorprendente que se denomina small world y que consiste en que el número medio de líneas que unen dos nodos cualesquiera es muy pequeño, tal como a menudo observamos al toparnos por casualidad con alguien con quien encontramos alguna relación común y que nos hace exclamar ¡qué pequeño es el mundo! En el primer caso, sin embargo, este fenómeno se da sólo entre los miembros de la subcomunidad cerrada, pero la distancia media entre dos nodos cualesquiera puede ser muy grande, e incluso infinita, si esos dos nodos pertenecen a dos submundos cerrados en sí mismos. Decimos en este primer caso que se da la proliferación de clusters (agrupamientos) de individuos. Y podíamos añadir (paradójicamente) que cuanto más cosmopolita es el mundo, más cercanos estamos unos de otros como media, de forma que deberíamos sustituir la expresión «¡qué pequeño es el mundo!» por la más apropiada de «¡qué grande es el mundo!».

Notemos que cuanto mayor es c, el grado de agrupamiento, más probable es que el grafo, o alguna de sus partes, esté desintegrado totalmente, tal como ocurre en una parte del panel c de la figura, y que por lo tanto el grado de separación, g, sea muy grande. Sin embargo, empíricamente se han encontrado muy a menudo grafos con una c mayor que la que correspondería a un grafo aleatorio y con una g pequeña. Este paradoja nos lleva al mismísimo corazón de la conceptualización ortodoxa de la Economía y, de rebote, a la consideración de los intermediarios como figuras cruciales para el buen funcionamiento de la Economía. Digamos que el intercambio se da únicamente (en ausencia de otras instituciones más elaboradas) entre personas relacionadas entre sí por la confianza mutua, es decir dentro de un cluster. Si ese cluster es, por ejemplo, un país, observamos que nos estamos privando de las ventajas del comercio internacional. Si algún viajero a lo Marco Polo, o un comerciante especialmente emprendedor, o cualquier otro tipo de intermediario consigue establecer un puente entre dos o más subcomunidades, éstas se abren, la distancia entre individuos disminuye y la confianza mutua se generaliza propiciando un mayor aprovechamiento de las ventajas del intercambio. Siendo éstas tan grandes, tal como sabemos desde hace dos siglos, no deberíamos extrañarnos de que los intermediarios ganen mucho. En tiempos, estos intermediarios llegaron a estar protegidos por el propio reino, que les concedía, como Compañía de Indias, el monopolio de la intermediación en algún sector determinado.

Como esta figura del intermediario es la figura central de este capítulo (y se cruza con la del líder, el autor o el maestro), es conveniente detenerse en ella. Un individuo aislado, un hombre de mundo, diríamos, puede conectar clusters aislados mediante contactos débiles y no transitivos (como puede ser un conocimiento superficial), conformando así una red igualitaria como la representada aquí con un círculo negro, que indica al intermediario individual y conexiones débiles representadas por líneas punteadas.

Ahora bien, también podemos observar redes aristocráticas, tal como indica la siguiente figura. En ellas el intermediario no es una persona individual, sino un cluster en sí mismo que llamamos hub

y que representa un conjunto de individuos relacionados por lazos fuertes y transitivos (como la amistad a diferencia del conocimiento superficial), una especie de clase especial que podría ser como una aristocracia o como una empresa en sí misma. Ese hub conecta con cada cluster de esa misma manera fuerte, tal como indica la figura, mediante líneas continuas.

Decíamos que no nos extrañaba que los intermediarios ganen mucho y que nacieran como concesionarios del poder si los entendemos como intermediarios comerciales. En efecto, durante siglos el comercio internacional y la revolución del transporte (ferrocarril, vapores) y de las comunicaciones (telégrafo, teléfono) han ido tejiendo una red universal en la que esperamos advertir clusters, pero también puentes que hacen que podamos establecer relaciones de confianza mutua y, en consecuencia, vínculos comerciales con casi cualquier otra persona (small word). En este contexto la revolución de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación), y en especial internet, contribuyen de manera significativa a ensanchar los clusters y a aumentar el número o el tamaño de los puentes, de forma que, en general, esperamos que se acaben agotando todas las ventajas del intercambio por explotación de prácticamente todas las oportunidades existentes.

Los intermediarios son pues, en principio, los propios individuos (nodos) de la red inicial que tienden puentes entre ellos y otros nodos. De esta forma de ir tejiendo una red sabemos algunas cosas. Jackson y Wolinski nos han mostrado que cuando las redes se forman endógenamente, según los incentivos a establecer enlaces, la estabilidad de la arquitectura puede estar reñida con su eficacia productiva, es decir que faltan incentivos para establecer algunos enlaces. Jackson y Watts muestran que cuando la formación no es estratégica, sino evolutiva, puede ocurrir lo mismo, además de generar discontinuidades y ciclos. Vega-Redondo muestra, sin embargo, que cuando el establecimiento de enlaces es costoso (pero no «muy costoso»), sólo se forman los enlaces «buenos» y se puede tener simultáneamente la estabilidad de la arquitectura y la eficacia productiva.

Esto es lo que hoy sabemos sobre la relevancia socio-económica del usuario como intermediario. En cuanto teje relaciones y redes es productivo, pues contribuye a ir agotando las ventajas del intercambio. Sin embargo, no hay garantía de que las agoten del todo y, de todas formas, hay fuerzas que nos llevan a la conformación de intermediarios en hubs. Si en la intermediación no hay efecto-red quizá porque no hay afinidades electivas especiales (preferred attachments), el número de conexiones por nodo será más o menos constante, tal como muestra la figura siguiente:

Si, en cambio, tenemos efecto-red, cada persona acudiría al intermediario mejor conectado porque éste le proporcionaría mejores oportunidades. De esta manera deberíamos observar una tendencia al monopolio en la intermediación sin que sea necesario para ello la concesión de una patente real bajo la denominación de Compañía de Indias. Esto es precisamente lo que observamos en los mapas de internet que se han confeccionado. De casi todos los nodos surgen (y entran) unas pocas conexiones, pero hay algunos nodos de los que salen (y entran) muchísimas conexiones, tal como muestra la figura. Esto es así porque, por una especie de «afinidad electiva» (o preferred attachment), todos preferimos conectarnos a donde muchos están ya conectados. Esta observación ha llevado a denominar a la Red de Redes como una red aristocrática y reservar el nombre de red igualitaria para otras redes diferentes. Como se observa en la figura, muy pocos nodos tienen muchas conexiones (los hubs), mientras que la mayoría de los nodos tienen muy pocas conexiones.

Si pensamos un poco, nos percataremos de que una red aristocrática es muy resistente a accidentes ocurridos al azar, pues es muy poco probable que éstos acierten con alguno de los pocos intermediarios grandes. Sin embargo, esa red aristocrática está muy expuesta a ataques especialmente dirigidos a esos intermediarios grandes.

En efecto, a medida que el efecto-red va haciendo su labor, las conexiones entre los agentes económicos aumentan, los intercambios mutuamente ventajosos se llevan a cabo y crece el intermediario que, a poco que cobre por sus servicios, acaba teniendo unos ingresos muy grandes y conformando un monopolio que podría explotar a los clientes eliminando en su propio beneficio todo el excedente del consumidor de los otros agentes. Sin embargo, tal como he argüido en Urrutia (2003a), un monopolio sólo puede sostenerse si no explota sus ventajas y se comporta como un competidor perfecto, y así lo hará siempre que no haya barreras de entrada insalvables. Pues bien, esto es exactamente lo que el moderno lenguaje de redes nos dice si lo interpretamos de acuerdo con nuestros intereses teóricos. El gran intermediario sirve como puente, pero si se quiere aprovechar, acabaremos destruyéndolo coordinadamente y utilizando otros puentes menos poderosos. Y aprendemos algo más: seguramente nos alejamos un poco de otros y quizá esto aumente un poco los costes de transacción, pero estas dificultades no constituyen obstáculo a la revolución contra el monopolista.

Éste es un buen momento para volver a lo que en el capítulo anterior exponíamos respecto a la investigación científica. Veíamos cómo en un mundo como el allí descrito la estrategia óptima de investigación tendría que ser rebelde y experimentadora, pero que, de hecho, la ciencia adolecía, en su desarrollo, de encasquillamiento (lock-in effect) y de dependencia del recorrido (path-dependence), lo que constituye un problema para el desarrollo científico, para la innovación tecnológica y para el desarrollo económico en general.

Sin embargo, esto no tendría por que ser así, ya que los estudios que hay (Newman) muestran que la red de autores enlazados por coautoría es una red igualitaria, con c (grado de clustering) grande y g (grado de distancia) pequeño, en la que no hay efecto-red, ese efecto que podría llevar al encasquillamiento. Una posible explicación de por qué de hecho, según Callon, la ciencia es poco rebelde y experimentadora es porque las redes que se forman son más bien entre individuos, entre instituciones o escuelas, que mostrarían la existencia de hubs que, aunque con c grande y g pequeño, exhiben un potente efecto-red propio de una red aristocrática.

Lo que hemos comentado hace unos párrafos sobre la posibilidad de «contestar» un monopolio al que se llega por el efecto-red es aquí muy relevante. Podemos, en efecto y en principio, rebelarnos contra la escuela o la metodología predominante dotando a la ciencia de un frescor renovado.

Rebeldía y Banca de Inversión7

Volvamos a la consideración de una economía cuyos miembros están estructurados en una red de algún tipo. Como sabemos, la insatisfacción puede surgir en esa comunidad con relación a fenómenos sociales generales (por ejemplo, la programación televisiva), a fenómenos políticos (como la hartura de las prácticas de un partido político específico), a fenómenos estrictamente económicos o empresariales (como, digamos, la «moda» del déficit cero o la forma de llevar una compañía por parte de su presidente), e incluso a fenómenos científicos como, por ejemplo, cierto paradigma o escuela. La teoría del Equilibrio General nada sugiere respecto a estos fenómenos, sin embargo ampliamente observados, de modo que parecería que ya es tiempo de explorarlos de otra manera.

Tomemos el fenómeno del contagio como una invasión de mutantes o, si se quiere, de rebeldes. Solemos pensar en el contagio como difusión (de un virus, por ejemplo), pero hay veces en que lo que creemos observar como un contagio ni siquiera exige el contacto entre agentes. De acuerdo con Peyton Young, podría decir que, sin embargo, el contagio «no presume nada respecto a la conectividad. Por ejemplo, se aplica igualmente bien a grafos que consisten en numerosos distintos componentes conectados, cada uno de ellos de tamaño k. Lo que está detrás de este resultado es la fuerza de lo local: si la gente interacciona especialmente dentro de un grupo pequeño, cualquier cambio del grupo a un equilibrio nuevo (por ejemplo, el dominante en riesgo) tardará mucho en deshacerse, de forma que para cuando esto ocurra la mayoría de los demás grupos también se habrán movido al nuevo equilibrio». (La traducción es mía.) Notemos que la importancia de lo local es tanto más fuerte cuanto más tupida es la red que conecta a los k individuos de cada cluster de los que componen el grafo general.

El resultado que acabo de glosar conduce el argumento en dos direcciones interesantes. Por un lado, y tal como se afirma explícitamente en la cita, que la interacción local entre miembros de un grupo muy cerrado en sí mismo (closely knit, diría Young) acelere la invasión de mutantes no tiene nada que ver con la conectividad, y por lo tanto, es independiente de la forma que pueda tomar esa conectividad. Por otro lado, y aunque es posible que el juego que los agentes (incluidos los mutantes) jueguen entre sí sea un juego de coordinación en relación con una pauta de conducta determinada, el resultado mencionado no se dirige a explicar la coordinación en sí misma. Cabe, pues, preguntarse si introduciendo explícitamente la coordinación en una comunidad de agentes estructurada en forma de red, podríamos aprender algo más.

Y, en efecto, podemos aprender algo inesperado y relativo a la Banca de Inversiones entendida como la actividad donde mejor se transparenta la naturaleza del usuario como intermediario. Hemos visto como cada individuo puede colaborar, de una u otra manera, a la generación de alguna forma de fraternidad y, por lo tanto, a la formación de comunidades identificadas por pautas de conducta cuya admisión y seguimiento definen a su vez esa fraternidad. Pues bien, la figura del banquero de inversiones es un magnífico ejemplo de cómo un agente individual (y que la Banca de Inversiones puede constituir una sociedad es irrelevante ahora) puede conseguir que ocurran cosas y surjan novedades que sin él no serían posibles, a pesar de que esta figura no está asociada a ninguna toma de posición propia.

Pensemos, pues, en la importancia que un individuo en una red puede llegar a tener para que surjan la rebeldía y el cambio. Este individuo puede ser un banquero de inversiones, pero podemos también imaginarlo como un científico. Supongamos, para ser concretos, que lo que queremos examinar es el eventual brote de la rebeldía en una determinada comunidad estructura en red y formada por individuos empresarios o científicos, cada uno de los cuales tiene un umbral de rebeldía específico y un conocimiento diferenciado y singular sobre los umbrales de rebeldía de los demás según sea su conexión con ellos en la red. El umbral de rebeldía propio de cada individuo es el número mínimo de individuos (contando él mismo) que son necesarios para que ese individuo se rebele cambiando su pauta de conducta, cambiando su metodología en el caso de un científico o introduciendo novedades en el caso de los empresarios, novedades que podrían por ejemplo consistir en introducir las TIC. Cada uno de estos agentes conoce su umbral de rebeldía y el de aquellos otros individuos, sus vecinos, que están directamente conectados a él en la red. Diremos que, en este contexto un «estado de la naturaleza» es un vector de umbrales de rebeldía, uno para cada agente de la comunidad (por ejemplo [3333] es el «estado de la naturaleza» de una comunidad de cuatro individuos cada uno de los cuales tiene un umbral de rebeldía de 3).

Con estas nociones elementales pasaré ahora a glosar un ejemplo debido a Chew que ilustra con claridad la importancia para el surgimiento de la rebeldía de la forma de la red en que se estructura la comunidad y del conocimiento mutuo de los umbrales de rebeldía. Digamos que la comunidad está formada por cuatro agentes, 1, 2, 3 y 4, que corresponden a cuatro nodos de una red, y que cada uno de ellos tiene un umbral de rebeldía de 3, de forma que cada uno de los agentes se rebelará si sabe que hay 3 o más agentes (incluido él mismo) que están dispuestos a rebelarse y que no se rebelará si no está seguro de que sea así (supuesto este último crucial para el ejemplo de Chew). Considera este autor en su ejemplo dos formas de red alternativas, el cuadrado y la cometa, tal como se representan en la siguiente figura en la que cada nodo representa el agente individual que se indica y en la que cada conexión entre nodos es bidireccional.

Consideremos primero el cuadrado y examinemos el problema de decisión del individuo 1, sabiendo que el verdadero estado de la naturaleza es (3333). Primero, el agente 1 sabe que los agentes 2 y 4 tienen un umbral de rebeldía de 3, puesto que está directamente conectado a ellos, pero no sabe nada respecto al 3. En consecuencia, el agente 1 sabe que el verdadero estado de la naturaleza es un elemento del siguiente conjunto { (3313),(3323),(3333), (3343)(3353)} suponiendo que el umbral de rebeldía puede tomar los valores 1, 2, 3, 4 o 5. Segundo, ¿se rebelará el agente 1 en estas condiciones epistémicas? Siguiendo a Chew voy a mostrar que no lo hará porque no está seguro de que el agente 2 lo vaya a hacer, a pesar de que sabe que este agente 2 tiene un umbral de rebeldía de 3 y que hay tres agentes (incluido él) con ese umbral. Para verlo pensemos que el agente 1 deberá pensar qué haría el agente 2 en caso de que el estado de la naturaleza fuera, por ejemplo, el (3353), uno de los considerados posibles por el agente 1. Como el agente 2 conoce el umbral de los agentes 1 y 3 pero no el del agente 4, este agente 2 cree que el verdadero estado de la naturaleza está en el conjunto { (3351),(3352),(3353),(3354)(3355)} . En consecuencia, el agente 1 piensa que el agente 2 no se rebelará porque creerá que es posible que el verdadero estado de la naturaleza sea, por ejemplo, el (3355) que no le lleva a rebelarse porque él (el 2) tiene un umbral de rebeldía de 3. Por lo tanto, el agente 1 no se rebelará en el verdadero «estado de la naturaleza», el (3333), porque piensa que este verdadero «estado de la naturaleza» podría ser el (3353) en el que, como acabo de mostrar, el agente 2 no se rebelará. Tercero, en el caso del cuadrado, un argumento similar sirve para mostrar que los agentes 2, 3 y 4 tampoco se rebelarán.

Consideremos ahora el caso de la cometa. Chew explica que, en este caso, el agente 3 conoce el umbral de todos los demás; los agentes 1 y 2 conocen que el verdadero estado de la naturaleza es un elemento del conjunto { (3331),(3332),(3333),(3334)(3335)} y el agente 4 conoce su umbral 3, y el del agente 3, que también es 3, pero desconoce el de los agentes 1 y 2, de suerte que este agente 4 piensa que el verdadero estado de la naturaleza está dentro del siguiente conjunto muy amplio { (1133),(1233), … (2133),(2233) … (5533)} . Es evidente que el agente 4 nunca se rebelará, ya que es posible que el verdadero estado de la naturaleza sea, por ejemplo, el (5533), en el que sólo habría dos agentes dispuestos a rebelarse. Pero también es evidente que los agentes 1, 2 y 3 se rebelarán siempre, pues los tres saben que en el verdadero «estado de la naturaleza» hay al menos tres agentes dispuestos a rebelarse.

La moraleja inmediata es que una sola persona individual puede tener una importancia crucial para el cambio de una comunidad cuando está organizada en red, como puede ser el caso de una comunidad científica o de un sector económico conformado por diversas empresas. Pensemos en el agente individual 4 como un científico convencido de que la comunidad científica debiera cambiar de paradigma. En la situación representada en el ejemplo de Chew le bastaría con romper sus relaciones (de coautor digamos) con el científico 1 y tratar de que una relación así se estableciera entre este último y el científico 3. Pensemos a continuación en la situación como correspondiente a un sector con cuatro empresas que po­ drían fusionarse. Si esta fusión es la rebeldía de la que estoy hablando, la fusión no se llevaría a cabo si el sector está organizado como una red en forma de cuadrado. Pero si ahora el empresario 4 se da cuenta de la situación, puede explicarla a los otros tres, enlazar el 1 y el 3 y retirarse él a cambio de una compensación. Vemos que ha nacido un banquero de inversión: por un lado enlaza a la gente que no sabe que piensan lo mismo y por otro renuncia a un cierto poder. A cambio de ambas cosas cobra una sustanciosa comisión.

Pero este improvisado banquero de inversión no puede estar en todos los sectores a la vez ocupando una posición estratégica y, en consecuencia, si quiere continuar como tal deberá concentrar sus esfuerzos en enlazar a los demás. Para verlo volvamos al ejemplo de Chew. No sólo muestra la importancia de la estructura específica de una comunidad, sino también los requisitos epistémicos de la rebelión, o el cambio en general. En el caso del cuadrado cada agente sabe que la rebelión puede darse (porque sabe que hay tres agentes, incluido él, con umbrales de rebelión de 3), pero la rebelión no brota porque ningún agente puede estar seguro de que todo vecino (o agente conectado directamente a él) sepa eso mismo. En el caso de la cometa cada agente que conforma el triángulo no sólo sabe que los otros dos tiene un umbral de 3, sino que además está seguro de que los otros dos saben que los otros lo tienen y que incluso están seguros de que los otros lo tienen, lo que apunta a la importancia del conocimiento común (common know­ledge). Pues bien, esto es lo que define a un banquero de inversión, la capacidad de convertir el conocimiento mutuo de que algo es conveniente (por ejemplo, una función) en conocimiento común. Su función es epistémica, es decir, consiste en proporcionar a los demás la profundidad de conocimiento de la que adolecen. Tiene mucho de rebeldía y algo de artista, pues lo que hace es enfrentar a todos los demás a la vez a una misma representación de lo que podría ser. No hay mejor ejemplo del usuario como intermediario ni ejemplo más claro de que ello es posible gracias al conocimiento, ni prueba más contundente de que el agente individual postmoderno es una mezcla novedosa de consumidor, productor e intermediario.

RESUMEN

En este último capítulo de la parte I de El capitalismo que viene he tratado de remachar que el Homo posteconomicus es socialmente menos individualista. Para ello he introducido, de manera todavía tentativa, el concepto de fraternidad que, asociado a nociones como «aseguramiento mutuo», «confianza mutua» –ya men­cionada en el primer capítulo–, «reconocimiento mutuo» o «gusto por estar juntos», debe distinguirse claramente del concepto de solidaridad, que tiene otras connotaciones. Lo que nos interesa del concepto de fraternidad, tal como de momento lo hemos aproximado, es que no es un concepto universalizable y que es co­ mo lo que liga a los grupos pequeños que llamamos comunidades. Como las TIC van a facilitar enormemente la volatilidad de estas comunidades que paradojicamente reflejan la fraternidad, nos vamos a encontrar en el capitalismo que viene con una enorme proliferación de las fusiones y adquisiciones y con una noción nueva que se ha denominado estilo de vida y que va a revolucionar el marketing, ya que éste se hará de manera segmentada (algo no nuevo) y de forma agregada, tratando de acercarse al conjunto de productos que definen un estilo de vida.

Esto abre perspectivas nuevas a la Banca Comercial, pero lo que en este capítulo he querido caracterizar como epítome del intermediario como usuario del sistema es al banquero de inversiones. Se trata esencialmente de alguien que conoce no sólo los deseos de cambio de los demás, sino lo que los demás saben sobre esos deseos de cambio de otros. Esto le permite organizar verdaderas rebeliones que mejoran a todos y que no se podrían hacer sin ese conocimiento que proporciona la Banca de Inversiones, una institución que vende ideas y posibilidades. El capítulo muestra que la emergencia de este figura no es independiente de la arquitectura de la red en que se estructura una comunidad y que, al final, cualquiera puede hacerlo si reconoce su colocación en la red y ésta es la adecuada. Con estos comentarios se cierra esta parte I de El capitalismo que viene. Hemos visto que el agente individual es ciertamente psicológicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista. Estos cambios asociados a las TIC, la importancia del conocimiento y la globalización anuncian unas novedades que son las que he tratado de destacar. En la parte II atacaré de frente el papel futuro de la propiedad privada, las implicaciones que la reducción drástica de los costes de transacción va a acarrear y algunos problemas importantes que van a surgir como consecuencia de los movimientos migratorios que la globalización ya está propiciando.

Notas

1 Lo que sigue dio origen en su día a mi artículo «La Economía Digital revisitada», publicado en el diario Expansión el día 3 de marzo de 2004.

2 Este apartado está extraído de mi artículo de 1994 citado en las referencias.

3 La cita corresponde a la porción «Líder, autor, maestro» de Economía en porciones, Prentice Hall, 2003, pp. 97-98.

4 Los tres párrafos siguientes provienen de «Aburrimiento, rebeldía y ciberturbas», que puede leerse en su integridad en mi página web juan.urrutiaelejalde.org

5 Estos breves comentarios sobre la Banca Comercial han sido desarrollados en mi artículo de Expansión del 6 de abril de 2004.

6 Hay muchas publicaciones divulgativas recientes sobre redes. La menos decepcionante es la de Barabási.

7 Las ideas básicas de esta sección proceden de mi artículo citado en la nota 4.

Referencias

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