El Capitalismo que viene «PARTE II»

Capítulo 4 : Propiedad e Incentivos

La propiedad privada no tiene buena imagen. La propiedad privada es un robo para un anarquista y la propiedad privada de los medios de producción es, para un marxista, el principal obstáculo a derribar si queremos facilitar el advenimiento del paraíso comunista. De forma menos extrema, y hasta hace muy poco tiempo, la empresa pública parecía una buena solución para la provisión de ciertos bienes que, o bien eran estratégicos para una nación, o bien tenían alguna característica de bien público, y, desde luego, se hablaba de la función social de la propiedad como si el derecho de propiedad tuviera limitaciones evidentes que, sin embargo, había que resaltar para evitar abusos. No hay entre nosotros mejor ejemplo de este recelo hacia la propiedad privada que la propia Constitución Española de 1978 que, en consonancia con el tipo de sistema de mercado que instaura, uno adjetivado como «social» en su Título VII, considera en el artículo 33 la propiedad privada (así como la libertad de empresa en el 38) un derecho muy importante que «vincula a todos los poderes públicos» (art. 53), pero no un derecho fundamental de los que pueden ser alegados ante la jurisdicción ordinaria por procedimientos especiales y rápidos, dada su ubicación en la sección 2ª del capítulo II del Título I, y no en la sección 1ª.

Y sin embargo la propiedad privada es un rasgo fundamental de la Economía de Mercado, sin el cual el capitalismo como sistema de asignación de recursos no sería viable y, por lo tanto, no hubiera alcanzado el enorme desarrollo al que ha llegado. Se trata de una cuestión de incentivos a la que dedicaré mi atención en primer lugar. Recordaré que, debido a la cuestión de los incentivos, el llamado socialismo de mercado no tuvo más remedio que fracasar, y que son también los incentivos los que justifican convencionalmente los derechos de propiedad intelectual.

La defensa de la propiedad privada como condición necesaria del funcionamiento del capitalismo no puede dejar de ser contundente. Por esa razón no es fácil mirar con simpatía las cortapisas que nuestro texto fundamental trata de imponer sobre el ejercicio de la iniciativa privada y sobre la propiedad privada. Enuncia circunstancias en las que caben la nacionalización (art. 128) y la planificación (art. 131), e intenta impulsar la forma cooperativa de empresa y la participación de los trabajadores en la propiedad de los medios de producción (art. 129). La fuerza de las cosas, sin embargo, ha llevado a la Economía española por otros derroteros mucho más acordes con la centralidad de la propiedad privada. Hace tiempo que no se oye hablar a ningún partido político, por muy a la izquierda que esté en el espectro político, de nacionalización de una empresa o de un sector o de planificación de la Economía. Por otro lado, hemos asistido a una privatización paulatina de las empresas públicas y, simultáneamente, a un brote importante de capitalismo popular que ha permitido la participación de los trabajadores en el capital de las empresas en los mismos términos que cualquier otro ahorrador.

Dada esta centralidad de la propiedad privada en el sistema capitalista, no cabe esperar sino su reforzamiento a lo largo del proceso de globalización con el ensanchamiento de los mercados que trae consigo. Cabe sin embargo preguntarse si el enorme potencial de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), así como la mayor intangibilidad de los bienes en la sociedad de la información, no irán a relativizar el papel crucial que la propiedad privada juega en el funcionamiento del capitalismo. Rifkin en su famoso libro de divulgación La era del acceso parece insinuar que la propiedad era al mercado lo que el acceso es hoy a la red y que, en consecuencia, en el capitalismo que viene la propiedad y el mercado perderán importancia, al tiempo que la cooperación gana espacio a la competencia. Trataré de explicar que los argumentos de Rifkin no son muy sólidos. Lo que realmente ocurre en la sociedad de la información apoyada en un uso masivo de las TIC es que asistimos a una proliferación colosal de mercados que a veces puede parecer un debilitamiento del derecho de propiedad aunque no sea así. También intentaré mostrar que el incremento en la gratuidad o en la cooperación que creemos observar quizá sea más bien una estrategia inteligente para ensanchar el campo de juego de una nueva forma de competencia que exigirá, desde luego, la propiedad privada. Las figuras de la ciencia y del mecenazgo me parecen paradigmáticas a efectos de entender lo que ya se anuncia para el capitalismo que se avecina en términos de propiedad. Veremos cómo el mecenazgo no debe entenderse como un debilitamiento de la propiedad privada, sino como un proceso que, tratando de paliar los fallos del mercado, contribuye a la creación de nuevos mercados. Y veremos también cómo el último reducto del acceso libre, la ciencia, se encuentra mediado por la fuerza de las exigencias de los incentivos, lo que nos hace pensar que quizá vayamos a observar en un futuro más o menos inmediato, si no la privatización de la ciencia, sí movimientos en su gestión que apuntan en esa dirección.

PROPIEDAD PRIVADA E INCENTIVOS

Explicaré ahora brevemente por qué el éxito inicial de las ideas de Lange y Lerner sobre la posibilidad y el buen funcionamiento del socialismo de mercado no resistieron la Revolución de los Incentivos, una revolución que nos enseña que la propiedad privada es esencial para que el sistema de mercado funcione. Concretamente, es esencial que uno se pueda apropiar de los frutos de su trabajo, aunque a veces parezca que esos frutos son difícilmente apropiables si uno no puede cargar un precio por ellos debido a que su naturaleza los hace fácilmente accesibles. También discutiré críticamente el asunto de la propiedad intelectual, que parecería arrastrarnos a extender, a mi juicio erróneamente, estos derechos más allá de lo razonable.

Socialismo de mercado

La teoría del Equilibrio General es el corazón mismo de la Economía Neoclásica que nació en los años setenta del siglo XIX y se configuró formalmente a mediados del XX1. Se trata de una teoría de la asignación de recursos a través del mecanismo de mercado. Dadas unas dotaciones iniciales de cada bien asignadas a cada economía doméstica que las posee en propiedad, ésta utiliza su capacidad de compra, formada por el valor de su dotación inicial y por su participación en los beneficios de las empresas, para comprar lo que desee en los distintos mercados. Las empresas, por su parte, deciden el vector input/output que maximiza su beneficio y ponen en el mercado las correspondientes cantidades de cada bien. Los planes de economías domésticas y de empresas son compatibles entre sí cuando hay un vector de precios que hace que las demandas agregadas de cada bien sean iguales a las ofertas agregadas de cada bien. Ese vector de precios se llama de equilibrio y las cantidades que vacían los mercados constituyen la asignación de equilibrio.

El mecanismo de mercado no es el único posible para asignar recursos. Pensemos en un mecanismo alternativo que podríamos denominar de «veto por unanimidad». En este mecanismo cada asignación propuesta se considera de equilibrio o, para no confundirnos con las del equilibrio del mecanismo de mercado, como pareto-eficiente (en honor de Pareto, «inventor» de este mecanismo de asignación) si y sólo si no hay otra que sea mejor para todas las economías domésticas, es decir si esa asignación no está vetada por unanimidad.

Consideremos ahora todas las asignaciones de equilibrio del mecanismo de mercado en una economía de propiedad privada y todas las asignaciones pareto-eficientes de una economía en la que el total de recursos no está repartido en propiedad entre los agentes económicos. ¿Qué relación hay entre estos dos conjuntos de asignaciones? Los dos famosos teoremas del bienestar contestan a esta pregunta. Toda asignación de equilibrio de mercado en una economía de propiedad privada es pareto-eficiente (teorema 1) y toda asignación pareto eficiente de una economía con las mismas dotaciones iniciales totales pero sin propiedad privada puede ser sostenida como un equilibrio competitivo (teorema 2). Este segundo teorema nos dice que para cualquier asignación pareto-eficiente hay un vector de precios que junto a esa asignación constituyen un equilibrio (competitivo) de una economía de propiedad privada que tiene unas dotaciones iniciales coincidentes con esa asignación.

Tanto la teoría del Equilibrio General como la teoría del Bienestar (con sus dos teoremas) se formalizaron en los años de la guerra fría y por científicos, como Arrow por ejemplo, que según Philip Mirowski eran unos socialistas reprimidos que trabajaban en la Rand Corporation.2 Por lo tanto, no sería de extrañar que ese centro analítico de la teoría Neoclásica constituya al mismo tiempo una respuesta a la acusación de imposibilidad de la planificación central. Esta imposibilidad parece evidente dadas las dificultades computacionales que entrañaría una tal planificación, pero resulta que hay algo todavía «mejor» que esa planificación central que puede estar disponible gracias al segundo teorema del bienestar. Digamos que, como socialistas, deseamos una asignación específica de bienes finales pareto-eficientes: por ejemplo la perfectamente igualitaria. Para implementarla no se necesitaría ordenar a cada empresa lo que tiene que producir y a cada familia lo que tiene que consumir. Bastaría, tal como mostraron Lange y Lerner cada uno a su manera, con calcular el vector de precios que sostendría esa asignación como de equilibrio, publicarlo y ordenar a las empresas y familias que, en base a la tecnología disponible y a una dotación inicial de los derechos de propiedad perfectamente igualitaria, maximizaran beneficios y utilidad respectivamente actuando en los mercados de acuerdo con sus propios intereses.

Durante años pareció que, a diferencia de la planificación central, este socialismo de mercado era factible a pesar de la dificultad de calcular el vector de precios de equilibrio. Sin embargo, durante mucho tiempo nadie reparó en que, como para calcularlo, había que preguntar a cada agente individual por sus preferencias y a cada empresa por su tecnología, no estaba claro que unos y otros fueran a declarar la verdad. Declararían más bien aquellas preferencias y aquellas tecnologías que, una vez utilizadas para calcular consumos y producción, les dejaran en mejor posición. No tenían incentivos para decir la verdad. Más generalmente, el mecanismo del veto por unanimidad, así como el del mercado competitivo, no son compatibles en incentivos. De manera un poco menos técnica podríamos decir que nadie está dispuesto a hacer lo que el modelo del equilibrio general prescribe si no puede apropiarse de los frutos de ese comportamiento. No trabajaré lo que debiera o quisiera si el fruto de mi trabajo va a ir a la asignación de otra persona, o si no puedo decidir sobre el ahorro que quiero efectuar.

El problema del «cálculo socialista», tal como acabó denominándose el debate que se organizó en torno a las ideas de Lange y Lerner, no es de computabilidad, sino de apropiabilidad. La propiedad privada es condición necesaria para el funcionamiento del mecanismo de mercado. Tal es la primera lección de este capítulo dedicado a propiedad e incentivos. El problema se complica un poco más cuando hablamos de propiedad intelectual.

Propiedad Intelectual

Desde hace casi medio siglo conocemos, a través de un trabajo seminal de Arrow,3 que hay un conflicto evidente entre la invención y la difusión de esa invención. Cuanto más fácil sea la difusión, menos obtendrá el inventor a cambio de su inversión y menor será su incentivo para inventar. La invención debe entenderse hoy como englobando no sólo la innovación tecnológica, sino también la creación artística o científica que está sujeta naturalmente al mismo trade-off entre el reforzamiento de los derechos de propiedad intelectual y la difusión generalizada del producto de la actividad intelectual.

Hace algún tiempo escribía sobre este problema4 poniendo de manifiesto que en los últimos tiempos se habían puesto en circulación algunos debates preocupantes. En esta materia, los acontecimientos se atropellan y hoy puedo decir que tenemos tres asuntos debatibles y ampliamente debatidos. El problema del sida en África ha puesto en juego, a través de la discusión sobre los medicamentos genéricos, la idoneidad del sistema de patentes; el caso Napster en su día, y hoy Emule u otros sistemas de intercambio de archivos musicales, han puesto sobre el tapete la adecuación de los derechos de autor o copyright, y el software libre, como Linux, pone en jaque el software propietario. Estos casos indignan a los bienpensantes. Primero, ¿cómo es posible que grandes empresas farmacéuticas insistan en mantener el monopolio temporal que les proporciona una patente en vigor a pesar del sufrimiento de enfermos en países que no pueden hacerse con suficientes dosis de una vacuna contra el sida? Segundo, ¿cómo es posible que las grandes casas discográficas pongan pegas al disfrute generalizado y gratuito de música a través de internet? Y tercero, ¿cómo podemos admitir que se patente y se dificulte la circulación del software, que no es sino lenguaje?

Sin embargo, no tenemos más remedio que reconocer que los asuntos planteados conforman problemas de incentivos: si la empresa farmacéutica no puede apropiarse del beneficio monopolístico de la venta del medicamento resultado de su investigación, no tendrá incentivos para investigar, si la firma discográfica no puede explotar su música no tendrá incentivos para producirla, y ¿quién perderá el tiempo escribiendo en código si luego éste puede ser copiado y utilizado por cualquiera? Para que los incentivos sirvan como tales parece que la propiedad privada es fundamental. Hay que otorgar a las farmacéuticas y a las discográficas la propiedad de los productos de su actividad intelectual (aunque sólo de forma temporal para dejar espacio para que esos productos, tan fácilmente reproducibles, acaben sirviendo a todos) y, en principio, quien escribe código debería poder apropiárselo. Es esta necesaria asignación de propiedad lo que se consigue mediante patentes o derechos de autor. Parece que esta postura no es descabellada, que consigue cierto equilibrio entre los intereses en juego y que podría ser denominada liberal en el sentido de que está basada en el ejercicio de la libertad por parte de los agentes económicos una vez asignados los derechos de propiedad. Sin embargo, merece la pena lanzar una segunda mirada a este argumento convencional5. Concentrémonos por simplicidad en el caso de los derechos de autor y comencemos por destacar que el argumento tiene dos partes. Primero, la actividad creativa exige una inversión inicial fuerte que redunda en la existencia de rendimientos crecientes a escala que hacen inviable la competencia. Segundo, el correspondiente monopolio natural tampoco resulta viable si el producto es reproducible a bajo coste. En consecuencia, si queremos que exista la actividad creativa de que se trate es necesario hacer viable el monopolio incrementando artificialmente el coste de la reproducción del producto que incorpora la invención. Casi todos los economistas tienen este argumento convencional grabado en su disco duro, de forma que no es fácil cambiar de idea. Sin embargo, este argumento adolece de dificultades y falacias teóricas y prácticas.

Empecemos por las dificultades teóricas que son las más sorprendentes. Los lectores suficientemente interesados, o que acostumbran a preocuparse por los detalles, pueden consultar un artículo clave de Michele Boldrin y David Levine. El argumento genérico es como sigue. Si la invención o idea creativa está incorporada en un producto (lo que es siempre el caso), si la reproducción, imitación o copia exige una cierta formación intelectual o técnica que hace que la imitación nunca sea sin costes (lo que ocurre en general)6 y si hay límites a la capacidad de reproducción (lo que es bastante obvio en la mayoría de los casos), el valor descontado presente de las cuasi-rentas que recibe el creador inicial en ausencia de copyrights es positivo. Pero es que, además, no solamente es positivo, sino que en ciertas circunstancias puede crecer a medida que se reducen los costes de reproducir el producto en el cual la idea se incorpora. En consecuencia, el creador podría no necesitar el monopolio y no sería necesario el copyright para encarecer artificialmente el coste de la reproducción o copia.

Toda esta jerga significa, estrictamente hablando, no que el copyright no sea a veces socialmente conveniente (dependerá del incentivo cuantitativo que el inventor exija para crear), ni tampoco que el inventor o creador no vaya a mejorar su situación cuanto más efectiva sea la gestión de sus derechos cuando éstos existen. A los monopolistas, en general, siempre se les hace la vida más fácil y dulce cuando se les incrementa su poder de monopolio. Lo que el argumento que acabamos de ilustrar implica es que, contrariamente a lo que casi todo el mundo opina desde hace medio siglo, la carga de la prueba, a fin de justificar la necesidad del monopolio artificial que proporciona el copyright, ha de recaer en quien lo solicite. No conocemos evidencia alguna que corrobore que lo que los productores de información podrían recaudar sin la protección de los copyrights no sería suficiente para compensar sus costes de oportunidad. Esto nos sugiere que cabe pensar en arreglos institucionales distintos de ese copyright y que no es obvio que no haya otras maneras socialmente más adecuadas de capitalizar el esfuerzo realizado por el inventor o creador.

Dejemos la teoría y pasemos ahora a la práctica. No es de extrañar que la SGAE trate de explotar el copyright existente en beneficio de los artistas en general y la VEGAP en defensa de los derechos de los artistas plásticos. En este sentido, quien compra un disco compacto, o un óleo, o un software propietario tiene sus derechos de propiedad restringidos: no puede rasgar el óleo, o reproducir el cd en una tostadora, o copiar el software y, si lo hace, puede ser perseguido y, si finalmente es atrapado, tendrá que pagar por ello. Claro que todo esto va a favor de los intereses de los escritores, artistas, músicos o informáticos. Pero ¿qué pasa con los consumidores y el conjunto de la sociedad? Estas prohibiciones impiden la plena utilización de esos bienes por parte de los consumidores y de otros productores. Si uno lo piensa con atención, esto acarrea dos consecuencias socialmente peligrosas: reduce la competencia y, lo que es al menos tan dañino, reduce la innovación y el progreso tecnológico. Que reduce la competencia es obvio: hasta aquí sí que todavía se puede utilizar el disco duro del antiguo economista y reconocer que este poder de monopolio será un «mal necesario». Ya hemos argumentado que el mal no es ciertamente necesario, pero es que, además, y esto es mucho más importante, a largo plazo este poder de monopolio reduce la innovación. Esto puede parecer herético, pero lo que en general podríamos llamar «piratería» no es más que progreso tecnológico, innovación y, en definitiva, un futuro que se insinúa emboscado7.

Esto último es especialmente cierto en el caso del software, de forma que, como veremos, el movimiento del software libre y el sistema operativo Linux serán unos magníficos ejemplos para ilustrar cómo, en el capitalismo que se avecina, sin dejar de funcionar los incentivos, tendremos que dejar espacio a ciertas formas de gratuidad que tendrán su explicación a continuación.

PROPIEDAD Y ACCESO

Ahora voy a tratar de argüir que la ciencia, lejos de representar un sistema de producción premonitorio del capitalismo próximo, tal como algunos defienden, va a modificarse radicalmente debido básicamente a que los incentivos que los científicos van a tener que admitir o despreciar van a ser enormes en la sociedad del conocimiento. Esta modificación puede llegar a implicar la privatización de la ciencia, incluso de la básica. También voy a discutir diferentes nociones de gratuidad asociadas a las TIC y ofrezco una concepción del mecenazgo novedosa que pone menos énfasis en la generosidad o en lo que hoy se llama Responsabilidad Social Corporativa, y que se fija más en el papel que puede jugar para paliar fallos de mercado, para crear mercados o para modular las señas de identidad de una comunidad.

Acceso: propiedad privada de la ciencia

Ya he indicado en la introducción a este capítulo que Rifkin parece pensar erróneamente que la propiedad va a ser sustituida por el acceso, lo mismo que el mercado (competitivo) será sustituido por las redes (cooperativas). Confunde la proliferación de mercados con el debilitamiento de la propiedad y piensa que las redes de proveedores y clientes podrán proporcionar lo que uno desee sin pasar por el mercado. Esto lleva a pensar que quizá el capitalismo que viene se parezca al Sistema de Ciencia Abierta al que ya nos hemos referido en capítulos anteriores. En este sistema los resultados son públicos y quien los produce no espera de ellos ninguna remuneración especial, sino el mero reconocimiento.

Parece, por lo tanto, que examinar el funcionamiento de la ciencia podría ilustrarnos sobre el capitalismo que viene y sobre el papel que jugará en él la propiedad privada. Este examen nos mostrará después de un largo recorrido que, muy al contrario de lo intuido, la sociedad de la información traerá consigo fuerzas tendentes a privatizar la ciencia, tanto por los incentivos de los científicos como por el deseo de mejorar su creatividad.

En el capítulo 2 introduje al usuario como productor de ciencia. Allí vimos cómo el Sistema de Ciencia Abierta propio de la República de la Ciencia es como un legado que el feudalismo hizo a favor de la modernidad, generando una clase de usuarios del sistema, los científicos, que por circunstancias históricas acabaron vendiéndose barato por amor a la verdad. Sin embargo, continuábamos allí, hoy las figuras del científico-autor y del empresario-héroe van convergiendo y esperamos ver en un futuro inmediato un científico/empresario porque, en primer lugar, los incentivos para apropiarse de los resultados de la ciencia van a ser cada vez más fuertes y capaces de vencer los remilgos de los científicos y porque, en segundo lugar, casi todos los argumentos en contra de la provisión de la ciencia por el mercado ya no se sostienen. En consecuencia, veíamos que los únicos problemas pendientes para la provisión óptima de ciencia eran los del encasquillamiento y la dependencia del recorrido que surgen del efecto-red que afecta necesariamente a la ciencia y que dificultan la puesta en práctica de la estrategia óptima que allí cali­ ficaba como experimentadora y rebelde. Lo que ahora pretendo hacer es mostrar cómo la potencia de las TIC y la privatización de la ciencia pueden sortear el último obstáculo pendiente para la provisión óptima de ciencia, algo crucial en la sociedad del conocimiento. Para comenzar, voy a tratar de explicitar mis ideas acerca de cómo pueden las TIC llevar la competencia perfecta al mercado de la ciencia, algo inesperado cuando acabo de recordar que el efecto-red genera unos rendimientos a escala crecientes por parte de la demanda. Focalicemos, pues, nuestra atención en esos rendimientos crecientes a escala producidos por el efecto-red que, como ya he indicado, produce encasquillamiento y dependencia del recorrido, fenómenos ambos que plantean de lleno un problema epistémico serio. Cuando enfrentamos una situación así, y éste sería el caso en el mer­ cado de la ciencia, es aparentemente imposible pensar que estemos en competencia perfecta. Ésta, hemos aprendido desde siempre, es incompatible con los rendimientos crecientes, que son los que caracterizan el funcionamiento de la ciencia según la descripción de los sociólogos que se dedican a estudiarlo y describirlo. Sin embargo, voy a tratar de argüir que las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (las TIC), y especialmente internet, pueden llevar, en el límite, a una situación en la que podemos decir que las cosas ocurren como si estuviéramos en competencia perfecta. He desarrollado este argumento recientemente en Urrutia (2003b) y aquí voy a limitarme a ofrecer un simulacro de prueba en dos pasos.

En el primer paso recojo la noción de competencia perfecta desarrollada por Makowski y Ostroy y recientemente resumida en su artículo conjunto en el Journal of Economic Literature. Para la tradición walsariana, y en general neoclásica, la competencia perfecta está identificada por el carácter paramétrico del vector de precios que se corresponde con esa naturaleza precio-aceptante de los agentes económicos justificada por su gran número. Sin embargo, para la tradición austriaca, y también para la marshalliana, la competencia puede llamarse perfecta si no hay barreras a la entrada, pues en esa circunstancia, para evitar la entrada de un competidor hay que rebajar el precio hasta que hayan desaparecido los incentivos para entrar. Las ideas de Makowski y Ostroy reconcilian ambas nociones de competencia perfecta introduciendo una terminología muy intuitiva. La competencia sería perfecta en ausencia de todo poder monopólico. Este poder monopólico se da cuando mi amenaza de abandonar el grupo es creíble, y tal amenaza por mi parte no será tenida en cuenta a no ser que yo esté aportando realmente algo positivo al grupo. En consecuencia, podemos decir que hay competencia perfecta, es decir que el poder monopólico ha desaparecido, cuando nadie aporta nada al grupo, cuando su presencia individual sobra. En resumidas cuentas, hay competencia perfecta cuando el grupo es desintegrable en grupos más pequeños hasta llegar al agente económico individual. La ventaja de esta terminología es que nos hace ver con claridad meridiana que en aquellos sectores económicos en los que se da el efecto-red no hay competencia perfecta: si cada incorporación individual a la red aporta valor a ésta, cada individuo que se incorpore a ella tiene cierto poder monopólico.

Para probar que las TIC, y en concreto internet, pueden traer consigo una situación como la de la competencia perfecta, tengo que probar, en un segundo paso, que estas tecnologías nuevas agotan el efecto-red. Como lo que aportan los sucesivos individuos que se incorporan a una red es cada vez menor, lo que tengo que probar es que las TIC permiten poner en red a todos los individuos de un sistema económico. Las TIC, en efecto, reducen los costes de transacción en general, y en particular reducen el coste de formar y completar redes. Internet en concreto puede completar una red única y lo puede hacer a través de un proceso, que podríamos denominar netweawing, que consiste en la creación de redes identitarias basadas en la confianza mutua. Por ejemplo, internet permite contactar en red a todos los miembros de una escuela científica determinada entre los cuales florece la confianza mutua en la puesta en común de planteamientos y métodos. Y puede hacerlo para cada escuela existente de forma que cada una de éstas no es sólo como una red de teléfonos que, a lo más, permite entrar en contacto con cualquiera que pertenezca a la red, sino que, de hecho, hace muy probable que todos los miembros entren en contacto con todos los demás miembros de esa red. Como, por otro lado, cabe perfectamente la pertenencia simultánea a varias redes o a varias escuelas, al final todos los agentes económicos, o todos los científicos, pertenecen a una red de redes identitarias solapadas. Podemos decir que, en el límite, todos pertenecemos a la misma red, y que no hay intercambio posible de ideas que no haya sido realizado.

A la luz de este segundo paso parece natural admitir que el efecto-red se ha agotado y que ha surgido la competencia perfecta. Por ejemplo, la demanda de la idea que acabo de expresar es perfectamente elástica: una idea similar mejor articulada acaba dejándome sin lectores. Dicho de otra manera, no puedo engatusar a todo el mundo todo el tiempo con una idea que haya tenido o con un descubrimiento que haya efectuado: siempre cabe que un subconjunto del total de científicos se concentren alrededor de una idea alternativa parecida (quizá mejor, más elegante o con más gancho) o de un descubrimiento de parecida relevancia. En esta situación límite han desaparecido el encasquillamiento y la dependencia del recorrido y florecen la rebeldía y la experimentación alimentadas por la capacidad de contradecir las ideas establecidas. Además, lo que en Urrutia (2003c) dije sobre estrategias y gestión empresariales es inmediatamente aplicable a la ciencia. Tomar la posición o ser el primero en establecer una «verdad» científica no garantiza nada, pues esa posición puede ser atacada en cualquier momento; establecer un estándard o establecer una línea de investigación sólo te garantiza quince minutos de gloria. Fidelizar a la clientela o hacer discípulos es problemático, y la fidelidad de los empleados o de los miembros de la escuela científica de que se trate es imposible. Vemos pues que, en esta situación límite a la que nos pueden llevar las TIC, el problema epistémico ha desaparecido en el sentido de que rebeldía y experimentación florecen sin irreversibilidades ni dependencia del orden en que las ideas aparecen.

Las TIC han conseguido que los rendimientos crecientes en la investigación sean compatibles con la competencia perfecta, de forma que, en el límite, no haya problema epistémico y la ciencia sea compatible con la iniciativa privada. Pero ¿no cabe que el propietario privado de una empresa científica trate de parar el proceso que lleva hasta el límite que acabo de describir?

Es ahora cuando de manera natural puedo encarar el problema de la privatización de la ciencia básica. Pretendo mostrar que dicha privatización es concebible desde el punto de vista económico. Más en concreto, pretendo hacer ver que un investigador, propietario de una empresa dedicada a la producción de ciencia básica, puede proveer ese bien correctamente.

Antes, sin embargo, es conveniente conocer la dificultad del empeño, pues hay que empezar por reconocer que el propietario de una empresa científica no tiene por qué tener los incentivos adecuados para tratar de alcanzar el límite en el que los problemas epistémicos han desaparecido. En efecto, el objetivo de los empresarios es procurar que la competencia no sea perfecta, sino que se acerque lo más posible a una situación de monopolio. Los gestores (científicos o empresariales) más avispados procurarán que la comunidad formada por su escuela o por su clientela, y estructurada en red por internet, no se expanda del todo. Permitirán sin demasiada lucha que existan otras comunidades formadas por la clientela de los competidores o por otras escuelas. Las empresas (incluidas las científicas) tienen interés en retrasar el advenimiento de la competencia perfecta y alargar, así, el disfrute de cierto poder monopólico.

Como ahora veremos, la pregunta de si hay que permitir la propiedad privada de las empresas dedicadas a la investigación básica se convierte en un problema de incentivos del que deberíamos poder deducir las características que debe tener el detentador de esa propiedad. Este problema no es fácil, pues no poseemos una teoría económica universalmente admitida de la propiedad. Lo más cercano a eso que yo conozco son los trabajos alrededor de la idea de contratos incompletos y de la naturaleza de la empresa. Una empresa, en efecto, no es sino un haz de contratos, pero en ninguno de los componentes de ese haz se pueden tener en cuenta todas las contingencias posibles. Pues bien, tal como explica Hart, en esas condiciones de incompletitud de los contratos, lo importante desde el punto de vista de la eficiencia es quién tiene los derechos residuales, es decir, quién tiene el poder de decisión cuando llega una circunstancia no prevista en los contratos que constituyen la empresa. El argumento es sutil y no es fácil de explicar. Concentremos nuestra atención en el caso de una empresa científica y digamos que el contrato central para la formación de esa empresa se firma entre el Estado y una clase especial de agente privado, que denominaré el científico, y consiste en especificar ex ante las inversiones complementarias de uno y otro. El Estado pone la infraestructura (un ciclotrón por ejemplo), que no valora en sí misma, y el científico que sí valora el ciclotrón en sí mismo pone su capital humano, es decir, su capacidad de usar ese ciclotrón. Si este contrato fuera completo estaríamos en presencia de un problema de identificar el óptimo de primer rango, la propiedad sería irrelevante para la eficiencia y no habría problema de incentivos. En un contrato completo, en efecto, no hay problema de incentivos porque el criterio obvio para decidir las respectivas inversiones complementarias es la maximización del beneficio conjunto. Y éste es el criterio obvio porque el reparto posterior de este beneficio está especificado perfectamente. Cuál sea esta especificación, es decir de quién son los bienes, influye en la distribución, pero no en la eficiencia. Ahora bien, parece evidente que un contrato así no puede ser un contrato completo. Un ciclotrón no es una máquina estándar y sus especificaciones pueden variar ampliamente, y la aplicación con que el científico ponga en juego su capital humano es también muy variable, por lo que habrá muchas circunstancias en las que es imposible verificar si se están cumpliendo los pactos establecidos ex ante. Es claro que cuando este contrato es incompleto, el reparto del beneficio conjunto no puede estar especificado perfectamente en toda contingencia y, en consecuencia, el óptimo de primer rango no es alcanzable. El óptimo de segundo orden dependerá ahora de los incentivos. Pues bien, ahora la propiedad es esencial para los incentivos (y por lo tanto para alcanzar el óptimo de segundo orden), pues determina quién tiene el derecho a continuar con el proyecto en el caso de que, una vez instalada la infraestructura, surja una desavenencia entre Estado y científico que no ha sido tenida en cuenta.

Pensemos, en primer lugar, que Estado y científico van a producir conjuntamente un bien privado. Supongamos que la propiedad se asigna al científico. En este caso, es evidente que el Estado no tiene incentivo para invertir mucho en infraestructura, pues se va a quedar con ella sin poder utilizarla si el propietario decide no continuar. Supongamos por el contrario que la propiedad pertenece al Estado. En este caso el Estado tiene incentivo para invertir más, pues si hay desavenencia él puede decidir continuar. Es decir, cuando se produce un bien privado a través de un contrato incompleto, la propiedad ha de ser del inversor, en nuestro caso el Estado. Éste es el argumento de Hart para defender que la propiedad debe asignarse a quien invierte.

Pensemos, en segundo lugar, que entre Estado y científico van a producir ese bien público o cuasi-público que denominamos ciencia. La situación es ahora bien distinta. Supongamos que la propiedad fuera del Estado y que éste hubiera decidido hacer una inversión muy grande. En este caso, si el acuerdo se rompe ante una contingencia no prevista, hay dos posibilidades: que el Estado decida interrumpir el proyecto o que decida continuarlo. En la primera eventualidad ha malgastado una gran inversión, en la segunda el rendimiento se lo lleva el científico, luego cabe pensar que el Estado no tiene incentivos para hacer una gran inversión. Supongamos ahora que la propiedad fuera del científico y que el Estado ha decidido hacer una inversión muy grande. Si el acuerdo se rompiera, al científico le compensa seguir en el proyecto aunque tenga que ceder parte del excedente al Estado porque él, el científico, valora mucho la infraestructura en sí. En consecuencia, el Estado tiene incentivos para hacer una inversión grande. Éste es un argumento de Besley y Ghatak que yo he usado para defender que la propiedad debe asignarse al científico que aprecia el bien público más que el inversor.

Resulta de una gran belleza que sea la pasión por la verdad la que justifique al científico como empresario, es decir, como dueño de la empresa científica, ya que era precisamente esta característica lo que explicaba que el científico aceptara un magro pago por sus servicios al señor que le protegía y explotaba, tal como vimos. Es justamente esa característica de sus preferencias la que justifica que asignemos la propiedad a algún científico, pero no a cualquiera, pues en la ciencia, como en cualquier otro sector, el empresario, el científico, tiene incentivos para ralentizar el movimiento hacia la competencia perfecta tratando de mantener mientras pueda el poder monopólico que le conceden los rendimientos crecientes producidos por el efecto-red. Si los métodos de secuenciación del genoma humano de Celera hubieran competido con otros, es posible que a Venter le hubiese interesado no utilizar totalmente la pequeña ventaja que pudiera acarrearle la imposición de su método a toda la comunidad científica y tecnológica, pues eso le llevaría, según hemos visto, a erosionar su propio monopolio. Le hubiera convenido retardar ese momento repartiéndose el mercado con otra empresa, posiblemente pública. Sin embargo, desde el punto de vista social, interesa más que se alcance la competencia perfecta. La manera de eliminar estos incentivos perversos es entregar la propiedad de la empresa a quien muestra una mayor pasión por la verdad.

Queda pues mostrada la compatibilidad entre propiedad privada y provisión de ciencia. No sólo puede proveerse ésta en cantidades adecuadas, sino que cabe esperar que la iniciativa privada, lejos de generar un problema epistémico, constituya su solución. Cuando florece la pasión por la verdad, el empresario-científico, a la vez un autor y un héroe, traerá la rebeldía y la experimentación que, curiosamente, caracterizan no sólo la óptima estrategia investigadora, sino también la competencia perfecta.

Si se me permite, para terminar, dar cierto salto lógico, me atrevería a decir lo que espero que sea la ciencia en el siglo xxi. Primero, la propiedad de la empresa científica la detentará un cien­ tífico doblado de empresario. Segundo, esa empresa privada estará en manos del empresario/investigador que más pasión por la verdad, es decir más fe en su propio método, haya mostrado. Tercero, no será estrictamente necesario otorgar ninguna patente a los productos que salgan de esa empresa científica8.

Gratuidad y mecenazgo

Una vez que hemos admitido la propiedad privada de la ciencia, incluyendo la básica, tenemos que tomar conciencia de que, aunque no hayamos recomendado el otorgamiento de patentes, siendo como es positivo el valor descontado presente de las cuasi-rentas obtenibles, no parece que vaya a haber algo gratuito en el capitalismo que viene, contrariamente a la sugerencia de Rifkin. Sin embargo, y como ahora empezaremos a discutir, en ciertos sentidos sí que podemos hablar de gratuidad como algo que se avecina y como algo que guarda cierta relación con el mecenazgo.

Comenzaré, pues, por considerar la gratuidad como un fenómeno que se manifiesta en tres categorías curiosas9. Lo gratis, o ¿por qué hay bienes con precio cero en un sistema de mercado? Lo gratuito, o ¿para qué sirven formas extraordinarias de fiesta que representan un derroche poco razonable? Lo libre, o ¿cómo entender la cooperación gratuita entre programadores adscritos al movimiento de software libre?

Si empiezo mi recorrido por lo gratis me planteo inmediatamente la idea de un bien libre. Es esta noción una de las primeras cosas que aprende un estudiante de economía a quien se le dice que se trata de un bien, como el aire, cuya demanda (a precio cero) es menor que la oferta existente a ese precio. Pero si definimos los bienes con un poco más de cuidado, dividiendo por ejemplo el aire en más o menos contaminado, podemos fácilmente admitir que esta categoría intelectual no es más que una curiosidad de la que podemos prescindir para estudiar realmente lo escaso, lo que no puede dejar de tener un precio positivo, lo que no puede ser gratis. Sin embargo, sí que hay un sentido en el que se puede hablar de bienes con un precio (sombra) nulo; es decir, bienes que, aunque haya que pagar por ellos en las transacciones individuales, no aportan nada a la sociedad cuando se aumenta su oferta, cosa que puede llegar a ser el caso de algunos tipos de mano de obra, de habilidades profesionales o de materias primas. No son bienes libres, acarrean un precio, pero la sociedad no sufriría nada si destruyéramos una unidad de ellos.

Lo que resulta interesante de estos dos tipos de bienes es que su propiedad privada no sirve para mucho a sus propietarios, y ello porque el sistema de mercado no los necesita para hacer su trabajo. Como saben todos los economistas (aunque no los de primer curso), el sistema de mercado es un mecanismo que permite simultáneamente agregar toda la información relevante para tomar decisiones económicas en un único estadístico suficiente, el vector de precios, y también ofrecer, mediante la exclusiva contemplación de ese vector de precios, todos los incentivos necesarios para trabajar, ahorrar e intercambiar de la mejor forma posible. Para que estas dos extraordinarias características del sistema de precios puedan darse juntas es condición necesaria la existencia de los derechos que configuran la propiedad privada de los bienes, tema que centra el interés de este capítulo. Pues bien, la propiedad privada de los bienes libres o de los que acarrean un precio sombra nulo es irrelevante a efectos del funcionamiento del mercado. Sin ella el mercado seguirá siendo un magnífico y eficiente procesador epistemológico, como diría Hayek. Me atrevo a decir que el Estado no se preocupa demasiado por defender al propietario (eventual) del aire o a quien posee unas cualificaciones laborales excedentarias en el sistema. Sin embargo, como garante del funcionamiento del mercado, el Estado defenderá muy mucho la propiedad privada de otros bienes realmente escasos.

Ahora bien, si queremos entender con una cierta profundidad el papel de la propiedad en la determinación de lo gratis tenemos que analizar otros dos fenómenos interesantes. El primero es bien conocido y está relacionado con las complementariedades. Se decía que un cliente de un sastre famoso, que cobraba lo mismo por un traje con o sin chaleco, se encargó un chaleco esperando obtenerlo gratis. No lo consiguió porque, al menos por aquellas épocas, chaqueta y chaleco era bienes complementarios. Como en el caso del sastre y su chaleco, Microsoft no cobra nada por el buscador Explorer, pero no lo proporciona independientemente de un sistema operativo Windows. Este tipo de gratuidad parece haber ofendido bastante al juez Jackson, y también a la corte de apelaciones. Esto de lo gratis parece que empieza a no ser una broma y, como veremos ahora, se puede convertir en algo muy serio.

El segundo fenómeno que tenemos que analizar tiene que ver con el tamaño del mercado, y por tal entiendo no sólo el número de participantes, sino también el número de mercancías. El tamaño del mercado en un momento dado está determinado por el beneficio que derivo de extenderlo (ya que soy, por ejemplo, propietario de un bien que se puede convertir en mercancía, como el tántalo al aparecer los teléfonos móviles) y el coste de hacerlo, un coste tanto físico (correspondiente a la producción de la mercancía o a la conquista de un mercado lejano) como no físico (correspondiente a la adquisición o creación de la confianza necesaria por parte de la clientela cercana de una mercancía nueva y desconocida o de los compradores lejanos de una mercancía conocida). Pues bien, si los costes de una u otra forma de extender el mercado son pequeños, como puede ocurrir gracias al netweaving que se realiza en internet, el incentivo proporcionado por la propiedad privada a efectos de extender el mercado hasta una dimensión dada no tiene por qué ser muy alto, de suerte que esa propiedad privada es menos necesaria o puede redefinirse de manera menos cerrada. En el límite, manera rara de mirar las cosas que los economistas comparten con los matemáticos, la propiedad no parece necesaria para que el mercado haga esa función que he llamado epistémica. Es, pues, dudoso que todas las cosas vayan a tener un precio positivo y es posible que algunos bienes finales lleguen a ser gratis, cosa tecnológicamente factible gracias a los enormes rendimientos crecientes a escala que existirán en la producción de esos bienes de consumo masivo. Lo gratis puede dejar de ser una categoría conceptual sin importancia y aparecer como el signo distintivo de un futuro que apunta. En ese futuro hay ciertos toques de abundancia que hacen dudar, en un primer momento, no sólo de la funcionalidad de la propiedad privada, sino también, claro está, de la del Estado, o de la del propio mercado como forma de racionar la escasez, tal como iremos viendo inmediatamente.

Volvamos ahora la atención a lo gratuito y consideremos, por ejemplo, tres genuinos actos gratuitos, no explicables por la lógica de la escasez y su racionalidad funcional y que se constituyen en tres maneras de gastar la energía humana sometidas a otra lógica, quizá de la abundancia, y guiadas por una racionalidad expresiva indicativa de quién se quiere ser o a qué comunidad se quiere pertenecer. Pensemos en el lenguaje, en el potlatch y en la «frontera» o colonización del Oeste americano. Los tres tienen en común que conforman una fiesta de la sobreabundancia. Tomemos el potlatch como un término genérico que engloba muchas prácticas diversas de tribus americanas descritas por los antropólogos y fijémonos en la que consistía en destruir ritual y colectivamente bienes producidos en común por el grupo. Algo de esto hay también en la facilidad con que el lenguaje rehace la sintaxis, cambia contenidos semánticos y hace proliferar mil formas distintas en su pragmática. Es, como el potlatch, algo colectivo que hacemos sin pensar, procede a despilfarrar sin freno un montón de energía social. Finalmente, pensemos en el espíritu de la «frontera»: la colonización de territorios vírgenes se hacía también colectivamente, sin un plan preconcebido y mediante el despilfarro de vidas, haciendas y energía colectiva.

¿Qué interés pueden tener para un economista estos tres fenómenos sociales que he empaquetado juntos de manera tan arbitraria y gratuita? Acabo de decir, tratando de hablar de una primera manifestación de la gratuidad, la que da origen a lo gratis, que la reducción de los costes de extender el mercado puede llegar a traer una extensión tan grande de éste que podría imaginarse la superación de la propiedad privada, del Estado y del propio mercado como instituciones propias de la lógica de la escasez o tributarias de la necesidad, que ya no cumplen función alguna en una situación de sobreabundancia que se rige por una lógica distinta. Lo que ahora quiero explicar es que en el pasado, cuando internet no había reducido los costes de extender el mercado (tanto los físicos como los asociados a la adquisición de confianza), la extensión del mercado se tenía que hacer mediante lo gratuito. En efecto, extender el sistema de mercado significa tener acceso a nuevos territorios para poder producir más, y para más gente, bienes conocidos o nuevos bienes que las nuevas tierras permiten cultivar, pero significa también elaborar un nuevo lenguaje que permite entender los nuevos bienes, o a los nuevos individuos que van a conformar el mercado más extendido, y significa, finalmente, ganarse la confianza de los nuevos individuos que acceden al intercambio de bienes. Pero esta extensión del mercado no puede hacerse simplemente a partir de una propiedad privada que, aunque regía en el mercado reducido que ahora queremos extender, entre los individuos que lo conformaban y bajo un Estado que la protegía, no se extiende todavía a los nuevos agentes económicos a los que el mercado accede. Extender el mercado no es, pues, un problema de mercado, es algo complicado que, en un principio, exige actos gratuitos, arriesgados, pues se adentra uno en territorio virgen en donde nadie va a garantizarme que puedo hacer mío lo que produzco o lo que compro. Curiosamente, lenguaje, «frontera» y potlatch llevan a cabo la labor epistémica del mercado, su inaudita capacidad de agregar información y reaccionar correctamente a ella, sin necesidad de la propiedad privada o del Estado que la protege. La colonización de la «frontera» da acceso a nuevos pastizales o a nuevas tierras de labranza, el lenguaje da acceso a nuevos significados que contribuyen a conformar una comunidad que se organiza alrededor de la destrucción colectiva de energía y se estructura jerárquicamente según la generosidad de los dones o de las autodestrucciones. Los incentivos asociados necesariamente a la propiedad privada no funcionan aquí; los contactos, transacciones y producciones que hay que hacer para extender el mercado se hacen de manera gratuita, por instinto en el caso del lenguaje, por espíritu de pionero en el caso de la «frontera» y por la pulsión suicida de la autodestrucción en el caso del potlatch. Y esta gratuidad no necesita protección de ningún Estado, no es algo que esté a la defensiva, es algo que ofende, que ataca, y contra lo cual siempre se encuentran resistencias.

Ahora bien, esta extensión del mercado conseguida por lo gratuito no es eterna. El lujo del espíritu de conquista de la «frontera», o de la dilapidación de recursos, o del instinto del lenguaje, no es como el sol, no es eterno. Llega un momento en que los costes de esa extensión se hacen cada vez mayores y en que, para continuar con ella, hacen falta ya incentivos más tangibles asociados con la propiedad privada. Ya no destruyo mi propia riqueza para señalar mi poder, y mi espíritu de pionero no encuentra ya terreno donde ejercerse. Sólo subsiste el instinto del lenguaje, que se utiliza ahora para reinventar la propiedad privada y el Estado. La escasez ha vuelto a enseñar sus feas orejas y el espíritu colectivo y gratuito ya sólo subsiste en el lenguaje; el orden se ha vuelto a imponer.

Antes de pasar a elucubrar sobre lo libre como tercera categoría de la gratuidad quiero realizar un excurso sobre lo que considero una lección que nos ha enseñado la consideración de lo gratuito o lo despilfarrador. Si la globalización es un intento de extender el mercado más allá de lo que, dada la propiedad privada, permiten las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, no podemos esperar hacerlo con el mismo lenguaje, sin espíritu de hombres de la «frontera» o sin alardes de gasto para ganar autoridad y confianza. Y sin embargo estamos queriendo hacerlo así. No nos extrañe, pues, que los movimientos antiglobalización exijan un nuevo lenguaje, combatan un falso pionerismo no participativo y escenifiquen la destrucción por la destrucción. Les motejamos de irracionales, pero quizá no estén dispuestos a comportarse con la racionalidad funcional propia de la necesidad y se muevan por una racionalidad expresiva y espectacular propia de la abundancia, del exceso de energía. Si estas elucubraciones tuvieran algún sentido, la confrontación con los movimientos antiglobalización sólo tendrá éxito cuando los globalizadores estén dispuestos a intercambiar y crear palabras, a trabajar colectivamente sobre nuevos terrenos y a responder a la violencia con una destrucción masiva de su propia riqueza. Cuando así se haga, el mercado se habrá extendido, la propiedad privada volverá a imponerse y un Estado más global surgirá para proteger el nuevo orden. Se me antoja que quemar etapas es inútil, pero sobre todo esto volveré en la cuarta y última parte de este ensayo.

Estas ideas pueden parecer excesivamente especulativas, pero, si abrimos los ojos, las reconocemos en el mismísimo corazón de la revolución tecnológica que estamos experimentando. La revolución de las llamadas TIC se fragua no en un hardware que acaba adaptándose, sino en el desarrollo del software. La gran batalla en el desarrollo del software se está dando entre estrategias alternativas. Por un lado, la estrategia del software propietario que defiende la propiedad privada del software desarrollado por los programadores de una empresa, es decir, su patentabilidad o copyright acompañados de la ocultación del código fuente y, por otro lado, la estrategia del software libre que se organiza en un movimiento libertario que defiende el acceso libre al código fuente de cualquier programa y la obligación de revelarlo o, como ellos dicen, de establecer el copyleft. Esta batalla no es ninguna broma y el plausible triunfo del movimiento del software libre, o de código fuente abierto (open source movement), ha sido esgrimido por los defensores de Microsoft en su histórico juicio por presuntas prácticas anticompetitivas.

Lo interesante para mí es que este movimiento, que ya está bastante institucionalizado, representa a la perfección la faceta de la gratuidad que he denominado lo libre. Lejos de aceptar que cualquier mejora del código fuente, o su propia creación, pueda ser protegida por un copyright que, aunque permita el uso de sus aplicaciones bajo licencia, no permite el examen libre de ese código fuente, el movimiento se organiza para que se cree un estatuto del software libre, según el cual el código fuente creado por cualquier miembro del movimiento se puede transmitir bajo la licencia libre GPL (General Purpose License), que obliga a no convertirlo en propiedad privada, sino a usarlo, y posiblemente mejorarlo, y devolverlo a su vez como código libre.

La historia del movimiento es conocida y significativa. Antes de principios de los setenta, cada ordenador físico tenía su propio sistema operativo y el problema de compatibilidad era insalvable. Debido a este defecto aparecen los hackers, unos usuarios interesados que producen su propia programación en la máquina con la que cuentan y para satisfacer sus propias finalidades. El proyecto UNIX cambia todo esto. Se trata de una concepción modular que permite la adaptación fácil de los programas a diferentes modelos de hardware. Nace en los laboratorios de ATT (Unix System Labs), pero se cede a la Universidad de California en Berkeley y los hackers universitarios lo mejoran hasta desarrollar el Berkeley Software Distribution (BSD). El enfrentamiento entre la ATT y Berkeley es el evento que desencadena lo que luego va a venir. ATT significa el desarrollo del software propietario, proceso de innovación sometido a la lógica de la escasez con su propiedad privada y la defensa de ésta por el Estado. Berkeley (en donde hace veinte años se había desarrollado el free speech movement) representa el desarrollo libre del software dentro de una comunidad de usuarios privilegiados que comparten todas las innovaciones sin cobrar por ello ni protegerlas con propiedad privada o copyright. Este enfrentamiento llega a los tribunales y, como suele pasar cuando esto ocurre, ambas partes salen perjudicadas. Pero mientras tanto, a mitad de los ochenta, Richard Stallman, un genio de la programación, ha iniciado la Free Software Foundation (FSF) y el proyecto GNU (un acrónimo recursivo que dice «GNU no es UNIX»). Stallman y sus amigos tratan de construir un sistema operativo de lujo del estilo UNIX (pero no UNIX) basado en el software libre. «Un sistema operativo permite hacer muchas cosas. Un sistema operativo haría de nuevo posible una comunidad de hackers que trabajen de modo cooperativo.» A partir de este punto, los acontecimientos se desencadenan y Stallman y Linus Torvald juntan fuerzas para crear, en la red, el sistema GNU/LINUX, que es el que está siendo un verdadero competidor para Microsoft. Un competidor del que se puede decir que está ganando la batalla desde que ha sido adoptado por muchas instancias del sector público en Europa.

Esta pequeña historia nos ayuda a percatarnos de que el movimiento del software libre representa el ejemplo perfecto de lo libre y, a su vez, corresponde a la forma de extender el mercado mediante lo gratuito, tal como he comentado. No hay que tener mucha imaginación para reconocer en la política del movimiento un deseo de libertad espontánea similar a la que mueve a la creación del lenguaje; al fin y al cabo, están creando lenguaje, eso es lo que están haciendo. También es evidente el pionerismo que anima a los hackers y el aspecto sacrificial que subyace al encumbramiento de Stallman y de Torvald como jefes del movimiento; lo son porque dan mucho, porque renuncian a mucho. Pero también es cierto que, una vez que lo gratuito ha hecho su trabajo, volvemos al reino de la necesidad. Así está ocurriendo, por ejemplo en la empresa Red Hat, que, si bien pertenece al movimiento, cobra razonablemente algunas de la aplicaciones. Poco a poco el movimiento se va pareciendo a una sociedad normal con precios por los intercambios, propiedad privada y la intervención de formas de control no estatales.

Para terminar este capítulo dedicado a pensar la propiedad privada como necesaria para el desarrollo capitalista, es indicado volver la atención hacia el fenómeno del mecenazgo como una aparente gratuidad en forma de acto gratuito, aparentemente irracional. Trataré de demostrar, muy a contrapelo de las opiniones bienpensantes que se suelen verter sobre este tema, que el mecenazgo no representa la culminación de la tan citada sociedad civil, sino que puede ser considerado como una forma gratuita de crear mercados o de influir en las instituciones. Lo que sigue está basado en varios trabajos previos que trataré de resumir aquí10.

Como introducción al asunto del mecenazgo quizá convenga desligarlo de lo que coyunturalmente se entiende por Responsabilidad Social Corporativa. Los escándalos corporativos surgidos de la debacle de las empresas puntocom (de Enron a Parmalat pasando por Worldcome), la reciente pero intensa sensibilidad medioambiental de muchos organismos y asociaciones, así como la preocupación creciente por las condiciones de trabajo, especialmente en el caso del infantil, han propiciado esa actitud de las corporaciones que pugnan por obtener buenas calificaciones en esta materia para no verse penalizadas por los cada vez más importantes fondos éticos, fondos que a pesar de las limitaciones que se autoimponen en sus inversiones, no muestran ninguna disminución sistemática en la calidad de su desempeño. Muchas corporaciones esperan cumplir con su Responsabilidad Social Corporativa ejerciendo de una u otra manera cierta labor de mecenazgo.

Este mecenazgo forma parte de lo que Boulding llamaría la Economía de las Donaciones, un conjunto de intercambios unilaterales que están propiciados por la generosidad y no por el interés propio. Dentro de esta etiqueta general de Economía de las Donaciones ubicaríamos lo que se ha dado en llamar el tercer sector, que ni está relacionado con el Estado, como lo está el sector público, ni persigue el lucro, como lo hace una empresa del sector privado. La determinación cuantitativa de este tercer sector no es fácil, pero diversos estudios que se han realizado en los últimos años11 me permiten aventurar la cifra del 0,5% del PIB como techo a la dimensión de este sector en el mundo. Como el mecenazgo se concreta en general en lo cultural y como en este subsector las donaciones privadas no son la mayor fuente de financiación, no creo confundirme mucho si afirmo que el mecenazgo propiamente dicho como parte del tercer sector no llega al 0,2% del PIB en el mundo. No se trata por lo tanto de una actividad que merezca una enorme atención económica si no fuera porque está relacionada con la gratuidad y apunta hacia algunos principios generales que creo que pueden influir en el capitalismo que viene.

Una definición estándar de mecenazgo es la proporcionada por Cánovas en un artículo del número de Economía Industrial citado en la nota 10. Dice este autor que el mecenazgo es la «protección dispensada por una persona o entidad a la cultura y el arte de forma altruista». A mí me gustaría hacer una distinción entre un mecenazgo domesticado y un mecenazgo rebelde según se relacionen con una concepción administrativa de la cultura o con una concepción antropológica de la misma. La primera está relacionada con los convencionales servicios culturales (una ópera, por ejemplo) y activos culturales (por ejemplo, un óleo), mientras que la segunda hace referencia a los usos, conocimientos, creencias, instituciones o formas de lenguaje generados por la capacidad de simbolización del hombre en comunidad y que conforman un caldo de cultivo fuera del cual el género humano no podría vivir en sociedad. En la cultura domesticada, el mecenazgo puede entenderse como una forma de paliar los fallos de mercado propios de los bienes culturales, mientras que, en la cultura rebelde, ese mecenazgo estará más bien relacionado con el deseo de empujar o de frenar la evolución de los usos, instituciones, conocimientos y creencias y en general de losmemes. Consideremos a continuación con más detalle cómo se relaciona el mecenazgo con estos dos tipos de cultura.

Cuando nos fijamos en los servicios culturales o los activos culturales propios de la cultura administrativa, debemos estudiar el funcionamiento de los mercados existentes para la provisión de esos bienes. La manera general de modelarlos es la siguiente. Por la parte de la producción modelamos una tecnología de rendimientos constante y con una tasa de crecimiento de la producti­vidad muy inferior a la que aplica a la producción de otro tipo de bienes, fenómeno éste que se denomina la enfermedad de los costes, o el efecto de Baumol en honor de su descubridor. Por la parte del consumo suponemos en general unas funciones de utilidad Cobb-Douglas definidas no sobre esos servicios o esos activos sino sobre los atributos genéricos que representan (música en el caso de la ópera, pintura en el caso de un óleo) y que no se pueden obtener más que a partir de unas dosis mínimas de su consumo que, a su vez, evolucionan de forma creciente con el hábito creado por su consumo y disfrute. Tanto la enfermedad de los costes como la formación de hábitos explican algunas características importantes de estos mercados. La formación de hábitos explica por qué hemos de distinguir el corto plazo del largo cuando hablamos del equilibrio de estos mercados y como en el corto plazo hay una oportunidad de ensanchar los mercados fomentando la formación de hábitos. La enfermedad de los costes implica por otro lado que, si queremos que la sociedad mantenga una proporción constante de consumo cultural, el gasto que hay que dedicar a la producción de bienes culturales en relación al gasto dedicado a la producción y consumo de otro tipo de bienes es cada vez mayor, con las consiguientes dificultades para su financiación. Si ahora consideramos, tal como suele ser el caso muy a menudo, que la cultura es un bien meritorio que el mercado infraproduce, es muy fácil aceptar una explicación del mecenazgo que nada tiene que ver con la generosidad. En efecto, para poder mantener el gasto relativo en cultura, el Estado da facilidades fiscales a los mecenas, privados o corporativos, para que cubran parte de la crecientemente necesaria subvención. Estos mecenas aceptan jugar este papel por dos razones básicas. Primero, pueden contribuir a crear hábitos y esto es una parte importante de la creación de mercados, mercados estos que quizá le vayan a proporcionar en el futuro beneficios al mecenas. Segundo, el ejercicio del mecenazgo constituye una señal que me distingue (me da distinción) y me permite pertenecer a la elite de los connaisseurs de música o pintura, por seguir con nuestros ejemplos. Es decir, el mecenazgo me «compra» reputación. Si además quiero afianzar esa reputación, lo podré hacer erigiendo una fundación con un capital no recuperable.

Si ahora volvemos nuestra atención hacia la cultura rebelde, debemos entender cómo se conforman los memes culturales sobre los que luego quizá pueda actuar un mecenas. La mejor manera de entender la emergencia de memes o pautas de conducta que identifican a una comunidad determinada es considerarlos como el resultado de la dinámica de una población entre cuyos miembros se desarrolla un juego evolutivo en que las pautas de conducta van evolucionando de acuerdo con sus resultados cuando se utilizan en un juego estático entre subconjuntos (generalmente parejas) de esa población. El equilibrio de estos juegos puede ser bien un equilibrio en estrategias evolutivamente estables del juego estático (o a prueba de invasión de mutantes), bien un equilibrio evolucionariamente estable (o el meme al que tiende la dinámica de las pautas en la población), o bien un equilibrio de Nash del juego estático. Lo interesante es que el juego evolutivo puede acabar alcanzando un equilibrio que no es a prueba de invasión de pautas mutantes y que, en este caso, cabe que alguien inicie una invasión de pautas nuevas de conducta que acaben con el equilibrio anterior y lleven a la población a un nuevo equilibrio. Ese alguien puede considerarse como un mecenas sui géneris.

Es esta extraña figura del mecenas rebelde, que de todos modos está relacionada con la figura del maestro al que me he referido en otro lugar12, la que me parece más relevante a efectos del capitalismo que viene. El mecenas domesticado quizá sirva para cubrir una dudosa Responsabilidad Social Corporativa y puede muy bien convertirse en una figura con reputación de apoyar el consumo cultural y la expansión de su potencial efecto civilizatorio, pero nada tiene que ver con la gratuidad ni con la posible superación de la necesidad de la propiedad privada. Sin embargo, el mecenas rebelde puede acabar siendo alguien que influye en el tejido social a través de la configuración o destrucción de memes, alguien que se parece bastante al pionero de la «frontera», al partidario del software libre o al destructor ritual de su propia riqueza.

RESUMEN

En esta segunda parte de El capitalismo que viene pasaré revista a las variaciones que tanto la propiedad como institución central, como la información en tanto que mercancía y el ámbito de actuación como referencia territorial y política, van a sufrir por el empuje de las TIC, el papel nuevo que juega la información más allá de su consideración como mercancía y la globalización. En este primer capítulo de esta segunda parte, centro la reflexión en la propiedad privada, una institución cuya centralidad para el funcionamiento del libre mercado no ha sido comprendida hasta hace relativamente poco tiempo y que corre el peligro hoy mismo de extenderse demasiado o de no extenderse lo suficiente en unas áreas u otras, o de ser de nuevo descuidada debido a ciertos anuncios ambiguos de gratuidad.

La solución definitiva del problema del «cálculo socialista» ha puesto de manifiesto la importancia de la propiedad privada para solucionar el problema de falta de incentivos que surgiría en su ausencia y el consiguiente problema para el buen funcionamiento de la Economía de Mercado. Sin embargo, este papel central no justifica la extensión en el tiempo y en el ámbito que se está llevando a cabo en el campo de la propiedad intelectual. En esta materia se está aceptando poco a poco que lo que surge como institución destinada a transar entre el incentivo para crear y la exigencia de difusión se está convirtiendo en una innecesaria barrera a la creatividad. No me parece arriesgado pronosticar que en un futuro inmediato se reducirá el tiempo de duración del copyright y se reducirá drásticamente el abanico de los bienes, tangibles o intangibles, cuyos inventores merecen protección por parte de los derechos de propiedad intelectual. Esto, indirectamente, acelerará la rotación de bienes propia de la creación destructiva en que consiste el proceso competitivo.

La apreciación errónea de que el acceso está sustituyendo a la propiedad (de la misma forma que las redes sustituyen al mercado) ha llevado a pronosticar la emergencia de la gratuidad en alguna de sus manifestaciones. Sin embargo, una discusión pausada de estas ideas nos hace ver que lo que aparece como acceso gratuito no es sino el resultado de la emergencia de otros mercados no gratuitos en otro ámbito o el ejercicio «gratuito» (poco razonable o aparentemente irracional) exigido por la extensión del mercado.

El estudio del mecenazgo y la continuación del examen al que ya comencé a someter a la ciencia son muy útiles para disipar esta confusión sobre el acceso como eliminación de la propiedad. El mecenazgo, aunque en algunos casos tenga algo de potlatch o de destrucción ritual de riqueza, no es un debilitamiento del propio interés como motor del desarrollo económico ni de la institución de la propiedad privada. Quien crea que la gran historia de la asignación de recursos comienza por la institución natural del mercado, continúa por la del Estado como bricoleur aficionado que trata de paliar los fallos del mercado, se perfecciona en la institución del mecenazgo donde florece la generosidad y así culmina la construcción penosa de la sociedad civil está, creo, confundido. Esta historia comienza más bien por el Estado (o más propiamente el señor), continúa por el mecenazgo como medio utilizado por el señor para que florezca el mercado y pueda seguir manteniendo su poder a través de su «poder de compra», y termina con el mercado que sí es propiamente la realización de la sociedad civil. Si no estoy equivocado, en un futuro cercano el capitalismo será testigo de una proliferación del mecenazgo, pero sin pretensión de distinción o superioridad moral; sin ocultamiento tramposo de su aspecto de «búsqueda de rentas» por parte de fundaciones fantasmas y, más bien, con la evidente intención de ensanchar mercados.

Es sin embargo la ciencia la institución que más claramente va a representar este papel social de ensanchar el campo de juego donde se practica el deporte de la competencia. Seremos testigos privilegiados de una ciencia menos inercial y seguidista, más experimentadora y rebelde y, para nuestro escándalo, el interés propio y la propiedad privada comenzarán a rondar este «templo del acceso». El Sistema de Ciencia Abierta no resistirá los cantos de sirena que los incentivos representarán para los científicos y una buena organización de la ciencia puede tener que llegar a pasar por las exigencias de ciertas formas de privatización.

Referencias

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Notas

1. Es convencional considerar a K. Arrow, junto con G. Debreu, el padre de la teo­ría del Equilibrio General Competitivo o versión contemporánea de la teoría Neoclásica del valor. Ver K. Arrow y G. Debreu (1954).

2. El trabajo de Mirowski citado en las referencias se presentó recientemente en el semanario del capítulo español de la SIAME (Sociedad Iberoamericana de Metodología Económica) que está redactado en honor de Feyerabend, a quien se elogia como filósofo de la ciencia comprometido que no puede aislar la ciencia de las relaciones de poder políticas.

3. Ver Arrow (1962).

4. Ver Urrutia (2003a).

5. Ver Boldrin y Urrutia.

6. Si realmente la copia no tuviera coste alguno, el autor, en ausencia de copyright, no obtendría ningún ingreso por su invención y ésta sería totalmente inapropiable. Ver Quah (2003).

7. Esta idea que aparecía como cuasi-herética va encontrando poco a poco su camino hacia la ortodoxia. En el número correspondiente a abril del año 2004, The Economist ofrecía una recensión del libro de Lawrence Lessig que es muy significativa a este respecto comenzando por su título: «Killing Creativity» (Matando la creatividad). El argumento central del libro es que el exagerado alargamiento del copyright en el tiempo y la exagerada extensión de la protección a muchos bie­ nes y servicios va camino de crear una «cultura de la concesión» en lugar de una «cultura libre» en que florecería la creatividad.

8. Hay una cuarta característica que no tiene que ver con la propiedad más que indirectamente, pero que sí está relacionada con el acceso a los resultados científicos. En principio esos resultados son públicos, pero el acceso a ellos está limitado por el modelo de negocio de las editoriales científicas. Hasta muy recientemente eran los lectores de las revistas científicas los que pagaban por el acceso a su contenido, bien en papel o de forma electrónica. Los autores se limitaban a ceder sus derechos de autor a la editorial correspondiente, pero desde ahora van a tener que pagar para ser leídos. De acuerdo con PLoS (Public Library of Science) el acceso será libre, y para esto es necesario que los costes los sufraguen los autores o las instituciones para las que trabajan. Esto se parece al Open Source Movemert en el campo del software al que nos referiremos enseguida. En uno y otro caso parece que nos encontramos ante casos de gratuidad, pero ambos casos muestran que lo que ocurre es que los cambios tecnológicos desplazan el pago hacia alguien distinto del usuario o hacia adelante en el tiempo; hacia el creador en el caso de la ciencia y hacia el futuro en el caso del productor de código abierto.

9. Lo que sigue reproduce casi verbatim tres artículos publicados en Expansión en el verano de 2001 y reproducidos en Economía en porciones. Se trata de «Lo libre», «Lo gratuito» y «Lo gratis». Ver Urrutia (2003a).

10. Se trata de Urrutia (1989), (1996a) y (1996b).

11. Ver Salamon y Anheir y la publicación de la Fundación BBVA.

12. Se trata en Urrutia (2003e).

Capítulo 5: Costes de transacción y problemas de información

En el capítulo anterior hemos tenido ocasión de apercibirnos, aunque no se explicitara específicamente, de que el capitalismo no es un sistema económico definido de una vez por todas en todos sus detalles. Veíamos como hubo que esperar al avance conceptual que ha dado en denominarse Revolución de los Incentivos para darnos cuenta de que la propiedad privada es una institución esencial para el buen funcionamiento de los mercados y, por lo tanto, del sistema capitalista. Igualmente, muchos de los experimentos, fallidos unos, exitosos otros, que mantienen vivo y pujante el capitalismo tienen que ver con extensiones o reducciones del ámbito cubierto por el derecho de propiedad, tal como hemos puesto de manifiesto en los distintos apartados del capítulo anterior al hablar de la propiedad intelectual o de la ciencia. El carácter rebelde, experimentador e innovador del capitalismo tiene también mucho que agradecer a otras dos revoluciones conceptuales, la Revolución de los costes de transacción y la Revolución de la Información, que han abierto muchos caminos interesantes en la exploración de las características que hacen del capitalismo una institución perpetuamente joven que no casará nunca bien con tendencias conservadoras.

Cada una de las dos partes de este capítulo en el que ahora entro está relacionada con una de estas revoluciones o, mejor dicho, con aspectos de ellas que nos ayudan a destacar aquellas características del futuro capitalismo que parecen más llamativas. Por un lado tenemos que tanto los costes de transacción como los problemas de información están en el origen de la perpetua evolución del capitalismo, pues determinan, o contribuyen a determinar, la frontera cambiante entre actividad empresarial y actividad en el mercado, la división del trabajo y el número de mercados en funcionamiento.

Como el futuro de la empresa, del mercado y del Estado será examinado con detalle en la tercera parte de este trabajo sobre el capitalismo que viene, en este capítulo sólo nos ocuparemos de algunos aspectos parciales de ese futuro, relacionados bien con la potencia de las TIC, bien con la disponibilidad de información. Información y tecnología acabarán suavizando algunos rasgos que provienen bien de la falta de información o de su asimetría (en la medida en que las TIC paliarán esos defectos), o bien de la existencia de costes de transacción (en la medida en que las TIC harán variar de maneras imprevisibles su incidencia sobre diversas actividades).

En la primera parte de este capítulo estudiaremos algunos problemas relacionados con los costes de transacción y que están además relacionados con aspectos estudiados en el capítulo anterior: la creación o cierre de mercados o el juego interminable del outsourcing y el insourcing. En la segunda parte del capítulo nuestra atención se trasladará a los problemas de información y a cómo pueden presentar paradojas que deberemos aclarar si queremos tener una idea más precisa de lo que nos depara el sistema económico en el que vamos a vivir.

Costes de transacción

Como no suele formar parte del programa de estudios convencional y como se menciona explícitamente poco en las discusiones de Política Económica, a pesar de su centralidad, la noción de costes de transacción no es muy utilizada aunque, naturalmente, es imposible librarse de ella, tal como hemos evidenciado al citar a Hart al hablar de la teoría económica de la propiedad en el capítulo anterior1.

Por lo tanto, merece la pena citar el origen de lo que luego se llamó el teorema de Coase y del que deriva por omisión la importancia de los costes de transacción. Dice Coase: «Si una caverna recién descubierta pertenece a quien la descubrió, o bien al hombre en cuyo terreno está la entrada a la caverna o al dueño de la superficie bajo la cual se encuentra, depende sin duda de la ley de propiedad»2. A quién debe pertenecer, es decir la justificación última del derecho de propiedad, es algo que el trabajo citado de Hart estudia precisamente en la estela de Coase. Prosigue éste: «Pero la ley simplemente determina la persona con la que es necesario formalizar un contrato para obtener el uso de la caverna. Que la caverna se utilice para almacenar archivos bancarios, como depósito de gas natural o para criar hongos no depende de la ley de propiedad, sino de que el banco, la corporación de gas natural o la empresa de hongos pague más por utilizarla»3.

Explica Coase en el capítulo 7 de su libro de 19884 que utilizó este argumento para analizar, en el mismo trabajo citado en el párrafo anterior, el caso Sturges versus Bridgman, en el que un médico protestaba por el ruido y la vibración producidos por el funciona­ miento de la maquinaria de un pastelero, se supone que adyacente. Afirma Coase que «teniendo o no el pastelero el derecho a producir ruido o vibración, el derecho sería finalmente adquirido por la parte para quien fuera más valioso». Citándose a sí mismo concluye que «la delimitación de los derechos es un preludio esencial para las transacciones mercantiles […] el resultado último (que maximiza el valor de la producción) es independiente de la decisión legal»5. Esto es lo que, siguiendo a Stigler,6 hemos aprendido a denominar el teorema de Coase, que para generaciones de estudiantes quiere decir que es irrelevante quién deba pagar por una externalidad negativa, pues sea quien sea el responsable, la producción acabará alcanzando su nivel adecuado. Quién sea responsable legal del daño producido por el ruido que atrona a casas cercanas al aeropuerto, si la compañía aérea o el dueño de la casa que se construyó al lado del aeropuerto (y éste es un ejemplo canónico) influye en la equidad de la distribución, pero es irrelevante para la eficiencia. Si no hay costes de transacción, la asignación de ruido (su producción) será la óptima independientemente de la asignación de derechos, con lo que, en terminología bien conocida, el coste social será igual que el coste privado. El argumento literal de Coase es un clásico y es ejemplar por el uso que hace de una de las categorías conceptuales más importantes de la Teoría Económica como es la del coste de oportunidad. «El coste social representa el mayor valor que generarán los factores de producción en un uso alternativo (su coste de oportunidad). Los productores, que siempre están interesados en maximizar sus ingresos, no se preocupan por el coste social y sólo iniciarán una actividad si el valor de lo producido por los factores empleados es mayor que su coste privado (la cantidad que esos factores generarán en su mejor empleo alternativo: otra vez el coste de oportunidad). Pero si el coste privado es igual al coste social, entonces los productores solamente llevarán a cabo una actividad si el valor de lo producido por los factores empleados es mayor que el valor que podrían obtener en su mejor uso alternativo (coste de oportunidad). Es decir, con costes de transacción nulos se maximiza el valor de la producción»7 (la cursiva es mía.) Ahora bien, en cuanto los costes de transacción no son nulos, la asignación de derechos importa para la eficiencia, y además su nivel y su evolución están en el origen de la historia de las instituciones económicas. Con estas nociones en la cabeza atacaremos ahora, en esta primera sección, lo que podemos esperar de la evolución del mercado.

Mercados incompletos

Lo que ocurre cuando el sistema de mercado no es completo, noción ésta que habrá que perfilar aquí, será objeto de análisis detallado en la parte tercera de El capitalismo que viene. Ahora sólo me preocuparé de algunas ideas introductorias.

Comenzaré por mostrar, a la luz de acontecimientos relativamente recientes, que el mercado no es un fenómeno natural, sino que se ha ido desarrollando en el tiempo de acuerdo con la evolución de los costes de transacción8.

Desde hace ya una veintena de años, o quizá más, la opinión pública generalizada parece concebir el mercado como un parque natural que se recupera después de una catástrofe ecológica. A ello han contribuido, sin duda, la creación paulatina de la Unión Europea hasta llegar a la Europa de los 27 de hoy y las fuerzas que la perestroika desataron en su día en lo que era la Unión Soviética y que siguen funcionando en lo que hoy es Rusia. En ambos casos la fuerza salvífica de la naturaleza acabaría con la fuerza destructora de la civilización plasmada sea en fronteras herrumbrosas, sea en un centralismo obsoleto. Y sin embargo, la institución que llamamos mercado es un fenómeno de civilización y no un fenómeno natural, tal como pone de manifiesto la más somera memoria histórica. En efecto, en términos poco eruditos, y más bien a modo de parábola, se puede describir la historia hacia la Economía de Mercado como la historia de la sustitución de unos instrumentos correctores de la falta de confianza vertical por otros instrumentos que palían la falta de confianza horizontal. Me explico y de paso pongo de manifiesto que lo que llamamos costes de transacción son los costes en los que hay que incurrir para mitigar los efectos nocivos de la falta de esa confianza mutua a la que llamábamos fraternidad en el capítulo 3.

Al principio de esta parábola la asignación de bienes y servicios se hace básicamente en sentido vertical, proveyendo el señor feudal a sus súbditos de lo que hoy llamaríamos servicios sociales (y que entonces era mera protección física) y proporcionando esos súbditos a su vez tanto los bienes de lujo para el señor como los de consumo necesarios para éste y para ellos mismos con un escasísimo intercambio horizontal (o de mercado), ya que las unidades familiares son prácticamente autosuficientes. Los costes de este sistema vertical (que denominaríamos regulado) son muy grandes en proporción al output y se materializan en el mantenimiento de un ejército, instrumento sin el cual el intercambio ver­ tical descrito quizá no se diera, pues ni el señor confiaría en el entusiasmo de los súbditos respecto al diezmo ni éstos confiarían en el cumplimiento de la promesa de protección.

Al final de mi parábola la situación varía. La gran mayoría de los bienes y servicios se intercambian en sentido horizontal (a través del mercado) en base a una muy fina división del trabajo, con relativamente poco intercambio vertical y consistente éste en la provisión de servicios sociales. Los costes de este sistema horizontal (que llamaríamos libre o de mercado) son pequeños en proporción al output y consisten en los recursos que hay que utilizar para que el sistema judicial permita que los intercambios se lleven a cabo, a pesar de la poca confianza que cada uno tiene en que su prójimo le pague lo que le debe y para que se palíe un poco la pobreza más llamativa y lacerante.

A pesar de que los costos del sistema horizontal son, en porcentaje del output, menores que los del sistema vertical, en términos absolutos son enormes y constituyen la evidencia palmaria de que el mercado, o la Economía de Mercado y naturalmente el capitalismo, no es algo natural, sino algo que la humanidad ha conseguido con esfuerzo. Esto explica además, como corolario, que los mercados internacionales, en comparación con los domésticos, sean mucho más sofisticados y especializados y que estén mucho menos desarrollados. La razón es que, sea por prejuicios irracionales, sea por la falta de información a la que me referiré enseguida, la confianza mutua entre naciones es mucho menor que dentro de una nación y que, en consecuencia, los mercados internacionales son mucho más caros de mantener abiertos que los mercados domésticos, por lo que tienden a concentrarse en productos fácilmente identificables y a llevarse a cabo por agentes económicos muy especializados.

Creo que esta manera de ver los costes de transacción como aquellos en los que hay que incurrir para paliar la falta de confianza mutua no sólo constituye cierta introducción a las ideas asociadas a la incompletitud de mercados, sino que además es una forma iluminadora de interpretar esos acontecimientos relativamente recientes a los que me acabo de referir.

En efecto, a mi juicio estas ideas elementales iluminan algunas de las discusiones que tuvieron lugar sobre la construcción de Europa o sobre la «deconstrucción» de la Unión Soviética. Respecto a esta última notemos que los remedos administrativos del mercado no distinguían entre intercambios entre naciones (repúblicas) e intercambios domésticos. Este olvido, aunque pudiera responder al deseo bien intencionado de crear un nuevo y único ciudadano soviético, trajo consigo que el coste de los remedos administrativos del mercado fuera mayor de lo que podría haber sido si los intercambio entre naciones se hubieran limitado a productos específicos bien identificados. Si esta opinión es acertada, la solución de la Unión Soviética no debería haber consistido sólo en asignar la propiedad y dejar funcionar el mercado, sino que debería haber pasado por distinguir entre mercados interiores a cada república, que hay que desarrollar, y mercados entre repúblicas que hay que crear a imitación de los mercados internacionales. No parece que los acontecimientos contradigan este análisis, que también puede aplicarse a Rusia.

Volvamos ahora nuestra atención a Europa y a la deseada construcción de la Unión Europea y de un mercado único en ella. A pesar de que los poderosos y antiguos nacionalismos hacen difícil hablar todavía de un ciudadano europeo, a pesar del fracaso de la Constitución europea, los mercados internacionales llevan tantos años perfeccionándose que la situación es diametralmente opuesta a la de la Unión Soviética o a la de Rusia. Estos mercados internacionales están ya tan desarrollados en el ámbito europeo que, aun a falta de un sistema único completo de salvaguardia jurídica que poco a poco se va desarrollando, el coste de paliar la desconfianza ha disminuido tanto, como porcentaje del valor de los productos intercambiados, que ya casi no se distinguen de los mercados domésticos. Si este análisis es correcto, aquel famoso coste de la no-Europa del que se hablaba tanto entre nosotros, aunque hubiera podido ser grande en valor absoluto, no constituyó un buen argumento para la construcción rápida de Europa. Se trataba más bien de un argumento de propaganda política que cumplía otras finalidades.

Pensemos también en la reciente construcción de la Europa de los 27, y más específicamente en la incorporación a la Europa del oeste de esos diez países que constituyen en mayor o menor medida el punto de contacto entre Europa, Rusia y lo que queda de la Unión Soviética. A la luz de las ideas que acabo de exponer, el desarrollo de estos países no hubiera debido estar basado en su comercio con Europa o con Rusia o con otros países de la ex Unión Soviética, sino en la potenciación de sus respectivos mercados interiores. Si se hubiera intentado hacer de otra manera habría que haber empezado a hablar del coste de la Europa de los 27 y no como elemento de discusión retórica, sino como un verdadero coste económico necesario para paliar la desconfianza que todavía existe, sin duda, entre esos países y entre ellos y los que constituían la Europa de los 15.

Dejando de lado este excurso y volviendo a la línea de reflexión principal, a nadie podrá extrañar, después de los comentarios sobre costes de transacción y falta de confianza mutua, que los mercados vayan emergiendo poco a poco de manera paulatina, que observemos a veces la desaparición de alguno y que nos planteemos los problemas de incompletitud de mercados y la influencia de las TIC en esos asuntos. Comencemos por confrontar de una manera un si es no es formal la incompletitud de los mercados, tarea que ya hemos abordado en la primera parte de este trabajo. En efecto, en el capítulo 3, «El usuario como intermediario», intenté acercarme al concepto de fraternidad a partir de algunos modelos simples que ponían de manifiesto algunas características que podían formar parte de dicha noción. Entre ellas estaba la de aseguramiento mutuo, es decir, el reparto del riesgo entre los agentes económicos de manera óptima. Allí vimos que cuando existían tres mercancías (trigo-hoy, trigo-mañana-si-llueve y trigo-mañana-si-no-llueve) y las tres podían ser intercambiadas hoy en el mercado, la asignación era óptima y el riesgo (de recibir mañana menos trigo si llueve que si no llueve) se asignaba óptimamente entre los dos agentes del sistema económico modelado. Vimos también que esta optimalidad desaparecería en cuanto sólo se permitiera la existencia de mercados al contado, hoy y mañana. Ahora voy a tratar de estudiar con un poco más de generalidad este asunto de la estructura de mercados, distinguiendo la estructura completa de otras estructuras de mercado que no son completas.

El conjunto de problemas que plantea la incompletitud de los mercados puede captarse en toda su amplitud y profundidad en una economía de intercambio sin necesidad de introducir las complicaciones adicionales que la producción trae consigo. Nos referiremos a esto en la tercera parte de este trabajo, pero ahora lo que nos interesa es resaltar algunas de las dificultades conceptuales que la ausencia de mercados, presumiblemente debida a excesivos costes de transacción, trae consigo en las decisiones individuales y en la noción de equilibrio. En general estamos acostumbrados a entender que una mercancía es un bien físico que será entregado en una fecha determinada en un «estado de la naturaleza» determinado. Un paraguas plegable de cierta calidad es un bien (de los que hay, digamos, L) que debe ser entregado en la fecha t (de las que consideramos desde 1 a T, además de tomar al momento t = 0 como fecha de la toma de decisiones) en caso de que llueva (estado éste de la naturaleza que, abstrayendo un poco, puede considerarse con generalidad, y de los que hay digamos S). Tenemos por lo tanto n = LTS mercancías. En consecuencia, consideramos que cada individuo, i = 1… I, tiene una función de utilidad definida sobre el espacio euclidiano n-dimensional en el que también se encuentran las dotaciones iniciales de cada individuo i, sus decisiones de consumo y los precios. Cuando los costes de transacción son nulos, podemos imaginar que hoy, t = 0, todos9 los mercados están abiertos, sean estos spot o de futuro, de forma que un individuo puede tomar hoy, t = 0, todas sus decisiones de consumo dada su dotación inicial y dados todos los precios. Sin embargo, cuando los costos de transacción no son nulos, estamos en una situación muy diferente porque hoy (t = 0) no todos los mercados existen, sino que típicamente habrá algunos mercados de futuro que no están en funcionamiento, de forma que yo, como consumidor, tendré que esperar a que llegue la fecha t, verifique el «estado de la naturaleza», s, y decida comprar o no un paraguas.

Cuando la estructura de mercados es completa, en el sentido de que hay n = LTS mercados operativos en t = 0, el problema del consumidor i es el de siempre: maximizar su función de utilidad con sujeción a una única restricción presupuestaria que exige que el valor de mi dotación inicial a los precios hoy conocidos no sea inferior al valor de mis decisiones de consumo a esos precios. Esta manera de expresar la única restricción presupuestaria puede glosarse de forma expresiva diciendo que, cuando la estructura de mercado es completa, el individuo puede trasladar poder de compra en el tiempo (hacia delante ahorrando hoy o hacia atrás consumiendo hoy más de lo que el valor de su dotación inicial le permitiría) y entre estados de la naturaleza (asegurándose así contra ciertos riesgos, por ejemplo, que llueva mañana).

Supongamos ahora que la estructura de mercados es completamente incompleta en el sentido de que, en cada fecha, sólo existen mercados spot una vez que se conoce el estado de la naturaleza. En este caso hoy, t = 0, tenemos un vector de precios esperados en el espacio euclidiano n dimensional de acuerdo con los cuales hemos de tomar las decisiones como consumidores. Como no hay posibilidad alguna de trasladar poder de compra en el tiempo o entre estados de naturaleza, la decisión individual consiste ahora en maximizar la misma función de utilidad que antes, pero sujeta ahora a TS restricciones presupuestarias independientes, no a una sola.

Estas dos estructuras de mercado tan diferentes dan origen a dos nociones de equilibrio alternativas. En el primer caso, el equilibrio es el de Arrow-Debreu, consistente en una asignación y un vector de precios tales que cada individuo está llevando a cabo el programa de maximización propio de una estructura completa de mercado y los mercados se vacían. En el segundo caso, el equilibrio es periódico, noción ésta que refleja que se tiene que satisfacer cada restricción presupuestaria sin que éstas se colapsen en una sola, y ha de ser en expectativas racionales en el sentido de que los precios en t han de coincidir con las expectativas que sobre ellos se formaron en t = 0 para programar los consumos. En este equilibrio, además de vaciarse los mercados, cada individuo lleva a cabo su programa de maximización correspondiente.

A continuación tenemos que preguntarnos cómo las TIC deberán influir en la evolución del número de mercados. Esto nos llevará enseguida al problema de outsourcing, al que ya le hemos dedicado algunos comentarios en el capítulo anterior, pero antes dejemos afirmado a modo de recordatorio (que será vuelto a examinar en la parte III) que con estructura incompleta de mercados, de la que la estructura completamente incompleta es un ejemplo extremo, la existencia del equilibrio no está garantizada ni siquiera en las condiciones artificiosas que la garantizan en el modelo de Arrow-Debreu, ni el equilibrio, de existir, sería óptimo paretiano10. Esta suboptimalidad tiene una implicación obvia en materia de aseguramiento. El riesgo no está repartido de manera óptima precisamente porque faltan mercados contingentes que permiten que los agentes se cubran contra contingencias desagradables. Estos mercados pueden ir surgiendo a medida que las nuevas tecnolo­gías van permitiendo que los costes de transacción disminuyan.

Outsourcing

A la luz de los comentarios que acabamos de realizar, el fenómeno del outsourcing es muy fácil de conceptualizar. Nos referimos con esta expresión al hecho de que a veces las empresas dejan de realizar alguna de las actividades que conformaban su cadena de valor y pasan a encauzar esa actividad hacia otro agente económico, generalmente a otra empresa de la que luego se aprovisionarán; es decir, sustituyen la producción interna por el mercado. La razón es, claro está, que ahora esa actividad en particular sale más cara haciéndola dentro de la empresa que comprándola en el mercado, lo que obviamente sólo puede ocurrir cuando ese mercado ha surgido ya, posiblemente porque los costes de transacción correspondientes se han hecho menores que los asociados a la realización interna de esa actividad. Un ejemplo doméstico aclara la cuestión. En la postguerra española era muy común que las familias medias tuvieran una costurera por horas que solía efectuar arreglos rutinarios o hacer ropa de casa para los niños. Hoy hay tiendas de arreglos y la ropa de los niños se vende en cualquier establecimiento de confección. Lo que ocurría en la post­ guerra era que el coste de transacción de la costurera era prácticamente nulo dada la precariedad de su empleo, mientras que hoy sería prohibitivo.

Este ejemplo quizá pueda hacernos pensar que la proliferación de mercados siempre va en la misma dirección, pero no necesariamente es así. Puede ocurrir que observemos fenómenos de lo que llamaríamos insourcing cuando los costes de transacción del mercado crecen mucho debido, por ejemplo, a la falta de garantías de calidad de ciertos productos, y merece la pena volver a realizar la actividad de que se trate dentro de la unidad productiva. Podría ocurrir, siguiendo nuestro ejemplo doméstico, que las tiendas de arreglos perdieran calidad y que la inmigración, asociada a la globalización, posibilitara la vuelta a la costurera casera.

¿Qué debemos pensar de estos fenómenos? En primer lugar, que la evolución de las TIC y la globalización va a ir cambiando los costes de transacción relativos de actividades alternativas, de forma que no estemos seguros de que cuando hay outsourcing lo hay para siempre, como hemos reflejado en el ejemplo doméstico. En segundo lugar, no es evidente que la emergencia de un nuevo mercado, tal como podría estar ocurriendo cuando hay outsourcing, sea una mejora paretiana de forma que todos estén mejor. Es muy cierto que si consiguiéramos pasar a esa situación de estructura completa de mercados desde otra que no lo es, el movimiento sería aceptable, pues pasamos de un subóptimo al óptimo. Sin embargo, tal como muestran algunos ejemplos11, y de forma acorde con las nociones elementales de la concepción de la optimalidad subsidiaria, no es en absoluto evidente que la aparición de un nuevo mercado, debida a un cambio en los costes de transacción, vaya a traer una mejora paretiana, sino que es posible que empeore todo el mundo. A pesar de esta posibilidad teórica, lo que debemos esperar para un futuro inmediato es la proliferación de nuevos mercados financieros generales (que incluyen los mercados de distintos tipos de seguros) y que permiten enriquecer las posibilidades de trasladar poder de compra y, por lo tanto, mejorar la posibilidad de manejar el riesgo. Cuando más adelante examinemos con mucho más detalle cómo las TIC y la abundancia de información permiten la emergencia de mercados, prestaremos mayor atención a la oportunidad histórica que se abre de poder eliminar gran parte del riesgo que soportamos como agentes económicos en el sistema capitalista. En ese momento nos haremos eco de las ideas contenidas en un reciente libro de Schiller, pero ahora debemos al menos mencionar cómo este autor vislumbra la emergencia de algunos mercados financieros que permiten, sorprendentemente, cubrir riesgos como, por ejemplo, el de cierta desigualdad en la distribución de la renta de un país, el del valor de mercado de la vivienda (ese activo que agota por lo general la capacidad de ahorro de la gente) o incluso el de la bancarrota.

PROBLEMAS DE INFORMACIÓN

La Revolución de la Información es más conocida que la Revolución de los costes de transacción y ha dado lugar a toda una rama pujante del pensamiento económico, que denominamos Economía de la Información, y que fue distinguida en 2001 al recibir el premio Nobel tres de sus fundadores: Akerlof, Spence y Stiglitz. Es imposible hacer honor y justicia aquí a todas sus derivaciones, pero quizá merezca la pena decir unas palabras generales en relación con ella. Stiglitz ofrece el siguiente resumen de lo que es esa Economía de la Información: «La ruptura con el pasado más importante en el campo de la Economía, que abre vastas áreas de trabajo a abordar, se encuentra quizá en la Economía de la Información. Ahora se reconoce que la información es imperfecta, que obtener información puede ser costoso, que hay importantes asimetrías en la información y que el tamaño de esas asimetrías de la información puede ser afectado por las acciones de las empresas y de los individuos. Este reconocimiento afecta profundamente a la comprensión de la sabiduría heredada del pasado, como eran los teoremas fundamentales del bienestar o la caracterización básica de una Economía de Mercado, y proporciona explicaciones de fenómenos económicos y sociales que serían difíciles de mantener de otra manera»12.

Para tener una idea aproximada de algunas de las nuevas perspectivas que abre la Economía de la Información basta con resumir los trabajos seminales de los tres premios Nobel, uno de los cuales será examinado a continuación con más detenimiento.

Akerlof es el precursor, porque ya en 1970 escribió un famoso artículo sobre el «Market for Lemons»13 en el que muestra como cuando la información del vendedor sobre las cualidades de un bien es mejor que la que puede tener el comprador, tal como ocurre en un mercado de coches usados sin intermediarios, el comprador pagará sólo el precio correspondiente a la calidad media, un precio que no satisface a los vendedores que ofrecen un vehículo de buena calidad. De ahí que en el mercado no haya coches de buena calidad y que ese mercado se colapse o no llegue a existir en ausencia de intermediarios y tasadores profesionales. Spence14 explotó su tesis doctoral en un libro con el que nos deslumbró mostrando que hay decisiones e instituciones que pueden entenderse como una forma de superar las dificultades que impone la información asimétrica. La educación formal que adquiero puede considerarse una forma de señalar mi alta productividad ante el empleador que, de otra manera, no podría distinguirme de otras personas menos productivas. Por su parte, Stiglitz en 1972 exploró las dificultades del funcionamiento eficaz del mercado de valores cuando no es completo15. Pero es en el año 1974 cuando publicó su artículo sobre el contrato de aparcería, la tercera pata de la Revolución de la Economía de la Información16. A partir de ahí, Stiglitz desarrolla él solo prácticamente todo el campo de la Economía de la Información tocando todos los aspectos hoy reconocidos como relevantes y subrayando la ruptura con el paradigma anterior. Entre sus muchísimos trabajos, yo destacaría dos que a mí me han sido especialmente iluminadores. El primero es el que escribió con Grossman en la AER en 198017, en el que destacan y explican la paradoja que representa la recogida de la información en una Bolsa que se supone informacionalmente eficiente, es decir, que revela toda la información. El segundo es un trabajo que junto con Weiss publicó en el AER en 198118, en el cual muestran que con asimetría de información es perfectamente explicable que un banco racione el crédito (la cantidad) en lugar de ajustar el interés (precio) al alza, algo insólito, incluso en 1981, para quien hubiera estudiado con cuidado el funcionamiento del sistema de mercado antes de la revolución.

Además, y con independencia de muchas otras aplicaciones entre las que destacan las realizadas con Rothschild sobre el mercado de seguros19, ha mostrado profusamente que la introducción de problemas de información en el análisis económico acaba poniendo en evidencia los fundamentos mismos, desde la existencia del equilibrio a sus propiedades de eficiencia, pasando por la separación entre esa eficiencia y la distribución.

Mercados incompletos otra vez

Ya hemos visto como los costes de transacción no nulos pueden ser los responsables de la inexistencia de algunos mercados y como esa inexistencia puede traer problemas serios para la asignación de recursos. La Economía de la Información nos proporciona otro ejemplo clásico de inexistencia de algún mercado, no por coste de transacción sino por asimetría de la información, como nos hizo ver hace veinticinco años Akerlof en el artículo seminal que acabo de citar. Ahora trataré de glosar este artículo.

El famosísimo articulo de Akerlof puede ser entendido en el contexto del mercado de coches usados para el que fue diseñado, pero también puede aplicarse a otras muchas situaciones o mercados. Yo trataré de presentarlo aquí en el contexto de la educación a todos sus niveles, porque así introduzco de paso algunas opiniones en un sector en el que la discusión entre el PSOE en el poder y el PP llegó a ser agria. En efecto, con la toma de posesión del nuevo gobierno socialista, el tema de la educación pasó a primer plano de la actualidad política porque en él confluyeron las tensiones entre el gobierno y la oposición, entre distintos sectores educativos y entre la sociedad civil y el sector público20.

Aunque parezca que no tiene nada que ver con el objeto de estos comentarios, empezaré por la traducción del primer párrafo del capítulo 17 del texto de D. Kreps, que nos introduce una idea que, como verán, da bastante de sí: «Imagine usted una economía en la que el medio de cambio consiste en monedas de oro. El poseedor de una moneda puede limarla un poco y usar el oro así obtenido para producir nuevas monedas. Imagine que algunas monedas han sido limadas y otras no. Es de esperar que alguien que admita una moneda como pago por la entrega de bienes asigne una probabilidad positiva a que dicha moneda esté limada y que, en consecuencia, entregue menos por ella que si actuara seguro de que no lo está. El poseedor de una moneda no limada la retirará del tráfico mercantil y sólo circularán las monedas limadas. Esta desgraciada solución se conoce como ley de Grasham: la moneda mala desplaza a la buena».

Esta conocidísima ley de Grasham es un ejemplo avant la lettre de lo que los economistas conocen hoy como episodios de selección adversa, una noción ésta que en su versión moderna (que subraya la asimetría en la información: sólo el portador de la moneda de oro que ha sido limada lo sabe) y tal como ya he dicho, puso de relieve el trabajo de Akerlof sobre el mercado de coches de segunda mano. El poseedor de un coche usado conoce la calidad específica de su vehículo, mientras que el posible comprador la desconoce, por lo que éste cuenta con una probabilidad positiva de que se trate de un «cacharro» y ofrece por él un precio inferior a lo que que valdría un coche usado similar que hubiera salido bueno. El poseedor de un vehículo tal no acudirá pues al mercado de segunda mano, al que sólo acudirán «cacharros».

En los dos ejemplos mencionados podríamos haber ido un poco más allá y haber colegido que los posibles compradores de moneda (coches usados) conocen la ley de Grasham (ley de Akerlof) y no acudirán al mercado, de forma que el intercambio se limitará al trueque y el mercado de coches de segunda mano desaparecería, desperdiciándose así recursos sociales.

Precisamente es la asimetría de la información lo que está en el origen de instituciones sociales o de negocios privados que con el ejercicio de sus funciones o de su actividad lucrativa pueden paliar el despilfarro de recursos sociales. En el caso de la moneda, muchos estados han delegado en un Banco Central (más o menos independiente del poder político) el monopolio de emitir moneda (o si se quiere de «limarla» mediante el impuesto inflacionario) para evitar la carrera hacia la emisión de una moneda «peor» que acabaría con el intercambio fluido de bienes y servicios. En el caso de los coches de segunda mano, algunos empresarios emprendedores han visto la oportunidad de negociar con la información y se han establecido como dealers que, comerciando por cuenta propia o como certificadores independientes de la calidad, garantizan ésta durante cierto tiempo, evitando así la desaparición del mercado.

La posibilidad de intermediar en información está por debajo de la existencia de muchísimas instituciones, y antes de hablar de educación merece la pena reflexionar sobre otro mercado más con información asimétrica obvia, el de la restauración. El dueño de un restaurante es la antítesis de Juan Palomo; él se lo guisa pero nos lo comemos nosotros. Al no saber nosotros cómo lo hace debe­ rían quedar en el sector sólo los «envenenadores», y eventualmente este sector de restauración desaparecería. Como los restaurantes son más numerosos y más locales que las posibles ferias de coches usados, no esperaríamos aquí dealers que garanticen la calidad, ni siquiera catadores especializados que garanticen la calidad del menú hoy, pero sí firmas independientes que clasifiquen los restaurantes en base a una muestra aleatoria en el tiempo de sus servicios culinarios.

Para aplicar estas ideas de Akerlof a la educación propongo que pensemos en la educación como un medio de cambio que permite el flujo fácil del intercambio tanto en los colegios e institutos como en los mercados de coches usados y en las escuelas o casas de comida de calidad incierta. ¿Qué esperaríamos si la analogía fuera correcta? ¿Qué podríamos hacer para mejorar la situación? Deberíamos esperar, por seguir explotando la triple analogía, una formación universitaria devaluada, un bachiller con el cuentakilómetros amañado que estudia a Campoamor como literatura moderna y una escuela que ofrece educación-basura.

Quizá ésta no sea una buena descripción de la situación actual en los diversos niveles de educación, pero parece reflejar no del todo mal muchas de las quejas que aparecen en los periódicos. Parece pues el momento de hacer algo positivo. Veamos cómo las ideas ya apuntadas pueden guiar nuestra búsqueda de soluciones. Deberíamos pensar, primero, que evaluación, inspección y clasificación hacen falta siempre aunque con intensidad distinta según los niveles; segundo, que estas tareas no tienen por qué estar hechas por el poder político directamente, sino que pueden hacerse desde entes independientes e incluso dejarse al mercado, y tercero, que ojalá florecieran competidores en todas estas tareas y más numerosos cuanto más bajo fuera el nivel. Esto se puede conseguir en dos pasos. Podríamos en primer lugar descargar competencias ministeriales o de las Comunidades Autónomas en un ente autónomo independiente del poder político, al menos con el grado de independencia con el que cuenta un Banco Central, y cuyas tareas consistirán en evaluar la calidad sobre todo de las universidades, inspeccionar y certificar el estado puntual de la enseñanza sobre todo en colegios e institutos y elaborar una «guía michelín» sobre todo de las escuelas. En un segundo paso podrían irse privatizando muchas de esas tareas de la misma forma que los censores jurados de cuentas fueron dando paso a los auditores privados. No tiene por qué haber una sola agencia nacional de evaluación ni tiene por qué ser pública, pueden coexistir inspectores de cuerpo con auditores privados y diversas empresas públicas y privadas pueden llegar a competir en la edición de guías alternativas de las escuelas.

Estas instituciones u otras similares surgen como sustitutos de mercados que no pueden existir por la asimetría de la información. Ésta es una lección similar a la ya aprendida en la que eran los costes de transacción los que prohibían la existencia de algunos mercados y allí originaban fenómenos sociales interesantes, por ejemplo el outsourcing. Esto es lo que quería transmitir en este punto, pero puestos ya a hablar de educación voy a terminar definiendo algunas ventajas que tendría la propuesta que acabo de realizar. Para empezar, podría llegar a descargar una parte no desdeñable del presupuesto público y a generar puestos de trabajo adicionales con verdadero valor añadido. Además, la puesta en práctica de esta propuesta quizá permitiera que los ministros y consejeros de educación de las comunidades autónomas tuvieran tiempo para pensar en lugar de pasarse el día apagando fuegos de la comunidad educativa. Si lo tuvieran, creo que se darían cuenta de que esta iniciativa ha eliminado el incentivo a emitir señales falsas por parte de los centros de todos los niveles. Tal es precisamente la gran ventaja de este ente autónomo y de su posible disipación posterior: que las señales costosas que se emiten hoy para engañar a incautos y a padres despreocupados se reducirían ante la imposibilidad de engañar a especialistas y podrían dedicarse a mejorar aquello sobre lo que los centros van a ser evaluados, inspeccionados o clasificados.

Todavía hay más ventajas. El costo político de clasificar universidades o departamentos universitarios no caería sobre el ministerio, la consejería o la universidad. El debate público/privado perdería una virulencia hoy desfasada pero sin duda presente todavía entre nosotros. El cuerpo de inspectores dejaría de tener que contemporizar con sus eventuales colegas de claustro y los padres elegirían entre centros con conocimiento de causa.

RESUMEN

En este capítulo hemos examinado las consecuencias que para el capitalismo que viene pueden llegar a tener la evolución de los costes de transacción y la proliferación de las asimetrías informacionales. Ambas nociones son ya ricas en implicaciones, por lo que el capítulo no ha puesto mucho énfasis en los cambios que dicha evolución y dicha proliferación puedan llegar a experimentar a causa del desarrollo tanto de las TIC como de la sociedad de la información y en razón de la globalización de los mercados y los fenómenos de emigración que la acompañan. Aunque brevemente, procuraré paliar en este resumen esta falta de énfasis.

Si comenzamos este resumen por la Economía de los costes de transacción, asociada al nombre del premio Nobel R. Coase, deberemos primero recordar que en ausencia de costes de transacción, el coste social y el privado coinciden en señalar a continuación que la mejora continua de las TIC empujará la reducción de esos costes de transacción de forma que, siguiendo a Stigler y totalmente en la línea de la escuela de Chicago, podríamos decir que cada vez será más cierto que el monopolista no tendrá más remedio que comportarse como un verdadero competidor perfecto21. Los costes de transacción son por lo general positivos, puesto que responden a la necesidad de paliar la ausencia de confianza mutua; y no es fácil ver cómo las TIC vayan a servir para afianzar la confianza mutua. A medida que la globalización aumente las posibilidades de que proliferen redes identitarias diversas y la confianza mutua no sea fácil de garantizar, las TIC proporcionarán la posibilidad de hacer y deshacer redes con distintos grados de confianza mutua y con mayores o menores costes de transacción entre sus miembros. Por eso hemos de esperar que la creación de mercados no sea un movimiento irreversible. En consecuencia, el fenómeno del outsourcing no debería entenderse como irreversible. Una vez más esta especie de ir y venir de los mercados se parece al tejer y destejer redes de que me hacía eco en el trabajo citado en la última nota.

Las TIC sí que van a jugar un papel muy importante en el contexto de la Economía de la Información, un campo importantísimo inagurado por los tres premios Nobel del 2001: Akerlof, Spence y Stiglitz. El signalling a que se refirió Spence será cada vez menos importante y el screening que destacó Stiglitz como paliativo del problema de asimetría que daba origen al signalling será cada vez menos necesario. Este movimiento doble traerá cambios significativos en instituciones que ahora nos son familiares, por ejemplo agencias de rating. De manera similar, el fenómeno de selección adversa, propiciado por la asimetría informacional entre comprador y vendedor, tenderá a ser menos severo y las instituciones que lo paliaban, como dealers especializados o certificadores de calidad, perderán importancia. Por otro lado, las ventajas que a veces tienen el secreto o la falta de transparencia seguirán ahí presentes por muchas mejoras que ocurran en las TIC. Éstas nunca podrán difundir lo que no se conoce.

Referencias

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Notas

1. Nos referíamos allí al libro que publicó O. Hart en Oxford University Press en 1995..

2. Ver Coase (1959).

3. Esta cita ha sido recogida del capítulo 7 de su libro de 1988, traducido al español en 1994, tal como se cita en la bibliografía.

4. Ver Coase (1988).

5. Ver Coase (1988)

6. Ver Stigler (1966).

7. Ver Coase (1988).

8. Ver Urrutia (1992).

9. Es interesante hace notar que cuando ése es el caso, no hay externalidades y el coste social coincide con el coste privado.

10. Ver los ejemplos que aparecen en Hart (1975).

11. Se trata de los ejemplos a que me refería en la nota anterior.

12. Ver Stiglitz (2000).

13. Ver Akerlof (1970).

14. Ver Spence (1974), donde se recoge un artículo previo del año 1973.

15. Ver Stiglitz (1972).

16. Ver Stiglitz (1974). Aquí habría que citar también, como importante para el de­sarrollo de la Economía de la Información, su trabajo de 1975 sobre screening, una especie de respuesta al signalling de Spence, a través de la cual los trabajadores, cuya productividad desconocemos, se autoseleccionan eligiendo uno u otro contrato de los que conforman el mecanismo del screening.

17. Ver Grossman y Stiglitz (1980).

18. Ver Stiglitz y Weis (1981).

19. Ver Rothschild y Stiglitz (1976) como la más importante de entre ellas.

20. Lo que sigue es una adaptación de mi artículo en El Correo de 1991.

21. Esta idea es un antecedente evidente de la conclusión que yo obtenía en un trabajo de hace años en el que, sin mencionar explícitamente los costes de transacción, hacia hincapié en que las TIC conseguirían la formación de una red muy tupida en la que cada nodo está relacionado con todos los demás y en que en el límite de ese proceso cualquier presunto monopolista no tendría más remedio que comportarse como un perfecto competidor. Ver Urrutia (2003).

Capítulo 6 : Fraternidad: ámbito, diversidad y relativismo cultural

En los dos capítulos anteriores he intentado destacar aquellos rasgos del capitalismo que viene que están propiciados por hechos como la globalización y la sociedad del conocimiento (junto con las tecnologías que la hacen posible), al actuar sobre las nuevas perspectivas que abren ciertos desarrollos teóricos como las tres resoluciones mencionadas e interrelacionadas: la de los incentivos, la de los costes de transacción y la de la información. Esta manera de proceder me ha permitido examinar con un cierto orden las novedades que se vislumbran en el horizonte en materia de propiedad (y sus relaciones con la ciencia y el mecenazgo) o de información (como la transparencia) o de incompletitud de mercados (con esa correspondiente incertidumbre que, cuando los costes de transacción no son nulos, se va transformando a través de la emergencia de nuevos mercados o la desaparición de otros), tal como ocurre con arreglos como el outsourcing o el insourcing.

Hasta ahora, sin embargo, no he sido capaz de prescindir del individualismo metodológico, a pesar de que en la primera parte de este intento de otear el horizonte económico he dibujado un Homo posteconomicus en el que convergen las figuras del consumidor, el productor y el intermediario y que, por lo tanto, es difícil de concebir fuera de un entorno social que podría y debería ser determinado con más cuidado que el que he podido ofrecer hasta este momento. Bien es verdad que en el capítulo 3 abordé la noción de fraternidad como una cualidad propia del grupo humano que conforma el sistema económico y que esta manera de pensar me permitió encarar problemas como la arquitectura en red de la comunidad o las condiciones epistémicas de la acción colectiva, pero también quedó dicho que la formación de las comunidades, la naturaleza de los lazos que definen cada una, la diversidad interna compatible con su univocidad y, en general, el ámbito de la comunidad, eran cuestiones que exigían un tratamiento más cuidadoso que se anunciaba para el capítulo en el que ahora entro.

En aquel capítulo, en efecto, hablábamos de fraternidad (como algo distinto de la solidaridad) destacando posibles nociones alternativas y complementarias de la misma y presentábamos casos (como el de la segregación de Schelling) en los que podíamos hablar de Economía Social, una forma de abordar intelectualmente algunos problemas económicos que no comienza necesariamente por la noción de mercado. Allí se ponía énfasis en la emergencia de estilos de vida diferenciados caracterizados como memes y aplicábamos este punto de vista, por ejemplo, a las futuras y previsibles formas de marketing, al tiempo que llamábamos la atención sobre la dificultad, o imposibilidad, de concebir u observar en la práctica una verdadera economía universal. Es este último punto el que conforma la preocupación central del capítulo presente: cuál es el ámbito de la fraternidad, cómo se ensancha o se encoge y cómo pueden ir evolucionando los memes que la configuran. Para encarar estos problemas haré un uso libre y no técnico de un artículo que pretendía interpretar la ética de Aristóteles en términos de teoría de Juegos1.

En el primer bloque de este capítulo explicaré cómo un juego evolutivo puede entenderse como una fábrica de memes (o pautas de conducta compartidas voluntariamente por cada agente porque los otros las comparten) que pueden proliferar o mutar a gran velocidad (debido a las TIC), de la misma forma y por las mismas razones que insinuábamos cuando hablábamos de la noción de identidad, noción que ahora quedará mejor perfilada. Lo importante de este bloque es que nos proporciona los instrumentos necesarios para reconocer cuándo hay cierta estabilidad en la formación y proliferación de memes, lo que nos permite hablar del ámbito de la comunidad entendida como un conjunto de pautas de conducta estables aunque no necesariamente compartidas.

Cuando las comunidades puede ser heterogéneas, un problema que necesariamente se presenta es la provisión de bienes públicos. Éstos han de servir a los que los desean en base a alguna de sus características, pero pueden no ser deseados genuinamente por otros miembros de la comunidad que comparten entre sí otras características. Hay, por ejemplo, grupos que desean una práctica religiosa determinada (la oración en las escuelas) y quienes se oponen radicalmente a ella. Por estas razones, y por otras más generales, el ámbito de la fraternidad, o polis, será también estudiado con cuidado destacando que su correlato real puede reducirse o ampliarse de acuerdo con la presión de la inmigración que la globalización trae necesariamente consigo.

Recordemos que en el capítulo 3 nos planteamos dos cuestiones relacionadas entre sí. Nos preguntamos por la cuestión de la diversidad y su posible valor dentro de una polis, una cuestión ésta que no podrá eludir problemas candentes como el multiculturalismo, el mestizaje cultural y el relativismo cultural que van más allá de la noción estrecha de cultura y tienen una importancia económica innegable y que serán estudiadas ahora con un poco más de amplitud.

La fraternidad y su ámbito

La fraternidad no parece ser un tema demasiado atractivo para el economista, tanto si se trata de un economista teórico como si se trata de un economista práctico. Es ésta una especie -me refiero al economista en general- que se precia de utilizar únicamente agentes individuales como conceptos primitivos. Siendo el caso que esta especie ha llegado tan lejos con tan poco equipaje, sería interesante que nos preguntásemos por qué tendría que ocuparse de una idea tan escurridiza como la fraternidad, que al no coincidir con la de solidaridad, ni es obvia ni es captada intuitivamente por un economista práctico. De hecho, los economistas teóricos están muy bien equipados para analizar ideas como las de libertad e igualdad que, con independencia de que se prediquen o no de un conjunto de agentes individuales, pueden definirse exclusivamente por los elementos de este conjunto. Ahora bien, ¿disponen los economistas de herramientas suficientes para analizar una idea, como la de fraternidad, que no puede definirse exclusivamente en términos de los agentes individuales y que se predica, en cambio, del conjunto que forman?

Lo que hace un momento he denominado Economía Social proporciona herramientas suficientes, pero antes de exhibir su potencia hay que precisar algo más, y aunque sólo sea parcialmente, aquello de lo que estamos hablando. A lo que me estoy refiriendo es, como un primer ejemplo, a un supuesto implícito en el teorema de equivalencia entre el núcleo de una economía y el conjunto de asignaciones de equilibrio de esa economía2, según el cual el compromiso firme es técnicamente posible entre los miembros de cualquier subconjunto del conjunto de agentes que se conforman como una coalición. Se trata de una propiedad del conjunto de individuos que, si se da, otorga a la noción de equilibrio económico un fundamento cooperativo. Aunque parezca un galimatías, a nadie se le escapará que esta posibilidad técnica de compromiso firme debe estar relacionada con la identidad de un grupo y con la confianza mutua que, en parte, define esa identidad común a todos sus miembros.

Podría replicarse naturalmente que, en la medida en que la búsqueda de fundamentos no cooperativos de la cooperación es una estrategia de investigación bien definida, no es necesario recurrir a una idea como la fraternidad. Pero también es cierto que resulta difícil imaginar, por ejemplo, cómo podría ejecutarse una estrategia dominada (y, por lo tanto, irracional) en el dilema del prisionero, presentado ya en el capítulo 1, sin hacer uso de alguna propiedad del conjunto de individuos que impida a sus miembros ejecutar estrategias racionales y les obligue a ejecutar, en cambio, las que, en la medida en que fueran utilizadas por todos, todos mejorarían y podríamos denominarlas estrategias inteligentes.

Tomemos como segundo ejemplo el juego de señalización dinámica con información incompleta presentado por Gale y reproducido también en el primer capítulo. La racionalidad obliga a uno de los jugadores a imitar al otro, y a éste a engañar al primero. En estas condiciones, el ejemplo de Gale muestra cómo puede no alcanzarse un punto fijo a menos que el conjunto de estrategias quede restringido al conjunto de estrategias estacionarias. Pero ¿por qué tendrían que limitarse los agentes a emplear un conjunto de estrategias tan magro? «Por fraternidad», sería mi respuesta.

Pensemos ahora, como tercer y último ejemplo, en cierta sugerencia de Aumann consistente en considerar, a ciertos efectos, la racionalidad exclusivamente como conocimiento mutuo de orden N, en lugar de como conocimiento común. Esta sugerencia podría servir de justificación para el empleo de algunas estrategias que acabo de denominar inteligentes y que nunca se hubieran usado si la racionalidad fuese objeto de conocimiento común. Pero ¿por qué tendría que asignar la gente probabilidad positiva a las acciones irracionales de sus oponentes? De nuevo mi respuesta sería: «por fraternidad»3.

Lo que ahora pretendo es perfilar este concepto de fraternidad partiendo de un trabajo de Domènech4 en el que afirma que el concepto de fraternidad 1) no tuvo nunca la menor profundidad filosófica, 2) no tuvo nunca la menor importancia para el desarrollo de la filosofía moral y 3) no tuvo tampoco influencia alguna en la práctica política. En consecuencia, intenta -aparentemente por vez primera- 1) elaborar una concepción filosófica «proteica» de la fraternidad, 2) mostrar su importancia para articular de algún modo libertad e igualdad y 3) destacar sus implicaciones en relación con algunos problemas políticos contemporáneos como la xenofobia, la pobreza, el nacionalismo, el fundamentalismo, la ecología, etc., que es difícil no considerar centrales para el capitalismo en los albores de este siglo XXI.

Para alcanzar sus objetivos, Domènech ofrece un panorama histórico que, a efectos de mi argumentación, se resume en la parte superior de la tabla aneja. Los tipos de fraternidad se organizan de acuerdo con cuatro ejes clasificatorios: el concepto general que agrupa e identifica al conjunto de individuos; la fuerza que religa a los miembros del conjunto; la propiedad pertinente del conjunto, generada por esa fuerza, y la versión política de esta última propiedad. He añadido para mis propios propósitos las filas inferiores de la tabla. Un examen «arqueológico» de la Economía5 revelaría no sólo la enorme influencia que tuvo en ella la fraternidad cristiana, a la que va aparejado el individualismo metodológico, sino también el toque de holismo sociológico propio de la fraternidad agnóstica, que nunca le fue ajeno. Pero lo que quisiera resaltar ahora es el hecho de que la mayor parte de las concepciones de la fraternidad no son de alcance universal, y que una nota singular de la fraternidad aristotélica es que conforma una construcción dinámica que entronca con aspectos de la escuela austriaca.

Pues bien, ahora pretendo elaborar, a la luz de la teoría de los juegos evolutivos, una concepción alternativa a la de Domènech. Como veremos, las pautas conductuales que conforman la fraternidad pueden no ser comunes, y esto plantea no pocas dificultades a la provisión de bienes públicos, dificultades al tratar de perfilar la noción de polis o, a nuestros efectos, el ámbito de la fraternidad, una noción cuyo correlato real puede ensancharse o encogerse.

GRECIA CLÁSICA GRECIA PRECLÁSICA
Fraternidad platónica aristotélica cristiana agnóstica
Concepto general pueblo crianza de memes humanidad sociedad
Fuerza Eros Eros Agape (Caritas) Philia
Propiedad relevante unidad primitiva fraternidad (teleia philia) solidaridad sociabilidad
Versión política megaestado polis cosmópolis Estado
Posición metodológiga estática dinámica estática estática
Planteamiento restringido restringido universal restringido (?)
Influencia en la economía ninguna despreciable grande alguna (?)

CREACIÓN Y PROLIFERACIÓN DE MEMES

Para ir acercándonos a una noción de fraternidad conceptualmente rica la atacaré desde los tres primeros ejes básicos que aparecen en el cuadro anterior, reservando el cuarto para un poco más adelante. Comenzaré por la noción de eros. Como dice Domènech (1993, p. 52), «el eros es la aspiración del hombre al bien supremo», y este deseo o emoción se materializa en una disposición para buscar la areté (virtud). Para que esta búsqueda se lleve a cabo con éxito, argumenta Domènech, el hombre debe ser «capaz de vivir efectivamente una vida humana porque es capaz –hasta cierto punto– de elegirse a sí propio y modelarse a sí mismo en consecuencia». Por tanto, la búsqueda de la virtud se convierte en un proceso de autorrealización, de forma que si este proceso llega a su fin, decimos que el individuo ha alcanzado su identidad, por más que, al estar socialmente condicionada, ésta pueda no ser exactamente la que ambicionaba. Esta noción de identidad ha sido ya utilizada en este trabajo en relación con la presentación de algún tipo de racionalidad, por ejemplo la expresiva, que no puede confundirse con la racionalidad instrumental. En el capítulo 1 introdujimos esta noción de identidad como el conjunto de atributos comunes compartidos por un subconjunto del conjunto de agentes individuales. A efectos de lo que ahora nos interesa hay que explicitar que la identidad alcanzada por un individuo a través del proceso social de autorrealización debe entenderse como el conjunto de pautas de conducta que definen lo que Aristóteles denominaría su carácter.

Ahora bien, supuesto que el carácter es una cuestión de pautas de conducta, debe distinguirse entre pautas de conducta individual (rules of thumb) y pautas de conducta social, entre las que constituyen un interesante subconjunto las pautas morales. Lledó lleva a cabo con mucha claridad esta distinción al tratar separadamente héxis y êthos. Una cita suya es el mejor modo de ilustrarlo. Dice primeramente Lledó: «Sometido a la improvisación de la existencia, el hombre tiene que edificar en sí mismo una héxis, una memoria levantada sobre la base del ejercicio recto o inteligente y que comporte una cierta solidez ante el fluir continuo de elecciones y acciones» (Lledó 1994, p. 68). Por otra parte, el êthos es una especie de héxis colectiva: «El êthos va surgiendo lentamente del entramado de la vida. Y ese êthos se solidifica por una repetición de actos a los que mueven las pasiones históricas, las reflexiones, los intereses que se articulan y pugnan en lo colectivo» (1994, p. 199). Tanto la héxis como el êthos sólo pueden interpretarse, según Lledó, dentro de un proceso en tiempo real (histórico) que no es determinista. Estas construcciones parecen ser una condición necesaria para la vida humana. Refiriéndose otra vez al êthos, continúa Lledó: «El êthos ha solidificado las formas de comportamiento humano y ha creado, sobre el nivel de los instintos y la vida animal, una superestructura que constituye el plasma en el que la vida se desarrolla» (1994, p.163). Finalmente, concluye que el êthos es una creación humana y que, como tal, sólo puede orientarse y pensarse en términos de sentido: «El êthos se forma no sólo en la mera repetición, en el azar con que la vida nos ofrece sus alternativas, sino en la actividad organizada y humanizada por la presencia del maestro que convierte la temporalidad en madurez. Habitar en la Historia, arrebatar el bien al distante universo de las Ideas, cuyo ser es únicamente ser del lenguaje, significa, además, ponerlo en las manos de los hombres y determinar su sentido» (Lledó 1994, p. 68).

Ahora pasaré a exponer el concepto general que cubre a la comunidad por la que se define la fraternidad. Recordaré antes una noción imprescindible. Dawkins ha denominado meme a cualquier procedimiento sistemático, más o menos complejo, de traducir estímulos en reacciones, y Susan Blackmore ha elaborado la memética como saber independiente. Un ejemplo trivial de meme nos lo ofrecen las estrategias estacionarias del ejemplo de Gale mencionado y explicado en el capítulo 1. Héxis y êthos, tal como acabamos de entenderlos, son también memes, cuya complejidad no se prejuzga. Incluso entidades tan complejas como cualquier convención social, o el lenguaje o incluso una cultura pueden ser entendidas como memes en el sentido que aquí queremos darle. Pues bien, propongo ahora como concepto general del conjunto de agentes el vivero o, mejor, la crianza de memes. Este concepto se refiere, en rigor, al proceso evolutivo del que resulta la aparición de las pautas conductuales de equilibrio constitutivas de los memes. No obstante, antes de pasar a estudiar este proceso debemos presentar el conjunto de memes potenciales, así como otros conceptos que nos serán útiles6.

Tenemos que comenzar por especificar con cierto cuidado el juego estático que pensamos que se lleva a cabo entre los miembros de la comunidad en cada momento. Cada individuo de esta comunidad tiene a su disposición varias estrategias. Por ejemplo, en lo que llamaré el caso trivial, una comunidad formada por dos jugadores, el 1 y el 2, tiene a disposición de cada uno de ellos un conjunto de estrategias entre las que puede elegir. La función de pagos del juego estático al que juegan los miembros de la comunidad especifica en cada momento lo que gana cada individuo en función de las estrategias seguidas por el conjunto de ellos. En el caso trivial especifica lo que gana cada uno de los individuos en función de la estrategia de uno y de otro. Para este juego estático podemos ahora concebir dos nociones de equilibrio relativas a una función de pagos determinada que denominamos genéricamente f.

El primer tipo de equilibrio es sumamente conocido. Diremos que un conjunto de estrategias es un equilibrio de Nash relativo a f (EN (f)) si la que sigue cada uno es la mejor respuesta (débil) a las que siguen las demás. Es decir, en ese equilibrio cada jugador, jugando la estrategia de equilibrio, gana al menos tanto como lo que ganaría con cualquier otra, dadas las estrategias de los demás. En el caso trivial cada uno de ellos gana al menos tanto, dado lo que hace el otro, como lo que ganaría con cualquier otra estrategia. Denominamos débil a una estrategia así porque con esa estrategia cada individuo no gana estrictamente más que con cualquier otra, dadas las de los demás. Si así fuera la llamaríamos fuerte.

La segunda noción de equilibrio, denotado por ESS(f), tiene cierto sabor dinámico. La denominamos equilibrio en estrategias evolutivamente estables relativo a f y quiere representar un conjunto de estrategias, una por cada individuo, tales que o bien son la mejor respuesta (fuerte) a las de los demás, es decir se trata de un equilibrio de Nash fuerte, o en caso de no serlo no hay ningún otro perfil de estrategias que lo sea. La interpretación dinámica es muy fácil de entender en el caso trivial. Un par de (estrategias) mutantes invadirán la población, es decir, serán adoptadas por uno y otro jugador, si ese par constituye la mejor respuesta débil para cada uno de ellos no sólo frente a las estrategias actuales sino también ante las mutantes. En consecuencia un equilibrio en estrategias evolutivamente estables relativo a f -ESS(f)- es un perfil de estrategias que no puede ser invadido por grupo alguno de (estrategias) mutantes. Decimos coloquialmente que ese equilibrio es a prueba de mutantes.

Ahora estamos en disposición de explicar en qué consiste la crianza de memes como concepto general que abarca a la comunidad de la que estamos hablando. En cada estadio del juego se empareja al azar a los jugadores y cada pareja juega, una o varias veces, el juego estático descrito. Al final de ese estadio cada jugador habrá aprendido algo sobre la distribución de estrategias y sobre la efectividad relativa de cada una, y en consecuencia variará su estrategia. En el agregado la frecuencia con que se usa cada una de las estrategias variará de forma que las «mejores» estrategias no crezcan menos que las «peores», ambas nociones entendidas en relación a la función de pagos f. Supondremos que esta dinámica de las frecuencias, que denominamos F, exhibe racionalidad limitada y una cierta inercia, dos características típicas de los juegos evolutivos en las que no es necesario entrar aquí. Pensemos ahora en un proceso F de este tipo que es compatible con la función de pagos f. Este proceso de crianza de memes y compatible con f, denotado por Ff, puede alcanzar dos tipos de equilibrio, ambos relativos a Ff. El primero es un punto fijo del mapping que refleja el proceso dinámico que nos lleva de pautas a pautas. El segundo es uno de esos puntos fijos que localmente es además asintóticamente estable. Al primer tipo lo denotaremos por PF(Fj) (punto fijo de Ff) y al segundo como EE(Ff) (equilibrio evolutivo de Ff).

Aunque sabemos que la primera inclusión no se da siempre, Friedman ha mostrado que ESS(f) ⊂? EE(Ff) ⊂ EN(f) ⊂ FP(Fj).

Ahora podemos ya asentar la noción de fraternidad. El proceso al que llamamos crianza de memes nos llevaría a un EE(Ff). En esa situación las pautas de conducta estructuran al conjunto de agentes y lo dotan la propiedad que va a definir lo que llamamos fraternidad. Las pautas de conducta que definen una fraternidad así dependerán de las condiciones iniciales y de las cuencas de atracción de cada uno de los posibles EE(Fj). En uno cualquiera de estos equilibrios evolutivos de Fj nos encontramos con que la pauta de conducta seguida por un individuo (héxis) es la que los otros esperan que siga y que este individuo quiere seguir en el bien entendido de que los demás siguen la que prescribe el equilibrio. Es obvio que un conjunto de pautas individuales conforma un êthos colectivo que no tiene por qué ser simétrico y que es auto-obligatorio (self-enforcing). Notemos que como no tiene por qué ser simétrico, no todo individuo ha de estar haciendo lo mismo. Pues bien, la teleia philia como característica relevante de la amistad aristotélica que llamamos fraternidad no es sino un equilibrio evolutivo de Ff que, además, es simétrico. Esto corresponde exactamente a lo que Lewis denomina una convención: una pauta de conducta que todos esperan que los demás sigan y que todos quieren seguir si los otros lo hacen (una noción claramente auto-obligatoria).

Las TIC van a acelerar hasta el paroxismo lo que he denominado la crianza de memes. Desde que Dawkins y Blackmore introdujeron y examinaron ese correlato social de los genes biológicos ha estado muy claro que el tiempo social es mucho más rápido que el tiempo biológico. Pero lo que hay que destacar ahora es que las TIC pueden incrementar vertiginosamente ese tiempo social. De hecho, casi observamos todos los días la aparición de memes potenciales nuevos y su consiguiente consolidación o desaparición. En realidad, lo más razonable sería extender la noción de fraternidad desde la existencia y práctica de pautas conductuales compartidas hasta el proceso de crianza de memes en sí mismo. La fraternidad, es decir eso que mantiene unida a una comunidad con conciencia de serlo, es la experimentación continua de nuevas héxis que parecerían apuntar a nuevos êthos que, a menudo, no acaban de materializarse, sobrepasados por la aparente emergencia de experimentación con nuevos memes potenciales. Si al examinar la identidad como nueva noción a ser utilizada en la Teoría Económica explicábamos la sospecha de que las TIC acabarían haciendo de ella algo poco estable, ahora reforzamos esa sospecha.

Antes de pasar a entender la polis, hagamos notar que, tal como hemos indicado con claridad, cabe que una comunidad en un momento dado esté estructurada por pautas de conducta individuales no comunes para todos los miembros de esa comunidad. Esto nos confronta con el ámbito cambiante de la comunidad, es decir con la polis, y con los problemas prácticos de la provisión de bienes públicos en comunidades heterogéneas.

La polis

Acabamos de ver que la fraternidad es una noción que puede caracterizarse por unas pautas de conducta que los individuos siguen de manera estable. En sentido amplio, la fraternidad no exige que todos los miembros de una comunidad sigan la misma pauta de equilibrio; ocurre que es incluso razonable que sigan pautas distintas según unas características reconocibles. Por ejemplo, en una comunidad dada, las mujeres pasan antes que los hombres bajo el dintel de cualquier puerta. Una vez establecida, una pauta así es auto-obligatoria y puede formar parte de la fraternidad que religa y define a esa comunidad. En sentido estricto, sin embargo, la fraternidad exige que las pautas de conducta sean las mismas para todos los agentes: todos deberán conducir por la derecha cualquiera que sea su identidad, sean hombres o mujeres, y unos y otros cederán el paso al vehículo que llega por su derecha.

El ámbito de la fraternidad no está caracterizado, por lo tanto, por la igualdad de pautas de conducta entre los miembros que ocupan ese ámbito. Dicho ámbito está más bien caracterizado por el conjunto de individuos que pueden razonablemente jugar el juego evolutivo que acaba haciendo emerger las pautas de conducta que conforman un equilibrio evolucionariamente estable. A este ámbito le llamamos polis (o «ciudad»).

La polis es el ámbito natural o territorio de la fraternidad. Ambas nociones parecen estrechamente relacionadas. Por una parte, «la amistad también parece mantener unidas las ciudades»;7 esto es, la fraternidad es lo que hace que una ciudad (polis) se mantenga unida. Por otra parte, la principal característica de la polis es que no es necesario regular legalmente las relaciones entre sus miembros, y ello se debe, precisamente, a la fraternidad y a las reglas éticas que ésta comprende. Sin embargo, hay una nota distintiva de la polis de la que ahora tendremos que ocuparnos.

En mi interpretación, polis es igual a fraternidad más sentido. Es bien conocido lo que entienden los economistas por sentido. Lo más natural es interpretar el sentido como un óptimo de Pareto, pero también hay otras posibles nociones de sentido, por ejemplo, la minimización del riesgo, que puede sostener como fraterno uno u otro equilibrio evolutivo. Como estos equilibrios pueden ser heterogéneos, podemos plantearnos legítimamente la segunda pregunta: ¿cómo puede aparecer la fraternidad entre «nosotros» y «ellos»? Puesto que la polis es fraternidad más sentido, podemos ahora generalizar esta cuestión y reformularla así: ¿cómo puede ampliarse el ámbito de la polis?

Éste no es un problema vacío, puesto que la polis no puede ser un concepto universal. La polis se ha de considerar compuesta por aquellos individuos que, tras cierto proceso, han alcanzado pautas de conducta que permiten la consecución de un equilibrio evolutivo. Difícilmente puede pensarse hoy en día que éste es un fenómeno universal a pesar de la globalización.

Continúo destacando que, en este nivel «local», no hay garan­tías de que el sentido (o bien colectivo) pueda alcanzarse. Depende de muchas cosas, y especialmente de la naturaleza del juego estático que se juegue en el proceso dinámico. En muchos juegos estáticos, la consecución de alguna idea de sentido requeriría diversidad, y a estudiar esta noción y su importancia para alcanzar el sentido dedicaré enseguida más páginas, pero ahora voy a hacer algunos comentarios sobre un problema central en la política de los estados que jugarán en el capitalismo que viene. Se trata de lo que David Goodhart llamó, en un artículo de The Guardian (24-II-04), el «dilema progresista». Para explicitarlo cito el comentario de David Willets, un político conservador, en una mesa redonda sobre la reforma del Estado del Bienestar: «La base a partir de la cual se pueden extraer grandes sumas de dinero vía impuestos y reintegrar estas sumas en forma de prestaciones es que la mayoría de la gente piensa que los beneficiarios son gente como ellos que se enfrentan a dificultades a las que ellos mismos podrían tener que enfrentarse. Si los valores se diversificaran, si los estilos de vida se van diferenciando, se hace más difícil sostener la legitimidad de un Estado del Bienestar que reparte riesgos de forma universal. La gente se pregunta: ¿por qué habría de pagar por ellos cuando están haciendo cosas que yo no haría? Aquí tenemos América frente a Suecia. Se puede tener un Estado del Bienestar a la sueca siempre que se sea una sociedad homogénea con valores compartidos intensamente. En Estados Unidos tenemos una sociedad muy individualista y diversa en que las personas no sienten tantas obligaciones frente a sus conciudadanos. Los progresistas quieren diversidad, pero con ello están minando parte del consenso moral sobre el que reposa un Estado del Bienestar generoso». (La traducción libre es mía.)

Este conflicto entre solidaridad y diversidad que surge con el Estado del Bienestar es una manifestación muy reconocible de la heterogeneidad que admite la noción de fraternidad. Queremos estar juntos, o, lo que es lo mismo, queremos ser jugadores del juego evolutivo que va conformando las señas de identidad de una comunidad, pero al mismo tiempo y en ese mismo juego adquirimos pautas de comportamiento que no son las mismas para todos los subconjuntos de la comunidad. En este contexto es cierto que surge el problema de cómo financiar ciertos bienes públicos cuyo uso está relacionado con pautas de conducta con las que yo no me identifico.

El problema no es sólo teórico, sino que está bien documentado en la práctica. Goodhart hace referencia a un trabajo de 2001 de A. Alesina, E. Glaeser y B. Sacerdote en el que estos autores documentan que aunque en el conjunto de los Estados Unidos de América el 70% de la población es blanca y no hispánica, estos ciudadanos representan sólo el 46% de los pobres. Por lo tanto, de los ingresos fiscales destinados al gasto para aliviar la pobreza, una parte proporcionalmente muy alta va a minorías como la negra, la hispánica o la oriental. Asimismo su trabajo encuentra que los estados que están más fragmentados étnicamente son los que menos gastan en servicios sociales. Concluyen que los americanos parecen considerar a los pobres como miembros de un grupo social distinto.

En la medida en que esto no ocurre de manera tan clara en los estados europeos, podríamos decir que cada uno de esos estados europeos parece constituir en sí mismo una polis en la que reina la fraternidad y que en América ocurre lo contrario, que no hay una única polis sino varias (al menos dos) distintas.

Si hacemos un poco de abstracción del ejemplo concreto basado en la etnicidad y generalizamos, podríamos colegir que algo como el multiculturalismo será mucho más corriente en América que en Europa. Volveré sobre esto ahora, no sin antes recalcar que los cambios en el ámbito de la fraternidad no sólo van a darse de manera acelerada, sino que además van a venir exigidos por el fenómeno de la inmigración que la globalización hace posible y de hecho propicia. La inmigración y el Estado del Bienestar componen un par de instituciones problemáticas de las que el capitalismo que viene no puede hacer abstracción.

Diversidad y cultura

Esta forma de entender la polis como el ámbito de la fraternidad nos permite atacar dos problemas o asuntos relacionados entre sí y a su vez no independientes de problemas de proveer bienes públicos en comunidades heterogéneas. El primer asunto es la diversidad, noción que no es fácil de entender y menos de medir pero sobre la que nos preguntamos si es deseable o no y cómo puede alcanzarse en caso de que no esté presente en una polis en la cantidad adecuada. El segundo asunto es el del relativismo cultural, noción que nos llevará a plantearnos el problema del multiculturalismo, que a su vez entronca con la problemática relación entre inmigración y Estado del Bienestar.

Diversidad

El problema de la diversidad puede atacarse al menos desde tres perspectivas distintas y complementarias. Podemos tratar de axiomatizar esta noción, tal como hacen Nehring y Puppe, lo que, a su vez, podría pasar a jugar un papel relevante en la teoría del Valor. Podemos también tomar la diversidad como algo deseable y juzgar, en consecuencia, diferentes arreglos institucionales, tal como hace Moulines. Y podemos también finalmente continuar en nuestro marco de juegos evolutivos y analizar como la diversidad puede ser necesaria para dotar de sentido a la fraternidad convirtiendo a la comunidad en polis, o como ésta tendría tendencia a ensancharse para lograr el sentido. Comenzaré por esta tercera perspectiva siguiendo un trabajo de Aoki que, aunque técnico, puede ser glosado con bastante sencillez.

Supondré que hay dos poblaciones. Sea Mk, k = 1,2, el número de individuos en cada población y pensemos en N = (I, G) como el conjunto de estrategias que pueden adoptarse (sea I la individualista, y G la gregaria). Supongamos ahora que hay dos clases de actividades económicas que se pueden desarrollar en cada población: F (las finanzas) y E (la ingeniería). Supongamos, por último, que I (G) tiene una ventaja comparativa en F (E) y que los individuos lo ignoran. Analizaré ahora sólo una de las dos poblaciones, de modo que omitiremos el subíndice k para pasar más tarde a considerar la conveniencia de juntarse con la otra población. Podemos entender por estrategia la elección de lo que se es -individualista o gregario- y de dónde se trabaja, sea en las finanzas, sea en la ingeniería. La función de pagos del juego estático refleja la ventaja comparativa antes indicada y la hipótesis de que no se recibe pago alguno cuando hay un desajuste en el emparejamiento entre estrategia y actividad.

Ahora podría especificar la parte dinámica del juego evolutivo que estoy considerando y analizar la existencia de equilibrios evolutivos. Sabemos por lo que ya hemos considerado que el conjunto de puntos fijos de un sistema dinámico incluye los equilibrios evolutivos de ese sistema. En nuestro caso tenemos cuatro de estos equilibrios evolutivos que ahora pasamos a examinar. En el primer equilibrio, al que llamaremos equilibrio paretiano o P-equilibrio, la ubicación es perfecta. No hay individualistas trabajando en ingeniería y tampoco gregarios dedicados a las finanzas. El ajuste es perfecto porque cada individuo trabaja allí donde tiene ventaja comparativa: todos los individualistas en finanzas y todos los gregarios en ingeniería. Podríamos tener un segundo equilibrio en que lo que es perfecto es el desajuste: todos los individualistas trabajan en ingeniería y todos los gregarios en finanzas.

Pero tenemos dos equilibrios intermedios que son similares entre ellos en un sentido. En el primero de ellos, al que llamaremos equilibrio A-equilibrio (por la A de América), todo el mundo es individualista. Sin embargo, la frecuencia relativa con que los individualistas trabajan en finanzas o en ingeniería es tal que las probabilidades correspondientes hacen que el pago esperado sea el mismo trabajen donde trabajen.

Similarmente, y con la misma interpretación, podemos tener un J-equilibrio (por la J de Japón) en que todos los individuos son gregarios y en donde estos individuos se reparten entre los trabajos con una frecuencia relativa tal que los pagos esperados de los gregarios son iguales trabajen donde trabajen.

Podemos ahora rematar el argumento correspondiente a esta primera manera de encarar la diversidad, la más adecuada para hablar del ámbito de la fraternidad, es decir de la polis. Supongamos que el juego dinámico ha alcanzado un P-equilibrio. Se ha conseguido no sólo la fraternidad, que corresponde -como ya indicamos- a la idea de equilibrio evolutivo, sino también el sentido, de forma que fraternidad y polis se corresponden. Aquella existe y ésta no necesita ser ensanchada ni estrechada. Además tenemos que hacer notar que este encaje entre fraternidad y su ámbito se ha logrado gracias a la diversidad y a la ubicación correcta de cada tipo de individuo y cada tipo de actividad. Pero puede ocurrir que haya un desajuste entre la fraternidad y su ámbito. Supongamos que hemos alcanzado un A-equilibrio en el que todos los agentes son individualistas. Es esta homogeneidad de la conducta la que impide la emergencia del sentido: hay fraternidad pero la polis no está haciendo bien su trabajo, e incluso podríamos decir que no existe la polis, ya que la hemos defendido como fraternidad más sentido. Como podríamos decir exactamente lo mismo de un J-equilibrio, surge inmediatamente la pregunta sobre cómo unir ambas comunidades con la intención de lograr el sentido. Es posible -y ésta sería la esperanza- que, al unir una comunidad «americana» en que todos son individualistas y una comunidad «japonesa» en que todos son gregarios, alcancemos una comunidad más amplia en la que lleguemos a alcanzar un P-equilibrio que dote de sentido a la fraternidad y conforme una polis.

Que la esperanza se haga realidad o no depende del juego evolutivo que se inicia en cuanto unimos ambas poblaciones, cada una con un tamaño que configura las condiciones iniciales y que funciona de acuerdo con el protocolo de encuentros y la dinámica que hemos descrito. Según Aoki si ambas poblaciones fueran del mismo «tamaño» -adecuadamente definido-, podríamos lograr el P-equilibrio. Pero de no ser así la población «mayor» absorbería a la más «pequeña» y se destruiría cierto tipo de fraternidad sin llegar a constituirse una polis.

Podemos ahora relacionar estas ideas sobre la diversidad en el ámbito de la polis con la globalización. Pensemos en primer lugar en procesos de integración económica como el que estamos experimentando en Europa. El juego evolutivo que hemos estado considerando nos proporciona algunas ideas interesantes. Para el buen éxito de la operación habría que haber tenido en cuenta tanto el tipo de equilibrio en que se encontraba cada Estado, el tamaño relativo de éstos y el orden en que se irían incorporando a lo que hoy es la Unión Europea. Nada de esto se ha tenido en cuenta de hecho, pero podría ser interesante reflexionar sobre el precio pagado por no tener en cuenta estos detalles y, en cualquier caso, deberíamos tenerlos presentes. En segundo lugar, la libertad (relativa) de movimientos de personas que la globalización trae consigo nos va a confrontar con el problema de la inmigración. Imaginemos de forma extrema que, en el proceso de globalización y hablando metafóricamente, los «japoneses» emigraran a «América». En principio parecería que existe la posibilidad de que las actividades de finanzas e ingeniería sean de un tamaño tal que todos los emigrantes, japoneses gregarios, trabajaran en la ingeniería y que todos los aborígenes, americanos individualistas, trabajaran en las finanzas. Pero esto sería una casualidad. Lo razonable es pensar que a lo largo del juego evolutivo y dependiendo del juego estático con sus pagos correspondientes, algunos «japoneses» iniciales se hagan individualistas y algunos «americanos» iniciales se hagan gregarios. Al final, si los tamaños de las poblaciones aborígenes y emigrantes son similares, tendremos un P-equilibrio que no será mestizo y en el que habrá dos comunidades separadas conviviendo, «juntos pero no revueltos». Lo normal, sin embargo, es que las poblaciones cambien sus señas de identidad iniciales y se conforme una nueva polis con una población que sigue ciertas pautas de conducta que constituyan los signos de la fraternidad.

Esto nos llevará a plantearnos el multiculturalismo y la pluralidad cultural, pero antes de ello quizá merezca la pena recordar que el marco de análisis en que hemos trabajado en este apartado es aplicable a la incorporación de la mujer al mundo del trabajo y al mundo de la política. Esta incorporación es formalmente equivalente a la inmigración. Lo interesante de esta incorporación es que, sin ella, es como si estuviéramos en un equilibrio subóptimo -como el «americano» y el «japonés» del ejemplo metafórico que hemos examinado- que puede mejorarse mediante esa incorporación hasta llegar a un equilibrio evolutivo óptimo en el que seguramente algunos hombres adoptarán pautas de conducta «femeninas» y algunas mujeres pautas «masculinas». Asuntos muy debatidos, por ejemplo las cuotas femeninas en las listas electorales o las empresas, adoptan una dimensión especial a la luz de estas ideas.

Ahora podemos dirigir nuestra atención a los aspectos de la diversidad que he mencionado relativos al tratamiento axiomático de Nehring y Puppe y a las aplicaciones de la diversidad que hace Moulines. No profundizaré en uno ni en otro, sino que haré una exposición libre utilizando un artículo reciente8.

K. Nehring y C. Puppe abren su A Theory of Diversity con la siguiente cita de la Summa contra gentiles III de santo Tomás de Aquino: «Un ángel es más valioso que una piedra. No se sigue, sin embargo, que dos ángeles sean más valiosos que un ángel y una piedra». ¡Casi dos siglos de teoría del valor para que luego el tomismo resurja y la ponga en duda! ¿Es posible que los precios no reflejen ya sólo la escasez? ¿Debería el precio de un bien reflejar, al menos en parte, lo que ese bien aporta a la diversidad del conjunto de bienes disponible? ¿Depende, por lo tanto, el precio de un bien de ese conjunto? Estas preguntas, o mejor dicho su falta de contestación, reflejan que no sabemos muy bien cómo integrar la idea de diversidad en la teoría del valor. Y como esta última es el corazón de la Teoría Económica parecería que, de repente, no sabemos dónde estamos. A mi parecer, la amenaza de extravío es real y el trabajo de los autores citados, junto con sus escasos precedentes, no hace sino comenzar a enfrentarla. Prueban, en efecto, que bajo la vigencia de ciertos axiomas, más o menos familiares para los economistas, existen unas denominadas funciones de diversidad cuyo valor esperado puede entenderse como el grado de diversidad del conjunto al que se aplican y que, en consecuencia, pueden asimismo ordenar cualquier subconjunto de acuerdo con ese grado de diversidad.

¿Qué ganamos sabiendo por ejemplo que los andaluces son más diversos que los extremeños, caso de que lo fueran? En las coordenadas culturales que hoy parecen utilizarse para casi todo y que se reflejan en el canto al mestizaje, la llamada a la preservación del pluralismo o la elegía, quizá excesiva, del pluralismo cultural, podríamos decir que Andalucía es mejor (más valiosa) que Extremadura. Una interpretación biologicista nos diría que en esa primera región hay más posibilidades de mejora genética que en la segunda. Una interpretación económica sería más ambigua. Por un lado los extremeños se entenderían mejor entre ellos que los andaluces entre ellos, pues los primeros serían más homogéneos, pero por otro lado la mayor heterogeneidad de estos últimos daría más juego a las complementariedades productivas.

Pero poseer una propuesta de métrica de la diversidad tiene ventajas adicionales. Pensemos, en el campo de la filosofía política, en una discusión reciente sobre nacionalismo que ha tenido lugar en las páginas de Isegoría entre Ulises Moulines (nº 24, 2001) y Aurelio Arteta (nº 26, 2002). Sin una métrica específica de la diversidad no podemos comparar con un mínimo de rigor la aplicación de los dos principios a priori que separan crucialmente a ambos filósofos: el Valor Intrínseco de la Pluralidad del Ser (VIPS) frente al Valor Intrínseco de la Unidad del Ser (VIUS). VIPS le sirve a Moulines para pedir que cada una de las seiscientas naciones de este mundo tenga su Estado (nacional) y VIUS justificaría a Arteta para esperar que esas seiscientas naciones (si admitiera su existencia) acabaran integradas en un único Estado universal. Mi percepción de los prestigios culturales del momento, puestos de manifiesto por las coordenadas culturales a las que me he referido en el párrafo anterior, me llevaría a apostar más por Moulines que por Arteta, pues creo que el principio VIPS sintoniza mejor con la concepción plana, o postmoderna, de la realidad.

Pensemos ahora otra aplicación de la idea de diversidad, en este caso al campo de la filosofía de la ciencia. El arrogante impulso moderno de la búsqueda de una razón última en la naturaleza va dejando paso a poco a poco a una desenfadada fiesta postmoderna que no cree en el reduccionismo y sí en lo que, bajo la denominación de propiedades emergentes, representa la afirmación de que cada cosa tiene «su cosa». Si el monoteísmo científico moderno creía en el espesor de una realidad que hay que perforar, el politeísmo postmoderno vislumbra más bien una superficie plana inmensamente grande que hay que ir descubriendo. Disciplina contra orgía, es en esa oposición donde veo yo el interés del asunto de la diversidad aplicado a la reflexión sobre la ciencia. La orgía, biológica o social, me gusta mucho más que el rigor de la disciplina. Veo la ciencia moderna como una compañía petrolífera jerarquizada y la ciencia de hoy (¿postmoderna?) como un grupo de desorganizados pioneros viajando hacia la frontera virgen del Oeste para hacerla habitable. Estas ideas coinciden con la sugerencia efectuada en el capítulo 2 sobre la ventaja de una actitud rebelde en la ciencia.

Creo, efectivamente, que la noción de diversidad, además de plantear problemas técnicos intrincados, tal como podrá certificar el que se acerque al trabajo de Nehring y Puppe, pone seriamente en jaque algunas certidumbres teórico-económicas que habrá que revisar y puede llegar a conformar un instrumento utilísimo para la reflexión de la economía política, para el análisis político en general, para la política científica y, si escuchamos a santo Tomás de Aquino, hasta para la teología. No es fácil ni cómodo tratar de tomar postura ante una noción con tantas implicaciones potencialmente novedosas y conflictivas intelectualmente. Como reacción ante esta perplejidad voy a tratar, para terminar, de complicar un poco más la cuestión.

Quizá quepa imaginar que la diversidad que lleguemos a percibir, e incluso a medir con precisión, no agote su sentido en constituir un signo de distinción de un colectivo, o que una mayor diversidad no refleje solamente una valoración más alta de ese colectivo. Es posible que podamos echar una mirada lateral al concepto desde una perspectiva económica relativamente novedosa pensando en la diversidad como una señal. Para explorar esta perspectiva, y como la noción de diversidad es probablemente muy dependiente de la naturaleza del conjunto al que se aplica, pensemos en concreto en un conjunto de ciudadanos o de científicos. Mi propuesta es considerar una mayor diversidad como la señal de que, en el conjunto de que se trate, se ha librado una batalla por encontrar formas de convivencia novedosa o verdades ocultas (es decir, tesoros) más virulenta, febril y desordenada que la librada en otro conjunto menos diverso, y que, en consecuencia, es más probable que encontremos la mejor fórmula de convivencia o la proposición más verdadera en el primer conjunto que en el segundo. Si el paisaje después de la batalla refleja una mayor diversidad es porque se han dilapidado recursos para la obtención de los tesoros que buscamos, y esta dilapidación da la medida exacta de la señal que nos indica que, si buscamos una buena fórmula de convivencia, busquémosla en una sociedad hoy diversa, y que si buscamos la verdad, busquémosla entre las comunidades científicas menos homogéneas. Y ello porque el mayor gasto que la mayor diversidad refleja es un indicador claro de una mayor voluntad de encontrar los tesoros y, consecuentemente, de la probabilidad de encontrarlos.

Quizá la propuesta que acabo de hacer para complicar un poco la noción de diversidad y para enriquecer las perspectivas desde donde puede ser entendida sea más intuitivamente aceptable si comparamos la naturaleza y la sociedad como dos conjuntos de elementos que muestran diferentes grados de diver­sidad, siendo la naturaleza aparentemente más diversa que la sociedad. Esta mayor diversidad de la naturaleza no es sino el reflejo o la huella de que la evolución natural es mucho más virulenta, febril y desordenada que la evolución social. La primera dilapida recursos al explorar desordenadamente y un poco al azar cualquier dirección, mientras que la evolución social es una exploración de la posibilidad de la vida en común más económica y razonable, a pesar de los errores y revoluciones fallidas que también se observan.

Pues bien, mi propuesta implica que hemos de creer que la naturaleza acabará dando con una fórmula de vida (aunque no sea la mejor) con mayor facilidad que la que la sociedad parece exhibir en su intento de encontrar una fórmula aceptable de convivencia9. Si con esta comparación entre la naturaleza y la sociedad como formas alternativas de búsqueda de tesoros he conseguido convencer de que la diversidad podría ser como una señal, se convendrá conmigo en que posiblemente merece la pena dejar que ella nos guíe en la búsqueda de la verdad o del secreto del buen vivir, aunque no podamos perder de vista el conflicto que puede surgir con el ejercicio práctico de la fraternidad y del que nos hemos hecho eco al hablar de la provisión de algunos alivios a la pobreza en entornos multiétnicos o, en general, heterogéneos.

Cultura

El último comentario nos lleva a considerar el relativismo y el papel de la disidencia en la cultura, entendida ésta precisamente a la manera que se desprende de un juego evolutivo como el que hemos estado describiendo en este capítulo. La cultura de una comunidad sería entonces no tanto el número y calidad de los servicios culturales (como conciertos), activos culturales (como un cuadro) u objetos culturales (como un dvd o un libro), sino el conjunto de pautas de conducta o memes que existen en un momento dado en una comunidad determinada. Un intento de definición de la cultura de acuerdo con la forma evolutiva de encarar los cambios en las pautas de conducta de una comunidad iría por el siguiente derrotero. Sería cultura el conjunto de usos, conocimientos, creencias e instituciones generadas por la capacidad de simbolización del hombre y que constituyen un caldo de cultivo fuera del cual perece10.

En este contexto podemos ahora encarar los problemas del relativismo cultural y del papel de la disidencia. Empezaré por el relativismo cultural. Tal como hemos visto reiteradamente, nuestra cultura (entendiendo por tal la cultura de nuestra polis) depende de las condiciones iniciales de las que partimos en nuestra comunidad (además de la experimentación en la que hemos podido incurrir o de la invasión de mutantes que hayamos «sufrido»). De la misma forma, su cultura (es decir la cultura de su polis) depende de las condiciones iniciales de las que «ellos» parten en su comunidad (además de la experimentación o de las invasiones de mutantes).

En consecuencia, una primera manifestación del relativismo cultural es que, aun así definida, la cultura no es única. Por un lado, podemos hablar de su plasmación en momentos y lugares distintos, dando así origen a las nociones de Zeitgeist y de Volkgeist. Por otro lado, viene bien recordar ahora una distinción que elaboré en otro momento11 entre (entre otras) la cultura científica y la cultura artística. La primera sería mucho más predecible, más jerarquizada y de mucha más fácil transmisión que la segunda. Si cruzamos ambas distinciones nos percatamos de la riqueza que está envuelta en el relativismo cultural, ya que su discusión puede abarcar, si así lo deseamos, temas muy diversos que van desde la moda, la sensibilidad de los tiempos, el nacionalismo, la política en general, el apoyo y la financiación de las ciencias y de las artes, la superstición, los ritos y casi cualquier cosa. Si chador sí o chador no, el derecho de los talibanes a cubrir a las mujeres u otras cosas son ejemplos de una discusión fundamental acerca de si hay diálogo posible entre las culturas o sobre si cualquier cultura vale lo mismo que cualquier otra.

Esto lleva inmediatamente al problema del multiculturalismo, al que dedicaré unos comentarios basados en trabajos12 anteriores antes de pasar a examinar el problema del papel que puede jugar la disidencia.

No parece caber duda alguna de que entornos distintos pueden generar culturas distintas y de que incluso entornos parecidos pueden, sin embargo, incentivar el desarrollo de usos y costumbres muy diversos. De ahí que cuando se concibe así la cultura cabe hablar de multiculturalismo y de pluralismo cultural, dos expresiones que denotan propuestas alternativas para lidiar con la coexistencia de conjuntos diversos de normas, valores e instituciones. Este problema, que ha alcanzado una relevancia inusitada entre nosotros en conexión con el problema de la inmigración, no es de fácil comprensión ni de solución evidente. Quizá una visión de economista contribuya a enriquecer la distinción y a aclarar un poco las cuestiones.

Aunque el problema es tan antiguo como el mundo, su origen más inmediato se encuentra en los años sesenta del pasado siglo. En efecto, los diversos movimientos de esa época nos confrontaron con la posibilidad de ser uno mismo sin dejar de participar en una (contra)cultura que no por enfrentarse a la prevalente o por libertaria dejaba de ser comunitaria: una forma alternativa de vivir en común con sus valores nuevos, sus instituciones rompedoras y sus normas flexibles. Diversos avatares llevaron estos movimientos de raíces frankfurtianas desde su plasmación americana en los sesenta/setenta, y a través del feminismo, hasta los ochenta, en que convergieron en un relativismo exacerbado en el que no cabe una metodología neutral, y no culturalmente contaminada, desde la que juzgar las diversas culturas y en el seno del cual los «estudios culturales» y los «estudios de género» ocupan lugares de privilegio en los planes de estudios de las universidades estadounidenses. Este origen inmediato del multiculturalismo tiene mucho que ver no sólo con el feminismo, sino también con el problema racial y con la inmigración.

El conocimiento de estos hechos cercanos y elementales debería habernos permitido a los europeos estar preparados para la avalancha que se nos viene encima. Pero no ha sido así, al menos en España. El libro de Sartori (La sociedad multiétnica, Taurus 2001) nos desconcertó cuando apareció al advertirnos de que la permisividad del multiculturalismo puede ser muy debilitadora de la democracia porque, al admitir por principio cualquier cultura, ideas antidemocráticas propias de culturas y religiones específicas se nos aparece­rían tan legitimadas como las democráticas. Cosa muy distinta y admisible para Sartori sería el pluralismo cultural que, a pesar de jerarquizar las ideologías de acuerdo con la cultura prevalente, permite, tolera e incluso fomenta el roce entre diversas culturas, en la esperanza fundada de que el mestizaje emergente será algo bueno o, al menos, aceptable. En este ambiente intelectual no es de extrañar que el, a la sazón, director del Foro de la Inmigración, Mikel Azurmendi, escandalizara a los senadores cuando les espetó que «el multiculturalismo es la gangrena de la democracia».

Quizá haya que matizar esa opinión, pero que el problema es serio se pone inmediatamente de relieve si enfrentamos un caso especialmente chocante, cual es la decisión de una pareja de mujeres sordas de intentar -y lograr- tener, mediante inseminación artificial, hijos sordos. Los hechos son como siguen, de acuerdo con la noticia de El País (9 de marzo de 2002): «Sharon Duches­ neau y Candace McCullough, terapeutas mentales licenciadas por la Universidad de Gallaudet que sólo acepta estudiantes sordos, son lesbianas y forman pareja desde hace ocho años. Ambas son sordas. Y cuando quisieron tener hijos por inseminación artificial, tomaron una decisión muy polémica: eligieron que también fueran sordos». La madre, Sharon, dice que «la gente sorda hace que la sociedad sea más diversa y por tanto más humana». Su compañera Candace afirma que «la sordera es una forma de normalidad, distinta de otras normalidades, pero no inferior». Estas afirmaciones pueden quizá resultar inocuas en la comunidad de sordos que se ha creado alrededor de la mencionada universidad, pero son chocantes para alguien que represente cualquier otra normalidad. Sin embargo, el artículo de El País nos da algunas pistas. Esta comunidad de sordos, en efecto, «se relaciona intensamente entre sí y sólo ocasionalmente con oyentes». Esta comunidad «no cree que la sordera sea una minusvalía», sino más bien la característica central de una «cultura», una «identidad». Estos hechos, declaraciones de las protagonistas y comentarios periodísticos parecen configurar un ejemplo paradigmático de multiculturalismo.

Este ejemplo extremo exige que tratemos de aportar claridad al debate entre multiculturalismo y pluralismo cultural. Quizá se pueda aportar algo de luz desde la Economía. Veámoslo. El paradigma ortodoxo de la Economía moderna está centrado en la interacción indirecta de los agentes individuales en el mercado y representa un ejemplo evidente y artificioso de pluralismo cultural. Cada individuo, que podría representar una cultura diferente, interacciona con otros muchos individuos, y por ende con muchas otras culturas, bajo las reglas del mercado. De esta interacción sale algo que no coincide con la voluntad exacta de ningún agente, pero que configura una realidad socioeconómica aceptable por todos. El economista es, pues, un pluralista avant la lettre. Claro está que se podría argüir que la idea de cultura a la que se refiere el debate del multiculturalismo no encaja bien con una referencia individual, pero el economista tiene también cosas que decir cuando hablamos de grupos. Si cualquier grupo de agentes económicos puede considerarse como una cultura potencial, sabemos, a través de una interpretación ad hoc del teorema de equivalencia, que, aun pudiendo aislarse en sí mismas, todas esas culturas potenciales convivirían tranquilamente cuando el sistema económico esté en su equilibrio competitivo. Es este un gran ejemplo de pluralismo cultural aunque, una vez más, podría dudarse de la aplicabilidad de la idea de coalición de agentes al debate sobre cultura, ya que éstas hacen referencia a valores, instituciones y normas del grupo que están ausentes explícitamente en el concepto de coalición. Pero también sobre esto pueden decir, y dicen, cosas los economistas que han desarrollado recientemente lo que Durlauf y Young (Social Dynamics, MIT Press, 2001) llaman la Nueva Economía Social y que estudia la interacción directa entre agentes no mediada por el mercado. Esta rama nueva de la Economía trata de aplicar métodos matemáticos propios de la mecánica estadística a la interacción entre individuos pertenecientes a varias clases, heterogéneas entre sí, que acaba dando origen a características agregadas robustas (que llamaríamos señas de identidad cultural) que dependen de cómo sean esas clases de individuos y de cómo interaccionen esos individuos heterogéneos. Esta manera general y novedosa de conceptualizar el funcionamiento económico de un grupo parece de­ sarrollada a propósito para modelar la dinámica de lo que aquí he denominado el pluralismo cultural.

Retomemos ahora el ejemplo de la pareja de sordas. No sería razonable negarse a admitir que el ejemplo de la pareja de sordas implica un rechazo explícito del pluralismo cultural (que habría permitido que el azar determinara las características auditivas de los hijos) y una afirmación orgullosa del multiculturalismo (que hace de cada cultura un mundo cerrado con identidad propia del que sus miembros no quieren salir). Sin embargo, el caso admite un re-examen. No creo, en primer lugar, que el caso sea un ejemplo paradigmático de multiculturalismo, aunque admito que revela abruptamente la forma estadounidense de abordar el pluralismo. Que no se trata de un apartheid en estado puro se trasluce en cuanto nos enteramos por el artículo citado de que el caso ha transcendido la propia comunidad de sordos, ha saltado a un medio tan común como The Washington Post y ha generado una polémica nacional con intervenciones, supongo que entre otras, de una profesora de bioética de la Universidad de Wisconsin y de la Asociación Nacional de Sordos, que no comparten la postura de la pareja formada por Duchesneau y McCullough. Pero, en segundo lugar, el caso ejemplifica muy bien una de las maneras polares de entender el pluralismo cultural en Estados Unidos como algo que es natural y enriquecedor. El otro polo del debate estaría representado por el ya fallecido Bloom, profesor de clásicas en Chicago, conservador pertinaz y personalidad insó­lita (resaltada en el homenaje póstumo que hace unos años le dedicó Saul Bellow en Ravelstein, su última novela), quien en un libro devastador e inteligentísimo (The Closing of the American Mind) denunció hace más de veinte años la nefasta influencia que el pensamiento europeo, heredero de Nietzsche y elaborado por Heidegger y otros peligrosos pensadores, habría tenido en la forma de ser y de pensar de los americanos que no supieron atenerse a su pragmatismo filosófico y lo pervirtieron convirtiéndolo en un compañero de viaje del nihilismo y del funesto relativismo propio de la decadente cultura europea. Entre estas dos formas polares de entender el pluralismo cultural, ninguna de las cuales me gusta, tiene su sede natural el tratamiento «económico» del pluralismo propio de la Nueva Economía Social. Se trata de modelar el tejer y destejer de redes de personas que conforman comunidades más o menos centradas en identidades múltiples y cambiantes. Tal como hemos visto a lo largo de todo este capítulo, unas comunidades serán estables y otras no, unas identidades permanecerán y otras se disolverán dependiendo de factores como el tamaño de las comunidades de que se trate, la forma en que individuos de diversas comunidades interaccionan entre sí y la manera en que se cortan y se establecen conexiones entre sus miembros. En la sociedad del conocimiento en la que ya estamos es muy difícil que se puedan mantener culturas estables y cerradas en sí mismas. Sabemos demasiado unos de otros y de nuestras respectivas culturas como para que no se den las condiciones que permitan el pluralismo propio de esa Nueva Economía Social. Es el enfoque que subyace a éste el que puede servirnos para atacar ahora el papel que juega la disidencia en este pluralismo cultural.

Miremos, para terminar, al papel de la disidencia. Introduzcamos estocasticidad en el juego evolutivo que nos sirve de hilo conductor. Permitamos que los individuos no jueguen siempre su mejor respuesta a la experiencia pasada, que se aloquen un poco y tiren un dado. Esta especie de experimentación (o la tolerancia a la experimentación) permite que el relativismo desaparezca. Deseo interpretar esta experimentación no tanto como posibles errores del individuo, sino como expresión de sus dudas y pensar que esas dudas han surgido en él por el trabajo crítico de su entorno. Hablemos pues de crítica como la actividad propia del disidente13.

Una primera manera de mirar la crítica es considerar su función como eso que hacen las ciencias formales: mirar las cosas de otra manera. Las matemáticas son el paradigma de esto, aunque no quiero decir que esto agote su contenido. Esto es muy corriente en la llamada Ciencia Económica. Pondré dos ejemplos de colegas míos. Salvador Barberá en un artículo de divulgación en el que elogia al prematuramente fallecido premio Nobel Vickery, por haber descubierto las virtudes de la subasta al segundo precio (en que el objeto va a quien más ofrece por él pero el precio es el del segundo), nos dice que «esta sencillez es pura apariencia. La realidad está ahí y la vemos todos. Ellos ponen la mirada. Ver lo obvio con nuevos ojos y cambiar la forma de mirar de los demás es el privilegio de los grandes investigadores».

Quizá esta opinión no debiera chocarnos al venir de alguien que es un científico formal y que no se siente inclinado hacia la experimentación científica. Sin embargo, Juanjo Dolado, que es un científico social aplicado y que efectúa tests de todo, dice, en un trabajo no publicado cuando lo leí hace años y dedicado a exponer las eventuales ventajas de un salario mínimo en contra de la ortodoxia, que «a los economistas les encanta atacar viejas ideas aparentemente bien fundamentadas y asumidas por gran parte de la profesión y que sin embargo se tambalean en cuanto se cuestionan algunos de los fundamentos clave que sirven de soporte a las mismas».

Antes de que cualquier científico duro me diga que mi intento de salvar la crítica por sus analogías con la Economía es prueba de la debilidad de ésta, déjenme decirles que Niels Bohr debía de tener una concepción parecida de la física teórica cuando afirmaba que «es un error creer que la tarea de la física es descubrir cómo es la naturaleza. A la física le concierne lo que podemos decir sobre esa naturaleza».

Las citas mencionadas son suficientes para justificar la importancia de la crítica y, en consecuencia, el valor de la disidencia14. Para terminar relacionaré esto con el mecenazgo al que ya me he referido en el capítulo 4. El fomento de la disidencia no entra en la lógica pública. Tampoco en muchas de las lógicas privadas. Sin embargo, ésta es, a mi juicio, precisamente la lógica de las fundaciones, o del mecenazgo en general. Tal como ya comentamos, el mecenazgo no debe ser considerado la culminación de la sociedad civil que acaba sustituyendo al mercado por el mecenazgo y al interés propio como organizador social por la generosidad. Mucho más acorde con la Historia es considerar al mercado como el culmen de la sociedad civil y al mecenazgo como una forma de «socializar» la cultura, de transformarla de un bien exclusivo en una mercancía para todos. Que el mecenazgo fomente la crítica, que así florezcan infinidad de experimentos, me parece la única forma que hoy tenemos de encarar el relativismo de la cultura.

RESUMEN

En la primera parte de este intento de perfilar el capitalismo que viene, discutíamos dos nociones, la de identidad y la de fraternidad que, junto a la de rebeldía (que contribuía a caracterizar la óptima estrategia científica) conforman la trama oculta de este capítulo que cierra la segunda parte. La identidad es una noción necesaria para entender un tipo de racionalidad distinto al que corresponde a la racionalidad instrumental y, por otro lado, está sujeta, en su plasmación real, a la influencia de las TIC que podrían muy bien generar una especie de movimiento continuo de formación, destrucción y reconstrucción de identidades. La fraternidad, por su parte, resultaba ser un concepto polimorfo que, disfrazado de gusto por estar juntos o de otros conceptos menos plásticos, jugaba el importante papel de mantener unido a un conjunto de agentes que, de esta forma, llegaban a conformar una verdadera comunidad en la que esas TIC colaboraban a conformar diferentes estilos de vida. La rebeldía, finalmente, constituiría la mejor estrategia para elaborar el conocimiento científico, sin el que no se entiende la sociedad que va a albergar al sistema capitalista de los próximos años, en los que el valor añadido relevante va a venir precisamente del conocimiento.

Pues bien, en este capítulo que cierra esta segunda parte, estas tres nociones se unen y acaban perfilándose con mayor nitidez tanto en sí mismas como en las relaciones que las unen entre sí. La fraternidad recibe un tratamiento exhaustivo con su origen en la teoría de los juegos evolutivos y aparece al mismo tiempo como la práctica de los contactos en que los miembros de la comunidad aprenden y como las reglas de conducta que acaban imponiéndose como resultado de esos contactos. Son estas reglas de conducta las que definen la identidad de diversos subconjuntos y es la rebeldía de algunos individuos la que inicia los contactos que ponen en juego y remueven las pautas conductuales admitidas y las van transformando hasta que acaban configurando cierto óptimo que dota a la fraternidad de sentido.

Aunque estas nociones, especialmente cuando uno trata de mirarlas de una manera unificada, aparezcan demasiado básicas para ser útiles a efectos de dibujar el futuro económico, éste no es el caso. Las tres ideas fuerza -nuevas tecnologías, sociedad del conocimiento y globalización-, cuyas consecuencias sobre las instituciones básicas del capitalismo intentamos dilucidar, tienen en este capítulo mucho que decir.

En primer lugar he querido destacar que las TIC van a contribuir a la velocidad con que se experimentan nuevos memes potenciales, generando así una especie de olla a presión en la que se cuecen continuamente un futuro posible pero imposible de predecir. Una situación así, que ha dado en llamarse multiculturalismo, no puede ser una formación social estable y es de esperar que lo que prevalezca sea un pluralismo cultural que podríamos llamar mestizaje. Parece evidente que las estrategias comerciales tendrán que ser cambiantes y dirigidas por quienes posean el conocimiento adecuado para reconocer las tendencias antes que otros.

En segundo lugar, en este capítulo he tratado de pensar con cierta profundidad en el impacto de la inmigración que la globalización hace inevitable a través de la deslocalización industrial y de la libertad de movimientos de personas en áreas cada vez más vastas. Esta inmigración plantea el multiculturalismo al que ya he hecho referencia. A pesar de los fantasmas que se han levantado a su alrededor, creo que el capítulo muestra que, por influencia de las TIC y porque el conocimiento va sustituyendo a la superstición, esos fantasmas no pueden contribuir al aislamiento de cada cultura, sino que finalmente desaparecerán bajo el peso de la evidencia de la ventajas del mestizaje. Sin embargo, la heterogeneidad en las comunidades que podemos esperar plantea lo que en el texto se denominaba el «dilema progresista», un dilema que aspiraría a la, aparentemente imposible, existencia conjunta del Estado del Bienestar y de la diversidad. Parece que en comunidades heterogéneas el deseo de contribuir públicamente a la provisión de bienes públicos es menor que en comunidades homogéneas. En la medida en que las TIC y el conocimiento propician el mestizaje el problema es menor, pero merece la pena llamar la atención sobre él para poner en juego la noción de diversidad.

La diversidad, en efecto, es un concepto que nace naturalmente de la forma en que hemos tratado de pensar el ámbito propio de la fraternidad. Hemos subrayado que la diversidad, a pesar de la dificultad que acabamos de mencionar, puede ser una fuente de sentido para convertir una comunidad fraternal (es decir, con pautas conductuales aceptadas) en una verdadera polis. Pero hay algo más que decir al respecto, porque es esta diversidad la que incuba la rebeldía y es esta rebeldía la que constituye el motor del conocimiento. Es el rebelde el que experimenta y consigue finalmente que sobrepasemos el relativismo cultural propio del multiculturalismo y caminemos hacia pautas conductuales comúnmente aceptadas aunque puedan no ser comunes para todos. Es este pluralismo conceptual el que, para cerrar el círculo, emparejará y enriquecerá el conocimiento.

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Notas

1 . Se trata de «Una reconstrucción de la fraternidad aristotélica mediante la teoría de los juegos evolutivos», artículo que surgió en parte como respuesta al de Domènech en Isegoría. Este autor ha publicado muy recientemente una especie de tratado sobre la cuestión de la fraternidad.

2 . Este teorema, de los más famosos de la Economía Neoclásica, hunde sus raíces en Edgeworth y recibió su formalización precisa en los años sesenta de la mano de Auman (1964).

3 . Esa sugerencia está en Auman (1988) y fue utilizada, para entender algunas cuestiones económicas sutiles relativas al sesgo inflacionario, en Urrutia (1996).

4 . Ver Domènech (1993).

5 . Como el que he realizado en Urrutia (1995).

6 . Las páginas siguientes son una lectura lo menos técnica posible de la parte principal del artículo citado en la nota 1.

7 . La cita es de Aristóteles en su Ética Nicomaquea VIII, 1155 a 2025.

8 . Ver Urrutia (2004).

9 . Llamo la atención sobre la relación de estas ideas con lo que en el capítulo 3 llamé la estrategia investigadora óptima, rebelde y experimentadora. Además creo intuir que el conocimiento propio de la denominada «sociedad del conocimiento» se parece a este conocimiento orgiástico propio de la naturaleza y que recuerda los planteamientos sobre gratuidad que realicé en ese mismo capítulo.

10 . Ésta es una especie de definición que introduje en Urrutia (1988).

11 . Ver Urrutia (1995).

12 . Aquí me refiero a los dos artículos sobre muticulturalismo que aparecen en Economía en porciones: «Multiculturalismo, pluralismo y teoría económica» (pp. 58-61) y «El multiculturalismo revisitado» (pp. 61-65).

13 . Además de las formas de crítica que examino a continuación, no me resisto a citar aquí lo que Sloterdijk considera verdadero pensamiento, aquél practicado por un autor digno de tal nombre. Su descripción iluminada se aplica con precisión al disidente al que yo me quiero referir. Dice Sloterdijk: «Los autores altamente cualificados hacen y dicen cosas inauditas, difíciles de oír, experimentan con tesis viejas y nuevas en el terreno lógico y estético, ponen a prueba sus tomas de posición. […] Un autor es un laboratorio para piezas más complejas, para las ideas poco practicadas. […] Existe una relación directa entre la grandeza de un autor y la peligrosidad de las materias temáticas que procesa y domina. De lo inofensivo sólo brota lo inofensivo, de lo peligroso brota el pensamiento» (énfasis mío, J. U.).

14 . Quizá merezca la pena mencionar que las TIC han «hecho» a los hackers y que éstos, al menos de momento, no son inofensivos y representan al disidente.