El Capitalismo que viene «PARTE IV»

Política económica y humanismo

De hecho, he terminado mi tarea. Pretendía explorar la influencia en las instituciones básicas del capitalismo (propiedad, empresa, mercado y Estado) de la globalización, la sociedad de la información y la utilización de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), así como de sus posibilidades a la luz tangencial de la Teoría Económica contemporánea. La tarea ha sido realizada en estos términos precisos, lo que ha exigido que tocáramos algunos asuntos que, aunque no estaban en la agenda principal, eran necesarios para la elaboración de los temas específicos que queríamos pensar y que, finalmente, han resultado ser asuntos de interés en sí mismos. En particular quiero mencionar al agente individual cuyo análisis me ocupó toda la primera parte. Es obvio que aunque no haya considerado a este agente individual como una institución básica del capitalismo, no hay capitalismo sin su presencia como consumidor, productor o intermediario, y en consecuencia no sólo él mismo está tocado por las novedades cuyos efectos queremos explorar, sino que esos efectos dependen crucialmente de su actuación. Esta actuación está condicionada por la información, el segundo de los temas que hemos explorado por su importancia intrínseca y como herramienta del análisis. El tercero de los temas a los que no nos dirigíamos directamente en principio era el que en la segunda parte denominamos ámbito, rúbrica ésta bajo la cual apuntamos a una correlación precisa entre el ámbito geográfico y humano en el que se desarrolla la actividad económica y el conjunto de normas, costumbres e instituciones que delimitan ese ámbito.

Es justamente este tercer asunto tangencial el que da pie, en esta Parte IV, a encuadrar algunas ideas que tienen que ver con la política económica y el humanismo. La política económica pone en juego no sólo la actuación del Estado, sino la capacidad de ese Estado, una institución en sí mismo, para originar convenciones que se autosostienen (o para garantizar el cumplimiento de aquellas que no tienen esa cualidad) y que constituyen el paisaje normativo e institucional en el que se desarrolla la actividad económica en el capitalismo. Si, para cerrar el círculo, volvemos a mirar al individuo, se impone su reconsideración de forma que detectemos una tensión permanente entre el individualismo y el holismo y se imponga su concepción como un haz de yoes. El sistema económico no puede funcionar, y desde luego no puede ser comprendido, sin prestar atención a los agentes individuales, pero éstos no son lo que son ni actúan como actúan a partir de la nada (ex nihilo), sino que son y actúan por razones condicionadas por la interacción entre sus diversos yoes y por la naturaleza y estructuración del conjunto en el que se desenvuelven y en el que observamos desde la violencia mutua más descarnada hasta la más excelsa compasión, pasando por formas diversas de cooperación.

Pues bien, de estos otros asuntos quiero hablar en esta última parte de El capitalismo que viene: política económica y humanismo. Cada uno de ellos será analizado usando unas dosis relativas de teoría y de novedades (globalización, información y TIC) distintas a las utilizadas en las tres partes anteriores. La importancia de las novedades es aquí sobre todo indirecta. Es cierto que la globalización condiciona las formas de ejercer la política económica o las posibilidades de mantener estados de bienestar diferenciados, pero estos problemas están más directamente relacionados con asuntos como la asimetría informacional o la evolución de las convenciones de actuación, que son los que directamente están relacionados con, por ejemplo, las TIC. Aunque no cabe duda de que el ser humano va a cambiar con los choques culturales que trae consigo la globalización, con el uso de las TIC y con la posición en que le coloque la Revolución de la Información en el mundo de la producción y la creación de riqueza, lo crucial es preguntarnos por la naturaleza y el destino de ese ser humano de personalidades múltiples que no sabemos si está en el centro del sistema (o de la creación, como dicen otros con mayor ampulosidad) o si es una pieza funcionalmente reemplazable de un sistema que cuida de sí mismo. Y es aquí donde hay que hacer jugar no sólo las ideas de la primera parte, sino también las ideas relacionadas con las nociones evolutivas que hemos desarrollado al hablar del ámbito del sistema.

A continuación de esta cuarta parte, en el Epílogo, trataré de remachar algunas conclusiones y apuntar una forma distinta de vernos a nosotros mismos. Si hay una conclusión que debe ser subrayada es precisamente esta tensión entre el individuo nuevo y el sistema global y tecnológico. Una tensión que adquiere dimensiones diferenciadas y novedosas cuya exploración va a exigir el despojamiento de nuestra inercia convencional. Lo que se vislumbra en un horizonte, quizá lejano pero no tanto como para no elucubrar sobre él, es un mundo desarrollado en su totalidad en el que la escasez ha sido vencida hasta cierto punto, aunque sigan funcionando las leyes económicas propias del sistema de mercado o capitalista. Sin embargo, los costes de transacción son tan bajos y la información tan generalizada, abundante y simétrica que la política económica es efectivamente inoperante y el sistema adquiere su propio ritmo. La antigua ambición humana de controlar la naturaleza o la sociedad se desvanece en este último caso, pero esta aparente derrota del espíritu de la modernidad se torna una victoria postmoderna. El sistema económico y su protagonista individual se influencian mutuamente y bien podríamos decir que el sistema, formado por un conjunto de convenciones sociales o memes, funciona de manera tal que los individuos vamos ayudándolo a mantener esos memes o a generar nuevos. El resultado visto desde el punto de vista de los individuos es que el mundo es una gran máquina estocástica, un paseo aleatorio impredecible e incontrolable al que sólo cabe adaptarse. La buena noticia en un mundo así, que podría parecer siniestro, es que hay siempre alguna faceta de nuestro yo que está adaptada a lo que ocurre en cada momento y que, más o menos, todos vamos a disfrutar de nuestro gran momento en un mundo en el que no se puede mantener una posición de privilegio de manera permanente. Es decir, cuando lleguemos al final de esta última parte de El capitalismo que viene, habremos descubierto que lo que nos espera es un mundo impredecible e incontrolable con el que sólo se puede jugar, en el que la política está siempre presente a su manera y en el que, de manera sorprendente, la igualdad de oportunidades brilla continuamente por su presencia en un sistema económico que funciona solo y como un tiovivo continuo ante la mirada atónita de un niño que no sabe lo que hacer consigo mismo.

Capítulo 13 : La política económica

No se puede hablar hoy del capitalismo, aunque sea el que se avecina, sin intentar vislumbrar cómo va a ser la política económica. Queremos saber si en el capitalismo que viene el margen de maniobra de los gobiernos va aumentar o disminuir y si la red de seguridad denominada Estado del Bienestar va a debilitarse o a reforzase en general y si caben opciones sostenibles. Si preguntáramos por estas cosas a un operador social no especializado en la reflexión económica, nos diría, por un lado, que vamos hacia un mundo en que la política económica estará dirigida por un automatismo que elimina los grados de libertad con los que funciona de hecho hoy, así como las incertidumbres de los operadores, y por otro lado que hay que reducir el tamaño del Estado del Bie­nestar para hacerlo sostenible, que esta reducción necesaria será bienvenida porque incentiva el trabajo, desincentiva el ocio y es crucial para la creación de riqueza, y que en cualquier caso no podrá evitarse en ningún área específica dada la situación de interconexión en que nos coloca la globalización.

En este capítulo pretendo comenzar a poner en duda esta rutina intelectual adquirida, tratando de mostrar por qué creo que nos dirigimos a un mundo en que el capitalismo tendrá que afrontar la desagradable noticia de que no hay manera de reducir la incertidumbre mediante reglas de política económica, pues estas mismas reglas pueden ser abolidas y sustituidas, y en el que, como veremos en el siguiente capítulo, cabrá la heterogeneidad de estados de bienestar aunque la forma que adopta cada uno en un área geo­gráfica-política determinada quizá no sea permanente, ensanchándose aún más la incertidumbre.

En la primera sección del capítulo presente divagaré sobre el problema nunca bien resuelto de la teoría monetaria, pero con la mera intención de introducir algunas regularidades empíricas de la política monetaria que ponen en duda algunas ideas convencionales. Ello me permitirá introducir el papel de los bancos centrales en conexión con el sesgo inflacionario y criticar el pensamiento ya convencional que se ha elaborado al respecto.

En la segunda sección plantearé el asunto crucial, no contemplado generalmente, de la adquisición de la reputación antiinflacionaria y de la accountability. Lo haré en el contexto de la creación del Banco Central Europeo (una institución de diseño producto de la globalización), pero el análisis y sus conclusiones son generales. Veremos también las formas sutiles en que están relacionadas la reputación del BCE, la accountability de su actuación y la política fiscal y las implicaciones que todo ello tuvo para el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, implicaciones que, más allá de las discusiones específicas sobre consolidación fiscal, ponen en entredicho la aparentemente bien establecida tendencia a coordinar las políticas fiscales.

Todas estas ideas, aunque limitadas a la política monetaria y a la política fiscal (y aun habiendo pospuesto hasta el capítulo siguiente la discusión del Estado del Bienestar), me permitirán elaborar, en la tercera sección de este capítulo, un esbozo de la naturaleza que entiendo va a adquirir la política económica en el capitalismo que viene.

POLÍTICA MONETARIA Y BANCOS CENTRALES

La noción de dinero, en cualquiera de sus formas históricas, siempre ha representado un problema conceptual de difícil solución y que a estas alturas puede ser expresado con contundencia. Se trata de entender cómo es posible que algo que llamamos dinero y que sirve como unidad de cuenta, medio de cambio y depósito de valor tenga un precio mucho mayor que el que se pagaría por ese bien físico o virtual que no posee ninguna cualidad intrínseca que justifique su aceptación a ese precio. Más técnicamente hablando, se trata de la inexistencia de un modelo canónico de equilibrio general monetario en el cual surja un equilibrio con el precio del dinero positivo por razones que no sean ad hoc. Hay mucho escrito al respecto desde hace mucho tiempo, pero no es este problema intelectual del que me quiero ocupar ahora.

Teoría monetaria y política monetaria

Lo que me preocupa un poco más ahora es la coherencia entre la teoría monetaria a la que me refería y la política monetaria cuya ejecución recayó en un momento histórico determinado en el Estado o en su agente, el Gobierno, eliminando así la competencia entre «dineros» puestos en circulación por diferentes intermediarios. Haré aquí algunos comentarios breves basados en un comentario a un artículo de Dreze y Polemarchakis que tuve la oportunidad de efectuar.1

A efectos de entender algunos comportamientos recurrentes observados en la política monetaria, los autores mencionados emplean un modelo de Arrow-Debreu con dinero de la modalidad que se denomina inside porque corresponde exacta y solamente a la contrapartida de la deuda emitida por los agentes económicos para poder trasladar poder de comprar en el tiempo. Nada de esto debe resultar extraño al lector porque el modelo de Arrow-Debreu ha estado presente en primer plano de los dos capítulos que se dedican al mercado en la parte III de este volumen y que nos permitieron, al hablar de la especulación, explicar por qué el dinero fiduciario u outside no podía tener un precio positivo (es decir, ser capaz de comprar otras cosas y ser, por lo tanto, admitido a cambio de esas cosas) a no ser que fuera el resultado de una burbuja especulativa. Ahora podemos añadir que ese comentario era correcto siempre que el horizonte en que se mueve el modelo de Arrow-Debreu fuera finito y no hubiera ningún otro tipo de rozamiento. El rozamiento específico que introducen Dreze y Polemarchakis es el más adecuado a la naturaleza del dinero, sea inside u outside, como medio de cambio. Se trata de la restricción cash-in-advance, que desde que la explicitó Clower ha sido utilizada profusamente por su simplicidad. Si es necesario tener dinero para realizar las transacciones (que no pueden efectuarse sin su mediación), el precio del dinero es positivo aun con horizonte finito. Pues bien, en este contexto y tal como explicitaba en mi comentario, podemos descubrir efectos reales de una verdadera política monetaria que no consiste en una modificación esporádica de la oferta monetaria, sino en una regla contingente, explícita o implícita y más o menos simple, que específica la evolución de ese oferta monetaria y que, en la sociedad de la información y con ayuda de las TIC en manera alguna puede mantenerse oculta aunque sea implícita. Los siguientes efectos reales corresponden a un rozamiento adicional específico y explican algunas creencias y prácticas de los banqueros centrales.

En primer lugar, tenemos que con mercados incompletos (de los que hemos hablado extensamente en los capítulos citados dedicados al mercado) la «equivalencia ricardiana» sólo es parcial, por lo cual hemos de esperar que cambios en los tipos de interés nominales tengan efectos reales, tal como presumen los banqueros centrales en su práctica habitual y digan lo que digan. En segundo lugar, tenemos que, en un mundo sin equilibrio, las interacciones entre distintos sectores de la economía hacen que aumentos de los tipos de interés nominales a corto plazo reduzcan la actividad, pero también la inflación, validando de esta manera la creencia de los banqueros centrales inferida de su práctica. Y en tercer lugar, volviendo a un mundo con estructura incompleta de mercados, podemos justificar el intento de los banqueros centrales de reducir la volatilidad de la inflación porque existe la posibilidad de hacerse y porque si se hace mejora la asignación de riesgos.

Estos comentarios que trataban de explicar el comportamiento de la autoridad monetaria, tal como se observa, dan por hecho que, en presencia de las rigideces necesarias para esa explicación, el dinero no es neutral a pesar de que esa neutralidad es un resultado recurrente en teoría monetaria desde la síntesis neoclásica de Patinnkin a las elaboraciones de Friedman y Lucas, a las que volveré más adelante.2 La manera más adecuada de entender esa no neutralidad, además de los rozamientos mencionados, es notar que ante la multiplicidad de equilibrios existentes en esta versión monetaria del modelo de Arrow-Debreu debida justamente a la racionalidad de las expectativas, la regla de política monetaria lo que hace es seleccionar uno de ellos, uno diferente para cada regla. Mantengamos esto in mente y pasemos a preocuparnos del sesgo inflacionario que puede derivarse de una regla de política monetaria que no es creíble por problemas de credibilidad intrínsecos de alguna de las decisiones contingentes que están implícitas en esa regla.

Sesgo inflacionario y bancos centrales

Dejemos ahora de lado el problema de integración entre la teoría monetaria y las prácticas de las autoridades monetarias, que es un problema microeconómico, y pasemos a ocuparnos del aspecto macroeconómico de la política monetaria. Sabemos que la política monetaria no tiene, en principio, efectos reales a largo plazo y sabemos, también en principio, que es un determinante fundamental de la evolución del nivel de precios. Como a corto plazo puede tener efectos reales y como la inflación es un problema serio que pone en jaque no sólo la competitividad externa de un país, sino también el funcionamiento suave de la actividad económica interna e incluso la distribución, no es de extrañar que la experimentación social haya llevado a implantar instituciones especiales como son los bancos centrales. Ahora voy a tratar de explicar, utilizando un ejemplo que ya he utilizado desde el capítulo 1, el porqué de los bancos centrales, aunque esta vez voy a añadir mi afirmación de que no son necesarios ni suficientes, una afirmación que es importante para mi estrategia general de poner en entredicho las ideas convencionales sobre los beneficios del carácter reglado de la política económica.

Consideremos el siguiente juego que se juega entre un Gobierno (G) que controla el nivel de precios y un sindicato (S) que controla el salario nominal, pero que también se preocupa por el empleo, inversamente relacionado con el salario real, y en el que ambos jugadores carecen de «capacidad de compromiso». Supongamos por un momento que el sindicato sólo está interesado por el empleo y no por el salario real. Estas preferencias específicas del sindicato junto a las del Gobierno pueden dar origen a una matriz de pagos como la siguiente:

G

S

=

+

=

A

(5, 7)

B

(10, 10)

+

C

(0, 0)

D

(5,5 )

Lo primero que observamos es que B es el equilibrio de Nash y que ahora, al dominar todas las demás soluciones, es creíble a pesar de la falta de capacidad (técnica) de compromiso por parte de S o de B. Lo segundo que hay que hacer notar es que B no corresponde a inflación cero, sino a una inflación positiva que disminuye el salario real y mantiene un nivel alto de empleo. Nadie pensaría que esta especie de «inflación» es nociva.

Pensemos ahora, sin embargo, en el mismo juego con una sola diferencia. Ahora el sindicato está interesado en el salario real y no sólo en el empleo. Estas preferencias sindicales son consistentes con la siguiente matriz de pagos:

G

S

=

+

=

A

(10,7)

B

(0, 10)

+

C

(6, 0)

D

(10,5 )

Es obvio que la solución D es el único equilibrio de Nash. Es el único equilibrio de Nash porque ninguno de los dos jugadores quiere cambiar de estrategia cuando se encuentra en D, algo que no pasa en ninguna de las otras situaciones en las que algún jugador sí quiere variar su estrategia. También debería ser obvio que A domina a D pero que A no puede sostenerse, ya que G no posee capacidad (técnica) de compromiso y sin ella A no es creíble a la vista de la tentación, no resistible por parte de G, de pasarse a B jugando su segunda estrategia (+). Vemos cómo aparece lo que se llama el sesgo inflacionario, algo que deberíamos tratar de eliminar, aunque el salario real permanezca constante.

El problema, en ausencia de capacidad de compromiso, consiste en cómo sostener la cooperación entre Gobierno y sindicato de forma que precios y salarios permanezcan constantes y nos encontremos sobre la tasa natural de desempleo en la situación A. A mi juicio este problema sólo puede discutirse en un contexto de juegos repetidos en que las estrategias son secuencias de = y de +, donde los resultados deben ser evaluados en un momento dado haciendo uso de una tasa de descuento temporal y donde hay que distinguir con cuidado si hay o no información completa. Lo poco que diré al respecto me permitirá sin embargo juzgar los méritos de la independencia del Banco Central.

Comenzaré por examinar una situación con información completa. En esta eventualidad caben contratos entre los jugadores en los que cada uno de ellos se compromete a respetar una estrategia condicionada a lo que hagan los demás. Estos contratos, como la información es completa, deben de ser self-enforcing, en el sentido de que las estrategias que incorporan constituyan un equilibrio perfecto del juego repetido. Pues bien, la intuición incorporada en los denominados Folk Theorems, a saber, que cualquier solución puede ser obtenida como equilibrio de un juego repetido con horizonte infinito y cierta impaciencia de los jugadores, se confirma expresamente y se puede mostrar que con no mucha impaciencia, e incluso en horizontes finitos, la solución cooperativa es un equilibrio perfecto del juego repetido.3 Podríamos decir que la mera estructura temporal es un sustituto de la capacidad de compromiso.

En estas circunstancias es incomprensible por qué hay que introducir un Banco Central aunque, si se hace, es muy fácil ver que será efectivo en principio. En efecto, supongamos que el Gobierno delega la política monetaria (y por lo tanto la inflación) en un banquero central con conocidas proclividades antiinflacionarias. Pensemos que las preferencias de este banquero central son tales que el juego instantáneo en forma normal entre Banco Central (BC) y sindicato puede representarse como sigue:

BC

S

=

+

=

A

(10,10)

B

(0,5)

+

C

(6,7)

D

(10,0 )

Como se observa, la solución A domina a todas las demás y es creíble. Nótese que (=) es estrategia dominante para ambos jugadores. En este juego repetido la estrategia cooperativa, consistente en repetir (=, =) en todos los períodos, es un equilibrio perfecto de manera trivial, ya que la estrategia (=, =) es un equilibrio creíble en el juego instantáneo. En este sentido podemos decir que la delegación es un sustituto de la capacidad de compromiso.4

Con este tipo de solución a la cuestión del sesgo inflacionario el problema es doble. En primer lugar no se entiende muy bien cómo es posible que el Gobierno no esté contento con sus propias preferencias y prefiera tener las del Banco Central; y si se aceptara esto no se comprende entonces por qué no se eleva a ese banquero central, cuyas preferencias se envidian, hasta la presidencia del Gobierno. En segundo lugar, y en cierto modo como continuación de lo que acabo de decir, no hay ninguna garantía de que el Gobierno no derogue la delegación, ya que ésta es un contrato más y sin presunción alguna de ser self-enforcing.

No es difícil concluir que, en un contexto de juegos repetidos con información completa, la solución al problema del sesgo inflacionario basada en la delegación de la política monetaria en un banquero central conocidamente conservador no es muy satisfactoria conceptualmente. Esta delegación puede no ser necesaria (ya que la mera repetición puede hacer el trabajo) y quizá no sirva (pues siempre cabe su derogación).

Esto me lleva a examinar el sesgo inflacionario en el contexto de juegos repetidos con información incompleta y a considerar la reputación como posible solución al mismo. Se puede mostrar que, incluso con horizonte finito, hay condiciones que hacen de la reputación un sustituto de la capacidad de compromiso. Pensemos que el sindicato no sabe si está confrontando un Gobierno débil (con las preferencias atribuidas al Gobierno) o un Gobierno fuerte (con las preferencias atribuidas al Banco Central). Pues bien, se puede mostrar que hay equilibrios del juego repetido que exhiben reputación y coinciden con la solución cooperativa A en todos los períodos del juego. Y esto tanto si se trata de un jugador muy paciente (Gobierno) que se enfrenta secuencialmente a otros jugadores más impacientes (diferentes sindicatos) como si trata de un único jugador grande (Gobierno) y muchos pequeños y pacientes (individuos) o, finalmente, como si se trata de varios jugadores muy pacientes (Gobierno y sindicato).5 En estas condiciones la reputación antiinflacionaria del gobierno puede ser tan grande que no se necesite un Banco Central independiente.

Se necesite o no un Banco Central, el precio de la reputación antiinflacionaria en términos de desempleo puede ser muy grande. Backus y Driffill6 aplican la noción de equilibrio secuencial (debida a Kreps y Wilson) al juego repetido que estamos considerando y muestran que dicho equilibrio puede exigir muchos períodos de alto desempleo. Esto es muy fácil de entender en el contexto del trabajo que estoy comentando. Si el sindicato no sabe si el Banco Central es como hemos supuesto que es o si es como el Gobierno, este Banco Central tendrá que «disfrazarse» de tal aunque sea como el Gobierno. Adquirir la reputación de antiinflacionista puede exigirle jugar = muchas veces, sea lo que sea lo que juegue el sindicato. Y si para probar la naturaleza del Banco Central el sindicato juega +, pueden darse períodos largos de desempleo, ya que si el Banco Central jugara + se delataría inmediatamente como no antiinflacionario y haría imposible alcanzar una solución cooperativa como la A.

No parece exagerado concluir que, en un contexto de juegos repetidos con información incompleta, la solución al problema del sesgo inflacionario basada en la reputación puede hacer innecesario un Banco Central y puede traer consigo, como precio de la reputación del Banco Central, o del Gobierno, un desempleo persistente y de dimensiones considerables.

A la luz de todos los comentarios hechos hasta aquí creo poder afirmar que la cuestión de la solución al sesgo inflacionario no puede considerarse cerrada. De hecho deberíamos seguir discutiendo los problemas y perspectivas planteados por la reputación y la delegación. Para cerrar este argumento y antes de introducir la política fiscal en el análisis, creo que merece la pena introducir una cita larga de B. Valdés7 que explica de manera muy vívida los problemas que se plantean a partir de la delegación de la política monetaria en un Banco Central: «Así pues, el Banco Central, y no el Gobierno, decide el objetivo de inflación y establece el tipo de interés adecuado para lograrlo. El ministro de Economía no podrá llamar al gobernador del banco y decirle: “Oiga, baje usted el tipo de interés un cuartillo. Oiga, no lo suba”. ¿Seguro? Bueno, puede llamarle, pero el gobernador no está obligado a obedecerle. ¿Seguro? ¿Ni siquiera cuando el ministro de Economía le dice que si no obedece le cesa? ¿Aguantará el gobernador ese tirón? Humm… Por si acaso, legislemos que, una vez nombrado, el gobernador no puede ser cesado hasta que no acabe su mandato (cuatro años, por ejemplo). ¿Y si el ministro le promete (naturalmente en privado) renovarle el mandato si obedece? Para evitar ese problema, legislemos asimismo que el cargo no es renovable. ¿Y si entonces le promete que al final de su mandato le buscará un acomodo en otro cargo? Bueno, pues añadamos que al gobernador lo elige el Parlamento y que su perfil deseable es el de un profesional prestigioso y próximo a la edad de jubilación: ninguna persona de esas características querría retirarse con su reputación arruinada por obedecer a un Gobierno, aunque sea de su mismo color político. ¿Seguro? Humm… ya puestos, dotemos al propio Banco Central de una regla de política monetaria, de modo que el gobernador esté obligado a cumplirla. Por ejemplo: “El objetivo de inflación es no pasar del 2%. Si en sus análisis económicos los expertos del Banco Central estiman que la inflación va a superar ese techo, el banco está obligado a intervenir para evitarlo”. Como éste es un mandato legal, el ministro puede llamar, prometer o amenazar cuanto quiera. Pierde el tiempo».

Aquí acaba la cita de B. Valdés, pero nos deja un sabor inquietante. Finalmente, para solucionar el sesgo inflacionario parece que no cabe más que legislar el comportamiento del Banco Central. Sin darnos cuenta hemos tenido que aceptar que si admitimos la legislación entonces podrá el Parlamento obligar al Gobierno directamente. Y la ventaja de esto es que el Gobierno es responsable ante el parlamento en los regímenes democráticos. Volveremos sobre este problema de la accountability en referencia a las relaciones entre la política monetaria y la fiscal.

REPUTACIóN DEL BANCO CENTRAL Y CONSOLIDACIÓN FISCAL

Hasta este momento lo que hemos aprendido es que no sólo las prácticas de los bancos centrales son comprensibles a partir de la teoría monetaria bien entendida, sino también que su existencia puede tener una explicación racional basada en la eliminación del sesgo inflacionario. Aunque en puridad –y es importante retener esto- estos bancos centrales no son necesarios ni suficientes para la eliminación de ese sesgo inflacionario por más que hayan adquirido además una reputación y de que esta adquisición puede ser muy costosa.

En realidad el análisis ha sido parcial porque un Banco Central está siempre condicionado por la política fiscal que él no controla y porque a lo largo del proceso de globalización es posible que no podamos considerarlo como el agente de un Estado o de un Gobierno, sino como el agente de varios estados o gobiernos, tal como ocurre en la Unión Europea a partir de la creación del Banco Central Europeo (BCE). En esta sección pretendo considerar simultáneamente los condicionantes que representan la política fiscal y la globalización para la política monetaria. Para ello me moveré en el ámbito de la Unión Europea, como ejemplo claro de globalización aunque sea parcial, y en un lapso temporal previo a la entrada en vigor del tratado de la Unión Europea, lo que me permitirá discutir, por un lado, la influencia de la política fiscal y las alternativas para su diseño, y por otro lado la forma en que la accountability del BCE puede influir en la adquisición de la re­ putación.8

Ante la entrada en funcionamiento de la tercera fase de la Unión Monetaria (UM) el 1 de enero de 1999 y la consiguiente puesta en marcha del Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC) surgió una preocupación de hondo calado. ¿Podría el Banco Central Europeo actuar con la independencia que sus estatutos, incorporados al Tratado de la Unión Europea (TUE) y basados en los del Bundesbank, le confieren formalmente?9 La sospecha de que quizá el BCE fuera un pobre sustituto del Bundesbank provenía de dos orígenes. Por un lado, tanto en su consejo de gobierno como en su comité ejecutivo habría personas que, de una manera u otra, podrían estar condicionadas por los intereses de su propio país. Por otro lado, el desbarajuste fiscal (medido por el tamaño del déficit y de la deuda) con el que previsiblemente iba a inaugurarse la tercera fase de la Unión Monetaria podría forzar una política monetaria exageradamente acomodaticia y contraria a sus objetivos estatutarios, que acabaría relegando a un segundo plano lo que en ellos es el objetivo primordial: la estabilidad de los precios.

Para sopesar los fundamentos de estas sospechas y para sugerir que el Tratado de la Unión Europea, al mantener la política fiscal a nivel nacional, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, está de hecho desactivando su presunta virulencia, procederé de la siguiente manera. En primer lugar sugeriré que la necesidad de que el Banco Central Europeo adquiera una reputación antiinflacionaria suficiente va a exigir el reforzamiento de los mecanismos de seguimiento que permiten exigirle responsabilidades (accountability).10 En segundo lugar trataré de acomodar la transparencia y la información que la accountability supone en relación con la noción de cheap-talk propia de la teoría de los juegos. De hecho, trataré de mostrar que esta noción puede ser muy útil, en el contexto de un juego repetido no virtual entre la política monetaria y la política fiscal, para entender cómo el Banco Central Europeo podría adquirir su reputación. En tercer lugar, y de acuerdo con lo anterior, ofreceré mis sugerencias básicas: que la descentralización de la función estabilizadora de la política fiscal es una aplicación del principio de subsidiaridad que tiene mucho sentido en sí misma; que, en cualquier caso, esa descentralización fiscal constituye un mecanismo de escape para las preocupaciones estabilizadoras de los estados miembros (que se ven así menos tentados a intentar manipular las decisiones del Banco Central Europeo), permitiendo de esta forma la construcción de su reputación y que, dada tal reputación, mejora la posibilidad de disciplinar la política fiscal aunque esté descentralizada. En los comentarios finales diré algo sobre los factores de los que he hecho abstracción para poder acarrear con limpieza mis sugerencias. En efecto, hasta ese punto he admitido sin discusión la independencia de los bancos centrales y sus objetivos antiinflacionarios, a pesar de los comentarios del apartado anterior. Asimismo reflexionaré sobre la conveniencia de establecer una agencia fiscal tan independiente en el ámbito europeo como ya lo es el Banco Central Europeo y reflexionaré sobre lo que se llamó el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC).

El Banco Central Europeo y el Bundesbank

La comparación entre el funcionamiento de una institución bien establecida como el Bundesbank, con unos objetivos socialmente legitimados y con una reputación sólidamente establecida, y el eventual desenvolvimiento del BCE, que tiene que construir su reputación y legitimarse, permite introducir la noción de accountability y relacionarla con la de reputación en el contexto de la discusión entre reglas y discrecionalidad en el ejercicio de la política monetaria.

Tomemos como punto de partida lo que es bien conocido respecto del Bundesbank. La hiperinflación de los años veinte, en Weimar y en los restos del imperio austrohúngaro, unida al consiguiente fracaso de las instituciones democráticas, confiere al objetivo prioritario de estabilidad de precios una legitimidad social que no ocurre en otros ámbitos geopolíticos. El Bundesbank, con su independencia, ha adquirido una sólida reputación de querer y poder tener bajo control la tasa de inflación. Con esa reputación puede muy bien permitirse el lujo de ejercer la discreción, sin necesidad de establecer reglas, e incluso de atender a otros objetivos o de ser acomodaticio. Para que este lujo sea posible parece conveniente que la accountability no constituya un obstáculo, cosa que acabaría siendo si la discrecionalidad estuviera sujeta a una enorme transparencia o si tuviera que establecerse continuamente una discusión sobre las actuaciones en base a una información detallada.

Antes de comparar esta descripción con el diseño y los problemas del BCE destacaré que, tal como he dicho, el Bundesbank ha ejercido la discreción. Recordemos, en primer lugar, que a lo largo de los avatares del Sistema Monetario Europeo a partir de Maastricht, el Bundesbank ha cedido a presiones políticas para actuar a favor de la credibilidad del sistema. Esto es bien conocido, pero lo que quizá no lo es tanto es que en dos ocasiones, a finales de los años ochenta, el Bundesbank permitió que la oferta monetaria sobrepasara los límites preestablecidos para acomodar aumentos en la demanda de dinero que provenían del crack de octubre del 87 y de una retención fiscal sobre intereses que se anunció en Alemania a finales del 88. El Annual Report de 1988 documenta este segundo aspecto del uso de la discrecionalidad por parte del Bundesbank. En tercer lugar, la forma sofisticada en que Alemania parece seguir la regla de Taylor permite reconciliar la discrecionalidad y la toma en consideración de la situación real de la economía.11

Pues bien, para el BCE el uso de la discreción está siendo mucho más difícil y arriesgado. Para empezar, el objetivo antiinflacionario, aunque prioritario, no goza en la Unión Europea de la misma legitimidad social que en Alemania debido a experiencias históricas bien diferentes. Como, en cualquier caso, la reputación antiinflacionaria del BCE sigue estando por construir, no parece que pueda permitirse gran discrecionalidad en sus actuaciones, sino que debiera tratar de ganarse su reputación en base al uso inflexible de reglas. Cuando se utilizan reglas la accountability puede florecer porque la transparencia informativa es fácil de poner en práctica y porque la discusión pública sobre reglas es siempre más fácil que sobre actuaciones discrecionales mal definidas. Ahora bien, que florezca o no depende de los estatutos del BCE y de cómo se interpreten. El Tratado de la Unión Europea establece un montón de cautelas que, diseñadas para compensar democráticamente la independencia constitucional del BCE, pueden servir para hacer posible la accountability. Si de hecho se ejercen, se habrá dado un paso muy grande hacia la consecución de la reputación del BCE, tal como ahora trataré de sugerir.

Accountability y reputación: el juego de la política monetaria y de la política fiscal

Dos ideas han sido subrayadas: que la independencia o no de un Banco Central no está aquí en juego y que lo que sí está en juego es cómo la accountability puede coadyuvar a la obtención de la reputación. El argumento estándar a favor de la independencia del Banco Central supone que el gobierno no tiene credibilidad en la lucha contra la inflación y muestra que el correspondiente sesgo inflacionario puede ser disminuido dotando de independencia a un reputado luchador antiinflacionario.12 Sin embargo, el Sistema Europeo de Bancos Centrales era en su momento una institución nueva en cuyo contexto nadie puede tener una reputación, ni buena ni mala. Lo que estaba y está en juego es si la accountability puede coadyuvar a la reputación, en cuyo caso, nótese, la independencia no es necesaria, añadiendo así un comentario adicional a lo ya apuntado.

Comencemos por recordar algo bien conocido y obvio. Aun suponiendo que la política monetaria y la política fiscal fuera eficaces (en contra de no pocas sugerencias teóricas) y que, por lo tanto, mereciera la pena ejercerlas, queda todavía el problema de su interdependencia a través de la financiación del déficit presupuestario. Como hoy está prohibido recurrir al BCE (o a los bancos centrales) para financiar el déficit presupuestario de cualquier país miembro, éste no tiene más remedio que atraer ahorro emitiendo deuda. Si el ahorro fuera europeo, la necesidad de atraerlo exige un aumento del tipo de interés, lo que expulsa a la inversión privada y reduce la tasa de crecimiento. Esto a su vez genera más déficit, con lo que se acaba presionando a favor de una política monetaria más expansiva.13 Parece, pues, que podríamos intentar una aplicación informal de la teoría de juegos no cooperativos.

En este pulso entre Ministerio de Hacienda (señor F) y Banco Central (señor M) se pueden dar cuatro posibilidades. Si F cede ante M, domina la política monetaria y el BC consigue «implementar» una inflación pequeña (∏m) a costa de reducir mucho la tasa de crecimiento (gm). Simétricamente, si el que cede es M domina la política fiscal y M acomodará la oferta monetaria generando una inflación grande (∏M) y permitiendo una tasa de crecimiento grande (gM). Si ninguno cede, la política monetaria genera una inflación ∏n y la política fiscal sostiene una tasa de crecimiento pequeña gn. Ahora bien, si ambos señores cediesen, coordinarían ambas políticas y acabarían generando una senda equilibrada con ∏* y g*. Supondremos que se dan las siguientes desigualdades perfectamente posibles.

gM > g* > gn > gm y ∏M > ∏n > ∏* > ∏m

El análisis del pulso entre F y M genera la siguiente matriz de resultados en el espacio de tasa de crecimiento (g) y tasa de inflación (∏) y en donde L se identifica con «ceder» y R con «no ceder».

Sr. M.

Sr.F.

L

R

L

4

g*, *

1

gm, m

R

2

gM, M

3

gn, n

Sobre el espacio de la matriz anterior se pueden definir pre­ferencias alternativas que definen matrices de pagos diferentes. Si F y M son fanáticos tendríamos la matriz de pagos de la derecha, en la que el señor M ordena las situaciones exclusivamente en términos de la inflación, y además desea fervientemente minimizar la tasa de inflación, y en la que el señor F ordena las situaciones exclusivamente en términos de tasa de crecimiento y desea fervientemente maximizar la tasa de crecimiento. Si ninguno de ellos fuera un fanático en el sentido anterior, podríamos obtener la matriz de pagos de la izquierda.

Sr.M

Sr.M

Sr.F.

L

R

Sr. F

L

R

L

10,10

0, 5

L

10,10

0,15

R

5, 0

1, 1

R

15, 0

1, 1

La matriz de pagos de la derecha configura el juego llamado «dilema del prisionero», en el que el único punto óptimo de Pareto no es un equilibrio de Nash y R es estrategia dominante para ambos jugadores. En una situación como ésta, y en ausencia de comunicación entre los jugadores, no hay ningún incentivo a salirse de ella. Además, aunque existiera comunicación, y siempre que no haya capacidad de compromiso, un anuncio (cheap-talk) por parte de cualquiera de los dos jugadores de que van a jugar L no es creíble. Vemos, pues, como es imposible que ningún agente adquiera reputación a través de cheap-talk porque, en la práctica, ninguna declaración de cambio de actuación se lleva a cabo. Si identificáramos esta comunicación a través del cheap-talk con la transparencia informativa propia de la accountability, podríamos decir que la accountability no ayuda a la reputación.

Sin embargo, si miramos la matriz de pagos de la izquierda, nos percatamos de que el juego es muy distinto, ya que L es estrategia dominante para ambos jugadores y el único equilibrio de Nash es el óptimo paretiano. Aun así tenemos aquí un problema de reputación y de credibilidad de las declaraciones constitutivas del cheap-talk, que pueden llegar a impedir que se alcance la situación óptima. Para verlo situémonos en la cuadrícula (RR) y supongamos que M declara que planea pasar de usar la estrategia R a usar la estrategia L. Este señor M cumpliría su promesa de pasar a L si creyera que el señor F ha sido persuadido para que juegue L, pero si no lo cree no cumplirá su promesa, pues se arriesga a ganar 0 si el señor F sigue jugando R. Con este argumento quiero sugerir que, a pesar de la comunicación previa, a pesar de toda la información y la transparencia que implica la accountability, la sociedad puede ser incapaz de dar un salto que mejore a todos. La razón es que la declaración «voy a jugar L» no es la mejor respuesta a R. Por lo tanto, aun en ausencia de fanatismo, puede ser imposible que se adquiera una reputación consistente en que la declaración de «voy a jugar L», voy a ceder, sea creíble.

Llegados a este punto podríamos resumir diciendo que si las autoridades económicas son fanáticas, la accountability no sirve para alcanzar la reputación adecuada, y que si las autoridades económicas no son fanáticas, no es obvio que la accountability sirva para alcanzar la reputación adecuada, contrariamente a lo que, convenientemente interpretados, pretenden insinuar Briault, Haldane y King.14 Sin embargo, se puede argüir que, si la accountability entrañara suficiente riqueza de información, sí se puede alcanzar la reputación que se desea a través de hacer creíble el anuncio «voy a jugar L». Veámoslo.

Con posibilidad de comunicación, las estrategias ahora son dobles: un anuncio y una acción. Supongamos que inicialmente los dos jugadores, F y M, usan la estrategia consistente en «anunciar R y hacer R sea lo que sea lo que anuncien los demás». Tal como hemos visto antes, «anunciar L y hacer L» no es la mejor respuesta a esta estrategia inicial. Además, y tal como se puede verificar, la estrategia doble inicial es la mejor respuesta a sí misma. Sin embargo, pensemos en la estrategia doble mutante consistente en «anunciar L y hacer L si el otro anuncia L, o hacer R si el otro anuncia R». Notemos que si F adopta esta estrategia, gana 10 si M también la adopta y gana 1 si M se mantiene en la primitiva de anunciar R y hacer R. Lo mismo ocurre desde el punto de vista de M. Luego esta nueva estrategia doble funciona mejor que la inicial. Igualmente funciona mejor que la estrategia mentirosa consistente en «anunciar L y hacer R sea lo que sea lo que anuncien los demás», pues en este caso gano 1 si el otro se mantiene o me sigue. En consecuencia, en un juego evolutivo la estrategia doble mutante prevalecerá. A partir de ahí se puede probar que la dinámica de la mejor respuesta nos lleva a «anunciar L y hacer L».15 La interpretación de este resultado es muy sencilla. La accountability ha permitido desarrollar una pauta de conducta del BCE consistente en «decir L y hacer L». Sus declaraciones adquieren credibilidad y, en consecuencia, adquiere la reputación de hacer L, que es lo que queríamos.

Descentralización de la política fiscal estabilizadora

Hasta ahora, lo que he sido capaz de sugerir de manera semiformal es que el BCE, como cualquier Banco Central sin reputación, quizá pueda adquirirla a través de la comunicación transparente exigida por la accountability siempre que no haya excesivo fanatismo por parte de las autoridades económicas. Ahora tengo que enfrentarme a la descentralización fiscal que pretendidamente estaría en la base del desbarajuste fiscal que condiciona la política monetaria.

Para empezar quiero mostrar que hay dos «hechos» que se sostienen mutuamente: 1) descentralización de la política fiscal y 2) reputación de la política monetaria. El argumento es trivial. Por un lado, la descentralización del aspecto estabilizador de la política fiscal, al conceder a los estados miembros de la UM una manera de corregir los shocks idiosincrásicos, elimina (parte de) la presión de sus representantes en el Consejo de Gobierno del BCE y facilita a éste la tarea de dotarse de una reputación adecuada. Por el otro lado, cuanto más indudable sea la reputación alcanzada por el BCE, más se la creerán las autoridades fiscales nacionales y menos tentadas estarán de saltarse su restricción presupuestaria intertemporal, especialmente en un contexto de libertad de movimientos de capital.

Sin embargo, y para continuar, este argumento no es suficiente para justificar con toda generalidad la descentralización fiscal propia del principio político de subsidiariedad que ya hemos mencionado en el capítulo anterior al hablar de la financiación de los bienes públicos territorializados y su influencia en el tamaño del Estado. Este principio diría que el poder fiscal debe quedar en los estados miembros a no ser que su centralización constituya una mejora evidente. Pero esto último es difícil de probar. En efecto, si consideramos que la política de estabilización fiscal centralizada es un mecanismo de seguro, los evidentes problemas de azar moral y selección adversa la hacen prácticamante imposible de poner en práctica. Tendríamos, pues, que probar que la apelación a los mercados de capitales, como alternativa al aseguramiento, se facilita haciéndola de manera centralizada. Pero esto no es cierto, ya que los estados miembros con mejor rating no necesitan al centro y el centro no quiere trabajar para los otros, pues le rebajarían sus ratings. Parece pues que, por una vez, un principio político del Tratado de la Unión Europea tiene sentido económico.16

Comentarios heréticos

Frente a las dudas que en su momento se expresaron sobre la posibilidad de que el BCE pudiera cumplir en serio su función antiinflacionaria, este capítulo ha mostrado que el BCE puede alcanzar la suficiente reputación como para ser útil, y ello, precisamente, por la descentralización de la política fiscal, y tanto más fácilmente cuanto menos fanático sea el BCE. Es decir, en mi argumentación los presuntos peligros del funcionamiento del BCE resultan ser sus más sólidos puntos de apoyo.

Esta especie de herejía, o provocación intelectual, está en la misma longitud de onda que otras dos implícitas en lo anterior. Primera, a pesar de que he utilizado a menudo la locución «independencia del Banco Central», lo he hecho para dar entrada a la idea de responsabilidad democrática y de accountability y no porque esa independencia fuera necesaria. En efecto, y tal como ya he afirmado, si se adquiere la reputación adecuada, la independencia no es necesaria. Segunda, no hay necesidad ninguna de exagerar los objetivos antiinflacionarios. Hay otros que, de hecho, se tienen en cuenta en la misma puesta en práctica de la política monetaria y que justamente por ser tenidos en cuenta facilitan la coordinación de las políticas monetaria y fiscal.

El cuarto comentario herético tiene que ver con la estabilidad presupuestaria y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC). El hecho de que la política monetaria nos venga dada a todos, estados, comunidades autónomas o jurisdicciones de cualquier tipo, desde el BCE de manera independiente y casi exclusivamente antiinflacionaria, acorrala a la política fiscal. Es cierto que unos presupuestos públicos excesivamente deficitarios frustrarían las intenciones del BCE y acabarían generando, en compensación, unos tipos de interés demasiado altos como para alcanzar el crecimiento potencial.17 Ahora bien, el déficit en sí podría contrarrestar esta implicación indeseable siempre que se tratase de un déficit producido por unos gastos en inversión productiva que se pagan a sí mismos en el futuro y que generan una deuda cuya carga puede asumirse con holgura. Creo que, a este nivel de generalidad, no es difícil aceptar la validez de esta respuesta, cualquiera que sea el volumen de gasto social que se proponga. Y, en consecuencia, podemos deducir dos implicaciones interesantes. La primera es que el déficit cero no es necesariamente la mejor política presupuestaria en toda circunstancia. La segunda es que el PEC estaba mal diseñado por no atender a la naturaleza del déficit y por no tener en cuenta la sostenibilidad de la deuda y que, en cualquier caso, debería haberse modificado mucho antes de que parezca que son los grandes paí­ ses los que obligan a ello.18

Reflexionemos brevemente sobre este PEC. Los economistas académicos han resaltado algunos aspectos importantes que fueron olvidados por los políticos. El pacto era obviamente intertemporalmente inconsistente (tal como acabo de mostrar en la nota 18), no se debería haber fijado sólo en el déficit sino primordialmente en el gasto, incluido el gasto implícito en las deudas futuras, y se debería haber otorgado un tratamiento específico y matizado a la inversión. Si del fracaso del pacto surgiera una mayor atención a los académicos no estaría mal, pero mis esperanzas de que eso ocurra son escasas si uno mira lo que hoy están elucubrando. La inflación (baja, se entiende) sí ha sido utilizada inmediatamente como posible criterio a incluir en la autorización para saltarse los límites, pero otras ideas sobre flexibilizar las cotas o poner en práctica un mercado de derechos a generar déficit no parece que vayan a tener ningún eco. Además, lo que sí parece que se va imponiendo es la necesidad y suficiencia de mirar no el porcentaje de déficit, sino el nivel de deuda y la naturaleza de la inversión que ha ayudado a financiar. Parece que estas ideas se van imponiendo poco a poco.19

Un quinto comentario herético hace referencia a la armonización fiscal. Esta armonización fiscal, además de ser la deriva inconsciente y burocrática de un pensamiento excesivamente simplificador, tiene dos contraindicaciones que creo evidentes a pesar de su escasa popularidad. La primera es que elimina la competencia fiscal entre administraciones, competencia que no tiene por qué ser nociva y que no hay por qué pensar que llevaría al desmantelamiento de los servicios públicos. Lo razonable es pensar que se alcanzaría un equilibrio que nos debería resultar tan aceptable como el que creemos que se alcanzaría en los mercados que queremos desregular o el que se ha alcanzado ya en mercados desregulados. La segunda contraindicación es que hace menos atractiva la deslocalización cuando este fenómeno, lejos de constituir un problema, ofrece una oportunidad para reorientar la producción hacia donde realmente interesa dados los otros ingredientes de la especialización internacional. Si, por ejemplo, nuestros salarios nos hacen poco competitivos en la producción de buques convencionales, no hay que exigir que Polonia (por no hablar de Corea o China) suba su impuesto de sociedades hasta armonizarlo con el nuestro (suponiendo para nuestro ejemplo que éste fuera más alto que el polaco) o proceder nosotros a bajar el nuestro, sino que lo que hay que hacer es especializarnos en la construcción de buques tecnológicamente complejos, para lo que no hay competencia en países con salarios bajos. Los esfuerzos de Schröder y Chirac por lograr la armonización del impuesto de sociedades dentro de la Unión Europea ampliada son probablemente una mera maniobra de políticos avezados para ahorrarse la competencia fiscal y para evitar, comprensible pero erróneamente, el coste político inmediato de la deslocalización.

Comentaré en sexto lugar la coordinación fiscal de manera también poco ortodoxa. Esta coordinación no constituye un problema profundo de Teoría Económica, aunque sí plantea problemas técnicos que exigen esfuerzos burocráticos importantes. Es cierto sin duda que deben abordarse asuntos como la doble imposición u otros similares, pero la naturaleza meramente técnica de estos problemas no debe relajar nuestra vigilancia ante los peligros latentes de esta coordinación. Esta puede, en efecto, derivar hacia la armonización, con las indeseables consecuencias ya destacadas, y con la misma inercia ir forzando la reducción del número de administraciones fiscales, disminuyendo así la beneficiosa competencia entre ellas y allanando el camino hacia una agencia fiscal independiente cuya existencia ya se oye solicitar y cuya crítica no es difícil. Un juego entre este nuevo agente y el BCE puede acabar muy lejos del óptimo de inflación y crecimiento. Y, sobre todo, dicha agencia podría no ser compatible con la elección soberana de un país que prefiere la consolidación fiscal, o incluso el superávit (quizá para paliar las futuras deudas implícitas asociadas a pensiones, sanidad, etc.), ocurra lo que ocurra en la confederación de estados en la que se juega el juego entre las dos agencias independientes, y que podría considerar esta consolidación como su estrategia diferencial para escalar puestos en la convergencia.

Todos estos comentarios heréticos sobre política fiscal, junto con las ideas desarrollados sobre política monetaria, nos ponen en situación para especular a continuación sobre política económica en general.

LA NATURALEZA DE LA POLÍTICA ECONÓMICA

Todo lo dicho hasta aquí respecto a la política monetaria, a la política fiscal y a sus relaciones tiene como objeto último tratar de inferir la naturaleza de la política económica de forma que esta manera de entenderla acabe reforzando la idea que me hago del capitalismo que viene y que tendrá que ser expuesta sin ambages en el epílogo. En este primer y decisivo paso trataré de sugerir que la esperanza de poder alcanzar una cierta estabilidad económica (mediante reglas establecidas por agencias independientes) que suavice el ciclo, disipe incertidumbres y facilite la práctica empresarial es una esperanza vana. Para ello consideraré primero las ideas hoy convencionales sobre política económica y luego lo que de ellas va a quedar a la luz tanto de la teoría avanzada más arriba como de la influencia de las TIC y de la sociedad del conocimiento en el proceso globalizador.

La naturaleza convencional

La política económica, las expectativas y la información incompleta no se llevan bien. Para ilustrar esta falta de sintonía podríamos empezar por las ideas de Milton Friedman (1968,1969). Comencemos por su sugerencia de evitar la discrecionalidad en el ejercicio de la política económica asociada a la idea de fine tuning propia de la época keynesiana de la postguerra. Esta política económica podría muy bien ser exitosa en un escenario determinado en el que sus efectos podrían dominar paretianamente a los de una política reglada, pero, en general, o no sabemos en qué escenario estamos o, lo que es equivalente, no conocemos con precisión todos los detalles de ese escenario. En tales condiciones Friedman arguye que una regla elemental es más adecuada que una política que trata de fijar simultáneamente muchas variables a niveles determinados. El argumento es correcto y puede fácilmente transformarse en una prescripción concreta como, por ejemplo, la asociada a una tasa de crecimiento de la oferta monetaria fijada previamente. Una regla así determinaría una tasa de inflación equivalente a la diferencia entre tasa de crecimiento de la oferta monetaria y la tasa de crecimiento del output, pero esa inflación no tiene ningún efecto real, pues dada la regla monetaria, todos los agentes la conocen y la hacen inefectiva, la utilizan, podríamos decir. Son pues la información difusa y las expectativas las que desaconsejan, conceptualmente al menos, la política monetaria discrecional y, en general, cualquier discreción en el ejercicio de la política económica.

Sin embargo, el argumento friedmaniano parece tener una pequeña vía de agua. En un momento determinado la situación cíclica puede ser tal que la presión sobre la autoridad monetaria (cualquier que ésta sea) puede llegar a ser tan grande que acabe forzando un poco de alegría inflacionaria (fabricada monetariamente) para reducir el paro de acuerdo con la curva de Phillips a corto plazo con pendiente negativa en el espacio de inflación-desempleo (ambos medidos en tasas). Esta salida de la regla puede tener efectos a corto plazo, disminuyendo el desempleo y aumentando la inflación, pero en cuanto se descubre la nueva regla monetaria, y esto puede llevar cierto tiempo si las expectativas son adaptativas, el efecto sobre el desempleo desaparece y sólo queda una mayor tasa de inflación. Por lo tanto, la discusión sobre si la política económica debe ser reglada o discrecional parecería que reaparece y no puede ser zanjada sin comparar la impaciencia de los agentes. Por eso tiene interés el artículo de Lucas (1972) en el que muestra que, debido a problemas de información, la economía puede generar una curva de Phillips de pendiente negativa observable, pero que el intento de explotarla es estéril incluso a corto plazo si las expectativas son racionales porque los agentes económicos conocen lo que está pasando.

Este resultado nos conduce inmediatamente a la denominada crítica de Lucas (1976), una idea fuerte que afecta a cualquier política económica. Con expectativas racionales cualquier movimiento de política económica es perfectamente anticipado y vaciado de cualquier potencial de modificación que creyéramos que poseía sobre la realidad económica. En consecuencia, creer, como ingenuamente se creyó en la época keynesiana, que se podía controlar el sistema económico y que incluso se podría alcanzar un óptimo dinámico es una vana esperanza. Es más, cualquier intento de hacerlo sólo llevará a que las oscilaciones propias del ciclo económico aumenten su amplitud, justo lo contrario de lo que pretendería cualquier intento de controlar la economía. En resumidas cuentas, que el intervencionismo no tiene ningún sentido a este nivel de abstracción: la amplitud del ciclo económico es un dato al que habría que acostumbrarse.

La política económica de mañana

Sin embargo, y tal como vimos de una manera muy impresionista al principio de este capítulo, los bancos centrales intervienen y hay maneras de entender que lo hagan, y que lo hagan de cierta forma dependiendo de las imperfecciones que se dan en la realidad a diferencia de la economía abstracta de los párrafos anteriores. A continuación hemos intentado precisamente entender, en el caso de la política monetaria, que el intervencionismo puede ser no creíble o ser intertemporalmente inconsistente, entrando así en una tercera fase en la descripción de la naturaleza de la política económica. Dada la incapacidad técnica que tiene el Estado, o su agente el Gobierno, para comprometerse inexorablemente, la política económica tiene que ser intertemporalmente consistente y muy a menudo la que lo es, no es óptima. De ahí que tengamos que explorar la potencialidad de sus sustitutos. En este sentido hemos estudiado la delegación de la política monetaria en un Banco Central, una institución que podríamos llamar de diseño.

Pero esta delegación, que es en sí misma una intervención en el sistema, tampoco puede considerarse la última palabra en materia de política económica. Para verlo, consideremos una situación en la que, de acuerdo con las ideas expuestas, el intervencionismo se limita al establecimiento de una regla monetaria por parte de un Banco Central independiente que es compatible con la eliminación de la inflación, el mantenimiento del salario real y una senda, o un ciclo, en el que la Economía se encuentra sobre la tasa natural de desempleo que puede oscilar con shocks externos. Aun suponiendo que estuviésemos convencidos de que esto es lo mejor que podemos hacer, ¿estamos seguros de que se hará así? Mi respuesta a este interrogante es negativa. Más bien estoy convencido de que, primero, la capacidad (nunca abandonada creíblemente) de eliminar la delegación acabará siendo usada en algún momento y que, segundo, aun si no lo fuera, la tentación de capturar al Banco Central es demasiado grande como para esperar que nunca se caiga en ella. Si un gobierno determinado revocará o no la delegación depende, desde luego, de las circunstancias de otros países, pero en un nivel más abstracto depende de los beneficios en el tiempo que le reporte recuperar el manejo de la política monetaria y utilizarla de manera distinta a la utilizada hasta ese momento por el Banco Central. Por otro lado, en lugar de la revocación, el Gobierno puede capturar el Banco Central y utilizarlo para instrumentar una política que le sea favorable, dependiendo del Gobierno que sea.20

La única forma de eliminar estas posibilidades de intervencionismo es eliminar las tentaciones o hacer de la caída en ellas algo muy difícil de llevar a cabo. Podríamos decir en concreto que esta situación podría darse cuando el Banco Central, o más bien la política monetaria que éste instrumenta (o que podría ser instrumentada por el Gobierno), no es de diseño, sino que corresponde a un equilibrio socialmente estable, una especie de equilibrio evolucionariamente estable del que ya hablamos en el capítulo 6 al exponer los juegos evolutivos. También hemos visto cómo el Banco Central (y en principio también el Gobierno) puede adquirir la reputación de poner en práctica una regla monetaria adecuada, a través precisamente de una rica accountability y siempre que no se empeñen en ser fanáticos. También hemos visto que, una vez conseguida la reputación, es posible ser flexible en la regla sin perder la reputación, como era el caso del Bundesbank. Podemos añadir además que la reputación puede también ser simplemente reputación de «hacer las cosas bien» sin necesidad de jugársela con medidas más especificas, como es el caso de la Reserva Federal.

Reflexionemos un poco sobre dónde nos encontramos en relación con la naturaleza de la política económica ejemplificada aquí por la política monetaria. Me interesa destacar que el no intervencionismo en general y las políticas regladas en particular, ambas propias de la sabiduría convencional hoy, son defendibles en base a una noción de equilibrio evolutivo que no garantiza que sean óptimos (aunque esto ya se había admitido) y que encarna una reputación que se sostiene sólo cuando no es fanática y que, una vez obtenida, es compatible con una utilización de la regla que casi convierta la política monetaria en discrecional. Explicada así, la situación conceptual de la política económica no es reconocible ni simple. Añadamos ahora algunos comentarios relativos a la influencia de los factores que estoy pretendiendo estudiar y veamos que tampoco son muy alentadores respecto a la naturaleza de la política económica.

En primer lugar, hay que reconocer que, si algo implican las TIC a efectos de la política económica, es reforzar la postura de Lucas de forma paradójica. Esta postura, en lo que tenía de no intervencionista, estaba basada en buena parte en dificultades informacionales que llevaban a un productor a tomar como un cambio al alza en el precio relativo de su producto –lo cual le llevaba a incrementar su producción- lo que no era sino un alza general del nivel de precios que debería haberle llevado a no cambiar su nivel de producción. Este fallo informacional explica la pendiente negativa de la curva de Phillips a corto plazo. Consecuentemente, la generalización del uso de las TIC y la posibilidad que proporciona la sociedad de la información de acceder a la información almacenada o que se está generando hacen que esa curva de Phillips deba ser considerada como vertical incluso a corto plazo. No hay autoridad monetaria que en esas condiciones intente disminuir el salario real inflando la economía mediante un incremento de la oferta monetaria y, en consecuencia, las presiones inflacionistas serán menores y el sesgo inflacionario posiblemente imperceptible. La intervención a través de la política monetaria no tendría lugar para modificar el nivel de precios, de forma que quedaría limitado a intentar influir en el tipo de interés nominal, cosa posible como hemos indicado al comienzo de este capítulo.

Ahora bien, parecería posible, en segundo lugar, que la regla seguida por la autoridad monetaria para modificar el tipo de interés nominal pudiera ser descubierta mediante el examen de las discusiones internas de los bancos centrales respecto a los retoques en el tipo de intervención que aparecen en las minutas de sus sesiones disponibles en la página web correspondiente.21 Su examen mostraría que muy a menudo –por ejemplo en la Reserva Federal- no hay una regla contingente previa aunque, naturalmente, siempre podemos encontrar a posteriori una regla que explique lo que esencialmente aparece como un paseo aleatorio. Es difícil entender por qué se utiliza una política de esta naturaleza. Parecería, por el contrario, que la autoridad querría ser previsible, para lo cual esperaríamos que utilizara una regla fácilmente inferible, por ejemplo, la de Taylor.

Sin embargo, y esto es crucial a efectos de entender la naturaleza de la política monetaria en particular y de la política económica en general, la regla inflexible e iluminada por los focos de la información interna no tendría por qué ser creída como permanente a no ser que fuera una regla self-enforcing que surge como la constatación de una reputación adquirida como correspondiente al equilibrio de un juego evolutivo. Pero, y éste es el quid de la cuestión, este equilibrio evolutivo, aunque puede ser a prueba de mutantes, no tiene que ser resistente al cambio de ámbito que la globalización trae consigo sea de golpe, sea de manera paulatina. Como ya vimos en el capítulo 6, en la parte dedicada a fraternidad y su ámbito, el cambio de este último puede cambiar el equilibrio. Es decir, políticas monetarias que eran creíbles en el sentido convencional pueden dejar de serlo cuando reconocemos que pueden ser revocadas a no ser que sean reglas evolutivamente estables y que incluso estas últimas puedan cambiar con el cambio de ámbito propiciado por la globalización. Se me antoja pues evidente que no hay política económica totalmente creíble. Y creo poder afirmar que el establecimiento de reglas sencillas y fácilmente descubribles tendrá que esperar hasta que el proceso de globalización haya llegado a su fin y no quepa el cambio de ámbito.

¿Qué hacer mientras tanto? La primera respuesta es: nada. Así estaríamos proponiendo un verdadero no intervencionismo más allá del intervencionismo reglado. Pero de hecho es muy difícil alcanzar esa nada cuando se parte de un statu quo que contiene algo, sea en materia monetaria o en materia fiscal. Lo que hemos de esperar por lo tanto es una política económica que simplemente favorezca al poder, entendiendo por tal las fuerzas político-económicas que dirigen el capitalismo de amigotes al que tantas veces nos hemos referido, la última en este mismo capítulo al hablar en la nota 20 de las distintas diagnosis que se pueden hacer del de­ s­ empleo según interesa que se siga una política monetaria laxa o restrictiva dependiendo de si uno es un especulador inmobiliario o un exportador.

Antes de terminar este capítulo sólo me queda sugerir que esta política económica del capitalismo que llega, aunque está hecha a favor de quien tiene el poder en cada momento, aparecerá como aleatoria porque variará el detentador de ese poder, y lo hará con frecuencia en un mundo en el que, dada la información y la confianza tejida y destejida por las TIC, nadie puede protegerse contra la competencia. Esta aparente inestabilidad parece hoy, y así lo expresan sobre todo las asociaciones de empresarios, muy nociva para la creación de riqueza, pero hemos de entender que esto era cierto cuando las empresas tenían cierta vocación de permanencia que esperaba más de la producción eficiente y la venta de un producto determinado que del aprovechamiento de las oportunidades que subyacen a las cada vez más frecuentes fusiones y adquisiciones. Nadie clamará en el capitalismo que viene contra la enorme volatilidad de la vida media de las empresas y su ciclo de vida será muy corto. Socialmente esto puede no ser muy bueno para la creación de riqueza, y más concretamente para el de­ sarrollo económico de los países emergentes o para la lucha contra la pobreza, pero cada uno de nosotros pensará que puede ser bueno para sí mismo en particular y posiblemente acierte con la suficiente frecuencia como para dejar que las cosas sigan como están en un mundo desordenado pero que genera oportunidades para todos. Todo ello encaja en cierta cultura postmoderna a la que ya hemos hecho referencia.

RESUMEN

En esta cuarta parte de El capitalismo que viene que comienza con este capítulo quiero estudiar la política económica a la luz de la sociedad del conocimiento y de las TIC para concluir con algunas ideas sobre cómo entender al individuo, el sistema económico y el humanismo. En este capítulo he querido elucubrar sobre la política económica y sobre si el margen de maniobra de los gobiernos va a aumentar o a disminuir. He pretendido por lo tanto pensar la naturaleza de la política económica.

He mostrado en primer lugar cómo la mayoría de las ideas sobre política monetaria de los bancos centrales muestran que estos bancos y sus gobernadores piensan que la política monetaria que a ellos compete no es neutral debido a rozamientos realistas como la incompletitud de los mercados o las situaciones de desequilibrio. A partir de esa evidencia he planteado cómo surge el sesgo inflacionario, cómo este sesgo será menor en el futuro gracias a las TIC, cómo se ha argüido que los bancos centrales pueden eliminarlo, cómo, bien pensado, esa argumentación no es satisfactoria, y cómo, en consecuencia, un Banco Central no es necesario ni suficiente para controlar la inflación.

En segundo lugar he prestado atención a la reputación del Banco Central y a la política fiscal como condicionante de la política monetaria en el marco de la globalización, con resultados un tanto heréticos. He mostrado que la descentralización fiscal –basada en el principio de subsidiariedad–, así como la ausencia de fanatismo antiinflacionario, son paradójicamente los pilares básicos para que un Banco Central pueda alcanzar su reputación a través de la accountability. Así mismo he tratado de desvelar las falacias que subyacen al diseño del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) y a los intentos de armonización y coordinación fiscales.

Estas reflexiones han sentado el tono de la discusión sobre la naturaleza de la política económica en general. De acuerdo con la sabiduría convencional hoy vigente, el intervencionismo discrecional, ejemplificado por el fine tuning keynesiano, no tiene sentido alguno porque o bien es inútil o bien amplía la volatibilidad de las variables de interés, como son la tasa de crecimiento o la tasa de inflación. No cabría por tanto más que un intervencionismo reglado. Sin embargo, y a la luz tanto de las TIC y de la globalización como de comentarios sobre la incapacidad de compromiso del Gobierno, nos vemos arrastrados a reconocer que tampoco es posible la credibilidad de las reglas fijas.

Si estas conjeturas fueran correctas, tenemos que esperar un futuro muy distinto del presente. La política económica, sea o no un instrumento en manos de los capturadores del Estado, será aparentemente aleatoria, lo que, aunque no parece muy bueno para la creación de riqueza, lleva a generar oportunidades para todos.

Notas

1. Ver J. H. Dreze y H. M. Polemarchakis (2001), así como Urrutia (2001).

2 Friedman (1968) y Lucas (1980) son los campeones del no intervencionismo. Friedman utiliza en su razonamiento que la intervención ignora sus efectos, por lo cual sería mejor restringirla. Este argumento no parece de mucho peso en un mundo como el de hoy, presidido por las TIC, por lo que la no intervención está hoy basada en el argumento de Lucas que implica que, para ser efectiva, la política monetaria tiene que ser imprevisible, que esta incapacidad de preverla –especialmente en el mundo de las TIC– exige una aleatoriedad para ser efectiva y que ésta implica mayor volatilidad de las tasas de crecimiento y de inflación.

3 Véase la panorámica de juegos repetidos con información completa debida a D. G. Pearce en su trabajo de 1992.

4 Ésta es una afirmación más general que su mera traducción al contexto presente y que adquiere toda su fuerza en situaciones de azar moral con supervisión más o menos costosa. Ver a este respecto la panorámica de P. Olivella.

5 Consultar el panorama de D. Fudenberg (1992).

6 Ver D. Backus y J. Driffill (1985).

7 Ver Valdés (2004).

8 Esta ubicación en el tiempo me permite también utilizar un trabajo propio publicado en aquellos momentos y que se recoge en La mirada del economista. Ver Urrutia (1997), que he seguido aquí verbatim.

9 Como se observará más adelante, el problema no es el de la independencia de un banquero central reputadamente antiinflacionario, sino la adquisición de una reputación antiinflacionaria por parte de un nuevo Banco Central, en este caso el BCE, que nace formalmente independiente.

10Accountability es difícil de traducir. Sin duda se refiere a «responsabilidad», pero parece poner énfasis en las condiciones que hacen que esta responsabilidad pueda ser exigida. No podría serlo si no hubiera mecanismos de seguimiento (vigilancia) y sanción, que a su vez no podrían funcionar sin la información suficiente y sin su difusión transparente. Quienes pueden ser removidos por el voto son sin duda accountable ante los electores, pero en lo que sigue no se discutirá sobre el voto. Quizá la mejor traducción de accountable fuera «fiscalizable», pero esto nos llevaría a traducir accountability por «fiscalibilidad», una palabra muy poco atractiva.

11 Ver Clarida, R. y M. Gertler (1996) citado por The Economist, que explica así la sofisticación del Bundesbank: «Ajusta los tipos sobre la base de la inflación esperada, no la actual; y los sube abruptamente cuando la inflación amenaza con subir, pero los baja menos inmediatamente cuando la presión desaparece».

12 Ver Rogoff (1985), que también ha sido usado en el apartado anterior.

13 Un argumento análogo puede construirse, si se acude al ahorro no europeo, en base a la revalorización consiguiente del euro.

14 Bank of England, Quarterly Bulletin, febrero de 1996.

15 La argumentación de los tres párrafos anteriores se debe a A. Matsui (1991). En ese trabajo se demuestra que en el ejemplo citado la estrategia deseada es una estrategia socialmente estable que se alcanza en un juego evolutivo con la dinámica propia de la mejor respuesta. Para aplicar esto, tal como se hace en el texto, se necesitan precisiones interpretativas delicadas que sobran aquí.

16 Esto no es sino un resumen apretado del capítulo 6 de Making Sense of Subsidiarity: How Much Centralization for Europe? Monitoring European Integration 4, CEPR, 1993.

17 Juan Carlos Berganza mostró en un magnífico trabajo de 1997 cómo la introducción formal de la política fiscal en un modelo parecido al juego entre S y G que hemos estudiado anteriormente puede generar de hecho una inflación mayor que la que corresponde al sesgo inflacionario que detectamos allí. La razón es, desde luego, que una política monetaria restrictiva puede generar un nivel de gasto público cuya financiación haga necesario un incremento de los tipos, la consiguiente reducción del output y una mayor tentación de inflar la economía por parte del Gobierno. De ahí se genera no sólo la necesidad de un Banco Central duro, sino también la exigencia de una estabilidad fiscal como la que subyace al PEC.

18 Por un lado tenemos que ante enormes shocks que afectan a todo el mundo (como fue por ejemplo el shock petrolífero de 1973/4) todos los países estarán de acuerdo en no cumplir las prescripciones del PEC. Asimismo, ante pequeños shocks idiosincrásicos tampoco funcionará. Si el déficit estructural del país de que se trata es cero, el margen de maniobra permitido (un 3%) es tan grande que ningún país incurre en multas. Pero si ese déficit estructural es grande (un 2% digamos), el margen de maniobra restante del 1% del PIB puede o no ser suficiente, pero una multa del 0,5% en caso de salirse del 3% total no es creíble, porque de hecho agravaría la situación. Por otro lado, que el comisario Solbes tuviera que atacar a Irlanda para ganar credibilidad para su amenaza a Alemania muestra fehacientemente que la construcción general era difícil de tomar en serio. Ver a este respecto mi artículo de Expansión sobre «Eire».

19 A este respecto mencionaré simplemente los trabajos de Blanchard y de Gavazzi. Además y de manera independiente cabe mencionar aquí el argumento de Razin y Sadka, perteneciente al campo de la Economía Política, para sugerir que ensanchando la banda permitida del PEC se podría facilitar la privatización de un sistema de seguridad social. Sobre esto volveré al hablar del Estado del Bienestar en el capítulo 14.

20 Esta afirmación proviene de Urrutia (1994), en donde se arguye que la moda parte de la buena retórica, pero acaba impregnada de la mala retórica. Utilizaba allí el ejemplo del desempleo. Continuaba diciendo allí que el desempleo «se podía deber a la rigidez del salario nominal pero también a un proceso de búsqueda de empleo propiciado por falta de información sobre las vacantes existentes. Pasemos por alto cómo trataríamos de discernir econométricamente la naturaleza del de­ s­ empleo observado (lo que incluye pasar por alto la retórica de la econometría) y supongamos que sabemos que la causa es una u otra y que hemos persuadido de ello a la correspondiente autoridad. ¿Cómo convenceremos a dicha autoridad de que tome unas u otras medidas? Si la causa admitida del desempleo es la rigidez del salario nominal, podemos sugerir que o bien se deroguen las leyes del salario mínimo (y en general se rompa el poder sindical) o bien que, si lo anterior es socialmente inaceptable, se incremente la oferta monetaria de forma que, si el “engaño” prospera, quede reducido al salario real. Si la causa admitida fuera la falta de información, podemos aconsejar que ésta se proporcione a través de instituciones varias o podemos aconsejar alternativamente que se reduzca la oferta monetaria, lo que, al provocar el alza del tipo de interés, haría disminuir el salario de reserva y el periodo de búsqueda de empleo. Ahora es muy claro cómo se puede prostituir el arte de la persuasión. En lugar de presentar todos los ar­ gumentos y de medir la incidencia cuantitativa de las diversas causas, podría yo seleccionar una u otra y aconsejar la política que más me interesa. Puedo, en efecto, considerar solamente la rigidez de salarios y además aconsejar que se incremente la oferta monetaria para que se genere inflación y venda bien mi casa. Este argumento –que por cierto es precisamente el de Keynes– será aceptado, se pondrá de moda, si es lo que se quiere oír, y esto será así si quien escucha tiene casas que vender. Sin embargo, también podría concentrar mi atención en la falta de información y recomendar que se reduzca la oferta monetaria para así, de paso, exportar más. Este argumento será aceptado y se pondrá de moda si quien escucha tiene una empresa exportadora».

21 Esta accountability puede, como hemos visto, ayudar a la adquisición de reputación por parte de la correspondiente autoridad de política económica, pero esta reputación puede dejar de ser un equilibrio evolutivo tal como ahora veremos, y en ese caso se pierde. Por otro lado A. Siebert (1999) ha mostrado que la toma de decisiones en un Banco Central es generalmente colegiada, que este hecho puede tanto aumentar como disminuir la inflación y que la no publicación de las minutas con los votos de cada miembro del colectivo que toma la decisión aumenta la inflación.

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Capítulo 14 : Capitalismo y humanismo

Las principales características del capitalismo que viene han sido ya establecidas en algunos casos, y sugeridas en otros, en los capítulos anteriores. Falta sin duda un hilo que las engarce, y a ello dedicaré el epílogo de esta obra, en el que trataré de explicar que en el futuro próximo, en un mundo globalizado, con enorme peso de la Economía Digital y en pleno auge de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), el capitalismo será un eficiente mecanismo de disipación de rentas, entendidas éstas en un sentido técnico. Pero antes de abordar esta guinda al razonamiento que he intentado desplegar, creo que es bueno tratar de cerrar algún tema que permanece abierto y problemático, como es el del individualismo, así como preguntarnos en qué medida este capitalismo que he dibujado es compatible con el Estado del Bienestar o resuena en la misma frecuencia de algunas ideas recientes sobre felicidad que van encontrando su sitio en el entramado teórico-económico. La manera en que pretendo enfrentarme a estas ideas es en un contexto específico, el del humanismo, en cuyo marco pretendo indagar a efectos de contestarme en qué medida la Ciencia Económica y el capitalismo pueden ser considerados en algún sentido como un humanismo.

Bajo el título pomposo de «Capitalismo y humanismo», me gustaría discutir dos temas que están relacionados entre sí, no dejan de ser interesantes en sí mismos y permiten notar claramente el contraste entre el capitalismo de ayer y el capitalismo al que nos dirigimos. Estos dos temas se pueden expresar mediante dos preguntas: ¿es la Ciencia Económica un humanismo? ¿Es el capitalismo que viene el entorno adecuado para que florezca el humanismo?

En cuanto a lo que es la Ciencia Económica o lo que es el capitalismo creo que podemos prescindir de investigaciones ulteriores una vez que hemos tenido ocasiones más que sobradas de acercarnos de una manera impresionista a la Ciencia Económica y una vez que el capitalismo ha sido tomado como tema central de este trabajo. Ahora bien, qué es el humanismo es algo que necesitaría ser elucidado. En el primer apartado avanzaremos cierto trecho en esa dirección reflexionando sobre nociones alternativas del humanismo de forma que nos sea permitido contestar al primer interrogante. Sin embargo, es conveniente fijar desde ahora tres características sin cuyo examen no podrá decidirse si la Ciencia Económica es o no un humanismo y cuyas condiciones de posibilidad condicionarán nuestra respuesta acerca de la viabilidad del humanismo en el seno del capitalismo, especialmente de ese capitalismo distinto que he argüido que está a la vuelta de la esquina.

Las tres características a las que me refiero son bien conocidas y pueden expresarse de diferentes maneras al tiempo que pueden seguirse sus implicaciones hasta allí donde queramos. La primera hace referencia a que no hay humanismo sin una consideración del hombre concreto y libre. Cualquier idea, propuesta, política o consideración que sólo proceda en base a una idea abstracta del hombre –de forma que se puede intercambiar, pesar, medir, etc.-, no es propiamente humanística, como tampoco lo sería si considerara que ese hombre concreto no es libre en sus decisiones. La segunda característica definitoria del humanismo es el antropocentrismo. Ese hombre concreto no está perdido en los confines del universo, sino que ocupa el centro de lo existente. El resto de lo creado está ahí para ser descubierto, entendido y aprovechado a favor de ese hombre concreto. De ahí surge la tercera característica propia del humanismo. Consiste ésta en que ese hombre libre y concreto a cuyo alrededor gira todo puede no sólo conocer su entorno, sino modificarlo en su propio beneficio. Estas tres características deberán ser repensadas a la luz de las novedades intelectuales relativas al agente individual a que hemos hecho referencia extensa en la primera parte de este trabajo.

Cabe de momento adelantar unas respuestas vagas a las dos preguntas planteadas. La Ciencia Económica, tal como la conocemos hoy, no está lejos de poder presentarse como un humanismo que cumple las tres características mencionadas o está en camino de hacerlo. En cuanto al capitalismo al que nos lleva la conjunción de esa Ciencia Económica y las novedades tecnológicas y globalizadoras que he estado considerando, la respuesta tiene que ser mucho más matizada, y no dejan de vislumbrarse algunas tendencias que nos llevarían a imaginar al hombre como algo «repe» que configura inconscientemente el mundo mientras es constituido por éste y cuya capacidad de modificar la naturaleza o su correlato social es más bien limitado. En lo que sigue trato de justificar y conectar estas dos conclusiones de momento poco precisas.

Hablaré primero sobre la posibilidad de considerar la Ciencia Económica como un saber que tiene características humanistas. Para ello tendré que volver atrás y repasar ideas sobre el agente individual que han sido expuestas en capítulos anteriores, y ello porque difícilmente podremos hablar de humanismo sin enfrentarnos a la noción de individuo. A continuación estudiaré el sistema capitalista, tal como lo he dibujado hasta ahora, para tratar de argüir en qué sentido, si alguno, podríamos hablar de él como humanista, habida cuenta de algunos temas interrelacionados como el de la innovación acelerada, la felicidad, la igualdad de oportunidades y el Estado del Bienestar.1

HUMANISMO Y CIENCIA ECONÓMICA

Desde la «muerte de Dios» hace más de un siglo, hasta la «muerte del sujeto» que le sigue, lo prestigioso intelectualmente es no conformar un humanismo. El marxismo, el existencialismo y el cristianismo son ambiguos al respecto. El joven Marx podría dar origen a un humanismo negado en El capital. Sartre afirma que el existencialismo es un humanismo de una forma criticada por el radical Heidegger y el cristianismo oscila entre la búsqueda de potencia teológica y el cuidado humanista de un hermano.2 La lingüística inventó la noción de estructura y la aplicación de esas ideas a distintos campos, por ejemplo el antropológico, creó el estructuralismo como proyecto intelectual en que el hombre no es el protagonista. El postestructuralismo postmoderno problematiza la noción de estructura, pero de ninguna manera recupera la centralidad del ser humano. Ante este giro intelectual, ¿qué podemos decir de la Ciencia Económica? Tomando la Teoría Económica como el corazón de esa Ciencia Económica, nos preguntamos, por lo tanto, si la Teoría Económica puede considerarse un humanismo.

Como ya he dicho, contestar a esta pregunta exigiría precisiones respecto a lo que entendemos por Teoría Económica y lo que se entiende por humanismo. Sin embargo, en lugar de comenzar delimitando ambos conceptos es más ágil, y en el fondo más fructífero, confrontar una situación en cuyo contexto la pregunta tenga sentido y sea relevante. Pensemos, pues, en el movimiento antiglobalizador y pongámonos en situación. Coloquémonos en medio de una batalla campal entre policía y manifestantes en la que se escenifica una lucha virtual entre las delegaciones de los países miembros del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional que abarrotaban el centro de reuniones en Seattle, Washington, Melbourne, Praga, Génova, etc., y los manifestantes pertenecientes a diversas organizaciones no gubernamentales que pretendían asediarlo o incluso invadirlo. En el caso de Praga (que tomaré como ejemplo, aunque no ocurrió ayer), los días anteriores se habían hecho verdaderos esfuerzos por acercar posiciones entre los directores de esos dos organismos multinacionales mencionados y las ONG menos anárquicas y belicosas. Esfuerzos éstos tan loables como inútiles, ya que no pudieron evitar los alborotos y la clausura precipitada de la asamblea. Ubiquémonos ahora en cualquiera de los bandos que pugnaban en Praga y tratemos de aislar las diferencias básicas que los separan. Los de dentro tienen una concepción abstracta del ser humano. Los de fuera sienten al ser humano en concreto y sus protestas y exabruptos van dirigidos a denunciar la insensibilidad y la inhumanidad de los apologistas de la globalización y el libre mercado, últimos responsables, según ellos, del sufrimiento observado. No es que entre los funcionarios del Fondo o del Banco no haya quien sufra con los pobres; no es que entre los anarquistas antiglobalización no haya quien tenga una concepción abstracta del hombre. No es eso, en efecto, pero sí es cierto que la confrontación entre unos y otros, los de fuera y los de dentro, podría quedar bastante bien captada por la contraposición entre un pensamiento humanista y otro que no lo es. De ahí que la pregunta sobre el humanismo de la Teoría Económica no sea trivial o puramente retórica. De su respuesta depende quizá que organismos multilaterales y organizaciones no gubernamentales puedan entenderse y colaborar en la erradicación del sufrimiento masivo de seres humanos. Trataré, pues, de perfilar la pregunta pero sin divagaciones excesivas y siguiendo siempre como hilo conductor la confrontación descrita en el caso de Praga en el año 2000.

Para conseguir el objetivo así descrito iré paso a paso. Me preguntaré en primer lugar si la Teoría Económica deja traslucir una concepción específica del hombre y si esa posible concepción se corresponde con el comportamiento humano generalmente observado. En segundo lugar exploraré las relaciones que existen entre la Economía y lo que se suele denominar las humanidades. Terminaré con un comentario sobre la concepción postmoderna de lo que es el individuo.

Los economistas como hombres y los hombres económicos

Para empezar por lo más fácil es conveniente preguntarse cómo son los economistas como seres humanos y cómo son los seres humanos modelados por los economistas. En general el economista «goza» de una imagen social fría y distante propia de una ingeniería social, pero para empezar a defender a los economistas de la acusación de inhumanidad, no se trata de dilucidar si los economistas son o no son maridos fieles, amantes fogosos, padres ejemplares o ciudadanos responsables o si por el contrario son un desastre en todos los ámbitos de lo humano. Hay economistas de todos los pelajes; pero lo que sí parece cierto es que difícilmente encontramos a un economista como protagonista de una obra literaria o como figura ejemplar de algún rasgo humano.3

Hay sin embargo una constatación que, aunque produce un escalofrío y constituye un escollo en mi estrategia, es imposible soslayar. En experimentos económicos en los que, por ejemplo, se hace jugar el dilema del prisionero o el juego del ultimátum a sujetos experimentales entre los que hay economistas, se ha observado que éstos tienen un comportamiento diferenciado. Cooperan menos a menudo que otros en el primer juego y se alejan más de la división igual en el segundo. Cabría pensar que los economistas son por formación menos fraternales y menos justos que otros profesionales, pero lo más sensato a mi juicio no es pensar así sino constatar que conocen el juego mejor que otros y que saben cuál es la solución, no muy humana, que la racionalidad impone. No es necesario añadir que ninguno de los dos experimentos citados implica que, en situaciones reales, los economistas se vayan a comportar como lo hacen en el laboratorio.

En cualquier caso, estos experimentos revelan que el ser humano en general es más solidario y más equitativo que el hombre modelado por la Ciencia Económica. Esta constatación nos llevaría a pensar que la economía no sabe captar al ser humano en toda su extensión o en toda su complejidad y, en consecuencia, a aventurar la idea de que la economía no es, o no configura, un humanismo. Quizá sea así, pero yo creo que esta respuesta es prematura. En efecto, para perfilar la respuesta sobre la naturaleza humanística de la Economía no se trata de saber si los agentes económicos racionales modelados por los economistas teóricos son una caricatura excesivamente simplificadora de los hombres y mujeres que diariamente toman sus decisiones en el mundo real: la caricatura será excesiva o no dependiendo sólo de su rendimiento teórico. De la misma forma, no deberíamos entender como economía humanística aquella que pretende modelar los buenos (o malos) sentimientos que los agentes económicos reales muestran en muchas ocasiones. El altruismo por ejemplo es fácilmente incorporable al esquema conceptual generalmente utilizado sin que varíe este esquema y sin que, por lo tanto, la incorporación del altruismo pueda humanizarlo. Tampoco deberíamos hacer depender el humanismo de la Economía de su capacidad para explicar comportamientos como los solidarios o equitativos detectados en experimentos como los citados relativos al dilema del prisionero o al juego del ultimátum: las explicaciones al uso pivotan sobre variaciones de los modelos (por ejemplo considerar que el correspondiente juego se repite) que no ponen en duda la racionalidad del individuo y, por lo tanto, no aportan nada nuevo a la naturaleza del ser humano que conciben.

Mientras las hipótesis estándar de los modelos económicos sean suficientes para explicar comportamientos observados, no hay razón para tratar de cambiarlas, aunque no reflejen la naturaleza profunda del ser humano y no tengan en cuenta muchos rasgos psicológicos que pueden nublar su razón en algunas ocasiones.4 En todo caso, y para disciplinar nuestra imaginación ateniéndonos a la situación concreta que nos hace de hilo conductor, podemos afirmar que no parece que precisiones sobre la modelización utilizada por la Teoría Económica vayan a zanjar el conflicto entre «tecnócratas» y «humanistas» que parece subyacer a los enfrentamientos de Seattle, Washington, Praga, Melbourne, etc. Unos y otros admitirían, yo creo, que no están hablando de esto, sino de algo más profundo.

Economía y humanidades

Con un poco más de rigor suele decirse que la Teoría Económica no es un humanismo porque no tiene relación apreciable con las llamadas humanidades. Esto es cierto en un sentido muy pegado a tierra, pero no necesariamente cuando se reflexiona sobre ello en abstracto. Es verdad que los currículos académicos de «humanidades» y de «económicas» apenas se cruzan, y también es verdad que en general no hay doble militancia en los economistas, que raramente se desdoblan en filósofos o artistas, pero todas estas evidencias aparentes pierden parte de su obviedad cuando examinamos con un poco más de profundidad la relación entre la Teoría Económica por un lado y las diversas ramas de la filosofía por otro.

Dejando al margen otros precedentes menores o la opinión de escuelas cerradas en sí mismas, es generalmente aceptado que la Ciencia Económica se inaugura con Adam Smith, un profesor de filosofía moral. Este origen no es caprichoso, pues de hecho la preo­cupación típica de Smith, tanto en la Teoría de los sentimientos morales (1759) como en La riqueza de las naciones (1779), no es sino tratar de aislar las condiciones que dan sentido a la interacción humana y propician la existencia de las instituciones que permiten ordenarla. En este sentido la Teoría Económica tiene mucho que decir y no puede hacer abstracción de temas como el liberalismo político y económico, la igualdad, la justicia o la igualdad de oportunidades. Sin embargo, puede quizá pensarse que estos temas no son centrales a la Ciencia Económica ni tampoco a la Filosofía. ¿Hay alguna relación entre la Economía y la Ontología, la Ética o la Estética? Pretendo argüir que sí la hay y que la Economía tiene hoy la capacidad de avivar y enriquecer estos asuntos propios de la aventura filosófica más clásica.

Pensemos primero en la Ontología. No parece que este topos básico de la metafísica haya sido muy popular desde Heidegger hasta hoy ni que vaya a recuperar su centralidad a partir del estructuralismo en base a la consideración ontológica del individuo. Sin embargo, me permito opinar que los filósofos avivarían su ingenio si examinaran algunos resultados contemporáneos, aunque no muy recientes, de la Economía. Mencionaré tres bien conocidos. Los tres tienen en común una característica básica del pensamiento económico: su reflexividad. Esta cualidad hace que las ideas económicas de los agentes económicos puedan influir en la configuración de la realidad económica. El primero de estos resultados que quiero destacar es el relacionado con la problemática existencia de burbujas especulativas en un mercado de valores, tema al que se ha hecho referencia en el capítulo 9 relativo a los mercados financieros. ¿Qué tipo de realidad es esa que parece observarse profusamente pero que, como se sabe, no podría existir a largo plazo si los agentes económicos fueran racionales? El segundo se refiere al modelo de Lucas de la curva de Phillips que he mencionado en el capítulo anterior y que ahora recuerdo y completo. El hecho crucial de que la información no es perfecta hace que los agentes económicos tomen un incremento del nivel general de precios como una elevación del precio relativo que les concierne. Su comportamiento consecuente genera observaciones que recubren una curva de Phillips como la que conocemos, es decir, con pendiente negativa en el espacio de tasa de inflación y desempleo. Pero curiosamente este objeto que observamos parece ser como un espejismo, ya que en cuanto queremos apoyarnos en él para, por ejemplo, reducir el desempleo, nos encontramos con que no podemos y con que lo único que conseguimos es incrementar la tasa de inflación. Puede parecer que estos dos resultados no son lo suficientemente robustos como para sembrar dudas ontológicas acerca del realismo de la Economía, pero el tercero debería tener la virtualidad de reforzar esas dudas. Este tercer resultado al que me refiero es el de la posibilidad de profecías que se autocumplen. Dentro de esta familia de resultados es singularmente impactante el que ha dado en llamarse el «equilibrio en manchas solares». De acuerdo con esta idea es posible que haya una economía totalmente determinista en la que existe un equilibrio (determinístico), digamos, que dé pleno empleo. Pues bien, si la gente cree que las manchas solares influyen en la producción de esta economía (tal como creía Jevons, nuestro santo patrón romántico) y la dinámica de estas manchas solares es estocástica, puede ocurrir que esta economía determinística exhiba un equilibrio observable en que el sistema oscila estocásticamente entre el pleno empleo y el de­ sempleo. Las creencias, incluso las falsas como en este caso, han creado realidad en el pleno sentido de la palabra y, dicho sea de paso, vuelven a permitir disentir sobre la efectividad de la política económica.

Estos tres resultados siempre me han parecido que constituyen un reto para la Ontología, pero no soy consciente de reacción alguna por parte de los filósofos. Lo que sí he visto es su utilización genérica, es decir, como ejemplos de la reflexividad del pensamiento económico, en la discusión entre realismo y retórica como metodologías económicas. Pero no quisiera ahora enredarme con la metodología en general ni con la metodología económica en particular, porque la consideración específica de la Filosofía de la Ciencia, aunque es claramente parte de la filosofía, me distraería de mi empeño por sugerir el interés del pensamiento económico para ramas más clásicas de la filosofía. Volveré pues mi atención a la Ética y dentro de ella a dos temas centrales. El más interesante es posiblemente el tema del utilitarismo, en el que filosofía y economía llevan juntas doscientos años. Baste aquí decir que son economistas los que en los últimos años han desbrozado el problema de por qué y en qué condiciones la «función de bienestar social» tiene esa forma de suma ponderada de utilidades que siempre se ha atribuido al utilitarismo. Me atrevería a decir que aquí los economistas han sido los verdaderos filósofos. Quizá menos central ha sido el tema del relativismo cultural de la Ética y la correspondiente problemática de la universalidad de algunos derechos humanos a la que hice referencia tangencial al hablar de fraternidad en el capítulo 6. Sobre esto volveré más adelante, pero cabe decir ahora que hay una interacción natural entre el pragmatismo americano, e incluso el comunitarismo, con algunos desa­ rrollos económicos basados en juegos evolutivos, a los que me refería en ese capítulo. Estos juegos poseen en general diferentes equilibrios que son alcanzados a partir de diferentes condiciones iniciales y, en consecuencia, lo que puede llegar a configurarse como una norma en una sociedad puede ser pasado por alto en otra sociedad.

Aunque parezca algo sacado de quicio, tampoco cabe ignorar la relación entre la Economía y la Estética. Nociones de arte pueden servir para distinguir aproximaciones alternativas a la política económica5 y, como se sabe, hay toda una rama menor de la Teo­ ría Económica dedicada a estudiar el mercado del arte, pero quizá es momento de tomarnos un respiro y no dejarnos llevar por la inercia analítica ni por la erudición y volver a la situación que debe constituir nuestro hilo conductor. A efectos de entender lo que ha ocurrido en las reuniones anuales de los organismos multilaterales, y a pesar de lo que acabo de argüir, no cabe decir que la economía esté hoy muy cercana a la filosofía, aunque nace de ella y esporádicamente vuelve a ella, incluso con ideas fructíferas. Tampoco parece que la sensibilidad estética influya sobre la forma de entender un problema económico, aunque a veces pueda aclarar algunos aspectos. No parece que dos economistas puedan distinguirse por sus aficiones artísticas o por sus gustos literarios. Ni los alborotadores antiglobalización están exigiendo que los expertos encerrados en su palacio de congresos sean hombres cultos en estos sentidos, ni éstos, los expertos, se sentirán dolidos por la acusación de una cierta incultura. El enfrentamiento entre unos y otros tampoco parece estar aquí.

Individuación

La respuesta al interrogante sobre el carácter humanista de la Teoría Económica no está en el descarte del aspecto tecnocrático que pueden tener muchos de los que llevan a la práctica sus resultados. Deberíamos más bien preguntarnos sobre la concepción del agente individual que subyace a la Teoría Económica y preguntarnos si corresponde a ese individuo concreto y libre que está en el centro del sistema económico y que puede modificar su entorno a su antojo. A responder a esta pregunta nos ayudará la primera parte de este trabajo dedicado al Homo posteconomicus y también el primer capítulo de esta última parte dedicada a la política económica.

En principio es el Homo economicus el que parecería responder con exactitud a la noción de «hombre» que subyace en el humanismo. El agente individual de los economistas en un ser que elige en libertad (dentro de aquello que le es accesible), que está en el centro de un sistema económico que responde a sus decisiones y se configura de acuerdo con ellas y que, además, puede modificar ese sistema de acuerdo con la política económica o la regulación. El único problema conceptual que aquí puede percibirse es que ese agente individual de la Teoría Económica no es a primera vista un «hombre» concreto distinguible en su individualidad. Para la tradición británica de la que proviene (con excepciones notables) la Teoría Económica, el agente individual del sistema no es algo problemático, sino algo naturalista y de sentido común. Se trata, en efecto, del átomo primitivo de la sociedad con su espesor ontológico propio correspondiente al espesor ontológico del sujeto en la dicotomía, naturalista y de sentido común, que establece el pensamiento moderno entre el sujeto y el objeto. Sin embargo, en la primera parte de este trabajo hemos visto con detenimiento cómo el agente individual deviene racionalmente más complejo, psicológicamente más denso y socialmente menos individualista. Éste sería el «hombre» concreto propio del humanismo, de modo que podemos decir que la Teoría Económica se acerca a ser un humanismo sólo si pensamos que el hombre abstracto de la Ilustración, disfrazado de Homo economicus, esté dejando paso en la Teoría Económica a este otro hombre concreto que hemos denominado Homo posteconomicus.

Y efectivamente éste es el caso. No se trata de repetir todo lo ya dicho en los tres primeros capítulos, pero sí merece la pena recordar algunos rasgos. La racionalidad instrumental propia del hombre abstracto naturalista ya no agota la racionalidad del hombre concreto que puede estar sujeto a, y hacer uso de, una racionalidad expresiva (que indica su deseo de ser identificado como perteneciente a una comunidad determinada) o de una racionalidad comunicativa que desea ser entendida. En segundo lugar añadiríamos que la teoría empieza a integrar, además de formas más sofisticadas de racionalidad, rasgos psicológicos bien establecidos experimentalmente. Pero no es esto lo único que hace del agente individual algo más denso. Es también que el agente individual puede entenderse como poseedor de una identidad plural, por ejemplo, consumidor, productor e intermediario simultáneamente. Es el juego entre las diversas pulsiones que subyacen a estas etiquetas el que puede entenderse como un juego en sentido matemático, de forma que el individuo concreto que estaríamos buscando sería el resultado de ese equilibrio entre diversos yoes, lo que nos permitirá hablar de una institucionalización del individuo, de una individuación del agente individual modelado por la teoría.

Sin embargo, y en tercer lugar, es la concepción del individualismo metodológico lo que hace posible la esperanza de que la Teo­ ría Económica esté en camino de convertirse en un humanismo. No se trata aquí solamente de que la identidad puede ser un factor explicativo en la teoría, sino de algo más especulativo que puedo explicar siguiendo a John Davis.

Este autor pretende explorar la identidad del agente individual que pulula por todos los modelos económicos, sean ortodoxos o heterodoxos. Para Davis «la Economía Neoclásica o la correspondiente a la corriente principal, que hace del individuo una pieza central de su análisis, adolece de una concepción adecuada del individuo».6 Esta concepción sería la que acabamos de atribuir a la tradición británica y que hemos calificado como de sentido común y naturalista. Pero para Davis esta concepción, que proviene de Descartes y Locke, es insostenible porque este átomo social irreductible está endógenamente determinado, tal como sugieren las críticas contemporáneas al atomismo naturalista de la identidad individual propia del modernismo. Para la faceta sociológica de esta crítica antimodernista el individuo es una creación social que hace y deshace sin pausa su identidad, y para su faceta postmoderna, el individuo es un mero constructo lingüístico inexorablemente impuesto por el lenguaje. Puesto que estas críticas parecen razonables y encuentran su reflejo en algunas ideas de una economía no ortodoxa, podríamos decir con Davis que «la economía heterodoxa, que en general no enfatiza al individuo, de hecho ofrece elementos para una adecuada teoría del individuo».7

No hace falta, sin embargo, adentrarse en diversos senderos heterodoxos para reconocer la justeza de su llamada de atención sociológica, basta con volver nuestra atención al último capítulo de la segunda parte, donde hacíamos un uso extenso de los juegos evolutivos. El hombre concreto que estamos buscando como pieza de una Teoría Económica humanista no está conformado por sus preferencias, sino por las acciones que toma en el equilibrio de ese juego evolutivo (que muestran una racionalidad limitada) y que funcionan como pautas de comportamiento que resultan ser útiles en el mundo en el que se mueve, conformado por otros individuos abstractos que devienen concretos a su vez. Este comentario, que debería ser totalmente natural para quien haya leído este volumen hasta aquí, permite en efecto que hablemos otra vez de la individuación o institucionalización del individuo.

Pero la faceta postmoderna de la critica de Davis tiene también su interés. Nietzsche estaría en el origen de la crítica lingüística: «Sin las ilusiones del lenguaje simplemente no hay agentes, no hay egos, no hay conciencia de sí. Descartes y Locke supusieron que debía haberlos porque un mundo sin individuos –un mundo, entonces, sin Dios– era demasiado terrible de contemplar. Sin embargo, para Nietzsche el lenguaje era un voluble juego de máscaras detrás de las cuales no había, simplemente, nada. Las ideas de Nietzsche reaparecen en Derrida, Foucault, Lyotard, Jameson, Rorty, Baudrillard y otros […] para quienes la identidad individual siempre se disuelve en la nada en cuanto intentamos localizarla».8 Se me antoja evidente que esta vaciedad de la identidad individual es claramente reminiscente de la idea sartriana de que la existencia del «hombre» precede a su esencia, que, para nosotros, consistiría precisamente en las pautas de conducta que se van estableciendo y que no son idénticas para cada persona. Toda concepción económica que tenga algo de holística (como, por ejemplo, la que subyace en ese último capítulo de la parte II que acabo de mencionar) está en la senda del humanismo, puesto que concibe al hombre como parte de un sistema que va perfilando a ese individuo.

Parecería que para poder declarar la Teoría Económica como un humanismo sólo nos faltaría poder mostrar que la política económica es efectiva. Pero sobre la naturaleza de la política económica ya hemos hablado y nos lleva, en cualquier caso, más allá de la teoría y hacia el funcionamiento del capitalismo.

HUMANISMO, TEORÍA Y CAPITALISMO

Tanto el humanismo como el capitalismo, además de ideas teóricas son también prácticas concretas que se han plasmado en la Historia. Necesitamos ver la relación de las ideas teóricas con la Historia para luego tratar de juzgar si el capitalismo como práctica concreta podría considerarse hoy o quizá mañana como un humanismo.

Economía e Historia

Volvamos al movimiento antiglobalizador como hilo conductor de las ideas que estoy desgranando. Creo que, por un lado, empezaremos a acercarnos al corazón del conflicto entre globalizadores y antiglobalizadores si entendemos que los aspavientos de éstos acusan a los expertos de ignorantes de la Historia y, por otro lado, que nos convendría juzgar si el humanismo como práctica histórica concreta puede verse reflejado en alguna teoría económica específica. Sólo así podremos, finalmente, comparar dos prácticas históricas concretas.

Universalidad y diversidad

Quizá porque no conocen los detalles culturales propios de los paí­ses a los que aplican sus recetas, los expertos tecnócratas, dicen los críticos de la globalización, prescriben unas recetas tales que pueden llegar a ser contraproducentes y a originar un innecesario sufrimiento.9 La globalización, por ejemplo, uno de los factores novedosos cuyos efectos he tratado de explorar, también es una prescripción para el desarrollo y puede ser contestada en esos términos. Parecería que éste es el fondo del conflicto; la Ciencia Económica por no ser consciente de la Historia puede ser un instrumento romo que golpea tanto como explica. Sobre este problema genuino acabo de decir algo y ahora diré algo más, pues ciertas ideas económicas pueden aclararlo. Pero para afrontar este problema necesito examinar la compatibilidad entre la universalidad de la razón ilustrada (que define la modernidad) y la diversidad de las construcciones particulares a que el ejercicio de esa razón da lugar en el mundo postmoderno. Para ello me centraré en el problema del sesgo inflacionario y la autonomía del Banco Central, que he examinado en el capítulo anterior y que ahora por conveniencia voy a reproducir. El ejemplo allí examinado me interesa sobre todo como ejemplo en el que discutir sobre Teoría Económica e Historia de manera genérica, pero notemos que se trata de un tema que toca directamente a las partes enfrentadas, multilaterales y organizaciones no gubernamentales. El Fondo Monetario, en efecto, recomienda sin fisuras la independencia del Banco Central mientras que, tal como arguyen las organizaciones no gubernamentales, el ejercicio de esa independencia a menudo ha traído consigo la recesión económica y el desempleo, especialmente cuando se ha ejercido de manera automática, deshumanizadamente diríamos, quizá para obtener una cierta reputación.

Empecemos por generar el resultado denominado «sesgo inflacionario», tal como hemos hecho en el capítulo anterior. Reproduzco por lo tanto el juego de estrategia entre un sindicato (S) y un gobierno (G) reflejado en el panel de la izquierda. El jugador S controla los salarios y el jugador G los precios y uno y otro pueden mantenerlos (=) o subirlos (+).

S

G

S

BC

=

+

=

+

=

(10,7)

(0,10)

=

(10, 10)

(0, 5)

+

(6,0)

(10,5)

+

(6, 7)

(10, 0)

Ambos jugadores son racionales en el sentido de preferir más a menos. Las preferencias reflejadas en esta matriz de pagos son razonables y de acuerdo con ellas el único equilibrio de Nash es el correspondiente a la casilla sureste. La solución de este juego es tal que ambos jugadores aumentan la variable que controlan, salarios y precios, generando una inflación que no consigue modificar el desempleo porque el salario real no se ha modificado. La clave de este resultado, que se denomina sesgo inflacionario, es que la estrategia antiinflacionaria del gobierno (=) no tiene credibilidad alguna, ya que la contraria (+) es estrategia dominante. Ahora se ve con toda claridad que una forma inmediata de solucionar este sesgo inflacionario es dar independencia a un Banco Central cuyo gobernador tiene las preferencias reflejadas en la matriz de pagos de la figura de la derecha. Es claro que ahora el único equilibrio de Nash es el de la cuadrícula del noroeste, en la que el sesgo inflacionario ha desaparecido.

De acuerdo con este juego de manos intelectual parecería que la racionalidad exigiría la implantación en todos los países de un Banco Central independiente sin acobardarse por todos los problemas de desempleo que puedan surgir mientras este Banco Central adquiere su reputación de intransigente, cosa que tendrá que hacer mientras no se conozcan sus preferencias reales. Sin embargo, existe otra manera alternativa de atacar la falta de credibilidad del Gobierno que supone menos racionalidad y admite diversidad entre países. Esta manera alternativa está relacionada con los juegos evolutivos. Para poder utilizar el mismo ejemplo de un juego entre sindicato y Gobierno supongamos que uno y otro agente pueden adoptar estrategias mixtas, es decir = o + con ciertas probabilidades. En cada periodo de tiempo hay una in­ teracción entre ellos y de la observación de su resultado surge una modificación miope y posiblemente inercial de su estrategia mixta. Esto genera una dinámica de estrategias y esta dinámica quizá posee uno o varios equilibrios estacionarios local y asintóticamente estables, cada uno de los cuales se obtiene a partir de unas condiciones iniciales determinadas. Es perfectamente posible que en algunas sociedades se obtenga asintóticamente el equilibrio (=, =) y en otras el equilibrio (+, +). En el primer caso la sociedad no tendrá sesgo inflacionario y no será necesario un Banco Central independiente. En la sociedad del segundo caso sí que será necesario.

Este ejemplo nos hace ver que la Economía posee instrumentos conceptuales capaces de pensar la diversidad y el relativismo cultural. No dudo de que la protesta de los alborotadores antiglobalización está en buena parte basada en la acusación de ignorancia del relativismo cultural que acabo de ilustrar y de que esta ignorancia es motivo suficiente para poner en entredicho muchas de las aplicaciones de la Ciencia Económica, pero no creo que ésta sea la última palabra sobre la cuestión que nos ocupa, porque los expertos del Fondo o del Banco, y la Ciencia Económica en sí, tal como he mostrado, son muy capaces de entender la protesta y de argüir teniendo en cuenta esa historia y esas peculiaridades culturales. De hecho, muchas discusiones internas de las agencias multilaterales en los últimos tiempos han tenido esta forma. La dimisión de Stiglitz como chief economist del Banco Mundial puede enmarcarse en este contexto. Sus acusaciones al Fondo y al Banco podrían ser bandera de las ONG más atildadas. Y es de esto, seguramente, de lo que hablarían los días anteriores a las algaradas las ONG y las agencias multilaterales en Praga.

El humanismo histórico

Para alcanzar el verdadero fondo del conflicto subyacente a las confrontaciones de que hemos sido testigos hay que plantearlo en términos del posible enfrentamiento entre la Ciencia Económica, que pretendidamente alimenta las propuestas prácticas del Fondo y el Banco, y el humanismo, entendido ahora como un movimiento cultural preciso y datado. Veremos como, así visto, el conflicto que nos ocupa se entiende mejor.

El Renacimiento ubicó al hombre en el centro de la escena, en medio del mundo, e inauguró una manera de pensar que subyace a todo desarrollo intelectual de los siglos xvi a xviii. Esta manera de pensar ha constituido desde entonces un referente por el que se mide cualquier otro desarrollo intelectual. No es el momento de caracterizar el humanismo y baste aquí con destacar las características frente a las que habrá que juzgar al capitalismo en cuanto posible humanismo. Por un lado, el humanismo nace y se desarrolla en la edad de las utopías: una vez que el hombre ha tomado el centro de la escena y se ha decidido a pensar, las reflexiones sobre su de­ sarrollo futuro y el límite que ensueña influyen en su situación presente y permiten afirmar que el hombre libre puede modificar su mundo. Por otro lado, y quizá en contraste con lo anterior, el hombre que se constituye en medida de todas las cosas no es el hombre abstracto, o quizá la proyección en el presente del hombre de la utopía realizada; es, más bien, el hombre concreto con sus virtudes, defectos y contradicciones bien patentes, un hombre que piensa libre y alegremente. Estas características son justamente las que mencioné en la entradilla de esta sección y pueden servir como piedra de toque para otorgar o denegar al capitalismo su humanismo.

El carácter utópico del humanismo se manifiesta claramente en tres hitos fundamentales de su pensamiento: la Utopía de Tomás Moro (1516), La ciudad del sol de Tommaso Campanella (1623) y La Nueva Atlántida de Francis Bacon (1627). Se trata de obras de lo que hoy llamaríamos filosofía política, ya que pretenden entender, y quizá poner en práctica, la posible armonía entre los hombres en sociedad. Nada hay, a mi juicio, tan característico del humanismo como su creencia implícita en que las situaciones en el límite pueden ser situaciones límites, es decir que hay fuerzas que nos empujan hoy hacia un futuro en donde las contradicciones se resuelven.

Pues bien, el edificio del equilibrio general competitivo, una pieza terminada y bien perfilada resultante del pensamiento económico neoclásico ejercido durante siglo y medio, y para muchos piedra angular del edificio conceptual de la Ciencia Económica actual, puede ser reconstruido como una utopía. Esta afirmación deberá chocar a los fustigadores del pensamiento único y a cualquiera que crea que la Economía Neoclásica se preocupa de las relaciones entre las cosas (reflejadas en los precios relativos) y no de las relaciones entre las personas.10 Y sin embargo es una afirmación correcta. En efecto, en primer lugar sabemos que, en el límite de una economía que va aumentando su número de agentes, el conjunto de asignaciones de equilibrio walrasiano coincide con el conjunto de asignaciones que no pueden ser mejoradas por ninguna coa­ lición de agentes (es decir, de asignaciones que pertenecen al núcleo) de esa economía. En segundo lugar, también sabemos, que a medida que nuestra economía va acercándose a la economía límite, el núcleo va encogiéndose hasta coincidir con el conjunto de asignaciones de equilibrio walrasiano. Y sabemos finalmente que en el límite se ha alcanzado la competencia perfecta y que esa situación puede entenderse como una situación en la que nadie tiene poder sobre nadie. En efecto, en el límite nadie aporta nada a ningún subgrupo de gente, luego nadie puede alcanzar ninguna mejora mediante la amenaza de salirse del un grupo: podríamos decir que se ha alcanzado una situación en la que hay rendimientos constantes, pero no en bienes, sino en personas. En mi opinión resulta claro que la bonita historia de la competencia perfecta podrá no tener los tintes coloristas ni los detalles próximos de una utopía renacentista, pero posee sus elementos esenciales.

Sin embargo, y desde el punto de vista de nuestro hilo conductor, esta interpretación culta no parece ayudarnos a dilucidar si el capitalismo es o no es un humanismo, ya que la resistencia activa contra lo que los antiglobalizadores llaman pensamiento único neo­ liberal no parece dirigirse contra ese posible carácter utópico de la Teoría Económica Neoclásica, sino contra la consideración abstracta del hombre que parece violar la concepción humanista como un ser concreto y libre para decidir.11 Esta segunda característica brilla con esplendor en un humanista tardío, coetáneo durante veinte años de Adam Smith y pensador de culto: Giambattista Vico. En su Scienza nuova (1725) inaugura una manera de pensar que creo definitoria del humanismo que hoy podemos pensar y cuya relación con la manera de pensar propia de la Economía no está tan clara en principio. Podemos afirmar que Vico piensa la sociedad en su camino al límite y que la entiende en base a cuatro elementos cruciales. 1) El principio fundamentador del pensamiento no es la razón que, como creía Descartes, nos hace saber (Wissen), sino la invención, la fantasía, el ingenio, que nos hace comprender (Verstehen). 2) No es esa fantasía, sin embargo, la que constituye al ser humano; este papel lo juega la acción, y esta acción, este trabajo, es el que conforma no sólo al individuo sino también al mundo, que resulta no ser el continente de la sociedad, sino que es creado simultáneamente con ella: verum ipso factum, la verdad es algo construido. 3) El mundo es un sistema auto-organizado que cabe imaginar como un magma borboteante regido por el sentido común o reglas generales que permiten la supervivencia en ese magma.12 4) Una clave muy importante de esas reglas generales está constituida por las formas culturales, que no son iguales en todas partes, pero que en todas partes son instrumentos humanos para estar en el mundo.

Si uno reflexiona sobre las cuatro ideas cruciales que he atribuido a Vico se dará cuenta de que muy bien podrían constituir el nervio intelectual de la ira mostrada ya desde hace años por quienes parecen enfrentarse ruidosamente contra la aplicación de las ideas económicas. Sus formas de manifestarse dan testimonio de su gusto por la invención; luchan por construir la verdad a través de su acción en lugar de admitir las verdades lógicas con las que se les trata de convencer; creen que hay reglas generales que confirman un sentido común13 más útil para la supervivencia que la ciencia aprendida y, desde luego, son multiculturalistas

Aunque sea con cierto distanciamiento, me gustaría abrir como un paréntesis y, antes de preguntarme por la relación entre este humanismo viquiano y el capitalismo, preguntarme por última vez qué puede ofrecer la Ciencia Económica a los alborotadores antiglobalización. O, en otras, palabras, ¿puede hoy la Teoría Económica argüir que cumple con las formas de entender la sociedad propias del humanismo viquiano?

Mi contestación a este interrogante no es drástica sino que tiene que ser más bien cuidadosa. En mi opinión hoy hay un cambio de marcha en la Teoría Económica que la acerca al pensamiento viquiano y, en consecuencia, a las ideas implícitas de quienes protestan contra el neoliberalismo, la globalización y el «pensamiento único». El estudio extenso de este cambio de marcha necesitaría mucho espacio y una elaboración minuciosa, pero cabe quizá una descripción impresionista del mismo. En dos palabras yo diría que la Teoría Económica va en camino de entender el papel del irracionalismo en la constitución de las instituciones que dotan de estabilidad a la sociedad. Como prueba de esa aseveración arriesgada mencionaré algunos desarrollos analíticos novedosos que han sido mencionados en uno otro momento en esta obra. La literatura sobre racionalidad limitada (presente en los juegos evolutivos) explora las formas de representarla eliminando la excesiva arbitrariedad. Estos juegos evolutivos, a los que ya me he referido en este capítulo, pero que fueron objeto de atención en el capítulo 6, permiten considerar el papel que cierta irracionalidad puede llegar a jugar en tiempo real. La Revolución de la Información introduce consideraciones de asimetría informacional que explican no pocas instituciones. El neoinstitucionalismo nos alerta sobre la variedad de las instituciones y sobre el papel crucial que juegan en el condicionamiento de las elecciones individuales y sociales y, finalmente, y esto es algo muy importante, la estrategia investigadora cree llegado el momento de integrar desarrollos de la psicología del conocimiento y del aprendizaje en los modelos económicos, lo que permitiría entender la constitución del yo a través de la acción, tal como acabo de discutir. Este cambio de marcha es perceptible y ello me permite contestar a la primera interrogante que he planteado en este capítulo. En efecto, la Teoría Económica está en el camino de constituirse como un verdadero humanismo, pero falta trabajo por hacer y seguramente en el camino serán inevitables muchas vueltas y revueltas. Como conclusión, no es ésta todo lo drástica que sería deseable, pero aun así me parece que puede ayudar a entender el conflicto entre expertos y alborotadores que sirve de excusa a mi discurso y de hilo conductor del mismo.

De acuerdo con esta conclusión podríamos decir que lo que los antiglobalizadores comunican de profundo e interesante es posiblemente su rechazo radical a que la Teoría Económica prohíba a los hombres ser dueños de su destino. Esta indignación profunda no puede apaciguarse con explicaciones económicas más o menos complejas, explicaciones que acaban intentando hacerles creer que el mundo, en sus aspectos económicos, es como es indefectiblemente. Esto es posiblemente lo que los anarcos que viajan de Washington a Génova pasando por Seattle, Melbourne o Praga creen ver en las posturas de los organismos multilaterales: que no hay alternativa.

Cierro así el paréntesis y paso a concentrarme en el segundo interrogante abierto en este capítulo.

Los capitalismos

Notemos que las ideas viquianas no sólo describen la manera de pensar humanista, sino que, sobre todo, tratan de dibujar el funcionamiento real del sistema social. Debemos, pues, examinar ahora si la manera propia de funcionar del sistema capitalista, variable en el tiempo, puede considerarse en algún momento como ese sistema en el que podría florecer el humanismo definido por Vico. Creo que no tenemos más remedio que, a fin de ordenar ese examen, distinguir entre el capitalismo anterior a las revoluciones simultáneas –o casi– de la globalización, de la sociedad de la información y de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y el funcionamiento de ese sistema económico después de esas revoluciones.

De la teoría a la práctica capitalista de ayer

Si para continuar con nuestro hilo conductor miráramos al capitalismo de ayer mismo, un capitalismo que llamaré plástico, nos encontraríamos con que hay espacio para la reconciliación entre los integrados y los apocalípticos. Si nos olvidamos de los problemas de la globalización, si no queremos confrontar el creciente valor añadido aportado por la economía sin peso, digital, nueva o virtual y si cerramos los ojos a la decisiva influencia de las TIC, podríamos decir que el funcionamiento del sistema económico y la Teoría Económica que trata de entenderlo conforman un todo que desactiva la confrontación en unos términos como los siguientes.

Todo iría mejor, en efecto, si entendiéramos que la Ciencia Económica, aunque sólo pueda decirse que está en camino de convertirse en un humanismo, deja alternativas a los hombres, y son éstos los que tienen que decidir en la práctica, ilusionados tal vez por esa misma Teoría Económica que a veces puede jerarquizar esas alternativas y que son, por lo tanto, los hombres los que configuran el mundo. No es lo mismo que una única receta pueda ser modulada de acuerdo con las distintas culturas que decir que esas culturas pueden ser modificadas por los hombres que pueden elegir entre ellas. De lo primero, tal como he dicho, se ha hablado, de lo segundo no. Y sin embargo yo creo que aquí está el quid de la cuestión, en el capitalismo de ayer. La Teoría Económica puede cambiar el marco expectacional y el institucional, generando así realidades diversas. De ahí que en ese capitalismo plástico haya una enorme diferencia entre anunciar que no hay alternativa a una receta dada, aunque se pueda modular, y tratar de explicar que, entre las varias recetas o políticas económicas existentes, hay una que parece la mejor a una mayoría de personas inteligentes y bienintencionadas. La primera postura produce resentimiento, la segunda ofrece una oportunidad al convencimiento mutuo. El humanismo parecería pues compatible con el capitalismo plástico de ayer.

Como ejemplo de este capitalismo plástico que parece ser compatible con el control de su propio destino por parte de los hombres voy a referirme a lo que todavía existe como Estado del Bie­nestar. El origen de esta institución está en las luchas políticas en el Estado nacional y en el deseo de encontrar la paz social entre una clase de desposeídos y otra de propietarios mediante un arreglo que pretende simultáneamente mitigar el sufrimiento (Beveridge) y estabilizar los ingresos de los funcionarios (Bismack). A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial se generaliza en los países capitalistas, incluyendo los Estados Unidos de América, y es como si formara parte de la democracia, y desde luego de la política estabilizadora del ciclo, mediante los estabilizadores automáticos. Sin embargo, a partir de los años ochenta del pasado siglo xx se pone en entredicho en parte por razones políticas, en parte por las dificultades previsibles de su viabilidad financiera y en parte por problemas de justicia intergeneracional.

Sin entrar en demasiados detalles es fácil describir el Estado del Bienestar. Pensemos en una caja en donde se guardan los ingresos de un impuesto sobre los salarios (pagado sólo en parte por el trabajador) y de donde salen gastos sociales como pueden ser los gastos de un sistema público de salud o de educación, las subvenciones por desempleo o las pensiones de jubilación. Para simplificar no nos preocuparemos por los ingresos (aunque un impuesto sobre salarios demasiado alto cargado sobre las empresas puede dificultar la creación de empleo) y de entre los gastos nos concentraremos en las pensiones, dejando fuera de nuestra consideración el pago del desempleo (que puede influir en la intensidad de la búsqueda de empleo y en su aceptación), la sanidad (cuya financiación es un problema muy serio) y la educación, cuya financiación tampoco es fácil

En principio no hay nada excepcional en este mecanismo que parecería requerir solamente un mínimo de capacidad para el cálculo actuarial. En ese sentido no parecería muy relevante si el sistema es privado, público o mixto y si funciona a través de la capitalización de lo pagado a favor de cada trabajador o como un sistema fiscal que paga lo que ha prometido a cada trabajador y establece una conexión con el sistema fiscal general que enjuaga los déficit o recibe los superávit.

En general cuando hablamos del Estado del Bienestar nos referimos a un sistema público del segundo tipo de los mencionados (pay-as-you-go), un arreglo que, de alguna forma, cubre las inseguridades de los que viven de su trabajo (y no de las rentas de su capital acumulado) desde la cuna a la tumba. Los pro­ blemas que pueden surgir son claramente de tipo actuarial y dependen básicamente de la demografía. Son los jóvenes los que financian las pensiones (y los gastos médicos) de sus mayores (quienes a su vez han pagado su educación), y es posible que cuando la tasa de crecimiento de la población disminuya, cada joven tenga que cargar con las pensiones de un mayor número de viejos. Como los ciclos demográficos no están sintonizados con los ciclos econó­ micos, que siguen existiendo a pesar del amortiguamiento que puede suponer el Estado del Bienestar, puede ocurrir que el sistema haga aguas, exija demasiado del sistema fiscal general y entre en crisis. En ese momento surgen dos tipos de propuestas.14 La primera, que denominaremos europea, consiste en mantener el carácter público del sistema pero convertirlo en un sistema de capitalización. La segunda, que podríamos llamar americana, consiste además en privatizar (con límites) el sistema. En ambos casos el paso de un sistema de pay-as-you-go a uno de capitalización sacrifica a unas cuantas generaciones, que deben ser compensadas con el correspondiente gasto público. La diferencia real está en el futuro de uno y otro arreglo. En el sistema público europeo cualquier fallo en el fondo del sistema estará cubierto por el Estado, con lo que es posible que haya abusos en forma de azar moral. En el segundo cada uno correrá con el sufrimiento que le proporcione la mala gestión privada por la que haya optado, a cambio de su creencia en que la gestión será mejor. A mi juicio está opción entre seguridad y gestión no es suficiente para todo el ruido que se oye con relación a este problema. Se trata de un ruido superficial que amplifica las justas reivindi­ caciones que realizan los perjudicados y las críticas de los que creen que el sistema es una carga para la creación de riqueza. El verdadero ruido de fondo, o mar de fondo de esta tempestad superficial, está en otro lado, por muy importantes políticamente que parezcan las pensiones y por mucho que se juegue con los pensionistas como parte privilegiada y creciente (en los últimos años) de la ciudadanía.

El verdadero mar de fondo nos desvuelve al hilo conductor de este capítulo, el que trata de engarzar los argumentos sobre la relación entre capitalismo y humanismo. Pues bien, en tanto que las ventajas de uno y otro arreglo están bastante claras, podemos decir que son efectivamente los ciudadanos los que tienen que elegir sabiendo que pueden hacerlo y que hay un coste o un beneficio en hacerlo.15 Hay problemas obvios de Economía Política, pero en lo que ahora nos concierne podríamos concluir que este capitalismo plástico de ayer es, o puede ser considerado, un humanismo.

Lo conceptualmente problemático en cuanto a la relación entre capitalismo y humanismo surge en cuanto pasamos de este capitalismo de ayer al que apunta en el horizonte y sobre el que ahora voy a especular una vez más.

El capitalismo de mañana como sistema complejo

Hasta aquí parece que tanto la Teoría Económica como el capitalismo, tal como los conocemos hasta ahora, podrían ser considerados como un humanismo, pues cumplen con los trazos definitorios de éste que hemos destacado. La pregunta que nos hacemos ahora es si esta impresión puede mantenerse a la luz de las novedades que estamos tratando de evaluar en esta obra. Hemos visto que la globalización, la sociedad del conocimiento y las TIC, con lo que representa cada una, traen consigo cambios significativos en las instituciones básicas del capitalismo. La propiedad permanece en el centro del sistema y es imprescindible, pero ha de plantar cara a intentos de extender su ámbito en demasía. La empresa va a ser mucho menos permanente, variando rápidamente de acuerdo con la introducción de nuevos bienes. Los mercados se van completando y el Estado no sólo tendrá menos competencias, sino que tendrá un tamaño menor. Estas ideas nos han ido enseñando que el sistema de mercado al que nos acercamos tendrá cada vez menos que ver con la tradición neoclásica y que nos acerca a una tradición austriaca que no puede dejar de consi­ derarlo como un sistema complejo en el doble sentido de que su dinámica no puede ser replicada por un algoritmo sencillo y de que es impredecible sin que las condiciones iniciales condicionen demasiado su desenvolvimiento. Recordemos también que en el nuevo escenario la naturaleza de la política económica ha cambiado. Tal como hemos visto en el capítulo anterior, la política económica reglada no representa ya aquella especie de garantía de estabilidad que en su día parecía prometernos, sino que quizá representa un intento de captura que es inmediatamente reconocible y denunciable.

Parece pues evidente que las señas de identidad del humanismo no están garantizadas en el capitalismo que ya vislumbramos. Parecería que somos más libres que nunca como individuos, pero somos individuos en formación. No es nada claro que podamos vernos a nosotros mismos en el centro del sistema económico y, desde luego, es muy dudoso que podamos manejarlo.

Antes de expresar ninguna conclusión específica sobre el carácter humanista de este capitalismo que nos llega, consideraré algunos detalles que acabarán reforzando la conclusión. Me interesa dar una visión de la innovación alternativa a la que se maneja hoy. Esto me pondrá en disposición de reflexionar sobre la igualdad de oportunidades. Y, finalmente, podré concluir que el capitalismo que viene no es un humanismo y preguntarme por la naturaleza de la felicidad en ese sistema.

Hasta hoy mismo el proceso Innovador, con mayúscula, era de naturaleza lineal, pasando por los estadios de investigación básica y aplicada (I), desarrollo de productos (D) y su entrega al mercado como innovación (i minúscula). Este proceso de I+D+i todavía es objeto de discusiones y de política económica. Sin embargo, a estas alturas de este volumen ya sabemos lo suficiente como para sospechar que se trata de un proceso que no es lineal sino reticular y que pone en juego a varios agentes y a ciertas instituciones de manera complicada. De todo lo dicho en este volumen surge para empezar la idea de que no instrumentamos el cambio, sino que el cambio nos adopta. Toda innovación en este capitalismo adelantado debe partir de la idea schumpeteriana de la destrucción creativa, de que no hay empresa sin innovación, de que la innovación no es algo que las empresas pueden o no hacer: no hay empresa sin innovación de algún tipo. De acuerdo con esta filosofía básica, deberíamos aceptar que no somos los que diseñamos el sistema de I+D+i, sino que el sistema de innovación se diseña a sí mismo. En efecto, es algo muy parecido al juego dinámico estudiado minuciosamente en el capítulo 6. El sistema se va conformando poco a poco alcanzando unas pautas de conducta de equilibrio, equilibrio éste que no es único, pero que siempre está dinamizado por la iniciativa privada, sin la cual lo único que hay es un dirigismo que puede resultar útil a algunos, pero que no es probable que dé de sí todo lo que potencialmente podría dar. Para entender el sistema concreto es necesario conocer los agentes primitivos: empresas y organizaciones de científicos. Estas últimas está ampliamente cartografiadas, pero las primeras son muy variables, tal como hemos visto.

Este sistema debe proponer incentivos para que las empresas alquilen los servicios de los científicos a fin de innovar, pero estos incentivos no deben proporcionar un monopolio tal que acabe arruinando las ventajas de la innovación. Esto pone en juego el problema ya reconocido por nosotros de la propiedad intelectual. Las patentes son un instrumento peculiar del proceso evolutivo de innovación y, dentro de ese sistema, se utilizan de variadas maneras estratégicas, no siempre óptimas desde el punto de vista del conjunto.16 Además, con la emergencia de los bienes digitales con costes marginales cercanos a cero, el monopolio temporal de una patente no sólo puede representar una enorme disminución del excedente del consumidor, sino también el peligro de un torpe­ deamiento o inhibición de la propia innovación. Existe el peligro de que el sistema de otorgamiento de patentes sea capturado por las propias empresas, pero ya hemos visto tanto que hay formas de evitarlo, propiciando la competencia entre oficinas de patentes distintas, como que la tecnología acabará rompiendo inexorablemente esa posibilidad en la sociedad de la información en la que los bienes digitales (fácilmente reproducibles) acabarán significando un porcentaje muy alto del valor añadido. Lo que esperamos, por lo tanto, es una aceleración de la innovación y una rapidísima rotación en los bienes disponibles acompasada, claro está, con la rápida rotación de empresas, cada una de las cuales acorta su ciclo de vida. Pero todo esto, que ejemplifica de manera muy plástica el capitalismo al que nos dirigimos, pone en juego tanto al Estado del Bienestar como a la igualdad de oportunidades.

Acabamos de ver el origen y las funciones que el Estado del Bienestar ha cumplido y cumple todavía en el capitalismo, empezando por la paz social, continuando por el aseguramiento y pasando, aunque no lo hayamos mencionado, por una especie de igualdad de oportunidades asociada desde luego a la educación pública y a la sanidad pública. Sin embargo, en el capitalismo que nos cae encima la paz social está sólo amenazada por el terrorismo, y el aseguramiento no es un problema en un mundo en que gracias a la información podemos compartir todas clase de riesgos a través de nuevos mercados ahora fácilmente sostenibles. Hemos de esperar que, por lo tanto, el Estado del Bienestar desaparezca o se reduzca significativamente. ¿Qué queda entonces de la igualdad de oportunidades? Sospecho que esta noción va a cobrar un nuevo significado muy distinto. Por un lado no debemos olvidar que las condiciones iniciales no juegan un papel muy destacado ni determinante en un sistema complejo como es el capitalismo que viene. Por otro lado es fácil argumentar que estadísticamente cada uno de nosotros acabará teniendo su oportunidad. Primero, sabemos que nuestra identidad individual es plural, de forma que disponemos de diversos talentos adecuados cada uno de ellos a diferentes estados de la naturaleza. Segundo, sabemos que la innovación será tan rápida que la elaboración de los nuevos productos exigirá talentos muy distintos en cada instante. Lo probable, se intuye, aunque esto exigiría cierta formalización, es que cada una de nuestras facetas o talentos encuentre su uso en uno u otro momento y que, muy probablemente, lo que en esos momentos ganemos sirva para cubrir las necesidades del retiro. Retiro que, por otro lado, no tendrá el mismo sentido que ahora, puesto que las TIC hacen posible la identificación de trabajo y ocio al menos hasta cierto punto. Ciertamente habría algunos seres humanos con mala suerte estadística, pero como no es predecible a qué clase pertenecen, resultan no ser relevantes.

Claro está que estas predicciones no hay que tomarlas al pie de la letra, sino como tendencias o aproximaciones, pero como tales anuncian un mundo económico muy distinto al actual. No es un capitalismo que manejamos a efectos de darle forma al mundo. Se trata de un mundo autónomo que nos perfila a nosotros. Las metáforas para descubrir el sistema de mercado ya no vendrán del mundo de la física o de la biología, sino de la cibernética.17 Por lo tanto el capitalismo que nos viene no es el hogar del humanismo. El hombre cree crearse su propia personalidad singular, pero no hace más que ocupar el sitio que el sistema le asigna. Difícilmente se puede hablar de un centro ocupado por el hombre concreto existente porque el sistema no tiene centro y porque el hombre es intercambiable. Y el sistema evoluciona espontáneamente sin que podamos decir que el hombre lo controla. Exagerando podríamos hablar del meme egoísta.18 Los seres humanos estaríamos aquí para asegurar que persisten unos memes ganadores. En resumidas cuentas, en un sistema complejo como el capitalismo que nos viene deberíamos hablar de un posthumanismo capitalista.

Finalmente, después de muchas vueltas y revueltas, hemos alcanzado un punto final en que el capitalismo que viene difícilmente podría ser considerado como un humanismo. Está a punto de alcanzar el estatus del marxismo maduro de El capital o del estructuralismo que, a diferencia del existencialismo del Sartre, no son un humanismo.

Felicidad

La conclusión que acabamos de aceptar sobre el capitalismo que viene parecería implicar que la felicidad (sea lo que sea lo que esta locución significa) será difícilmente alcanzable en ese sistema en el que la globalización, la sociedad del conocimiento y las TIC han hecho su trabajo. Pero esta implicación no es tan evidente y merece una reflexión acorde con la reciente inclusión de la felicidad en el conjunto de temas respetables para la Teoría Económica.19 Comencemos esta exploración de la felicidad en el capitalismo que se nos viene encima exponiendo el trabajo de Alesina et alii. En su trabajo, estos economistas tratan de explicar por qué el efecto de la desigualdad sobre la felicidad es «negativo, grande y significativo en Europa pero no en Estados Unidos».20 Su trabajo parece estar a caballo entre la exploración de los deter minantes de la felicidad y el examen de los determinantes de la movilidad social. Basándose en la combinación de dos encuestas, una americana y otra europea, acerca de la felicidad encuentran la siguiente evidencia. Excepto para los ricos y de izquierdas (que son como europeos), la desigualdad en la distribución de la renta no afecta a la felicitad de los americanos y, excepto para los ricos y de derechas (que son como americanos), la desigualdad afecta mucho a la felicidad de los europeos. Si nos olvidamos de las excepciones, estadísticamente poco significativas, y hacemos abstracción de ciertos detalles técnicos, diríamos que los americanos no tienen corazón, al menos en comparación con los europeos. Pero, en realidad, y tal como nos lo hacen ver Alesina et alii, puede haber una explicación alternativa mejor consistente en reconocer que en América hay una mayor movilidad social, de forma que uno puede luchar individualmente contra su posible pobreza con mayor probabilidad de éxito que en Europa. Podrían haber añadido que la movilidad social americana genera creatividad, que ésta incrementa la productividad y el crecimiento y que éste genera desigualdad.

Estas ideas contrastan con las del libro de Scitovski, en cuya segunda parte contrasta el modo de vida americano con el europeo a través del análisis del consumo cultural. A los americanos les interesaría el confort y a los europeos el placer. El confort es como un bien negativo que sirve realmente para evitar cualquier roce con la realidad mientras que, para encontrar el placer, uno tiene que pagar el precio de un pequeño roce estimulante. El confort procura evitar las sorpresas mientras que el placer está muy relacionado con lo inesperado. La rutina y la homogeneización harían feliz a un americano, mientras que las innovaciones y las diferencias proporcionarían placer a un europeo. El arte del que gustan los americanos sería un arte provinciano, mientras que las vanguardias sí que serían apreciadas en Europa.

A primera vista parece que hay una contradicción entre ambas aproximaciones al Volkgeist de América y Europa. En efecto, si uno ha leído a Scitovski tendería a pensar, antes de analizar la encuesta sobre determinantes de la felicidad, que a los americanos, con su vida poco abierta a la aventura, les gustaría la igualdad mucho más que a los europeos. Sin embargo, hay una manera de reconciliar las opiniones, aparentemente divergentes, de Scitovski y de los economistas concentrados alrededor de Alesina. Se trata básicamente de entender que la mayor igualdad en la distribución de la renta proporciona mejores oportunidades para convertir el confort en placer. Pensémoslo. Primero, una misma «calidad» de la descripción de la distribución de la renta se logra con menos grupos cuanto más igualitaria es esa distribución (en el límite, una sociedad perfectamente igualitaria se describe como un solo grupo, y una sociedad perfectamente desigual se describe con tantos grupos como individuos). Segundo, es muy poco probable que nos dejemos influir por ideas que provienen de individuos pertenecientes a otros grupos, ya que apenas nos rozamos con ellos. Como las novedades que proporcionan placer a los snobs europeos provienen del contacto con otros a través del arte de la conversación, parece claro que en tercer lugar, cuanta mayor igualdad más novedades, más placer y, finalmente, más felicidad. Este tipo de argumentos explica también, claro está, por qué los americanos, por así decirlo, preferirían la desigualdad, ya que cuanto menos contactos tengan con los demás menos ponen en juego sus propias convicciones y más protegidos están contra los ataques a sus costumbres, es decir, mayor es su confort.

Esta explicación que acabo de sugerir tiene implicaciones para los temas de la creatividad y el desarrollo. La menor movilidad social europea hace que uno no tenga gran esperanza de mejorar su suerte mediante el esfuerzo individual y que, al no intentarlo, la creatividad sea menor en Europa, pero se trataría de una creatividad ésta orientada a la consecución del confort, y no de la dirigida a la consecución del placer.

A efectos de lo que nos preocupa en este trabajo, lo que parece evidente es que en el capitalismo que viene es de esperar que la desigualdad sea mayor a pesar de lo que hemos dicho en relación con la igualdad de oportunidades. En consecuencia, los «americanos» estarán más adaptados y serán más felices en razón de la existencia de una mayor creación de riqueza, mientras que los europeos, aunque resistirán la mayor desigualdad, disfrutarán del placer que trae consigo la innovación continua de ese capitalismo que se aproxima. No es, pues, descabellado terminar este capítulo afirmando que, aunque no podamos esperar algo como lo que pretendería el humanismo, es de esperar que la felicidad, lejos de declinar, se rejuvenezca e incremente.

RESUMEN

En este capítulo he pretendido entender el capitalismo en contraste con el humanismo y cerrar algunos temas específicos, como el de la individuación, sobre el que ya hemos reflexionado intensivamente y como los del Estado del Bienestar, la innovación y la felicidad, sobre los que apenas hemos dicho nada con anterioridad.

Con relación al tema general del capitalismo y el humanismo, hemos empezado por caracterizar al humanismo como el pensamiento que considera al hombre concreto y libre en el centro de un mundo que puede modificar en su propio beneficio. Y con relación a esas características nos hemos preguntado si la Ciencia Económica podría considerarse un pensamiento humanista y si el capitalismo conforma un entorno adecuado para el florecimiento del humanismo.

Respecto al primer aspecto, el capítulo ofrece suficientes argumentos como para poder argüir que la Ciencia Económica (o la Teo­ ría Económica) están en camino de convertirse en una especie de humanismo. Los argumentos para esa conclusión provienen de un cambio de marcha detectable en la Teoría Económica que nos lleva a la consideración del individuo como una existencia que construye su esencia, a la posibilidad de conjugar universalidad y diversidad histórica y al posible acercamiento a una concepción humanista concreta como la que se debe a Giambattista Vico.

El segundo aspecto es más difícil de abordar. El capitalismo, tal como lo conocemos hasta hoy, digamos, podría muy bien constituir un sistema de interacción social en el que podría vislumbrarse el toque del humanismo tal como lo hemos caracterizado. En este sentido lo interesante del Estado del Bienestar no es que sea protector (y, por lo tanto, quizá humano en cierto sentido), sino que es algo que los agentes económicos pueden controlar en cuanto a tamaño y cuya naturaleza pueden elegir. Pero en cuanto introducimos los tres factores clave que hemos estado analizando, las cosas cambian. Hemos examinado en la parte III y en un capítulo de la parte II que la propiedad, la empresa, el mercado y el Estado cambian de manera significativa. Estos cambios llevan a la consideración del sistema capitalista como un sistema complejo impredecible sin que sea realmente posible controlarlo por medio de la Política Económica, tal como hemos visto en el capítulo anterior.

Debemos pues aventurar la conclusión de que en el capitalismo que viene no puede darse ninguna de las características que definían al humanismo. Somos individuos no completados; difícilmente nos podemos imaginar a nosotros mismos en el centro de nada y es muy dudoso que podamos manejar el sistema económico en ningún sentido. La complejidad inmanejable del sistema económico se refleja en una innovación acelerada que acarrea una rápida rotación de empresas y bienes. En un sistema así hemos visto que el Estado del Bienestar es opcional y puede desaparecer y hemos aprendido que, sin embargo, hay algo parecido a la igualdad de oportunidades, entendiéndola en un sentido estadístico y despersonalizado que nada tiene que ver con el humanismo. Es como si los seres humanos fuéramos meros vehículos de un meme egoísta que se perpetúa a sí mismo. Y sin embargo en ese sistema el hombre puede ser feliz si por felicidad entendemos algo menos relacionado con el confort y más dependiente del placer que reporta el juego.

Notas

1 La espina dorsal del contenido de este capítulo está constituida por mi artículo (Urrutia 2000). Sin embargo, contiene novedades. Por un lado he añadido comentarios adicionales sobre el sentido nuevo en que hablamos del individuo, sobre el Estado del Bienestar, sobre la innovación, sobre la igualdad de oportunidades y sobre la felicidad. Por otro lado, la reflexión sobre el carácter humanista del capitalismo, a diferencia de la efectuada sobre la Ciencia Económica en relación al mismo tema, no sólo es nueva, sino que ofrece un perfil novedoso y, en cierto sentido, es como un resumen apretado de la tesis de esta obra.

2 Aquí podría incorporar muchas citas, sobre todo en relación al marxismo y al cristianismo. Sin embargo, para mis finalidades, me basta con las aportaciones de Sartre y de Heidegger relativas al existencialismo que se incorporan a las referencias de este capítulo.

3 Quizá la única excepción sea la de W. S. Jevons, uno de los padres de la revolución marginalista y un concienzudo escritor de diarios que permiten la reconstrucción de un ser humano real y personaje ejemplar constitutivo del economista romántico por excelencia. Ver el capítulo correspondiente de mi Economía neoclásica (1983).

4 A pesar de esta parsimonia, la parte primera de este volumen nos ha hecho ver que el Homo economicus se transforma ya en un Homo posteconomicus, que es psicológicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista, acercando así la Teoría Económica a la modelización de un hombre menos estereotipado y más cercano al hombre concreto. Volveré sobre esto enseguida en el texto.

5 En el primer capítulo de esta última parte hemos explorado la naturaleza de la política económica. Frente a una concepción que podríamos llamar apolínea nos hemos decantado por una concepción alternativa que bien podríamos calificar de dionisíaca. La primera es la que sostiene que la política económica debe ser reglada y sin sorpresas para que pueda ser comprendida. La segunda sería la que corresponde al capitalismo que viene y que, lejos de ser reglada, acabará pareciendo como si fuera estocástica más bien que discrecional.

6 Ver Davis (2003), p. 17. Traducción propia.

7 Ibídem, p. 17. Traducción propia.

8 Ibídem, p. 9. Traducción propia.

9 Ésta es una de las líneas centrales de la crítica de Stiglitz a la actuación del Fondo Monetario Internacional. Esta crítica surgió en multitud de publicaciones a partir de su dimisión como chief economist del Banco Mundial; pero quizá baste con citar aquí su libro, que aparece en las referencias de este capítulo.

10 Además de a todos aquellos que piensan que conforma un pensamiento ingenieril que hace abstracción de la participación propia de la iniciativa privada.

11 Un ser concreto y libre para decidir que necesita además la participación consciente en las decisiones colectivas para poder llegar a considerar como propios los resultados de sus acciones.

12 Es necesario distinguir este sentido común viquiano del que es utilizado tan a menudo por el neoconservadurismo y que casi le caracteriza. Este último es como un a priori inconsciente de su dependencia cultural, mientras que el viquiano está constituido por unas reglas decantadas en un ámbito (cultural) determinado que se reconoce como el ámbito en el que es preciso sobrevivir.

13 Sobre esta noción específica de sentido común, ver la nota anterior.

14 Esquemáticamente, estas dos propuestas corresponderían a los trabajos de Rifkin y De la Dehesa.

15 Entre estos costes de uno y otro sistema hay dos que nos interesan. El primero de ellos es que, en la medida en que la financiación del Estado del Bienestar es parecida a un sistema fiscal, puede tener un peso muerto que atenaza las fuerzas creativas frenando las iniciativas empresariales. El segundo es la posibilidad, pocas veces mencionada pero bien conocida, de que el sistema sea capturado, bien por el Gobierno para adornar sus cuentas fiscales, bien por los sindicatos que a través de la gestión del sistema, en la que a menudo intervienen, alcanzan una presencia que no tendrían de otra manera.

16 Ver el trabajo de Boldrin y Levine ya citado varias veces, así como el de Paul Romer.

17 Mirowski pone énfasis en este punto en su Machine Dreams.

18 Esto corresponde a las ideas de Richard Dawkins sobre genética y a las aplicaciones que de las mismas hace Susan Blackmore.

19 El libro de Layard, profusamente mencionado en su momento en los medios cultos, contribuye sin duda a la aceptación académica de este tema de la felicidad. Sin embargo, las referencias que se ofrecen de Scitovski nos hacen ver que hace tiempo que este asunto toca a las puertas del castillo de la Teoría Económica. Y que el castillo ya ha sido invadido es innegable a la visita del trabajo referenciado de Alesina et alii. Lo más llamativo del trabajo de Layard es que debido a nuestra apreciación por el estatus relativo entramos en una «carrera de ratas» que no contribuye a nuestra felicidad, pues nos hace trabajar demasiado y abandonar aspectos del ocio, como las relaciones sociales, que nos proporcionan más felicidad. De ahí surge su recomendación mas llamativa y chocante en los tiempos que corren: el reforzamiento de la progresividad de la fiscalidad sobre las rentas de las personas físicas.

20 Las reflexiones que siguen aparecieron en un artículo previo (Urrutia 2003) incluido en las referencias.

Referencias

Alesina, A., R. D. Tella et al.:2001, Inequality and Happiness: Are Europeans and Americans Different?, National Bureau of Economic Re­ search, Inc.

Bacon, F.: 1956, La Nueva Atlántida. México, Fondo de Cultura Económica.

Blackmore, S.: 1999, The Meme Machine. Oxford, Oxford University Press.

Boldrin, M. y D. Levine: 2002, «The Case against Intellectual Property.» American Economic Review 92 (2 Papers and Proceedings of the One Hundred Fourteenth Annual Meeting of the American Economic Association): 209-212.

Campanella, T.: 1953, La ciudad del sol. Buenos Aires, Losada.

Davis, J.: 2003, The Theory of the Individual in Economics. Londres, Rout­ ledge.

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De la Dehesa, G.: 2004, Quo vadis Europa? Madrid, Alianza Editorial.

Heidegger, M.: 2000, Carta sobre el humanismo. Madrid, Alianza Editorial.

Layard, R.: 2005, Happiness: Lessons from a New Science. Nueva York, Penguin.

Mirowski, P.: 2002, Machine Dreams: Economics Becomes a Cyborg Science. Cambridge, Cambridge University Press.

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Sartre, J. P.: 1998, El existencialismo es un humanismo. Buenos Aires, Losada.

Scitovsky, T.: 1982, The Joyless Economy. Nueva York, Oxford University Press.

Smith, A.: 1776, The Wealth of Nations. Nueva York, Modern Library (1994).

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Urrutia, J.: 1983, Economía Neoclásica. Seducción y verdad. Madrid, Pirámide.

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Vico, G.: 1996, Principios de ciencia nueva. Barcelona, Planeta.

Epílogo: Disipación de rentas

Para tratar de iniciar una recapitulación de lo hecho en los capítulos anteriores, recordemos su intención inicial. Decíamos en la Introducción que su objetivo era explorar el impacto sobre las instituciones básicas del capitalismo (propiedad, Estado, empresa y mercado) de los tres fenómenos recientes más significativos, cuales son la globalización, la sociedad del conocimiento y las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Todo ello a la luz de enfoques teóricos novedosos derivados de las revisiones y reinterpretaciones del modelo de Arrow-Debreu y relacionados con la economía de la información, la revolución de las expectativas, la teoría del óptimo subsidiario y los planteamientos evolutivos.

Ciertamente hemos hecho un uso extensivo, no formal y a veces meramente especulativo, de los tres factores cuya influencia queríamos analizar. La globalización no sólo ha sido directamente analizada en cuanto a apertura de fronteras y extensión del comercio internacional con sus problemas de contagios financieros, sino también, y en muchos contextos, como resultante en una inmigración que cambia el ámbito en el que se desenvuelve el juego evolutivo de la sociedad y que da origen a problemas de pluralismo cultural, de diversidad y de identidad que condicionan el fun­ cionamiento del capitalismo. En cuanto a la sociedad del conocimiento podemos decir que nos ha planteado una gama variada de influencias sobre el futuro del capitalismo. En cuanto que dicha etiqueta hace referencia a un incremento del porcentaje de bienes intensivos en conocimiento en el valor de la producción (digamos un 10% y subiendo), empezamos a apreciar como centrales en el sistema económico algunos fenómenos que hasta ahora no lo eran, como por ejemplo la propiedad intelectual y la defensa de la competencia en este ámbito, así como la posibilidad de que el acceso sustituya a la propiedad propiamente dicha. En cuanto que por sociedad del conocimiento entendemos la accesibilidad de la información, sea estructurada o no, se empiezan a iluminar como relevantes la ciencia y el científico, ciertos aspectos del tercer sector como el mecenazgo cultural o la banca de inversión como estructuradora de la información. Y en cuanto a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), su influencia ha sido explorada con intensidad. La reducción que acarrean en los costes de transacción cruza transversalmente todo este trabajo; pero además subyace de forma específica en los citados acceso y propiedad, en la rebeldía en sentido amplio, en la formación y ruptura de redes identitarias, en la apariencia (o realidad) de la gratuidad, en la transparencia, en la formación de mercados, especialmente los de aseguramiento, y hasta en el ámbito y el tamaño del Estado.

Sin embargo, la especulación relativa a la influencia de estos tres factores en el funcionamiento del capitalismo no se hubiera llegado a efectuar de la forma en que se ha hecho, y que diferencia esta obra de otras con el mismo o parecido objetivo, de no haber sido por la utilización extensiva de desarrollos teóricos. El estudio de la importancia crucial de la propiedad como institución central del capitalismo no se hubiera podido realizar sin el apoyo de la Economía de la Información, que incluye la asimetría que subyace al modelo agente/principal en cualquiera de sus versiones, así como la teoría de incentivos que es crucial para la crítica del socialismo de mercado, y sin una interpretación dinámica del modelo de Arrow-Debreu que es necesaria para renovar la concepción tradicional de la propiedad intelectual. Este modelo Arrow-Debreu, convenientemente reformulado, solo o en compañía, permite asimismo plantearnos seriamente lo que esperamos de la empresa y del mercado como otras dos instituciones centrales del capitalismo. Nos ha permitido entender la posibilidad de estructuras incompletas de mercados que resaltan aspectos financieros y de aseguramiento del mecanismo de mercado, así como la posibilidad de especulación y, quizá de forma todavía más básica y central, plantearnos la función objetivo de la empresa y la discusión entre la estrategia empresarial del shareholder value y la que denominaríamos sociedad de los stakeholders. Y sin tener en cuenta la naturaleza de las expectativas y el óptimo subsidiario no hubiéramos podido plantearnos los límites, el ámbito o el tamaño del Estado como esa otra institución propia del capitalismo sobre la que influyen los tres factores cuyo impacto vigilamos. Más en general, no hubiéramos podido decir nada sensato sobre lo que significan las instituciones en un sistema de mercado sin el concurso de la noción de juego evolutivo con su correspondiente noción de equilibrio. No sólo el Estado, sino las agencias reguladoras independientes, los organismos multilaterales o muchas políticas económicas regladas no pueden entenderse, criticarse o predecir su permanencia futura sin hacer referencia o bien a la naturaleza evolutiva de ciertas reglas o bien a la necesidad de superar la noción meramente ingenieril del modelo neoclásico de equilibrio general. Son estas referencias las que permite ver con cierta claridad la influencia de la globalización, la sociedad del conocimiento o las TIC.

El objetivo que me proponía está pues casi cumplido, pero en este epílogo hay que darle los últimos retoques, así como resumir los descubrimientos, resultados, hallazgos o sugerencias que podamos haber realizado y acuñar una explicación sintética que abarque a todos ellos. En la primera sección efectuamos este resumen (que no es sino un resumen escueto de los resúmenes de cada capítulo). En la segunda sección de este epílogo trato de acuñar la fórmula sintética que, por resumir el espíritu de toda la obra, sirve como subtítulo de la misma: disipación de rentas. Esto me exigirá perfilar esa noción de renta y descubrir cómo en el futuro el capitalismo será como una maquinaria de erosionar o eliminar esas rentas. Finalmente, trato de ofrecer una conclusión sucinta de lo que podemos esperar del capitalismo que viene.

Pero antes de abordar estas últimas ideas quiero tratar de diferenciar este producto que ahora acabo con las ideas de la escuela austriaca. Su influencia es obvia en tres direcciones. En primer lugar la creatividad que he asociado a la iniciativa privada y a la competencia tiene una raigambre austriaca evidente. En segundo lugar hay también dos influencias digamos que hayekianas aunque tienen precedentes en otros miembros más antiguos de la escuela austriaca. La primera influencia hayekiana se detecta en el énfasis en la complejidad del sistema capitalista, al que he llegado muy al final para mostrar que el capitalismo no es un humanismo. La segunda influencia hayekiana es propiamente suya y está relacionada con el rechazo del aspecto ingenieril de la Escuela Neoclásica. Es aquí donde aparece la idea de participación como una característica central del capitalismo.

Sin embargo las diferencias entre el contenido de esta obra y la escuela austriaca son bastante claras, comenzado por la acogida de numerosos desarrollos teóricos que aquí se ha efectuado y que no tienen cabida en dicha tradición. Pero me atreveré a subrayar ordenadamente diferencias más concretas. La propiedad privada está aquí mejor y más completamente defendida y justificada. El estudio de la empresa ha entrado aquí en novedades, como la transparencia y la gobernabilidad, que no pueden asociarse a ningún autor de esa escuela. En cuanto al mercado los austriacos y esta obra comparten un cierto anarquismo, pero aquí hay un intento explícito de entender la emergencia y formación de un verdadero mercado. Y en cuanto al Estado la forma en que aquí he tratado de explicar la idea de soberanía es sui géneris; el Estado mínimo aparece aquí como una predicción y no sólo como un deseo, y en cuanto al número de estados (y aunque se puedan ventear aires parecidos en Hayek) los argumentos aquí esgrimidos no remiten a Austria. Hay otras diferencias (por ejemplo, la noción de individuo), pero con las mencionadas es suficiente para diferenciar este producto.

Resumen de hallazgos

En un epílogo parece imprescindible hacer más o menos explícitamente un resumen de resultados obtenidos. Sin embargo, la noción de resultado no parece encajar bien con la naturaleza de este trabajo, pues no he tratado de establecer teoremas o de realizar inferencias estadísticas. Me ha interesado más bien servirme de unos y otras para llamar la atención sobre algunos aspectos del capitalismo que se ven venir y cuya influencia vamos a sentir en un futuro inmediato. La elaboración de los argumentos justificativos de mis afirmaciones respecto a estos aspectos tienen más bien el carácter de ocurrencias (como la llamada de atención sobre el carácter no humanista de este capitalismo que viene) por usar un término antiguo que quiere subrayar su carácter tentativo; o quizá también de sugerencias (como las relativas al número de estados) o incluso, por usar un término más petulante, de hallazgos (como podría ser el caso de la construcción de un verdadero mercado). He optado por el término petulante por dos razones. La primera, que sugerencia no es correcto, ya que más que tal se trata de argumentos poco elaborados, y ocurrencia es demasiado coloquial. La segunda razón es que la mayoría de mis afirmaciones en este trabajo tienen precisamente esa naturaleza: se trata de argumentos que estaban ahí y que de repente se me han aparecido.

Pues bien, organizaré mis hallazgos de acuerdo con las instituciones cuyas modificaciones futuras he tratado de vislumbrar. Aunque mi objetivo principal era fijar mi atención en la propiedad, la empresa, el mercado y el Estado, he hablado también de política económica en unos términos que también resumiré como parte de mis hallazgos.

Propiedad

La propiedad privada de los medios de producción es una condición sine qua non para el funcionamiento correcto de la economía de mercado. Sin embargo, corre el peligro de ser descuidada al pretender sustituirla por el acceso, así como de extenderse demasiado, o demasiado poco, en ciertas áreas.

La ya antigua discusión sobre la posibilidad del socialismo de mercado pone de manifiesto la primera de las afirmaciones efectuadas. Sin propiedad privada el planificador central puede calcular en principio el vector de precios que sostiene la asignación deseada como un equilibrio competitivo. Puede así mismo darlo a conocer e instruir a productores y consumidores para que, tomándolo como dado, actúen según sus deseos. Si lo hacen establecerán la asignación deseada, pero nada garantiza que vayan a actuar como actuaría alguien que quiere maximizar su función objetivo a no ser que puedan apropiarse del fruto de su actuación. Sin propiedad privada no se dan los incentivos adecuados para que funcione ese socialismo de mercado tan discutido a mediados del siglo pasado.

La propiedad privada no será sustituida por el acceso gratuito a los bienes. El mecenazgo y la ciencia podrían ser ejemplos de ese acceso gratuito. El primero jugará un papel cada vez mayor en la emergencia de nuevos mercados de bienes sobre los que cabe la propiedad privada, lo mismo que hará la ciencia, ámbito este en el que la propiedad privada empezará a jugar un papel cada vez más importante.

A pesar de estas tendencias al ensanchamiento del ámbito de la propiedad privada, en el futuro asistiremos, sin embargo, al movimiento contrario en el ámbito de la propiedad intelectual. Veremos, en efecto, una reducción en la duración de patentes o copyrights, así como en el abanico de bienes cuyos inventores merecen un premio en forma de monopolio temporal. Esto acelerará la rotación de bienes propia de la destrucción creativa.

Empresa

La empresa es, y seguirá siendo, tanto una unidad productiva como un activo en el que ahorrar, pero en general cederá terreno a favor del mercado debido a la reducción significativa en los costes de transacción.

Como unidad productiva, el contorno de la empresa se difuminará haciendo menos relevantes las distinciones dentro/fuera o cliente/empleado. En cuanto al tamaño, hay dos tendencias. El efecto-red presente en muchos bienes empuja a grandes tamaños, pero los mencionados costes de transacción hacen que el tamaño de la empresa tienda hacia pequeñas unidades en las que la mayor confianza mutua compensa la reducción en los costes de transacción asociados al mercado. Lo interesante es que la distribución de empresas tenderá probablemente hacia unos pocos planetas (empresas grandes) permanentes rodeados por una numerosa población de satélites (empresas pequeñas) mucho más efímeros.

Pero la empresa es también un activo en el que los agentes individuales invierten sus ahorros. Es aquí donde se plantea el problema de alinear los incentivos de los distintos accionistas por un lado y el problema del gobierno de la empresa por otro lado.

En la medida en que no podemos esperar que la estructura de mercados sea nunca completa, la maximización del beneficio puede no ser equivalente a la maximización del valor en Bolsa ni este último tiene que ser el criterio unánimemente aceptado. La transparencia no ayuda siempre, sino que a veces puede ser contraproducente a efectos de la alineación de incentivos.

El gobierno de la empresa es un problema que gira alrededor de la contraposición shareholder value vs. stakeholder society. En el futuro aparecerán mercados ad hoc que permitirán poner en funcionamiento la stakeholder society, pero mientras tanto el shareholder value puede considerarse un óptimo subsidiario en el contexto del capitalismo popular.

Mercado

La rebaja significativa de los costes de transacción va a dar origen a la emergencia de gran número de mercados y a un cambio en la naturaleza de muchos de ellos, que pasarán de ser un haz de contratos a ser verdaderos mercados organizados como lo es hoy ese mercado de valores al que llamamos Bolsa.

La mejor manera de apreciar las virtudes del capitalismo es llamar la atención sobre el hecho de que, además de su capacidad para recoger, agregar y difundir información, el capitalismo libera fuerzas creativas y genera innovaciones, la más llamativa de las cuales es precisamente la creación de mercados organizados.

Una manera contundente de certificar esa virtud del capitalismo es observar lo que ya está pasando en el mercado de trabajo. Observamos, en efecto, que cada vez hay menos plantillas fijas, que aumenta el número de trabajadores autónomos (que parecen preferir la disponibilidad arriesgada a la seguridad disciplinada) y que surgen intermediarios entre los trabajadores y las empresas.

Los mercados de valores cambiarán en la dirección de generar nuevos activos financieros adaptados al perfil de riesgo de los distintos ahorradores, de eliminar los redundantes y de rebajar los costes de los intermediarios. Estos mercados así renovados no se distinguirán demasiado de los mercados de aseguramiento, que también se ampliarán cubriendo nuevas contingencias.

Por otro lado, y a pesar de lo que podría parecer, el fenómeno de la especulación será menos corriente, lo que, junto a la mayor seguridad económica-financiera, nos debe hacer recelar del posible debilitamiento de la potencia innovadora.

Estado

El comercio a través de mercados puede funcionar sin Estado; sin embargo, el capitalismo tal como lo conocemos funciona en un mundo organizado en estados. Sobre esta institución cabe preguntarse por sus límites, su ámbito y su tamaño.

En el primer bloque de problemas hemos destacado la soberanía y la competencia. Con relación a la soberanía hemos tratado de argüir que la tendencia conservadora –que sería, digan lo digan, letal para la libertad creadora- no es necesaria, dado que los argumentos de raigambre hobbesiana no se pueden sostener hoy y mucho menos en un futuro inmediato. En cuanto a la competencia, hemos examinado cómo, en el futuro, será difícil mantener el capitalismo de amigotes y será, por el contrario, esperable que la iniciativa privada sirva para alinear incentivos privados y sociales.

En cuanto al ámbito del Estado, nos planteamos dos argumentos que trabajan a favor de su reducción: el crecimiento del tercer sector y el desmantelamiento del Estado. Hemos visto como el tercer sector es una fuerza específica de la iniciativa privada que puede proveer algunos servicios públicos, alinea incentivos privados y sociales y está en una relación tal con el sector privado que, en conjunto, va a sustituir al Estado en algunas de las funciones que éste desempeñaba en los últimos tiempos. En cuanto al desmantelamiento que podía discernirse en las privatizaciones o en la proliferación de agencias reguladoras independientes, hay que diferenciar entre sus efectos. Es positivo que la iniciativa privada recupere protagonismo y cabe pensar que la delegación en agencias independientes puede llegar a solucionar problemas de credibilidad del Estado, pero, por otro lado, tanto las privatizaciones como esas agencias pueden dar pie a la captura del Estado y a la emergencia del capitalismo de amigotes. Este peligro sólo puede eliminarse mediante la participación ciudadana y la emergencia de la opinión pública sostenida por unos medios de comunicación renovados. Pero, sea cual sea el resultado neto de estas fuerzas contrapuestas, lo que parece inevitable es la tendencia a aproximarnos a un Estado mínimo en cuanto a competencias se refiere.

El tamaño del Estado -o, equivalentemente, el número de «estados»- es un tema mucho más difícil de atacar en sí mismo y de futuro mucho más opaco. Aquí hemos tratado de acercarnos a él de manera indirecta examinando el tamaño que deberían tener los «estados» o jurisdicciones a fin de proveer aquellos servicios que conforman el Estado mínimo.

Si tomamos la educación como ejemplo de servicio público territorializado, el siguiente argumento parece trabajar a favor de jurisdicciones pequeñas en una sociedad plural en la que se plantea el trade-off entre las ventajas de los rendimientos a escala y la diversidad de preferencias educativas. Por un lado hemos de esperar que en sociedades heterogéneas se infraproduzca la educación porque, digamos, los blancos y ricos no quieren financiar la educación de los pobres y negros. Y, por otro lado, sabemos que el trade-off es especialmente intenso en el caso de la educación y de las diferencias raciales. Parece pues que la solución será una multiplicidad de jurisdicciones pequeñas coordinadas entre sí por una autoridad superior.

Si ahora miramos la propiedad intelectual y la defensa de la competencia como dos funciones no territorializadas e imprescindibles del Estado mínimo, ya que están llamadas a fomentar la innovación y la creatividad, podemos examinarlas de manera tal que nos digan algo respecto al tamaño óptimo de la jurisdicción en que deben proveerse. La propiedad intelectual ha adquirido una extensión excesiva que puede cegar la innovación. Si permitiéramos el funcionamiento de la iniciativa privada en la provisión de este servicio reduciríamos, probablemente, esa excesiva extensión. Y tanto más fácil es el ejercicio de esta iniciativa privada cuanto más pequeña sea la jurisdicción que delimita la capacidad de actuación. Un argumento similar, y similarmente tentativo, me ha llevado a argumentos en favor de jurisdicciones pequeñas a efectos de la defensa de la competencia.

Política económica

Quizá sean las ideas sobre política económica las más heréticas de esta obra. Para comenzar he argüido que la posible contradicción entre la pretendida neutralidad teórica de la política monetaria y la lucha antiinflacionista de los bancos centrales se rompe en favor de la inutilidad de esos bancos centrales, que no son necesarios ni suficientes para eliminar el peligro de inflación. Pero no sólo eso, sino que también he pretendido sugerir que su no suficiencia puede además ser utilizada para su captura y que su accountability será tanto mayor cuanto más descentralizada sea la política fiscal y menos fanático sea el banquero central.

Sin embargo lo más interesante y quizá lo más herético es la conclusión sobre la naturaleza de la política económica. Si bien hasta ahora parecíamos saber que el intervencionismo discrecional era pernicioso además de inútil, debido a falta de credibilidad, creíamos que un intervencionismo reglado podría suavizar el ciclo. La herejía consiste en argumentar y defender la idea de que las reglas fijas tampoco son creíbles por la globalización, la potencia de las TIC y, sobre todo, por la incapacidad de compromiso del Gobierno que, además, puede ser capturado como agente del Estado.

El resultado de estas herejías es que, si nos las creemos, y yo sí que me las creo, debemos pensar que la política económica no es sino el resultado de intentos sucesivos de capturar a los responsables de su ejercicio, lo que le dotará de un carácter aleatorio poco halagüeño para la sabiduría convencional.

Disipación de rentas

El hilo conductor o la característica común a todos los cambios que acabamos de destacar en el capitalismo es lo que llamaré disipación de rentas. En la introducción hacíamos alusión a este efecto de la globalización, la sociedad de la información y las TIC. En el capitalismo que viene no hay lugar para la existencia de rentas. Nos referíamos a estos ingresos como aquellos que se deben al hecho de que su perceptor es propietario -o tiene derecho a los frutos- de un bien o servicio cuyo oferta no puede ser aumentada sea por razones naturales -tierra- o artificiales -farmacias o notarías-.

Ahora toca extender esta idea hasta hacer de ella el signo distintivo del capitalismo que viene. Para ello primero hay que elaborar correctamente la noción de renta, una noción poco utilizada pero que tiene relación con otras nociones más modernas y que, en todo caso, ha sido muy utilizada en otras épocas. Una vez perfilada la noción merece la pena examinar cómo casi todos los hallazgos que he mencionado a modo de resumen en el apartado anterior aparecen como una manera de eliminar esas rentas (o de repartirlas entre otros agentes).

En efecto, la exposición que acabo de realizar respecto a las tendencias detectadas en la evolución del capitalismo debería hacer posible una inferencia evidente. La evolución del capitalismo está punteada por una tensión continua entre el refinamiento continuo y espontáneo de la estructura de mercados y la generación evolutiva más o menos espontánea de instituciones. Estas últimas muy a menudo dan origen a emergencia de rentas a favor de ciertos agentes que reciben más de lo que contribuyen. Por otro lado, la proliferación de mercados que muchas veces sustituyen a instituciones (como ocurre cuando un verdadero mercado sustituye a un conjunto de contratos) contribuye a que esas rentas vayan desapareciendo.

Pues bien, la globalización, la sociedad del conocimiento y las TIC contribuyen a la disipación de las rentas. Este es posiblemente el resumen más preciso que se puede hacer de todas las lecciones o hallazgos que hemos ido aprendiendo en los distintos capítulos. Me propongo ahora repasar cómo cada una de esas lecciones tiene algo que decirnos sobre la disipación de las rentas, una vez perfilada esta noción.

Noción de renta

Adam Smith en el capítulo 9 del libro I de La riqueza de las naciones parece indicar que la renta de la tierra es un determinante del precio de su producto, puesto que si desaparece la renta que puede obtener el dueño de un terreno determinado, este terreno se deja de cultivar y, en consecuencia, sube el precio de lo cultivado y finalmente también el precio de la tierra. Sin embargo, cuando hablamos de renta nos referimos en general a la renta de la tierra como determinada por el precio que obtiene su producto: «Salarios y beneficios más o menos altos son la causa de un precio más o menos alto, una renta más o menos alta es el efecto de ese precio más o menos alto». Esta última concepción es la que nos ha llegado a través de David Ricardo como rentas diferenciales cuantificadas por la diferencia entre el coste del producto en la peor tierra de las cultivadas y el coste menor en el que se necesita incurrir en las tierras de mejor calidad. Como el precio de lo cultivado ha de ser tan grande como para cubrir el coste de la menos productiva de las tierras, las otras tierras obtienen un beneficio «extraordinario» tanto mayor cuanto menor es su coste.

Es bastante intuitivo y no exige ninguna elaboración complicada admitir que esta renta diferencial que se genera en el margen extensivo es de naturaleza idéntica a la que se genera en el margen intensivo de acuerdo con la teoría de la productividad marginal de la tradición neoclásica posterior. Hemos de admitir, pues, que la renta emerge por una escasez, sea en la cantidad, sea en una determinada calidad. Antes de Marshall fue Jevons quien vio esto con claridad. Según dice Blaug en la página 86 de su Economic Theory in Retrospect, Jevons capta que la tierra, como todo input, tiene un precio de oferta (por debajo del cual no se vende) y que todo input, si está completamente especializado, gana una renta. Blaug explica esta visión así: «El coste de cualquier input no puede bajar de lo que este input ganaría en su uso alternativo más remunerativo: la “ganancia de transferencia” de ese input. La ganancia de un input por encima de ese “precio de transferencia” constituye la renta […]. Si la oferta de un agente es fija y sus servicios son específicos, las “ganancias de transferencia” son cero y el total de su remuneración es renta». Si identificamos las «ganancias de transferencia» de un input con su coste de oportunidad estamos ya en el mundo conceptual de hoy que, sin embargo, también debe algo a la distinción marshalliana entre renta, asociada a los dones gratuitos de la naturaleza, y la cuasi-renta que es equivalente al conocido excedente del productor.

Una vez generalizada la noción de renta como una retribución debida a una escasez esencial es muy fácil ver de dónde puede surgir esa escasez esencial y como la correspondiente renta puede erosionarse. Dejando aparte el caso de la tierra que Alchian y Allen, en su libro Exchange and Production Theory in Use de 1994, todavía comparan con el caso de las «mujeres bellas», el origen de la renta puede estar en un monopolio que surge de una u otra manera pero que en ningún caso induce un incremento en la producción. Estos dos autores nos hacen ver que «hay maneras de hacer pagar al monopolista por su renta de monopolio. Los sobornos necesarios, las contribuciones políticas, los mayores impuestos como pago por los derechos de monopolio, los costes de la gente de relaciones públicas y de abogados para obtener derechos, licencias, franquicias o autorizaciones, son a veces suficientemente grandes como para compensar las rentas de monopolio». En el caso en que hay restricciones de entrada a algún negocio o profesión de manera que cada año sólo son admitidos unos cuantos seleccionados, los candidatos estarán dispuestos a gastar dinero para obtener ese derecho de admisión. Como antes las rentas obtenibles por la limitación de la oferta puede erosionarse de manera distributiva repartiendo parte de ella entre otras personas que, tal como se comprenderá, también están obteniendo rentas.

En general, todas las licencias que hay que pagar para poder entrar en negocios como los medios, especialmente la radio y la televisión, o los servicios financieros, son ejemplos de formas de erosionar la renta monopólica que se va a obtener más tarde. A veces esta renta que en principio iría al propietario del negocio, también se erosiona en mayores salarios a los empleados. Más en general, yo me atrevería a decir que, como en los casos europeos en los que se subastó el espectro radioeléctrico para la puesta en marcha de los teléfonos móviles de tercera generación, lo que realmente no sólo erosiona en parte, sino que puede llevar a disipar totalmente la renta, es la competencia para obtener el derecho a ser ese monopolista que va obtener rentas lo que las erosiona. Los competidores están dispuestos a pagar justo hasta el valor de esa renta de monopolio, de forma que la renta desaparece. Gracias a la competencia, notémoslo.

En el próximo apartado vamos a tratar de ver cómo el capitalismo que viene se va a transformar en una gran maquinaria de disipación de rentas.

Disipación de rentas

A pesar de que el concepto de renta es antiguo, tal como acabamos de ver, lo habíamos mencionado antes al menos una vez al hablar de la «búsqueda de rentas» en conexión con el mecenazgo y, por otro lado, el hecho de su existencia es bien actual, tal como se desprende de manera paradigmática del análisis que hemos hecho en su momento de la propiedad intelectual y de las distintas maneras de generarlas que hemos visto al hablar del Estado.

Recordemos que, al hablar de fundaciones dentro de la actividad de mecenazgo correspondiente al tercer sector, dije que había que prestar una atención suspicaz a la utilización de dicha figura como una forma de rent seeking. Se trataría de una fundación que por haber adquirido una especie de reputación (o quizá la habilidad real) de llevar a cabo cierto tipo de actividades que se admiten como admirables, era capaz de atraer fondos de otros agentes que quieren participar de esa reputación. Vemos pues cómo la renta que mencionábamos se refería a un pago -o ingreso para la fundación- que se debe no al valor que proporciona al que requiere sus servicios, sino al hecho de que es el único agente que puede hacerlo. En este caso, como en otros, es posible que la adquisición de estas rentas no sea bruta, pues hay costes asociados a su consecución. Labrarse la reputación es costoso y también lleva tiempo y esfuerzo convencer a alguna empresa interesada en la R.S.C. de que una fundación específica es el vehículo adecuado. Naturalmente si la renta neta es positiva y no hay barreras de entrada se formarán otras fundaciones con la misma finalidad de extraer renta y la competencia entre ellas acabará eliminando dichas rentas.

Cuando hablamos de disipación de rentas nos referimos a ambos fenómenos. Tanto a que puede ser necesario repartir las rentas con otros -como los propios empleados de la fundación si coo­peran a la reputación- como a que la competencia propia de la iniciativa privada puede eliminarlas. Erosión y eliminación caben ambas dentro de la noción de disipación.

Recordemos ahora como ejemplo paradigmático de la creación de rentas el de la propiedad intelectual que se plasma en copyrights y patentes. En ambos casos se trata de una extensión meramente legal y completamente artificial del derecho de propiedad, de manera que se crea un monopolio -más o menos temporal- que genera la correspondiente renta monopólica. Su importancia es grande cuando hablamos de bienes digitales. De acuerdo con Paul Romer, en un artículo citado en su momento, son tan grandes que habría que buscar otras formas de incentivar la creatividad.

Este ejemplo muestra también las dos facetas posibles de la disipación de rentas. Estas pueden ser erosionadas si para que se me conceda una patente tengo que sobornar a alguien en la agencia que las concede o si tengo que hacer cualquier otro pago colateral. Pero también pueden ser eliminadas si la iniciativa privada, apoyada en las nuevas tecnologías, permite saltarse las barreras de entrada establecidas artificialmente.

Lo que ahora pretendo hacer es discutir cómo y en qué medida el capitalismo al que nos dirigimos a marchas forzadas va a disipar rentas. Para ello repasaré cada uno de los «hallazgos» que he resumido en la sección anterior, utilizando el concepto de rentas que he acuñado en el apartado anterior en base al repaso efectuado de su historia intelectual.

Propiedad

El análisis del socialismo de mercado me ha hecho comprender que la falta de posibilidades de apropiación eliminaría los incentivos para comportarme como el planificador central me invita a hacerlo: como un tomador de precios que quiere maximizar su función objetivo. El mismo resultado que se puede obtener en el socialismo de mercado con agentes «creyentes» puede alcanzarse con la competencia. Los agentes «creyentes» conocen los «precios sombra» que sostienen la asignación deseada y que reflejan el «coste de oportunidad» y, por lo tanto, no dejan espacio a la renta. Si para que actúen de acuerdo con el planificador central hay que hacerlos «creyentes», habrá que incentivarles mediante una renta (quizá un premio mensual). Si en un mercado libre yo trabajo o entro como empresario en un sector determinado es porque puedo apropiarme de las rentas -o cuasi-rentas-, pero esto emite una señal para nuevos entrantes que acaban eliminándolas. He conseguido un resultado mejor que en el socialismo de mercado. Curiosamente ésta no era la crítica de Hayek a los trabajos de Lange y Taylor, aunque podría y debería haberlo sido, ya que va más allá del problema de la dificultad del cálculo.

Acabo de ver cómo el mecenazgo es, o podría ser, una forma de allegar rentas. He dicho que, sin embargo, es de esperar que éstas se erosionen o se eliminen totalmente. Añado ahora que si el mecenazgo es el que yo he mencionado en el texto como genuino, se trata de una actividad que acaba creando mercado y que en ese sentido puede generar una renta monopólica inicial, pero es obvio que la libre entrada acabará con ella.

El caso de la ciencia ofrece una visión tangencial alternativa que nos lleva al mismo resultado. El científico, en la medida en que es el primero en descubrir algo, adquiere rentas, incluso más allá de las patentes (ya estudiadas como origen de rentas), en el sentido de adquirir una reputación excepcional medida en número de citas. Este tipo especial de renta se puede perpetuar porque el gregarismo presente en la ciencia constituye una barrera de entrada para ideas alternativas. Sin embargo, en la sociedad del conocimiento esas ideas alternativas saldrán simplemente de relacionar ideas no ganadoras que han sido abandonadas y que recicladas pueden socavar o erosionar la reputación de las ideas ganadoras. Dejo para más adelante el análisis de cómo funciona la disipación de rentas en relación con otros fenómenos que hemos estudiado en los otros capítulos de la parte II.

Empresa

Podemos detectar cómo el capitalismo que viene puede disipar rentas que se generan en el ejercicio de la actividad empresarial. Si consideramos la empresa como una actividad productiva que se va a transformar de modo tal que esperamos una distribución especial de la población de las mismas, topamos con una nueva forma de generación de rentas y con su correspondiente disipación. Cada una de las pocas empresas grandes (como planetas) procurará apretar a las pequeñas, que son sus proveedores y que conforman el conjunto de sus satélites. Esto genera una renta a una empresa grande puesto que su beneficio extra se debe a su tamaño. Sin embargo las TIC permiten la asociación variable de satélites, sean de un mismo planeta o de planetas diversos, que plantarán cara a los planetas eliminando la renta que sabían, querían y podían extraer.

A efectos de disipación de rentas, el gobierno de las empresas ofrece ejemplos muy ricos en matices. Por un lado, la transparencia. La contabilidad creativa es una gran maquinaria de producir rentas y la transparencia puede parar esa máquina, aunque también puede ser la gran coartada para mantenerlas. En este caso seguramente las rentas, digamos, de Enron, se erosionan al tener que «sobornar» a Arthur Andersen (si tal hubiera sido el caso). Digamos también que los ejemplos que hemos visto en que la transparencia no era necesariamente recomendable pueden ser entendidos como ejemplos de erosión, eliminación, disipación o trasvase de rentas. Por ejemplo, la mayor o menor centralización de un mercado de valores (y, por lo tanto, la mayor o menor transparencia) tiene influencia en el reparto de rentas entre el market maker y el inversor.

Por otro lado, la tensión entre el shareholder value como criterio de gestión empresarial y la stakeholders society como sistema revela el juego de las rentas y de su disipación. Pongamos un ejemplo: los stakeholders pueden estar relacionados con la empresa a través de rentas positivas creadas mutuamente: el ayuntamiento apropiado -cerca de un río navegable, por ejemplo- genera rentas a la empresa que se instala allí y esta empresa genera rentas al ayuntamiento pagando impuestos que no hubieran llegado de otra forma. Como se explica en el capítulo correspondiente, la emergencia futura de un mercado que permita intercambiar los intereses de los stakeholders permitirá la eliminación de ambas rentas.

Mercado

Referirse al mercado cuando se está intentando mostrar cómo el futuro desarrollo del capitalismo va a disipar rentas representa como el punto fijo del argumento o el fulcro de la palanca con la que se pretende eliminar esas rentas. Muy a menudo es la iniciativa privada la que disipa rentas mediante el uso de los mercados existentes. Pero también se da el caso de que esa iniciativa privada lo que hace es construir un mercado como una institución que sustituye con ventaja a otras que generaban rentas, colaborando así también a disipilarlas.

Si comenzamos por este segundo caso, el examen de la posible formación de un verdadero mercado organizado de trabajo nos ilustra sobre la forma en que pueden disiparse rentas generadas por una institución alternativa. Esta institución alternativa podría ser el conjunto de contratos en que se plasman las relaciones laborales. Estos contratos conforman como el embrión de un mercado thin en el que hay toda clase de rentas o cuasi-rentas tanto para el empleado (que puede aprovecharse de falta de sustitutos a corto plazo) como para el empleador (que asimismo puede no tener que competir para la adquisición de los servicios del trabajador). Pues bien, a medida que los costes de transacción disminuyen en el capitalismo que apunta, nos encontraremos con que a la iniciativa privada le merece la pena, a modo de intermediarios, ir convirtiendo ese embrión thin en un embrión thick que eventualmente puede llegar a convertirse en un verdadero mercado en el seno del cual tanto empleados como trabajadores aparecen como sustituibles eliminado cualquier resto de cuasi-renta.

En realidad, este ejemplo estereotipado tiene dos virtualidades interesantes. Por un lado evita que tengamos que repetir lo que es obvio y como tal a veces no se percibe, que la Bolsa como mercado organizado elimina todas las cuasi-rentas que surgen inevitablemente en las relaciones entre empresa y cliente por razones de poder de mercado, o entre gestor y accionistas por la desalineación de incentivos o incluso entre accionistas por la misma razón. La Bolsa, en efecto, puede forzar al monopolista a erosionar su propia renta monopólica ofreciendo unos mayores dividendos de forma que la rentabilidad sobre recursos propios o la relación price/earnings ratio (per) sea similar a la de las otras empresas. Pero no sólo eso, sino que también puede eliminar la renta de la que puede disfrutar un gestor poco dedicado por medio del mercado del control de empresas (OPAS) y, más en general, permite la salida de accionistas a costa de los cuales otros pueden estar obteniendo una renta diferencial. Por otro lado, si miramos bien la creación de mercados, notamos que esa creación puede ser parte de la eliminación de la ocasión de hacerse con rentas que proporciona la existencia de externalidades (en las que alguien puede sobornar a otro para no afectarle negativamente mediante su actividad fuera del mercado) o la existencia de bienes públicos (que proporcionan una renta positiva al free-rider). Estas ocasiones de hacerse con rentas desaparecen en cuanto se crean mercados, ya que tanto externalidades como bienes públicos no son sino ejemplos de falta de mercados (y no fallos de mercado, tal como en general se les califica).

El estudio de los mercados de aseguramiento que podrán surgir como tales mercados organizados para la cobertura anónima y generalizada de muchas contingencias no cubiertas hasta ahora nos hace ver que esos mercados no sólo eliminan rentas, en el mismo sentido que lo hace la organización de mercados financieros (Bolsa) o el posible mercado de trabajo organizado, sino que además sirven para dejar obsoletas otras instituciones en las que se plasman otras maneras de erosionar rentas, como muchas instituciones fiscales (de ingresos y gastos) que pretenden incorporar la solidaridad, el altruismo o la equidad.

Sin embargo, quizá la mejor manera de mostrar cómo el futuro del capitalismo puede caracterizarse como el tiempo de la disipación de rentas es considerar el fenómeno de la especulación en general y el de las burbujas en particular. Éstos son el mejor ejemplo de rentas diferenciales provenientes de la asimetría inicial de la información que, al irse propagando, se distorsiona y va creando artificialmente unas rentas crecientes de las que todos creen poder apropiarse pero que socialmente son imposibles de apropiar. Estas rentas se disipan solas cuando el castillo de naipes se derrumba, pero por el camino alguien ha podido apropiarse de algunas cantidades que tienen esa categoría de renta. Pues bien, en el capitalismo que viene no es que se vaya a evitar que las burbujas exploten o que alguien se aproveche de ellas, sino que lo que va a ocurrir es que la especulación no surgirá.

Estado

Si bien en una cierta concepción del capitalismo que representa la situación del siglo xx el Estado ha sido considerado como la solución natural a los fallos del mercado, en la concepción que se desprende de estas páginas el Estado es el gran generador de rentas mediante la concesión de monopolios legales. Si quiero argüir que el capitalismo que viene es el gran disipador de rentas, tengo que argüir que la captura del Estado efectuada de una u otra manera y que acabará conformando un statu quo aparentemente inexpugnable propio del capitalismo de amigotes es algo que se va a hacer difícil. Éste es un tema muy general que ha ocupado la mitad de este volumen. Pero en este momento me limitaré a tratar de conocer el campo de batalla en donde se dirime la tensión entre los que pretenden capturar al Estado para generar rentas y las fuerzas que trabajan a favor de su disipación.

El Estado tiene formas evidentes de generar rentas y de asignárselas a quien desee. El sistema fiscal es el más evidente, pero haré abstracción de él basándome en la posibilidad existente en las sociedades democráticas con una amplia opinión pública de controlar al legislativo y al ejecutivo. Me fijaré en otras fuentes de rentas menos obvias. La primera, y relativamente evidente, es la provisión de bienes públicos. Para conseguir el óptimo hay que organizar sistemas «ingenieriles» para adquirir la información adecuada que, en general, son deficitarios, lo que exige un esfuerzo fiscal que resulta ser una renta a favor de los usuarios. Para evitar esto se concederá a la iniciativa privada la gestión de los correspondientes servicios públicos, de forma que si hay competencia suficiente, se logrará alinear los incentivos privados con los sociales, eliminando así las rentas. La segunda y más evidente fuente de rentas controlada por el Estado surge precisamente del régimen de concesiones para el ejercicio privado de los servios públicos. Las privatizaciones en este caso (y en general) pueden dar ocasión de generar grandes rentas, lo mismo que la delegación de mucho poder regulador en agencias independientes, aunque esta delegación constituye una tercera fuente de renta, menos obvia. En principio la delegación en una miríada de agencias reguladoras independientes dificulta la captura por parte de los amigotes de cada una de ellas. Sin embargo, el propio gobierno puede manejarlas fácilmente, ya que la delegación es siempre revocable, de forma que los amigotes intentarán capturar al Gobierno que al hacerse más pequeño por el desmantelamiento de sus labores reguladoras debido a la creación de las agencias independientes, es de menor tamaño y más fácil de capturar.

En consecuencia nos encontramos con que la única manera de eliminar las rentas que el Estado puede generar es dejar que haya competencia en la provisión y gestión de los bienes o servicios públicos y tratar simultáneamente de que el Estado con competencias reducidas no sea fácilmente capturable. Pues bien, en el futuro ambos requisitos irán camino de satisfacerse. Es fácil argüir que la iniciativa privada irá haciéndose con la gestión de lo público porque es teóricamente posible y porque ya lo está haciendo. Es más difícil argüir que el capitalismo de amigotes podrá ser socavado. Sin embargo, esto ocurrirá si el número de estados (o equivalentes nociones jurisdiccionales) aumenta. Cada uno será más pequeño y más fácil de capturar en principio, pero los presuntos captores también son menos numerosos, mejor identificados y más fáciles de controlar por la opinión pública. La competencia entre estados (o nociones equivalentes) para la regulación de la propiedad intelectual o de la defensa de la competencia (dos instancias cruciales para evitar la generación de rentas artificiales provenientes de la excesiva extensión de la primera o de la excesiva permisividad de la segunda) es tan buena como la competencia fiscal. Los argumentos generales que se escuchan en contra de la competencia fiscal no son más que la muestra evidente de que las fuerzas que pretenden la captura del Estado, la conformación de un statu quo y la puesta en práctica del capitalismo de amigotes, están pero que muy vivas.

Política económica

El incentivo de capturar el Gobierno está justamente en que desde él uno puede hacerse con rentas muy sustanciosas. Dejando aparte el ejemplo más obvio, el de ese seignoriage que genera cantidades ingentes al Banco Central que acaban en las arcas públicas, la política fiscal puede generar rentas y repartirlas tanto desde la vertiente del ingreso (favoreciendo justa o injustamente a ciertos colectivos de contribuyentes) como desde la vertiente del gasto, volcándolo en ciertas regiones o en ciertos grupos de contribuyentes otra vez. Podríamos seguir haciendo una lista de otras políticas económicas y veríamos como todas ellas son generadoras de rentas: desde la educación y la sanidad, pasando por las diversas formas de no proceder a la apertura comercial internacional y llegando a la política de defensa de la competencia.

Porque la política económica es un obvio origen de rentas surge el deseo competitivo de hacerse con los organismos reguladores. Y esta competencia por capturar al regulador es la que hace de la política económica algo aleatorio e impredecible, pues en general genera un proceso de disipación de rentas y, muy en particular en el capitalismo al que nos dirigimos, en el que la globalización acabará erosionando el poder sindical a través de la inmigración, en el que las rentas provenientes de monopolios artificiales relacionados con la propiedad intelectual se erosionarán significativamente a causa de las nuevas tecnologías y en el que, en general, no podrán explotarse ventajas informacionales porque las TIC las eliminarán.

Despedida

No cabe sacarle conclusiones a un epílogo y mucho menos tratar de resumirlo. Lo que sí cabe, para no acabar abruptamente, son unos pocos pensamientos a modo de despedida.

¿Qué hemos aprendido sobre el capitalismo que viene? Ya no se trata de un sistema económico más compitiendo con otros sistemas alternativos, sino que su vocación universal ha sido realizada sin que ello suponga, sin embargo, el fin de la Historia, porque, como hemos visto, hay muchas oportunidades de cambio en direcciones muy diversas y porque siempre las habrá, simplemente porque como todo sistema u organización humana tiene algo de evolutivo. A pesar de esto hay algunas cosas que se pueden predicar de este sistema universal.

El primer rasgo de esta forma de organizar la convivencia humana que llama la atención es que se trata de un mecanismo ciego en el que cada agente individual es tratado como un número sin que quepa hablar de humanismo en ningún sentido, pero que retribuye a cada uno según su coste de oportunidad al haberse eliminado las rentas. Como la innovación es constante, cada individuo -que exhibe una identidad plural- tiene alguna oportunidad de alcanzar momentáneamente una renta que le permita cubrir sus necesidades en el periodo pasivo de su vida.

El segundo rasgo destacable de este capitalismo universal es que se trata de un sistema muy poco vulnerable y que cualquier intento de subvertir su peculiar orden estaría poco justificado, ya que no podría entenderse como una forma de disipar rentas, sino como un intento excesivamente ambicioso de hacerse con el poder como principal fuente de rentas.

La manera más expeditiva de captar cómo de nueva es esta concepción del capitalismo es tratar de compararla con la que era un lugar común hasta finales del siglo pasado. Si antes cabía la esperanza de mejorar -en cualquier sentido- mediante la ingeniería social y uno se podía creer importante y tener buena conciencia por trabajar por la justicia (equidad) y por ser solidario, hoy todo es al revés: no hay esperanza de mejora más allá de la que de hecho observamos todos los días y que surge empujada por la iniciativa privada; nadie es importante pues todos somos iguales como receptores de nuestro coste de oportunidad; la buena conciencia no se aplica porque no puede haberla mala, pues el intento de quedarte con una parte desproporcionada del pastel no prospera; y trabajar o no en grupo es opcional y sobre todo no hay fidelidades permanentes.

Sólo me queda preguntarme por la felicidad en este mundo cambiante de manera autónoma. Posiblemente podamos disfrutar del pluralismo y de la diversidad si nuestro espíritu busca el placer asociado al roce necesario en toda aventura, pero las perspectivas no son muy buenas si nuestra búsqueda de la felicidad está asociada a la tranquilidad del confort. ¿Qué hay pues de la joie de vivre? ¡Ay! Esto es algo distinto de lo que sé mucho, pero de lo que no pienso escribir.

Colofón

Es realmente difícil escribir un colofón o una nota final a un libro que ha dejado muy poco por analizar y prever y que además ya dispone de un magnífico epílogo. Lo que más me ha gustado de este libro es que está escrito por un economista con una visión global y holística de los problemas económicos, sociales y políticos del capitalismo. Cada día estamos más acostumbrados a la proliferación de los especialistas económicos que son los que hacen avanzar la investigación económica y que sólo escriben e investigan sobre política monetaria o fiscal o sobre organización industrial o los mercados laborales o sobre las políticas públicas o el crecimiento y desarrollo o sobre el comercio internacional y la globalización. Juan Urrutia muestra que conoce bien todos estos campos y es capaz de juntarlos armoniosamente para aventurarse en señalar por dónde puede discurrir el capitalismo en el futuro y qué tendencias observa o intuye que pueden modificar y mejorar el capitalismo tal como lo entendemos hoy. Ya me hubiera gustado haber tenido como catedrático a un economista como él desde el primer curso.

El autor ha hecho un esfuerzo muy meritorio al intentar prever cómo las cuatro instituciones básicas del capitalismo, propiedad privada, empresa, mercado y Estado, pueden ser modificadas o alteradas por los tres fenómenos más recientes, que él mismo ha producido, y que son la globalización creciente, el rápido desarrollo de las nuevas tecnologías y el asentamiento y consolidación de la sociedad del conocimiento.

Al final del libro, Juan Urrutia ha escrito un excelente y también atrevido epílogo sobre la disipación de rentas que aconsejo al lector que lo lea incluso antes que el resto del libro. Le agradezco mucho que me haya pedido que escriba un colofón al libro a pesar de conocer mis lagunas en algunos de los análisis que realiza con su habitual facilidad de expresión y de conocimiento, y con su manejo de las ideas y de los conceptos teóricos básicos. Voy sólo a aventurar algunos comentarios críticos sobre algunas de las tendencias del capitalismo que han sido apuntadas por el autor con el ánimo de añadir algo polémico para animar el debate y también a intentar aportar algunos datos estadísticos que complementen, o a veces planteen, dudas a su marco conceptual.

  1. Sobre el futuro del capitalismo. Parece que existe ya una constatación clara de que el capitalismo se ha quedado virtualmente solo, sin la competencia de otros sistemas alternativos posibles. La globalización creciente de estas últimas cinco décadas, que yo mismo he defendido en un par de libros, es la muestra más clara de su victoria sobre cualquier otro sistema económico-político competidor. Ahora bien, a los economistas nos gusta que haya competencia por definición, ya que sabemos que, sin competencia, todo sistema crea rentas excesivas y produce abusos, cualquiera que sea su origen e ideología. Sin embargo, ya hoy estamos viviendo en un mundo en el que compiten no tanto sistemas alternativos al capitalismo, que ya son sólo algunas viejas reliquias mínimas, como las diversas formas que el capitalismo está tomado de acuerdo con su sustrato político y social: con o sin democracia, con menor o mayor nivel de propiedad privada, con más Estado o con más mercado, liberal e intervencionista, transparente y opaco, de derechas y de izquierdas, angloamericano y europeo continental, emergente y maduro. La tesis del autor parece ser que poco a poco el capitalismo va ser crecientemente homogéneo. La globalización, que al fin y al cabo significa competencia creciente, va a hacer que algunas de estas formas de capitalismo vayan languideciendo o desapareciendo tanto por presión interna de mayorías de ciudadanos descontentos porque no resuelve sus problemas básicos, como por presión generalizada para emular aquellas otras formas que se consideran más incluyentes y más eficientes.

    Sin embargo, lo más difícil es saber cuál de estas formas va a tener mayores probabilidades de imponerse a las demás y cuándo. De momento y utilizando las mejores proyecciones estadísticas disponibles, China, en 2029, va a ser la primera potencia mundial en PIB total en dólares corrientes (no en PPP, que lo sería antes) al superar el PIB de Estados Unidos, India va a superar el PIB de Japón en 2031, Brasil superará el de Japón en 2038 y Rusia en 2039. China, India, Rusia y Brasil tendrán un PIB mayor que el del actual G7 en 2033 y, en 2050, su PIB será el doble que el del G7 actual. Finalmente, los otros once países emergentes que siguen a los cuatro grandes anteriores, es decir, México, Corea, Turquía, Indonesia, Irán, Pakistán, Nigeria, Filipinas, Egipto, Bangladesh y Vietnam superarán también el PIB del G7 en 2060. Es más, el PIB de México y el de Indonesia superarán al de Japón en 2043 y en 2049, respectivamente. Es decir, parece obvio que los grandes países que son hoy emergentes, especialmente los asiáticos, dominarán el capitalismo del futuro y que la relación actual entre capitalismo y democracia será bastante distinta de la actual, dominada por las democracias maduras y liberales de Occidente frente a otras menos maduras y liberales que pueden ser las dominantes en el futuro.

  2. Sobre la empresa, la sociedad civil y el Estado. Otro pro­blema importante y cada vez más acuciante en este proceso de globalización capitalista es saber quién manda a la hora de tomar decisiones globales. Durante muchos años han sido Estados Unidos y sus aliados, principalmente europeos, los que han marcado las pautas, una vez que el bloque soviético se fue desintegrando. Hoy observamos como el mando se va diluyendo crecientemente tanto por la incorporación de los grandes países emergentes a la globalización como por el terreno que va ganando la sociedad civil a los estados. Las grandes empresas transnacionales o globales son cada día más poderosas, así como el creciente tercer sector, sin ánimo de lucro, con las ONG, destacando dentro de éstas las grandes fundaciones de mecenazgo de las propias empresas o de sus dueños o ejecutivos. Sin embargo, cuando surgen problemas globales que necesitan ser enfrentados coordinadamente, tanto aquellos a largo plazo, como las crecientes amenazas al medio ambiente, la escasez de agua y de energía, el terrorismo y la proliferación nuclear, como otros a más corto plazo, como la Ronda Doha o el conflicto palestino-israelí, es muy difícil encontrar un consenso en las decisiones entre tantos actores, múltiples y diversos y especialmente entre los estados, que se alargan en debates interesados y partidistas, sin conseguir enfrentarlos globalmente.

    La ONU, el FMI y el Banco Mundial o la OMC deberían ser mucho más resolutivos de lo que son hoy, pero la representación de los estados en sus órganos de gobierno en unos casos no refleja la realidad de su poder, ya que se determinaron hace ya seis décadas, como es el caso del FMI y del Banco Mundial y, en otros casos, porque cada país (ahora ya cerca de doscientos) tiene el mismo poder de voto independientemente de su peso relativo poblacional y económico en el mundo, como en la ONU. Además, el Estado nación va perdiendo cada vez mayor peso tanto por arriba, cediendo competencias a organizaciones supranacionales, como por abajo, cediéndolas a las regiones y ayuntamientos, con lo que es incapaz de buscar soluciones. Como dice Daniel Bell, «El Estado nación es hoy demasiado pequeño para resolver los grandes problemas del mundo y es demasiado grande para resolver los del día a día de sus ciudadanos». No sólo se fragmenta el mismo Estado, sino que se desmembran los estados al desgajarse ciertas etnias, grupos religiosos y culturales o regiones que ahora, gracias a la globalización, son ya viables económicamente por sí solos.

    Mientras tanto, las 75.000 grandes multinacionales, con sus 750.000 filiales, son el motor de la globalización, tanto del comercio, como de la inversión, como de la deslocalización y la transferencia de tecnología. Representan cerca del 40% del comercio mundial (que se realiza dentro de esas mismas empresas, ya que se lleva a cabo bien entre las matrices y sus filiales o entre estas últimas), han realizado cerca del 80% del stock de la inversión extranjera directa mundial, es decir, unos 10 billones (europeos) de dólares, sus activos alcanzan los 39 billones de dólares, sus ventas directas y a través de sus filiales alcanzan al año 19 billones de dólares, lo que representa más del 10% del total de las ventas mundiales y, finalmente, emplean a más de 60 millones de personas.

    Es decir, el tamaño de las empresas y de la sociedad civil crece a mayor ritmo que el de los países y tiene un peso creciente en todas las decisiones que se toman en el mundo, aunque estas instituciones todavía siguen sujetas a las regulaciones de gobierno corporativo, de competencia y de actividad de los gobiernos y estados de los que dependen. A pesar de ello, parece claro que existe una incompatibilidad creciente entre el mayor poder global de las empresas industriales y financieras, de las ONG y la fragmentación de los estados nación y de su soberanía política y la falta de coordinación global de estos últimos para hacer frente a los problemas de regulación, capturas y abusos que pueden surgir.

  3. Sobre la disipación de rentas, la sociedad del conocimiento, el mercado y el capitalismo de amigotes. Estoy de acuerdo con Juan Urrutia en que existe un problema de extracción de rentas en el mundo capitalista que la globalización y las nuevas tecnologías pueden llegar a disipar en un futuro lejano. Sin embargo, y de momento, ambos están haciendo que esta extracción rentista crezca todavía más en lugar de disiparse. Una parte de esas rentas extras provienen de la misma nueva sociedad del conocimiento y del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y comunicación que son capaces de crear, a través de los rendimientos crecientes del capital humano y el conocimiento, monopolios temporales basados en que el primero que logra establecerse en un mercado puede llegar a dominarlo.

    Y ello por las siguientes razones: porque sus costes de instalación son muy elevados, provocando barreras de entrada; porque generan efectos-red con sus usuarios que, una vez que lo son, no quieren incurrir en «costes de menú», porque un cambio de sistema necesita un, a veces largo, entrenamiento que puede hacer costoso utilizar un suministrador de sistemas alternativo; porque plantean problemas de compatibilidad de los sistemas nuevos con el actual y, finalmente, porque el conocimiento no es nunca escaso, es replicable cuantas veces se quiera, se transmite a coste cero y por tanto puede ser un input prácticamente infinito de múltiples procesos productivos.

    Por todas estas razones el que se introduce primero en el mercado pueda llegar a ser un ganador absoluto y dominarlo extrayendo rentas monopolistas, al menos temporalmente. Por ejemplo, nunca en la historia económica mundial una empresa con poco más de una década de existencia consigue dominar el mundo de los sistemas de software para ordenadores personales, estando ya instalado en cerca de mil millones de ordenadores, a pesar de la existencia de otros competidores que incluso son gratuitos. Otro ejemplo, otra empresa con ocho años de vida ha conseguido ser el principal buscador de internet del mundo que ya utilizan mil millones de personas cada día, esta vez gratuitamente, pero que genera importantes beneficios a través de la publicidad que acompaña.

    Naturalmente, las ventajas de los servicios que ambas empresas han conseguido suministrar a sus usuarios son enormes, en términos de productividad, tanto en cuanto a acceso a todo el conocimiento mundial disponible en menos de un segundo como a la utilización de sistemas comunes a millones de personas que favorecen la relación instantánea. Es decir, es un hecho ya contrastado que la innovación puede llegar a producir rendimientos muy elevados, pero en algunos casos las barreras de entrada naturales que producen pueden llegar a ser tan elevadas que desincentivan dicha misma innovación por otros agentes.

    Otra extracción de rentas, que nada tiene que ver con la anterior, sino más bien con los incentivos empresariales y que se ha convertido en abusiva, es la derivada de los nuevos sistemas de remuneración de los altos ejecutivos de las grandes empresas y de los fondos de gestión de activos, ya sean normales, asegurados o de capital riesgo, cuyas retribuciones llegan a ser anualmente, y en promedio, hasta mil veces superiores a las del trabajador medio que trabaja en sus mismas empresas y, lo que es peor, cuando lo hacen mal y los despiden, tienen que pagarles varias veces la remuneración anual y a veces incluso se llevan consigo un fondo de pensiones de tamaño astronómico. Naturalmente, si están remunerados de esta forma es porque sus accionistas lo han aprobado así en sus juntas generales, con el fin de «alinearlos con sus propios objetivos de crear valor para ellos», premiándoles con generosas cantidades de opciones sobre acciones, mientras que sus empleados, sus consumidores o usuarios y sus suministradores que son sus stakeholders quedan perplejos.

    La explicación obvia de cualquier economista ingenuo para este problema es que el mercado de altos ejecutivos atraviesa por un exceso de demanda ante una oferta limitada. Si así fuera, lo lógico sería que, en un mercado normal, la oferta igualara a la demanda en pocos años y sus retribuciones volvieran a ser más moderadas, pero da la casualidad de que esto todavía no se ha conseguido después de varias décadas de existencia. Otra explicación, más contrastada empíricamente, es que dichas remuneraciones las han establecido comités de retribuciones formados por otros altos ejecutivos de otras empresas que forman parte de sus consejos de administración (ya que unos y otros se invitan mutuamente a ser consejeros de sus propias empresas) y por otros consejeros, supuestamente independientes, que en su gran mayoría han sido cooptados por sus presidentes.

  4. Sobre los efectos de la globalización sobre la distribución de la renta. Aunque la globalización, especialmente en sus dos últimas décadas, ha permitido reducir notablemente la pobreza en el mundo y reducir ligeramente la desigualdad interpersonal global de la renta, sin embargo ha aumentado la desigualdad de renta entre países y, en muchos casos, dentro de cada país, tanto en países muy desarrollados como Estados Unidos o Reino Unido, como en desarrollo, como China e India. En EEUU, por ejemplo, la distribución de la renta ha empeorado notablemente. Entre 1979 y 2006, el 10 percentil aumentó sus ingresos en un 4%, el 50 percentil en 11,5% y el 90 percentil un 34%. Además de que los ingresos de los más ricos aumentaron mucho más que los del resto, tanto por ingresos salariales como por rentas del capital, recibieron del Gobierno una fuerte reducción de los impuestos sobre la renta y sobre los dividendos. Lo mismo se puede decir de China e India, donde la población rural aumenta muy lentamente su productividad y sus ingresos mientras que la urbana consigue mejorar notablemente su productividad en la industria, las manufacturas y los servicios, así como su renta.

    Asimismo, la distribución funcional de la renta entre rentas del capital y rentas del trabajo se ha sesgado en contra de las de trabajo de forma importante en los países desarrollados. En Estados Unidos, la cuota de las rentas de trabajo en la renta nacional entre 1980 y 2005 ha caído del 68% al 60% del total. En Europa ha caído del 73% al 63% del total y en Japón ha caído del 70% al 59%. Naturalmente, este deterioro puede explicarse en parte a que cada vez más, en estos países desarrollados, los trabajadores que viven de las rentas del trabajo también obtienen rentas del capital que han acumulado con sus ahorros, especialmente en fondos de inversión y de pensiones, pero aun así sólo justifican una pequeña parte de dicha caída.

    La explicación hay que buscarla, de nuevo, en el proceso de globalización en el que los países desarrollados han perdido una parte de aquellos sectores o procesos de producción industriales y de servicios, más intensivos en mano de obra menos cualificada, en beneficio del desarrollo tecnológico en unos casos y de los paí­ses en desarrollo emergentes en otros. La mayor parte de las veces ha sido debida a la sustitución de mano de obra por tecnología y capital, especialmente relacionado con las TIC. Otras veces la han perdido a través de la competencia creciente de las importaciones más baratas provenientes de estos últimos países o por la creciente deslocalización de dichos productos y procesos a los países con menores costes laborales unitarios. La mayor caída de las rentas del trabajo en Europa y Japón se debe a que sus sectores intensivos en mano de obra poco cualificada eran mayores, ya que habían estado protegidos más tiempo que en Estados Unidos y a que el crecimiento del empleo ha sido mucho mayor en Estados Unidos que en Europa y en Japón.

    La combinación de estos dos factores ha permitido que las empresas de los países desarrollados y también las de los países emergentes (aunque muchas de ellas son filiales de las grandes multinacionales de los desarrollados) hayan ganado cada vez más, ya que sus costes se han reducido notablemente y sus mercados han crecido en tamaño al incorporarse dichos grandes países emergentes a la globalización. Una prueba de ello es que, en estos cinco últimos años, los beneficios de las empresas no financieras, no sólo por sus mayores ventas, sino sobre todo por sus crecientes márgenes, han crecido muy por encima de la media de las dos últimas décadas. En Estados Unidos estos últimos han aumentado, según el sector, entre un 110 y un 200% por encima de la media de ambas décadas. Los beneficios y márgenes de las empresas de los países emergentes han crecido todavía más que los de los desarrollados, especialmente los de sus empresas financieras, ya que no han sufrido en sus balances y cuentas de resultados los problemas de los créditos hipotecarios de alto riesgo americanos.

    En general, se están cumpliendo las previsiones lógicas sobre quiénes iban a ser los ganadores (una gran mayoría) y los perdedores (una minoría) de la globalización a largo plazo, dado que ésta consiste en conseguir una combinación mucho más eficiente del capital y la tecnología procedente de los países desarrollados, que son sus factores de producción más importantes, y la mano de obra y los recursos naturales de los países en desarrollo que son los más abundantes en estos países y que hace que ambos salgan ganando. En este sentido, las empresas de los países desarrollados que salen ganando son aquellas cuyas producciones son complementarias con las de los emergentes y pueden salir perdiendo aquellas cuyas producciones están en competencia directa con las de los emergentes. Las productoras de bienes de equipo, de servicios financieros, de consultoría, de ingeniería y sistemas de control de calidad, las químicas, farmacéuticas y, en general, todas aquellas de alta tecnología como las aeroespaciales, aviónica y de nuevos materiales y tecnologías están siendo ganadoras, mientras que el resto no.

    En cuanto a los individuos, prácticamente todos los ciudadanos del mundo ganan como consumidores al poder con ella consumir productos y servicios más baratos y de mayor calidad gracias a la mayor competencia y además al poder financiar su consumo e inversión a tipos de interés más moderados. Si dividimos dichos individuos entre capitalistas y trabajadores según sus fuentes mayoritarias de renta, los primeros que salen ganando son los capi­talistas de los países desarrollados. Por un lado, pueden invertir su capital allí donde tenga una mayor rentabilidad ajustada por el riesgo, que dado su escasez en los países emergentes suele mayor. Por otro lado, pueden diversificar sus inversiones a países donde los mercados están más segmentados y tienen menos com­petencia, lo que ofrece muchas más oportunidades. Finalmente, la globalización hace mucho más difícil que los gobiernos puedan gravar fiscalmente las rentas que las del trabajo, dada la mayor movilidad de las primeras, que pueden dirigirse a paraísos fiscales o a países emergentes con baja tributación. Por el contrario, muchos de los capitalistas de los países emergentes salen perdiendo, ya que van a tener mayor competencia y sus elevadísimas rentabilidades y márgenes van a ser menores, ya que actúan en mercados de escasa competencia con regulaciones, supervisiones y controles más laxos cuando no corruptos.

    Asimismo, la mayoría de los trabajadores cualificados de los países desarrollados sale ganando, ya que puede adaptarse a las nuevas tecnologías con rapidez y puede emplearse en industrias y servicios de mayor valor añadido y mayores salarios, bien en sus países de origen o en otros. Una pequeña parte de ellos puede verse afectada negativamente por la deslocalización creciente de servicios de mayor valor añadido, como todos los que se refieren a las nuevas tecnologías de la información y comunicación, que permiten dar a distancia servicios de ingeniería, arquitectura, medicina y muchos otros de forma más barata. Los trabajadores menos cualificados de los países desarrollados son los que tienen mayores probabilidades de salir perdiendo, bien porque no se adaptan a las nuevas tecnologías, bien porque compiten directamente con una inmigración creciente de su misma cualificación laboral o indirectamente con los productos y servicios importados producidos por trabajadores de países emergentes de su misma cualificación mucho más baratos que los que él produce porque trabajan más horas con un menor salario.

    Por otro lado, la gran mayoría de los trabajadores de los países emergentes sale ganando. Ahora bien, los más cualificados son los que más ganan, ya que son más escasos en relación a su demanda que el resto y porque se benefician cada vez más no sólo de la deslocalización de la producción de países desarrollados que quieren contratar a los mejores cuadros en los países de destino, sino también de su contratación por aquellas empresas locales a las que se les adjudica dichas producciones deslocalizadas y finalmente de su mayor facilidad para poder emigrar a países de­sarrollados ganando mucho más.

    Los trabajadores poco cualificados de dichos países también salen ganando. Muchos de ellos dejarán de estar desempleados al poder trabajar para la exportación al abrirse más los mercados de los países desarrollados tanto en la producción agrícola como en manufacturas muy intensivas en mano de obra como la confección textil, el calzado o el juguete, o también en las nuevas deslocalizaciones de los desarrollados. Además, la creciente inversión extranjera directa de las multinacionales en estos países es no sólo una fuente importante de empleo, que está mejor pagado que el local, sino también de mejores dotaciones de capital y de tecnología, de mejor formación y de mercados de exportación mayores y más seguros. Esto hace que muchos de ellos que pensaban emigrar puedan trabajar localmente y evitar hacerlo.

    En definitiva, siempre que la globalización, como principal estandarte del capitalismo que viene, beneficie a la gran mayoría de los ciudadanos del mundo, será el sistema dominante por mucho tiempo y conseguirá a largo plazo que el sistema democrático liberal que ha hecho posible se vaya imponiendo progresivamente en todo el mundo.

  5. Sobre la globalización del trabajo y del capital. Hasta ahora, el capital se ha globalizado de forma mucho más rápida que el trabajo y que la tecnología. Parece lógico, ya que el capital es altamente movible y fungible y el trabajo es todo lo contrario: uno es un intangible y el otro son personas con sus vínculos familiares, afectivos, culturales y con sus raíces. El porcentaje de activos financieros en el PIB mundial se ha multiplicado por tres entre 1980 y 2005, pasando del 109% al 316% (un 405% del PIB en Estados Unidos, un 359% en el Reino Unido y un 303% en la Zona Euro). En 2005 el stock de activos financieros subyacentes alcanzó los 140 billones de dólares. Pero, desde el punto de vista de su globalización, la cifra importante es que la suma de los activos y pasivos financieros internacionales en los países de la OCDE ha pasado del 100% de su PIB en 1985 al 330% en 2004.

    Por el contrario, la globalización del trabajo ha sido más tardía, ya que se ha acelerado sólo en la última década, con lo que el número de emigrantes es de casi el 4% de la población mundial y el 11% de la fuerza laboral mundial, cuando alcanzó el 7 y el 15% en la anterior ola migratoria entre 1870 y 1913. Si se compara con la inversión directa extranjera que es ya de cerca del 25% de la inversión total mundial o con el comercio mundial que alcanza ya el 30% del PIB mundial, la emigración del trabajo es menor. Ahora bien, si se considera que una parte de la globalización del trabajo se realiza indirectamente a través del comercio internacional, imbuido en los bienes y servicios que se importan y exportan, y a través de la inversión directa internacional, que crea y utiliza empleo en los países de emigración a través de la deslocalización de la producción, entonces la globalización del trabajo directa a través de la migración e indirecta a través del trabajo que exportan la tasa de globalización del trabajo está siendo más rápida que la del capital.

    El principal problema de la creciente globalización del trabajo a través de los flujos migratorios es que la sociedad capitalista de los países desarrollados tiene que convivir crecientemente con la diversidad étnica, religiosa y con el multiculturalismo. Estos países necesitan a los inmigrantes, ya que sus poblaciones envejecen y pierden fuerza laboral, capital humano y fuerza reproductiva, pero, conforme el peso relativo de los inmigrantes en la población crece, el votante mediano empieza a cambiar sus preferencias y a ser más reacio a la inmigración, a ser más tacaño con sus supuestos sentimientos humanistas, su caridad y su fraternidad, lo que puede provocar problemas sociales de desarraigo, de desintegración y de violencia sociales graves.

    El mayor problema actual de la globalización del capital que puede ser la forma más eficiente de hacer que el capitalismo se consolide mundialmente es que, por lo menos en estas dos últimas décadas, está, en parte, circulando en el sentido contrario al que establece la teoría económica. La inversión directa se mueve, en su gran mayoría, en la dirección correcta, es decir, desde los países en los que el capital es más abundante, y por tanto menos rentable, a los países donde es más escaso y más rentable. Pero el conjunto de la inversión de cartera, de renta fija como de renta variable, se está moviendo mayoritariamente en sentido contrario al de su abundancia y rentabilidad relativas, es decir, sale de los países en desarrollo y se invierte en los desarrollados.

    Los países en desarrollo están acumulando, a través de la posibilidad actual de tener un mayor acceso a los mercados de los países desarrollados y poder exportar más, grandes cantidades de divisas extranjeras, que son incapaces de absorber interiormente, bien porque pueden llegar a producir inflación por falta de demanda suficiente o porque quieren mantenerlas como seguro ante futuras crisis financieras y se ven obligados a invertirlas en instrumentos financieros de menor rentabilidad en los países desa­rrollados.

  6. Sobre la crisis financiera actual y el capitalismo de mercado. Es indudable que la reciente crisis financiera ha puesto de relieve la fragilidad del capitalismo de mercado en el sentido más estricto del término, es decir, en el uso y la asignación del capital. Se trata de una crisis en la que los sistemas financieros han mostrado después de muchos años de auge que, además de ser pro-cíclicos y dar mayor volatilidad a la actividad económica, son proclives a los abusos, sus incentivos son perversos, provocan fallos de mercado y muestran fallos en su regulación y supervisión, y terminan por desencadenar una crisis de incertidumbre, pánico y pérdida de confianza de los inversores. Al final, han tenido que ser los bancos centrales y los contribuyentes, a través del Estado, los que han tenido que intervenir, con su ahorro y sus impuestos, para evitar una grave situación de quiebra en cadena debida al efecto dominó de la quiebra de una o varias grandes entidades bancarias. Todos han pagado cara esta situación, los accionistas, los empleados, los inversores de buena fe y los contribuyentes, todos menos los ejecutivos de los bancos, que son los que la han provocado y que han logrado llevarse consigo unas enormes indemnizaciones de despido, y los reguladores y supervisores, que han dejado que las entidades financieras no controlasen su riesgo y buscasen sólo el beneficio a corto plazo. El capitalismo que viene empieza mal.

Guillermo de la Dehesa
Presidente del Centre for Economic Policy Research CEPR