Planetaki preparan el lanzamiento de un servicio de contactos es que muchas cosas han cambiado en los últimos diez años de vida en red. Buscar pareja, conocer gente, ya no es el terreno paradójico e inexplorado de los papers y libros de Aaron Ben-Ze'ev. Ya está inculturado... que no domesticado." /> Planetaki preparan el lanzamiento de un servicio de contactos es que muchas cosas han cambiado en los últimos diez años de vida en red. Buscar pareja, conocer gente, ya no es el terreno paradójico e inexplorado de los papers y libros de Aaron Ben-Ze'ev. Ya está inculturado... que no domesticado." /> Planetaki preparan el lanzamiento de un servicio de contactos es que muchas cosas han cambiado en los últimos diez años de vida en red. Buscar pareja, conocer gente, ya no es el terreno paradójico e inexplorado de los papers y libros de Aaron Ben-Ze'ev. Ya está inculturado... que no domesticado.">

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El ciborg y el amor

Cuando los creadores de Planetaki preparan el lanzamiento de un servicio de contactos es que muchas cosas han cambiado en los últimos diez años de vida en red. Buscar pareja, conocer gente, ya no es el terreno paradójico e inexplorado de los papers y libros de Aaron Ben-Ze’ev. Ya está inculturado… que no domesticado.

No hay comunicación no mediada. Unas simples gafas, la elección de la ropa que llevamos trastocan todo. No se trata tan sólo de una imagen proyectada. Es también la imagen percibida, el catálogo de sensaciones del sujeto, su percepción del mundo la que cambia.

Tanto más si el interfaz es electrónico, si la realidad es re-encuadrada en una ventana de chat o un paisaje electrónico. Cambia el cuerpo a través del que percibimos y con el que somos percibidos. Nuestra identidad más íntima se redefine. Nos convertimos en ciborg. Como escribíamos hace unos años:

Ciborg, es la forma que los humanos tenemos al relacionarnos en un entorno mediados por máquinas, máquinas que son interfaz pero también parte ya de nuestro propio ser durante la comunicación y por tanto nos definen. Yo soy mi cuerpo, no estoy yo y mi cuerpo, arguía apasionada una ponente. Un astronauta con su traje es un ciborg, pero también un internauta con su ordenador en el espacio virtual.

Esta revolución cultural es seguramente la más profunda y sin embargo una de las menos comentadas. Cubierta por una densa capa de pudor, sólo deja entrever consecuencias sorprendentes en nuestro entorno cada cierto tiempo. Pero el hecho es que pocos terrenos permiten una aproximación al ciborg tan clara como el mundo de las relaciones amorosas en la red.

Inmediatamente surgen las cuestiones y el debate: ¿qué naturaleza tiene éste nuevo espacio en el que nos movemos? ¿qué repercusiones para la identidad y el sexo? En un mundo virtual la identidad se define aún más crudamente que en el mundo físico: el cuerpo es algo que se interpreta, la identidad es el relato dentro del cual interpretamos con él. El espacio en el cual se hace no es algo que está sin más, es activo, es territorio nominado, reclamado, definido…

Como si fuera una ceremonia de paso, una iniciación, todo ciborg pasa en algún momento por la emoción de un tonteo virtual, de una seducción através de autorelatos. El fantasma de Haraway aparece una y otra vez a cada nueva generación de internautas.

Almas puras, ciborgs adolescentes

Somos con nuestro cuerpo. Somos nuestro cuerpo. Nuestra identidad íntima está construida sobre sus inseguridades, sobre la lectura social y las cicatrices de la aceptación adolescente. Por el cuerpo, por el relato de nuestra imagen y ropas éramos juzgados. Con las palabras nos defendíamos, re-relatábamos. En el viejo mundo, el cuerpo es núcleo duro, las palabras son amigas.

Como en el mito del ciborg representarse sólo mediante palabras nos hace sentir seguros. Tanto que es fácil volverse ebrios. Desprovistos del guardián de los prejuicios, de aquello que debe ser explicado, ser representados con palabras es una liberación. Por eso no triunfa la videoconferencia. Por eso los servicios de contactos y los libros de cromos no están basados en webcams, sino en fotos tan cuidadosamente descuidadas como los estuvieron nuestros tocados de adolescentes.

Pero convertidos en almas puras, en puras palabras, no somos sino pura expresión de deseo. No ángeles asexuados, sino jóvenes vampiros. Somos Jessica encontrando a Hoyt: Sex and candy.

El papel de las redes de contactos

Abiertos de par en par, la experiencia de la más profunda desnudez -la liberación del cuerpo a favor de las palabras- es excitante y explosiva… pero cuando llega el momento de volver al cuerpo, de (re)presentarnos con él, es como llevar a Hoyt a casa y mostrarle el ataud en el que dormíamos. Es duro. Y si al reencarnarnos uno de los dos se deja arrastrar por sus miedos, la ceremonia será un fracaso, la frustración y el ridículo vendrán cabalgando sobre el supergo reprobador.

Es un puro dilema del prisionero. Si en vivo siguen siendo ciborgs la conexión se mantendrá y -paradójicamente- el espacio virtual mantendrá su conexión en el presencial. Hace falta un colchoncito de irrealidad, una bomba de descomprensión que haga todo más fácil. Por eso la gente no abandona los servicios, ni deja de ir a los encuentros presenciales que organizan aún después de haberse felizmente emparejado.

No se extrañen si algún día van a una de estas fiestas y alguien se levanta a la voz de:

– Hola, me llamo José y soy un ciborg

«El ciborg y el amor» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 18 de Septiembre de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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