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eiilCreo que nunca una película me había causado miedo. Miedo del de verdad. No hasta los últimos vídeos del EIIL. El último merece un comentario. El vídeo comienza con un reportaje contando el papel en la guerra de distintos países árabes. El montaje de imágenes de archivo no tendría nada que envidiar técnicamente a una televisión pública europea. Después, sobre fondo negro, vestido de naranja al estilo de los presos de Guantánamo, Moaz Kasasbeh -el piloto jordano que sabemos será quemado vivo en algún momento de la grabación- comienza a enumerar la aportación de los distintos países, los modelos de avión y los misiles mientras infografías explicativas se despliegan alrededor suya con una narrativa prestada de las superproducciones anglosajonas. El caso se está construyendo: a las imágenes de las cámaras insertadas en los aviones, con los pilotos lanzando sus misiles, se superponen imágenes tomadas desde drones que muestran los impactos y reportajes de vídeos mostrando a niños y otras víctimas civiles, unas con graves heridas, otras calcinadas. Sobre las víctimas aparece una llamarada. El ciclo se cierra con imágenes de la captura de Kasasbeh y una escena realmente terrorífica. Como en un sueño el piloto aparece en un edificio derruido en mitad de un paisaje desértico en el que, perfectamente uniformados y encapuchados hacen guardia una docena de milicianos. Kasasbeh está solo, de pie. Mira a un punto por encima suyo. Hay varios cambios de cámara. La escena gana profundidad pues le vemos ahora al fondo, desenfocado, mientras en primer plano vemos la espalda de dos soldados sosteniendo sus subfusiles. La escena volverá aparecer, esta vez enfocada en la víctima. La acción es contemplada por otro encapuchado, que mira fijamente, impasible, desde la altura de las ruinas al piloto. Kasasbeh, como en un sueño, está ahora en una jaula. El director ensaya varios rápidos flashbacks, trata de decirnos que piensa en las víctimas de sus bombardeos. Uno de los milicianos, que nos mostró ya una antorcha en un rápido plano anterior, la prende y contagia el fuego a un rastro de gasolina. El fuego avanza hacia la jaula.

Ahí di a la pausa. Sabía lo que venía y no quería verlo. Usé la herramienta de YouTube para pasar a la siguiente escena. Un anuncio de recompensa, en oro, para cualquiera que matara a uno de los pilotos de la unidad aérea jordana. A la derecha de la pantalla iban apareciendo sus fotos y una pequeña ficha con sus grados militares. A la izquierda, mapas a vista de satélite de las aéreas que habían bombardeado con los objetivos marcados. La música terminaba un largo climax. Si no me equivoco era la misma que sonaba en otro macabro vídeo, muy posiblemente del mismo director. Ese en el que los milicianos van cogiendo cuchillos de una cesta según pasan. Como en aquel vídeo, las imágenes están grabadas en HD. Los colores revelan una producción cuidadosa, luces reflejadas, varias cámaras y lo más terrorífico, lo que realmente te revuelve las tripas, la colaboración de los que van a ser asesinados en la composición -esteticista- de miradas y planos que el director quiere hacer.

El horror. El horror.

Me pregunto el por qué de estas puestas en escena, o mejor, el para quién. ¿Es indiscriminado? ¿Buscan aterrorizar? ¿Reclutar? La prensa me da una primera respuesta: los pilotos de otros países árabes. Pero hace unos minutos llega otra clave: el vídeo se expuso en pantallas gigantes en la calle en las ciudades controladas por el EIIL. Se sabe porque todavía publicaron otro vídeo de cuatro minutos mostrándolo: «Muslims Joy at Burning of Jordanian Pilot». Al final de él, aparece el niño de la foto que encabeza este post, chaqueta de camuflaje pixelado a medida, diciendo: «lo habría quemado con mis propias manos».

video eiilY entonces, todo empieza a encajar. Horror y banalidad a partes iguales. Es ante todo un mensaje para la nueva generación. No muy distinto del tipo de mensaje que envía el jefe de una banda callejera cuando busca señalarse con una violencia desaforada. Solo que la violencia aquí, va acompañada de algo más: competencia técnica, esteticismo, recursos narrativos prestados de los medios y la televisión. Bajo el relato del EIIL hay un código de venganza y de horror personal. El director nos está contando que él merecía algo mejor, que estaba «preparado» para hacer series, para hacer películas como las que homenajea. Su furia no es la de un fanático religioso. No es la de un miliciano deshumanizado por los horrores de la guerra. Es otra cosa, algo que intuimos, que nos inquieta. La clave está en esa atmósfera onírica, en esa sensación de impotencia y fatalidad propia de las pesadillas. Tiene un código propio del horror. El de un muchacho rencoroso que reivindica su «derecho» al reconocimiento, al triunfo social según unos parámetros que, oh sorpresa, no son los de ninguna rama -por retorcida que queramos imaginarla- del Islam sino los de Hollywood y la HBO. Tienen el sello de esa generación global que busca «sentirse importante» y «ser parte de algo con éxito», rápido y caiga quien caiga, resarciéndose de la frustración de ver lo que consideraban su derecho demasiado lejos, demasiado trabajoso; esa generación global, que se queja de haber accedido a la formación pero no al reconocimiento y al poder, produce monstruos que se visten de justiciero universal para arreglar su frustración individual. Monstruos que se toman tan en serio sus sueños, que no consiguen superar el tópico de serie B. Aunque eso sí, dan miedo del de verdad. Terror. Porque no juegan con guiones ni con dobles, sino con las vidas de los demás. Literalmente, son el horror. Y los sabemos cerca.

«El EIIL, los monstruos de una generación y el nuevo código del horror» recibió 2 desde que se publicó el Miércoles 4 de Febrero de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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