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El espíritu del conejo blanco

En algún lugar no muy lejano, con música italiana de fondo, el barman Barbosa sirve almendras tostadas mientras cuenta a quien quiera oírle que las historias viajan por el aire, que Elvis está vivo, y que en tu propio jardín puede suceder un milagro.

Prácticas en las Indias

Vintage barNunca se está a gusto en una nueva ciudad hasta que no se encuentra ese local especial en el que el barman te conoce por tu nombre y tu bebida favorita, te sirve el aperitivo que más te gusta, y al que sabes que puedes acudir a cualquier hora, en compañía y en soledad, y en el que siempre habrá alguien a quien escuchar.

Coincide que en estos lugares suele haber ciertos personajes, a veces mimetizados con la barra y la copa de vino o de zumo de tomate preparado con fino, y con el platito de almendras tostadas. No son borrachos (aunque a veces lo estén un poco), son vidas interesantes con las fuerzas mermadas, que parecen estar ahí cual ángeles que buscan transmitir parábolas mágicas a quien quiera escucharles. Suelen ser algo así como libros vivos de cuentos que se bifurcan. Una suerte de Sherezades en cuyas historias van naciendo esquejes que te hacen desear que el local no cierre nunca y que el fino nunca pueda contigo ni con ellos.

almendras fritasHace tiempo, en un local antic de una ciudad cualquiera, con Rita Pavone de fondo, un anciano con un Bloody Mary y un plato de almendras nos contó que no le gustaba especialmente el sabor de ese fruto seco, pero que lo comía sin parar porque le recordaba al amor de su vida. Preguntamos si ella comía muchas almendras y contestó que no, que fue él el que, para calmar su ansiedad cuando la veía, comenzó a devorar los frutos sin parar por ser lo único que tenía a mano. Cuando la conoció, ella era la hija del dueño de un pequeño hotel rural donde se quedó durante varios meses recuperándose de un accidente de avión. El hotel tenía platitos con almendras tostadas repartidos por todas partes.

SerenellaLo del accidente de avión nos llamó la atención, pero él puntualizó que no fue exactamente un accidente de avión, ya que el avión no sufrió daño alguno. Fue él el que «cayó de un avión en marcha», y no sobre la pista precisamente, sino a unos 10.000 pies (3.000 m) de altura. Era un avión militar, durante una práctica de paracaidismo. Estalló una trifulca a bordo y no sabía como había salido despedido del avión sin paracaídas. Se despertó en un hospital, con todos los huesos rotos y oyendo que lo llamaban «el chico milagro».

Pero a él no le importaba el milagro, ni las beatas que lo visitaban o los científicos que hacían cálculos de cómo había afectado su rebote en las copas de los árboles para haber podido con la fuerza de la gravedad. A él solo le importaba que al salir del hospital podría volver a la Toscana a buscar a Serenella, y seguir comiendo almendras hasta conseguir casarse con ella.

El barman (Berto Barbosa, se llamaba) nos estaba oyendo, y contó que ese tipo de cosas al parecer sucedían de vez en cuando, sin que nadie les encontrara explicación. Cuando él trabajaba en los Estados Unidos, dijo el barman, había conocido a un piloto comercial que le contó como un colega suyo había chocado con un pato a 500 km por hora, al despegar desde Sioux City. El cristal se hizo pedazos y la cabina se convirtió en un infierno, pero consiguió aterrizar el avión y salir ileso. Solo le quedaron unos cristales alojados permanentemente en el ojo, como de recuerdo.

aguafiestasEn ese punto del relato entró en escena el aguafiestas, que a menudo también se encuentra en este tipo de locales. Suele ser alguien culto pero con problemas de autoestima, que enseguida clama que la primera historia la vio en una película y la segunda la leyó en un libro. «Y, bueno», respondió el Berto siempre sabio, «las historias circulan como el aire, ¿quién nos dice que el guionista de esa película o ese escritor no escucharon la misma anécdota en un bar como este?».

El aguafiestas culto pero inseguro era un escritor fracasado, entre otros motivos, por pensar que el buen escritor solo escribe contenido estrictamente original, salido de su ADN, negando esa verdad primigenia y barmaniana de que las historias circulan como el aire, y que incluso hay historias fantásticas que suceden en dos puntos del planeta distintos (o que son inventadas por dos personas distintas). Se defendió diciendo que esas historias serían acaso leyendas urbana,s y que por tanto carecían de valor.

elvis-presley-hologramBerto Barbosa disintió, diciendo que las leyendas urbanas no tendrían valor para alguien que pretendía apropiarse de las historias de los demás, pero que eran tan instructivas como la mitología griega o la Biblia, y que no se refería a los cocodrilos en las alcantarillas, a si Walt Disney estaba congelado, o a si Elvis vivía. Él era barman y sabía a ciencia cierta que en las alcantarillas solo había ratas, que a Disney solo le congelaron la cabeza, y que Elvis vivía en Macao después de haberse hecho una estética.

conejo-blancoEl barman Berto Barbosa, aka «BBB», vivió muchos años con su mujer en un chalet de La Palma. Tenían un perro, «Conan», un sabueso ligero, heredado de un tío de su mujer que lo usaba para cazar liebres. El jardín del chalet estaba separado del de al lado, su gemelo, por un seto de aligustre, y a él se mudó una pareja de alemanes racionalistas y vegetarianos que tenían un conejo blanco por mascota.

En cuanto lo olió, el sabueso cavó un agujero en el seto, cruzó al chalet de al lado y persiguió al conejo sin piedad. Los alemanes se enfadaron mucho y amenazaron con denunciarles si al conejo le ocurría algo, así que Berto encerró al perro con mucha pena y le aplicó una terapia conductista anti-conejo que tuvo poco éxito.

old_silver_dollar_barUn día que Berto dejó la puerta de atrás mal cerrada, volvió de la compra y encontró a su sabueso con el conejo muerto entre los dientes, antes de dejárselo a los pies como ofrenda. Como sabía que los alemanes no volverían hasta la noche, fue rápidamente al centro comercial, compró un conejo blanco más o menos del mismo tamaño, y lo soltó en el jardín vecino cruzando los dedos. Lo siguiente que supo fue que los alemanes se mudaban. Al parecer, su conejo había fallecido una semana antes de muerte natural, lo enterraron en el jardín con todos los honores, y para su horror había resucitado como si nada tres días después.

La moraleja, según BBB, es que aquellos que no creen en los milagros acaban siendo desgraciados y mudándose de una casa estupenda por pensar que los espíritus de nuestros seres queridos son algo amenazante. En lugar de aceptar la vuelta de su conejo como un regalo de los dioses, se marcharon aterrorizados y sufriendo de incomprensión. Para eso sirven las historias increíbles, decía, para aprender a aceptar lo extraordinario como algo por lo que agradecer y celebrar en un bar como este, por ejemplo.

«El espíritu del conejo blanco» recibió 12 desde que se publicó el Jueves 3 de Abril de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

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