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El estado del ateísmo es el estado del mundo

El estado del ateísmo en el mundo es el estado del mundo tras el Brexit y Trump. Por un lado un ateísmo anglosajón cada vez más ajeno. Por otro un ateísmo europeo que recupera el ideal de progreso y afirma la necesidad de superar el sistema económico para superar la alienación religiosa, pero que se fractura sobre la estrategia a seguir cuando se enfrenta al reto musulmán.

Prácticas en las Indias

En estos días estoy preparando un itinerario sobre las «tendencias actuales del ateísmo». Básicamente dos bloques: el anglo -«Nuevo ateísmo» y «Ateísmo 2.0»- y el europeo -representado en sus matices y diferencias por Vaneiguen y Onfray. La diferencia no es solo de grado o forma. No es solo que uno se haga tremendamente plano y el otro conecte todo con todo, que también. Los límites de cada discurso nos hablan de una verdadera diferencia de civilización. Por un lado el Anglomundo, lo que Churchill llamaba «los pueblos anglosajones» y Europa por otro.

La diferencia entre el ateísmo anglo y el europeo no es solo de forma, refleja una diferencia de civilización

El ateísmo anglo

Empecemos por el llamado «Nuevo ateísmo». Nació como una respuesta al peso político y cultural de la ultraderecha religiosa americana que el neoliberalismo había aupado como parte de la estrategia republicana desde Reagan hasta Bush jr. Su primer caballo de batalla fue enfrentar la ola ultra que pretendía prohibir la enseñanza del evolucionismo en las escuelas y sustituirla por nuevas versiones del creacionismo bíblico.

Lo primero que llama la atención es cómo está organizado socialmente. Los autores bajo este título son científicos como Richard Dawkins o Sam Harris y comunicadores profesionales como Ayaan Hirsi Ali. Publican «best sellers», dirigen documentales, aparecen en shows televisivos y organizan debates públicos en auditorios y teatros. Son parte del negocio de la comunicación y el entretenimiento americanos. Como tal el «movimiento» se sostiene no al modo de un movimiento social o político -organizando personas, haciendo campañas, creando una presión social- sino al modo de una tendencia literaria o artística.

Los límites del discurso del «Nuevo Ateísmo» son claros y evidentes: para ellos la religión es un agente externo, un acúmulo de irracionalidades y atavismos heredados que dificultan el libre desarrollo de las personas y el progreso de la sociedad. Como en todos los movimientos del radicalismo anglo, del abolicionismo al feminismo de la tercera ola, el cuestionamiento de la religión no implica para ellos el cuestionamiento del sistema económico o social. Es más, se mantiene cuidadosamente al margen. La solución del problema religioso sería tan simple como evitar la enseñanza religiosa a menores de siete años (Dawkins) y extender la metodología empirista de las ciencias naturales al ámbito social y moral hasta obtener una «moral fundamentada científicamente» y una «política basada en la evidencia» (Sam Harris). Es decir, los principios de verdad del empirismo nos acercarían a una verdad social que se convertiría en consensual por ser científicamente razonable. No es volver a la búsqueda de un «socialismo científico» al estilo de Marx, es el fantasma del taylorismo diciéndonos que un capitalismo científicamente organizado sería «racional» y consensual por sí mismo si no existiera esa anticualla supersticiosa de la religión con la que, por lo visto, no tiene nada que ver.

El «Nuevo Ateísmo» pretende liberar del atavismo religioso a un capitalismo supuestamente incuestionable e inocente

El «ateísmo 2.0» británico

Si el «Nuevo Ateísmo» se justifica en la batalla ideológica contra el creacionismo y la barbarie de los grupos religiosos ultras americanos, su primo mediático británico, el ateísmo 2.0, parte de un lugar muy diferente. Da por hecha la secularización. Su problema son las formas: nos dice que una sociedad secularizada sin más, como la que proponen los «nuevos ateos» y como describe a la sociedad inglesa de hoy, no satisfaría las necesidades comunitarias y de consuelo de las personas. Si queremos dar una respuesta atea, nos asegura de Botton, debemos aprender de todo lo que en la religión no es creencia irracional sino servicio comunitario. En su libro más aventurado, «Religión para ateos» propone reinterpretar museos y usar los objetos culturales como inspiración y consuelo, construir verdaderos «templos ateos», pagar vallas publicitarias moralizantes y anticonsumistas y recuperar el «servicio dominical» como la comida comunitaria que un día fue.

El ateísmo 2.0 nos propone un capitalismo «divertido» de negocios bohemios, ceremonias comunitarias, visitas a Museos y charlas sobre la utopía. Es la revuelta amable de una clase media culta que necesita espacios de socialización y comunidad que le generen sentido vital. No es por casualidad si, a diferencia de su primo americano, «The Idler» o «The School of Life» se organizan no como un gran negocio global sino como un «activismo de mercado» alrededor de pequeñas librerías que organizan cursos, editan revistas y hacen seminarios.

Sin embargo, una vez más, son las ausencias las que llaman la atención: el «Ateísmo 2.0» olvida una y otra vez que la secularización tuvo dos grandes coberturas «espirituales»: afianzando el sistema, el nacionalismo, erosionándolo, los grandes movimientos revolucionarios. Es simplemente que la épica nacional no funcionaba para la parte más cosmopolita y despolitizada de los «remainers». Por eso, el Brexit primero y Trump después son para ellos un verdadero fin del mundo. Pasó el tiempo de una revuelta cultural contra la pobreza espiritual del neoliberalismo, por eso vuelven el nacionalismo y el radicalismo social.

El Ateísmo 2.0 fue una revuelta amable de la clase media «remainer» contra la pobreza espiritual del neoliberalismo

Y mientras tanto… Europa

En Europa la larga «ola neoliberal» se sintió ya desde los ochenta como un debilitamiento progresivo de los grandes movimientos ligados al trabajo y como una creciente «anglificación» de las élites y de sus discursos que, sobre todo al Este, se convierte en un verdadero colonialismo cultural. En un marco en el que los ejes tradicionales de la política eran cada vez menos operativos, Europa vive en el cambio de siglo un renacer político de las religiones ligado a la caída del bloque soviético.

Islam y catolicismo -tanto romano como ortodoxo- utilizan el vacío dejado por el comunismo para reclamar peso político representándose socialmente como fuerzas «identitarias». Por un lado la tendencia «militante» y populista del catolicismo que había ido germinando desde los setenta («Comunión y Liberación» por ejemplo) deja de replicar las formas de la extrema izquierda para copiar las del evangelismo ultraconservador americano. El resultado será un nuevo tipo de organización centrada en la presión política y que llama a los cristianos a representarse políticamente como una «identidad cultural», que en el tiempo se convertirá en los distintos «Hazte oir» de cada país. Por otro lado el islam, una religión minoritaria y salvo en algunas regiones periféricas (Bosnia, Kosovo, etc.) ligada a la inmigración, empieza a convertirse por sus propios caminos en un fenómeno identitario, un sustitutivo para la radicalización política de la «segunda generación» que había organizado tradicionalmente el comunismo militante.

La caída del bloque soviético propulsó un giro identitarista y politizante de islam y catolicismo en Europa

Comenzarán a levantarse pronto voces desde el republicanismo y el socialismo francés contra esta nueva «Santa Alianza» de catolicismo, islam y relativismo postmoderno que amenaza el laicismo europeo. Pero el postmodernismo llega con fuerza desde Estados Unidos como alternativa post-marxista para la izquierda. Es un fenómeno «Starbucks»: la idea postmoderna, que está ligada originalmente a la radicalización del pensamiento académico francés, vuelve en una forma asumible por el socialismo neoliberal de un Blair, un Zapatero o un Valls bajo la forma de un nuevo «radicalismo» de los derechos civiles ligados al sexo y el género. En el momento en el que la desigualdad comienza a despegar, la política europea deja de hablar el inconveniente lenguaje del conflicto entre capital y trabajo y se sumerge en un juego sin fin de identidades sociológicas y culturales que aun en oposición, legitima el identitarismo religioso.

Vaneigem y Onfray

El ateísmo europeo resurgirá desde los noventa como una impugnación general de este marco. A diferencia de los anglosajones no se afirmará defendiendo «principios científicos» ni propondrá nuevos «estilos de vida». El nuevo ateísmo europeo comenzará como reconstrucción de una línea histórica de pensamiento específicamente ateo. Raoul Vaneigem, un antiguo líder de la Internacional Situacionista, será el primero en recuperar textos del ateísmo medieval y barroco y enhebrar un relato a partir de ellos se trata de encontrar:

los signos de una civilización por venir, no fundada ya sobre la alienación del trabajo, el poder y el beneficio sino sobre la creatividad, el gozo y la gratuidad

Es la misma idea que subyace a toda la reconstrucción del pensamiento materialista que realiza Onfray en su «Contrahistoria de la Filosofía» y en su «Tratado de Ateología». En el fondo hay una concepción del ateísmo de origen marxiano que Vaneigem explicita en su libro «La inhumanidad de la religión»: la religión es el producto de una escisión profunda de la sociedad que arranca con la aparición de la mercancía y se exacerba con la extensión capitalista de esta. La religión es una forma de alienación que solo puede ser enfrentada si enfrentamos la causa de fondo de la alienación y damos el salto a una sociedad no escindida, una sociedad de la abundancia.

El ateísmo europeo entiende la imposibilidad de superar la religión sin desmercantilizar la sociedad

Y de hecho, para proyectar y difundir sus ideas tanto Vaneigem como Onfray harán un uso extensivo de la gratuidad, una gratuidad que toma forma institucional con el movimiento de reforma de las universidades populares que comienza en Caen y que se ha extendido ya buena parte de Francia.

¿Secularización del islam o enfrentamiento directo?

Pero no todo son consensos y tradición materialista en el mundo del ateísmo europeo. Hay abierta una línea de conflicto interno. Vaneigem desde el principio apuntará a recuperar un frente directo contra «los tres impostores», es decir, las tres grandes religiones instauradas en Europa (cristianismo, islam y judaismo). Onfray, claro y combativo en la necesidad de la descristianización radical de Europa, frente al Islam tomará una posición estratégica que evita el enfrentamiento: favorecer su secularización.

De fondo hay una concepción histórica según la cual no habría sido posible descristianizar Europa, al menos en la medida en que el estado europeo ha sido descristianizado, sin haber secularizado el cristianismo previamente. La cuestión es que la secularización del cristianismo supuso también una cierta cristianización del espacio, el relato y los valores sociales -eso que quiere descristianizar con razón Onfray. Pero por lo mismo es difícil pensar en una secularización del islam sin una cierta islamización del espacio social. Y esa es seguramente la raíz profunda de las diferencias entre los ateos a lo Vaneigem y los ateos a lo Onfray.

¿Se puede secularizar el Islam sin aceptar una cierta islamización de los espacios sociales?

El resultado es el auténtico nudo gordiano del pensamiento ateo en la Europa actual. ¿Se puede descristianizar la sociedad europea y secularizar al islam al mismo tiempo? Parece difícil y en esa dificultad, la derecha más reaccionaria suma votos. El propio Onfray critica por insustancial la islamofilia que una parte de la izquierda ha importado de EEUU bajo el eslogan de que «el islam es una religión de paz». A todas luces no parece serlo más que ninguna otra, desde luego. Y para un ateísmo europeo que concuerda en la necesidad de descristianizar el relato de lo común y los espacios públicos, es difícil de tragar la necesidad de aplicar otra vara de medir a una religión y no a otra.

¿Se puede descristianizar Europa y secularizar el islam al mismo tiempo, es aceptable usar 2 varas de medir?

Conclusiones

El ateísmo de los últimos treinta años enfrenta la emergencia de la vocación política de las grandes religiones organizadas. Desde los ochenta hemos visto la alianza del neoliberalismo con la derecha religiosa en EEUU e Israel; en Europa del Este, los Balcanes y Grecia el ascenso de las iglesias como lobbies ultraconservadores y nacionalistas que llenaban el hueco dejado por la caída de los partidos comunistas; en Francia, España e Italia la alianza política entre un catolicismo decadente y un Islam en ascenso social que comparte con el Papado el violento rechazo de una sociedad laica; en el mundo árabe el colapso del nacionalismo secular y el ascenso del islamismo; en Asia las nuevas y violentas formas de nacionalismo e identidad étnica fundamentadas en el hinduismo y el budismo…

Frente a esta tendencia global nuevas corrientes de propagandistas y pensadores ateos han intentado distintas «contraofensivas» desde distintos ángulos según su contexto social y político. En el anglomundo dando respuesta atea a las necesidades políticas y emocionales de las clases medias ilustradas, en Europa planteando la necesidad de superar un sistema socioeconómico alienante.

El estado del ateísmo en el mundo es el estado del mundo tras el Brexit y Trump. Por un lado un ateísmo anglosajón que ha perdido comba o se queda definitivamente corto pero que en cualquier caso solo puede hacérsenos cada vez más ajeno. Por otro, en Europa una posición vigorosa, que recupera el ideal de progreso y afirma la necesidad de superar el sistema económico, pero que se fractura sobre la estrategia a seguir cuando se enfrenta al reto musulmán. El ateísmo anglosajón no ofrece ya salidas, el europeo sufre un «atasco» del que seguramente solo podrá salir cuando el movimiento social se oriente de nuevo a la construcción de alternativas sistémicas, ignorando las «identidades» que nos ofrece una sociedad alienante.

El ateísmo anglo quedó obsoleto, el ateísmo europeo debe aprender a batallar por igual a cristianismo e islam

«El estado del ateísmo es el estado del mundo» recibió 6 desde que se publicó el Domingo 16 de Abril de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Me atrae el Ateísmo 2.0, pero es cierto que se queda en lo superficial. Respecto del Ateísmo europeo tengo que decir que me incomoda esa idea de que la sociedad continúa cristianizada, supongo que va de la mano de la otra idea que también he visto mucho por aquí, de que el estado es el nuevo garante de la moral. No me gusta nada, quiere decir que el anunciado Übermensch de Nietzsche, el hombre que construye su propia moral, aún no ha aparecido y seguimos anclados a lo mismo de siempre. Por otra parte es un motivo para la esperanza, hay un arma para luchar contra el radicalismo esperando ser descubierta, aunque me da la impresión que habrá que destruir todo lo que se creó en el S. XX para poder encontrarla. No sé, me estoy poniendo metafísico ya.

    • A mi también me gusta el ateísmo 2.0 pero creo que solo tiene sentido dentro o al menos muy ligado a nuevas formas sociales (comunidades igualitarias, cooperativas de trabajo «estrechas», etc.), si no estás dando la cáscara sin el contenido, creando una versión atea del «opio del pueblo» o más bien un «ibuprofeno para el pueblo» 😀

      Sobre la «descristianización» de Europa… la verdad es que la secularización supuso, como contrapeso, una cristianización laica. El discurso de la izquierda, en especial la socialdemócrata y populista, ha sido y es puramente cristiano. Incluso reproduce sus tendencias. Por ejemplo esa izquierda que quiere hacernos saludables mediante leyes y prohibiciones está replicando un topos protestante. La preocupación por «los pobres», «los desfavorecidos» -que son algo muy diferente de los «trabajadores», es puramente, hasta en el lenguaje, católico… como lo es el significado de «pueblo» de los nacionalistas.

      Y por otro lado, efectivamente estamos lejos todavía de la economía que ha de permitir el ascenso de esa idea de moral autónoma y no alienante con la que soñaba Nietsche.

  2. Imagen de perfil de Hiram Crespo Hiram Crespo dice:

    Precisamente había empezado a elaborar este problema a mediados del 2014 en mi artículo “Poverty: Secularism’s True Enemy”, donde me baso en datos del censo evaluados por Paul Gregory en sus estudios que ligan los altos niveles de religiosidad y de disfunción social. Si la pobreza es parte de una constelación de problemas que incluye escasa educación y superstición / religiosidad, entonces hasta que no atendamos el problema MATERIAL de la pobreza, sus síntomas no van a desaparecer, y el ateísmo militante debe considerar el ambiente cultural en que surgen los cultivos de fanatismo como hongos sobre la pudredumbre de la pobreza y marginalización….

    https://theautarkist.wordpress.com/2014/05/17/poverty-secularisms-true-enemy/

    • Efectivamente!! La mayor parte de la gente en el mundo se ve privada de las condiciones mínimas de su autonomía personal y el ateísmo es la expresión y la recta final de esa autonomía.

      Ahora, no solo es que no haya trabajo o el trabajo no de para una vida decente. En el centro de esas condiciones para la autonomía está el trabajo y los ingresos que genera, pero también la forma en que ese trabajo se produce.

      La alienación es el vacío de sentido es producido en serie a través de la precarización -que elimina la posibilidad de aprender- y de la atomización de funciones -que destruye la relación entre el trabajo realmente realizado y sus resultados sociales. Alienación es no entender para qué y a quién sirve la mayor parte de tu día y tu esfuerzo. Sentir el trabajo separado del aporte y sentir las relaciones que tienes con tus compañeros separadas de la vida en general.

      Las religiones lo saben y corren a llenar ese vacío emocional y humano que el trabajo alienante genera vaya asociado a la pobreza o no.

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