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El fin de la Modernidad política

La dimensión histórica de Trumpismo es que marca el límite, la frontera dentro de la que es sostenible el sistema de identidades imaginadas que ha definido la Modernidad. Los límites del estado nación.

Prácticas en las Indias

La ruptura de la cohesión social en EEUU es tan evidente que la aclamada «Marcha de las mujeres», no esperó ni tan solo dos días a la jura del nuevo Presidente. El éxito del modelo movilizador parece haber animado una estrategia opositora de enfrentamiento y movilización total. En ese marco se plantea ya una «Marcha de los científicos». Pero… en la misma izquierda y en la prensa liberal se levantan voces animando a no seguir adelante. ¿Por qué? Porque la categoría «científicos» no daría para «sujeto político», no sería bueno para ellos ni para el antitrumpismo, se argumenta, para pasmo de los observadores europeos y sudamericanos para los que no hay nada más natural que protagonismo público de grupos determinados de trabajadores. Sin embargo este debate, en apariencia menor, es uno de los más ilustrativos de cuanto está pasando en EEUU. De hecho muestra bien por qué el callejón sin salida del progresismo americano no es solo un fenómeno local o temporal, sino el fin de un largo proceso histórico. El fin de la Modernidad política.

El nacimiento del sujeto político

En 1520 los Medici están de nuevo en el poder de Florencia. Saben que el juego ha cambiado, que la política italiana no se define ya entre las ciudades y el papado. El Imperio Habsburgo se ha expandido y colocado su centro de poder en la península Ibérica. La monarquía francesa ensaya sus primeras formas de centralización. Florencia es todavía, y lo será por casi cuatro décadas más, el lugar más próspero de la Europa burguesa, pero conserva el trauma de la revuelta de los «ciompi» (los Artes menores, primera insurrección «proletaria» de la historia) y de la aventura teocrática de la «república popular» de Savonarola.

Encargan entonces a Maquiavelo, que nunca ha sido amigo de los Medici y que vivía entonces en un tranquilo exilio rural, una memoria sobre las formas políticas que podrían dar estabilidad de una vez a la política florentina. Su análisis, que Gabriel Albiac descompone maravillosamente en uno de sus cursos, marca el nacimiento de la política moderna; la política tal y como la entendemos hoy: como el ejercicio de pensar el estado desde su autonomía, libre de todo proyecto teológico o trascendente.

Pero ¿qué es lo que les dice Maquiavelo? En primer lugar que de las tres formas políticas posibles del estado (gobierno popular, república y principado) en Florencia «jamás ha habido ni república ni principado» porque el régimen del gran Medici, Cosme, que todos añoran, no era un principado real porque «no se puede llamar estable a aquel principado en el cual las cosas se ejecutan conforme a la voluntad de uno y se deliberan con el consenso de muchos». Es decir, que Florencia ha tenido la apariencia de un principado pero en realidad lo que tenía era una «política de casas» medieval, cosida por la figura de un gobernante capaz de construir consensos para mantener una apariencia de estado. No un estado realmente porque lo que define algo digno de ese nombre es el automatismo en el reconocimiento de sus intereses como superiores por cualquier grupo.

Dicho de otro modo, Maquiavelo les dice que la sofisticada, rica e innovadora Florencia sigue políticamente en la edad Media. Que lo que parece política de estado en realidad es coalición y consenso de identidades reales (redes clientelares, Artes, grupos de oficio) alrededor de las grandes familias. Si quiere sobrevivir en el Renacimiento como una República -Maquiavelo nunca dejó de ser un republicano- es necesario un nuevo tipo de subjetividad entre los gobernados. Maquiavelo es el primero en expresar algo que no se hará realidad plenamente hasta la revolución francesa: el estado solo conseguirá su autonomía -de toda justificación trascendente y por tanto también de la tutoría de la Iglesia- si es capaz de crear una comunidad imaginada, un sujeto político propio. Eso que más adelante La Boetie definirá como una «sumisión voluntaria» y que siglo y medio después tomará forma en lo que ya se llamará sin ambajes «nación».

Aun más claro: las revoluciones campesinas y los asaltos al poder de grupos religiosos heterodoxos del Renacimiento van creando la consciencia de la necesidad de separar al estado de todo ideal de trascendencia, de toda moral religiosa, pero al mismo tiempo, de la necesidad de una religión secular que la sustituya. Lo que irá surgiendo como «nacionalismo» y luego como «patriotismo» no es otra cosa que la religio secular del estado, la fuente última de su legitimidad pero sobre todo de su capacidad cohesionadora.

Sujeto nacional, objetos sociológicos de gobierno

Es conocido como en el proceso que precede a la aparición de la nación y que Foucault nos relató en sus epopeyas del racismo y la biopolítica, el estado absolutista francés irá definiendo por primera vez colectivos, objetos demográficos, sociológicos, que serán objeto de gobierno por el estado, no a través de reglas y castigos, sino de condicionantes, regulaciones e incentivos. A lo largo del siglo XIX estos objetos, estas categorías demográfico-económicas, incluidas las clases sociales, irán pasando a concebirse como sujetos políticos constituyentes del gran sujeto político que en ese momento es ya el único fundamento «espiritual» del estado: la nación.

Hemos visto también como el radicalismo democrático anglosajón que había nacido como «puritanismo» y mutado en el XIX en abolicionismo y motor ideológico del expansionismo británico, muta de nuevo con el sufragismo hacia la afirmación de un nuevo sujeto político, «las mujeres», con la oposición frontal de los movimientos obreros femeninos de la época. Y finalmente, como tras el fin de las oleadas revolucionarias y el paso del centro mundial a EEUU, la post-guerra mundial conoce una verdadera explosión de sujetos políticos en paralelo a la evolución del feminismo que acabará en eso que se ha llamado la «Identity Politics» característica de la «izquierda postmoderna».

El problema es que la mutación de los movimientos de derechos civiles en movimientos identitarios solo podía hacerse sobre el modelo del «sujeto político» que está una y otra vez en la base de la nación y de los movimientos anticoloniales de los sesenta, nacidos del molde del nacionalismo esencialista europeo. Se trata en realidad, y nunca lo ocultarán Fanon, Malcolm X o Angela Davis, de un nacionalismo sin encaje en el estado nación y en resistencia al modelo social y político norteamericano. Sin embargo, su lógica impregnó la concepción global de eso que se llamó «diversidad» dentro del modelo «multicultural» anglosajón. Pero es obvio que toda superposición de identidades nacionales a las finales es competitiva entre sí. La nación es exclusiva porque exclusivo es el monopolio que reclama el estado, así que tarde o temprano la «identity politics» estaba condenada a poner en cuestión la supeditación de los nuevos sujetos políticos a la identidad nacional. Paradojas de la Historia, el último en alertar del peligro de fractura que esto representaba se convertiría en el primer presidente negro de EEUU.

Resultado: una espiral infernal donde, a partir de cierto punto, la identity politics alimenta su reverso -el trumpismo- rompiendo la cohesión social.

La cohesión en el estado bajo identidades seculares: ¿un juguete roto?

No hay que olvidar que la «identity politics» hace tiempo que dejó de estar confinada a la izquierda posmoderna anglosajona. La socialdemocracia europea también fue absorbiendo parte de su lógica en la medida en que le servía para mantener un posicionamiento de «alternatividad» -si no ya sistémica, ahora cultural- conforme se identificaba más y más con políticas neoliberales y el movimiento obrero organizado se tornaba impotente para enfrentar la desigualdad a través del sindicalismo. Pero no es una evolución irreversible. En Europa, «feminismo» por ejemplo, sigue siendo un término ambiguo que nada entre la afirmación de la igualdad social de las mujeres y las distintas ideologías que parten de «la mujer» o «el género» como matriz de sujetos políticos según el modelo anglosajón. Puede parecer sutil, pero hay una diferencia abismal en la concepción de la sociedad y en la práctica política.

Aunque los resultados pueden no ser sutiles en absoluto, porque lo que todo este horror del trumpismo viene a señalar es que las comunidades imaginadas que el estado creó para asegurar la cohesión sin necesidad de religión, han llegado a tal hiperplasia que hacen imposible esa misma cohesión, poniendo en jaque la viabilidad del estado mismo.

La dimensión histórica de Trumpismo es esa, y no es menor. Marca el límite, la frontera dentro de la que es sostenible el sistema de identidades imaginadas que ha definido la Modernidad. El triunfo del trumpismo nos deja claro que hemos alcanzado los límites del estado nación.

«El fin de la Modernidad política» recibió 11 desde que se publicó el Miércoles 1 de Febrero de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Justo antes de comenzar a leer la entrada estaba pensando que uno de los frentes de batalla contra Trump y lo que representa es precisamente una defensa de la ciencia como forma de acceder a la verdad, o al menos a ciertas verdades, en ciertos campos en los que solo a través de la ciencia, o sea utilizando el método científico, se puede encontrar respuestas válidas. Creo que estamos presenciando una ataque descarnado contra la razón, que si bien no ha sido la solución total que nos proponían los ilustrados, a mí al menos se me presenta como el único camino frente a la barbarie que suele producir la irracionalidad.
    Saludos desde LA.

    • Cierto, pero no hay que olvidar que el lado trumpista no hubiera hecho masa crítica si la izquierda no hubiera a su vez renunciado al principio ilustrado básico -el que es común a todo el espacio entre liberales y Marx- para abrazar el esencialismo romántico de «las identidades»

      Eso se ve muy bien, por cierto, en «La derrota del pensamiento» de Finkielkraut. Está por todos lados en pdf. Leeló que te va a gustar 😉

  2. Por supuesto. El abandono de lo que un marxista llamaría “la clase obrera” nos ha llevado hasta este punto. Recuerdo como me chocaba, yo que me acabé de criar en España, la preponderancia que tomaba por aquí la batalla por los derechos de los gays. No es que esté en contra de los derechos de los gays, es que en términos de emancipación, yo vivía convencido que era una batalla estéril y carente de importancia con respecto a lo que le importa a la mayoría de los seres humanos: el plato de comida y el techo.

    • Afinando más, una cosa es batallar por la no discriminación de los gays y otra hacer un relato donde ser gay es ser parte automáticamente de un sujeto político, un «nosotros», inmediatamente separado del resto de los sujetos del panteón político, con una agenda propia y un «ser» particular que todo gay debería cuando menos priorizar sobre toda agenda política o social alternativa.

      Esa concepción de los géneros y las razas como «clases políticas» a las finales propone y representa (en el sentido de «to perform») una coalición imaginada de oprimidos cuya encarnación de la reacción más cercana resulta ser el compañero de trabajo hetero y blanco que sufre los mismos problemas fundamentales de desigualdad, subempleo, etc. Y que por cierto son nada más y nada menos que el 40% de EEUU.

      No es que proponga volver al proletariado como único sujeto político alternativo legítimo. Es que ni siquiera creo que haya que recurrir a él.

      Hay una agenda emancipadora que tiene que ver con la afirmación de la racionalidad igualitaria y las necesidades humanas genéricas, cuyo centro de gravedad es el trabajo (porque la producción es la base de toda estructura social) y que debe dar por hecho y hacer valer que no es tolerable discriminación alguna de ninguna persona por sexo, género, raza o… lengua materna (algo sistemáticamente dejado de lado por la izquierda universitaria).

      Pero que al mismo tiempo tiene que levantar la voz contra los discursos que van más allá de reclamar la igualdad social y la no discriminación para crear «sujetos políticos» sin modelo social global ni proyecto económico para la sociedad. Porque no son «complementarios», son fragmentadores, no son «liberadores», oscurecen la idea de un futuro común igualmente deseable por todos, no son cohesionadores, crean rencores tan absurdos como sería el de alguien que odiara a los ingleses de hoy porque el ejército británico quemó la Casa Blanca en 1812.

      • Pero no es la existencia de las nefastas identity politics la prueba de que la aproximación de la defensa de los derechos del hombre (sic) abstracto no funcionaron para nada?

        • Como comunitarista obviamente no comparto la ideología de los DDHH (aunque si la necesidad de afirmar universalmente mediante leyes buena parte de ellos, otros como la propiedad intelectual no, claro). Pero, respondiendo a tu pregunta, la verdad es que no veo por qué. En todo caso sería la demostración de cómo el veneno romántico y anti-ilustrado del esencialismo alemán al final se le va de las manos al estado que pretende apelar demasiado la «sumisión voluntaria» a traves de la creación de sujetos políticos «más cercanos» con tal de diluir la centralidad del trabajo y su responsabilidad en la organización económica de la sociedad.

          Dicho en otras palabras, lo que muestra es que el paso del estado liberal ilustrado, basado en la afirmación de «derechos universales» al «estado nacional» que hace de la creación de identidades y comunidades imaginadas su base de cohesión, acaba creando más problemas que los que en principio pensaron que resolvía (la alteridad de la comunidad imaginada del trabajo). Entre otras cosas porque los intereses del trabajo siguen movilizando a la mayor parte de la sociedad y además los nuevos sujetos políticos creados para paliar el desgaste de la capacidad cohesionadora de la nación acaban acentuándola.

          La serie sería así: Los DDHH son sustituidos (muy pronto) como cohesionador por la nación y la nación, erosionada, intenta apuntalarse con «nuevas identidades» sacadas del saco del puritanismo anglo y de los nacionalismos anticoloniales del XX. Pero estas identidades al final, acaban acentuando la contradicción inicial que pretendía subsanarse, aunque con un marco ideológico muy distinto. Trump en vez de IWW.

  3. Ya comencé el libro que me recomendaste. Algo que siempre me ha interesado y que no he tenido tiempo a investigar es la posible relación entre el surgimiento de la nación y la guerra, pues si bien en la Edad Media se peleaba en nombre de Dios debe haber llegado un momento que la gente ya no estaba tan dispuesta a pelear por Dios y había que convencerlos a pelear en nombre de otra cosa, y la nación y la patria como que se pintan perfectas para la función. Siempre también me ha resultado curioso que miles de cubanos entregaron sus vidas en nombre del “internacionalismo proletario”. Uno de mis entretenimientos favoritos es preguntarle a los cubanos que me voy encontrando por ahí y que estaban en edad de ser enviados a Angola y Etiopía qué es el “internacionalismo proletario”.

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