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El fin del dilema

Mientras la diversidad aparece para el individuo como un fin, como la medida de la posibilidad de su propia libertad, para la sociedad no es sino una herramienta. Llegamos al viejo dilema: cooperación- competencia, individuo- colectividad, diversidad- cohesion…

A lo largo de los anteriores entregas de esta serie de posts nos hemos aproximado a entender el significado social de la diversidad. Intuitivamente entendemos que la aceptación de un mayor grado de diversidad supone una mayor libertad efectiva para el individuo, es mayor el campo de alternativas que se le abre a la hora de crear y ordenar su vida. La diversidad, o al menos la consecución social del grado de diversidad que le permitiría ser aceptado, aparece para el individuo como un fin en si mismo, como un sinónimo de libertad real.

Sin embargo, la diversidad tiene un coste, en la medida en que “tolerarla” supone aceptar que recursos sociales valiosos sean destinados a objetivos que no son los determinantes en el sistema en un momento dado. Y si una sociedad, una cultura, acepta un determinado grado de diversidad es porque ese grado, ese nivel de coste, es compatible con sus fines. El fin de toda cultura en realidad no es otro que maximizar la supervivencia del medio social para un entorno históricamente definido. La cultura entiende la diversidad como una herramienta.

Como veíamos todos los sistemas económicos buscan mantener de forma más o menos automática un cierto equilibrio entre una cosa y otra, entre innovación y desarrollo de lo existente. Lo hacen orientando a los innovadores hacia sus propios fines (la supervivencia del sistema). Por ejemplo, en nuestro sistema económico el sistema de patentes y derechos de autor asegura -mediante un monopolio temporal de la explotación de las creaciones- un premio automático para aquellas obras que conocen el éxito, que son valoradas por la comunidad mediante el propio mercado ya existente. La finalidad es doble: por un lado se incentiva así a los innovadores, pero no a todos, sino sólo a aquellos cuyos resultados son explotables, útiles dentro del marco “aceptable” en un momento dado.

Ese premio selectivo (no a la innovación, sino a aquella que tiene sentido para la comunidad) tiene a su vez un coste: la extensión de la innovación, su repercusión social, se retrasa artificialmente. La mal llamada “propiedad intelectual” supone un pacto implícito: La comunidad acepta el coste del retraso a cambio de que la innovación dominante sea la que se produce dentro del sistema de valores imperante.

Por eso, las dos veces en que históricamente los derechos de autor y el copyright han aparecido legalmente coinciden con periodos en los que se parecía estar viviendo el fin de la Historia. Primero, aunque de manera tentativa y más como declaración que como realidad, aparecieron en la Revolución Francesa, que soñaba con estar “reestableciendo” el “orden natural” de la sociedad “de una vez y para siempre”. Después, de forma ya sólida, a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la revolución industrial había tocado a su fin y parecía que el sistema social se había estabilizado, que el “progreso” sería definitivamente cuantitativo y no cualitativo (por cierto que los que pensaban que jústamente lo que tocaba era un cambio cualitativo -anarquistas y comunistas, pero no sólo- chocaban sobre todo con el sistema de propiedad).

De hecho el sistema de “propiedad” intelectual, limitado eso sí a los aspectos industriales y vedado a la ciencia (a la que hubiera paralizado), pareció funcionar bastante bien hasta ya avanzada la segunda postguerra mundial.

Ocurren entonces dos fenómenos relacionados que cambiarán todo: por un lado el valor de la producción se traslada hacia los componentes creativos y científicos. Por otro, la misma organización de la producción se torma más compleja, incentivando el desarrollo de tecnologías de la información y la comunicación. A finales de los 60 empezará a verse como el sistema de incentivos (que es la forma económico-institucional de un sistema de valores) hace aguas y deja de generar competencia.

Pero es a mediados de los 80, con Internet en pleno desarrollo y con el software como una de las grandes industrias mundiales, cuando los llamados efectos red empiezen a señalar a los economistas que las cosas están cambiando. El efecto red incentiva a los autores a poner las menores trabas posibles a la extensión de sus creaciones minando el concepto mismo de monopolio temporal en el que está basada la “propiedad intelectual”. Por ejemplo, la clave del triunfo del html y el protocolo http de Tim Berners-Lee sobre Goopher residió en que el británico aseguró su caracter libre, de dominio público, dando certeza a los desarrolladores de productos derivados (como los navegadores o los editores web) de que podrían innovar partiendo del punto en que lo había dejado Berners-Lee en libertad, sin restricciones, derechos morales ni pagos de patentes.

Al mismo tiempo, la propia tecnología de Internet facilita la reproducción de cualquier contenido digital, hace que el coste de descarga de una unidad extra de un programa, canción o libro electrónico sea cero… y cuando el coste marginal es cero, el precio competitivo también lo es. Los autores (de software, de libros, de música…) irán descubriendo poco a poco (aún están en ello), que su interés pasa por la distribución gratuita de los formatos electrónicos de sus creaciones a través de Internet.

Resumiendo: La propia lógica económica de los efectos de red unida al desarrollo de Internet da incentivos para que los autores renuncien tanto a los llamados “derechos económicos” (el copyright) como a los morales (”control de las obras derivadas”).

Volviendo a nuestros términos: el sistema económico generado por las redes de comunicación distribuidas como Internet, empuja hacia el fin del dilema innovación/ cohesión, ya que la cohesión (la extensión de la innovación) es una condición pareja al triunfo de la innovación.

Para triunfar hay que convertirse en estándar, aunque sea por un breve periodo de tiempo. Para hacerlo es conveniente renunciar a los derechos generados por ese monopolio concedido por la ley que llamamos “propiedad intelectual”. Y lo más sorprendente: los grandes triunfadores de la innovación lo hacen precisamente porque renuncian a medir su éxito según el sistema de incentivos dominante: Diffie en la matemática aplicada, Tim Berners Lee, Richard Stalman o Linus Thorvalds en el software, o el colectivo Wu-Ming en la literatura, representan una nueva ética del triunfo y del trabajo que resulta mucho más dinámica e innovadora. Imponen estándares (es decir son competitivos) precísamente porque facilitan su extensión a todos (ampliando la cohesión social) y gracias precisamente a permanecer al margen del sistema de incentivos bajo el que la lógica de la patentabilidad, el copyright y el derecho de autor fueron creados.

Estamos en un momento de transición, de confusión. Las viejas organizaciones empiezan por mera supervivencia a absorver la nueva lógica en su interior, aparecen nuevos tipos de organización que intentan formas nuevas, al tiempo que contínuamente se extienden los campos en los que el viejo sistema de falsa propiedad es puesto en cuestión: matemática aplicada, software, música, literatura… Los economistas elaboran modelos que nos demuestran que el sistema de derechos de autor, patentes y copyright ya no es necesario para incentivar la innovación en ninguno de sus respectivos campos…

Pero lo que es claro es que lo que la tecnología nos ha abierto como posibilidad es un mundo nuevo. Un mundo donde el dilema entre cohesión social y diversidad ya no existe o es muchísimo menos dramático. Y que para que ese mundo se acerque, como el propio sistema económico parece reclamar más allá de las numantinas resistencias de los actuales beneficiarios del privilegio, la “propiedad” del conocimiento y la creación debe ser devuelta a la comunidad que los hace posible. Lo que hace un siglo era un avance es hoy un freno. El futuro no tiene copyright.

«El fin del dilema» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 15 de Agosto de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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