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El forker y el Progreso

Recuperar el mito del Progreso es una necesidad urgente. No hay valoración ni sentido en el conocimiento sin él. No tiene alternativas, en su ausencia solo crecen el pensamiento mágico y la política mesiánica. Hay que reconquistar el tiempo. Hay que volver levantar la bandera del Progreso.

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genealogías de la historia de la filosofíaEl Progreso ha sido uno de los mitos más importantes y transformadores de la Historia humana. El mito del Progreso no nos dice que el progreso sea inevitable, eterno o que esté dirigido a un final predeterminado. No es un trasunto de la «esperanza mesiánica» ni de las teleologías platónicas. Pero en cada aporte abre una puerta al significado y la esperanza. Se trata en realidad de la unión de dos ideas sobre el conocimiento.

La primera nos dice que el conocimiento es acumulativo y puede ser relatado como una serie de genealogías de ideas, descubrimientos y aplicaciones, o alternativamente de maestros y escuelas, que a lo largo del tiempo han ido consolidando saberes. Esta idea está ligada al pensamiento barroco y al nacimiento de la Ciencia moderna a caballo entre los siglos XVII y XVIII. Pero seguramente la imagen que mejor la ilustraría sería la famosa cita de John de Salisbury sobre Bernardo de Chartres:

Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura.

Bernardo pensaba en los maestros de la Antigüedad como gigantes y en sus coetáneos medievales y él mismo como enanos. Tomando la misma metáfora, el ideal del progreso imagina el conocimiento como una especie de «castellet» invertido, con unos pocos «grandes» en la base elevándose y diversificándose en cada nueva época y generación sin que, en principio, haya una altura máxima, un saber «total». Una vez más, eso no significa que no exista un límite, que no se puedan «caer» -como le pasó a la Alquimia, la Astrología o la Teología- o que esas líneas no puedan romperse y el conocimiento perderse o quedar sin continuidad en el tiempo. Solo apunta que es acumulable y que tiene sentido estudiar sus linajes antes de «empezar de cero».

La segunda idea, cuyas raíces pueden seguirse hasta el Renacimiento, nos dice que el nuevo conocimiento, cuando se aplica y permite a los humanos transformar Naturaleza y sociedad de formas nuevas y más productivas, transforma la «experiencia humana» en sí. Progreso no significa entonces que seamos «mejores» que nuestros antepasados medievales o neolíticos, sino que las experiencias a las que tenemos acceso en sociedades con un mayor nivel de conocimiento y bienestar son más «ricas», nos permiten disfrutar vidas con más significados, matices y complejidades y por tanto comprender con mayor profundidad nuestra propia existencia.

Al unir ambas, el resultado lógico es colocar a cada nueva generación y a cada nueva persona, en la posibilidad y la responsabilidad de aportar una nueva capa a una construcción histórica cuyo resultado entrevisto es la mejora de las condiciones de vida de su propia comunidad y de la especie en su conjunto. Pocos relatos son tan generadores de sentido: el Progreso convierte a la Ciencia en un movimiento, sirve de base a la ética hacker, ofrece una vía material de trascendencia -sin involucrar dioses ni eternidades- a cada uno.

Progreso frente a adanismo

Pero implica muchas cosas más. En primer lugar obliga a quien quiere formar parte de él a dotarse de una mirada histórica sobre el conocimiento que quiere penetrar o mejorar. Por eso, por ejemplo, las tesinas que se escribían antes de que la vida académica se convirtiera en un juego alrededor del «índice H» no eran una colección de papers, sino un «estado del Arte». No hay lugar para el adanismo en el Progreso. Aun cuando se trataban temas radicalmente novedosos, el que hablaba buscaba situarse en continuidad con siglos de esfuerzo anterior que eran tanto más creíbles cuanto más detallada y cercana fuera la cadena de autores, de maestros sobre los que se basara, así fuera para criticarlos o «superarlos».

La concepción del tiempo en un conocimiento en progreso es la de una madeja de hilos entrecruzados que a veces pueden fundirse o romperse, estirarse o hacer un bucle para ir «hacia atrás», pero donde las continuidades no pueden invisibilizarse. En una concepción del tiempo así, alguien como Michael Onfray no puede por ejemplo, ser epicúreo sin más. No puede simplemente volver atrás y «empezar» la Historia del pensamiento como si nada hubiera pasado en más de dos mil años. Tiene que reconocer sus propias filiaciones, descubrir claves y definirse sobre problemas comenzando por los planteados por sus propios maestros directos, los que le dieron clase. O un movimiento social tiene que definirse a partir de sus orígenes como una continuidad histórica. Cuando nace el movimiento cooperativo en la península Ibérica, por ejemplo, su principal teórico, Fernando Garrido, que se nos presenta como discípulo de Fourier, escribe una monumental «Historia de las clases trabajadoras» que dedica sus primeros tres tomos al esclavo, el siervo y el asalariado y solo el último al «trabajador asociado». Hasta para plantear innovaciones radicales, era necesario legitimarse en genealogías, ¿cómo si no mostrar el progreso que el propio movimiento aportaba?

Y ni hablemos de las escuelas de pensamiento: el idealismo, la Economía Clásica, el hegelianismo, el marxismo, el pragmatismo americano, el mismísimo pensamiento postmoderno… cada nuevo pensador se presentará como una continuación, incluso en la ruptura con sus maestros. El «forker» siempre será el otro discípulo, que no entendió el quiebro necesario o rompió la continuidad ineludible. Nadie, en la lógica del Progreso puede permitirse abandonar el valor del conocimiento que una larga historia social y un largo linaje de maestros han llevado hasta él.

El tiempo descompuesto

El mito del Progreso era fácilmente asumible en una época de crecimiento acelerado y sostenido de la riqueza y el conocimiento como la abierta por la revolución industrial. El tiempo inmóvil, el tiempo ahistórico solo sobrevivirá en el pensamiento mágico… hasta finales del siglo XX. El «fin de la Historia» fue entonces mucho más que un grito de victoria de los think-tanks americanos tras la guerra fría. Fue la expresión de que lo que se había llevado por delante a un imperio gigantesco -por primera vez en la Historia sin mediar una guerra- también estaba operando en su rival «occidental». Se trataba de eso que llamamos «descomposición» y cuya materialidad, a las finales, no es otra que la destrucción simultánea de mercado y estado. Nuestro tiempo.

Un tiempo marcado por un orden caduco, incapaz de imaginarse, de proyectarse ya hacia el futuro como útil para las personas, que destruye riqueza social en sus estértores con tal de no cambiar las estructuras de poder. Un orden que ya no se ve como un eslabón hacia la abundancia, hacia la liberación de la especie, no tiene reparo en plantear «seriamente» el «decrecimiento» y promocionar la pobreza «voluntaria» que impone para la gran mayoría a través de la crisis económica, del derroche ineficiente de recursos, la guerra y la apropiación directa de rentas y exacciones.

El tiempo de un orden descompuesto se descompone con él, las madejas se desdibujan entonces, el esfuerzo por justificar lo existente cae en el suicidio último del pensamiento: presentar que todo «fue siempre así», una gran masa amorfa de sucesos donde, en medio de una fangosa y fea «naturaleza humana», solo algunas originalidades destacaron e hicieron cambios.

El lugar que se da como deseable es el del innovador en la nada y a todo coste. Steve Jobs sustituye a Espartaco y madam Curie. Se multiplican los mensajes mesiánicos en la cultura popular, el cine y las series. Salvadores y genios, mesías y políticos providenciales llenan un paisaje simbólico donde todos se presentan como discontinuidades y lo caduco, lo disfuncional, lo que genera vidas miserables, sean sistemas políticos o alimentos, se explica «inocentemente» como un vacío de ideas a la espera de un nuevo software o una idea genial. La sonrisa del abismo.

El forker y el Progreso

En este marco el «forkeo», un mecanismo social que habría de multiplicar el conocimiento y acercar la abundancia, se convierte en «forkismo»: los aportes en rupturas, la acumulación del conocimiento en invisibilización histórica, la multiplicación de caminos en batallas sectarias, la identidad en fe. Es el lado oscuro de nuestros días, la forma en que la descomposición del viejo sistema coarta su propia superación.

Por eso, recuperar el mito del Progreso es una necesidad urgente. No hay valoración ni sentido en el conocimiento sin él. No tiene alternativas, en su ausencia solo crecen el pensamiento mágico y la política mesiánica. Es lo que tenemos frente a nuestros ojos. Hay que reconquistar el tiempo. Hay que volver a levantar la bandera del Progreso.

«El forker y el Progreso» recibió 46 desde que se publicó el Viernes 10 de Julio de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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