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El fracaso de Copenague y los límites del estado postmoderno

¿Por qué la cumbre de Copenague ha nacido muerta? La incapacidad para sacar un tratado adelante nos permite reflexionar sobre los límites del estado postmoderno e incluso sobre qué se puede reclamar y qué no a los estados nacionales.

La cumbre de Copenague ha nacido muerta. EEUU intenta ahora reconducir el debate de tratado internacional a conjunto de acuerdos bilaterales en medio de un ambiente de decepción.

Estamos todavía en los famosos 50 díás que según Gordon Brown tiene la Humanidad para salvarse pero nadie da un duro por los acuerdos. Literalmente: el Fondo de Adaptación de la ONU, abierto en 2008 y que debería financiar inversiones antipolucionantes en países en desarrollo, tiene tan sólo 18 millones de dólares… que con toda probabilidad no cubrirán ni siquiera la totalidad de los costes del encuentro de Copenague.

¿Por qué? Sobre el papel, pocos casos darían a los estados un papel salvífico tan asequible como éste. Los estados sólo tienen que acordar y regular emisiones de un parque industrial que no puede ir a ningún otro lugar. Hablamos de impuestos, reglamentos y prohibiciones, un terreno tan familiar a la maquinaria estatal como el agua para los peces.

Lo puramente internacional parecía manejable. De hecho si sumamos las emisiones de EEUU y las de China obtenemos ya un 40% del total. Todo el mundo esperaba una base de acuerdo entre los dos principales emisores que repartiera los costes de una reducción de emisiones para mermar lo menos posible el desarrollo de Brasil, India y la propia China. Y sin embargo…

La agenda transnacional

Sin embargo existen otros elementos que escapan más allá de lo internacional. No vale a estas altura echarle la culpa a los escépticos cuando ni siquiera la UE juega ya incondicionalmente.

La clave está en un secreto a voces: la financiación del acuerdo (alrededor de 1 millón de millones de dólares al año), aunque formalmente presentada como una transferencia Norte-Sur, supondría en realidad acabar de pagar la práctica independencia de una serie de grandes empresas encabezadas por los grandes operadores energéticos transnacionales. Incluso China -que ya tiene problemas para controlar dentro de la estrategia del aparato político a su segunda petrolera (fundada por el Ejército Popular)- desconfía.

Organizar a través de los estados en desarrollo este tremendo flujo de capital supondría emancipar de la tutoría de sus estados de origen a buena parte de las grandes empresas globalizadas. Algo que logicamente echa para atrás a los estados desarrollados y en especial a una administración Obama que pagará por mucho tiempo el plan de rescate de la banca, percibido por buena parte de sus compatriotas como un expolio de dinero público.

Los límites del estado postmoderno

Nos encontramos en realidad frente a una nueva dimensión de un problema que se hizo patente ya en Irak y Afganistán. Allí descubrimos que, al final del viaje

la pacificación o su perspectiva no se sustenta en que el estado haya recobrado la soberanía sino por el contrario, en que ha renunciado a ella para aceptar el juego de alianzas con nuevos agentes.

El estado nacional está pasando de protagonista a moderador en un juego cada vez más equilibrado en el que los nuevos sujetos -sean criminales, empresas o incluso fuerzas armadas– se definen transnacionalmente.

Es más, como vemos, cada intento de reordenación sobre bases nacionales, es decir a través de acuerdos internacionales (de Malacca a Somalia) sólo sirve para fortalecer a los nuevos agentes transnacionales.

Una coda política

Un lector nos pregunta -un tanto airado- por qué defender el devolucionismo, es decir, la reforma legal de la mal llamada propiedad intelectual y no reclamar al estado la reforma del capitalismo. Dicho de otro modo, por qué toca en los temas de fondo (relaciones laborales y económicas, medioambiente, etc.) construir y no agitar.

La respuesta, en este marco, salta a la vista. Al estado nacional se le reclama sobre lo que el estado hace o debería dejar de hacer, como legislar a favor de los monopolistas de la propiedad intelectual o mantener algunos otros monopolios absurdos, pero no tiene sentido pedirle que cambie las reglas de un juego en el que él mismo está, cada vez más, fuera de lugar.

«El fracaso de Copenague y los límites del estado postmoderno» recibió 0 desde que se publicó el lunes 9 de noviembre de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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