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El heroismo de la continuidad

A veces, cuando hasta el cielo cae sobre nuestras cabezas, una vida interesante, aun renunciando a toda épica, no puede sino convertirse, aun contra su voluntad, en heroica.

Los hawaianos y californianos de origen japonés fueron internados durante la guerra en campos de aislamientoIncluso en el mundo del Go, la figura de Fujii Junichi sigue siendo hoy poco conocida. Fujii había nacido en una familia de emigrantes de Hiroshima en Hawai (EEUU). No le fue mal, ganó dinero y en 1938 pudo volver a la ciudad de origen de su familia con una excelente posición, comprando la franquicia local del Banco Sumitono, uno de los más importantes de Japón en la época. Hoy hablaríamos de Fujii como un empresario socialmente responsable. Según nos cuentan Fairbairn y Hall, pagó la formación universitaria de un centenar de jóvenes cuya carrera profesional posterior guió hasta su muerte.

Pero seguramente la cuestión es que era lo que en la época se llamaba un «hombre de ideas avanzadas»… algo que en el ambiente ultranacionalista del Japón de los años treinta y cuarenta podía llegar a convertirse en muy peligroso. En un evento social entre empresarios un año antes de Pearl Harbour, arguyó que una guerra con EEUU sería un desastre para Japón, que no podría sostener el pulso industrial de los americanos. Mal. Muy mal. Fue denunciado inmediatamente a la Kenpei (una especie de Gestapo japonesa) y marcado como poco patriota. Desde esa fecha tendría que reportar cualquier salida del casco urbano. Porque, para rematar, se había convertido en presidente de la rama local de la asociación profesional de Go, y el Go ocupaba un lugar difícil en el Japón imperialista de 1941.

El Go en tiempos de guerra

Aguilas del Mar, por MomotaroLa inteligencia japonesa había colocado las federaciones de Go y Shogi (el ajedrez japonés) bajo una estructura políticamente controlada llamada «Asociación Patriótica para el Go y Shogi» que aunque incluía en su ideario que «el Go y el Shogi son juegos nacionales y deben ser respetados» dejaba bien claro en su misión que:

El Go y el Shogi pueden ser una pérdida de tiempo y demasiado absorbentes. Incluso han sido criticados en un proverbio por «no dejar ver al padre agonizante». Aunque sea poco frecuente llegar a ese punto en los pasatiempos populares de hoy, varios millones de personas aman el Shogi y varios millones disfrutan del Go. No hay necesidad de una gran investigación matemática: el total de tiempo consumido por ambos juegos está probablemente por encima de lo que podemos imaginar. En cualquier caso, ese tiempo se está usando sin sentido. Si podemos cambiar el uso de ese tiempo, a través de guiar el interés esas mismas personas para invertirlo en formas de entrenamiento mental científico como el pensamiento productivo, la inferencia lógica y la creatividad, deberíamos decir que sería un área de gran importancia, que no puede ser ignorada a la hora de mejorar nuestra cultura nacional.

En otras palabras: el objetivo último de la asociación patriótica era destruir la base social del juego de modo que el tiempo y esfuerzo mental invertido por los amateurs se dedicara a fortalecer habilidades útiles para el estado y la producción. Los clubs amateurs debían dedicarse a actividades patrióticas y los jugadores profesionales a entretener a soldados y obreros industriales en shows organizados como parte del esfuerzo de guerra. Incluso los grandes torneos iban a tener cada vez más dificultades para ser organizados, y en especial el más importante de ellos simbólicamente, el Honimbo, que daba continuidad a la Casa Honimbo, la primera gran escuela de Go fundada por Honimbo Sansa en el siglo XVI.

Segoe Kensaku

Segoe juega con su discípulo Go SeigenPara 1945 las cosas estaban aun peor. Las partidas del tercer campeonato Honimbo se desarrollaron bajo los bombardeos mientras se pudo. Pero los sucesivos bombardeos incendiarios de Tokio iban haciendo mella. Entre las noches del 9 y 10 marzo de 1944 más de 100.000 personas murieron en la ciudad a consecuencia de las bombas incendiarias. Toda la plana mayor del go profesional de la época, empezando por Kitani Minoru, que albergaba u organizaba buena parte de la lógística de las partidas, se había quedado sin hogar. Muchos perdieron incluso el refugio en el que se habían protegido tras perder su casa en bombardeos anteriores. El edificio de la asociación, con todos sus archivos y registros de partidas había desaparecido y ardido hasta los cimientos. Y no pocos jugadores habían muerto.

Segoe Kensaku, que había sido el maestro de Hashimoto Utaro pero también, en una época de xenofobia alimentada oficialmente, de Go Seigen, tomó en sus manos sacar adelante a toda costa el Honimbo. La verdad, es que el mundo del Go nunca había estado tan cerca de desaparecer: la base social mermada por la propaganda oficial, la asociación y sus archivos destruidos, los grandes jugadores convertidos en homeless y con los periódicos -principal fuente de ingresos para los jugadores- con el papel racionado y calidades que no permitían imprimir gráficos comprensibles del juego.

Y si comunicarse y moverse por el Japón en llamas, con las carreteras y vías ferroviarias regularmente bombardeadas tampoco era nada fácil, mucho menos lo era organizar el éxodo de los jugadores y sus familias. Le llevó de hecho, casi un año entero levantar el ánimo de los jugadores, encontrar soporte y finalmente un lugar: la propia casa de Fujii Junichi en Hiroshima. Sería durante los días 23, 24 y 25 de julio de 1945.

Fujii, que había evacuado a su familia con todas sus pertenencias a una aldea rural llevó cuanto pudo de vuelta: especialmente mobiliario y decoración, tesoros familiares y personales de gran simbolismo para el juego. Quería que la partida tuviera todo el austero boato de la tradición. Como si no hubiera una guerra. Como si la guerra no les hubiera mellado. Y, lo que no era menor, consiguió y transportó comida y bebida para una veintena de personas durante cuatro días recurriendo a decenas de amigos, al mercado negro, a familiares en el campo… Organizar el Honimbo era más que un desafío, era una heroicidad entre los constantes raids aéreos norteamericanos. Pero también era una causa. Era la guerra del Go por dar continuidad a algo hermoso en sí mismo por encima de la adversidad.

La primera partida comenzó. Los jugadores vestían con trajes de gala tradicionales –haori y hakama– que no les permitían casi moverse. Se escuchaban los aviones sobrevolar la casa y las bombas cayendo en otras partes de la ciudad. Fujii les recibió con humor negro:

Soy un hombre afortunado por teneros aquí jugando a vida y muerte. Estoy tan feliz. Incluso si muero ahora en un raid aéreo habré conseguido mi verdadero deseo.

Pero sin duda el ambiente se estaba tornando demasiado peligroso. Primero por la presión de la policía -un escollo que se salvó solo gracias al compromiso personal con el go del hermano del jefe de policía local. Pero tras la primera partida uno de los maestros llegados de Tokio encontró un lugar a las afueras, una casa a cinco kilómetros que además estaba a tan solo 300 metros de la de Segoe y propusieron firmemente mudar la segunda partida a la nueva casa. Fue a Segoe a quien le tocó explicárselo a Fujii que no pudo sino enfadarse. Estaba convencido de que los EEUU no bombardearían Hiroshima -origen de la mayor parte de los nipoamericanos- como habían hecho con Tokio. Les acusó de cobardía… pero en tiempo record organizó y realizó una mudanza épica para el día siguiente, salvando así la vida de muchos, pero no la suya propia. El enfado no le dejó ir.

Situación del tablero cuando estalló la bombaYa hemos hablado en otros posts sobre la famosa partida de bomba atómica. Tras ella el desastre fue total. Los relatos son espeluznantes. Cuenta Segoe, que al poco de acabar empezaron a escuchar los gritos de la gente que volvía de la ciudad pidiendo agua, quemados, destrozados. Su propio hermano, un estudiante de bachiller, consiguió llegar a la casa solo para morir durante la noche.

Pero tras la rendición japonesa, Segoe perseveró. Ya en Tokio volvió a involucrar al Manichi Shinbum -un periódico que hasta hoy sigue la actualidad del juego- y en junio de 1946 el tercer torneo Honimbo pudo concluirse. El Go había ganado a la guerra.

Coda

El ensayo en el que hemos obtenido la mayor parte de la información para este post («Go in Wartime Japan», de Fairbairn y Hall, publicado dentro del volumen «The Go Companion») apunta cómo la masacre de la bomba dejó aun más marcada a aquella generación que todos los años anteriores de guerra. El propio Segoe, que había sido el árbitro de la fatídica partida redujo su participación en torneos hasta prácticamente nada, convertido cada vez más en una referencia moral solitaria en la reconstituida estructura de los profesionales pero arropada por Minoru, Seigen y los grandes de los años dramáticos.

Siguió enseñando y tomando discípulos. Fiel a su ética del juego, apostó por ellos sin tener en cuenta los prejuicios xenófobos de buena parte de la opinión pública. De hecho, el último de ellos sería, ya en los sesenta, Cho Hun-hyeon, un muchacho coreano que acabaría convirtiéndose en uno de los más importantes jugadores de todos los tiempos y protagonista de un cambio histórico: el crecimiento del Baduk y la consecución de su hegemonía en el Go profesional. Dando su vida por cerrada con el retorno forzado a Corea de su último discípulo, Segoe se despidió de sus amigos y se suicidó en 1972.

Moraleja: la importancia de la continuidad

torneo-juvenilFujii y Segoe eran producto de un quiebre histórico. De una época en la que cambios de fondo tanto en el Go como en la industria habían puesto en cuestión el sistema tradicional de maestría y patronazgo. Ese vacío les catapultó profesionalmente muy jóvenes sin haber sido discípulos de nadie. A Segoe en el Go y en la industria a Fujii. Seguramente por eso ambos compartieron un deseo constante: llegar a ser maestros en el más profundo sentido de la palabra, y -lo que no es menos importante- hacerse cargo de asegurar la continuidad de las instituciones que dan sentido al aprendizaje.

No deja de ser significativo que fueran precisamente ellos quienes aseguraran la continuidad del Honimbo, el título más antiguo de Japón, en mitad de una guerra terrible como ninguna lo había sido antes. Y es que a veces, cuando hasta el cielo cae sobre nuestras cabezas, una vida interesante, así renuncie a toda épica, no puede sino convertirse, aun contra su voluntad, en heroica.

«El heroismo de la continuidad» recibió 9 desde que se publicó el Viernes 29 de Noviembre de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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