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El horizonte de un mundo postnacional

Podrán las redes sociales, las comunidades reales articuladas en red como una realidad económica y social, “superar” al estado nacional? ¿Dejarán algún día de existir el estado o la identidad nacional? La analogía veneciana también nos da juego para responder a estas preguntas

La conquista de Venecia por Napoleon en 1797 es uno de los grandes puntos simbólicos de la Historia. Es importante entenderlo hoy con todo su significado pues representó el fin de un largo ciclo histórico y la verdadera acta de nacimiento de la Europa de los estados nacionales. Una ola que no pararía hasta finales del siglo XIX con la unificación italiana y que tendría su broche con las independencias noruega e irlandesa.

Desde principios del siglo XV, con su expansión italiana, estaba ya más que claro que el modelo político, económico e identitario de la República representaba una amenaza para el Papado y un disolvente para la Cristiandad. La Serenísima, que había sabido mantenerse independiente tanto de Bizancio como del Sacro Imperio, había jugado su propio juego en las cruzadas y basaba su economía en la fortaleza de redes comerciales que no reconocían en la frontera con el mundo musulmán mayor abismo que el que le separaba de los reinos cristianos. Inmersa en un mundo católico, Venecia jugará sin embargo a hacer política vaticana e incluso a dar batallas teológicas con tal de debilitar la posición bizantina, romana e imperial. Y las jugará con astucia e inteligencia, ganando su propia supervivencia. Sufrirá sí, una larga decadencia, producto no del agotamiento de su modelo político e identitario, sino de la posición excéntrica en la que queda tras el descubrimiento de América. Y lo que es más importante cuando desaparece, no lo hace a manos de Roma, sino de Napoleón. No será un reforzamiento de la cristiandad lo que la destruya ni lo que de forma finalmente a Europa, sino la soberanía nacional, descendiente in filo tempore de esa identidad superpuesta a las redes económicas y las carreras personales que Venecia había generado gracias a su sistema de gobierno colectivo pegado a la gestión económica de sus mercados.

La Cristiandad sigue existiendo y nadie dirá que la identidad religiosa no haya sido importante en los dos últimos siglos. Pero tras la autocoronación de Napoleón en presencia del Papa, la Iglesia, las iglesias, poco han tenido que hacer frente a un concepto de soberanía y una identidad ligada al mercado nacional de orígenes adriáticos. Estado dinástico y Cristiandad no son ya categorías operativas políticamente. La religión e incluso la monarquía se han privatizado en la orilla septentrional del Mediterráneo de forma estable.

Cuando trazamos una perspectiva a largo plazo, cuando tratamos de imaginar un mundo postnacional futuro, la analogía veneciana parece oportuna.

Algunos autores como Xabier Zabalza1 o Juan de Aranzadi2 llevan años analizando la perspectiva de una desnacionalización de la vida pública e incluso de la indentidad personal. El primero lo presenta de un modo un tanto voluntarista, naif y en bastantes sentidos ahistórico:

Hasta el siglo XVIII, los pueblos de Europa se desangraron en nombre de la religión. Los europeos nos matábamos por ser católicos, protestantes, ortodoxos o musulmanes. Hasta que llegó un momento en el que se dijo: “¡Ya vale de muertes! Vamos a circunscribir la cuestión religiosa al ámbito de la vida privada. La vida pública debe ser aconfesional”. Mi teoría es que con las naciones debe ocurrir más o menos lo mismo. Durante los siglos XIX y XX, nos hemos matado en nombre de la nación, por ser alemanes, franceses, españoles o vascos. Esos sentimientos están muy bien, pero para la vida privada. La vida pública, hoy, debería estar desnacionalizada.

Y el segundo desde un antinacionalismo de origen libertario y racionalista que permite entrever elementos del sueño PT cuando construye una ética que pretende fundamentar la felicidad, no en el honor o la valentía, no “en el diálogo o, mucho menos, el enfrentamiento violento”, sino en el hecho de “huir, desplazarse, cambiar de lugar y de gente, irse a vivir con otro grupo”, hasta disolver cualquier “ilusión de pertenencia a un pueblo”.

Lo interesante de ambas miradas es que otean ya un mundo postnacional donde el sentimiento nacional, el amor por la comunidad nacional imaginada, sea puramente privado o incluso inexistente.

El problema es, en realidad, mucho más complejo. El presente nos muestra, como hemos visto al hablar del neovenecianismo o de las comunidades etnico-familiares al hablar de las redes lingüísticas, un mundo en el que identidad y economía se van reticularizando, estallando en una multitud de nodos interconectados en redes que son generadoras de identidad y que se superponen a los estados. Nodos y redes que se forman y articulan comunidades reales, cuyos miembros se conocen entre si aunque no hayan estado nunca físicamente juntos.

En la práctica la situación actual de la mayoría de esas redes, cuando actúan políticamente frente a su exterior, no es muy diferente de la de los burgos y repúblicas comerciales medievales. De muchas maneras representan ya una superación de la identidad nacional y germinalmente del estado nacional mismo, en la medida en que su metabolismo económico es capaz de proveer a sus miembros de ciertas garantías sociales, económicas y de carrera personal. Pero necesariamente se vuelven al estado nacional o mejor dicho, a los estados nacionales en los que operan, para reclamar condiciones de base, acceso a infraestructuras y autonomía de un modo similar al que las ciudades de la Hansa o los burgueses de las empalizadas alemanes reclamaban independencia política y seguridad en las rutas a los señores feudales y más tarde a los estados dinásticos.

Hoy una nueva Venecia es no sólo ensoñable, sino predecible. Y sin duda, las nuevas venecias tendrán conflictos con los estados nacionales puesto que atienden a lógicas diferentes tanto en lo identitario como en lo económico. Y por lo mismo, tomarán partido en batallas internas de los estados, ganando influencia en ellos como lo hacían tanto reyes como repúblicas marítimas en el Vaticano. Es predecible que estado y nacionalidad permanezcan entre nosotros largo tiempo, del mismo modo que la Cristiandad sigue existiendo y algunas dinastías siguen reinando… aunque reinar signifique muchísimo menos que unos siglos atrás y la Cristiandad no sea ya un sujeto político ni militar global capaz de movilizar a nadie.

En un largo horizonte seguiremos oyendo hablar de orígenes y cultura, del mismo modo que hoy seguimos teniendo religión y, algunos, somos leales súbditos del rey. A diferencia de la famosa frase de Trotsky, la Historia no tiene un basurero, las formas identitarias no desaparecen sin más, sino que perduran incluso a costa de su significado y operatividad política.

Sólo podemos estar seguros de que el futuro es postnacional y que las nuevas venecias darán, como la original, forma a un nuevo mundo, aunque tal vez, como la Serenísima misma, sólo viéndolo por un instante. Lo importante es que desde hoy, sus formas no son tanto la alternativa de una elección, sino el comienzo de una superación que tendrá tanto de conflicto como de dilución.


1. Mater Vasconia. Lenguas, fueros y discursos nacionales en los países vascos, Editorial Hiria, 2005
2 El escudo de Arquíloco, ed. MT, 2001

«El horizonte de un mundo postnacional» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 13 de Enero de 2008 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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