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El minimalismo existencial frente a la contradictoria ética del industrialismo

Una sociedad basada en producir objetos físicos en masa es coherente con comprar y acumular ostentosamente. Guste o no, en una sociedad industrial son comportamientos funcionales contra los que los savonarolas de la Historia solo han podido levantar dictaduras moralizantes, diques tan terribles e innecesarios como temporales. Una sociedad basada en generar conocimiento basado en el procomún, en cambio legitimará de forma natural el minimalismo existencial.

coworkingA veces uno descubre un concepto, una idea y encuentra en ella aquello que siempre había pensado, quizás no tan sistematicamente. Eso me está ocurriendo con el minimalismo existencial, una ética de la soberanía personal que encaja perfectamente en nuestro concepto de una vida interesante y en nuestro ethos comunitario.

La idea central del minimalismo existencial es que el principal objeto de la propia vida puede ser vivir una vida bella e interesante; y que si optamos por ese camino la clave está en centrarse en el disfrute de lo que genera sentido: aprender, conocer, construir.

Tendría dos corolarios necesarios, el primero comunitarista: olvidarse de abstracciones y comunidades imaginadas a favor de nuestra comunidad real, una comunidad que no deja de ser electiva, producto de nuestras propias decisiones, afinidades y relaciones. Es decir, algo en construcción permanente, como la propia vida.

El segundo, estético, como recuerda Alan Furth, el «menos es más» de Mies van der Rohe. Y claro, este «menos es más» aplica también a la estética del consumo, lo cual me acerca aun más. El otro día comentábamos con Juanjo lo extraño que resulta discutir con decrecionistas y antimercatistas que hacen elogio de la pobreza, de la reducción del consumo para despedirnos tras los debates y unas cañas y salir para casa… nosotros andando hacia nuestro kibbutz con nuestra ropita discreta y nuestras mochilas de hace diez años, ellos en algún híbrido carísimo hacia un casoplón comprado durante la burbuja, luciendo complementos que cuestan más que nuestra cocina y los muebles del salón.

La cuestión es que nosotros no vemos esos consumos como «malos», «inmorales» o «injustos», simplemente como innecesarios en nuestra vida. Si nos los planteamos para nosotros, nos dan un poco de pudor. Pero nos parece estupendo que cada cual elija sus consumos y nos parece inmoral, eso sí, que acotar el consumo de los demás pasando por encima de sus gustos y preferencias sea una ideología, un programa a desarrollar, una causa.

Por eso creo tan importante el post de ayer de Alan: «Minimalismo no implica decrecionismo», que de hecho opone radicalmente una cosa a la otra hasta el punto de mostrar su incompatibilidad. Leedlo, hay poco que añadir salvo, tal vez, remarcar la idea de que una vida con sentido, una vida interesante no puede estar basada en la privación. Eso es una vida en pobreza y una vida en pobreza acaba siendo una pobre vida. Y del mismo modo, una «good society», un buen entorno, para nosotros, no es una sociedad opulenta, sino una sociedad donde puedan vivirse vidas interesantes.

Eso, inevitablemente tiene que ver con cuál es la producción determinante en esa sociedad. Una sociedad basada en producir objetos físicos en masa es coherente con comprar y acumular ostentosamente. Guste o no, en una sociedad industrial son comportamientos funcionales contra los que los savonarolas de la Historia solo han podido levantar dictaduras moralizantes, diques tan terribles e innecesarios como temporales.

Una sociedad basada en generar conocimiento basado en el procomún, en cambio, legitimará naturalmente ese minimalismo existencial, ético y estético, pues, como dice Juan Urrutia, se hace evidente que el éxito en una sociedad así

tiene más que ver con la autorealización de los miembros que la componen que con su riqueza material

Y para autorealizarse, siempre falta tiempo de aprender y conversar, todo tiempo se hace corto para compartir, pero los consumos ostentosos, los gastos económicos desaforados, incluso cuando toman la forma de objetos culturales, están de más. Son simplemente afuncionales. Una sociedad del conocimiento no tiene demasiado sitio en su panteón para el consumo conspicuo más allá de alguna exageración gourmet o de alguna obsesión coleccionista.

¿O pensaban que es por casualidad que unos construyan gigantescos y fríos edificios de oficinas y otros abran espacios compartidos de trabajo en iglesias rehabilitadas?

«El minimalismo existencial frente a la contradictoria ética del industrialismo» recibió 2 desde que se publicó el viernes 12 de abril de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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