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El mito ciberfeminista 25 años después

25 años después de que Donna Haraway escribiera el Manifiesto Ciborg, las propuestas entonces proféticas del libro, siguen planteádonos preguntas urgentes y caminos necesarios.

Pocos, muy pocos, de los millones de personas que se relacionan a través de libros de cromos como Facebook, se considerarían a si mismos ciborgs por hacerlo y seguramente menos aún serán conscientes de estar realizando una de las primeras profecías del ciberfeminismo.

Conforme nos acercamos al aniversario de la primera edición del Manifiesto Ciborg se convocan más y más talleres y seminarios por todo el mundo. Casi todos ellos en el mundo de la crítica del Arte, subrayando la que ha sido seguramente la más reconocida de las aportaciones del Manifiesto Ciborg: la idea de que el proceso de creación y la definición misma de las identidades iba a cambiar sustancialmente. Y con ellas sus formas de representación. Esta es la línea que ha tomado fundamentalmente el ciberfeminismo posterior: explorar cómo se representaba lo femenino en un mundo nuevo… que convivía con una realidad que se descompone sin embargo hacia atrás.

Pero releido hoy, el Manifiesto es mucho más rico. En él encontramos la genial intuición del mar de flores que estaba por venir. El Manifiesto es el primer texto en el que se proponen nuevas formas de identidad basadas en la fraternidad, el gusto por estar juntos, antes que en la igualdad forzada de las representaciones que heredábamos. Anuncia la explosión de la búsqueda de identidades emancipadoras heredada del marxismo y el feminismo en

otra respuesta [alcanzada] a través de la coalición -afinidad- y no ya de la identidad [clásica]

Mito y profecía política

En la antesala de un mundo donde se empezaba a dibujar la comunicación en redes ditribuidas, donde todos íbamos a estar mediados por una capa electrónica en nuestra representación, el manifiesto nos propuso un mito desde el que contruir una nueva forma de identidad: el ciborg.

El ciborg no es una persona con implantes. El ciborg somos nosotros, personas que se comunican e identifican a través de un interfaz electrónico, cuyo ser público no viene definido ya por la biología, sino por las palabras y las formas de una web, de una pantalla. Su potencial superador, no sólo apareció años después bajo la forma de sionismo digital, está presente en las esperanzas de la nueva política nacida en la red.

La potencia de una autorepresentación libre del interfaz que estaba cargado de significados -de sexo, de raza, de edad- por miles de años de civilización es ya hoy patrimonio teórico de muchos y muy lejanos.

Esta semana mismo en un importante blog de la oposición boliviana se convocaba a una asamblea virtual precisamente remarcando que

Esta primera ASAMBLEA CIUDADANA EN RED, está destinada a entrelazar a ciudadanos y ciudadanas (sin discriminación, porque en la red y solo en la red TODOS SOMOS IGUALES)

La profecía social

Pero el mensaje del Manifiesto no quedaba ahí. Haraway profetizaba una vuelta al trabajo doméstico y la fábrica manchesteriana -ahora supertecnificada- interconectado por la red y convertido en fábrica global, una feminización-precarización de las condiciones laborales generalizada, el estallido de la familia nuclear, desmatelamiento progresivo del estado de bienestar… un mapa de descomposición social y sociedad de control al que llamaba informática de la dominación materializado hoy en buena parte del mundo.

Frente a este proceso el mito del ciborg representó una ruptura con la alteridad establecida de la izquierda y los movimientos contestatarios. No invitaba a crear una identidad única, unificadora que representara el antagonismo (el proletariado, el precariado, el consumariado, el género…) por el contrario invitaba a poner en valor cada flor del mar de flores sin esperar ni desear que generasen un idioma común, sin establecer un rankismo de subjetividades ni caer, por el otro lado, en un relativismo de la incomprensibilidad generalizada.

Haraway esbozaba con su propuesta de mito ciborg los ladrillos de una suerte de politeismo sin el que comprender el mundo red es inoperativo: el mundo de la diversidad no puede ser pensado con dicotomías. Los dioses del ciborg tal vez no sean nuevos, pero sus panteones, la diversidad de sus panteones sí.

Por eso, veinticinco años depués, tal vez no hayamos tenido opción, pero podemos decir con Haraway que preferimos ser ciborgs a diosas.

«El mito ciberfeminista 25 años después» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 28 de Agosto de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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