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El nombre de la rosa ha de ser destruido

Es necesario contar y contarse mejor, de acuerdo. Pero el relato mismo puede delimitar la diferencia entre conversar y dialogar, entre arriesgar y girar sobre si mismo sin ver el poder que lo ordena.

rosaEsta semana Alan Furth reflexionaba sobre el impacto de la hegemonía de la palabra escrita en la concepción del mundo:

Un mundo de lenguaje escrito impone una organización visual de la conciencia humana que contribuye a una sensación de estar separado de la información transmitida a través del lenguaje. De estar en el centro de nuestro espacio auditivo, la información ahora parece estar al frente de nosotros. Hay un nuevo sentido de distancia entre nosotros y la información que manipulamos. Este sentido de distanciamiento y desapego fortaleció nuestra capacidad de observar el mundo como un fenómeno inherentemente externo. En la medida que nos seguíamos sintiendo conectados al cosmos, percibíamos esa conexión como si se hiciese por medio de un sí mismo inmaterial, o un alma separada de nuestros cuerpos.

Pienso que en consecuencia, un buen relato es el que supera la distancia que la lectura tiende a poner entre nosotros y lo relatado, el que vence la enajenación respecto al sentido y la anestesia sobre la sensación. Un buen relato sería el que reparase esa cesura que es, la de la distancia imaginada entre mi yo y mi cuerpo y que finalmente se proyecta entre yo y el otro, y de forma general entre las personas y el mundo.

El cómo

Pero un relato es, en su esencia, una ordenación, una cierta relación entre las palabras y las cosas. Como nos recuerda Foucault cada discurso nos coloca ante una estructura posible -deseada, proyectada, tal vez- de las cosas. El lugar que demos en ese orden a nuestro lector le convertirá en un interlocutor o en un espectador distante.

Ese lugar no viene dado por una técnica, por el uso de una persona del verbo ni por una actitud. Sino más allá, por el nombre mismo de la cosas. La forma en que nombremos los objetos de nuestro relato le obligarán a realizar operaciones, a entender y actuar, a definirse y definir el mundo o, por el contrario, le limitarán a decodificarlo, a «entender» desde la distancia lo escrito como algo externo con una lógica más o menos conocida. En pocas palabras: la distinción entre diálogo y conversación cruza cada uno de nuestras historias porque al contar, en cada enunciado, podemos elegir si queremos jugarnos la vida permitiendo al otro un orden alternativo, una interpretación radical de lo que decimos o le recluimos en una simple e inofensiva transcripción informativa.

Las categorías

Para entender esta idea tenemos que trasladarnos a un mundo en principio antifoucoltiano, el de la escuela de la Ontología del lenguaje. Su fundamentación, su Ontología, descansa sobre la separación entre tres grupos de actos linguísticos:

  1. Afirmaciones falsables, verdaderas o falsas empíricamente.
  2. Ofertas, promesas y peticiones que comprometen un hacer futuro
  3. Declaraciones en general y dentro de ellas, los juicios, valoraciones que no son verdaderos ni falsos en si mismos sino descripciones de nuestro sistema de valores e ideas.

El problema de esta taxonomía es que como toda taxonomía, es en si misma un orden. Es decir, coloca a cubierto una serie de hechos nombrándolos como afirmaciones, consagrándoles una verdad sólida, intrínseca, cuya discusión se limita a un test empírico y cuya realidad queda fuera del resultado mismo del lenguaje. Los hechos, los datos, son comunicados todo lo más con claridad, descritos en desnudez y separados de los juicios que hagamos sobre ellos.

Parece razonable. Y sin duda lo es. Y ese es el problema. Porque abrir el relato a la conversación, hablar en verdad es precisamente romper el orden del discurso para permitir la puesta en cuestión de la relación establecida entre las cosas con anterioridad. Y esa relación es lo que llamamos razón. Dentro de cada razón solo es posible el diálogo, es decir la asunción más o menos modulada del poder que ordena el discurso.

Solo cuando el nombre mismo de las cosas rompe la distinción entre juicio y aseveración todo queda sometido a juicio, incluido el orden mismo del discurso. Es entonces cuando la conversación es posible.

Dinamitando la razón a través del nombre de las cosas

La manera de ordenar las cosas iluminando a la vez las relaciones entre ellas es invocar los dioses que contienen, es decir, los valores a los que las asociamos. Al hacerlo dinamitamos la diferencia entre afirmación y declaración, dejando a la vista el juicio implícito al dotar con un nombre -y no con otro- a algo.

Invocamos en los nombres para evocar en el relato, para hacer partícipe al otro de nuestros propios implícitos y darle opción a aplanar nuestro discurso. Para jugarnos los fundamentos de lo que decimos, la vida, en un hablar franco y arriesgado en la esperanza de que a base de hablar en verdad y dejar que nuestra razón, nuestro panteón entero de valores choque vigorosamente con razones distintas, encontremos en la seducción o la aniquilación algo que aprender.

Son muchas las técnicas de ese nombrar que sabotea el orden del discurso: el oximoron, la metáfora, la alegoría… Todas tienen algo en común: su caducidad. Recordemos los nombres de Arrabal, contradicciones que iluminaron una época («ceremonia de la confusión», «condenados a entenderse»), las metáforas cursis y sanguinolientas de Dalton («la poesía es un arma de futuro»), los cambios del genitivo de los hegelianos, Marx o los situacionistas («pasar del arma de la crítica a la crítica de las armas», «el sistema de enseñanza es la enseñanza del sistema»)… Preciosas galletas que despiertan a Blancanieves tras el primer mordisco pero que son una y otra vez devoradas por el monstruo de destruir significados.

Así, nuestras palabras, nuestros estandartes para la conversación, si quieren ser visibles entre la furia, tienen que quemarse tras cada batalla. La historia del relato de los indianos es un catálogo de imágenes, de hermosos cadáveres, ya sin brillo, que un día supieron ser luminosos: «como una enredadera y no como árbol», «nación red», «país de cuadrillas», «el futuro fue ayer», «Rajoy llamada perdida», «sionismo digital», «de las naciones a las redes», «democracia económica», «cultura de la adhesión», «lenguas sintéticas», «modo de producción P2P»…

Si el nombre promete perdurar más que la rosa («Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus») dinamitemos el nombre para poder encontrar la vida en la rosa.

«El nombre de la rosa ha de ser destruido» recibió 0 desde que se publicó el domingo 10 de febrero de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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