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friedrich paisajeHace mucho que aborrecí el paisaje. El paisaje no es lo que ves desde lo alto de un monte. Es una construcción, una representación con interpretaciones implícitas de esa panorámica o esa vista. En Occidente, el concepto nació a mediados del XVII, aunque hay notables precedesores ya en el XVI. En cualquier caso, lo que en un principio es «fondo», casi relleno de lo que se pretende representar, va tomando protagonismo conforme el desarrollo del mercado mundial, que nace con el descubrimiento de América y va poniendo en crisis a las identidades reales. La invención y puesta en valor del paisaje acompaña el proceso que acabará con la invención de la nación.

friedrich-paisajePero su momento álgido sería el Romanticismo, la era de Oro de los nacionalismos europeos. El paisaje romántico expresa en su forma más pura el esencialismo de la «primavera de los pueblos», la idea de que no solo existe una conexión permanente y original entre el hegeliano «espíritu del pueblo» y el estado, sino entre ambos y el territorio que ocupan. A partir de ahí las guerras territoriales, justificadas hasta entonces por derechos dinásticos y herencias, pasarán a argumentarse desde unos fantasmales «derechos históricos» de «los pueblos», que facultarían a los estados a administrar ciertos territorios y llamarían al sacrificio por la patria a los connacionales. El mapa se convierte en destino y el paisaje en argumento. ¿Puede alguien que no sea «de aquí» sentir lo mismo que yo ante este paisaje? Créanme, de ahí a la xenofobia lepenista o a mandar a una generación a morir en masa en la guerra de las Malvinas, solo hay un paso. Y no exagero.

Así que si hay una figura poco inocente es el paisaje. Y por eso es aborrecible. Pero el hecho es que la mirada sobre el territorio que rodea al observador, más allá de su representación y teorización, nos produce sentimientos estéticos.

Sentimos algo ante una vasta visión del entorno, y no es el espíritu de la patria emanando del suelo, ni mamá Gaia recordándonos que somos uno con la lagartija de los Monegros y que debemos comer verdura ecológica. Eso son interpretaciones, eso es paisaje. Si incorporamos la interpretación budista (de la que nace el paisajismo chino, anterior al Europeo), tendríamos un abanico de la «idea de paisaje», del universo conceptual que aparece inevitablemente cuando alguien incorpora el concepto a su discurso.

Pero si la vista de un entorno más o menos natural (un horizonte urbano, un mar de olivos o un campo de viñas no es menos impresionante que un mar de nubes) nos produce un sentimiento estético, ¿tenemos que interpretarlo necesariamente desde el misticismo nacionalista o religioso? Seguramente no, aunque si usamos la palabra «paisaje» para definirlo estemos remitiendo al que nos escucha a aquello que queremos evitar.

Alain de BottonUna de las propuestas que me gustó del ateísmo 2.0 de de Botton era construir pequeños sitios a medio camino entre un mirador y un centro de interpretación y dedicarlos a ideas como la Serenidad o la Reflexión. A fin de cuentas, uno puede sentir la maravilla y el vértigo de la Historia paseando por un castro sin necesidad de fantasearse descendiente de Viriato o Astérix, y dejarse abrumar por el Teide, el Amboto o el Montblanc sin sentir un deseo irrefrenable de ponerse en la posición de loto y buscar las energías cósmicas. Tal vez sea que las religiones pusieron ermitas y monasterios, los nacionalismos centros de interpretación y ambos romerías, pero los ateos no tuvimos «spin doctors» que nos interpretaran -tal vez desde la Psicología evolucionista– el placer estético ante la Naturaleza y la Historia como parte de la más sencilla y básica experiencia humana: la empatía y el asombro ante lo que nos supera.

«El paisaje y nosotros que lo aborrecimos tanto» recibió 0 desde que se publicó el jueves 5 de junio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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