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El passagium: las estaciones del nómada

El negocio inmobiliario internacional en el oriente mediterráneo era vibrante ya en los siglos XI y XII. Durante las semanas o meses que duraba la temporada comercial pisanos, genoveses y venecianos alquilaban edificios para crear un fondaco. El fondaco era un conjunto residencial y de trabajo que incluía casas, apartamentos, almacenes y tiendas. El objetivo era que el passagium, el periodo de tiempo que los barcos pasaban en puerto, fuera más provechoso y la organización de un mercado propio lo más eficiente y rápida posible.

Con el tiempo los venecianos invirtieron la relación comercial: compraron fondacos de manzanas enteras de casas que alquilaban durante nueve meses y recuperaban cuando volvían a puerto. Su creciente peso político, que aumentó con el establecimiento de los reinos cruzados -cuya logística dependía de las comunicaciones marítimas- les permitió conseguir desgravaciones impositivas, una cierta autonomía política y libertad comercial en unos fondacos que habían crecido ya hasta ocupar hasta un tercio de ciudades como Acre.

Los fondacos reproducían frente a sus anfitriones la relación que los barrios gremiales tenían con las ciudades burguesas europeas. Pronto obtuvieron libertad para utilizar sus propios sistemas de pesos, medidas y pagos y sobre todo para establecer tribunales comerciales a cuya jurisdicción se sometían los acuerdos comerciales realizados con propios y extraños: el Tribunal de los venecianos.

A cada temporada comercial, como hongos tras la lluvia, decenas de pequeñas venecias, pisas y génovas aparecían en el corazón de los principales puertos del Levante. Muchas se hicieron permanentes y levantaron iglesias propias -las venecianas dedicadas a San Marcos. Pero el modelo del passagium se mantuvo hegemónico durante casi dos siglos.

Aunque la mayor parte de la población veneciana de los fondacos había nacido en la metropolis y volvía al menos una vez al año, otra parte empezo a llevar su vida a caballo entre los barrios venecianos de distintas ciudades levantinas y norteafricanas. La correspondencia conservada en los archivos venecianos es rica en ejemplos. Una rama de la familia Morosini -que daría grandes embajadores a Venecia en los siglos siguientes y cuya casa familiar es hoy un pequeño pero lujoso hotel de la zona histórica- vivió de manera casi exclusiva en distintas ciudades de lo que hoy es Libano, Siria e Israel durante cuatro generaciones entre los siglos XI y XII. Eran vidas en las que, generación tras generación, el ciclo comercial ordenaba los años con tanta regularidad como el de las estaciones ordenaba la vida campesina.

Nada más actual para las filés de hoy que la institución del passagium, esos meses de vida nómada dedicados a tejer redes, buscar clientes, proveedores y alianzas a veces a decenas de miles de kilómetros de distancia.

Los neovenecianos se convierten en jardineros de una enredadera que les es tanto más valiosa cuanto diversa sea. Difuminada la separación entre comerciante, fabricante y diplomático, cada passagium alimenta y determina el catálogo de proyectos y ofertas del año, el mapa de la red de socios, aliados y representaciones que determinará el curso comercial del año.

Si antes eran los mercados y la llegada de las caravanas lo que servía de reclamo, en la era de los transportes baratos y la comunicación distribuida son los congresos, ferias, encuentros y ciclos de conferencias organizados por empresas e instituciones locales y académicas deseosas de importar nuevas ideas y usos tecnológicos, las que ordenan los flujos neovenecianos.

Por eso la lengua ocupa hoy el lugar que los mares jugaban en el gran mapa de las redes comerciales premodernas. Las lenguas delimitan rangos de reconocimiento y capacidad de interacción. No se trata hoy de establecer condiciones y regatear precios, se trata de construir relaciones. La enredadera comercial no deja de ser una enredadera conversacional en la que los matices y proximidad cultural son determinantes para establecer acuerdos y generar la confianza sin la que redes tan complejas como distribuidas se tornarían disfuncionales.

De hecho, el circuito de encuentros internacionales relacionado con el mundo red de cada año, base del passagium, que originalmente valoraba por encima de todo la presencia de los gurúes anglófonos, se ha ido decantando progresivamente en estos diez últimos años y dividiéndose en función de las distintas esferas lingüísticas.

Si el anglomundo, que se representa de un modo un tanto autista como la globalización fue el primero en establecer un campo propio de interacción, el mundo Latoc tampoco ha ido a la zaga a la hora de establecer una esfera conversacional y comercial propia.

A fin de cuentas, el Latoc, abreviatura de latín occidental, es grupo lingüístico del mundo en número de hablantes con alrededor de 600 millones de hablantes, en su mayoría concentrados en América. Sólo es superada en extensión por el chino. Dos de sus variantes -español y portugués- son, por si mismas, la segunda y la quinta lengua más habladas del mundo.

Latín Occidental es un nombre alternativo para la familia lingüística iberoromance. Sus 16 variantes no sólo tienen orígenes comunes y gramáticas muy cercanas, sino también un alto grado de similitud léxica. Por ejemplo, el español tendría, según Ethnologue un 89% de similitud léxica con el portugués y un 85% con el catalán. Para dar un contraste, con el francés, la lengua con la que más contacto social e histórico han tenido las lenguas latoc y parte de la familia más cercana, tan sólo existiría un 75%. Las lenguas latoc tienen mayor comprensibilidad entre si que muchos de los considerados dialectos de otras grandes lenguas como el francés, el chino, el japonés o el inglés.

En el caso del portugués y el español esto se debe a que sufrieron procesos muy tempranos de normalización: la gramática de Nebrija (1492) es de hecho la primera de gramática moderna, pronto seguida por la de Oliveira (1536). Así, la pronta normalización si por un lado marcó diferencias nítidas donde no lo eran tanto, por otro, las fijó, evitando una profundización mayor que en otros grupos lingüísticos.

En cualquier caso, el resultado histórico final es el espacio lingüístico de mayor valor económico del mundo (1016 dólares norteamericanos frente a los 957 del chino y los 774 del inglés1.

Para una filé, hablar hoy de forma nativa una variante latoc -sea portugués, gallego, español o catalán- es como tener un puerto al Mediterráneo en el siglo XII.

Como aquellos puertos, sus ritmos, sus estaciones, se marcan desde el passagium. Y así las ciudades van viendo crecer, discretos y pequeños, los nuevos fondacos de los incansables nómadas que traen noticias y propuestas desde el nuevo mundo de las redes.


1. Véase http://exploradoreselectronicos.net/e4pedia/Valor_económico_de_una_lengua

«El passagium: las estaciones del nómada» recibió 0 desde que se publicó el jueves 16 de abril de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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