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El perfil del terrorista

Ya en 2009 los expertos afirmaban que «si bien algunos individuos adscritos al terrorismo islamista asentados en Europa experimentaron en su momento problemas de adaptación al modo de vida occidental, estando en ocasiones expuestos a una discriminación de carácter socio-económico, otros, en cambio, mostraron unos niveles aceptables de integración en la sociedad autóctona en la que se encontraban asentados».

La semana pasada, jueves incluido, pasé parte de mi tiempo leyendo la última novela de Daniel Silva, La viuda negra. En esta nueva entrega del héroe Gabriel Allon, carismático restaurador de arte y agente del Mossad, tienen lugar una serie de terribles atentados perpetrados en nombre del Estado Islámico en suelo europeo.

De pronto, los horrores de la novela saltaron a la realidad, llegando a través del teléfono, del ordenador, de la televisión en streaming… Es una sensación de lo más extraño. Como estar leyendo una novela de fantasmas terroríficos y que de pronto se te aparezcan en el salón.

En el prólogo, el autor cuenta algo parecido, pues esta novela fue escrita antes de la oleada de atentados en París y Bruselas. Uno de los cómplices en la ficción, procede del barrio de Moleenbek. Estas coincidencias no son fruto de la suerte o el azar. Con la información pública al alcance de un novelista, Moleenbek era una bomba de tiempo.

En los días que siguieron, terminé la novela, con prisas, deseando con ansiedad que el implacable Allon triunfara en su arriesgada misión, esperando que, al menos en la ficción, un ángel vengador consiguiera, a través de la inteligencia, asestar un golpe mortal en el cerebro del mal encarnado.

Daniel Silva, reportero de UPI y productor de CNN antes que escritor, documenta muy bien sus novelas, que además tienen ritmo, tensión y hasta sentido del humor. Con sus libros, por tanto, se aprenden muchas cosas, sobre el mundo del espionaje, sobre los movimientos políticos en el Levante, sobre el yihadismo y el Estado Islámico… pero también se leen muchas cosas que ya sabíamos desde hace tiempo.

Sin embargo los comentarios en la prensa de estos días, parecen mostrar que todo nos ha pillado por sorpresa. No me refiero «a la sorpresa del ataque», que va de suyo, si no a la que nos enfrenta a que unos buenos chicos, integrados en «perfecto catalan de payés», educados y estudiosos hayan terminado cometiendo una masacre contra vecinos y turistas sin que nadie hubiera notado nada.

En 2014 saltaron a la prensa los casos de Damian Clermont (Canadá), Sabina Selimovic y Samra Kesinovic (Austria) o Kadiza Sultana, Amira Abase y Shamima Begum (UK), entre otros. Todos ellos menores de edad que escaparon de sus casas para unirse al Estado Islámico, todos ellos buenos chicos, estudiosos, educados, con preocupaciones sociales, familias normales y (en apariencia) perfectamente «integrados».

Desde hace año y medio también leímos en la prensa que las autoridades de Europa, Canadá y Estados Unidos estaban teniendo bastante éxito a la hora de impedir los viajes al territorio dominado por el Estado Islámico, simplemente a través del control fronterizo y de movimientos a países colindantes y la inestimable participación de Turquía. Además, los que se sabía que habían viajado a Siria y habían vuelto a sus países eran estrechamente vigilados por los servicios secretos y muchas veces interrogados nada más llegar.

Pero el Estado Islámico es, entre otras cosas, práctico. Si se complica la llegada de voluntarios desde Europa, no pasa nada, pueden ayudar a la causa sin salir de sus fronteras, sin entrenamiento en los campos del EI y sin excesivos medios, con lo que tengan a mano: coches, cuchillos de cocina… o acetona y bombonas de butano. Llegamos a a un nuevo revival del terrorista DIY. Estas instrucciones del Estado Islámico a sus seguidores en Occidente ni siquiera se produjeron en la dark web, fueron públicas y en abierto y los servicios de seguridad y los expertos que estudian el tema lo difundieron en varios medios. Se trata del modelo «netocrático» de terrorismo del que hablábamos ya por 2004.

Si sumamos dos más dos, es obvio que esos «buenos chicos» que hasta entonces se escapaban a Siria, ante la imposibilidad de hacerlo sin que les detuvieran, iban a seguir las directrices de sus líderes y atentar contra sus vecinos con lo que tuvieran a mano.

Pero más que la inminencia de más atentados lo que ya conocíamos era el perfil de los terroristas, de ahí mi sorpresa ante la sorpresa.

La Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología publicaba ya en 2009 un artículo en el que afirmaba entre otras cosas:

Los amplios estudios realizados en los últimos años sobre el fenómeno del terrorismo islamista llegan a la conclusión pesimista de que en la actualidad resulta prácticamente imposible identificar al «típico terrorista», así como las vías para llegar a convertirse en combatiente de la yihad.

Efectivamente, si bien algunos individuos adscritos al terrorismo islamista asentados en Europa experimentaron en su momento problemas de adaptación al modo de vida occidental, estando en ocasiones expuestos a una discriminación de carácter socio-económico, otros, en cambio, mostraron unos niveles aceptables de integración en la sociedad autóctona en la que se encontraban asentados, denotando un modo de vida «estable», con mujer, hijos o trabajo fijo.

Por otra parte, los sujetos vinculados al terrorismo yihadista proceden de todas las profesiones y condiciones sociales, incluyéndose en las últimas fechas a sujetos conversos.

(…) Para las agencias de seguridad resulta cada vez más complicado seguir el rastro del terrorismo islamista y encajarlo en un perfil determinado. Así, los autores de los atentados del 11-S eran jóvenes procedentes de países árabes que se habían trasladado a Alemania a cursar estudios universitarios. Por el contrario, los atentados de Londres del 7-J fueron cometidos por jóvenes británicos de segunda generación procedentes de Pakistán y Jamaica, con edades comprendidas entre los 18 y los 30 años. También pertenecía a la segunda generación de inmigrantes el autor material del asesinato del cineasta holandés Theo van Gogh, ocurrido en Ámsterdam en noviembre de 2004.

Por su parte, los autores de los atentados del 11-M en Madrid eran individuos de primera generación procedentes del Magreb, de los cuales la mayoría residían en España desde hacía años, denotando en muchos casos una satisfactoria integración en la sociedad de acogida. En los cuatro casos presentados, los miembros de las distintas células o redes islamistas no se conocían entre ellos, no perteneciendo tampoco a la misma organización.

Lo único que les unía era una determinada ideología, así como un sentimiento de exclusión, el cual era percibido de manera distinta. La ideología se basaba exclusivamente en una interpretación radical y política del Islam, la cual asimilaron, bien a través de Internet, bien mediante la influencia de clérigos radicales asentados en Occidente, bien en contacto con determinados reclutadores adscritos a ese islamismo radical, o bien mediante la confluencia de las tres variables expuestas.

La parte más interesante del análisis de perfiles del terrorista yihadista desarrollada en este artículo, es la de los «sujetos radicalizados en occidente».

En casi todos los casos, la religión no constituyó desde un principio una parte esencial en la vida de estos jóvenes, ni en sus países de origen ni en territorio europeo. Es más, en algunos casos se ha podido comprobar por ejemplo que algunos de los componentes de la célula de Hamburgo, como es el caso de Ziad Jarrah, (…) desarrollaron inicialmente un modo de vida plenamente occidental. Lo mismo cabe decir de Jamal Zougam, autor material de los atentados del 11-M, el cual durante buena parte de su vida pareció estar perfectamente integrado en la sociedad española.

En muchos casos, jóvenes extranjeros recién llegados a Europa experimentan una confusión con respecto a su nueva situación. Su separación de la comunidad de origen, unida a la incapacidad de entender muchos aspectos inherentes a su nuevo hábitat, son factores que pueden contribuir a que algunos de estos sujetos experimenten una situación de aislamiento social y una crisis de identidad.

En un contexto marcado por el shock cultural que estaban viviendo estos sujetos, la religión se convirtió por decirlo así en un refugio, en un espacio de sociabilidad, solidaridad e identidad.

La tesis según la cual Mohammed Atta y el resto de miembros de la célula de Hamburgo habían sido enviados a Alemania con estrictas órdenes de cometer atentados terroristas se ha desechado definitivamente. Por el contrario, el atentado terrorista más mortífero de la historia fue llevado a cabo por unos jóvenes musulmanes que –al igual que sucedió con los integrantes de la red del 11-M– poco a poco y bajo el influjo de fanáticos islamistas fueron desarrollando un odio hacia lo occidental. En su primera etapa en Alemania se limitaron a ser aplicados estudiantes, como si realmente quisieran aprovechar la oportunidad de ser parte de la sociedad del país de acogida. No obstante, con el transcurso del tiempo se convirtieron en enemigos del sistema en el cual vivían y del cual se servían. En definitiva: los miembros de la célula de Hamburgo no se aclimataron a Alemania, sino que más bien se inmunizaron.

En un estudio publicado por primera vez en el año 2004, Robert S. Leiken distinguía entre dos tipos de «candidatos» a terroristas islamistas susceptibles de encontrarse en Occidente: los «outsider» y los «insider». A la primera categoría pertenecían los sujetos foráneos, disidentes políticos, estudiantes o solicitantes de asilo, algunos de los cuales se habían asentado en países occidentales buscando refugio de ofensivas antiislamistas llevadas a cabo en Oriente Medio o en el Norte de África. A esta tipología pertenecerían por ejemplo los imanes radicales asentados en territorio europeo, así como aquellos antiguos mujahedines que realizan labores de captación y reclutamiento en Occidente.

Por su parte, en el segundo grupo se incluían fundamentalmente los individuos pertenecientes a la segunda generación de inmigrantes procedentes de países musulmanes, los cuales, aun habiendo nacido y crecido en medio del liberalismo europeo, se encontraban no obstante estancados en su fase de ascenso social. A este segundo grupo pertenecerían los jóvenes que habitan en los suburbios de ciudades como Marsella, Lyon o París, o ciudades industriales británicas como Bradford o Leeds.

Artículos como estos, de distintas fuentes, existen a cientos, en varios idiomas, incluido el español, aproximadamente desde 2004. No nos sorprendamos por algo que en realidad no queríamos ver.

«El perfil del terrorista» recibió 1 desde que se publicó el viernes 25 de agosto de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

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  1. Destacaría una frase cogida al vuelo: «se encontraban no obstante estancados en su fase de ascenso social»… que no cierra nada en realidad, abre aun más cuestiones…

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