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El poder y los fractales

A raiz del 11M se abrió un debate profundo dentro del entorno ciberpunk español sobre el tipo de estructuras hacia las cuales nuestra sociedad debería evolucionar para poder sobrevivir al terrorismo de red y el “swarming”, la forma generalizada y descentralizada de conflicto en la sociedad red. Fruto de ese debate han aparecido media docena de artículos firmados por Juan Urrutia, Iñigo Medina y David de Ugarte, cuya conclusión era la necesidad de descentralizar el poder y articularlo en torno a redes sociales abiertas. Pero, ¿todas las transferencias de poder son iguales? ¿Existe descentralización por el mero hecho de transferir competencias estatales a las autonomías? ¿Son todas iguales? Si lo que importa es la capacidad de influencia real de las personas sobre el poder y la robustez de este frente al swarming, la respuesta a las tres preguntas debería ser negativa.

Los fractales tienen una larga trayectoria en el mundo científico. Un ejemplo conocido es su aplicación a las estucturas de deformación: presentan una geometría (relaciones angulares y de tamaño) que es la misma desde una escala de miles de kilómetros (observable por ejemplo en el sur de Canadá con fotos de satélite) hasta una escala de micras (visible sólo con un microscopio). Tomando todas las referencias se obtienen relaciones geométricas estándar y válidas para todas las escalas.

¿Por qué no tomar los fractales y el problema de la escala de observación a la descentralización del poder político? En general la gente suele relacionar la descentralización con una cesión de poder desde una institución de tamaño mayor a varias de tamaño más pequeño. Pero si pensamos en la escala de la descentralización quizá las famosas transferencias del Estado a las Comunidades Autónomas no sean tan descentralizadoras como se cree.

Podemos establecer una escala de población desde un individuo hasta un gran estado:

  • Orden de magnitud 9: 108: 100.000.000 personas: unión de estados o país grande (por ejemplo Estados Unidos)
  • Orden de magnitud 8: 107: 10.000.000 personas: país mediano o región grande (por ejemplo Holanda o Andalucía)
  • Orden de magnitud 7: 106: 1.000.000 personas: metrópoli o comunidad autónoma (por ejemplo la ciudad de Valencia o Asturias)
  • Orden de magnitud 6: 105: 100.000 personas: ciudad/distrito (por ejemplo Logroño o el barrio de Delicias de Zaragoza)
  • Orden de magnitud 5: 104: 10.000 personas: barrio o ciudad pequeña
  • Orden de magnitud 4: 103: 1000 personas: manzana o pueblo pequeño
  • Orden de magnitud 3: 102: 100 personas: comunidad de vecinos o pueblo muy pequeño
  • Orden de magnitud 2: 101: 10 personas: familia ampliada, cuadrilla de amigos, asociación
  • Orden de magnitud 1: 100: 1 persona

Si el estado transfiere un servicio a Cataluña el cambio del orden de magnitud es 0, porque España es de orden 8 y Cataluña también. Probablemente esta transferencia no afecte mucho a un individuo. Si esa misma cesión de poder es hacia La Rioja se pasaría de un orden de magnitud 8 a un orden 6, y por consiguiente es lógico que el ciudadano tenga más influencia sobre ese poder. Le resultará más fácil llegar a un centro de toma de decisiones o influir en las instituciones. De cualquier manera este tipo de transferencias no cambian demasiado el papel de los inviduos, ya que la toma de decisiones y el poder se concentran en grandes maquinarias de órdenes 6, 7 u 8, que mandan por delegación o representación de la suma de muchos individuos. Una descentralización real debería acercarse en todo lo posible hacia un orden de magnitud 1, es decir, procurar que todas las decisiones que puedan ser tomadas por un sólo individuo lo sean realmente, y que la autonomía lo sea más de los ciudadanos con respecto a los estados que de los aparatos administrativos entre sí.

En el ejemplo anterior hemos basado nuestra escala en potencias de 10 porque ajusta, en el caso español, a una descripción de nuestro entorno. Sin embargo no tiene porqué ser así ni siempre ni en todo lugar. La cultura, la distribución territorial y sobre todo las estructuras de comunicación y transporte disponibles modifican las escalas en función de los países, regiones y áreas culturales. La tecnología influye sobre la escala por dos vías: la primera modificando el entorno físico, la segunda aumentando -o permitiendo que aumente- el grado de permeabilidad de las instituciones por parte de los individuos.

Descentralización política e institucionalización del individuo

La primera aproximación es ya un tópico: por un lado las nuevas tecnologías modifican la ordenación territorial. Cada salto tecnológico (y la Sociedad Red es consecuencia del último) reordenan la división regional e internacional del trabajo. Y no sólo de un modo genérico debido al grado de desarrollo tecnológico global, sino concreto en función de las tecnologías que se impongan y su modelo de propiedad. Son conocidas por ejemplo las consecuencias que la elección entre software libre y propietario tendrían en la distribución geográfica del I+D y en la dimensión empresarial media requerida para llevarlo adelante.

Por otro lado, si aceptamos que la representación política es fruto de un imperativo tecnológico, un mal menor producto de la imposibilidad de que las personas participaran directamente en las elecciones colectivas y no el objetivo de nuestra democracia, es claro que las tecnologías de telecomunicación abren nuevas posibilidades. Es lo que se ha llamado “e-goverment” y que va más allá de la “administración electrónica”. Mientras en el primer caso de lo que se trata es de fortalecer la democracia mediante la participación ciudadana directa en las decisiones, en el segundo de lo que se trata es de aligerar los trámites burocráticos con que el estado castiga a la sociedad civil.

Pero hay un tercer eje en el cual las escalas de representación y poder son modificadas por la tecnología. En concreto por el desarrollo de Internet y su lógica. Eso al menos es lo que se desprende del trabajo del filósofo y teórico ciberpunk Iñigo Medina. Según Medina, “libertad” tiene aquí un significado muy específico: individualización e independencia respecto de las instituciones. Internet y la web en ese marco nueva manera de contrarrestar el peso de las instituciones: no individualizándolas, sino institucionalizando el individuo. ¿Qué ejemplos tendríamos de esa “institucionalización”?. En general todos los que otorgan poder comunicacional directo a las personas sin tener que recurrir al filtro de las instituciones públicas o privadas, los mismos que han tornado caduco el copyright y el derecho de autor. Estamos comenzando a disfrutar de unas tecnologías y unos modos de organización social que nos permiten hacer un periódico, crear y lanzar un disco, un libro o una campaña de activismo social directamente, sin tener que recurrir al estado o las grandes corporaciones. En ese sentido la tecnología abre la puerta a que la democracia se disuelva en la pluriarquía y el gobierno de lo público tome la forma del gobierno de las redes.

Conclusiones

Sin embargo, como escribe Medina, la red sólo “ofrece la posibilidad” porque está en la mano de cada uno verla y querer materializarla. En esta conquista del individuo y de la libertad que le es propia no hay plan escrito ni providencia; en este juego la única regla es la voluntad de liberación. Es decir, la red y la tecnología se pueden aprovechar para tender hacia ese orden de magnitud 1 pero no conducirá por si misma a él si no existe un ejercicio de voluntad colectiva.

¿No sería interesante pues, elaborar un índice de la concentración del poder político y social en España? Aunque sólo fuera como recordatorio y como acicate a esa descentralización necesaria que habría de ganar cada vez más espacios para la pluriarquía.

«El poder y los fractales» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 26 de Julio de 2004 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por las Indias.

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