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El secreto veneciano y el cortex prefrontal

Símbolos, ritos y ceremonias responden a necesidades humanas consustanciales a la capacidad de nuestra especie para organizarse socialmente y evolucionar culturalmente. Cuando demandamos cohesión a un grupo o sistema político, también estamos demandando un ceremonial en el que podamos representarnos e identificarnos con un significado y un propósito.

El futuro aquí y ahora: Keynes, Marx, Dewey, Foucault, Dreikurs, Zamenhof, etc.

En el mundo renacentista y barroco Venecia se convirtió en el referente del republicanismo no tanto porque su complejo sistema político generara por si mismo deseos de emulación, sino porque la república veneciana había ganado su título de Serenissima demostrando una estabilidad política y social desconocida en otros sistemas de gobierno. Hoy los académicos señalan el mito veneciano y su extenso sistema de ceremonias y rituales civiles como uno de los principales, si no el más robusto de los pilares de la serenidad republicana. Como resultado, más de siete siglos de libertá republicana, es decir, independencia respecto al papado, los emperadores y las diferentes potencias emergentes en cada época.

La deificación de la propia ciudad a través de la identificación del origen del poder con el propio San Marcos, la consolidación de una liturgia de estado en torno al apostol y su basílica y todo un calendario de desfiles estamentales y festivales socioreligiosos, consolidaron el mito republicano y moldearon tanto el patriotismo de los venecianos como la política de sus instituciones.

La fórmula mágica de la resiliencia veneciana parte de una mitología que desarrolla un denso conjunto simbólico que a su vez es revivido una y otra vez en ceremonias y rituales de todo tipo. Se trata de toda una maquinaria social de autorrepresentación que permitirá la evolución de la identidad veneciana sin mayores discontinuidades, sujetando los conflictos internos y el gobierno de un modo tan efectivo como el complejo orden constitucional que legitimaba.

La necesidad del rito y la ceremonia

Los humanos no sólo estamos dotados de una especial capacidad simbólica, intimamente ligada a ella toda una parte de nuestro cerebro está consagrada a la elaboración y memorización de rituales. Capacidad simbólica, emocionalidad, lenguaje, fantasía y rito son habilidades que aparecen en nuestra especie como parte de una potente caja de herramientas que nos posibilitó dar el salto de la manada a la tribu y en consecuencia de la evolución genética a la evolución cultural.

En cada uno de nosotros esas habilidades no viven sólo como potencialidad sino como una necesidad cuyo desarrollo perseguimos. En realidad evaluamos un entorno social por el espacio que ofrece a todas ellas y sólo el racionalismo más recalcintrante de la Modernidad tardía ha pretendido que nos olvidemos de nuestra ritualidad, sin por supuesto acabar con ella, pero relegándola a un rol vergonzante, del todo similar al reservado para la sexualidad y la emocionalidad por las primeras ideologías modernas.

Pero nuestra necesidad ceremonial, como la sexual o la emocional no es un resto de irracionalidad animal ni un comportamiento infantil generador de oscuras supersticiones. En Filés ya señalamos como el simbolismo y la ritualidad gremial contribuyeron sustancialmentte a dotar de sentido al modo de vida de los talleres artesanos. La estabilidad y cohesión veneciana nos da una pista más.

Nuestra necesidad de sentido, de generar significación a través de la elaboración de abstracciones, se complementa con la capacidad para ligar esas mismas abstracciones, mediante el rito y la ceremonia a la cotidianidad. En el proceso individuo, comunidad y propósito se cohesionan y comprenden como un único par significado-significante.

La dinámica individuo-comunidad es un programa que corre no en un místico ser colectivo imaginado, sino distribuido en los cerebros de cada uno de nosotros. Los humanos tenemos una profunda percepción de nuestra individualidad, que anima la diversidad y por tanto la innovación y la abundancia de opciones evolutivas en nuestras culturas, pero al mismo tiempo tenemos una poderosa necesidad de identificación grupal y significado que nos refiere una y otra vez a la comunidad real como vehículo y objetivo de nuestra supervivencia.

Por eso, cuando demandamos cohesión a un grupo o sistema social o político, no sólo estamos demandando una materialidad, sino un ceremonial en el que podamos representarnos e identificarnos de manera consciente con un significado social que atribuir y materializar en la comunidad en la que nos desarrollamos.

Para ser satisfactorio, ese significado ha de expresarse de un modo lo suficientemente amplio, incluso ambiguo, como para permitir de modo efectivo representar a la comunidad real, diversa por definición. Por eso, para que quepan todos, se ha de expresar como un conjunto simbólico y ordenarse no en axiomas y preceptos sino en cuentos, en una mitología. El mensaje que demandamos a un sistema es un espacio de valores, un conjunto de actitudes, más que una línea o un grupo concreto de reacciones.

De Venecia a hoy

El secreto de la serenidad veneciana, el poder de sus rituales y ceremonias, recuperado hoy por los académicos, no es otro que haber ligado con éxito la civilidad a una forma concreta de socialización e interacción política articulada en un continuo de prácticas ceremoniales. La sabiduría de estas formas residía en que satisfacían la necesidad de identificación de los venecianos con un ideal de la virtú en el que podían representar su modo de vida. Como consecuencia sentían la oportunidad de materializarlo en su propio trabajo y en el ejercicio de sus responsabilidades institucionales. El sistema de valores venecianos se cerraba así en un circuito que reafirmaba tanto a las personas como a la estructura que las unía en una dinámica evolutiva común.

Hoy la empresa, entendida como el espacio social del trabajo, intenta redefinirse comunitariamente buscando formas de trascendencia ligadas a los objetivos, al propósito. Pero tal vez el propósito no sea sólo un programa más o menos racional y finito de objetivos o acciones, sino que requiera, para que sintamos que lo vivimos, un conjunto de compromisos comunitarios y personales continuamente renovados a través de un ceremonial simbólico cotidiano.

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