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El shock transnacional

Todavía me acuerdo de cuando Rosa se escandalizaba porque un conocido bloguero argentino, que llevaba unos meses ya viviendo en Madrid, seguía relatando en sus posts como si permaneciera en el hemisferio Sur: en septiembre saludaba la primavera, los conferenciantes venían (no iban) a Buenos Aires, etc…

La anécdota se daba en el marco de un debate más amplio sobre el nacionalismo pero sirvió para ilustrar hasta que punto era inocente la idea según la cual Internet generaba por si misma experiencias vitales que superaban el imaginario del nacionalismo.

En realidad Internet da la oportunidad de vivir la transnacionalidad, pero bien puede servir para todo lo contrario, para mantenerse en la burbuja de la realidad nacional más allá de las fronteras del estado que nos dió pasaporte. De hecho, reacciones defensivas de este tipo son más comunes de lo que parece y forman parte de lo que llamamos shock transnacional. La primera residencia no turística fuera del entorno nacional es, desde luego, un verdadero bombardeo semiótico. Es excitante, pero puede resultar abrumador, sobre todo cuando se viaja de una zona menos desarrollada a otra más desarrollada.

Recuerdo mi primera compra en el Sainsbury de Hull. Debía de tener yo unos 16 años. Todo era diferente. No sólo las marcas o las variedades (infinitas comparadas no ya con las de la península entonces recien entrada en la UE, sino con las de Ceuta o Canarias), sino los mismos productos. Ese día vi por primera vez tomates cherry y para ese momento estaba ya tan saturado de imágenes y siginificados nuevos que creo que debí tirarme diez minutos contemplándolos.

Luego vienen los entornos sociales y las formas de socialización. La experiencia es común con la de ir a vivir desde el lugar donde uno se crió -y donde las reglas implícitas le parecen evidentes- a la capital. Es muy típico experimentar esto en el primer año de universidad, pero ahí se ve compensado por toda la gente nueva, de tu misma edad, que puedes conocer en y entre las clases, buscando piso o en el mundillo cultural que rodea a la vida universitaria. La misma experiencia después de la carrera, cuando pensinsulares van a vivir por su cuenta a alguna ciudad de provincias irlandesa o británica, incluso a las capitales, o cuando licenciados sudamericanos obtienen alguna oportunidad de visado de trabajo en España, no resulta tan fácil. La sensación de soledad puede hacerse abrumadora. No se coge el hilo a las conversaciones, los contextos se hacen ajenos y la tentación inmediata es buscar compatriotas para disfrutar de una conversación con implícitos comprensibles… aislándose en la empobrecedora pero sedante burbuja de los círculos de emigrantes cool.

Si el entorno se desarrolla además en una lengua distinta y la cultura sentimental de llegada no forma parte del entorno de la propia, el resultado se puede tornar aún más sorprendente. Siempre me llamó la atención que los españoles en Londres compartieran casa mayoritariamente con otros españoles o italianos y que tuvieran parejas de países latinos en una proporción tan alta, cuando la pura estadística apuntaría a que debería ser más fácil conocer locals que aliens como uno mismo. Es tentador echarle las culpas a la xenofobia o el racismo cultural, pero realmente no es más que una excusa. Los entornos presenciales acogedores son siempre, casi casi en todos lados, mayoritarios, aunque el ambiente político o los sustratos culturales tengan siempre la inevitable veta xenófoba de todo nacionalismo.

¿Cómo se supera el shock transnacional?

La famosa boutade de Baroja (“el carlismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando“) es desgraciadamente falsa. El nacionalismo no es una idea que nazca de la experiencia personal de nada, sino de la relación con el estado nacional… y ése, viaja poco.

Otra cosa es, seguramente, el shock transnacional. Puede evitarse en parte siendo consciente de él y tomando una cierta distancia. Desde la emergencia de la blogsfera son comunes por ejemplo los blogs de maravillas, unos lejanos descendientes de los cronistas de viajes renacentistas y barrocos. En ellos el recien llegado relata a una imaginaria audiencia -a la que supone contextos y lengua similar a la suya- las diferencias, proponiéndose como mediador o traductor intercultural. Muchos de estos blogs destilan tópicos nacionalistas, pero otros son capaces de ir más allá y realmente transmitir maravilla y gusto por descubrir y descifrar un contexto nuevo.

En realidad, esa distancia y capacidad de aprendizaje se originan siempre con anterioridad. Dependen de si la propia identidad está definida en términos nacionales o no. La identidad propia es abducida por la nacional si -aún de forma no expresa- consideramos que pertenecemos a la nación, si somos su producto. Lo opuesto no es una negación de la influencia del entorno vivido, sino afirmar que nuestra existencia es algo definido por nosotros mismos donde los contextos originados por la residencia no son sino repositorios culturales de los que absorver ideas y modos con cierto criterio personal y experiencial.

Más claro aún. Documentando este post encontré en un artículo de la agencia de noticias Swissinfo esta perlita:

Más del 20% de la población suiza es de origen extranjero. La Oficina Federal suiza de las Migraciones indica que actualmente en Suiza están representadas cerca de 170 diversas nacionalidades.

Si al estar en un país distinto al de nuestro pasaporte nos consideramos representantes de no se sabe que comunidad imaginada o espírtu nacional, siempre habrá poco que hacer: marchitaremos como coquís.

PS. ¿Hay mejor ejemplo que la cita de arriba para ilustrar hasta qué punto lo internacional es diferente de lo transnacional? En lo internacional participamos desde la nación, como representantes o como delegados, nunca por nosotros mismos.

«El shock transnacional» recibió 0 desde que se publicó el domingo 7 de marzo de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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