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Empresa social: el mercado es el juez

Boceto para la intervención indiana en el Día Garum América 2011 que tendrá lugar hoy en la Cámara Mercantil de Montevideo

Existen tantas definiciones como confusión sobre qué es la «empresa social». Siguiendo a Prahalad hay toda una línea que se centra en las «empresas orientadas hacia la base de la pirámide», es decir, que incorporan en su definición la generación de empleo o hábitos de consumo entre los sectores de bajos recursos. Otra, siguiendo al creador de Ashoka, Bill Drayton, acepta como empresa social cualquier estructura o iniciativa, dentro o fuera del mercado, que se oriente a «producir un cambio» en las formas y condiciones de vida del entorno.

Me van a permitir una definición alternativa de empresa social, más incluyente que la primera, más estricta que la segunda:

Empresa social es aquella cuyo objetivo central y declarado es la generación de un incremento sostenido y sostenible de riqueza y bienestar para la comunidad real en la que se asienta y desarrolla

No es una definición inocente. Incrementar la riqueza de una comunidad implica necesariamente producir.

Hacerlo de manera sostenida en el tiempo, implica generar autonomía. Si el proyecto depende fundamentalmente en sus ingresos de una institución, una persona o una campaña de donaciones, habrá generado nuevas dependencias. Y aunque estas parezcan más confortables que la situación de partida, no se habrá generado riqueza, sino simplemente se habrá distribuido un dinero con una excusa: pan para hoy hambre para mañana.

Frente a la dependencia de la dadivosidad de otros sólo hay una alternativa: acceder y tener éxito en el mercado. Es decir, hay que generar valor, hay que producir eficientemente y hay que orientarse, comunicar y satisfacer a los consumidores.

La autonomía así conseguida, es la medida y el medio de una empresa social, tome la forma jurídica que tome.

Pero aún más allá, hacer sostenible el proceso, pasar de la generación de ingresos a la de riqueza supone mucho más. En primer lugar la formación de capital humano, esto es, empoderar y dar herramientas para hacer extensiva esa autonomía del proyecto a las personas que trabajan en ella y a la comunidad que lo alienta en su conjunto. La formación, el acceso a la educación, la formación tanto técnica como humanística o en gestión son parte fundamental, central, del proceso permanente de capitalización de la empresa social.

En 1941, Jose María Arizmendiarrieta, un sacerdote de 26 años, es enviado a Mondragón. Había pedido continuar estudios en Bélgica (sede del principal movimiento cooperativo de la época). El obispo sin embargo pensó que podría encontrar soluciones al desarrollo económico del pueblo. Y acertó. Arizmendarrieta creía en el poder de la educación. De hecho, Arizmendarrieta no paró hasta que en 1943 creó la Escuela Politécnica, abierta tanto a hombres como a mujeres y orientada a su integración en la producción industrial. El lema:

socializando el saber se democratiza verdaderamente el poder

La Escuela Politécnica era el primer paso. En 1956, se coloca la primera piedra de Ulgol, que pocos año más tarde se convertiría en Talleres Ulgol y posteriormente en Fagor Electrónica.

Aquellos primeros cooperativistas arrasatarras producían unos hornillos eléctricos bajo patente francesa. La sensación era ambivalente: se ganaba autonomía, se creaba riqueza… ¿pero no había algo mal cuando una parte importante del excedente en pagar royalties?

Sólo había una alternativa: la escuela no sólo tendría que formar como técnicos a los futuros cooperativistas, tenía que incorporarse al proceso productivo de modo que Ulgol pudiera desarrollar y diseñar sus propios productos. Había que pasar de la técnica al conocimiento y del conocimiento a la innovación orientada al mercado.

A día de hoy aquella escuela politécnica es una cooperativa considerada una de las mejores universidades peninsulares; Mondragon Corporación Cooperativa es el principal grupo industrial del País Vasco, factura cerca de 20.000 millones de euros y está formado por más de 90.000 socios en cooperativas del ámbito de las finanzas, la industria, la distribución, la educación y la investigación de vanguardia. Si bien concentrada en el País Vasco cuenta con delegaciones en Chile, Brasil, México, Rusia, China, India, Vietnam y EEUU.

¿Qué nos relata esta historia? Los fundamentos de MCC son el mejor ejemplo de cómo una iniciativa enfocada a la autonomía puede salir adelante a pesar de nacer y crecer en las peores condiciones posibles en el peor momento posible, sin financiación, sin apoyos en la administración de una de las dictaduras más largas y pesadas de la historia peninsular, sin eco en los medios, sin otra cosa que la certeza de que al otro lado de las montañas que delimitan el valle estaba el mercado y que sólo navegándolo podría llegarse a un lugar con libertad y bienestar.

Navegar y no ser arrastrado suponen -y esta es la gran enseñanza de MCC- generar conocimiento lo que a su vez permite independizarse de las rentas de los que patentaron o innovaron antes, y a partir de ahí incorporar diseño e impulsar la innovación. Supone antes de nada, invertir en las personas a través de la educación sin equivocar el foco, porque como decía Arizmendiarrieta: «el cooperativismo es un medio para la educación y no al revés» y ese medio fundamental es impensable sin el mercado al cual el mismo alimenta.

Pero podemos ir hoy mucho más lejos de lo que los magros medios y el desarrollo general de la tecnología y el comercio permitían a Arizmendarrieta y sus pioneros en los años cincuenta. Hoy el conocimiento puede ser liberado y es liberado de un modo efectivo a través de las grandes redes distribuidas que se sostienen sobre Internet.

El gran monumento de nuestra época, aquello por lo que las generaciones futuras identificarán nuestros años y nuestro mundo, no será el que se construya en la zona cero de las torres gemelas, el mausoleo de ningún tirano ni el panteón de ninguna patria. No serán naves espaciales ni rascacielos. El honor de nuestras décadas será algo inmaterial y aparentemente mucho más modesto: el software libre.

El software libre nace de una nueva ética del trabajo animada por el conocimiento más que por la remuneración, empeñada en romper las fronteras del acceso en vez de en restringirlo con pequeñas aduanas y privilegios. Ha derrotado en el mercado a corporaciones gigantescas ganando a través de la excelencia y la seguridad su hegemonía en sectores industriales enteros. Y ha generado más valor en transferencias a los países en desarrollo que toda la ayuda humanitaria y la cooperación de los países europeos junta.

El software libre, el conocimiento libre que crece día a día ante nuestros ojos en Internet, es la mayor creación colectiva desarrollada deliberadamente en la Historia humana. Nunca tantos pudieron contribuir y recibir tanto valor como el que genera este gigantesco depópsito de herramientas en procomún. El software libre, más que ninguna otra cosa, ha nivelado el terreno de juego convirtiendo lo que hace diez años era alta tecnología en posibilidad real para todos. Ha sido, desarrollado por voluntarios, empresas, grandes profesionales, amateurs, hackers, comunicadores, activistas… empeñados en financiar, crear y mantener el primer bien público universal.

Gracias a él han surgido decenas de miles de empresas en países sin acceso al capital o, en los países centrales, desde entornos sociales en los que plantearse montar empresas de base tecnológica sería impensable sin ello. Empresas de la periferia del mercado mundial desde Sudáfrica al Sudeste Asiático pasando por Finlandia o Corea, han ocupado por primera vez protagonismo global, competido mano a mano y ganado su espacio frente a los gigantes industriales. Si el software libre dejara de funcionar mañana dejarían de hacerlo el 40% de los electrodomésticos del mundo, el 80% de los servidores web y más del 60% de los teléfonos celulares, por no hablar de la gran mayoría de las instituciones educativas y científicas del mundo comenzando por la NASA y acabando en las ceibalitas de los niños uruguayos.

Este gran empeño, transnacional, procomún y libre es hoy el alma de las cosas que hacen nuestro mundo. Y es el alma también de un nuevo modo de entender la empresa. Con más razón aún la empresa social.

Déjenme contarles otro ejemplo cercano. Este pasado mes de febrero, en el Día Garum Europa, conocimos de la mano de su fundador la hermosa historia de «MySQL AB», la empresa que comercializa la base de datos más utilizada del mundo, que es, cómo no, software libre. Su creador, Michael -Monty- Widenius, es un hacker típico que dedicó treinta años de su vida a perfeccionar un sistema que desde un principio licenció como software libre. Tras imponerse como estandar universal y crecer de forma sostenida durante más de dos décadas, acabó vendiéndose por mil quinientos millones de dólares a «Sun Microsystems».

El modelo de negocio de Monty, que él llamaba el «modo de negocio hacker» es significativo de hacia donde lleva el viento del conocimiento libre: millones de empresas en todo el mundo han podido ofrecer productos competitivos gracias a MySQL, sus creadores han obtenido pingües beneficios por entender que cuanto más difundieran el libre uso de su herramienta, cuanto más mejorara en manos de la comunidad de usuarios -muchos de ellos otras empresas- es decir, cuanto más valor generaran al entorno, más oportunidades de vivir cómoda y felizmente de su trabajo tendrían.

El mundo de las empresas de software libre ha enseñado a los emprendedores que hay una forma de crecer, ligada al conocimiento libre, que transforma la reglas: cuanto más se implica la empresa en el desarrollo de la comunidad, más oportunidades de desarrollo sostenido y sostenible tiene a partir de sus productos.

Pero esta misma lección ha de ser leída e interpretada en el sentido inverso también por las empresas sociales: si su producción no está encontrando salida, si no acaban de hallar la rentabilidad en el mercado, no sólo es que esté comprometida su sostenibilidad, es que algo está fallando en el aporte al entorno que es su objetivo final.

Pero hay algo más en el ejemplo de MySQL que nos ha de llamar la atención. Tras la venta de Sun a Oracle, la mayor empresa de bases de datos privativas del mundo, el desarrollo de MySQL se estancó. Monty y sus socios dedicaron entonces su recien ganada fortuna a reorganizarse como empresa. Nacía Monty Program, un nuevo avatar empresarial de su red de programadores, más de sesenta hackers como él, distribuidos en una quincena de países.

¿Qué aprendemos de esto? Qué las redes generadas en torno al conocimiento libre no conocen de fronteras, pero si conocen de responsabilidad. Responsabilidad con las personas y las iniciativas que se sustentan sobre ellas.

Esa responsabilidad informa su propia organización interna. Y esa responsabilidad personal entendida como sustento de la cooperación colectiva, que implica un verdadero empoderamiento democrático de las personas, es a su vez un extraordinario agente de transformación y generación de riqueza.

Déjenme darles otro ejemplo: Irizar. Irizar es una cooperativa de trabajo dedicada al carrozado. Fabrica esos confortables autobuses que utiliza Buquebús para llevar a los pasajeros de Tres Cruces a Colonia y del puerto a Punta del Este. Irizar en los noventa dió un paso adelante. Radicalizó la participación en la gestión para hacerla extensiva al diseño de los procesos de la empresa. Los resultados no se hicieron esperar: ventas de 20 millones de euros en ventas y 250 personas en 1991 a 433 millones de euros y 3.200 en 2010. La productividad se había incrementado en un 439% en ocho años.

No puedo extenderme, pero para nosotros la moraleja es clara: ninguna tecnología es más productiva que la educación y la democracia cuando se utilizan para llevar lo mejor de una comunidad al mercado; más aún cuando logran calar en las formas íntimas de la cooperación productiva y la generación de conocimiento.

¿Cuál es el futuro de la empresa social? Realmente no lo sé. Puedo y espero haberles transmitido el modelo de empresa en el que creemos en el Grupo Cooperativo de las Indias. Empresas sociales, sí, pero también empresas democráticas, decididas a incorporar un fuerte elemento tecnológico sea cual sea el sector en que se desarrollen, centradas en las personas, empeñadas en servir a las comunidades y redes a las que sustentan, generadoras de conocimiento libre y sobre todo… apasionadamente arrebatas por el reto del mercado.

«Empresa social: el mercado es el juez» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 27 de Octubre de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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