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Empresas tradicionales en transición hacia la democracia económica: el grupo cooperativo como modelo organizativo

¿Cómo enfrentar la transición hacia la democracia económica en empresas donde no todos los que trabajan en ella se han planteado la necesidad de convertirse en socios? ¿Motiva lo que no es deseado?

Hace ya bastantes años que entre nuestros servicios se encuentra la consultoría de organización. En nuestros proyectos de este tipo siempre hemos incluido la puesta en marcha de espacios deliberativos que de alguna manera anticipaban o ponían la semilla de la democracia económica.

Pero ahora estamos frente a un reto distinto. Un reto que es ante todo un desafío a nuestros propios prejuicios: dar una estructura y un funcionamiento cooperativo a una organización joven y briosa pero que nació y creció desde una estructura tradicional de SL. Es decir, una organización donde sólo unos pocos se han planteado siquiera que quieren ser y funcionar bajo el principio de democracia económica.

En la mentalidad indiana, está bien presente la idea de Artigas: “la libertad concedida es colonia“. De entrada para nosotros, si no hay comunidad, si no existe una identidad y un proyecto vital común tiene poco sentido plantearse la forma cooperativa. No se innova con aluvión, sin complicidad.

Pero nos enfrentamos aquí a un pedido distinto: la forma cooperativa ha de ayudar a la asunción del proyecto por sus protagonistas… lo cual a su vez nos ha llevado a un esfuerzo de reinterpretación de las empresas tradicionales y de la gente que trabaja en ellas y sus objetivos.

¿Cerdos y gallinas?

Nuestra mirada anterior se parecía mucho al viejo cuento anglosajón del cerdo y la gallina que huyen de la granja y pretenden abrir un restaurante para ganarse la vida. Cuando discuten qué menú servirán la gallina propone servir desayunos con huevos y panceta. El cerdo entonces responde que no pueden ir a partes iguales, él está comprometido mientras la gallina sólo está involucrada.

Cuando una plantilla se contrata atendiendo al CV y las habilidades profesionales demostradas por cada cual, la mayoría sólo estará involucrada. Hará más o menos apasionadamente su trabajo, con corrección y cuidado, pero si no media coacción, no trabajará más horas que las estipuladas. Está vendiendo horas de trabajo a cambio de salario y condiciones. No está asumiendo, comprometiéndose en un proyecto. Pretender otra cosa, por otro lado, sería poco menos que abusivo por parte de quienes mantienen la propiedad y por tanto deciden el reparto del excedente.

Hay siempre sin embargo, además de los emprendedores que iniciaron el proyecto quien toma su trabajo como una causa, quién lo entiende como mucho más que un intercambio mercantil. Y aún contra toda racionalidad (la empresa no es tuya, le recordarán pareja y amigos) se dejará la piel en conseguir sacar adelante la producción y las ventas.

En esta lógica sólo los cerdos estarían en disposición de convertirse en cooperativistas. Las gallinas simplemente estarían a otra. Ni siquiera lo desearían. De hecho, ni siquiera lo merecerían. Convertir la empresa en cooperativa desde arriba sería concesión, colonia, un traje demasiado grande que no serviría a los fines y que se degradaría sin haber sido aprovechado…

¿Artesanos y mercaderes?

Pero hay otra forma de mirar a las empresas tradicionales. Es cierto que hay gente comprometida y gente involucrada. Gente que lo vive y gente que hace lo suyo y se va. Pero si miramos un poco más en detalle a lo mejor la división no es exactamente esa.

Seguramente los cerdos que no fueron directamente fundadores, son los que más relación tienen con el cliente o con el mercado, los que sienten el proceso de desarrollo de productos como un hacker sentiría el trabajo, como un reto que les vincula a un espacio de reconocimiento. Para ellos ser socios es también una motivación. Son mercaderes y tarde o temprano acabarán volcados en el mercado, gestionando proyectos para clientes, llevando implantaciones de productos, mejorando los procesos de venta… Son cooperativistas naturales.

¿Pero y las gallinas? Demos por hecho que las gallinas disfrutan de su trabajo, que disfrutan, como casi todo el mundo que no “tiene un problema en el trabajo“, de trabajar con un equipo estable de personas (compañeros) con los que desarrolla proyectos de medio y largo plazo que le resultan interesantes.

¿Qué es lo que piden las llamadas gallinas? Normalmente tiempo y recursos para hacer bien lo que tienen que hacer. Muchas veces mayor comprensión de los problemas concretos por parte de equipos directivos que no conocen -a veces incluso desprecian- los aspectos técnicos de la producción y por tanto no pueden valorar los aspectos creativos, el ingenio que aplican a las dificultades que enfrentan.

No, no son gallinas que simplemente ponen un huevo y se van. Son artesanos a los que el mercado no les interesa porque el reconocimiento que presta no les hace un especial sentido. Ellos saben de esfuerzo. Su ética es una ética del esfuerzo no de los resultados mercantiles y el reconocimiento externo. No les gusta vender. Tienen mucha menos prisa y mucho más amor por los detalles. ¿Pero eso les invalida para ser cooperativistas? ¿No es precisamente autonomía lo que desearían para organizarse mejor y distribuir tiempos y habilidades de manera más eficiente?

¿Pueden cooperar artesanos y mercaderes?

El acerbo del cooperativismo no acaba en la figura de la cooperativa clásica. De hecho, la idea de grupo cooperativo como forma avanzada de intercooperación tiene mucho más juego que la consecución de escalas… y en este caso, en este tipo de casos, puede darnos una clave para la transición hacia formas cooperativas en organizaciones tradicionales.

Empecemos por nuestra propia casa. La estructura del Grupo Cooperativo de las Indias está pensada para que los aprendices se descubran artesanos, dedicando tres años a tareas de producción, aprendiendo los detalles y habilidades del pluriespecialista que cada indiano es como socio de la Sociedad Cooperativa del Arte de las Cosas. Se busca con eso potenciar y desarrollar su mentalidad de artesano, de persona que ama su trabajo y es capaz de entenderlo como portador de unos valores y un proyecto comunitario y personal. Son socios, sí, pero no gestores ni comerciales. Lo serán luego, cuando pasen a la fase de compañerismo, una etapa de verdadero emprendizaje cuyo objetivo es descubrir y desarrollar la vida de mercader sin perder las virtudes del artesano.

La clave del sistema: un único grupo cooperativo en el que maestros mercaderes y aprendices artesanos tienen espacios autónomos dentro de una casa común mientras los compañeros protagonizan el crecimiento hacia los lados, es decir la apertura y gestión de nuevos proyectos. La comercialización recae sólo en la Sociedad Cooperativa de las Indias Electrónicas, cabecera del grupo que es además la que invierte parte de sus excedentes en emprendimientos externos y gestiona las cuentas globales redistribuyendo excedentes según la lógica -realmente igualitaria e transnacional- característica de nuestro grupo.

¿No tiene este sistema algo que aportar en su estructura a las necesidades propias de una empresa tradicional en transición hacia la democracia económica? ¿Sólo nosotros, los indianos, podemos encontrarle utilidad?

Un modelo de grupo cooperativo para las empresas tradicionales en transición

La primera respuesta desde la lógica cerdos vs gallinas suele ser montar una coop de cerdos que a su vez mantenga como asalariadas a las gallinas. Afortunadamente esto es practicamente imposible. Las cooperativas no se inventaron para practicar la democracia censitaria en la empresa.

Sin embargo, el grupo cooperativo ofrece una opción relativamente sencilla: formar una cooperativa de mercaderes que sea la cabeza del grupo cooperativo, participe otras empresas y asuma la comercialización y gestión de cuentas. Y una -o varias- cooperativas de artesanos centradas en desarrollar la producción, con autonomía para organizar el trabajo y crear un sistema de carrera interna realmente motivador para sus miembros. Porque eso ni lo duden: el artesano no se ve motivado por lo mismo que el mercader.

En un momento dado un grupo cooperativo organizado de este modo bien podría incluso financiarse según el modelo Szena: participar minoritariamente una sociedad anónima que fuera la dueña de la marca sobre la que se comercializaría el servicio o los productos y para la que formalmente trabajaría en exclusiva.

«Empresas tradicionales en transición hacia la democracia económica: el grupo cooperativo como modelo organizativo» recibió 0 desde que se publicó el Martes 17 de Agosto de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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