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Entendiendo la identidad y la cultura comunitarias

Se trata de enaltecer la vida para alimentar la virtud de cada uno, ayudando a eliminar miedos y superar rápidamente los fracasos. Pero sobre todo, la cultura de las comunidades que funcionan tienen por objetivo afirmar a cada uno de sus miembros como personas igualmente responsables, igualmente capaces de ser libres.

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Toda convivencia, toda organización humana aspira a eso que Adler llamaba el «espíritu comunitario»: pasar de la lógica de la competencia por el reconocimiento y el sentimiento de inferioridad a la lógica del aporte y el sentimiento de fraternidad. El motor de ese salto «mágico» es sentir que «somos parte», que somos valiosos y apreciados por los que nos rodean. Pero, obviamente, eso es más fácil de decir que de conseguir. Sentirse parte de un grupo no depende de una declaración ni de una norma, sino de cómo encaje cada cual en el «modo de ser» grupal. Pero el modo de ser de una comunidad no es algo ajeno a los que la forman. Ese «modo de ser» es algo a lo que los humanos aprendimos a dar forma a través de un difuso conjunto de símbolos, prácticas y pequeños rituales. Eso que llamamos «cultura».

Cultura nacional vs cultura comunitaria

Hay una gran diferencia entre una cultura nacional y una cultura comunitaria. Las culturas nacionales expresan cómo las instituciones de una sociedad querrían que fuesen sus ciudadanos. Su objetivo principal es desarrollar en ellos la «identidad nacional», un deber ser que busca poner en valor el tipo de diferencias que justifican una institucionalidad, un estado, todo eso que a las finales es el centro de todo nacionalismo.

En la mítica nacional, la nación unifica en un solo concepto territorio y destino colectivo. El principal mensaje de toda cultura nacional es que individualmente somos como somos porque ese territorio, su historia y su destino nos dan forma emocional e intelectualmente. De ahí la centralidad que otorga a los objetos artísticos, desde la música a las artes plásticas: según los nacionalistas, las creaciones artísticas nacionales deberían representarnos, deberían «hacernos sentir» de manera íntima y especial porque son la expresión del «espíritu» de la nación que nos configura. El «arte nacional», expresaría nuestra ligazón espiritual con la identidad y territorio que «nos creó como somos».

El discurso de la cultura nacional nos trata de decir que solo sentiremos y comprenderemos plenamente el mundo desde dentro de la nación, es decir, desde dentro del estado que la materializa o la materializará. Por eso la cultura nacional es necesariamente desempoderadora. Todo lo que nos dice que fuera de un determinado ámbito mediático o territorial, fuera de un determinado conjunto de instituciones estatales, no podemos ser personas completas, aprender, entender y sentir con plenitud, no puede ser más que un embate constante contra la autonomía personal.

Cultura e identidad comunitaria

La identidad comunitaria es otra cosa. Es el tipo de identidad propio de una comunidad real, un reconocimiento mutuo entre personas concretas que se conocen y relacionan entre si. En toda comunidad real, el contenido de la identidad cambia con cada conversación y con cada nuevo miembro, con cada incorporación, igual que en cualquier una familia o grupo de amigos. Así que no tiene sentido promocionar una identidad hacia dentro. Si la identidad comunitaria tiene un núcleo es «aquello que aprendemos juntos», es decir, algo sobre lo que tenemos soberanía y a lo que damos forma.

Por eso la cultura comunitaria no pretende acercarnos a ningún «ideal». Ni siquiera pretende convencernos de que no hay nada mejor para nosotros que nuestra propia comunidad. Necesita recordarnos simplemente que podemos superarnos. El reto de la cultura comunitaria es recordarnos que podemos ser lo que queramos ser. Algo que es distinto para cada uno y que cada cual debe definir por si mismo. Su principal herramienta es recordarnos que podemos aportar significado a lo que hacemos, con sus imperfecciones, sus éxitos, sus ironías y sus pequeñas ternuras. Desde el bizcocho del domingo y la conversación intrascendente, al estudio de nuevas disciplinas o el éxito en el mercado que paga nuestras facturas.

Se trata de enaltecer la vida para alimentar la virtud de cada uno, ayudando a eliminar miedos y superar rápidamente los fracasos. Pero sobre todo, la cultura de las comunidades que funcionan tienen por objetivo afirmar a cada uno de sus miembros como personas igualmente responsables, igualmente capaces de ser libres. En pocas palabras, una cultura comunitaria funcional transmite la idea de que cuanto más autónomo sea cada uno de sus miembros, más aportará a la comunidad como un todo.

«Entendiendo la identidad y la cultura comunitarias» recibió 2 desde que se publicó el Miércoles 11 de Febrero de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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