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Entre guarimbas y guayabos guabinosos

Extraño Caracas porque ya no es la misma y no lo será. Duele saber que aunque venga muchas veces, en realidad nunca más voy a poder volver.

Prácticas en las Indias

guarimbameridaVolver a Caracas no estaba en mis planes hasta el segundo trimestre de este año, pero cosas del destino me obligaron a llegar a principios de este mes, por lo que aquí estoy, en medio de guarimbas, tratando una vez más de reencontrarme con la ciudad en la que nací, crecí… y también aprendí a decir mis primeras palabras, de las cuales, ahora que lo pienso -y creo que nunca se me había ocurrido pensarlo-, una cantidad enorme empieza, al igual que esa que denomina a los montones de basura y escombros que resguardan a los manifestantes contra el chavismo durante estos días, por la enigmática sílaba «gua».

De hecho, la misma «guarimba» me suena conocida de toda la vida, recuerdo que la usaba de pequeño como una especie de sinónimo deformado de «guarida», un escondite. Si me esfuerzo lo suficiente, casi me puedo ver con mis amiguitos gritando «¡vámonos pa’ la guarimba!» cuando jugábamos a policías y ladrones. Si hay algún episodio de esa serie setentosa de Batman que se haya doblado en Venezuela, capaz que en lugar de baticueva el súper héroe dice batiguarimba.

Y así parece confirmarlo el señor Roberto J. Silva, que me voy a permitir citarlo a pesar de que quizás haga hervir su sangre Bolivariana, ya que antes de introducirme a un hermoso texto de «En este país…» de Luis Manuel Urbaneja, me advierte que ya para comenzar hice muy mal en asociar el significado de la palabra con las barricadas que veo por todos lados estos días en Caracas, porque,

«…academicamente [sic] la palabra GUARIMBA [sic], no tiene un significado preciso; y resulta cuestionable que sea utilizada por los grupos anti-revolucionarios, opuestos al PROCESO REVOLUCIONARIO BOLIVARIANO EN VENEZUELA [sic], liderado por el PRESIDENTE RAFAEL HUGO CHAVEZ FRIAS [sic]; para significar sus acciones violentas, desestabilizdoras [sic] y conspirativas.

Pero bueno, vamos con el hermoso texto de Urbaneja (esta vez editado, porque ya en esta sección, hacia el final del artículo, la furia revolucionaria del señor Silva como que le hacía temblar mucho los dedos en el teclado y la cantidad de errores ortográficos se hace francamente insoportable):

…la novela tiene por geografía, al comienzo, tres haciendas: «Guarimba» de la familia Macapo, «La Floresta» de Gonzalo Ruiseñol, y la de «Los Pichirres»…

«¡Guarimba! ¿Quién denominó así la estancia?… vaya usted a saberlo… Guarimba fue siempre lugar sagrado… Guarimba era inviolable… y refugio de paz, en el lindo valle del Ávila…»

Así que bueno, parece que sí, que la palabra es de larga data criollista.

Y resulta ser que la sílaba «gua» por sí misma es en realidad una palabra, que en España significa el hoyito en el suelo en el que se meten las canicas en el juego infantil también llamado «gua», y cuya etimología puede que provenga del taíno gua, que significa «lugar» o «sitio»… no muy alejado del significado de «guarimba». Y con acento en la «a» y entre signos de exlcamación, «¡guá!», es un venzolanismo muy concreto que usamos para expresar sorpresa o asombro, y que por el estado Lara se convierte en «¡na’ guará!».

jugoguanabanaDe hecho, me entero de que parece ser muy apropiada mi reflexión inicial sobre el hecho de que muchas de las primeras palabras que aprendía a decir comenzaran con «gua», porque resulta que

[la] primera palabra que pronuncia el humano al nacer es gua. Por eso, en Chile, a los bebes les decimos guagua, una voz onomatopéyica del llorar de la criatura: gua, gua. Esta onomatopeya es universal, incluso usada en la China: wua-wua.

guasacacaParece esto del «gua» puede ser una plataforma para reflexiones ontológicas muy profundas. Pero la verdad es que de las palabras que empiezan con la sílaba mágica, la mayoría que recuerdo aluden a conceptos bastante mundanos y cotidianos:

Guanábana, como la del jugo que me bebo para acompañar la arepa mixta de pernil y queso trenza bien bañada en guasacaca que me almuerzo absolutamente todos los benditos días desde que llegué. Sin azúcar, por supuesto, que ahoga por completo las sutiles notas florales de la fruta.

Guacharacas, que con su canto, o mejor dicho, sus chillidos espantosos, me despertaron casi todos los días de mi vida, porque todavía puedo decir he vivido más años en Caracas que en ningún otro lugar de la Tierra, mira qué joven me siento de repente. O como las que mi mamá les daba de comer en su balconcito, y que todavía la vienen a buscar con esa mirada tristona y como con un toquesito de esperanza, como si supiesen que en algún momento, más tarde o más temprano, fuese a aparecer para conversarles un rato y darles su merienda.

Guamachito, como el que florece con el carutal que reverdece y la soga que se revienta cuando al caballo le dan sabana porque está viejo y cansao, pero no se dan de cuenta que un corazón amarrao, cuando le sueltan las riendas es caballo desbocao, como nos decía Simón Díaz en su Caballo Viejo, que también se nos fue hace unos días, por cierto, y si no has oído la versión original por favor haz click más abajo que seguro te va a gustar más que la de Gipsy Kings (y te juro por Dios que te va a gustar más que la de Julio Iglesias):

Guamas de pulpa algodonosa como las que mi tata Juanita me arrancaba de los árboles cuando no tenía más de 5 años; guacucos como los que comía en la palya, guarapita como con la que me emborrachaba.

Guacamayas como las que todavía vuelan por Caracas.

Guayoyo como el café que uno se toma en la oficina o el ministerio. Guapachoso como Oscar de León, que no se pela una guachafita, pero no como Gualberto Ibarreto.

Guayaba, que a diferencia de la guanábana, sí es muy rica bien dulce, sobre todo en cascos con queso crema.

Guayabo como el que cargo estos días, un tanto guabinoso, la verdad. Porque si bien el que ella ya no esté aquí me duele hasta en los tuétanos, se trata de algo más etéreo, existencial. No puedo definirlo, pero presiento que algo tiene que ver con que ya estoy extrañando el todo en el que se hacían consistentes el jugo de guanábana y la guachafita y las guacamayas. Puede que sean las guarimbas, pero creo que más bien está relacionado con lo que mueve a la gente a guarimbear por estos días.

O quizás el que está guabineando soy yo y la cosa es más sencilla: extraño Caracas porque ya no es la misma y no lo será. Duele saber que aunque venga muchas veces, en realidad nunca más voy a poder volver.

«Entre guarimbas y guayabos guabinosos» recibió 14 desde que se publicó el Viernes 28 de Febrero de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Alan Furth.

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