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¿Es la postmodernidad una vuelta atrás?

Primera parte de una miniserie donde nos acercaremos a distintos aspectos de la postmodernidad desde los conflictos globales a la cultura de masas, tratando de comprender por qué podría parecer como una “premodernidad con Internet satelital y gps”.

Como contaba ayer Jesús Pérez Triana una reacción ciertamente habitual frente a los fenómenos de la descomposición que configuran el mundo postmoderno es la simple negación: la piratería no es algo nuevo, la guerra asimétrica puede remontarse a Viriato, etc.

En realidad lo que es definitorio y novedoso es el cuadro en su conjunto. Siempre nos habían presentado al estado nacional como el fin del desorden premoderno, como una racionalización materializada hegelianamente en el estado, capaz de constreñir en su seno los conflictos del mundo reduciendo la globalidad a una suma de problemas nacionales e internacionales, el mundo puzzle. Y es esto es lo que ha cambiado:

Como hemos visto con Indonesia y Malasia en Malacca, EEUU en Iraq o en México con su guerra contra los cárteles, el estado nacional empieza a no reconocerse por encima simplemente porque no puede asegurar ya su preponderancia en los conflictos con los nuevos sujetos emergentes.

De fondo, tras la imposibilidad de mantener las viejas categorías y taxonomías sociales de la Modernidad, está la emergencia de un mundo de redes distribuidas. La diferencia entre un mundo multipolar al estilo de la Modernidad y el que realmente tenemos es que el primero en vez de bloques tiene una diversidad de potencias globales y regionales. En el postmoderno, el que vivimos, a ellas se suman todo tipo de agentes comunitarios y privados. Si la expresión del mundo multipolar moderno más clara fue el reparto de Africa en Berlín en 1895, lo que tenemos hoy se parece mucho más a la conquista de México por Cortés y su pequeña empresa de aventureros.

En la base misma de todo está la revolución de las redes distribuidas. Nunca comunicarse, intercambiar, proyectarse y discutir ha tenido menos filtros posibles. Nunca el mundo había sido tan pequeño y compacto para los pequeños. Si Internet y la comunicación distribuida han destruido la idea nacional de la opinión pública y el encorsetamiento en fronteras estatales de los sujetos colectivos, la globalización de los pequeños (y los oscuros) que ha sido su pareja y su hermana, ha destruido definitivamente el mapa mundi como relato de los agentes internacionales.

Descomposición y postmodernidad

Para entender qué debe realmente la postmodernidad al mundo pre o protomoderno, toca distinguir entre la postmodernidad en si misma y la forma histórica concreta que está tomando: la descomposición. Cuando comenzamos a darnos cuenta de que el conjunto de fenómenos que analizábamos iban más allá, que sistemáticamente escoraban hacia un tipo de agente transnacional ligado a la delincuencia y los tráficos ilícitos, confesamos:

Tradicionalmente definíamos la postmodernidad en términos históricos por la multiplicación de agentes, subjetividades y discursos. Ahora nos damos cuenta de hasta dónde apunta ese estallido de sujetos… que ya no vemos desde luego, bajo el marco de los estados-nación, pero tampoco, como quisimos imaginar, bajo instituciones transnacionales democráticas.

La verdad es que el mundo amalgamado en los bloques de la Guerra Fría no cayó de un golpe. Sus instituciones, categorías y divisorias estaban seriamente cimentadas. La globalización post-muro de los 90 cogió a buena parte de las élites con el pié cambiado y grupos sociales enteros -muchos de ellos en las propias clases gobernantes o el aparato de los estados nacionales- quedaron fuera de juego. El problema se agravó con la resistencia de las élites de los países centrales a abrir el tablero de juego y competir en el mundo de la globalización distribuida. El capitalismo que viene no acababa de nacer y el viejo capitalismo de las oligarquías periféricas no acababa de morir. Eran los primeros síntomas de la descomposición: el desmoronamiento de Somalia iba a la par con la emergencia de paraestados por medio mundo y con las inesperadas dificultades de la UE para deglutir a los países de Europa Central recién salidos de la órbita soviética.

Las élites descolgadas

Los descolgados de la globalización, las élites medias de las estructuras sociales de la perifería eran ya hijas de Internet y las compañías de vuelos baratos. Si volvemos atrás un lustro y miramos las biografías personales de sus líderes veremos que los dirigentes de los cárteles mexicanos habían estudiado en inglés en buenos colegios, los activistas de AlQaida habían estudiado en universidades occidentalizadas y hecho viajes de estudios a Europa e incluso la dirección del Primer Comando da Capital paulista gestionaba vía satélite el curso de sus tráficos en tres continentes con la eficiencia de los sistemas de logística y mensajería punteros en el mercado.

Pero construir un poder no es algo que pueda hacerse desde la total discontinuidad histórica. Ni siquiera en descomposición. Construir un poder es asegurar y asegurar un territorio, tradicionalmente físico, y ahora, en postmodernidad, social. Las formas que tome han de partir cuando menos con un enlace comprensible con las instituciones que la gente asume como tradicionales, como fuente de seguridad. No es casual que los talibanes -un movimiento absolutamente novedoso- se llamen así (talib= estudiante). Las escuelas coránicas eran prácticamente la única institución con extensión territorial suficiente como para cimentar un poder de nuevo tipo en Afganistán. Tampoco lo son los mutirãos (fiestas/asambleas redistributivas) en las favelas organizadas por el Primeiro Comando o el énfasis en la justicia comunitaria del gobierno de Evo Morales. La biografía de Morales -un campesino de las tierras altiplánicas relativamente acomodado que emigra a la selva para cultivar coca- nos habla de la nostalgia por unas instituciones en contradicción con su propia vida, ligada al cultivo más globalizado de América.

En la mayoría del mundo las instituciones del capitalismo nunca habían triunfado plenamente. Eran tan sólo una fina capa sobre un conjunto de formas comunitarias y relaciones de dominación que en el mejor de los casos pertenecían a la protomodernidad.

Por eso mientras en las partes del mundo donde tradicionalmente el mercado había sido más fuerte veíamos emerger como protagonistas de la nueva era transnacional un nuevo tipo de fenómenos y sujetos marcados por la cultura de las redes distribuidas y en el extremo -la filé- por la ética hacker; la periferia nos daba una versión deformada y terrorífica de los mismos, desde el yihadismo a los nuevos cárteles mexicanos; todos ellos recogiendo elementos simbólicos, nombres e instituciones de gobierno interno que se ligaban a las formas comunitarias propias de cada lugar: tribus, comunidades, gremios, partidas piratas, empresas de conquista o escuelas religiosas, parecían volver a la primera línea de los conflictos globales tras más de 300 años de subsunción en el estado nacional.

No eran sin embargo como pensamos en un principio, los viejos piratas con GPS sino un nuevo fenómeno, puro capitalismo que viene, pura globalización, con lógica de sujeto político postmoderno.

«¿Es la postmodernidad una vuelta atrás?» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 6 de Junio de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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