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Escaleta: «Filés: de las naciones a las redes»

Tras una cortinilla en blanco que pone «Filés: de las naciones a las redes», aparecece un avatar frente al dibujo de un pueblo .

Hay tres grandes diferencias entre las redes nacidas en Internet y las nacidas de vivir o trabajar en el mismo lugar. La primera es una cuestión de costes: el coste de abandonar una red virtual es bajo, el de abandonar una ciudad, un pueblo o un trabajo es alto.

El avatar de la derecha, coge una maletita de la casa más cercana y comienza a marcharse del pueblo, pero no puede, algo le retiene.

La segunda es una cuestión de elecciones: en Internet formamos redes con quien nos interesa porque la conversación nos interesa, es sin embargo difícil elegir a los vecinos y compañeros de trabajo .

Junto al avatar pasa un grupo vestido como miembros del ku klux klan que entran en la casa, sobre ellos sale un globito con texto que recuerda a los caracteres usados en los cómics para simbolizar insultos y maldiciones.

La tercera tiene que ver con la distancia: las conversaciones en Internet están delimitadas por las lenguas que cada cual usa, no por la distancia geográfica que separa a los interlocutores. Por eso en lenguas globales como el español es común que al menos la mitad de los lectores de un blog cualquiera con más de 500 lectores no estén en el mismo país que el autor.

El avatar abre un portatil y sonríe, sale un globito del ordenador con la cara de otro avatar que sonríe y que lleva un gorrito andino.

Cuando se forma una comunidad virtual con personas con distintas nacionalidades, estas comparten una identidad propia basada en la conversación, los contextos y el conocimiento que desarrollan. No son «representantes» de esas nacionalidades dentro de la comunidad. Por eso las comunidades virtuales son «transnacionales» y no «internacionales»: no son el producto de la federación de comunidades nacionales en una estructura por encima de ellas, sino que tienen sentido por si mismas, nacieron así, al margen de toda definición nacional.

Aparece texto en el globito y poco a poco otros globitos con avatares con distintas ropas que van sacando texto del mismo tipo.

¿Cómo no sentir las comunidades virtuales como algo liberador? No permanecemos en ellas porque nos sintamos obligados o porque el coste de abandonarlas nos asuste, las formamos con quienes nos interesan y tu pasaporte importa siempre menos que lo que dices y aportas

El avatar cierra el ordenador y se mete en la típica fábrica de cómic (chimenea humeante).

Pero las comunidades e identidades virtuales tienen un gran «pero». Incluso si las comparamos con las viejas «identidades imaginadas». Al estar basadas en conversaciones entre personas que no comparten en principio una economía, tienen difícil ser identidades «completas», capaces de explicar la relación entre quién eres en la comunidad y qué resultado tiene tu trabajo y lo que haces para ella. Y eso… es importante para una identidad.

Fade hacia blanco. Vemos la imagen de una aldea medieval. Un avatar ordeña una vaca, otro, ara el campo y otro pasa saludando en una carreta llena de fruta…

Antes de la Era Moderna la mayor parte de las personas sólo se identificaba por las comunidades reales de las que formaba parte. Un europeo medio apenas veía un centenar de caras diferentes en toda su vida. La pequeña comunidad real local, con su economía agraria apenas monetarizada daba una identidad a cada uno que le permitía entender quién era quién en el sistema social y qué papel jugaba cada cual en la producción del bienestar de todos.

El campo se abre y vemos como al fondo aparece una ciudad con chimeneas y un puerto lleno de barcos de vela en una actividad frenética.

Pero cuando la economía mercantil y el mercado fueron uniendo en entornos más amplios la producción y el consumo, buena parte de las cosas que consumías ya no venían de tu entorno directo; el resultado de tu trabajo podía viajar a cientos, a miles de kilómetros y en las ciudades vivían ya decenas de miles de personas. Las viejas identidades reales dejaron de explicarnos qué éramos para los demás y qué significaba nuestro trabajo para ellos.

La carreta avanza hacia la ciudad y tras ella, a cierta distancia, los avatares, en la ciudad aparece una bandera ondeando.

A partir de finales del siglo XVII aparecerán las semillas de lo que se convertirá dos siglos más tarde en la gran identidad imaginada del mundo industrial: la nación. La nación tenía la nueva dimensión del estado y del mercado y permitía a cada cual imaginarse como parte del esfuerzo conjunto que mantenía en pié la economía de la que vivían él mismo y su propia comunidad real.

Nuevo fade en blanco. Volvemos a la imagen del avatar en su ordenador con las caritas de su red hablando en globos sobre él.

Hoy, sin embargo, con una economía globalizada, cuando el mercado es mundial y cada producto cotidiano recoge trabajo hecho en continentes diferentes, la identidad nacional empieza a sufrir el mismo problema que le hizo nacer. Ya no explica satisfactoriamente qué tiene que ver nuestro trabajo en el bienestar de nuestra comunidad real, comunidad real que incluye además a esas comunidades virtuales transnacionales de las que formamos parte y que cada vez nos importan más. En ese sentido la nación se nos ha quedado pequeña.

Pero por otro lado también se nos está haciendo demasiado grande. Porque a las finales lo que nos importa es esa comunidad real formada por nuestras familias, nuestro entorno y las personas de las comunidades con las que compartimos la conversacion en internet. Personas reales a las que Internet por un lado y la crisis de las identidades imaginadas por otro, han vuelto a poner en el centro de nuestra forma de entender el mundo.

Los textos de las caritas se van cambiando por símbolos de euro y dolar entre interrogaciones.

Desde los años noventa, cuando con la extensión de la Word Wide Web empezaron a emerger comunidades reales en Internet, aparecen redes y comunidades que pretenden llevarse todo lo posible de la propia vida, incluida la economía, a la red o al menos a un espacio que conserve las libertades propias de la red.

Esta tendencia toma al principio la forma de grandes juegos de rol, como Freedonia, una comunidad virtual que acabaría intentando comprar un territorio en Somalia para acoger a sus miembros, y están en el origen del éxito de fenómenos sociales masivos como los metaversos, pero donde comienza a materializar resultados es en el mundo de las empresas tecnológicas.

Desaparece el texto de los globlitos y se remarca el texto del avatar principal que toma la forma de líneas de código

Acostumbrados a conocerse y colaborar en red, son no pocos los grupos de desarrolladores que empiezan a montar la empresa a partir de la comunidad, manteniendo su transnacionalidad, renunciando incluso a tener una sede central y empleando los recursos que una gran sede implica en una semana anual de encuentro presencial en algún lugar del mundo. Empresas como «MySQL» hasta hace unos años y hoy su continuadora, «Monty Program», los desarrolladores de Maria DB, funcionan así.

Los otros avatares abren globito con imágenes que representan el diseño, libros, un consultor, etc.

La programación, la consultoría, la edición digital, el diseño gráfico y en general todos los servicios que pueden comercializarse directamente a través de Internet son el punto de partida natural de estos primeros experimentos de comunidades transnacionales que comienzan a dotarse de una economía.

Los globitos se van cerrando, los avatares desapareciendo y reapareciendo por un lado de la pantalla para juntarse con el avatar principal. Este cierra el ordenador y se va encontrando y abrazando con ellos.

Pero acostumbrados a la igualdad en la conversación, al trabajo en red como iguales, estas comunidades transnacionales tenderán de forma natural a experimentar formas de democracia económica, desde el cooperativismo a las redes de freelancers.

El resultado es una comunidad real transnacional empoderada con empresas organizadas según el principio de democracia económica. La filé.

«Escaleta: «Filés: de las naciones a las redes»» recibió 0 desde que se publicó el martes 22 de febrero de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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