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Escuela nacional, tecnología y bricoleurs

Buscando más allá del debate original (deben darse las clases en escuelas e institutos con ordenadores o no) las bases de unas diferencias de las que no renuncio a aprender

Sigo dándole vueltas al debate de este fin de semana con Pere, Pablo y Lore. En realidad no se trata de un debate sobre el OLPC. Es un debate sobre la educación, la enseñanza y el rol del estado y la tecnología a partir del OLPC… que es bastante diferente.

Ayer, antes de publicar el post, le pasé el borrador tanto a Pablo como a Pere porque me interesaba que las posiciones, todavía borrosas, no se vieran deformadas por mi propio punto de vista. Comentaba yo que intuía que bajo este debate había más de lo que veíamos, que intuía que había diferencias de las que podríamos acabar aprendiendo y sacando una posición tras mucho debatir, argumentar y aprender, como en los viejos tiempos de Ciberpunk. El comentario que me hizo Pablo entonces me ha estado haciendo pensar:

– La cuestión de fondo es el estado. Tu quieres que el estado atienda a los hackers y yo quiero que atienda a todos.

Suena muy mal, pero tiene razón en parte.

Los más jóvenes bricoleurs y el estado

Tal como yo lo veo, siguiendo a Stuart Mill, la diversidad es un bien universal, una solución adaptativa para la sociedad ante un futuro en el que no sabemos de entrada qué estrategias serán las que nos permitan adaptarnos a un mundo en cambio acelerado.

Hay niños con habilidades de bricoleur, con tendencias hacker… hay niños especialmente creativos en todos los campos. Y la sociedad debe entender que es bueno que sea así y no intentar achatarlos como hizo con nosotros la escuela. No todos los profesores, pero sí la escuela. Esto es, la enseñanza pública, el estado, debe ayudar a que si alguien es así pueda desarrollarse, pero no todos van a ser así, ni sería bueno siquiera que todos fueran así. Y sería tan castrante como antes, que la enseñanza intentara que todos los niños se convirtieran en bricoleurs, en hackers.

La posición que defendía Pere era algo así como:

que dejen las herramientas a los niños, pero que no se imponga su uso en clase durante la enseñanza, que cada niño tenga a su alcance conexión, ordenadores, redes… pero que no se le imponga un uso, una manera y unos objetivos mediante las horas lectivas

¿Qué aparece en el fondo de este debate, creo yo? Pues una cierta intuición, que creo nadie se atreve a decir del todo, de que el sistema de enseñanza es un mecanismo pensado para la homogeneización social (nacional en realidad), una especie de mecanismo centralizador a lo 2.0 que inevitablemente genera escasez… escasez de tipos humanos. El sistema de enseñanza, mediante sus técnicas, sus estructuras, sus modos de calificación, inevitablemente y como conjunto transmite y forma un molde, un tipo de comportamiento y actitud, como estándar deseable.

No muchos. Pensar que la escuela, el instituto e incluso la universidad, más allá de lo que Daniel Bellón llamaba “la hiperminoría de profesores inquietos y los alumnos que tienen la lotería de que les toque uno/una de estos“, pueden ayudar a conformar diversidad, a que cada uno se desarrolle en sus cualidades y no a imponer el molde de las socialmente dominantes a través del sistema escolar, sería no tener en cuenta su naturaleza centralizada, su realidad de máquina homogeneizadora.

Si me permiten ir un pasito más allá, el sistema de enseñanza es la gran máquina de fabricar ciudadanos nacionales. Enseña ciudadanía (cada vez menos en todo el Mundo). Pero sobre todo enseña el modo nacional, el molde del ser nacionalista ligado al estado, por eso y en esos términos genera tanto debate político. La ciudadanía y el pensamiento crítico no darían para tanta batalla.

Aprendiendo de la desescolarización

Por eso, lo que latía bajo la posición de Pere y mía era la idea de que no podemos dejarle al estado que diga a los niños cuales son los usos de las máquinas y las redes. Si así es, adios bricolage. Adiós lo que de liberador tiene aprender en un mar de redes y referencias. Deje el estado a disposición de los niños y las niñas la conectividad y las herramientas, los manuales (que la mayoría no usuaran) y unas cuantas clases de uso instrumental básico. Pero que los niños exploren por si mismos.

Cuando hace unos años debatíamos sobre la el movimiento por la desescolarización este era el implícito de fondo: lo importante no es si el estado incorpora o no las tecnologías de red, lo importante es quien es el protagonista: el profesor, que representa al estado, o el niño. Por éso, lo que nos preocupaba de este movimiento no era la red -que en manos de los niños podía ser liberadora- sino la precariedad del elemento social, del espacio presencial con otros niños y otras referencias.

Tenía razón Pablo en parte: miramos la escuela desde el punto de vista de los niños hackers que fuimos. Niños que no cabían en el molde y aprendieron el costo de hackear, de hacer bricolage de conocimientos en un mundo reglado. De ser diferentes. Y que precisamente por eso, entendían mejor que nadie hasta que punto ese profesor hacker, comprometido, que de verdad nos incentivó, era un anómalo, un hacker puesto en otro lugar, no un producto del sistema, sino a los ojos de este y como decía Pere, un error que andaba en ayudarnos a desarrollarnos y no en imponernos el molde nacional de lo aceptable.

«Escuela nacional, tecnología y bricoleurs» recibió 0 desde que se publicó el lunes 9 de julio de 2007 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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