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¿«Espiritualidad»? ¿Tenemos de eso?

Esta semana hemos tenido no pocas referencias a una supuesta «espiritualidad p2p» o incluso «espiritualidad indiana». Pero, ¿de verdad tenemos de éso? ¿Es inevitable o necesario para construir una comunidad real?

El otro día, estábamos con Juan Urrutia en una reunión con Michel Bauwens conociendo su macromodelo «Everything is open». Su esquema comienza con los ingredientes de cualquier producción p2p, sigue luego con las instituciones que la hacen posible (como las licencias libres), llega a las infraestructuras, las prácticas, los productos, los movimientos y finalmente… la «espiritualidad».

Hasta ahí, todo bien. Pero cuando Michel utilizó la palabra «espiritualidad» inmediatamente pensé: «nosotros de éso, no tenemos». Y sin embargo, justo en ese momento intervino Juan para decir que «en un sentido muy particular» le llamaba la atención precisamente nuestra «espiritualidad». Así que debe ser que la tenemos. Y nosotros sin verla.

Es verdad que los indianos tenemos un contrato social, un compromiso armado sobre valores, relatado con mitos y expresado estéticamente en la cotidianidad con símbolos. Y es verdad que a eso los romanos le llamaban religio, pero está a años luz de cualquier creencia, homologada o no, en cualquier forma de transcendencia o divinidad.

Sufrimos espontánea urticaria incluso cuando escuchamos ese canto a la «unidad» de todo lo existente que está presente en las religiones tradicionales, el orientalismo, el odioso New Age y hasta el racionalismo que anima a la mayoría de los ateos. Nosotros amamos la diversidad y aunque la Física llegara a dotarse de una Teoría del Campo Unificado, no aceptaríamos que se usara como metáfora social: puedes reducir las fuerzas del Universo a una, pero no podemos aceptar la existencia de una única verdad social. Ya pueden venirnos con melosas citas de Carl Sagan y el rollo de que todo de cuanto estamos hechos viene del material escupido por una misma estrella. Da igual. No hay metáfora ni poema que valga: nosotros construimos nuestro modo de vida para nosotros y sabemos que nos gusta, es distinto del de la mayoría y no pensamos renunciar a él. De alguna manera es una expresión más de la irreductibilidad de las preferencias humanas a una única norma. Ceder ahí nos llevaría a disolver nuestro demos y aceptar que en nombre de alguna comunidad imaginada otros decidieran cómo hemos de vivir y trabajar.

En fin, todo muy práctico y modesto. Así que… ¿de dónde venía eso de la «espiritualidad» que Juan nos atribuía?

Estos días estoy leyendo Ancestral Voices de Conor Cruise O’Brien. El libro que calcaba -sí, realmente calcaba– Juaristi en su «Bucle melancólico». Con la diferencia, claro, de que O’Brien lo escribe «desde dentro», con una delicadeza que permite perdonarle más de un traspiés, y Juaristi desde una posición externa y de confrontación entre dos nacionalismos, que le lleva a crueldades innecesarias, inexactitudes (para que la historicidad no le estropee algún chiste), malevolencias gratuitas, simplismos lamentables y alguna que otra chusquez. Pero en fin, eso no viene al caso ahora.

Lo interesante es que O’Brien, estudiando las relaciones entre catolicismo e identidad nacionalista va más allá del habitual reclamo del nacionalismo como secularización de los moldes y mitos religiosos. Nos relata la «Cathleen ni Houlihan» de Yeats con verdadero mimo precisamente para que entendamos que hay algo más que una transmisión de sacralidad del compromiso cristiano al compromiso patriótico. El público nacionalista, en distintas medidas, entiende el llamado al sacrificio del héroe y la recompensa por su muerte («siempre serán recordados, siempre se hablará de ellos») como un llamado personal que va más allá de la metáfora. Escuchan «voces ancestrales» nos asegura, es decir, tienen la tentación de abandonar cualquier racionalidad propia a favor de autorepresentarse en un relato que sienten aporta trascendencia en si mismo y cuya asunción le deben a «los que murieron antes». O’Brien remarca que es este mecanismo el que alimenta la culpa que siempre hace más fuerte al nacionalista xenófobo, casi suicida o intolerante, frente al nacionalista ilustrado y racionalista como él mismo, condenados a dejar pasar -en un ambiguo sentimiento de culpa- los excesos homogeneizadores de los primeros.

Estos «fantasmas», esta peculiar relación con el relato histórico a través de la memoria borrosa de unos muertos a los que deberíamos algo y que se dirigen imaginaria y directamente a cada uno de nosotros, constituirían una verdadera «espiritualidad» nacionalista.

El mecanismo era similar -eso lo recuerdo perfectamente de mi adolescencia- en el mundo de la «alteridad» comunista o libertaria. Cuentos, relatos de sacrificio y derrota, el «hilo rojo» de la Historia… Sí, la revolución también tenía sus «voces ancestrales», sus muertos parlantes. Viendo el documental sobre «Action Directe» se escuchan con claridad: desde los padres y abuelos cenetistas, resistentes y finalmente maquis al discurso final del líder del grupo que reprocha a su generación la existencia del capitalismo y el estado como una derrota y una tración personal.

¿Y nosotros? ¿Tenemos algo de esto? ¿Escuchamos «voces ancestrales»? Sinceramente creo que no. Y esta es la gran virtud empoderante de la comunidad real. Cuando tus compromisos son con pares que tienen cara, nombre y apellidos, no hay voz del pasado a la que rendir cuentas. Hay una serie de personas, bien tangibles, en misma mesa, con las que disfrutar el trabajo cotidiano y junto con las que preocuparte del curso de las cosas. De lo que con certeza no te preocuparás es de un supuesto destino común. Lo que importa es un presente en buena medida compartido y definido por haces de relaciones uno a uno.

¿Sería eso una «espiritualidad» P2P? Es P2P, claro, ya que está basado en madejas de relaciones interpersonales directas. Pero me sigue resultando invisible la «espiritualidad» del invento. Los enlaces que Bauwens muestra en el blog de su fundación sobre espiritualidad P2P (guruphiliac, Mushin, y la «espiritualidad relacional» de John Heron) me producen inevitable grimilla y si siento algún llamado es el de releer una vez más «El mandril de Madam Blavatsky»…

Y entonces… ¿por qué hacemos todo? ¿No nos mueve idea de transcendencia alguna? Realmente creo que no nos hace falta ni la añoramos en ninguna medida. Transcender es dar sentido a través de un «después» («después de la revolución», «después de la independencia», «después de la muerte») a los sacrificios que hoy se hacen en nombre de una comunidad imaginada (clase, cristiandad, nación o umma). Pero «Los futuros que vienen» no tienen ni precisan otro motor que la experiencia de la libertad y la busqueda personal de la felicidad. Sin fantasmas, pero eso sí, con ladrillos bien sólidos, bien materiales, de conocimiento, trabajo y compromiso. ¿Hace falta más?

«¿«Espiritualidad»? ¿Tenemos de eso?» recibió 0 desde que se publicó el martes 9 de noviembre de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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