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Estructuras, comunidad y democracia económica: cosas a aprender del siglo pasado

¿Por qué a veces la democracia económica funciona y a veces no? ¿Por qué una veces genera una amplia interacción y otras se queda en adhesión más o menos pasiva?

sonrieHace tiempo que venimos trabajando la relación entre comunidad y democracia económica. Durante los últimos años con un cierto foco además en su utilidad para salir de la crisis y la importancia del papel del conocimiento en el modelo mismo de empresa y de relaciones dentro de ella.

Y sin embargo, algo importante se nos escapaba una y otra vez: las mismas estructuras, los mismos modelos de cooperativas por ejemplo, generaban prácticas sociales bien distintas. A veces incluso, la misma cooperativa pasaba de un modo de vida a otro sin que cambiara su estructura formal. Dónde en un momento o en un lugar, había una rica interacción, en otro momento de su vida solo encontrábamos pasividad cuando no simple adhesión a un gerente providencial o la última certificación de moda. Pero ¿es pura casuística? ¿Función de variables particulares, de complejas -y por tanto impredecibles- relaciones entre personas?

Aprendiendo de la Historia

Hay a veces una página brillante en un libro que te ilumina un tema y cambia para siempre la percepción que tenías de él. Descubrí uno de ellos hace muchos años en «El profeta armado». En a penas tres párrafos, Deutscher resumía muy bien el drama de la revolución rusa: el famoso lema «todo el poder para las asambleas abiertas» (los famososos «soviets») tenía todo el sentido en mitad de los movimientos masivos contra la guerra y por la reforma agraria de 1917.

El problema es que después había venido una gran guerra civil por un territorio inmenso. Los obreros de la revolución se convirtieron -literalmente- en soldados del ejército rojo. Los que quedaron en las asambleas -los menos políticamente comprometidos- dejaron las cosas en manos del partido que identificaban con la revolución y en muchos casos, ante el colapso de la producción acabaron volviendo al campo, de donde provenían, azuzados por el hambre. Por eso, cuenta Deutscher:

los soviets de 1921-22, a diferencia de los de 1917, no eran y no podrían haber sido representativos, representaban a una clase trabajadora virtualmente inexistente. Eran criaturas del partido bolchevique; y por eso cuando el partido de Lenin reclamaba derivar sus prerrogativas de los soviets, en realidad, las derivaba de si mismo

Pero los soviets, las asambleas abiertas, los comités de fábrica… todas aquellas instituciones que hoy llamaríamos de «democracia directa» que habían nacido de las protestas, que para millones de personas desde Bakú a Petrogrado habían sido por si mismas «la revolución» ¿no eran a fin de cuentas la misma cosa en 1917 que en 1921 aunque las personas concretas fueran otras? ¿Por qué iban a ser «criaturas» bolcheviques?

Por un motivo muy simple: sin los bolcheviques, al reabrir las fábricas, no hubieran resurgido. Las asambleas masivas y los comités de fábrica eran la expresión de un movimiento y de una experiencia que se basaban y expresaban una fraternidad propia de comunidad real. Por eso cuando leemos hoy a John Reed sobre 1917 nos sigue fascinando el relato; Reed transparenta en sus crónicas de las asambleas y comités un hablar franco generalizado que de ningún modo podía estar presente en los soviets reinstituidos unos años después por los bolcheviques con trabajadores recién llegados a la ciudad sin la experiencia de los movimientos masivos de 1905 y 1917.

Entendiendo el porqué de Stalin

En primer lugar tenemos las asambleas. Imaginemos que se formaran con absoluta ausencia de coherción. Que simplemente plantearan tareas comunes, de «sentido común», a ese conjunto de personas que trabajaban en el mismo lugar pero ya no eran una comunidad. Los más animosos, seguramente los militantes y simpatizantes del partido, fácilmente configurarían una oligarquía participativa y poblarían los comités. Un comité de personas que no nace de una comunidad, que no comparte la identidad, la fraternidad que acompaña al hablar franco, puede ser un excelente gestor de un conjunto de normas y procedimientos establecidos. ¿Pero quién se va a atrever a plantear algo distinto, algo nuevo? Una democracia económica así, sea un soviet, una cooperativa o un comité, es un excelente sistema de control, donde todos, o al menos bastantes, pueden controlar todo el proceso.

Pero podemos imaginarles, ante el reto de hacer algo rompedor, de enfrentar una situación nueva. ¿Hacia dónde iban a mirar? Hacia el lugar de donde vienen las reglas, hacia «arriba», buscando refugio en una estructura que no teme tener siempre opinión, deseando encontrar cohesión, tal vez, en el culto de un líder providencial o de un «padrecito».

El asamblearismo del diseño democrático al construirse sobre la nada se torna así «liderazgo del partido» y dentro de éste centralidad del líder, cultura de la adhesión que diríamos hoy, con su inevitable ritualización y vaciamiento de los discursos y las prácticas. Cuando nadie se atreve a tomar decisiones surgen mil comités que pasan pelotas hacia arriba… y arriba lo agradecen, la recentralización se presenta como una demanda «desde abajo».

La toma del poder total por Stalin en 1928 puede entenderse como el resultado a medio plazo de esa democracia económica reinstituida sin base comunitaria en el vacío de 1922. Las interacciones ritualizadas y vacías, la ingenierización como sustitutivo de la deliberación social estaban en la definición del sistema ya entonces. El atraso económico y tecnológico al que llevaría la «solución» estaba, por tanto, en el ADN del sistema.

Conclusiones generales

La democracia económica que no nace de una comunidad real viva, en interacción, que se instaura como un modelo de ingeniería social sobre un espacio donde no hay verdadera conversación, donde el hablar franco no define lo que se espera de cada uno, puede ser un excelente modo de gestión de un procedure o conjunto de procedures establecidos. A fin de cuentas es un panóptico (por eso cada resurgir del stalinismo hacía hincapié en la «glasnost», la transparencia). Genial para controlar gastos. Pero no sirve para cambiar haceres, para innovar, en una palabra, para tener una relación activa con el conocimiento. Es más, cuando se enfrente a situaciones donde eso sea insoslayable, mirará hacia un cuerpo externo -la «vanguardia», los «intelectuales», los «líderes sociales», los consultores o la forma que tome en cada momento- alimentando procesos de crecimiento continuo de escala –aunque sean antieconómicos– y sobre todo centralización y dependencia «espontáneos».

«Estructuras, comunidad y democracia económica: cosas a aprender del siglo pasado» recibió 5 desde que se publicó el miércoles 10 de julio de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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