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Ética y política de la abundancia

Si bien no existe una «política de la abundancia», una teoría del estado, si que existe la posibilidad de vivir de acuerdo a una ética de la abundancia. Una ética que aporte a la emancipación de la escasez y la incertidumbre.

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Hasta hace no tanto, las palabras «progreso» y «progresista» reflejaban una relación del hacer concreto con la abundancia. Se consideraba «progreso» aquello que aportaba en el camino hacia una sociedad de la abundancia y «progresista» a aquel que impulsaba ese desarrollo. Si el «progreso» se asociaba a un conjunto de políticas, el «progresismo» era una ética, una forma de ser que presagiaba una cultura y una experiencia humana nuevas. Progreso era que se abrieran fábricas o que un país dejara el régimen feudal y se modernizara. Progresista era defender el sufragio universal, la igualdad de la mujer o la escolarización universal. Toda la izquierda y una parte de la derecha -los liberales, los industrialistas-, se consideraban progresistas. Lo contrario de progresista era «reaccionario», la palabra que definía a aquellos que añoraban el mundo anterior a la revolución francesa: carlistas, clericales. Pronto, en la práctica, un insulto.

picasso, aragon, etc con stalinPero si en el siglo XIX estaba bastante claro qué significaba el «progreso», por desgracia, los que hicieron más uso del término en el siglo XX juzgaban desde una estrategia concreta… y errada. Para ellos había un atajo hacia la abundancia: el capitalismo de estado. En la práctica, desde los años treinta a los ochenta, por influencia de los partidos comunistas, se considera «progresista» todo lo que de más poderes al estado o coloque bajo su control y tutela más y más partes de la vida social. Se equipara progresista a estatista y se legitiman el nacionalismo y las «luchas de liberación nacional» con independencia de que sirvan o no al desarrollo. Solo en los setenta, cuando la izquierda empieza a incorporar reivindicaciones feministas, «progresista» empieza a ganar también un matiz favorable a las libertades personales y la soberanía sobre el propio cuerpo, que se hará extensivo en los años ochenta a un primer ecologismo. Con el derrumbe de los estados totalitarios de la órbita soviética, y con ellos de los partidos comunistas que les eran afines, «progreso» y «progresista» se difuminaron definitivamente. Pasó a describir más un «quién», un grupo social definido estéticamente, que un «qué». La destrucción de significados llegó, con el nuevo siglo, hasta el punto de incluir en el término a los partidarios del decrecimiento, el opuesto radical de la abundancia.

Cómo al progresismo se le escapó el progreso

victor_manuelUn ejemplo sangrante de cómo el «progresismo» se aleja del progreso en el cambio de siglo es el debate sobre la propiedad intelectual. Desde los años treinta, una parte esencial del posicionamiento de los partidos comunistas prosoviéticos en Europa Occidental pasó por representarse como un «frente de las fuerzas del trabajo y la cultura». En la práctica, la inclusión de intelectuales significó defender todo tipo de rentas estatales para la creación artística: cultura subvencionada pero también un sistema de derechos de autor reforzado. El argumento para esto último era puramente convencional: la creación estatal de monopolios para la creación y la invención, favorecería la innovación y por tanto el «progreso», pues el desarrollo de la productividad consiguiente nos acercaría paso a paso a la abundancia. Pero la eclosión de las redes distribuidas mostrará lo contrario. Algo que será evidente incluso para la academia, cuando a partir de 2000 los modelos teóricos de Boldrin y Levine primero y el análisis empírico de Heidi Williams sobre los efectos de las patentes después, dejen claro que en el mundo en que vivimos la propiedad intelectual solo sirve para generar escasez artificialmente.

edificio solarDe forma general, todo lo que suponga centralización o monopolio significa rentas. Y a estas alturas sabemos que la abundancia se alimenta de las redes distribuidas y la disipación de rentas. Las famosas «políticas progresistas», hoy, serían prácticamente las opuestas a las tradicionales de los «progresistas» de izquierda y derecha: en vez de alimentar rentas, reforzar monopolios y fomentar mayores escalas empresariales e identidades nacionales reforzadas, es decir, en vez de generar artificialmente escasez, se trataría de eliminar obstáculos a la abundancia. Progresismo hoy sería tomarse en serio el devolucionismo, apostar por un sistema eléctrico distribuido, enfrentarse con las rentas estatales y las regulaciones hechas a medida de las grandes empresas… y por supuesto, perseguir la libertad de movimiento para todos en todo el mundo.

Porque la verdad es que, como antaño, existen «medidas progresistas» posibles, pero no existe una «política de la abundancia», una forma determinada de entender el estado y la relación de la sociedad con él que permita convertir a este, gracias a una ideología bien delimitada, en un instrumento del desarrollo. En realidad solo existen medidas concretas, derivadas con relativa facilidad del análisis económico, que tratarían de evitar que su poder regulador se convirtiera en un freno a la transformación social.

La abundancia como ética del conocimiento y la emancipación

Propaganda-style posterPor eso, más que desarrollar una teoría política, aceptar la lógica y el objetivo de la abundancia nos pide profundizar en sus consecuencias desde el punto de vista ético.

El punto de partida debería ser la constatación de que si la abundancia puede aparecer como un objetivo alcanzable en la Historia es por el desarrollo y la extensión del conocimiento. Toda ética de la abundancia, y por extensión toda ética emancipadora, debe girar en consecuencia, en torno suyo.

Una ética así no puede ser predadora ni individualista, porque no es de la Naturaleza ni de los demás de lo que pretendemos liberarnos, ya que somos parte de un metabolismo común, sino de la escasez. Es la escasez la que introduce la incertidumbre en nuestra vida y nos obliga a conocer y conocer, como decía Dewey, de forma «eficaz». Por eso el conocimiento es tanto el resultado como la herramienta principal de la experiencia humana y por eso una ética del conocimiento es también una ética vitalista, un modo de ser que expresa el deseo y el disfrute de vivir.

KibutzPero el conocimiento -y en especial el de lo social- es un hecho comunitario, un destilado que existe en el marco de una experiencia y unos contextos que no son en sí universales. Una ética de la abundancia es una ética comunitaria, orientada a dar forma a la comunidad real y entenderla no como una constricción del individuo sino como la condición esencial de su propio desarrollo. Porque como decían los ciberpunk, «la vida es un pack», una única cosa, una actividad necesariamente transformadora.

Y eso significa dos cosas: la más evidente es que no existe un «tiempo vital» distinto y opuesto a un «tiempo de trabajo». El trabajo, la actividad transformadora, es conocimiento en acción y acción de crear conocimiento, teoría y práctica consciente de sí misma. Una ética de la abundancia es una ética del trabajo motivado por el conocimiento. La percepción del trabajo como un sometimiento, como una esclavitud es el resultado de una alienación, de una separación de nosotros mismos en partes arbitrarias, que no hay que tolerar sino vencer dotando de significado al hacer y cambiando las condiciones en las que vivimos.

En segundo lugar implica que, como tanto trabajo como conocimiento son hechos comunitarios, la libertad esencial del individuo no es una imposible «individualidad» afirmada a costa o al margen de los demás, sino la libertad de abandonar cualquier comunidad que no le satisfaga, crear nuevas o participar de tantas como deseen aceptarle; y también, la libertad para acceder y utilizar el conocimiento sin trabas ni peajes. Más allá de cualquier argumentario político o económico, las restricciones en el acceso y el uso del conocimiento son detestables porque niegan el corazón mismo de la libertad individual. Dicho con aun más claridad: la propiedad intelectual es inmoral en sí.

villa locomunaY si de lo anterior se deriva no solo la legitimidad ética sino lo deseable de la máxima diversidad comunitaria -siempre que las comunidades no sean coactivas y permitan con las máximas facilidades su abandono- también da lugar a entender por qué una ética de la abundancia no mira al estado como el sujeto principal de lo colectivo. Si el conocimiento es un hecho comunitario, y lo es, no tiene sentido pedir a ningún ente externo que haga las cosas que queremos o nos provea de aquello que necesitamos, porque nos estaríamos privando de la experiencia de hacerlas, lo que desde el punto de vista del conocimiento es tan importante muchas veces como la cosa en sí. Libertad es la posibilidad de hacerlas por nosotros mismos y si tiene sentido reclamar algo es que sean retiradas las trabas de cualquier tipo que nos impiden construir comunitariamente las herramientas del cambio.

Y es que el trabajo, que es como llamamos al conocimiento eficaz en acción, es la única posibilidad trascendente de la especie y del individuo. En la especie es el hilo que une Historia y Naturaleza haciendo posible un horizonte de abundancia. Como individuos, la única manera que tenemos de trascender nuestra principal limitación, la muerte, es desarrollar aquello que nos une a la Naturaleza a través del resto de la especie: el conocimiento. El conocimiento generado o transmitido es por eso el verdadero «alma de la especie» y el único legado que como individuos podemos dejar.

ComplicidadPor eso la centralidad de la posesión, del «tener» individual y exclusivo de las cosas, no puede ser vista y sentida más que como otra forma de enajenación, de separación de lo verdaderamente importante en la vida.

El consumo en una ética así, no es en sí «malo», ni «inmoral» ni «injusto», simplemente puede ser necesario, si es significativo, si aporta un disfrute genuino a cada cual, o innecesario, incomprensible, enajenado, si no se realiza por disfrute sino como parte de una carrera social o de un conjunto de señalizaciones del éxito o la pertenencia. Eso sí, en la misma lógica, sí que resultaría inmoral acotar el consumo de los demás pasando por encima de sus gustos y preferencias en nombre de unos valores determinados. En el comportamiento consumista una ética de la abundancia intuye una sustitución errónea, una respuesta equivocada a la pérdida de sentido en el trabajo o el desarrollo comunitario de alguien. Pero no ve algo moralmente malo en sí y más bien respondería con el clásico minimalista «¿para qué quieres tener más necesidades?». Una vida orientada a la construcción de la abundancia, una vida interesante, no puede estar basada en la privación ni desear la privación a los demás. Eso es una vida en pobreza y una vida en pobreza acaba siendo una pobre vida.

Y del mismo modo, un buen entorno, no es una vida opulenta, sino la «buena vida» comunitaria que como dice Juan Urrutia, «tiene más que ver con la autorealización de los miembros que la componen que con su riqueza material».

Conclusiones

Una ética así no es una quimera ni un lujo reservado a unos pocos. Si bien no existe una «política de la abundancia», una teoría del estado, si que existe la posibilidad de vivir de acuerdo a una ética de la abundancia. La ética de la abundancia es una ética de la emancipación, pues persigue servirnos para emanciparnos de la escasez y la incertidumbre. Es por ello una ética del conocimiento que pone el valor en lo comunitario, una ética que reduce la trascendencia al aporte y que se expresa en una «buena vida» que desvanece la diferencia entre tiempo de disfrute y tiempo de trabajo en un tiempo total significativo, creativo y placentero.

«Ética y política de la abundancia» recibió 29 desde que se publicó el Martes 9 de Junio de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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