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¿Existe Occidente?

Al anglomundo le gusta mucho el concepto de Occidente. Durante la guerra fría etiquetar el enfrentamiento entre los dos bloques como parte de una secular batalla entre Oriente-Occidente resultaba semióticamente de lo más útil. El atávico miedo a los Hunos, el terror hacia la cultura asiática, la fobia antisemita e islamófoba, alimentaban lo que pasaba por ser un concepto legítimo.

Los orígenes del concepto político pueden trazarse hasta la Inglaterra victoriana. Para la diplomacia británica Grecia era el cercano oriente (y por eso Siria y Líbano siguen siendo llamadas en algunos periódicos Oriente medio). Y sin embargo la educación de las élites británicas trazaba un continuo paralelismo, una identificación más que metafórica, entre la Grecia clásica y el imperio romano y el de la reina Victoria. Para ellos había un mundo que unía una cierta tradición y continuidad (que no eran en realidad sino las de su curriculum) entre el mundo clásico mediterráneo y el anglomundo que entonces emergía.

Fue una operación de bisturí: por un lado el Mediterráneo, tradicional escenario del conflicto y el diálogo cultural, se amputaba de un Oriente mítico que acabaría siendo objeto de colonización, por otro se separaban sus dos orillas. El pequeño tullido restante (básicamente un remozo de la Cristiandad europea) se separaba de la cristiana Rusia al tiempo que se le cosían las colonias y excolonias británicas. El sujeto restante aparecía como un destino… y efectivamente lo fue para la política británica durante casi dos siglos.

Pero la cuestión de fondo seguía ahí. Basta ona ojeada al pretendido canon occidental de Bloom para descubrir que en realidad, las líneas siempre cambiantes de confrontación y debate, de avance cultural e influencias literarias, obligan continuamente a estirar aquí, cortar allá y poner parches relevantes (el Corán, por ejemplo) para mantener la ilusión de un inexistente sujeto histórico en peremne conversación consigo mismo. Porque lo absurdo del concepto Occidente es, como se ve en el listado, que es imposible trazar fuera de él los debates que le llevaron a evolucionar. Occidente es, en el estandar anglo, un mundo cerrado y autoexplicado.

La verdad es que el canon Occidental es, y la sinceridad de la selección de Bloom es maravillosa, un itinerario construido desde el punto de llegada: los gustos y acerbo de la élite anglófona de finales del siglo XX. Todos los itinerarios de lecturas son así, desde luego. Pero hay una diferencia notable entre los que se presentan como tal y los que pretenden ser otra cosa. No existe la inocencia en la lectura del pasado.

El concepto de Occidente alcanza su cenit con Fukuyama y el fin de la Historia, en apariencia una tautología: si Occidente es o acaba siendo todo, la Historia entendida como un largo conflicto definitorio de ese todo se ha acabado en el momento en que el todo se reconoce como tal. En fin, Parménides.

Pero Occidente no era todo. Era sólo el todo anglocéntrico, la justificación hacia atrás de las glorias culturales y políticas de la Edad de Oro del anglomundo (desde la independencia norteamericana a Bush).

Occidente, eso que agoniza en estos días, pasará a la Historia como un imaginario instrumental más, como un grandioso eufemismo imperial. Ozymandias.

«¿Existe Occidente?» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 9 de Marzo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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