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¿Existe un peligro real de guerra?

¿Y si la guerra fuera la economía por otros medios?

Hemos discutido muchas veces en este blog el drama de la sobre-escala y su origen estructural. En la práctica estamos hablando de una masa de capital gigantesca que no tiene dónde reinvertirse de forma productiva.

Eso, que los marxistas llamarían sobre-acumulación, es lo que llevó a la destrucción de buena parte del tejido productivo a través de la financiarización: como era más rentable especular, las empresas se convirtieron en meras captadoras de fondos. Es difícil transmitir hasta qué punto era aberrante para el sistema que la figura del «director financiero» se hubiera extendido hasta las PYMEs. Pero es lo que pasó. Y la misma dinámica sigue en pié «después» de la crisis. Es la que produce esos movimientos histéricos de grandes volúmenes de capital hacia materias primas y alimentos, «hypes» y burbujas tecnológicas basadas en recentralizar la red (y por tanto justificar inversiones fabulosas en infraestructuras), etc.

Se ha formado globalmente una gran masa disfuncional de capital especulativo que fabrica inestabilidad

Ese «divorcio entre la economía real y el capital financiero» tantas veces señalado no se debe a otra cosa que a la ausencia de destinos rentables. Es también es estructural: los negocios productivos rentables son cada vez más de menor escala y sus necesidades de capital quedan cada vez más por debajo de lo que es rentable invertir para un macro-fondo dado el gasto de gestión. Además, tampoco hay espacio para tantos negocios rentables. La productividad, como se ve en el gráfico de arriba a la derecha, está estancada, no se recupera desde 2011. Tampoco lo hacen los beneficios -es decir, la rentabilidad del capital- completamente dependientes como se ve en el gráfico de la derecha de la política monetaria.

Los motores de la guerra

Seamos sinceros, la única forma de resolver el problema de fondo sin poner en cuestión las bases mismas del capitalismo es destruir capital excedentario -y productivo- de forma masiva para reiniciar el sistema. La última vez que eso ocurrió, vinieron después «los veinte gloriosos»: la «posguerra feliz» de la guerra fría y la «Pax Americana». Un crecimiento sostenido de la productividad con una economía de clases medias bien pastoreada por el keynesianismo práctico. Hasta que las principales potencias alcanzaron los niveles relativos que hubieran tenido de no haber habido guerra y los mercados quedaron saturados de nuevo. Aceptémoslo: la «reconstrucción» es el único proyecto de futuro, el único impulso de un ciclo largo, que el sistema puede ofrecer en esta etapa histórica. Pero como toda reconstrucción implica una destrucción previa. Ese es el motor que nos impulsa hacia la guerra.

La guerra destruye infraestructuras dando salidas al capital excedentario y «ganando» nuevos mercados

Las condiciones de posibilidad la guerra

Pero en el episodio anterior, a punto estuvo de salir el tiro por la culata al proceso entero. En el primer intento la guerra fue interrumpida por la revolución y costó veinte años, una crisis arrasadora y una notable dosis de creatividad política suscitar el consenso nacional dentro de las grandes potencias necesario para poder retomarla hasta el final. El fascismo y el nazismo en un lado, el antifascismo en otro fueron los enganches que lo hicieron posible.

La lección no se ha olvidado y la misma doctrina militar se ha adaptado: el principal objetivo de la guerra es ser rápida y breve, sin daños en el territorio propio y con pocas bajas propias. Todo porque es más fácil mantener la cohesión interna durante un periodo breve, si la población se siente segura y si no vuelven demasiados cadáveres. Sin embargo la experiencia de Vietnam, Irak y Afganistán han sido un verdadero fiasco en cuanto a duración y forma de cierre. La segunda lección es que el verdadero negocio es la reconstrucción, pero esta solo funciona «de verdad» si no se destruye «demasiado capital humano», así que las guerras se han convertido en arrasadoras para las infraestructuras pero, desde Kuwait de forma «quirúrgica», es decir, reduciendo la masa de víctimas en relación con guerras anteriores. A fin de cuentas no hay reconstrucción sin mercados interiores.

Los problemas del belicismo

Así las cosas tres son los problemas fundamentales para el planteamiento de una guerra.

  1. Dado el volumen de capital excedentario no es tan fácil un fenómeno como el de la reconstrucción europea y japonesa que dio lugar a los «gloriosos». El fiasco de la reconstrucción iraquí habla de un problema de escala, pero también de solidez previa de las instituciones económicas, capital humano, etc. Dicho de otro modo: las guerras periféricas (ya) no valen para «reiniciar» la economía global.
  2. Los sistemas de alianzas. A pesar de las desigualdades militares y económicas, el equilibrio entre potencias sigue existiendo. Una guerra que «se fuera de las manos» podría todavía llevar a una destrucción total.
  3. La retaguardia social, el consenso nacional belicista. El problema último: ¿Hasta qué punto puede comenzarse una guerra sin temer que provoque un desarrollo impredecible de la conflictividad social interna?

Es decir, el ideal para una gran potencia sería una guerra breve y distante de su propio territorio pero que pudiera ser argumentada como la respuesta «justa» a una amenaza directa sobre su suelo; que no llamara automáticamente a la injerencia de las demás potencias equivalentes o lo hiciera en unos «términos aceptables»; y sobre todo, que arrasara un país tercero aliado y muy desarrollado que para ser reconstruido no le quedara otra que abrazarse al beneficiario último de su desgracia, que podría así darsalida a sus masas excedentarias de capital y aliviar las tensiones estructurales su economía.

Es normal que el Presidente de Corea del Sur esté tan preocupado y pretenda tener derecho de veto sobre las acciones de sus aliados contra Corea del Norte. En los planes de guerra que se conocen, fuera cual fuera el resultado de la guerra para el Norte, el Sur quedaría con una base productiva arrasada, lo que le dejaría en la posguerra a merced de la ayuda y las inversiones internacionales. Y no es el único que mira hoy con casi tanto recelo a sus enemigos como a sus «amigos».

Corea y otros países industrializados tienen razón preocupándose: a sus «aliados» les encantaría reconstruirlos

«¿Existe un peligro real de guerra?» recibió 3 desde que se publicó el martes 15 de agosto de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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