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¿Falta cooperación?

Es hora de mandar el trabajo asalariado, aunque sea poco a poco, al baul de los recuerdos de un tiempo infausto, convirtiendo de una vez nuestro presente organizacional en lo que un teórico del XIX llamaba «la verdadera prehistoria de la Humanidad».

inemMuchas veces nos quedamos asombrados cuando alguien nos dice que «hace falta más cooperación y menos competencia» y sobre todo cuando nos presentan el mercado como la antítesis de la cooperación. «¡¡Pero si es obviamente lo contrario!!», decimos. Basta ir a cualquier zona industrial para darse cuenta: la especialización productiva es extrema. El mundo del automóvil es, por ejemplo, increíble: cada parte -y hay cientos- tiene sus productores, sus tecnologías, sus rankings de calidad… formando una nube de ofertas en la que las grandes marcas ni siquiera integran directamente -sería costosísimo en gestión- sino a través de integradores de menor nivel. El coche, cualquier coche, símbolo del mundo descentralizado es un ejemplo radical de cooperación. Y si abren un monitor, un ordenador, un teléfono o un simple electrodoméstico y analizan los componentes que se colocan sobre la placa madre podrán ver otro ejemplo de menor escala pero no menos claro.

Es obvio que los integradores presionan a los fabricantes de partes y componentes a competir entre si, a producir a menor coste, a mejorar calidades. Pero la dominante es la cooperación, no la competencia, entre otras cosas porque el mercado de partes de automoción no es un mercado verdadero sino un oligopsodio (solo hay unos cuantos compradores al final de la cadena).

Y claro la cooperación entre oligopolistas tampoco es un ejemplo positivo en si mismo. ¿Para qué cooperan farmaceúticas, telecoms, fabricantes de coches, etc.? Para huir de la competencia y la disipación de rentas que genera, asegurar posiciones de sobre-escala…. y hacerse irresponsables. La cooperación entre macroempresas debería preocuparnos, no alegrarnos.

Pero en conjunto, para bien -esa maravilla de la complejidad industrial- y para mal -la captura de rentas de consumidor y estados- el capitalismo realmente existente está basado más en la cooperación que en la competencia.

¿A qué se refieren los críticos de la competencia?

¿Pero estamos hablando de lo mismo? Seguramente no. Y para entenderlo, el post de hoy de Julen nos puede ayudar mucho. Explicando las situaciones de juego de suma cero escribe:

Por su parte, la suma cero evidencia una gran parte de las situaciones de intercambio entre humanos. Contratos y promociones profesionales se rigen por este nivel. La competición exige que donde uno gana otro pierda: no hay sitio para todos en el podio. Eso sí, se requiere cierto grado de cooperación, al menos por parte de quienes están en cada lado (podemos verlo como un proceso entre grupos de individuos). Además es raro que el gana-pierde de unos y otros sea total porque entonces quienes pierden querrían dejar de participar en el juego, cosa que no suele interesar a quienes ganan. Sennett nos recuerda que en las aulas gran parte de los intercambios se rigen por este tipo de proceso.

Ni que decir, que en la mentalidad de artesanos-mercaderes como nosotros, todo intercambio que sea un juego de suma cero es un mal intercambio, algo que no debe hacerse porque o pierdes, o no sirve para nada (cuando ambas partes siguen igual) o peor aún, si ganas a costa del otro en el intercambio, minas la confianza del otro y siembras una próxima, inevitable y dolorosa traición. Así que, ¿de verdad se materializa en «gran parte de las situaciones de intercambio entre humanos»?

Si leemos el párrafo nos damos cuenta de que el ámbito del que habla Julen es el de un entorno institucional bien definido: el de las escalas laborales y las organizaciones clásicas de enseñanza. Estamos lejos de las escuela del comunal o la cooperación basada en la deliberación de la filé.

Y entonces la pregunta surge es ¿realmente tiene sentido plantear cambios de reglas en esos entornos? ¿Es posible hackearlos? Evidentemente si no pensáramos así, no venderíamos consultoría en el mercado, pero si creyéramos que con eso basta no estaríamos empeñados en construir alternativas por nosotros mismos e invitar a los demás a hacer lo propio. Y creo que Julen o Jorge participan sin duda de este «bietan jarrai».

¿Es la cooperación el valor que falta?

Si dentro de las viejas organizaciones la dicotomía cooperación-competencia puede presentarse como una descripción del problema, sobre todo para las relaciones asalariadas, en una imagen más amplia seguramente no sean más que una consecuencia de un fenómeno de fondo. Los valores tienen distinto acomodo según las estructuras sociales en las que intentamos desarrollarlos. Por ejemplo, si nos colocamos en el modo de producción P2P, la cuestión no es si uno produce para el comunal o para el mercado, porque producirá con y para ambos, generando competencia y cooperación al mismo tiempo, como en el «capitalismo que viene», o en todo modelo de alternativa basado en la disipación de rentas.

La cuestión es si pensamos que las relaciones asalariadas seguirán siendo la base de esa forma llamada empresa que organiza buena parte de la comperación entre personas para llegar al mercado. Porque la cooperación en ese molde genera toda esa gama que Sennet y Julen cuentan y por lo general, salvo una ardua y consciente batalla estilo ner, escoran hacia el lado malo y exigen mucho, mucho trabajo especializado para salvar las zancadillas del propio diseño estructural.

Así que tal vez en vez de centrarnos el un debate en términos morales -cooperación vs competencia- el punto de encuentro que nos oriente hacia un cambio con éxito esté en el debate de los valores culturales de fondo que nos permitan mandar el trabajo asalariado, aunque sea poco a poco, al baul de los recuerdos de un tiempo infausto, convirtiendo de una vez nuestro presente organizacional en lo que un teórico del XIX llamaba «la verdadera prehistoria de la Humanidad».

«¿Falta cooperación?» recibió 0 desde que se publicó el lunes 7 de enero de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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