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Fisiología y arqueología de la ceremoniosidad

El debate sobre la neurología de la ceremoniosidad y el rito, alumbra cuestiones importantes sobre los cambios culturales parejos a la emergencia de alternativas a la crisis de las escalas.

kbtz-joraHoy Javier nos propone un vídeo de Andrew Newberg sobre el «cerebro religioso», subtitulada «Is The Human Brain Hardwired for God?» -algo así como «¿Está la mente humana configurada en su hardware para la idea de Dios?». Lo que siempre me ha llamado la atención de estos enfoques es que en realidad describen el «cerebro ritual», no el «cerebro de la fe en seres sobrenaturales todopoderosos», pero mantienen una ambiguedad terrible en el titular y la entradilla, dando a entender que ese tipo de creencias (relativamente reciente, por cierto) estuviera basada en lo biológico-genético.

Ese desliz, que otorga a las creencias de las grandes religiones monoteistas contemporáneas una «naturalidad» inexistente, lleva a algo aun peor después. Algo, por cierto, terriblemente típico entre los que se definen como ateos: tirar el niño de la ritualidad y la ceremoniosidad con el agua sucia de los dioses de la superstitio. Es como si a partir de la existencia de neuroreceptores para los opiáceos unos deslizaran la conclusión de que estamos «programados en la ROM» («hardwired») para ser adictos a la heroína y otros evitaran las situaciones en las que el cerebro genera endorfinas (ya que el uso de endorfinas por el cerebro es el motivo por el que los opiáceos nos hacen efecto).

En realidad capacidad simbólica, emocionalidad, lenguaje, fantasía y rito son habilidades que aparecen en nuestra especie como parte de una potente caja de herramientas que nos posibilitó dar el salto de la manada a la tribu y en consecuencia de la evolución genética a la evolución cultural. Por eso estamos «preconfigurados para ser ceremoniosos y ritualistas». Y eso no tiene nada que ver con la creencia en un ser omnisciente y todopoderoso.

Breve arqueología de la ceremoniosidad

De hecho, más allá del paso de manada a tribu, los arqueólogos nos cuentan que la celebración ritualizada está en el origen mismo del nacimiento de la civilización. Se supone que fue el gozne que permitió que la celebración -una parte fundamental de la producción y distribución del bienestar- mantuviera una serie de lazos -cohesión social le llamaríamos hoy- que permitieron comenzar a cultivar la tierra y empezar una etapa completamente nueva en la historia de las comunidades humanas y su economía.

Ese mecanismo ceremonial es evidentemente aprovechado tanto por la religio -el cultivo de valores comunitarios alegorizados como dioses- como por la superstitio -la creencia en que esos dioses existen «realmente». Y desde la primera urbanización ha estado ligada también a lo político. De hecho puede tomar formas tan sofisticadas como las venecianas. No es baladí que los académicos señalen el mito veneciano y su extenso sistema de ceremonias y rituales civiles como uno de los principales, si no el más robusto de los pilares de la Serenidad republicana.

Y en la época contemporánea, fenómenos como el ascenso y la consolidación de los estados identitarios, el nacionalismo, serían inimaginables sin el desarrollo de un ceremonial propio. Desde los primeros intentos de George Washington (algunos de los cuales, aunque no todos, se consolidaron) y los jacobinos, hasta los «días de la bandera»… pasando por la aparición de bodas y entierros civiles.

Por no hablar de los ceremoniales comunitarios profesionales, que fueron ricos y vívidos en los gremios medievales y de hecho fundamentales para extender y establecer la idea de fraternidad en una Europa feudal de constantes metáforas patriarcales, pero que ahora parecen haberse reducido al «reloj de oro» y la «cena de Navidad».

El futuro de la ceremoniosidad

Es esta última idea nos da una pista que enlaza con un planteamiento seminal de Javier: el desarrollo de los trastornos de la personalidad está relacionado con la sobreescala en lo económico y la erosión de la comunidad real que va pareja en lo social. Un punto que enlaza la «cuestión de la ceremoniosidad» con la crisis de las escalas, el horizonte P2P y las nuevas relaciones que emergen en el mundo industrial.

De hecho, no es casualidad que ceremonias y celebraciones reaparezcan y se revivifiquen en estos años para enaltecer valores de convivencia y reafirmar la comunidad. No es casualidad que vaya surgiendo una nueva «religio familiar» entre halloweens y olentzeros o que el más ceremonial de los movimientos asociativos, los scouts, se reanimen en la cultura hacker.

Desde la mirada ceremonial, todos estos fenómenos pueden parecer un tanto desgarbados, un tanto «sobreactuados» a veces en su necesidad de diferenciarse de la solemnidad simbólica del estado y las iglesias. Pero nos apuntan a un lugar muy interesante: la puesta en valor de la comunidad real retoma lo simbólico, lo ceremonial, con fuerza. Al fin, es un tipo de respuesta que, efectivamente, tenemos «grabada» en nuestros cerebros. No se si un reflejo o una necesidad. Pero la tenemos. Y si la negamos, vendrán unos u otros a darle respuesta desde la superstitio. El futuro, como siempre, es cuestión de opciones.

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