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Franzen y la purificación

La «purificación» que cabe esperar del escándalo permanente -y del protestantismo cultural que nos viene con la anglificación- no es sino un nombre puritano para la descomposición.

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Leí «Pureza» de Franzen en estos días a invitación de Rafa Rubio.

Saltando el muro de la embajada de Alemania Occidental. Praga 1989El libro y su traducción tienen muchas críticas posibles. Para empezar el título: el tema no es la «pureza», sino la «purificación» y para colmo de males la protagonista se llama «Purity» que, puestos a traducir, encontraría su equivalente en «Purificación» más que en «Pureza», un nombre inexistente en español. En general está bien documentada, aunque hay algunos patinazos en los registros lingüísticos, tecnológicos y emocionales de las épocas y los lugares que retrata. Y muchos huecos en la evolución ideológica del personaje central que nacen, seguramente, del desconocimiento de la conversación hacker europea y alemana de la época. Y para rematar, a mi juicio, Franzen parece confundir el afán por construir personajes profundos con el gusto de los editores por los libros voluminosos. Para mi gusto, el resultado estilístico carece de fuerza y de brillo, es equivalente literario de ingerir tres litros de un largo y desabrido puré de nabos en el que el sofrito se pasó al fuego y el pimentón reaparece intermitentemente como un amargor desagradable que no consigue recordar ni hacer valer lo que fue un día. Pero creo que todo eso carece de importancia real, mis gustos no son ningún canon.

piensa en redRafa y yo nos conocimos en los noventa y fuimos socios en «Piensa en red», así que en cuanto los escenarios del libro (el Berlín de los últimos años de la RDA, la Bolivia de Evo Morales) empezaron a desplegarse entendí por qué Rafa se había acordado de mi. Otra cosa son los paisajes morales.

Si dejamos de lado la obsesiva relación con la sexualidad de los personajes, condenados por el autor a una mediocre sordidez a poco que los arma, el núcleo de la historia no es otro que «la verdad». La verdad entendida al modo de la Teología protestante, el de las series en las que cuando una esposa descubre que su marido a los once años le saltó un ojo a una lagartija sentencia «ya no te conozco»; la «verdad» al modo en el que -al menos hasta hace poco- haber tenido amantes alguna vez en su vida incapacitaba a un político para ejercer su cargo por proverbialmente bien que lo hubiera hecho. Esa «verdad» que nace del luteranismo y su visión del ser humano como «hez» «encerrada en su corrupción», inútil por sí y especialmente cuando actúa para sí, para los otros humanos. «Para que un Hombre pueda ser usado por Dios, primero ha de ser reducido a nada» dice el hereje de Worms y eso hace Franzen con sus personajes pero -y en eso lleva involuntaria pero coherentemente razón- ese es también el planteamiento moral sobre el que se pretenden sostener las cruzadas «por la verdad» del ecosistema de denunciantes y escándalos.

Protester wears a Guy Fawkes mask while marching with more than 100 demonstrators against police violence in BerkeleyLa cuestión que quiero dejar para el debate del próximo miércoles es si eso nos hace más libres. Todos tenemos tatuada la admonición de Juan («conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»). Pero en realidad el consenso sobre el mantra evangélico solo traslada el conflicto a la definición de verdad.

Un debate que creo que deberíamos centrar no solo en quién y cómo se crea ese consenso social llamado «verdad» –algo que ya tratamos de largo en 2010, el año de gloria de Assange. Creo que sobre todo deberíamos preguntarnos a qué mundo conduce esa definición de «verdad», a qué relato de la experiencia social, a qué acción colectiva, a qué modelo de ciudadanía. Porque a las finales seguramente Donoso Cortés llevaba bastante razón con aquello de que «bajo todo problema político hay un problema teológico» y bajo la concepción individualista extrema del protestantismo, esa «verdad» acaba reduciendo a la soledad y a la impotencia a la persona, haciéndola «nada» porque nada se es en soledad. La «purificación» que cabe esperar del escándalo permanente -y del protestantismo cultural que nos viene con la anglificación- no es sino un nombre puritano para la descomposición.

«Franzen y la purificación» recibió 4 desde que se publicó el domingo 20 de noviembre de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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