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Fraternitas mercatorum

La fraternidad está presente desde los clásicos griegos… Pero ¿cómo se convirtió en el anhelo de las masas urbanas hasta cerrar el tríptico de valores republicanos junto a la libertad y la igualdad?

Henri PirennePara recuperar la siguiente historia de esta serie viajaremos con Henri Pirenne al nacimiento de la clase mercantil y el ascenso de los artes entre los siglos X y XV. Pirenne fue uno de los grandes historiadores del medioevo y aunque su trabajo se centró en lo que luego se convertiría en Bélgica, la historia que nos interesa afecta a todo el Occidente europeo, porque:

Las «hermandades», las «caridades» y las «compañías» mercantiles de los países de lengua románica son exactamente análogas a las gildes y hanses de las regiones germánicas. Existe incluso una organización parecida en Dalmacia. Lo que ha dominado a la organización económica no son de ninguna manera los «genios nacionales», son las necesidades sociales. Las instituciones primitivas del comercio fueron tan cosmopolitas como las feudales.

Así que vayamos al siglo X. Los primeros mercaderes no tienen el glamour de sus descendientes renancentistas:

Las fuentes nos permiten hacernos una idea exacta de las agrupaciones comerciales que, a partir del siglo X, son cada vez más numerosas en la Europa occidental. Hay que imaginarlas como bandas armadas cuyos miembros, provistos de armas y espadas, rodean a los caballos y a las carretas cargadas de sacos, fardos y toneles.

caravanaVan armados porque su vida es nómada y arriesgada, sometida constantemente a los peligros del viaje en la época.

De la misma manera que la navegación de Venecia y de Amalfi y, más tarde, la de Pisa y Génova realiza desde un principio travesías de largo alcance, los mercaderes del continente se pasan la vida vagabundeando por vastas zonas. Era para ellos el único medio de conseguir beneficios considerables. Para obtener precios elevados era necesario ir a buscar lejos los productos que se encontraban allí en abundancia, a fin de poder revenderlos después con provecho en aquellos lugares en los que su escasez aumentaba el valor. Cuanto más alejado era el viaje del mercader tanto más provecho sacaba. Y se explica sin dificultad que el afán de lucro fuera tan poderoso como para contrarrestar las fatigas, los riesgos y los peligros de una vida errante y expuesta a todos los azares.

Es este riesgo continuo y dramático el que fortalece la cohesión social del grupo. Ninguno puede sobrevivir sin los demás. Ellos mismos se consideran una fratria, un grupo de «hermanos»:

A la cabeza de la caravana marcha «su» portaestandarte. Un jefe, el Hansgraf o Deán, asume el mando de la compañía, la cual se compone de «hermanos» unidos entre sí por un juramento de fidelidad. Un espíritu de estrecha solidaridad anima a todo el grupo. Las mercancías son, según parece, compradas y vendidas en común y los beneficios repartidos en proporción a la aportación hecha por cada uno a la asociación.

Este nuevo tipo de comunidad real escandaliza por su nomadismo tanto como por sus valores meritocráticos.

Salvo en invierno, el comerciante de la Edad Media está permanentemente en ruta. Los textos ingleses del siglo XII le llaman pintorescamente con el nombre de «pies polvorientos» (pedes pulverosi). Este ser errante, este vagabundo del comercio, debía sorprender, desde el principio, por lo insólito de su tipo de vida a la sociedad agrícola con cuyas costumbres chocaba y en donde no le estaba reservado ningún sitio. Suponía la movilidad en medio de unas gentes vinculadas a la tierra, descubría, ante un mundo fiel a la tradición y respetuoso de una jerarquía que determinaba el papel y el rango de cada clase, una mentalidad calculadora y racionalista para la que la fortuna, en vez de medirse por la Condición del hombre, sólo dependía de su inteligencia y de su energía. No podemos sorprendernos, pues, si produjo escándalo. La nobleza no tuvo más que desprecio para aquellos advenedizos, cuya procedencia era desconocida y cuya insolente fortuna resultaba insoportable. Se encolerizaba al verlos con mayores cantidades de dinero que ella misma; se sentía humillada por tener que recurrir, en momentos difíciles, a la ayuda de estos nuevos ricos.

Y tampoco lo hará la Iglesia:

En cuanto al clero, su actitud con respecto a los comerciantes fue aún más desfavorable. Para la Iglesia la vida comercial hacía peligrar la salvación del alma. El comerciante, dice un texto atribuido a San Jerónimo, difícilmente puede agradar a Dios.

La Libertad como identidad

mercaderes urbanosY es que el mercader es un liberto que rompe la escala social, un advenedizo hijo de siervos que «mejora sin mejorar su sangre»:

La condición jurídica de los comerciantes terminó por proporcionarles, en esta sociedad en la que por tantos motivos resultaban originales, un lugar completamente peculiar. A causa de la vida errante que llevaban, en todas partes eran extranjeros. Nadie conocía el origen de estos eternos viajeros. La mayoría procedían de padres no libres a los que habían abandonado desde muy jóvenes para lanzarse a la aventura. Pero la servidumbre no se prejuzga: hay que demostrarla. El derecho instituye que necesariamente es hombre libre aquel al que no se le puede asignar un amo.

Sucedió, pues, que hubo que considerar a los comerciantes, la mayoría de los cuales eran indudablemente hijos de siervos, como si hubiesen disfrutado siempre de libertad. De hecho, se liberaron al desarraigarse del suelo natal. En medio de una organización social en la que el pueblo estaba vinculado a la tierra y en la que cada miembro dependía de un señor, presentaban el insólito espectáculo de marchar por todas partes sin poder ser reclamados por nadie. No reivindican la libertad: les era otorgada desde el momento en que era imposible demostrarles que no disfrutaban de ella. La adquirieron, por decirlo de alguna manera, por uso y por prescripción. En resumen, al igual que la civilización agraria había hecho del campesino un hombre cuyo estado habitual era la servidumbre, el comercio hizo del mercader un hombre cuyo estado habitual era la libertad.

ciudad medievalPoco a poco, las ferias y los mercados se van haciendo estables, y con ellos, la presencia de mercaderes-artesanos:

Para estos recién llegados la asociación fue el sucedáneo o, si se prefiere, el sustitutivo de la organización familiar. Gracias a ella, surgió en la población urbana, junto a las instituciones patriarcales que habían prevalecido hasta entonces, una nueva forma, más artificial y al mismo tiempo más sencilla, de agrupación social.

Los artesanos/comerciantes no reconocían que los hijos de un matrimonio de siervo y libre estuvieran sometidos a la servidumbre. Es más, si un siervo llegaba a la ciudad y era aceptado como aprendiz, quedaba en la práctica liberado y protegido por la comunidad. Los señores podían, en ley, reclamar a los hijos de los matrimonios mixtos o a los siervos urbanizados, pero

Para el comerciante, la sólo idea de una injerencia tal debía parecerle algo monstruoso e intolerable.

Los artes y la igualdad

Aparecen los Artes. Su objetivo es consolidar a través de la igualdad económica lo que en origen había sido una estrecha cooperación entre distintas «bandas» de mercaderes/artesanos para sobrevivir. Dentro de cada Arte la competencia se reguló al punto de igualar en ingresos y modo de vida a todos los miembros.

Entre todos estos hombres de igual profesión, igual fortuna e iguales anhelos, se crearon estrechos lazos de camaradería o, para emplear la expresión que aparece en los documentos de la época, de fraternidad. Se organizó en cada oficio una asociación benéfica: cofradía, charité, etc. Los cofrades se ayudaban los unos a los otros, se encargaban del sustento de las viudas y de los huérfanos de sus camaradas, asistían de forma conjunta a los funerales por los miembros de su grupo, participaban, codo con codo, en las mismas ceremonias religiosas y en las mismas celebraciones. La unidad en los sentimientos correspondía con una igualdad económica. Constituía su garantía espiritual, a la vez que reflejaba la armonía existente entre la legislación industrial y las aspiraciones de aquellos a los que se aplicó.

Los Artes eran comunidades reales, conjuntos de artesanos/mercaderes que se conocían entre sí y reproducían y desarrollaban en su organización un conocimiento propio y especializado. Pero su peso en las ciudades es tal que su modo de vivir se convierte en el espíritu de la ciudad misma:

La organización del medio rural era patriarcal. La idea de poder paternal dejó paso al concepto de fraternidad. Los miembros de los gremios y de las carités ya se llamaban hermanos los unos a los otros y la palabra pasó de estas asociaciones al conjunto de la población: «Unus sbveniat alteri tamquam fratri suo», afirma la «keure de Aire», «que el uno ayude al otro como un hermano»

Llevando la fraternidad al gobierno de la ciudad

Y es entonces cuando la fraternidad que caracteriza a los Artes hacia dentro empieza a convertirse en un proyecto y un mito político que se une a la reivindicación de la libertad asociada al fin del «derecho de vientres» y a su práctica del igualitarismo interno. Su forma de materializarlo será hackear el orden feudal simplemente ocupando los servicios públicos, asumiéndolos por ellos mismos:

Ya no se conformaban con sus competencias corporativas. Se atrevieron a asumir funciones públicas y, ante la pasividad de las autoridades, usurparon su lugar. Cada año, en Saint-Omer, el gremio destinaba el excedente de sus rentas a la utilidad común, es decir, al mantenimiento de los caminos y a la construcción en la ciudad de puertas y murallas. Otros textos permiten suponer que algo similar ocurrió, desde época muy antigua, en Arras, en Lille y en Tournai. De hecho, la economía urbana, en estas dos ciudades durante el siglo XIII, estuvo bajo el control, en la primera, de la charité Saint-Christophe, y en la segunda, del conde de la Hansa.

Oficialmente, no tenía ningún derecho para actuar de la forma en que lo hizo; su intervención se explica únicamente por la cohesión a la que se llegó entre sus miembros y por el poder que tuvieron como grupo

Y es que para entonces el comites mercatorum de la época carolingia se ha convertido ya en Conde de la Hansa, un título que no provenía de la gracia real o señorial, sino de una tradición que se fundaba en la organización misma de las caravanas originales de mercaderes.

mercadoLas contradicciones entre el primer patriciado urbano y los artes no se harán esperar. Estos últimos acabarán luchando abiertamente por la representación y el poder de ordenar las ciudades. En Lieja lo conseguirán intermitentemente desde 1253 y definitivamente desde 1384, en Gante intermitentemente durante los siglos XIII y XIV hasta el XV.

Se inaugura entonces una forma de legitimación política novedosa: Los magistrados de los burgos ejercen su poder en nombre de la communitas (comunidad), o la universitas civium (conjunto de ciudadanos), y no en el del Príncipe civil o de la Iglesia, pero tampoco en el de la fraternidad o cofradía que une entre sí a los artesanos y que cimienta la obligación de pertenecer a un oficio para ejercer la ciudadanía completa (como en la Florencia gobernada por los artes). La comunidad, sin embargo, no estaba definida de un modo banal. Por el contrario, exigía una identidad y relaciones materiales fuertes de cada uno con el conjunto.

Tanto en las ciudades donde había jurados como en las que carecían de ellos, los ciudadanos constituían un cuerpo, una comunidad, cuyos miembros eran todos solidarios los unos respecto de los otros. Nadie era burgués si no prestaba el juramento municipal, que lo vinculaba estrechamente con el resto de burgueses. Su persona y sus bienes pertenecían a la ciudad, y tanto éstos como aquélla podían, en todo momento, requisarse si era preciso. No se podía concebir al burgués de forma aislada, como tampoco era posible, en épocas primitivas, concebir al hombre de manera individual. Se era persona, en tiempos de los bárbaros, gracias a la comunidad familiar a la que se pertenecía, se era burgués, en la Edad Media, gracias a la comunidad urbana de la que se formaba parte.

La fraternidad, que había nacido como la relación propia de la caravana de comerciantes, había crecido para definir el fundamento del cuerpo político. El resultado en Lieja, según Pirenne «el sistema más democrático que hayan conocido jamás los Paises Bajos», obligaba a que:

Todos los asuntos importantes debían someterse a la deliberación de los treinta y dos gremios, y resolverse en cada uno de ellos por receso o «sieultes» (proceso verbal a través del cual son depositadas las deliberaciones de las dietas).

La communitas urbana es en realidad una confederación de artes en la que, aunque el compromiso de cada cual se hiciera frente al conjunto de la ciudad, la deliberación y la decisión se mantenían en el espacio donde las relaciones no precisaban de mediación o representación.

Conclusiones

triada republicanaLa fraternidad como mito político nace de los socorros mutuos entre mercaderes y artesanos medievales. Significa llevar la lógica a la vez abierta y fuertemente cohesiva de los artes al gobierno de la ciudad burguesa. Por lo mismo se convertirá en el anhelo de las clases populares urbanas, pero cómo veremos, al diluirse el rígido entramado organizativo del Arte, la idea original de fraternidad se transforma y se confunde. Ya no podrá ser el producto de una serie de interacciones entre pares que solo se escala a partir de la confederación gremial.

En la siguiente entrega volveremos a los clásicos griegos para entender por qué la «fraternidad», aunque sigue siendo uno de los valores constitutivos del pensamiento político europeo, pasó a ser tan difícil de definir.

«Fraternitas mercatorum» recibió 16 desde que se publicó el sábado 31 de mayo de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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