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Icaria o los desastres del «bien común»

El asentamiento icariano en América fue seguramente la experiencia comunitaria más larga, profunda y exitosa del siglo XIX. Su práctica descubrió las instituciones básicas del comunitarismo igualitario y consiguió asentar economías prósperas y diversificadas de distinta escala en lugares que, en principio, eran los menos propicios para ello. Su principal legado es recordarnos que la base de toda comunidad real no es el «bien común», padre de todos los totalitarismos, sino el gusto por aprender juntos.

le populaire 1849cabetEn 1839 Etienne Cabet vuelve a Francia. No es ningún jovencito, tiene ya cincuenta y un años y una cierta cantidad de libros publicados. En su equipaje lleva el manuscrito de un nuevo ensayo: «Voyages et aventures du Lord Wiliam Carisdall en Icarie». Temeroso de la censura y la represión francesas, a las que conocía ya sobradamente, lo publicará en Inglaterra con ayuda de su amigo Robert Owen, inspirador de algunas de sus principales ideas.

El libro pronto tiene éxito en los ambientes republicanos de París. Cabet se lanza a hacer nuevas ediciones, hasta cuatro, y un periódicdo, «Le Populaire», que consolidará grupos afines en Toulusse y Lion con una, para la época masiva, tirada de 4.500 ejemplares. La idea de hacer realidad Icaria va tomando forma. Lanza un nuevo periódico «Le Village» buscando ganar campesinos para la aventura. Robert Owen le sugiere buscar tierras en Texas, un nuevo estado recién incorporado a EEUU, al margen del terremoto político que se intuye ya en Europa. El diez de octubre de 1848 saldrán los primeros pioneros rumbo a América. Cientos de personas más se preparan ya en el puerto de Le Havre.

La promesa icariana

viaje a IcariaEl «Viaje a Icaria», como se titularán ya las ediciones continentales, ha sabido tocar las aspiraciones igualitarias de la clase media artesana y dar una solución a sus miedos -la naciente industrialización- dando una respuesta radical -la comunidad de bienes- sin promover un movimiento revolucionario. Su influencia pronto se extenderá por Europa cautivando jóvenes demócratas de todo el continente como Narcís Monturiol o Ildefonso Cerdà que traducirán el libro al español y lo publicarán por entregas en «La Fraternidad», uno de los primeros periódicos icarianos fuera de Francia.

Cabet habla de «comunidad» pero se mantiene en el universalismo ilustrado. El suyo no es tanto un comunitarismo como un «socialismo constructivo»: las comunidades icarianas se presentan como un medio, no como un fin en si mismo. Su éxito material demostraría que la abolición de la propiedad y la aplicación generalizada de la democracia harían viable una sociedad en la que cada cual aportaría según sus capacidades y recibiría según sus necesidades, una sociedad de comunidades a la que asocia por primera vez con un término que tendrá fortuna: «comunismo».

El nomadismo de las escisiones

Icarianos saliendo de FranciaSesenta y nueve pioneros llegan a Denton, Texas, el 31 de mayo de 1848 para descubrir que las tierras compradas para la colonia no están junto al río Rojo como se les prometió sino a casi quinientos kilómetros del curso de agua. Lo que es peor, las tierras ni siquiera están contiguas, sino en forma de damero, separadas tanto por parcelas estatales como por otras reservadas para si por la propia empresa promotora, concesionaria del gobierno texano. El asentamiento comunal es simplemente impracticable con esa distribución de la tierra. Para colmo de males, la mayor parte del grupo ha contraído malaria en el camino y algunos mueren. En agosto un segundo grupo se les une solo para constatar la imposibilidad y el desánimo. Deciden abandonar el lugar y volver a Nueva Orleans donde, mientras, ha llegado el grueso de la «sociedad icariana».

El 19 de enero del 49 tiene lugar una asamblea decisiva. Cabet consigue convencer a la mayoría de los 485 colonos varones mayores de edad de no disolver la sociedad. Pero el voto no evita la primera escisión. Quedan en América 280 varones, 74 mujeres y 64 niños. El resto volverá a Francia donde demandarán, sin éxito, a Cabet por estafa.

nauvoo icarianoLos que quedan se desplazan a Nauvoo, Ilinois, antigua capital de los mormones, quienes, perseguidos por las milicias locales, la habían abandonado en 1846. Compran por 2000$ las ruinas del templo mormón; adecúan un comedor colectivo, una escuela y un edificio para dormitorios. Los solteros duermen en una gran sala colectiva. Los matrimonios tienen apartamentos de dos habitaciones. Las tierras son fértiles y la colonización marcha bien, alimentada por nuevos colonos, tanto franceses como americanos, que seguirán llegando hasta diciembre de 1855. Pero para entonces, el descontento ha crecido. Cabet, entre otras regulaciones ha prohibido fumar y restringido las conferencias públicas. Cada vez son más los que piensan que el sistema es demasido estrecho, «liberticida» incluso. La asamblea finalmente opta por el cambio y derroca al fundador por 219 contra 180 votos.

Cabet en Sant Louisrevista icariana en sant louisCabet ha perdido la hegemonía y en octubre de 1856 abandona Nauvoo con 75 varones, 47 mujeres y 50 niños con intención de crear una nueva base en Sant Louis. Muere antes de dos años y Mercadier, que le sucede como presidente, decide dejar el asentamiento, comprar una nueva propiedad en Cheltenham e instalar en ella a la comunidad. Es mayo de 1858. Los icarianos de Cheltenham, se mantendrán durante diez años más luchando contra unas tierras infectadas de mosquitos. Se disolverán en 1868 arruinados por las consecuencias económicas de la Guerra de Secesión.

los viejos icarianos de corling 1887Mientras tanto, J.B. Gérard, que sucedió a Cabet en la presidencia de Nauvoo, decide en 1857, trasladar la comunidad a Corning, Iowa. Nueva escisión: una parte decide volver a Francia, otros quedarse en Nauvoo, solo unos pocos seguir a Gérard. No sabemos exactamente cuántos salieron, pero si que en 1863, en Corning hay tan solo sesenta colonos.

A pesar de la merma en el número, los resultados son buenos y la colonia atrae a algunos viejos icarianos que se habían ido perdiendo por el camino. Visitantes ocasionales y viajeros destacan el éxito económico y la calidad de vida de los comuneros, basada en el contraste entre la desmercantilización interna a la colonia y el éxito comercial de sus granos y artesanias en el entorno.

Casa comunal icariana de CorlingPero el icarianismo va de escisión en escisión. En 1876 los «jóvenes icarianos» enfrentan a «los viejos» en la defensa del voto femenino. Han evolucionado hacia un igualitarismo democrático cercarno al anarquismo. Pierden por 31 a 17 en la asamblea… y deciden mudarse a un nuevo asentamiento un kilometro y medio más allá, llevándose desde el original ocho edificios de madera. Esta vez la escisión es mortal para la mayoría. La comunidad de Corning es inviable sin «los jóvenes» y cierra, por quiebra, en 1878. Los jóvenes, por su lado, se darán una nueva constitución -hasta entonces seguían usando la de Cabet- en 1879.

Icaria SperanzaLa nueva constitución todavía conocerá una nueva escisión. En 1881, Armand Dehay, uno de los jóvenes icarianos, curioso por las noticias sobre el auge de las ideas socialistas en California, parte a visitar a su hermano Théodore. Allí conoce a Émile Bée, líder del «Partido Laborista Socialista», que le anima a crear una nueva colonia icariana en la costa Oeste. Dehay escribe a Jules Leroux -hermano de Pierre Lerroux, el filósofo socialista francés- y movilizan una última remesa de pioneros europeos. Juntos explorarán Napa Valley aunque se decidirán por otra comarca, Cloverdale, para experimentar el cultivo de vides al que dedicarán 18 Ha de un total de 358 Ha de parcela. El resto se dividirá entre 2Ha de frutal, 40Ha de trigo y pastos para ganado. La comunidad de Carling avala el crédito que permite el asentamiento, pero para 1883 los icarianos de California aun deben 6.000 de los 15.000$ del crédito y su capacidad para alcanzar la autosuficiencia es puesta en cuestión por la comunidad madre.

icaria_speranzaCuando a finales de ese año, los californianos se den una constitución propia, más conservadora, recogiendo ideas de Fourier y Sain-Simon, Corning retirará su apoyo. El tres de agosto de 1886, Icaria Speranza se disolverá oficialmente, agobiada por los créditos, en el tribunal del condado de Cloverdale.

Por su parte, la comunidad de Corning, aislada tras el fracaso californiano y cada vez más cercana a los postulados anarco-individualistas se mantendrá hasta 1898, cuando decidirán disolverse como tal, dividiendo la tierra y mezclándose con sus vecinos.

Cultura comunitaria

la generación de los rebeldes icarianosTanto Nauvoo como Corning recuerdan mucho en su estructura y cultura a los kibbutzim que nacerían tan solo diez años después de la disolución final del movimiento icariano.

Aparecen por primera vez instituciones que luego los kibbutz «descubrirán» por si mismos: De Europa traen la pareja y el divorcio, pero en América descubren el «sueño comunal» de los niños -todos duermen juntos- y con el la «comunidad de los pequeños» -los menores tienen una espacio de responsabilidades y asambleas propias; la prioridad por la educación; el énfasis en desarrollar una vida cultural rica y continuada, incluyendo publicaciones, espectáculos e inversiones en stock (la biblioteca icariana de Nauvoo, con 4.000 ejemplares, era la mayor del estado); una ceremoniosidad distintiva con fiestas regulares y espacios de conversación reglados; y finalmente la igualdad de sexos.

Lecciones y aprendizajes

bandera icarianaHasta aquí la historia. Medio siglo de reencarnaciones y reinicios. Los icarianos no fracasaron económicamente como auguraban sus críticos. Al contrario, aunque algunas escisiones quebraron, los núcleos principales consiguieron, hasta el final, niveles de vida superiores a los de su entorno. Sus revueltas internas no rechazaron la comunidad de bienes, los fundamentos, el «compartirlo todo», como pronosticaron los críticos en Francia. Al revés, la asamblea que derroca a Cabet exige más libertad individual y la generación más joven, los impulsores del último avatar de Corning, rompió reclamando mayor igualitarismo, de hecho, como apuntan algunos autores, se vieron abocados a «inventar» un anarquismo a medida de su propia sociedad.

El fracaso del icarianismo es el producto de la incapacidad de la comunidad para estabilizarse y encontrar una manera de aprender y evolucionar juntos en cada comunidad y entre las distintas comunidades escindidas entre si. Solo con que los distintos asentamientos hubieran creado sistemas de apoyo mútuo, la crisis que siguió a la guerra de Secesión primero y la ruptura generacional en Corning después, no habrían ido apagando uno por uno los focos icarianos. Es más, solo con que Corning no hubiera esperado de Icaria Speranza una constitución idéntica a la suya y hubiera mantenido su apoyo unos años más, es muy probable que el icarianismo hubiera pervivido varias generaciones más. ¿Por qué fueron incapaces de algo tan aparentemente sencillo cuando habían enfrentado con éxito construir una economía?

Los monstruos de la Razón universalista

plano para IcariaSubyace en el argumento y las propuestas del «Viaje a Icaria» un ideal ilustrado democrático común a los movimientos republicanos de la época: si todo es decidido por todos en un sistema igualitario que por definición no conoce conflictos de clase o interés, la Razón se verá liberada y los nuevos consensos conducirán al progreso general, haciendo obligatorio lo bueno y prohibiendo lo nocivo.

Hoy nos resulta claro que por muy democráticamente que se sustenten tales decisiones, su resultado no puede ser otro que la generación artificial de escasez y por tanto una restricción opresiva de la libertad individual: en las comunidades icarianas, como en la Icaria novelada, todos visten la misma ropa, tienen los mismos muebles en sus habitaciones, que tienen espacios idénticos, leen los mismos periódicos… La homogeneización, nacida con el absolutismo, ariete «revolucionario» del nacionalismo que inundará Europa en 1848, es todavía parte del ideal «democrático», una consecuencia que se entiende inevitable del imperio de la Razón en política. No deja de resultar llamativo que cuando Cabet argumenta que en una sociedad icariana la libertad de prensa es tan nociva como necesaria en un estado absolutista, los fourieristas, con quienes los seguidores de Cabet discutieron continuamente, no tuvieran nada que decir.

placa commemorativa icarianos corningEl problema es que este universalismo ilustrado también afecta a la definición misma de comunidad. Bajo esa lógica todo debate es un juego de suma cero: unos «llevan razón», otros no. No hay aprendizaje común ni consensos que se desarrollan en el tiempo. Ni siquiera razón para buscarlos. O «aparecen» espontáneamente por la práctica o hay una diferencia de que antecede a una puesta en cuestión de todo el sistema.

Si Cabet reduce fraternidad a homogeneidad es porque desde la mirada de la Razón universalista no hay un lugar legítimo para otros principios de verdad, para otras miradas sobre el «bien común» que no escondan un interés de parte o un beneficio de casta o clase. Por cierto que esta lógica, heredada por el relato marxista de la ideología como expresión del interés económico, no es muy distinta tampoco de su versión «inclusiva» en la democracia liberal: si se admite el disenso de la minoría es porque se considera legítimo el interés particular y hay que darle un espacio, a pesar de su distancia respecto a la verdad que expresa el «bien común», se organiza en el estado y es guiada por las mayorías populares. Que se de un espacio a las minorías no significa, más bien al contrario, que se consideren «verdades sociales» legítimas sus argumentos, algo para lo que no sería en absoluto necesario concordar con ellos.

La fiesta de la RazonLa misma formación del grupo original de icarianos franceses, como el de todo tipo de grupos humanos hoy en día, responde a esta lógica: si se unen personas de similares ideas bastaría con «decidir» democráticamente el rumbo a seguir para que la comunidad existiera y si hay diferencias es porque hay error o miopía en algunos… o intereses inconfesados. Es una mirada autoconfirmatoria por supuesto, pues da una explicación para todo posible curso de los hechos. Pero sobre todo está condenada a la decepción. Como los primeros disensos icarianos mostraron ya, la comunidad no aparece automáticamente por juntar gente de ideas o aspiraciones similares. La «amistad» de Epicuro, el «sentido de comunidad» de Adler o el «gusto por estar juntos» de Urrutia, es decir, las bases de la fraternidad comunitaria, aparecen cuando la pertenencia se presenta a cada uno como un proceso de aprendizaje compartido.

No hay verdadera pertenencia en el dogma ni en la competencia entre dogmas. O mejor aun, hay una pertenencia invertida: las personas «pertenecen» a la verdad, al «bien común». Un conjunto de valores y formas de hacer que es único y supuestamente accesible mediante la razón, si nos liberamos de las ataduras del interés particular. Por eso el discurso del «bien común» es necesariamente totalitario. La razón universalista ilustrada no es sino el penúltimo trasunto del Dios monoteista.

El «bien común», de existir, no es una verdad autoevidente, por eso ni siquiera sirve como razón de la comunidad. Al revés, el «bien común» universal es necesariamente excluyente en lo concreto y real: si la causa de la comunidad es sentar la base de una sociedad nueva que ha de poder acoger a la Humanidad entera, importará más el posicionamiento «correcto», «el camino correcto», que los compañeros reales con los que discutimos. El universalismo del «bien común» desubjetiviza la comunidad, mueve el foco de las personas reales a las imaginaciones de «la Razón» y anula el placer y la utilidad de aprender juntos.

Si el «para qué» de la comunidad para cada uno no es aprender juntos, es más, si ese aprenrdizaje no es fuente de felicidad, motor y ligazón de las relaciones interpersonales, cada diferencia será un conflicto, cada minoría será herética, cada discusión producirá una escisión y el hacer común estará condenado a la frustración permanente.

Conclusiones

Colonia icariana de CorningEl asentamiento icariano en América fue seguramente la experiencia comunitaria más larga, profunda y exitosa del siglo XIX. Su práctica descubrió las instituciones básicas del comunitarismo igualitario y consiguió asentar economías prósperas y diversificadas de distinta escala en lugares que, en principio, eran los menos propicios para ello.

Pero nacía lastrado por la idea ilustrada de la Razón universal, un principio de verdad única que lleva de cabeza a la generación artificial de escasez y tensa la comunidad en un imposible contraste con su propio «ideal», homogéneo y unánime. Su principal legado es recordarnos que la base de toda comunidad real no es el «bien común», padre de todos los totalitarismos, sino el gusto por aprender juntos.

«Icaria o los desastres del «bien común»» recibió 2 desde que se publicó el lunes 29 de diciembre de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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