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Iconoclastia y nacionalismo

El proyecto nacional-ilustrado tuvo que enfrentarse a un denso universo ritual y simbólico. De las cofradías y gremios a la presencia social de la Iglesia, desde los estandartes militares a los tribunales de aguas, de las ceremonias nobiliarias al ejército, la sociedad del Antiguo Régimen, estaba llena de solemnidades, escudos, símbolos y santos.

Desmontar o cuando menos resignificar todo ese tejido de sentidos e imágenes, hacer tabula rasa de los referentes cotidianos de la identidad, constituyó el necesario paralelo imaginario a la creación de la unidad de mercado en el mercado nacional y la unificación impositiva en el desarrollo del estado nacional.

La burguesía racionalista e ilustrada no podía ser sino iconoclasta uniendo la fobia a los símbolos anteriores a su programa laicista de construcción nacional. Cierto que no pocos de ellos -desde los muy masónicos founding fathers de EEUU, a Robespierre y su Ser Supremo– fueron conscientes pronto de la necesidad de dar una materialización ceremonial y simbólica a los nuevos valores. Pero también es cierto que la nación estaba pasando de comunidad imaginada a ser imaginario no muy diferente del Dios cristiano en tanto que gozaba de atributos propios de la antropomorfización divina como el carácter, la voluntad o la posesión de un destino.

Nacen entonces, de forma más o menos mestiza con la vieja simbología católico-monárquica, himnos, desfiles, banderas y escudos nacionales y todo un repertorio ceremonial (matrimonios y entierros civiles, ceremonias académicas laicas, homenajes a la bandera, días nacionales, etc.) que constituyen el molde común de la religio nacionalista desde John Adams a la URSS.

La forma canónica de este modelo puede observarse incluso mejor que en Francia, en las repúblicas sudamericanas, donde el tejido social gremial, religioso y local anterior a la independencia no tenía ni mucho menos la densidad y peso social que en Europa.

No es que se vea mal o se persiga que agrupaciones de la recien nacida sociedad civil tengan su simbología propia, es que de esta se espera que sea funcional (es decir que no exprese valores diferenciados o autónomos) y que a ser posible se integre dentro de la simbología nacional(ista) incluyendo muchas veces la socorrida referencia a la bandera o el escudo nacional.

De este modo, la identidad nacional se fue construyendo cada vez con más solidez, especialmente a partir de la universalización del sistema escolar y la imposición de un ritual civil nacionalista completo desde la infancia. Sólo por dar ejemplos argentinos, recordemos la promesa de la bandera, izado de bandera, jura de la bandera, etc. que han sazonado la vida escolar de tantas generaciones hasta la actual.

Paralelamente cada vez resultaba más extraña, más antigua, la presencia de símbolos autónomos, incluso de organizaciones que podríamos llamar fundacionales del estado nacional, en simbolos de instituciones no estatales. Es el caso de la Universidad de la República en Chile por ejemplo, que suscita la pregunta del por qué de los símbolos escogidos, abiertamente masónicos, cuando nadie se plantearía la aparición del logo de una empresa en una universidad que patrocinara. La diferencia: las empresas tienen denominación de origen nacional, son una parte no una posible comunidad que escape a la subsunción en el estado.

La iconoclastia combativa del nacionalismo europeo original, se fue convirtiendo poco a poco en la asunción de la omnipresencia cuasi invisible, neutral, de los símbolos nacionalistas en la vida cotidiana. Símbolos que tras su triunfo final se pretenden obviamente no ideológicos, pero que tan así son que excluyen a los demás desde la lógica integradora del estado.

En estados donde el nacionalismo nunca acabó de imponerse del todo el resultado de este proceso es paradójico: toda una parte de la población que dice rechazar símbolos y estandartes como aberraciones y anticuallas, venera una bandera estatal alternativa (la tricolor republicana en España por ejemplo).

Al mismo tiempo, el proceso decimonónico de homogeneización simbólica corre raudo por la banda de las organizaciones locales de la sociedad civil dirigido desde las instituciones delegadas por el estado en los territorios que gestiona con identidades nacionales diferenciadas (Córcega en Francia, las autonomías españolas, etc.).

En España no hay logo de asociación o federación deportiva, de vecinos y hasta de padres de alumnos que no lleve su respectiva bandera regional incorporada, mientras en Portugal (un modelo más cercano al canónico) ocurre lo mismo con la bandera nacional.

En ambos lugares sin embargo buena parte de la izquierda supuestamente iconoclasta y no nacionalista sigue venerando símbolos nacionales alternativos (en España la bandera, en Portugal el himno) sin reparo de rechazar de forma instintiva, visceral, simbologías autónomas como las de las cofradías y paso de Semana Santa, la parafernalia esperantista o las ligadas a las tradiciones religiosas de los inmigrantes. Un fenómeno similar se da en las derechas -algunas de las cuales añoran también otras banderas nacionales- frente a las banderas del estado nacional en territorios que éste administra con cierta delegación (Madeira o Açores en Portugal o Euskadi y Cataluña en España por ejemplo).

Seguramente por el carácter imcompleto de la construcción de lo nacional en estos estados, el proyecto nacionalista -aunque por lo mismo se declare no-nacionalista- sigue teniendo músculo iconoclasta frente a los símbolos ajenos. Sigue teniendo nervio y reflejos totalizadores.

«Iconoclastia y nacionalismo» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 25 de Abril de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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