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communist-party-posterEn El partido de Londres, escribe Len Deighton en un diálogo de entre tres de sus personajes (Erich Stinnes, Bernard Samson y Gloria Kent):

—No soy devoto de nada —contestó Stinnes—, pero un día escribiré un libro comparando a la Iglesia medieval con el marxismo-leninismo aplicado.

—¿Por ejemplo? —inquirió, con el ceño fruncido.

—La Iglesia medieval y el estado comunista comparten cuatro máximas fundamentales -respondió él-. Ante todo está la instrucción de buscar la vida del espíritu: de buscar el marxismo puro. No desperdiciar los propios esfuerzos en otras cosas triviales. El lucro es avaricia, el amor es lascivia, la belleza es vanidad. -Nos miró a ambos-. Segundo: se insta a los comunistas a servir al estado, del mismo modo que los cristianos han de servir a la Iglesia, en un espíritu de humildad y devoción, no para servirse a sí mismos ni para alcanzar el éxito. La ambición es mala, consecuencia del pecado del orgullo…

—Pero usted no ha… -interrumpió Gloria.

—Déjeme continuar -dijo Stinnes en voz baja. Disfrutaba. Creo que le veía realmente feliz por primera vez-. Tercero: tanto la Iglesia como Marx renuncian al dinero. La inversión y el interés son señalados como los peores males. Cuarto, y ésta es la similitud más importante: se enseña a los cristianos a renunciar a todos los placeres de este mundo para obtener la recompensa en el paraíso después de la muerte.

—¿Y los comunistas? -preguntó ella.

Stinnes sonrió entre dientes.

—Si trabajan mucho y renuncian a los placeres de este mundo, cuando ellos mueran, sus hijos crecerán en el paraíso -respondió sonriendo otra vez.

—Muy bien -dijo Gloria con admiración.

—Tanto la Iglesia como el Estado comunista predican la victoria sobre la carne.

Hablé en serio, pero Gloria lo rechazó.

—Muy gracioso -dijo, secándose los labios con la servilleta. Entonces preguntó a Stinnes-: ¿Se oponía mucho la Iglesia al capitalismo? Sé que condenaba el préstamo de dinero y el cobro de intereses, pero no se oponía al comercio.

—Se equivoca -replicó Stinnes-. La Iglesia medieval predicaba contra cualquier clase de competencia libre. Todos los artesanos tenían prohibido mejorar las herramientas o cambiar sus métodos con objeto de que no hicieran la competencia a sus vecinos. También se les prohibía vender a precios más bajos; las mercancías debían ofrecerse a un precio fijo. Y la Iglesia se oponía a la publicidad, en especial si un comerciante comparaba sus mercancías con otras de calidad inferior ofrecidas por otro comerciante al mismo precio.

—Suena familiar, ¿verdad, Bernard? -dijo Gloria, invitándome cortésmente a participar en la conversación mientras se miraba en un espejo diminuto para ver si tenía trazas de curry en los labios.

—Sí —convine—. Homo mercator vix aut numquam potest Deo placare: un hombre que sea comerciante no podrá nunca agradar a Dios, o al congreso del partido. Y tampoco al congreso de los sindicatos.

—Pobres comerciantes —observó Gloria.

«Iglesia y marxismo» recibió 6 desde que se publicó el viernes 5 de febrero de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

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