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Ciberpunk (movimiento literario)

bruce_sterlingEl movimiento literario ciberpunk nació de la revuelta de una serie de escritores jóvenes anglófonos de formación universitaria contra la ciencia-ficción clásica y la lógica inocente y divulgativa del pulp heredado del futurianismo (Hugo Gernsback, Isaac Asimov…). Revindicó el carácter político del género y la distopía, en el marco de un discurso que alertaba sobre el empoderamiento tecnológico del estado y las grandes corporaciones desde una perspectiva tecnófila y libertaria.

Inspirados por esta literatura, a finales de los 80 y principios de los 90 apareció el movimiento ciberpunk como primer ciberactivismo organizado y enfocado a la defensa de los derechos civiles y las libertades personales en la red. [Ver la entrada: «ciberpunk»]

Origen

Casi todas las fuentes citan a Gardner Dozois, uno de los directores de la revista de Ciencia Ficción de Isaac Asimov a principios de los 80, como el primero en aplicar el término Cyberpunk a una serie de autores y obras literarias. Por otro lado Bruce Bethke había publicado ya en 1983 un cuento con este título.

En cualquier caso el punk de ciberpunk no tiene que ver con los punks británicos de los 70, de los que no se reconoce continuador, sino con los punks de la Gran Depresión norteamericana de los 30, parados que se habían quedado sin hogar y que se colaban en los trenes viviendo a salto de mata por todo el país recorriendo y parasitando la red ferroviaria. Una metáfora sterliniana que expresaba no sólo al tipo de hacker que luego protagonizaría Neuromante sino que servía para expresar el estado de ánimo de una generación que sentía ajeno el reaganismo y sus esquemas intelectuales.

Verdades baratas

En realidad, el Movimiento Ciberpunk, nació alrededor de la red personal del escritor Bruce Sterling. Lo que originalmente era una red de colegas críticos con la Ciencia Ficción y su stablisment se fue consolidando a partir de la publicación de un boletín virtual: Cheap Truth al que el propio Bruce Sterling, Rucker, Shirley y otros autores enviaban artículos con pseudónimo apoyando las obras de otros miembros del movimiento y atacando irónicamente al stablishment de la ciencia ficción.

El estallido ciberpunk de los ochenta

Más allá de la colección de cuentos Mirrorshades, que no deja de tener casi tantos elementos representativos como ausencias y desenfoques destacados, los ochenta representan un verdadero estallido.

El verdadero punto de partida es Software (1982) de Rudy Rucker, la primera novela que realmente expresa al ciberpunk literario y que continuará en 1988 con Wetware.

En 1984 William Gibson comienza la publicación de la trilogía que marcará la década: Neuromante (1984), Conde Cero (1986) y Mona Lisa Overdrive (1988). Construida sobre el terreno preparado por los cuentos que publicará agrupados en 1986 bajo el título de Quemando Cromo, esta primera trilogía (que nosotros llamamos siempre «del ciberespacio» pero que en inglés se conoce como del «sprawl», de la aglomeración o la conurbación, significará el paso del ciberpunk al mercado masivo.

En 1985 Bruce Sterling le dará la vuelta a la saga épica espacial con Schismatrix y el 88 con Islas en la red entrará de lleno en el diseño político de un nuevo mundo.

En el 87 George Effinger, un autor hasta entonces conocido por sus adaptaciones mercenarias de series de TV como El planeta de los simios, se desmarca con Gravedad cero, una novela que llegará a los top de venta y que es la primera aproximación del ciberpunk al mundo islámico.

La década se cierra con Crystal Express (1989), de Bruce Sterling, una colección de cuentos que contiene una verdadera joya, Dias verdes en Brunei, la mejor expresión de la cultura hacker y una ventana a las formas de su globalización en los 15 años siguientes; y Patterns, una colección de cuentos de Pat Cadigan, que muestra su propia evolución y una perspectiva que empieza a mirar hacia lugares que luego serán fundamentales.

El ciberpunk en los 90

Una vez más Rudy Rucker es el primero en marcar la tendencia de la nueva década con una obra maestra: El hacker y las hormigas (1994). William Gibson desarrolla una nueva trilogía: Luz virtual (1993), Idoru (1996) y Todas las fiestas del mañana (1999). Fuego sagrado (1996) -una metáfora sobre el fin de los ciclos generacionales- y el relato Maneki Neko, un adelanto de lo que luego serán las ciberturbas son el aporte principal de Bruce Sterling a un movimiento que ya es maduro.

Pero lo más relevante de los 90 vendrá de la mano de los outsiders del movimiento: Neal Stephenson y Pat Cadigan. Cadigan lanza Tea from an Empty Cup (1998) primera entrega de una serie policiaca en el metaverso con importantes reflexiones filosóficas y políticas de fondo.

Stephenson que rompe definitivamente la orma de los ochenta primero con Snow Crash (1992) y después con su obra maestra La era del diamante (1996), cerrará la década en 1999 con Criptonomicón, una novela que dará una historia y una trascendencia cuasi religiosa a los hackers que sus siguentes obras remontarán hasta el barroco anglosajón.

El post-ciberpunk

Con el cambio de siglo, tras el cambio de contextos del 98 (fin del optimismo clintoniano, software libre…), emerge definitivamente una nueva generación de escritores, agrupados originalmente bajo la etiqueta ciberpunk, que tienen en común una cierta continuidad temática y de enfoque, pero que realmente tienen una formación científica más sólida y que han vivido la experiencia real de hackear.

Los más conocidos representantes de este estilo habían consolidado ya una obra sólida en los noventa: el norteamericano Neal Stephenson y el australiano Greg Egan, un activista y profesor universitario de Física cuántica que hará su obra maestra con un libro emblemático: Cuarentena (1992).

Paralelamente aparece un postciberpunk más interesado en la crítica a los cambios sociales de la época neocon y la crítica al funcionamiento interno de las corporaciones. Sus referencias: el linuxero y jugador de rol australiano Max Barry con Jenniffer Gobierno (2003) y el británico Richard Morgan con Leyes de mercado (2002). Ambos tendrán una referencia generacional en Matt Ruff, un guionista de novelas gráficas que saltará a la fama literaria con la divertido y politicamente erudita novela Alcantarillado, gas y electricidad (1997).

Para cuando William Gibson publica Mundo espejo, una novela madura y realista, sin ambición predictiva y Bruce Sterling fracasa con su primera novela post-11S (The zenith angle), es claro que el ciberpunk como movimiento literario no existe ya. Tan sólo Pat Cadigan con Dervish is Digital (2001), segunda entrega de su serie policiaca, seguirá en la brecha y en buena medida porque fue siempre más post-ciberpunk que ciberpunk, aún en los noventa.

El ciberpunk literario más allá del anglomundo

La primera obra ciberpunk realmente importante fuera del anglomundo es ya de los 90: Kiálts farkast! (¡Llora lobo!), de András Gáspár (1990). Su argumento es clásico, pero su ambientación extremadamente original: Un Budapest fronterizo, cuasi asiático, con un aire de decadencia otomana, que es el centro de negocios oscuros de Europa.

El ciberpunk literario en lenguas latinas sin embargo es tardío, coincidiendo con el post-ciberpunk anglófono. El activismo ciberpunk europeo tuvo también su ramifición literaria, pero no llegó a alcanzar una cierta difusión hasta la década del 2000, con la expansión social del uso de Internet y los primeros smart-phones, pues las primeras novelas ciberpunk de difusión masiva serán también las primeras novelas para móviles, para entonces es más apropiado hablar de «relatos indianos» que de ciberpunk propiamente dicho.

De cuando en cuando Saturnina (Ed. Mama Huaco, 2004) de Alison Spedding es el canto del cisne del movimiento en lengua latoc. Recogemos una crítica-resumen aparecida en la red:

En la novela, Bolivia ya no existe como tal y es una región llamada “Qullasuyu Marka”. Liberada después de las revuelta indígena ocurrida alrededor del 2022 que echó a los q’aras (blancos) y cerró las fronteras con los países vecinos, esta “Zona Liberada” empieza a crear las reglas para su propia sociedad. “Qullasuyu Marka” es entonces una autocracia sin un líder democrático, organizada en sindicatos y totalmente enfocada hacia el mundo rural. A pesar de eso, la Zona no se ha quedado alejada de los cambios globales y las comunidades están conectadas online y sus ingenieros espaciales están considerados entre los mejores de su profesión.

Pero no sólo el universo creado por Spedding es deudor de la realidad en la que ha nacido la novela sino el mismo lenguaje de ésta es parte de la realidad creada por la autora. La novela está armada en base a declaraciones orales de los personajes en diferentes momentos y, por lo tanto, está escrito de la forma en que estos personajes se expresan. El lenguaje utilizado en el libro mezcla un castellano “no oficial” -un castellano oral con errores y formas propias -, intercalado con palabras y conversaciones en aymara y con palabras en spanglish que son aclaradas en pies de página o en el amplio y diverso glosario al final del libro.

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