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Comercio justo

comercio justoEl comercio justo es la idea de que el comercio es por si generador de injusticias y desigualdades, a no ser que sea realizado sin ánimo de lucro.

Origen feudal

La idea del «comercio justo» nace de la condena general al comercio que la Iglesia mantuvo durante toda la Edad Media.

Es la siempre necesaria excepción que acaba abriendo la puerta a la realidad del triunfo de la Revolución comercial. Aunque desde el siglo XII algunos teólogos recogen el argumento, realmente no se consolidará hasta el XIII cuando, Santo Tomás, siguiendo el concepto aristotélico de «bien común» recoja los casos en que el comercio puede ser considerado necesario, no movido por el deseo de obtener ganancias:

Si el comercio se ejerce en vista de la utilidad pública, si la finalidad es que no falten en el país las cosas necesarias a la existencia, el lucro en lugar de ser considerado como finalidad, es sólo exigido como remuneración del trabajo

Es decir, una vez más la ideología del comercio justo no es sino un intento de mantener bajo control la expansión del mercado y la riqueza. El enemigo, el pecado, es el lucrum, el deseo de obtener ganancia. Ganancia que se deja de considerar como tal sólo cuando atiende a mantener el nivel de supervivencia, importando granos, por ejemplo, en años de malas cosechas y paliando así los desastres de las carestías cíclicas.

Resurgimiento tras la 2GM

La idea de comercio justo se diluirá con el Renacimiento y no volverá hasta la segunda postguerra mundial, cuando Ten Thousand Villages una asociación del Comité Central Menonita (los amish), cree la primera cadena de distribución

como una sociedad entre un grupo de importadores sin ánimo de lucro, unos cuantos minoristas del hemisferio norte y un grupo de pequeños productores de países en vía de desarrollo

Pero su conversión en sistema estará ligada a grupos católicos que participan en los primeros planes de la UNCTAD – la organización de Naciones Unidas para el desarrollo- en 1964. Con buen criterio estos grupos critican que los países agrarios no están percibiendo beneficios del libre comercio, ya que los países desarrollados, incluida Europa, mantienen barreras aduaneras, cupos de importación, etc. que hacen imposible la acumulación de un capital suficiente para la industrialización. Años después, la experiencia de Corea del Sur, pero sobre todo la de Taiwan, donde una reforma agraria basada en la pequeña propiedad precedió a la apertura comercial japonesa y norteamericana, demostraría la validez de la crítica y el modelo subyacente.

Sin embargo, estos grupos cristianos que luego serían conocidos como de ayuda al desarrollo, postularán no la urgencia de la generalización del libre comercio para todos, sino la apertura de un tratamiento especial al comercio justo exactamente en los términos de Santo Tomás. Lo que define a estas organizaciones es que el importador trabaja sin ánimo de lucro, que los agentes son casi siempre voluntarios y que el planeamiento general y las inversiones en el lugar de producción está hechas por una asociación (de nuevo sin ánimo de lucro) que recibe donaciones en vez de por una empresa que recibe inversiones.

Es decir, lo que realmente define al comercio justo no es que el productor reciba un poco más o se beneficie de programas asociativos de mejora de sus infraestructuras, sino que los importadores y comercializadores atienden la idea medieval de comercio justo, es decir, su móvil es el bien público entendido como opuesto al afán de hacer negocio.

El resultado es una espada de doble filo: ahorrar costes renunciando a beneficios, salarios o retribuciones de capital permite, efectivamente pagar un poco más a los productores, pero también genera falta de incentivos y profesionalización. Medio siglo después el impacto de lo que presume de ser un sistema global alternativo, sigue siendo bajísimo: sólo 5 millones de campesinos pobres han conseguido vender alguna vez a precios ligeramente mayores. La mayoría de ellos no ha conseguido acceder a la propiedad individual ni cooperativa.