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Tecnoimperialismo

Rentas_tecnoimperialismo_eeuuConocemos como tecnoimperialismo a las consecuencias que para el desarrollo y la división internacional del trabajo tiene la exportación de capital-conocimiento en un sistema caracterizado por:

  • la alta concentración de la industrias tecnológicas, culturales y farmaceúticas
  • un marco jurídico internacional sobre propiedad intelectual donde las patentes, derechos de autor y copyrights se hacen cada vez más extensos y profundos como consecuencia de la captura del regulador por los intereses de las industrias de la propiedad intelectual asustadas ante la disipación de rentas en el mercado.
  • la recentralización de la estructura de comunicación en la red que ha sido la respuesta corporativa y financiera para eludir esa disipación de rentas que las redes distribuidas impulsaban.

Además, bajo la etiqueta de tecnoimperialismo podríamos agrupar también a todas aquellas tendencias que incorporan el papel de las tecnologías de información y la regulación internacional de la propiedad intelectual como pieza fundamental de una visión neoimperialista del papel militar de las grandes potencias.

La soberanía reside en el escritorio y en el teléfono

La soberanía de empresas, individuos y estados cada vez reside más en intangibles: el imaginario colectivo, el software que hace correr los ordenadores, el idioma en el que se desarrollan los debates y que lleva la cultura… Todas estas formas no son neutras y tienen un creciente papel económico en un mundo en el que desde 1945 el peso en Kg del PIB mundial ha decrecido mientras su valor en moneda constante ha crecido prácticamente sin parar.

El tecnoimperialismo nace de la globalización de la legislación sobre propiedad intelectual entendida desde la administración Clinton como una pieza clave de una distribución internacional de las rentas y la producción capaz de convertir en soberanías derivadas todas aquellas que incorporen tecnologías propietarias a sus procesos de desarrollo.

Esta soberanía derivada no sólo lo será en términos económicos, sino también políticos. Como en la peor fantasía ciberpunk el tecnoimperialismo ha demostrado no sólo voluntad, sino también capacidad para detener en seco una economía o un ejército foráneo que haya optado por su software, mucho más allá de la influencia interna sobre la aceptación de los parámetros culturales que la industria audiovisual norteamericana viene fundando desde la segunda guerra mundial… Aunque también distintas experiencias demuestran como el software libre puede ser un elemento clave para plantarles cara.

Bruce Sterling se preguntaba por ejemplo ¿Qué pasa si los taxis de las principales ciudades son sustituidos por Uber? ¿Si una parte central de tu sistema de transporte urbano depende de una app basada en California? ¿Crees que un ayuntamiento podría ganarle un pulso a una multinacional así con el tipo de batallas que libra contra los sindicalistas del taxi? ¿Qué pasa cuando tus calles y tus coches son commodities que se coordinan gracias a un software y un juego de reglas que no controlas? Y tal vez lo más clarificador: ¿De verdad crees que en California dejarían que su sistema de transporte tuviera su cerebro en Barcelona?

Y es que más de una década después de que Alemania abriera el debate sobre los efectos para su soberanía del software privativo, la gran amenaza es la recentralización de la red que protagonizan los gigantes de Internet. Y como nos recuerda el padre del ciberpunk literario, no solo tiene consecuencias políticas en la ciudad, sino globales, geopolíticas.

Tecnoimperialismo y periferia

El desarrollo es un proceso económico por el cual las comunidades o los países mejoran de forma sostenida su productividad. Los salarios reales, y con ellos el bienestar crecen a fin de cuentas, paralelos a la productividad. En líneas generales la productividad es la medida media del valor que un trabajador normal puede crear en una hora de su trabajo en una economía dada.

¿Cómo mejoran la productividad los países? Básicamente de dos maneras:

  • importando tecnología y por lo tanto, directa o indirectamente pagando licencias y patentes
  • mejorando la formación y el sistema educativo y facilitando el acceso a la cultura y la salud por sus ciudadanos, lo que implica pago de copyrights y derechos de autor a los grandes productores multimedia y las farmacéuticas.

El problema en el desarrollo y los debates entre las distintas escuelas está fundamentalmente centrado en las formas de conseguir una financiación sostenida a este proceso: ¿cómo acumular de forma sostenida el capital necesario para comprar tecnología? ¿Cómo mejorar el nivel cultural y formativo de las personas?. Por ello, a pesar de firmar en los paquetes de libre comercio restricciones al libre uso del conocimiento, los países en vías de desarrollo dan una protección mucho menor a las patentes y derechos de autor imponiendo una devolución de hecho.

El tecnoimperialismo consiste no sólo en la ideología que lleva al endurecimiento paulatino de la legislación sobre propiedad intelectual, sino en condicionar el apoyo al desarrollo y el libre comercio a la aceptación de estos monopolios por los países en desarrollo, cada vez más impelidos a aceptar bloqueos y multas si no las hacen cumplir en el interior de sus países.

La no inocencia de estas medidas queda de manifiesto en las presiones que sufren estos países para no impulsar soluciones de software libre o investigadores médicos para impedir que sus creaciones no sean devueltas al dominio público.

Estimación en términos monetarios

Es difícil estimar el flujo global de transacciones y capitales generados por el tecnoimperialismo.

Observando en perspectiva los datos de la economía norteamericana, sin embargo, es obvio por los datos que estamos ante un cambio estructural: si los ingresos debidos a exportación de propiedad intelectual crecieron en EEUU un 487% en el periodo estudiado por las últimas estadísticas publicadas por la NSF (1987-2003), el PIB creció «tan sólo» un 232,18% (menos de la mitad). En términos absolutos no es una cantidad nimia, baste comparar los 48.277 millones de dólares de la serie en 2003 con el PIB boliviano de ese año: 7.855 millones de dólares. Dato importante: el 74,4% de estas entradas se produjo a través de filiales de grandes multinacionales norteamericanas (Microsoft, farmaceúticas, etc.). Los datos actualizados por el Banco Mundial a 2012 no son menos significativos.