La Amenaza de los Dioses

¿Está la Humanidad preparada para 2012?

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La amenaza de los dioses

Índice

Información general sobre este libro

Este libro ha sido escrito por Juan Pina, quien hace entrega de él al Dominio Público.

La maquetación y el diseño de la edición en papel son obra de Beatriz San Román y Beto Compagnucci que también ceden su aportación al Dominio Público.

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Prólogo

Nug es un varón que ha entrado hace poco en la edad adulta. Ya se ha sumado varias veces a las partidas de cazadores que se reúnen antes del amanecer y abandonan las cavernas armados con lanzas y piedras. Es un día alegre para todos porque el grupo ha regresado con una magnífica noticia. El más grande de los animales dará de comer a todas las familias durante bastante tiempo. Además, en el camino de vuelta han recolectado todo tipo de bayas y frutas. Muchas de ellas se reservarán para los niños pequeños, como el hijo de Nug, que ya empieza a gatear y a interesarse por los alimentos sólidos, aunque también sigue mamando.

Al conocer la noticia, un grupo de mujeres, niños y hasta ancianos se ha dispuesto a acompañar a algunos de los cazadores para ayudarles a despedazar y repartir aquel enorme paquidermo lanudo. La hembra de Nug, ansiosa por asegurar su provisión de carne, es una de las primeras en unirse al grupo. Pero él, cansado y satisfecho por la hazaña, prefiere permanecer en la cueva con su hijo. Después de jugar con él y dormir un rato, mira instintivamente hacia la salida, asegurándose de que nadie lo esté observando. Luego, con una antorcha en una mano y el bebé sujeto por el otro brazo, se adentra en la galería natural, que desciende ligeramente y traza una curva, quedando más de la mitad fuera del alcance de la luz solar y de las miradas de los curiosos. En aquel recoveco guarda Nug sus tesoros. Unos son producto de su valentía y otros son obra de su creatividad. Los primeros son un conjunto de objetos envueltos en una piel de lobo. Los segundos, unas pinturas realizadas con esmero en la superficie, bastante lisa, de aquella pared de granito.

Como siempre, fija la antorcha en un hueco natural entre dos rocas. Contempla su obra. Cada vez le salen mejor los trazos que representan a los hombres y mujeres de su clan. En unas escenas están reunidos en torno al fuego, asando la carne o calentando el metal para poder darle la forma larga y afilada que necesitan. En otras, los hombres rodean a algún animal y le dan caza con sus lanzas. Pero también hay escenas que Nug ha pintado con miedo. Son las escenas en las que aparecen esos seres todopoderosos que de vez en cuando visitan la región. Tienen dos piernas y dos brazos, y caminan erguidos alcanzando una altura ligeramente inferior a la de él. Pero están completamente cubiertos por una segunda piel hecha con tejidos extraños que él no ha visto en la naturaleza. Sus pies van enfundados en una especie de ramas de árbol, y sus cabezas están siempre dentro de unas grandes esferas transparentes. Las pinturas representan a grupos de tres o cuatro de esos seres recorriendo la zona a bordo de unos extraños animales cuadrados que, en vez de patas, tienen unas cintas blandas que giran una y otra vez. Casi siempre van armados con unas puntas de lanza que a Nug le parecen mágicas, porque sale de ellas un haz rojizo que abrasa y reduce a polvo todo lo que toca. Varios miembros del clan han muerto de esa manera, al intentar resistirse. A muchos otros los han obligado a dormir y se los han llevado. Algunos han regresado, pero ya no son los mismos.

Él, Nug, es famoso en los clanes de toda la comarca, porque es el único que ha conseguido matar a uno de esos misteriosos enemigos. Era casi un niño cuando intentaron llevarse a su madre. Nug, en vez de enfrentarse con los que la estaban sujetando, saltó sobre el más alejado y comenzó a golpear con una piedra la dura esfera que protegía su cara, hasta que la quebró. Los otros dos soltaron a su madre, que pudo escapar, y acudieron en ayuda de su compañero, tendido ya en el suelo. Pero Nug elevó una pesada roca y le aplastó la cabeza antes de que pudieran socorrerle. Se apartó del cuerpo sin vida mientras los otros dos, muy agitados, realizaban todo tipo de comprobaciones. Finalmente le abandonaron allí y se marcharon apresuradamente, a bordo de aquel extraño animal que corría como un lobo. Cuando regresaron con varios más se desencadenó la tragedia. No encontraron a Nug, pero sí a su madre. La mataron delante de todos. El escarmiento surtió efecto, porque no se recuerda que nadie más haya osado atacar a uno de esos seres. Pero, al mismo tiempo, la fama de Nug se engrandeció hasta convertirle en una leyenda viva.

Nug recuerda a su madre y abre con tristeza el hatillo para contemplar su tesoro. Son los objetos que le quitó a aquel extraño cadáver. Él no puede saber que se trata de aparatos para medir el tiempo, comunicarse a distancia o tomar muestras de tejidos. Pero sí sabe para qué sirve uno de ellos, porque ha visto cómo lo emplean para insertar un pequeño objeto bajo la piel de los niños pequeños. Nug y su hembra tienen una cicatriz corta cerca del tobillo derecho porque él, intuyendo que aquello no puede ser nada bueno, ha extraído esas cosas y piensa hacer lo mismo cuando se la coloquen a su hijo.

Nug no quiere estar triste. Sabe que es un día grande y se ha adentrado en la cueva para llegar a su rincón secreto y plasmar la caza heroica en la que ha participado. Envuelve los objetos en la piel de lobo y mira a su hijo, que le sonríe mientras intenta acercarse demasiado a la antorcha. Con un grito corto y gutural, salta sobre él y lo aparta del peligro. Cuando el niño intenta imitar su gruñido, le invade una felicidad inexplicable. Luego toma un tizón y lo hunde en el betún negro y pegajoso con el que va a pintar el mamut herido.

Capítulo Uno

Acababan de dar las cuatro y media de una tranquila y primaveral madrugada de 2007. Barcelona dormía tranquila y el escaso tráfico apenas perturbaba el silencio tedioso que cada noche acompañaba en sus rondas a Quim, el guardia jurado. Hacía muy poco tiempo que había encontrado trabajo de vigilante en una conocida empresa de seguridad y aquel era su primer destino. El lujoso edificio «inteligente», terminado unos meses atrás, ocupaba un carísimo solar del Eixample, a pocos minutos de la Diagonal. Había reemplazado una construcción de principios del siglo pasado, que amenazaba ruina y carecía de valor histórico o artístico. Por fuera, el Edifici Atlantis rendía, desde la más ostentosa vanguardia tecnológica, un tributo evidente al modernismo del Quadrat d’Or, destacando sin desentonar. Por dentro, aquella especie de nave espacial estaba pensada para asombrar a sus visitantes, ya que no podía ser otro el cometido de muchos de los elementos arquitectónicos y tecnológicos presentes.

Durante dieciocho horas del día las zonas de seguridad y recepción estaban bajo el control de siete u ocho personas. De doce a seis de la madrugada, sin embargo, Quim estaba solo en el puesto de seguridad de la entrada, y el sistema de videodetección funcionaba en modo automático. En caso de producirse alguna incidencia de cierta envergadura, el único vigilante debía emitir su alerta. Inmediatamente recibiría el apoyo de una unidad entera enviada desde la central de su empresa, que estaba un par de manzanas más abajo.

Pero aquella noche Quim no iba a alertar a nadie. Sentado en su sillón, con la mano izquierda sobre el mostrador y la derecha en el regazo, parecía observar con gesto serio las puertas de entrada, pero hacía unos minutos que aquellos ojos inquisidores ya no enviaban información alguna al cerebro. Un dardo venenoso de apenas un centímetro de longitud había inmovilizado primero al vigilante, provocando acto seguido su muerte. A su mano derecha, oculta bajo el mostrador, le faltaba el dedo índice.

«Sí, sí… todo muy futurista pero no han puesto un sistema de reconocimiento por el iris o por ADN», pensó uno de los miembros del comando mientras franqueaba el acceso a un grupo de ascensores con la huella dactilar de Quim.

Las tres primeras plantas del Atlantis, más anchas, estaban ocupadas por empresas y servían de base a la torre de viviendas de lujo. Para Jordi Mena i Palau ir a trabajar era rápido: apenas necesitaba el tiempo de tomar el ascensor y descender desde el ático hasta el segundo piso. El conocido editor dormía plácidamente con la ayuda de una pastilla cuando tres hombres vestidos totalmente de negro manipularon el acceso a su vivienda.

―Veinticuatro minutos ―informó el jefe del comando a los otros dos. Era el tiempo estimado del que dispondrían antes de que la central de la empresa de seguridad detectara que algo estaba ocurriendo, a pesar de todas las medidas que habían tomado para demorarlo.

Jordi Mena despertó al notar que alguien le abría la boca y le metía una toalla que amortiguó su grito de terror. Aquellos desconocidos le sacaron a rastras de la cama para exigirle el manuscrito del próximo libro de Kyron Woods y, sobre todo, la identidad que protegía ese pseudónimo. Mena no era ningún héroe. A sus cincuenta y ocho años, el copropietario y director general de Ediciones Satyam era un hombre tranquilo y consciente de su debilidad física. Aquellos tres agentes de operaciones especiales eran expertos en obtener cualquier información de cualquier persona. Sus métodos eran tan inhumanos como rápidos y eficaces. Jordi Mena les parecía un objetivo fácil, pero para su sorpresa opuso una resistencia inquebrantable.

En la oficina de la editorial, destrozada poco antes por el comando, no habían encontrado nada. En la casa tampoco hallaron el manuscrito y a aquel tipo no había manera de arrancarle una confesión. El muy loco parecía decidido a dejarse matar de dolor antes que entregarles el original del nuevo trabajo de Woods o revelar el nombre real de ese autor, y mientras tanto los minutos pasaban y los tres hombres comenzaban a mirarse con nerviosismo desde las ventanas de sus pasamontañas.

―Plan «B» ―ordenó finalmente el jefe del grupo tras consultar la cuenta atrás activada en su cronómetro―. Que no quede tampoco aquí ni un solo soporte de datos, ni uno.

Los otros dos hombres se desplegaron por el piso destruyendo todos los ordenadores y discos que encontraron, y cualquier otro dispositivo capaz de almacenar información. Después amontonaron en el salón toda la documentación en papel que fueron capaces de reunir y le prendieron fuego.

El jefe del comando se arrodilló de nuevo junto a Mena y le agarró por los hombros y la nuca, dirigiéndose a él con un fuerte acento extranjero.

―Te he dicho que respondas, hijo de puta: ¿Quién es Kyron Woods? ¿Dónde está el manuscrito?

Mena les miraba angustiado pero firme, provocando la desesperación de sus atacantes. El dispositivo conectado a su nuca emitió una descarga de dolor insoportable y su vista se nubló. Al borde del colapso, el editor tuvo que enfrentarse con los ojos de su torturador, que esperaban con avidez una respuesta, un gesto, tan sólo un indicio de que estaba dispuesto a colaborar. Pero el editor reunió todas sus fuerzas para negar con la cabeza y sostenerle la mirada.

―¿Ves esto? Esto es un dardo letal. Te matará en cuatro minutos, y te juro que te lo voy a clavar si no me dices ahora mismo cómo acceder al puto manuscrito. Y por última vez: ¡¿Quién es Kyron Woods?!

Fueran quienes fueran aquellos hombres, Mena estaba seguro de cuáles eran los intereses últimos que motivaban la operación. Les dirigió una mirada llena de tristeza y resignación. Pero había en ella algo más. Había orgullo, un orgullo que fue creciendo ante los ojos atónitos de sus asesinos y se transformó en una sonrisa desafiante.

―Ahora ya hay nuevos dioses ―logró articular casi en un susurro, sin dirigirse en particular a ninguno de los miembros del comando, mientras el dedo de su agresor pulsaba un botón y la minúscula cerbatana electrónica escupía el microdardo que se alojó en su cuello.

Como en un sueño, oyó a sus verdugos abandonar precipitadamente el piso hablando en un idioma que él no entendía. Con movimientos cada vez más torpes se arrastró hasta la cama y sacó de entre el colchón y el cabecero un pequeño ordenador de bolsillo que estaba encendido y conectado a la red inalámbrica del edificio. Siempre lo usaba en la cama para consultar por última vez su correo antes de dormir, hablar por videoconferencia con su hija o cualquier otra tarea. Solía guardarlo ahí antes de apagar la luz. Tuvo que pensar deprisa. No tenía cerca un teléfono, y tampoco le quedaba tiempo para acceder a su correo electrónico y redactar un mensaje. Pero siempre estaba conectado a Skype, así que seleccionó el alias kywoods entre sus contactos y comenzó a escribir en la ventana de chat, a sabiendas de que su mensaje sólo se recibiría cuando la otra persona activara el servicio. Apenas pudo teclear una veintena de palabras antes de sucumbir a la parálisis total.

Entre sus últimos pensamientos, el manuscrito firmado por Kyron Woods le provocó un estremecimiento. Pero después visualizó su rostro y saboreó el sentimiento intenso de un amor ya imposible. Un amor sereno que le condujo a una muerte en paz.

Capítulo Dos

Casi al mismo tiempo, otro comando formado también por tres hombres ascendía sigilosamente entre los arbustos, por la ladera de un abrupto volcán dormido. Habían ocultado su vehículo más abajo y se dirigían a un conjunto de sofisticados edificios, financiados en parte con fondos de la Unión Europea y situados en la escarpada cima de una isla subtropical. Las instalaciones del Roque de los Muchachos, en La Palma, constituían uno de los centros del Observatorio Septentrional Europeo. El otro estaba en la cercana isla de Tenerife, en el pico del Teide. Debido a las condiciones atmosféricas y climatológicas del archipiélago, estos dos complejos fundados varias décadas atrás se contaban entre los ojos y oídos más potentes de la humanidad. La escarpada cima del roque, sembrada de telescopios e instrumental instalado por instituciones de casi treinta países, parecía un pequeño pero permanente congreso internacional de astrofísica donde siempre había estudiosos y técnicos de varias nacionalidades.

Jorge Betancur era el responsable científico de guardia aquella noche. Eso le obligaba a estar localizable y asistir a los demás jefes de proyecto en caso necesario. Con apenas veintinueve años, tenía la cruz de ser el más joven del reducido equipo de investigadores españoles destacados en la isla y contratados por el Instituto Astrofísico de Canarias. Como además era el único sin pareja ni hijos y encima era palmero, de Garafía, siempre le tocaban los turnos de guardia que nadie más quería: los festivos, casi todos los fines de semana y por supuesto la mayor parte de las noches. Pero no se quejaba: cobraba un buen complemento salarial por ese concepto, pese a que rara vez le llamaban desde el observatorio a horas tan intempestivas.

Aquella madrugada, sin embargo, le habían despertado simultáneamente el móvil y el teléfono fijo de su casa. Por una línea le llamaba Kjerstin Oneborg, la responsable de un proyecto de investigación sueco recién iniciado en la isla. Por la otra, el astrónomo y exobiólogo madrileño José Luis Puertas, a quien Jorge no soportaba. «Qué tripa se le habrá roto ahora al pijo éste —pensó al oír su voz—. Seguro que se está peleando otra vez con el sistema informático». «Errar es humano, pero echarle la culpa al ordenador es más humano todavía», pensaba soltarle a la primera oportunidad. Bostezó coqueteando por un momento con la idea de resolver por teléfono lo que fuera. Pero ambos científicos coincidían en requerir su presencia urgente para analizar unos datos que acababan de recibir, así que Jorge no tuvo más remedio que tragarse la dosis de café de emergencia que guardaba siempre en la nevera, vestirse de cualquier forma y sentarse al volante de su viejo Grand Cherokee.

Aquel pedante de Puertas era el jefe de un proyecto de la Complutense destinado a crear modelos estadísticos para determinar la existencia o no de vida a nivel microbiano en nuestro sistema solar. Básicamente se trataba de comparar los entornos físicos y químicos más extraños de vida terrestre con las condiciones probables o constatadas de los planetas y satélites naturales mejor conocidos. Las matemáticas hacían el resto, al estimar las probabilidades de combinación de los elementos precursores de la vida y determinar el umbral de confianza para el mantenimiento de las variables ambientales que permiten su continuidad. Después de consumir ingentes recursos estudiando los microorganismos extremófilos en la base antártica Gabriel de Castilla y en otros catorce lugares del mundo todavía más remotos y costosos de visitar, ahora estaba derrochando una fortuna en La Palma.

Para Jorge, el proyecto de Puertas no requería el uso directo del observatorio. Lo que necesitaba era miles de datos que computar sobre las atmósferas estudiadas, y para eso no le hacía falta desplazarse a Canarias. Podía hacerlo todo tranquilamente desde su despacho de Madrid. Ese tío debía de tener padrinos importantes, y además no lo ocultaba. En un país donde los proyectos de investigación sufrían una crónica escasez de medios financieros, Puertas contaba con todo lo necesario y más.

El «pijo» le había insistido mucho en que fuera a verle a él antes de hablar con la escandinava pero, cuando aparcó bruscamente junto a la entrada del edificio principal, la sueca surgió de las sombras y, para su sorpresa, se subió sin más preámbulos al vehículo. Llevaba una carpeta llena de papeles en dudoso orden y parecía estar muy asustada.

―¡Tienes que ayudarme! ―le suplicó en inglés―. Puertas me ha amenazado de muerte si envío esta información a los demás observatorios del mundo. Después me ha empujado y me ha llevado por la fuerza a su despacho, donde me ha encerrado. He conseguido salir al jardín por la ventana. ¡Por favor, arranca, vámonos!

«Vaya con la señora Oneborg, a ver si va a ser verdad lo que se comenta en el mundillo, que está como una cabra…», pensó. Él mismo había ido a darle la bienvenida en el aeropuerto varias semanas atrás. «Tienes que ir a recibir a una sueca rubia y con los ojos azules, ¡no te quejarás!», le había dicho su jefe, que ya la conocía de algún congreso. Pero la descripción había omitido los casi sesenta años de la investigadora.

En realidad aquella mujer atlética y obsesionada con llevar una dieta sana no aparentaba más de cuarenta y cinco años. «Publicar o perecer», la máxima de la comunidad científica en todo el mundo, había sido una dura alternativa en su caso. Si publicaba el resultado de sus investigaciones principales se cerraría de golpe todas las puertas del intransigente mundo académico, porque no podría presentar pruebas definitivas e inapelables. Pero al no publicar más que artículos secundarios sobre otras cuestiones, los años iban enterrando su nombre, que tanto había prometido cuando ganó la cátedra de Astronomía y Física Espacial en la prestigiosa universidad de Uppsala. La única solución era tener durante varios meses acceso pleno al mejor observatorio de Europa.

Para Kjerstin, dirigir un proyecto en La Palma se había convertido en una obsesión que tardó años en materializar. Tuvo que diseñar un riguroso y lento proyecto de investigación convencional que justificara la subvención del exigente ministerio sueco y de la Unión Europea, que interesara además a los científicos del instituto canario y que requiriese una estancia de varios meses en la isla. Sólo así podría realizar en paralelo su otra investigación. Si en el observatorio palmero obtenía de forma reiterada los mismos datos asombrosos que llevaba varios años barajando en secreto, por fin podría publicarlos con garantías de no provocar la carcajada estrepitosa y humillante del mundo científico, e incluso de alcanzar el reconocimiento académico que tanto deseaba.

Jorge se giró hacia la sueca con cara de pocos amigos y estaba a punto de soltarle alguna grosería cuando vio por el retrovisor derecho a José Luis Puertas. El investigador, de unos cuarenta años, había salido del edificio por una puerta secundaria más alejada y caminaba ahora a grandes zancadas hacia el coche, visiblemente irritado. Llevaba en la mano algo que a Jorge le pareció un arma. Miró un momento a la aterrorizada investigadora y acertó al creerla por fin porque, mientras arrancaba a toda velocidad, vio como Puertas apuntaba hacia ellos y disparaba lo que efectivamente resultó ser un revólver con silenciador, destrozando la luneta del todoterreno. Se agachó y obligó a Kjerstin a hacer lo mismo, mientras aceleraba para perderse en aquella noche sin luna.

Igual que a su llegada, Jorge vio que la barrera estaba levantada y en la garita de acceso al recinto no había nadie. El agente de noche había acudido unos minutos antes al edificio, llamado por Puertas. El madrileño había tratado de convencerle de que debía custodiar a la investigadora sueca encerrada en su despacho mientras él llamaba a las autoridades. Pero el vigilante intentó seguir el procedimiento y llamar de inmediato a sus jefes. Fue entonces cuando Puertas le quitó el arma y le descerrajó un tiro en la sien.

―¡Joder, ya era hora! ―exclamó el científico al ver a los tres miembros del comando, que acababan de alcanzar la estrecha cima del roque. Les puso rápidamente al corriente de la situación. Uno se quedó en el edificio para limpiar la escena del crimen y ocuparse del cadáver –y también para verificar que no hubieran visto ni oído nada raro los pocos investigadores que a esas horas estaban trabajando en otras salas y dependencias del complejo–. Puertas y los otros dos agentes se subieron a un todoterreno que llevaba el logotipo circular del Instituto de Astrofísica de Canarias, con el sol y las estrellas, y salieron a toda velocidad del complejo para perseguir a Jorge Betancur y Kjerstin Oneborg.

Capítulo Tres

Mary Ann Golt había sido una convencida activista de la organización juvenil de su partido, el Labour británico. Con el paso de los años su militancia no había perdido apasionamiento, pero sí había incorporado grandes dosis de pragmatismo. Su carrera profesional y su actividad política constituían un mismo proceso porque Mary Ann no creía tener un trabajo: ella tenía una misión. A sus cuarenta años recién cumplidos, era la Personal Assistant del hombre más poderoso de su país: el primer ministro Richard Faucett. Él había tomado posesión casi dos años atrás y ella se había convertido inmediatamente en la jefa del staff político y administrativo de Downing Street número 10.

La mano derecha de Faucett era una mujer felizmente casada con otro compañero de partido, madre de dos niñas de diez y cuatro años respectivamente, y amante de la naturaleza. Lejos de ella el consabido traje gris de falda y chaqueta, y el aire de eficaz robot administrativo. La «P.A.» del gran jefe era una persona alegre, siempre de buen humor y algo caótica en sus gestiones y planificación, sobre todo para desempeñar un puesto como aquel. Pero Mary Ann suplía su propia falta de organización con su talento a la hora de seleccionar a las personas más adecuadas para su equipo y, después, con su extraordinaria capacidad de motivarlas y coordinar su trabajo.

Al amanecer de aquel día, sin embargo, Mary Ann Golt no hacía gala de su envidiable vitalidad. Llevaba treinta horas sin dormir y pesaba sobre ella la responsabilidad de ser una de las pocas personas que estaban al tanto de un hecho insólito. A lo largo de las últimas tres horas de aquella interminable madrugada, los jefes de Estado y de gobierno de más de treinta países de gran peso económico, militar o demográfico habían ido llegando de incógnito a Londres.

La residencia oficial del primer ministro albergaba una actividad frenética, aunque concentrada en un número pequeño de asesores y personal de la mayor confianza. Los líderes mundiales y el propio Faucett, custodiados por varias unidades de élite del ejército, estaban reunidos a la vuelta de la esquina, en una sala del edificio del Foreign Office en Whitehall. Ni Mary Ann ni ninguno de sus compañeros tenían información precisa sobre lo que estaba sucediendo, pero la importancia de lo que fuera tenía que ser extrema para desplazar en secreto hasta Londres a la mayoría de los mandatarios más importantes del planeta.

―¿Alguna filtración, Angie?

―Todavía nada. Sólo una cadena de radio española está reportando un posible problema de salud de su presidenta del gobierno, porque ha trascendido la cancelación de toda su agenda de hoy.

―Joder con los españoles. Siempre tan discretos…

―Ah, mira el mensaje que me llega de Ottawa. Lo mismo que en Madrid: rumores de algún problema de salud del primer ministro, reuniones importantes canceladas…

―Vamos a tener que darnos prisa. ¡Michael! ―Mary Ann salió detrás de uno de sus mejores colaboradores, a quien había encargado que coordinara el traslado de los visitantes― ¿Cuántos quedan en vuelo?

―Australia acaba de aterrizar en Brize Norton. Sólo faltan Rusia, Japón y Francia. En tres cuartos de hora los tendremos a todos en Whitehall.

―Bien.

―Mary Ann ―Keith, otro miembro de su equipo, se acercó a ella con gesto de extrañeza―, mira qué informe me pasan los de Seguridad de las Telecomunicaciones. Es de hace unos minutos, acabo de verlo. Parece ser que están fallando algunos de los satélites civiles y militares, tanto europeos como norteamericanos El informe dice que hay algunos operadores de cable y de telefonía móvil con problemas, pero que podrán resolverlos a lo largo de la próxima hora diversificando sus cauces tal como contemplan sus planes de contingencia. Esto ha afectado a algunos nodos importantes de Internet en territorio británico y parece que también en el continente. Ah, y la BBC ha estado en blanco unos minutos. Ahora ya están emitiendo con normalidad, aunque han tenido que cambiar por completo la distribución de su señal. Lo que me preocupa son las comunicaciones audiovisuales de nuestros invitados, que emplean recursos considerables debido a su nivel de prioridad, su calidad y su encriptación. Vamos a quedar fatal si los presidentes y primeros ministros no pueden ni llamar a casa.

―Eso es lo de menos, Keith. Lo grave es que estamos preparando la comparecencia más importante de la Historia y puede que la gente tenga dificultades para verla. Sigue el tema de cerca y ve informándome. Y prepara un borrador de la nota explicativa que vamos a dar a los invitados. Perfil bajo, ya sabes, no le des mucha importancia al fallo. Cuando lo tengas, lo vemos juntos.

Mary Ann se encerró en su despacho y desplegó un papel doblado. La endiablada caligrafía del primer ministro Faucett era tan indescifrable como el código más secreto del MI6, pero ella llevaba muchos años trabajando con su jefe de filas. Sus órdenes habían sido claras: «lo redactas tú misma y lo envías personalmente, en el momento indicado, a toda la base de datos de medios de comunicación. Después, sólo después, se lo cuentas a Prensa para que lo confirmen cuando les llamen los periodistas».

«¿Qué demonios irán a contarle al mundo?», pensó mientras se sentaba para redactar la convocatoria a los medios.

4. Capítulo Cuatro

Ni el más experto corredor de rallies habría podido ganar a Jorge Betancur en su terreno, en su isla. «Conozco La Palma como la palma de mi mano», solía bromear con los científicos que visitaban el observatorio. No podía estar seguro de que Puertas les estuviera persiguiendo, pero su expresión había sido tan elocuente como sus disparos. Sin saberlo, fue aumentando la ventaja inicial de apenas cincuenta segundos al tomar con una velocidad endiablada las curvas cerradas de aquella peligrosa carretera secundaria, que descendía desde una altura de casi dos mil quinientos metros. Al llegar a la general podría empezar a meterse por caminos que un perseguidor forastero no podía conocer. Ese maldito godo no iba a atraparle.

Cuando el Jeep llegó a Hoya Grande, Jorge cambió instintivamente de planes y giró bruscamente hacia la izquierda, en dirección a Pino de la Virgen y Tijarafe. Aquel pijo sabía que su domicilio estaba en Garafía y era claramente el primer lugar donde iba a buscarles. El joven investigador palmero ya estaba seguro de que Puertas no actuaba solo. Estaba empezando a comprender el porqué de la insoportable superioridad de aquel madrileño y también su injerencia constante en asuntos del observatorio que excedían su papel de investigador invitado y temporal. Algo le decía que lo poco que le había contado la sueca era verdad. Por algún motivo, José Luis Puertas había estado espiando su trabajo. No eran imaginaciones suyas.

En la parte trasera del todoterreno, una pegatina con la bandera canaria delataba la antigua militancia independentista de Jorge Betancur: en lugar del escudo oficial, la franja central llevaba un círculo de estrellas verdes representativas de las siete islas. Aunque el paso de los años y el haber estudiado lejos del archipiélago habían moderado mucho el nacionalismo de Jorge, las ínfulas de aquel tipejo habían llegado a despertar su antigua aversión por los agentes del poder estatal. No tenía duda de que Puertas era uno de ellos, un comisario político, un espía cuya agenda iba más allá de la labor científica. Y un asesino que no había tenido empacho en dispararles.

Kjerstin Oneborg, agarrada con todas sus fuerzas y con ambas manos al asa situada sobre su ventanilla, sollozaba en voz baja y repetía con los ojos cerrados unas frases en sueco, tal vez una plegaria. La carpeta de documentación estaba inmovilizada bajo sus nórdicas posaderas. No habían cruzado una palabra desde que salieron a más de cien kilómetros por hora del recinto astronómico y tomaron el camino zigzagueante que descendía desde el Roque de los Muchachos.

Lo lógico era acudir a la policía, claro, por más que Jorge no tragara a las fuerzas del orden. Pero seguro que Puertas tenía las espaldas bien cubiertas. No era ningún loco, no habría actuado de aquella forma sin tener asegurada su impunidad. Ir a la policía podía ser tanto como entregar a esta pobre mujer. A menos que… ¡Claro! Siempre podía recurrir a Villar.

Jaime Villar estaba a punto de jubilarse pero era todavía un oficial en activo, y muy respetado en el seno de la Guardia Civil palmera. Había sido el mejor amigo de su padre, fallecido años atrás, y era el padrino de Jorge. Villar y su esposa se contaban entre las pocas visitas que solía recibir su madre en Garafía, hasta que él enviudó y dejó de ir a verla tan a menudo.

Jorge cambió de estrategia y optó por utilizar las vías más rápidas para llegar al puesto del instituto armado en Los Llanos de Aridane, la principal localidad del Oeste de la isla. Allí estarían a salvo mientras llegaba Villar, o tal vez ordenaría que fueran conducidos a su despacho en la capital insular.

―Muchas gracias, profesor Betancur. Me ha salvado la vida ―la investigadora sueca se había atrevido por fin a abrir los ojos al notar que Jorge reducía la velocidad. Estaban entrando en la ciudad.

Mientras esperaba en un cruce se quedó mirando a Kjerstin Oneborg. Sin duda había sido una mujer atractiva en su juventud. Pese a la expresión de terror que aún no se le había borrado de la cara, descubrió en ella un agradecimiento sincero.

―Vamos a la Guardia Civil. Tengo un contacto, un amigo de la familia que nos tratará bien y nos brindará protección.

―Primero tengo que explicarte lo que pasa, porque es muy probable que las autoridades ayuden a Puertas a matarme. Y ahora tú también eres su objetivo. Estoy segura de que el gobierno español forma parte de la conspiración internacional para ocultar mi hallazgo ―Oneborg le miraba ahora fijamente a los ojos, esperando con serenidad su reacción ante aquellas explicaciones, que a ella le parecían tan normales.

Jorge sintió un mazazo. De pronto se vio a sí mismo como un insensato que se había convertido innecesariamente en cómplice de aquella loca. Puertas se había excedido al disparar contra su coche, claro, pero quién sabe qué habría hecho la sueca en el observatorio. Un observatorio del que aquella noche él era el responsable científico… ¡no el jefe de seguridad! Habría tenido que buscar al vigilante, razonar con Puertas y entender por qué iba armado, no inventarse una película de James Bond…

El timbre de su teléfono móvil interrumpió su reflexión y al mirar la pantalla se quedó sin habla. La llamada entrante era, precisamente, de Jaime Villar.

―Jorge, ¿me oyes? Acabo de recibir órdenes urgentes, directamente de Madrid. Te consideran sospechoso de haber asesinado al guarda jurado del observatorio, y de haber intentado matar a un tal José Luis Puertas, todo ello en complicidad con una científica sueca. Yo naturalmente no me creo nada pero tienes que venir ahora mismo a verme, tenemos que aclarar todo esto.

―¡Jaime, por favor, que me conoces como si fueras mi padre! ¡Pues claro que no he matado a nadie! Al contrario, es ese Puertas el que ha intentado matarnos a tiros. Él tiene que haber asesinado al vigilante porque cuando he llegado al observatorio no estaba en la garita, a menos que… ―Jorge miró a la doctora Oneborg, que apenas entendía español. No parecía que aquella mujer fuera capaz de matar a nadie, claro… pero desde luego no estaba en sus cabales. Era más razonable pensar que ella hubiera matado al vigilante en un rapto de locura, a que lo hubiera hecho José Luis Puertas.

―¡Jorge, por favor, haz lo que te digo! ¿Dónde estás? ¿Quieres que mande yo un coche a buscarte?

Kjerstin no comprendía la conversación pero sí se había dado cuenta de que su último comentario había sido fatal para su credibilidad ante el joven canario. Fuera quien fuera, su interlocutor estaba relacionado con la huida. Jorge estaba cada vez más nervioso y parecía claro que ya no confiaba en ella. Con un gesto de desesperación sacó la carpeta y buscó rápidamente en ella.

―Voy para allá, Jaime, pero hazme caso: detén a Puertas, es peligroso y va armado ―cortó la comunicación y se encaró con Kjerstin justo cuando ella le entregaba un reporte de datos del Gran Telescopio Canarias, la joya del observatorio palmero y el segundo mayor telescopio del mundo, dotado de un espejo primario de más de diez metros de diámetro.

Jorge iba a apartar con un gesto de fastidio el documento pero algo en él le llamó la atención. Se lo quitó de las manos y comenzó a examinarlo en silencio. De vez en cuando levantaba la vista hacia su compañera de huida, que le sostenía la mirada con un gesto grave y a la vez comprensivo, afirmando con la cabeza.

Kjerstin hurgó en la carpeta y le enseñó a Jorge un par de documentos más, pero Betancur no necesitó detenerse en ellos: una rápida ojeada le bastó para entender el trabajo de la sueca, y también para comprender que no estaba loca. «Y, si lo está, no le faltan motivos».

Poco después, el viejo Jeep Grand Cherokee salía a toda velocidad de Los Llanos de Aridane. El teléfono móvil de Jorge, encendido y con el modo de silencio activado, viajaba ahora en una furgoneta postal que iniciaba su ruta de reparto por la zona occidental de la isla. El cartero, desconocedor de tan extraña compañía, iba a llevarse un susto de muerte al caer en una emboscada policial tres cuartos de hora más tarde.

«Con un poco de suerte ―pensó Jorge― Jaime no hará nada hasta dentro un buen rato, cuando llegue a declarar Puertas».

―¿Tienes un plan? ―se atrevió a preguntar Kjerstin sin mirarle, mientras Jorge incumplía todas las normas de tráfico imaginables.
―Creo que sí.

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