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La casa de Gordon

Una habitación puede convertirse en una biblioteca y ambas en un museo, pero solo el amor al conocimiento puede hacer de ellas algo vivo.

gordon house
Entre 1935 y finales de los años 60 más de 50 museos de todo tipo fueron creados en kibutz. Kibutz que, en el mejor de los casos, contaban con trescientos miembros, creaban museos mayores que los que, solo después y mucho más lentamente, aparecerían en las grandes ciudades israelíes.

El primero nació en Degania en 1935. Se llama «la casa Gordon» y está en las que habían sido habitaciones del maestro durante sus últimos años en la kvutza. Su impulsor, Ya’akov Palmoni, miembro de Degania desde los años diez y discípulo de Gordon, había hecho su discurso fúnebre y había quedado encargado por la kvutza de preservar sus escritos. Pero Palmoni tenía una idea mejor para honrar al filósofo de la «conquista del trabajo» y la emancipación en la Naturaleza: convertir la «Casa Gordon» en algo vivo, útil a toda la comunidad y que sirviera a aquello que para Gordon daba al trabajo manual su origen y su significado verdaderamente humano: el conocimiento.

Poco a poco la «casa Gordon» fue generando a través de su colección un verdadero relato de la Historia del lago Kinneret: desde catas de tierra a restos arqueológicos prehistóricos, desde fósiles y animales disecados a herramientas de trabajo de todas las épocas, desde un herbario de especies silvestres a un banco de semillas. Y lo que era aun más valioso para los jóvenes pioneros de las moshavas y kibutz de la región: una extensa biblioteca de Agronomía y Ciencias de la Naturaleza.

Pronto cientos de personas comenzaron a visitar cada año Degania buscando libros especializados y materiales de estudio que poder aplicar en sus propios asentamientos. Para 1941 la biblioteca y la colección habían crecido a un punto podían considerarse ya un verdadero museo de Ciencias Naturales. En 1955, cuando Eleanor Roosevelt visitó por primera vez Degania, la casa de Gordon fue el centro de su visita, lo más preciado que los kibutznik podían enseñar. Pronto vendrían la sala de cine, la estación meteorológica e incluso un planetario.

Hoy, en una esquina, una pequeña mesa de madera sigue sosteniendo las cuartillas de apuntes y la última correspondencia del hombre que entendió que solo desde la conquista del trabajo y el amor al conocimiento podríamos superar miedos, carencias y taras para fundirnos verdaderamente con la vida.

«La casa de Gordon» recibió 6 desde que se publicó el sábado 27 de febrero de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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  1. […] los peores momentos; en los primeros kibutz, cuando aun la malaria era endémica y la dieta pobre, invirtieron lo que no tenían en crear bibliotecas y museos en vez de organizar cursos y «trainings». Les iba mucho en ello: sobrevivir a problemas nuevos no […]

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