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La «clase internacional» y el futuro del inglés como «lingua franca»

A pesar del discurso de la «clase internacional» corporativa, las contratendencias a la imposición del inglés como lingua franca apuntan a un futuro mucho más diverso.

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En nuestros viajes nos encontramos muchas veces con miembros de un peculiar grupo social. Medio en broma, medio en serio, les llamamos la «clase internacional». Se trata de personas de diferentes nacionalidades que por haber crecido y estudiado desde pequeños en Gran Bretaña, tienen un tipo de habilidades lingüísticas hablando inglés que van más allá del manejo correcto de una lengua ajena. En nuestro mundo, las capacidades organizativas y comerciales son fundamentalmente habilidades lingüísticas. En la medida en que las empresas internacionalizaron desde los noventa tanto sus negocios como sus rentas, este tipo de personas capaces de seducir en la falsa lengua franca ganó fácilmente autonomía en los organigramas corporativos, haciéndose imprescindibles e incluso reproduciéndose hasta imponer el inglés como lengua de trabajo en la organización… lo que a su vez llevó generalmente a un desplazamiento de la extracción del equipo directivo y de los proveedores entre los que empezaron a aumentar, nada sorprendentemente, los anglófonos nativos.

Por supuesto, todo cambio material y toda identidad imaginada de grupo, llevan parejos cambios en los contenidos de las conversaciones. La «clase internacional» ama los saraos entre gobiernos y «sociedad civil»: grandes misas de las buenas-intenciones-no-conflictivas en las que se consagran los discursos de moda en el anglomundo como relatos supuestamente globales. Estos espacios son en general buenos entornos de relación y negocio, pero obviamente sirven también para impulsar una verdadera recentralización de las conversaciones.

El «problema» es el «no-inglés»

El sistema funciona «orgánicamente» y seduce con éxito a mucho empresario inteligente no bilingüe. Las declaraciones de Martin Varsavsky el otro día son un buen ejemplo:

Me encuentro representando a España a menudo porque hay muy pocos españoles que van a ciertos sitios donde yo voy, no sé por qué; bueno, sí, por no hablar en inglés. Yo he hablado muy bien de Amancio Ortega, pero es increíble que no hable inglés; ni Zapatero, ni Rajoy; ni Aznar, bueno, ahora aprendió algo. Pero es una vergüenza. En España el problema no es el catalán, el vasco o el gallego, el problema es el inglés.

eventoDicho de otro modo, Amancio Ortega es el ejemplo de lo disruptivo para el orden gerencial de la «clase internacional». Para ellos, como remarca Varsavsky, «es una vergüenza» que empresarios como Ortega gestionen una empresa global en su propio idioma. Un pésimo ejemplo que podría calar incluso entre los políticos. ¿Dónde vamos a llegar?

¡Claro! Gerenciar en español supone dar ventaja a proveedores, directivos y ejecutivos cuya lengua materna es el español y romper la lógica centralizadora del inglés. Y es que el problema, para estos abanderados de la globalización anglificada está, ante todo, en el español y el francés, lenguas con el suficiente número de hablantes como para dotar a cualquier empresa de proveedores y expertos «nativos» en cualquier ámbito.

zaraPor eso, al parecer, las lenguas con menor número de hablantes «no son el problema» según insiste Varsavsky: mientras no proliferen ejemplos como el de Inditex, admitirán como natural, por las menores escalas de sus mercados de trabajo, recurrir a profesionales de la «clase internacional» y a empresas gestionadas por ellos.

Contratendencias de fondo

¿Pero por qué tanta violencia en las declaraciones? En primer lugar porque hay una contratendencia importante: la reducción de las escalas empresariales óptimas multiplica los agentes y la globalización de los pequeños descentraliza buena parte de los flujos comerciales. Así que la PYME global no entra en «la mayor» de la «clase internacional», no requiere pasar por el anglomundo para vender. Si tu mercado no es parte del anglomundo, a las finales lo que necesitas para vender es hablar la/s lengua/s del país de destino de tus productos y te da lo mismo que sea un idioma hablado por cientos de millones de personas que por un por unos cuantos miles.

En segundo lugar, a estas alturas, a no ser que el objetivo principal de una organización sea conseguir rentas de instituciones supranacionales como la UE, no necesita recurrir al mercado de trabajo anglófono. Hoy hay profesionales formados en todas las lenguas. Lenguas como el portugués, el italiano, el catalán, el euskera o el gallego, son lenguas universitarias que preparan a todo tipo de especialistas, mientras que los intentos de sustituir lenguas maternas por el inglés en la educación universitaria han resultado ser «un tiro por la culata».

Alternativas

Si estas contratendencias siguen desarrollándose, desde luego el pretendido monolingüismo de las relaciones comerciales globales se seguirá erosionando, aunque el discurso de la clase internacional se niegue a verlo o lo desprecie.

Por supuesto, veremos desarrollarse aun más intensamente el intercambio económico dentro de los continuos lingüísticos. Y seguramente, cuando de lo que se trate sea de formar equipos entre personas de distintas lenguas maternas, cada vez serán más frecuentes otro tipo de aproximaciones. Unas nacerán del aprecio por el plurilingüismo y estarán basadas en el desarrollo de herramientas de intercomprensión. Otras pensarán la lengua común como un software que puede elegirse y adoptarse según las necesidades comunes. Es muy posible que (cuasi)automaticemos la traducción de nuestra correspondencia entre lenguas de las mismas familias, pero también que las lenguas sintéticas, hoy en crisis de identidad, conozcan un nuevo florecimiento bajo nuevas perspectivas.

En resumen, no veremos una alternativa al inglés como «falsa lengua franca», veremos aparecer y consolidarse muchas en tantos otros ámbitos y usos. No estamos, como parecería por discursos como el de Varsavsky, en una dicotomía entre una globalización correcta, anglófona y enriquecedora, y una cerrazón localista y empobrecedora, aferrada a unas lenguas inútiles para un mundo abierto.

La alternativa se da entre la recentralización de conversaciones, empresas y flujos económicos que postula la «clase internacional» -que se fortalece con los nuevos proteccionismos y el hiperdesarrollo de las burocracias supranacionales- y la diversidad distribuida de la globalización de los pequeños.

En este último escenario, como en tantos otros temas, no hay un futuro único, inevitable e igual para todos, sino muchos. Tantos y tan distintos como las comunidades que los construyen.

«La «clase internacional» y el futuro del inglés como «lingua franca»» recibió 10 desde que se publicó el Jueves 21 de Agosto de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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